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domingo, 30 de enero de 2011

BERNARDO KORDON El misterioso cocinero volador aparecido en el Hotel y Pensión Esquina-



En esos tiempos un tango decía:
"¿Dónde hay un mango?" ¿Cómo
olvidar entonces ese día en que me
cayeron cinco mangos del cielo?
El Protagonista

Se llamaba Hotel y Pensión Esquina, aunque en verdad no se encontraba en ninguna esquina, sino a media cuadra. Tampoco tenía nada de pensión, porque Esquina (así se llamaba el dueño) no daba comida, ni agua caliente para matear, ni siquiera para tomar un té cuando de repente nos agarraba un dolor de barriga. El tal Esquina nos alquilaba unas piecitas de tablones alineadas contra el paredón de un frigorífico de donde venía mucho frío y humedad. Simplemente lo llamaba hotel para alquilarnos la pieza por día y rajarnos cuando nos atrasábamos en el pago o simplemente le entraba la real gana de darnos el olivo así no más.
    Cada uno alquilaba su pieza y de golpe o de a poco traíamos nuestras cosas: el catre o un colchón, una que otra silla, una mesita el calentador. El inquilino más viejo y también el más acomodado era el gallego Vicente, que trabajaba de mozo en esos años del primer gobierno de Perón, cuando los laburantes del gremio gastronómico ganaban la guita del mundo. El hecho es que el gaita pasó a ocupar la única pieza de ladrillos que tenía el hotel, como quien dice el lujo de la casa, donde antes vivió el mismo Esquina con muebles y cosas, así que las pasó todas al gallego cuando le ofreció el doble de alquiler. Como decimos a cada rato: el que tiene guita hace lo que quiere.
    La verdad es que no entiendo a ese gallego Vicente. Porque apenas yo empiece a ganar unos pesos pienso rajarme del hotel Esquina y no volver nunca más. Como hizo Gardel cuando empezó a empacar fuerte. Se fue del Abasto y no volvió ni para comprar fruta. Así voy a hacer yo cuando me vuelva famoso. A empilcharme como la gente y hacerme amigo de los bacanes. Como leí en la revista sobre la vida de Gardel: se hizo amigo de esos cosos como Anchorena y el Príncipe de Gales. Porque así se aprenden las cosas buenas de la vida y se olvida uno de las malas. ¿Acaso no sabe ese gallego loco que la mishiadura es una enfermedad más contagiosa que la gripe? ¡Si lo sabré yo que quiero remontar vuelo y no acierto por andar entre secos!
    Fui a vivir en el Hotel y Pensión Esquina cuando escapé de casa y después de pasar unos días de favor en el Boxing Club conseguí entrar de aprendiz tipógrafo en la imprenta del barrio. Una silla y una mesita me regaló Garibaldi (las afanó de su casa) y del club traje la colchoneta y con unos diarios a modo de frazada me arreglé de lo mejor en los primeros días. En unos clavos oxidados que ya estaban en la pared colgué el pantaloncito de box y la polera de entrenamiento. El resto de la ropa la llevaba puesta encima y nada de pensar en ropero o algo parecido.
    Lo verdaderamente extraño de ese hotel y pensión (además de no ser hotel ni pensión) consistía en que todos sus moradores laburaban o vagaban (para el caso es lo mismo) de noche y por eso apoliyaban todo el santo día. Esquina se veía obligado a cumplir el mismo horario de sus inquilinos. De noche tenía que cuidar las piezas, cobrar y controlar a quien entraba y salía del hotel. Esto lo pudo hacer de lo mejor mientras vivió en la pieza de ladrillos que estaba en la entrada de la casa, pero le resultó más difícil ese control cuando se cambió a una piecita de adentro.
    Esa noche volví agotado del entrenamiento del Boxing Club y al entrar en mi bulín no pude creer lo que vi: un billete de cinco mangos relucía encima de la mesa. Todavía me parece verlo al lado de la lata de bizcochos de grasa, con la pava puesta sobre el cocinero para que un golpe de viento no se lo llevara. Agarré el papel y lo miré por todos lados, buscando donde estaba la trampa o la cachada. Minga de ilusionismo ni nada parecido: un billete de verdad, no flamante pero tampoco demasiado viejo, cinco mangos corrientes, un cocinero como el mejor.
    Me asomé para ver si andaba algún tipo en el corredor desierto y oscuro. El runrún que siempre se escuchaba del motor del frigorífico y ningún otro ruido. Tuve miedo de que alguien me viera allí espiando en la noche como un ladrón y volví a meterme en la pieza. Apagué la luz y me puse a pensar en el misterio. No podía creer que simplemente volando por los aires ese billete hubiera llegado a mi mesa: si así fuera no tendría la pava encima para que no siguiera volando.
    En la oscuridad compuse la cara de un duende que se parecía a mí en su sonrisa torcida, petiso el tipo, y de gorra igual a la mía. Posiblemente era yo mismo sonriendo a la suerte. Y de repente dejé de pensar en cualquier cosa: nockaut por la fajina del entrenamiento y el remate de la emoción de esa noche.
