sábado, 25 de febrero de 2012

Gerardo Pennini:

mercedes sosa





mercedes sosa

Volvió a la Argentina en febrero de 1982, poco antes de que la dictadura militar se viera obligada a iniciar el traspaso del poder a un gobierno civil, tras la Guerra de Malvinas. En esa ocasión realizó una serie de conciertos históricos a sala repleta en el Teatro Ópera de Buenos Aires, que se convirtieron en un acto cultural contra la dictadura, a la vez que un hecho renovador de la música popular argentina, al incluir temas y músicos provenientes de diferentes corrientes musicales, como el folclore, el tango y el rock nacional.
“Lo grande fue que estaba toda la gente, más que amándome a mí, amándose a ellos.”
Mercedes Sosa
Relata Rodolfo Mederos que el estreno del recital, previsto para el 28 de febrero, debió suspenderse por una amenaza de bomba. La derecha no jugaba, ya habían incendiado el Teatro Picadero como reacción contra TEATRO ABIERTO ’81 y la sala donde se pretendía presentar “Jesucristo Superstar”.
Fueron trece recitales a sala llena y entre los invitados de los conciertos estuvieron el litoraleño Raúl Barboza, el pianista Ariel Ramírez, el tanguero Rodolfo Mederos, el compositor del rock nacional Charly García, el cantautor del rock León Gieco, el chamamecero Antonio Tarragó Ros. La dirección musical y los arreglos artísticos estuvieron a cargo de José Luis Castiñeira de Dios. Los músicos de soporte de Mercedes Sosa fueron el guitarrista uruguayo Omar Espinoza y el percusionista Domingo Cura. En el recital incluyó dos canciones no folklóricas y una litoraleña, que resultarían emblemáticas de su repertorio: «Como la cigarra» (“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando”, de María Elena Walsh), «Solo le pido a Dios» (“Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente”, de León Gieco) y «María va» (de Antonio Tarragó Ros). En el repertorio también se incluyó «Sueño con serpientes» y «Años» (“El tiempo pasa...”), de los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés respectivamente, que habían sido prohibidos por el régimen militar, en la que fue la primera difusión masiva de esos autores en Argentina. Junto a Charly García interpretó «Cuando ya me empiece a quedar solo», en lo que significó un acercamiento histórico del folklore y el rock. Sobre la capacidad universalista de Mercedes Sosa para integrar rock y folklore, Mariano Blejman dijo:
Tal vez el primer tema que cantó de rock fue Cuando ya me empiece a quedar solo de Charly García (...) Con una notable capacidad para integrar mundos, Mercedes Sosa entendió que el rock argentino era parte del Nuevo Cancionero; y en años siguientes cantó también junto a Fito Páez (grabó el disco Yo vengo a ofrecer mi corazón en 1985). (...) Pero, curiosamente, el rock no fue mucho más allá de Mercedes Sosa. La amplia camada del Nuevo Cancionero no percudió la retórica del rock. (...) Mercedes Sosa hizo más por legitimar el rock socialmente que lo que el rock hizo por interpretar a los artistas [del Nuevo Cancionero] (...) ¿Y quién, entre los rockeros actuales, sabe quién fue Tejada Gómez? ¿Y entre su público?[28]
Mercedes Sosa contó que su emoción era tan grande que para poder cantar tuvo que ignorar al público y no mirarlo en ningún momento. La actuación fue registrada en un doble álbum bajo el título Mercedes Sosa en Argentina, que constituyó un éxito de ventas y uno de los discos destacados de la historia musical del país.■


Cristina Villanueva


Abanicos

Una larga muralla el abanico, como una gran lucha. Un escondite del deseo. Siglos de risas o gritos tapados guareciendo la velada furia del sexo.
Tantas sin voz ni voto haciendo suyos gestos ajenos, creando brisitas para apagar los vendavales y no quedar exiliadas de la rueda de sombra donde se intercambian secretos y recetas

Cuántos papeles plegados en una densa tristeza casa adentro.
Una es una y también ellas: las que salieron a decirlo todo, desveladas, sin aire en implacables círculos.

Una es una y es Lilith, La Pietá, Simone de Beauvoir Frida Khalo.
Unas sin maquillajes, otras pintoras de sus propios ojos hasta arrancarles una visión al sesgo.
Una es el aire preso y la libertad.

Una es: las anarquistas con rojos cuchillos para cortar el infinito plástico, no reja, que nos recubre y respirar, respirar, respirar...
 de Cristina Villanueva 


CRISTINA PAILOS


 
Volver es nacer un poco

Y así es. Me siento un poco recién nacida al regresar a este lugar de artesanos de la palabra en 2012.
 Recuerdo haberles prometido una o dos entregas más sobre temas del arte y la cultura de Brasil. No lo olvido, pero esta vez no podrá ser.
 ¿Por qué? Porque estoy en otra onda. Me atrapó el humor, casi un hobby estival para mí, de acuerdo con mi última reflexión que comenzó ayer y de la cual surgió este mensaje informal para ustedes. El invierno de árboles desnudos, ropa incómoda, humito que sale de las bocas por las calles, estornudos  y toses que nos obligan a apartarnos de los que disfrutan contagiando, calefactores insalubres que nos secan