    Desperté avanzada la mañana por los gritos que llegaban del corredor. Como otras veces, me dolía la cabeza por culpa del entrenamiento con el estómago vacío.
Afuera estaba Esquina con su mugriento piyama a rayas azules y blancas (entre presidiario y patriota) acorralado por sus inquilinos. Vicente lo tenía arrinconado como si fuera contra las cuerdas de un ring.
    -¿Nos robaron a todos y vos sos el dueño y responsable del hotel! ¿Cómo no vas a tener ninguna culpa?
    Amagó como si fuese a pegarle un tortazo a Esquina, pero solamente lo apuntó con un dedo gordo y tembloroso, como si se tratase de una pistola lista para disparar:
    -¡Y todavía conservás la llave de la pieza donde vivo ahora! ¿Qué me dicen, eh? ¿Sos responsable o no?
    El gallego me vio aparecer y me encaró:
    -¿Qué te afanaron a vos?
    -¿A mí?
    -Entraron chorros en tu pieza como en toda la casa, ¿verdad?
    -¿Ladrones? -abrí los ojos con sincero asombro.
    -¿Qué te robaron? -insistió Vicente-. Andá a fijarte bien. Seguro que te falta algo.
    -No me falta nada.
    Todos me miraron con extrañeza.
    -¿Así que nos robaron a todos, menos a vos? ¿Tenés coronita o qué?
    -Bueno -se le ocurrió a Esquina-. Es que el pibe habrá estado adentro. Por eso no entraron en su pieza.
    -Debe ser eso -aprobé con repentino entusiasmo-. Llegué del club muy cansado y cerré bien la puerta y me acosté en seguida. No me robaron nada... ¿Y qué podían robarme? ¿El calentador de alcohol, los bizcochos de grasa, el mate?
    Pensé en la pava, pero no la nombré, porque debajo de la pava fue donde encontré el billete de cinco pesos.
 Vicente dejó caer ese dedo acusador como si pesara media tonelada y dijo resignadamente:
-Paciencia: no somos nada. Nunca se sabe cuándo llega la desgracia. Mejor ir a la comisaría no más.
-Me visto y después hago la denuncia –se ofreció Esquina con gesto amistoso-. También a mí me robaron.
Todos se miraron como si lentamente despertaran de un mal sueño, con el triste regusto del robo, pero ya sin la desesperación del primer momento.
-Algunos de ustedes deben acompañarme a la comisaría. Como damnificados, testigos y algo así. ¿Acaso no nos robaron a todos por igual? –volvía a levantar la voz, como siempre, el patrón del Hotel y Pensión Esquina.
-No cuente conmigo -se disculpó Vicente-. Estuve toda la noche trabajando en el café y me muero de sueño.
La mirada de Esquina recorrió a todos sus inquilinos: evidentemente a ninguno le agradaba la idea de ir a la comisaría. De pronto me señaló_
-¿Y vos, pibe? Aprovechá que ya dormiste: vení conmigo. ¿O vos también le tenés miedo a la cana?
Negué moviendo la cabeza, como si Esquina quisiera llevarme al mismo infierno. Yo apretaba el billete de cinco pesos en el bolsillo hasta enterrarme las uñas en la palma de la mano.
El gallego Vicente bostezó igualito a un león y dijo:
-¿Si dejamos las cosas como están? Al final ni Esquina ni la policía no nos devolverán nada y perderemos un tiempo precioso, que para mí equivale a dinero contante y sonante. De modo que mejor me echo un sueñecito para volver de noche a mi turno en el café. ¡Buen día, compañeros, y hasta la noche, cuando todos nosotros (incluyendo al ladrón) volvemos a trabajar!
Nos separamos y me encaminé hacia la Avenida Sáenz. Tenía resuelto desprenderme urgentemente de ese cocinero que me quemaba la mano, convertirlo en pesos y monedas que lo hicieran irreconocible.  Me instalé en una mesa con mantel de la confitería “Nueva Pompeya”, la única elegante del barrio, y pedí doble café con leche con doble porción, es decir, seis medialunas de confitería.
Esperando ser servido miré la calle a través del cortinado de velo que esfumaba las durezas de la vida. Pensé que era lindo tener un amigo capaz de robar a los otros para ayudarlo a uno. Pensé en Domingo, un lunfa simpático y charlatán que casi todas las noches andaba por el Boxing Club vendiendo peines, jabones, hojas de afeitar y cosas así. Una vez yo estaba como siempre en la mala y me invitó a morfar en la cantina. A lo mejor aparecía por allí y entonces podía invitarlo yo. Sin hablarle, claro, de esos cinco mangos: invitarlo y nada más. Un buen día Domingo o quien fuese se deschavaría solo y entonces yo conocería la verdadera cara del duende que me tiró ese billete.
Estaba así como soñando despierto cuando de repente sentí como un mazazo: entraba nada menos que el mismo Esquina. El degenerado se había puesto el sobretodo encima del piyama y en alpargatas me había seguido hasta la confitería.
-¿Puedo sentarme, verdad?
Y lo hizo sin esperar mi respuesta, y sin tomar en cuenta el gesto de asombro condenatorio del mozo que corrió hacia mi mesa.
-¿El señor desea algo?
Acentuó lo de señor con irrisoria deferencia.
-Un cafecito, por favor.
Permanecimos callados sin saber qué decir. Llegó el mozo con la bandeja cargada. Le sirvió el cafecito a Esquina y a mí me llenó la taza de café con leche y dejó el montículo de seis doradas medialunas de manteca y un buen platillo de dulce de leche. Esquina observó todo detenidamente.
-¿Te desayunás así todas las mañanas?
-Bueno: no siempre. A veces me conformo con un mate en la pieza.
Quise tomar el café con leche pero estaba hirviente. Comencé a masticar la punta de una medialuna y no la podía tragar.
Esquina suspiró como si le doliera decir:
-La policía, ¿sabés, pibe?, para agarrar a un chorro con la mano en la masa simplemente le sigue los pasos e investiga si gasta más de la cuenta. ¿Es que anoche ganaste a la quiniela o peleaste en el Luna Park?
-Nada de eso.
-¿Qué pasó entonces? Porque ayer te pedí el alquiler y me dijiste que andabas seco seco.
-Es que encontré cinco pesos que acá los tengo.
Para terminar ese insoportable interrogatorio saqué el billete del bolsillo y lo puse sobre la mesa.
-Si lo necesita –le ofrecí- se lo doy por el alquiler. Lo que quede después de pagar el café, porque palabra que no tengo ninguna otra guita.
 Esquina se hizo el tranquilo y bondadoso. Me pidió que guardara el billete. Quiso tomar su café de un sorbo y se quemó la lengua. Allí comprendí que estaba nervioso y no tan calmo como quería parecer.
-Si encontraste ese billete, como decís, seguro que no fue en la calle. En tal caso lo hubieras festejado anoche mismo, porque hambre no te falta a ninguna hora del día ni de la noche. Sin contar que todos los inquilinos que fueron robados estaban pálidos de rabia, y en cambio te vi colorado, como con vergüenza de algo. Te pregunté si querías venir conmigo a hacer la denuncia y pusiste cara de susto. Por eso resolví seguirte los pasos. ¿Pero por qué no tomás tu café con leche? Se va a enfriar. ¿Y las medialunas las dejás? Parecen muy ricas, parecen. ¿Siempre las pedís, así, por mayor?
-Mire, Esquina –le dije-. Le juro que tengo cinco pesos y nada más. Encontré este billete, en la calle, en mi pieza o en cualquier lado. ¿Qué carajo importa el lugar? Pero no tengo más. Mientras tomo mi café con leche vaya a mi pieza (nunca le pongo llave) y revise todo. Y si quiere puede revisarme los bolsillos aquí mismo. Cinco mangos no es una fortuna: me lo dan cada vez que hago guantes con un profesional, o puedo pedirlo de adelanto en la imprenta donde hago changas. La verdad es que el billete apareció en mi pieza. Algo raro, es cierto, pero es la pura verdad. 
-Te creo –aceptó Esquina-. ¿Pero vos no creés en Dios, verdad pibe? Digo un Dios que te haya dejado un pelpa de cinco mangos en tu pieza para darte el gusto no más. Tenés que aceptar que el que lo puso donde lo encontraste es un tipo de carne y hueso como nosotros, y seguro que es el mismo que afanó a los demás. Mirá pibe: vos no sabés nada de la vida y yo la conozco un kilo. Hasta te puedo decir por qué ese chorrito te dejó el billete. Seguramente lo hizo por cábala, ¿comprendés? Al ver la mishiadura en que vos vivís el tipo pensó: le dejo unos mangos a este muerto de hambre y su bendición me salva de la cana y todo lo demás. O puede ser un hincha de vos, ¡hay cada iluso!, alguien que espera que un buen día triunfés en el boxeo, y cuando te conviertas en campeón aparecerá un buen día para decirte que fue él quien te tiró ese billete. Porque, ¿sabés?, nadie da nada por nada. De algún modo el tipo vendrá a cobrarte y con intereses esa guita que creés que cayó del cielo.
-No sé nada, Esquina –opiné modestamente.
-¡Claro que no sabés nada de la vida! ¿Te digo sin conocerlo quién es ese coso que con cinco mangos rasposos se quiere hacer pasar por un tipo generoso? ¡Un resentido que nunca va a triunfar en la vida! Miráme a mí, me crié en la calle. ¡Y nada de engrupirme con el boxeo o el fóbal! A tu edad era ciruja en el bañado de Flores. Y ahora soy dueño de un hotel. Por eso me robó: por puro resentimiento de lo que tengo. Seguro que es un tipo que me debe favores. A lo mejor sabés quién es, o lo sabrás dentro de poco. Seguro que sí.
-¿Qué quiere que le diga, Esquina? ¿Quién fue y por qué lo hizo?
-No te pregunto eso. No soy batidor ni te pido que lo seas. Te quedaste con parte de lo robado, eso es complicidad, pero no lo pienso contar a nadie. El asunto es entre los dos. Nunca más volveremos a hablar de esto. Pero ese chorro se te va a presentar hoy o mañana como tu ángel guardián. A cobrarte con amistad esos cinco mangos que te largó como se tira un hueso al perro para que no ladre. Mirá: vos ni tenés que señalármelo. Simplemente los voy a ver juntos y sabré quién es. Lo sabré enseguida: vos sos de los que se ponen colorado por cualquier cosa, como te vi en esta mañana.
Y se fue Esquina y me dejó solo con ese desayuno que cuando lo pedí me pareció propio de pachá, pero nada de eso, ni de lejos. Mi pobre viejo no fue tan gil a la guarda como me pareció cuando me dijo que lo ganado sin laburar no tiene gusto a nada. La verdad es que a ese café con leche le ponía azúcar y más azúcar y siempre lo encontraba amargo.







martes, 18 de enero de 2011

CARLOS ARTURO TRINELLI - Atrapado por la trama

   

      La preocupación de  José Streseman era cómo hacer cierto aquello que alguna vez le dijera su difunta esposa, ya vas a ver José, cuando no trabajes más te vas a poder dedicar de lleno a lo tuyo. Palabras más o menos, ésa era la idea y como las sentencias de los muertos suenan fuerte, José estaba convencido de que lo lograría. Poseía la libertad suficiente para intentarlo. Pero a la libertad, esa sensación tan amplia como la nada, no le adosaba la dosis de audacia necesaria, podía malgastarse en intrascendentes placeres.
      La audacia es hermana de la inconciencia, donde va una va la otra y podríamos decir que no se concibe la primera sin un poco de la segunda. Claro que José no pensaba en estas cosas; para él era vital definir qué era lo suyo.
      Una vida dedicada a recrear ficciones distorsionaba la visión que cualquier semejante, a la edad del retiro, posee de la realidad. ¿Qué había querido decir la difunta Mabel? Lo tuyo, lo tuyo, con la implacable repetición de las dudas sonaba en su cabeza. Lo de él había sido la escritura parafraseada, una y otra vez, de novelas policiales. Una translación difusa de Dessiel Hammet o Raymond Chandler ambientada en escenarios irreconocibles. La Dama Púrpura, El Crimen de la calle Bonpland, El Enigma del Poema, La Dentista sin Dientes, etcétera, etcétera. Cuarenta o más novelas, que la gente permutaba a dos por uno en las librerías, escritas con el seudónimo de Brian T. Vicario. Hasta que los gustos cambiaron y su público dejó de leer, incluso el diario. Para ese momento, él estaba preparado con su quiosco.
      Luego sobrevino el cambio de estado civil, la venta del fondo de comercio y la jubilación.
      Los primeros tiempos trasnochó y durmió en consecuencia. Caminó, descansó en plazas, miró pasar a la gente con el apuro en las espaldas, se entretuvo con los paseadores de perros, construyó la rutina de beber un café y hojear el diario en el mismo bar. Alguna vez fue al cine y otra bebió de más sin el control de la difunta con la que nunca perdió esa comunicación telepática que se sabe mantener con los muertos queridos.
      Gastadas estas primeras monedas de la inarticulada libertad creyó que era el momento de dedicarse a lo suyo.
      Comenzó la escritura de una novela. La trama describía los avatares de un viudo que descubría que la mujer había mantenido una doble vida. La hondura de los personajes lo llevaron a un laberinto del que no pudo hallar la salida y la novela naufragó bajo el peso de lugares comunes, todo se volvió demasiado fáctico y abandonó.
      Sobrevino entonces un período de incertidumbre que lo vio retomar las actividades anteriores, las caminatas, la plaza, el paseador de perros, el bar.
      José sabía que no debía detenerse. A su edad y en su condición, el estarse quieto abriría paso a los años que, como una catarata, podrían ahogarlo.
      Efraín López, su alter ego en las tramas policiales que pergeñara durante años, empezó a materializarse por las noches. Necesitaba hablar con alguien y quién mejor que Efraín con su cara de zorro marcada por algún que otro sopapo cosechado en los avatares de la profesión
      La ceremonia implicaba servir dos medida de güisqui y esperar. Esperar a la deriva de la noche, sentado a la mesa, alumbrado por la luz de la calle que reflejaba el brillo atenuado del alumbrado público.
- ¿Y qué te parece a vos que sea lo mío?
      Efraín se tomaba su tiempo para responder.
-Me acostumbraste al güisqui con soda, susurra y lo mira con sus ojos verdes llenos de ironía. José buscó un sifón y lo puso en el centro de la mesa.
-No soy un guru, sólo tengo criterio.
      El criterio se agudiza con la soledad había reflexionado José, omnisciente como siempre en El Crimen de la calle Bonpland.
-No, fue en El Pacto, cuando el idiota de Burdi simuló el suicidio de la mujer.
      Tenía razón, fue el primer caso que resolvió Efraín antes que Nora lo abandonara y después que el comisario Tolosa desapareciera para siempre. Una lástima que Efraín no trabajara más.
-Bastante lo hice, todo cambió y mi presencia se hizo imposible.
      A veces discutían y el otro se iba y dejaba su vaso intacto y José se dedicaba a vaciarlo. Efraín había cambiado, bebía poco. El tomaba dos vasos durante el coloquio y el otro apenas mojaba los labios en el propio.
-Lo tuyo no está en el fondo del vaso, sentencia, dice y gesticula Efraín.
      Las visitas se hicieron periódicas y el día comenzó a sorprender a José dormido sobre la mesa o vestido sobre el sillón, con el calvario de despertarse anclado a una resaca y con la libertad de hacer cualquier cosa y no saber cuál. Se quejó en voz alta y se dio ánimo con frases de circunstancias.
      La palabra enmascara el pensamiento, como dijo Saramago, dejó escapar o pensó.
      En su caso no podía ser de otra forma, estaba solo. Hablar solo no es malo si nadie escucha.
-Suficiente es que se escuche uno mismo, oyó decir a Mabel.
      Fue al baño. Ensayó las muecas previas a la afeitada, luego embardunó la cara con compases circulares de la brocha.
-El misterio puede resolverse si te asomas al fondo del espejo, reconoció la voz y se dio vuelta, allí estaba Efraín que no se reflejaba en el espejo.
-Es una trama muy transitada, le contestó José.
-Transitada puede ser pero no es vulgar como tu propuesta de secuestrar un perro.
      José abrió una huella en su cara con la máquina de afeitar y pensó que Efraín multiplicaba su poder ¿cómo supo lo del perro? Si no estaba cuando él se lo propuso al paseador. Cuando estiraba los labios, con la presión de los dientes por dentro y lograba extender la superficie de piel para arrasar con el bigote de jabón, tuvo la certeza de que Efraín lo vigilaba con discreción.
      Sonrió mientras hacia deslizar la máquina de afeitar a contrapelo por el cuello. Justo a él lo iban a vigilar, a él que había inventado todos los enigmas que Efraín, al borde de la locura, había conseguido descifrar por las sutiles pistas sembradas aquí y allí.
-¿Me estás siguiendo? Retumbó la pregunta en la soledad del baño.
-¿Debería hacerlo? Replica la voz esta vez desde el espejo.
-Hacé lo que quieras, respondió confuso con la cara perdida en la toalla.
      Abandonó el departamento. En la calle, el día, como un puñal, se le clavó en los ojos. Dudó, le pareció ver a Efraín en la vereda de enfrente. Detuvo un taxi y subió, desde la luneta trasera observó como la figura de Efraín se empequeñecía con la distancia.
      Descendió en la puerta del bar de todos los días. Cuando entró no prestó atención a los clientes sentados a las mesas. Con decisión se acodó en el mostrador y ordenó un café. Tomó el diario y empezó a hojearlo, por los deportes, como siempre. Un crepitar de tela en movimiento logró que desviara la mirada del diario hacia su derecha y recibió una sonrisa femenina vacía.
      Tuvo un sobresalto que hizo que el diario se deslizara hacia la taza. Un vaivén encrespado de café se depositó sobre el plato.
-Pero usted es...
-Sí, soy yo, la dentista sin dientes, acusada por culpa de su jugarreta por un crimen que no cometí.
      Recordó la debilidad de esa trama escrita de apuro a cambio de la cual permitió que la dama huyera en un final abierto y ambiguo en donde Efraín hallaba una nota que argumentaba la inocencia de la dentista. Luego de leerla el detective sentenciaba con sorna: “Todos los culpables son inocentes...”, en franca oposición a Nietzche.
-¿Qué quiere? Interrogó José.
-Que se haga justicia.
-Perdón, ocupa el diario, le interrumpió el dueño del bar.
      José turbado lo miró y negó con la cabeza, después dijo:-La Dentista sin Dientes II, Pero la dama había desaparecido y el único testigo de la reflexión era el hombre que instantes antes le había retirado el diario. Testigo por demás prejuicioso al considerar la manera de mirarlo, mezcla de repulsa y conmiseración.
      No le importó que en la calle estuviera Efraín, -¿la viste?
      El detective afirma con la cabeza y dice:-Andá para tu casa y esperame, paso a buscar a alguien y voy para allá.
      José caminó resignado, como si un manto de más de cuarenta tramas lo abrazara con su peso ¿Cuántos inocentes habían sufrido? y ¿cuántos maledicientes e intrigantes, chismosos y mendaces formaban un mosaico endeble de circunstancias que le habían permitido cerrar los argumentos en torno al personaje menos pensado? La calle parecía llena de ellos. El simulaba no conocerlos pero algunos lo hacían y profundizaban su agobio.
      En el departamento abrió las ventanas y la brisa fresca del otoño pobló invisible los rincones. Buscó el güisqui y oyó a Mabel:-Es temprano para comenzar a beber.
      Iba a responderle y ella se anticipó:-Ya sé que esperás a tu amigote.
      El sonrió, Mabel usaba el adjetivo cuando se disgustaba y la vio materializada en esa brisa de otoño en el rincón que formaba el sofá y el modular. A pesar del contraluz la percibió desmejorada, como si la muerte hubiera comenzado su dibujo.
-Poné otro vaso más, ordena Efraín y empuja a un tímido Tolosa al centro de la escena.
-Regresé, dice el comisario que había dado origen a la saga y desaparecía en El Enigma del Poema.
      Apresurado fue y vino de la cocina con el tercer vaso. Efraín tomó el mando de la botella y derramó tres porciones generosas.
-Tenes pocas opciones, comienza Tolosa con su hablar arrastrado y sigue:-escribís una carta y huís, escribís una carta y te suicidas o te presentas con un abogado en la fiscalía. Para cualquiera de las tres tendrás que ser audaz.
-Lo “ tuyo” está muy claro, cierra Efraín.
      El énfasis puesto en la palabra “tuyo” desarrolló la inefable comprensión de José, vació el vaso de dos tragos y dijo:-Es una trama débil.
-Pero veraz. Acosado por las deudas, frustrado por el fracaso, abrumado por la lógica implacable de Mabel, la mataste.
-El certificado de defunción dice paro cardiorrespiratorio.
-Todos principian a decir lo mismo, la autopsia dirá otra cosa, concluye Tolosa.
      José sonrió de manera imperceptible con los labios montados en el vaso de Efraín.
-Seguro, comienza a decir Efraín, cianuro o curaré suministrado en pequeñas y continuas dosis le produjeron el paro.
-Ustedes saben que eso es mentira, jamás le hubiera hecho daño.
-Es cierto, tercia Mabel, desnuda como una muerta e indignada como una viva.
-¡Cállese! señora, ordena Tolosa, -¿quién le creería a una muerta?
      Aprovechó José la distracción para beber el vaso del comisario. Afuera el día continuaba y los personajes de infinitas tramas deambulaban por ellas. Algunas se rozarían entre sí sopladas por destinos comunes.
      José, embotado los sentidos por la bebida, pudo discernir que no había sido una buena idea matar a Mabel cuando la trama ofrecía otras alternativas. De todas maneras, aún deberían probar que José Streseman y Brian T. Vicario eran la misma persona.

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CLARICE LISPECTOR — Silencio



Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta —cómo ardemos por ser llamados a responder—, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.


MANUEL PEYROU - Muerte en el Riachuelo



Manuel Peyrou (1902-1974) era abogado pero nunca ejerció esta profesión, y se dedicó desde joven al periodismo. Fue crítico de cine del diario "El Pueblo" y redactor y editorialista de "La Prensa" hasta el día de su repentina muerte. Se inició algo tardíamente en la literatura, destacándose como autor de cuentos fantásticos y policiales que se encuentran en casi todas las antologías del género. Entre sus obras, se destacan: La espada dormida (cuentos, 1945); El estruendo de las rosas(novela, 1948); La noche repetida (cuentos, 1953);Las leyes del juego (novela,1960); El árbol de Judas(cuentos, 1961); Acto y ceniza (novela, 1963); Se vuelven contra nosotros(novela, 1966) y Marea de fervor (cuentos, 1967).

El cantor —pegado al micrófono— reiteraba un lloroso capítulo de la vida privada del suburbio. Alrededor de cien hombres —de los que se reconocen y confiesan en el tango— se agrupaban frente a las mesas, pendientes de ese melódico resumen de amarguras. Sólo de tanto en tanto, de algún Porteñito, Independencia Muela cariada,en ejecución moderna, saltaba una chispa de la vieja narrativa del coraje, la jactancia y la zafaduría. Luego volvían la realidad y los temas cotidianos.
Eran las dos de la mañana y el humo y el tango se dividían el espacio y el tiempo; desparramados, florecían algunos diálogos. En una mesa, cuatro hombres ahorraban palabras. Después de un largo intervalo, uno de ellos rompió el silencio:
—¿Tenés un negro?
La llama ardió un instante en sus dedos y luego se achicó, absorbida por la punta del cigarrillo; era el cuarto que encendía en veinte minutos. Echó el cuerpo hacia atrás, levantó con el pulgar el chambergo hacia la nuca, y lanzó con aplomo una espesa bocanada, que subió perezosa, cada vez menos densa, pasando del gris azulado y compacto al más pálido tono de gris, ya disuelto, borroso: era su viril aporte al enrarecimiento del aire. Alto, moreno, con una palidez enfermiza en el rostro, vestía de oscuro y sus manos eran largas y blancas; ostentaba en la derecha un anillo grande, con una piedra oscura.
—¡Qué calor...! —exclamó, por decir algo.
—No es el calor... es la humedad —le rectificaron, con positiva lógica popular.
Tres hombres rodeaban al Chueco Manfredi. De los tres, uno guardaba silencio; había faltado a una cita y no encontraba palabras para justificarse. Era una cita en la que hubieran dado fin a un antiguo plan, surgido en largas noches de discusiones y de cálculos.
—Vos me dijiste a las ocho y yo pensé que era a las ocho de la mañan—arriesgó por fin.
—¡Las ocho, las ocho! ¿Qué vamos hacer a las ocho de la mañana? Yo te dije a las ocho de la noche... —replicó Manfredi, con leve irritación, mientras encendía un nuevo cigarrillo; su palidez, apenas alterada por la contrariedad que le producían las postergaciones del negocio, hallaba su contraste en el brillo afiebrado de las pupilas y en el fino dibujo de las cejas.
La voz del cantor cortó los diálogos, y los amigos enmudecieron, siguiendo el hilo invisible de la melodía. Rodeaban al Chueco un tal Andrés, Enrique (a) El Pibe de Wilde y Luis Ramírez. De todos, el único hombre de acción, animoso y sustantivo, era el Chueco. Conocido en Devoto, en Las Heras y hasta en el Sur, acometía cualquier aventura con inalterable y fría resolución. Era bajo, delgado, con un rostro duro, gris y sombrío, que matizaban las huellas borrosas de la viruela. El Pibe de Wilde, en cambio, gozaba íntimamente con la idea de vivir al margen del delito, aunque apenas vivía al margen de las buenas costumbres. Delgado, bajo, supersticioso, vestía un corto saco color ladrillo. Andrés era alto, de ojos claros y pelo rojo: le llamaban el Ruso. Luis Ramírez tenía el físico y la vestimenta de un empleado modesto y había llegado a la encrucijada de su vida. Y la encrucijada ofrecía, de un lado, la permanencia en ese empleo modesto y, del otro, la aventura y el riesgo.
—El asunto tenemos que decidirlo mañana —afirmó el Chueco Manfredi, cuando terminó el canto.
—Mañana podemos hablar —contestó Andrés—; yo no sé si podré estos días; mi hermana consiguió otro conchabo y la tengo que acompañar a la salida, porque es muy lejos.
—Y vos, ¿no podés mañana? —interrogó el Chueco a Luis.
—Y, no sé... los domingos voy a lo de mi cuñado. Van también el gordo Gariboto y los muchachos. Me parece que lo mejor es que hablemos el lunes. El chico del almacén quedó en avisarme la hora en que el viejo cruza el puente.
— ¡Pero eso ya lo sabemos hace meses! —replicó el Chueco, ya molesto.
—Sí... claro... pero ahora, con el horario de verano.
—¡Phs...! ¡No hablés más aquí! —cortó el Chueco, receloso, después de lanzar una mirada circular. Acodado a una mesa próxima, un hombre, sobre las ruinas de un café negro, ocupaba sus fascinados minutos en contemplar a los músicos. Pagaron y salieron.

Luis Ramírez comprendió, caminando por la calle Co­rrientes, que la farsa había llegado a su punto final. Tres meses antes, después de un diálogo deshilvanado en el café, el Chueco Manfredi había lanzado una pregunta candente: "Si a tu tío, el de la barraca, le pasa algo, vos sos el único heredero, ¿no?" Ramírez pescó la sugestión al vuelo y decidió aprovechar un creciente prestigio que lo señalaba como hombre audaz y decidido. "Mientras no haga testamento, sí... yo soy el heredero; hace tiempo que estoy masticando eso —había contestado—; pero siempre es mejor hacerlo teniendo compa­ñeros decididos."
Después, en apasionadas noches, fueron planeando el hecho. El tío de Luis, don José, poseía una barraca en Avellaneda, y su fortuna, según ellos la veían desde el fondo de sus estrecheces cotidianas, era considerable. Por lo menos doscientos mil pesos, de los cuales la mitad para Luis y la otra a dividirse entre los cómplices. Manfredi, en un principio, pretendió más, pero aceptó después un arreglo. Don José era un ebrio consuetudinario. Dejaba la barraca a las siete de la tarde, cruzaba el puente del Riachuelo, y luego visitaba cuatro o cinco almacenes. El asunto era fácil. Una noche de niebla lo seguían; esperaban a que en una de sus infinitas evoluciones estuviera cerca del agua; un distraído empujón, y Luis y sus cómplices quedaban dueños de una fortuna.
Luis había tomado el asunto como una de las tantas jactancias de café; las postergaciones, la falta de asistencia a tal o cual cita, le habían hecho sospechar que Andrés y el Pibe trataban, como él, de ganar tiempo, con la esperanza de que el proyecto quedara en nada. Pero el Chueco Manfredi no era hombre de perder un negocio y ahora lo veía sobre él, amenazador, listo a exigir el cumplimiento del convenio. La confusión dominaba su espíritu. Cruzó la calle, agitado, y se acercó a un mostrador: "¡Café y una caña grande!"
En una semana, era el tercer día que no iba a trabajar; imaginaba el sermonear de su tío al día siguiente. "También, viejo roñoso —pensaba—, pagar trescientos pesos a un hombre de treinta años." Instintivamente se miró en el espejo y se arregló la corbata. Se sentía un poco en poder de Manfredi. El sombrío ex presidiario nunca mostraba vacilaciones y segura­mente guardaba sus cartas para más adelante. Era muy posible que aumentara sus exigencias una vez cometido el hecho, amenazando con la delación. Y es que, en realidad, era el único de todos ellos que había tomado el asunto en serio. "Es un canalla", pensó Ramírez, con íntima sorpresa.
Era cerca de medianoche. Pegada a los muros, bajo el verde, el azul y el rojo exasperado de los letreros, temblaba una leve llovizna, como una telaraña de agua. Compró un diario y entró en un café. Media hora después, nervioso, salió a la vereda. Una niebla fina, que llegaba del Este, había reemplazado a la lluvia.
En el intermedio indeciso del otoño al invierno, la humedad, que brillaba en el asfalto, parecía regir los impulsos y los deseos. Era una de esas noches enervantes de Buenos Aires en que todo puede ocurrir, por desesperación o por agotamiento. La niebla se desgarraba en partes y en lo alto se perdía en el cielo. Ramírez caminó unas cuadras y se detuvo. Vio su rostro, duplicado en una vidriera, inverosímil y ceniciento bajo un reflejo de neón. Por primera vez en mucho tiempo le pareció que la oscuridad y la noche eran conmovedo­ras. La resolución se concretó: esa misma noche hablaría a sus amigos del abandono del plan. No sabía qué decir, pero algo iba a inventar. Y experimentó un profundo alivio al notar que desde tiempo atrás ese viraje estaba resuelto en su espíritu. Caminó por Corrientes hacia el Este. Los avisos eléctricos chorreaban una luz humedecida y desfalleciente. Otra vez la llovizna flotaba en el aire pesado.
Cuando llegó al café, los canillitas voceaban los primeros diarios de la mañana. Hendió los grupos compactos y silenciosos y se acercó a la mesa. Desde lejos vio que los tres amigos lo esperaban con inusitada expresión de gravedad.
—Estuvo bien... —dijo Manfredi, con una aprobación condescendiente, que resultaba casi un insulto.
—¿Qué es lo que estuvo bien? —interrogó Luis, con sorpresa. Los amigos se miraron entre sí y le tendieron un diario. Con asombrados ojos, Ramírez leyó: "Anoche a las nueve, en las proximidades del Puente Pueyrredón, un hombre como de sesenta años, que después resultó ser José Bongiomo, viudo, comerciante, cayó en las aguas del Riachuelo, resultan­do inútiles los esfuerzos realizados para salvarlo. Se efectúan averiguaciones para establecer las causas del suceso".
  En un silencio tirante Ramírez escuchó los latidos de su corazón.
 “A pedido, el bonito tango de Amaro Lenzi..."
Pero no escuchaba la voz del cantor. Contuvo su perple­jidad un instante y después, escrutando las caras de los amigos, dijo:
—No he sido yo; no lo veía desde anteayer. Pero esto es mejor. Ya estaba harto de postergaciones y si no pasa esto yo mismo lo hubiera liquidado mañana o pasado... Claro que ahora el asunto es diferente...
Después, ya tranquilo, sacó un paquete y convidó cigarrillos.
Pero no debió tranquilizarse, porque Manfredi era incapaz de creer en el arrepentimiento. Y tampoco creyó en esa débil metáfora de la impaciencia, inventada para cubrir un prestigio.
Al día siguiente llovió. Cerca de las nueve de la noche, los parroquianos del almacén de Robino escucharon tres disparos, muy próximos. Corrieron y encontraron a Luis Ramírez, de espaldas bajo el cordón de la vereda, con un borbotón de sangre en la boca. Mientras lo examinaban, incrédulos, un brusco chaparrón sonó con fuerza sobre su traje azul marino y le lavó la cara.




miércoles, 12 de enero de 2011

JUAN CARLOS ONETTI


Autoretrato: Van Gogh

  
El impostor


Estaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío.
Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:
—¿Cómo te fue en Londres?
Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro — me miró sonriendo.
Más importante —dije— es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.
Me miró burlón y dijo:
—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero...
—Por dios, no —casi grité y la cara se me encendió.
—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.
—Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.
— A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.
Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras.
Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este él andaba lento, casi sin mirar a los costados y se detuvo en la puerta del dormitorio.
Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.
Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:
—Bueno. Vamos a mirar el van gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.
Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y sólo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del van gogh. ■



miércoles, 5 de enero de 2011

ALICIA S.GÓMEZ - El Pantalón De Jean


ALICIA SUSANA GÓMEZ

     Espera el atardecer apacible un invierno que acontece eterno. Siente curiosidad por conocer el lugar. Se arropa con el mismo tapado gris que la acompañó una treintena de años. Toma los colectivos y llega al parque. Observa en derredor. El silencio la abruma: No el murmullo de una paloma errante. Ni un coro de niños en juego. No la presencia de una voz humana. Atónita, se deja caer en uno de los bancos. Con sumo cuidado, extrae la prenda de su bolso. Las manos que exhiben sus venas dolientes, recorren el pantalón. Casi en una caricia, lo redescubre por infinita vez:

Por aquí, aquel grosor en la tela conque sus hilos cubrieron en las partes desgastadas. Más allá, los parches, a la altura de las rodillas. La cintura, que dio vuelta desafiando el derecho del revés con la máquina de pedal. En un bolsillo, el boleto del colectivo que llevaba a la facultad. Y aquel orificio, circular, simétrico, certero, que nunca remendó. Que se juró hacerlo el día que lo volviera a ver atravesar, de un salto, la verja del jardín . Con el dedo pulgar lo palpa midiendo el calibre que abortó el escape. Y la mancha roja. Roja tortura lenta. Roja caída, sobre los adoquines de la calle Independencia. “Nombre emblemático”, piensa. Fue lo único que le entregaron.
Con el mismo ritmo lento conque sus párpados se entrecierran, la va cercando la noche. Siente frío, pero se queda quieta. Reclina la cabeza sobre el respaldo. Sin apuro.
Comienza a amanecer. Es la hora en que la casa despierta. Cuando el aroma a pan tostado y café con leche debe invadir la cocina y la mecedora espera con lanas y agujas sobre el cojín. Pero ella permanece en aquel parque, para siempre o hasta nunca. En el rostro, tiene un esbozo de sonrisa. Y entre los brazos, parece sostener un cuerpo en arrullo.
En el Río, flota un pantalón de jean. Una gaviota que perdió el océano, vuela vuelos de muerte alrededor. ■

Alicia S.Gómez

lunes, 3 de enero de 2011

MARIO BENEDETTI - El Hombre Que Aprendió A Ladrar



Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: "La verdad es que ladro por no llorar". Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.
¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: "Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?". La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: "Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano."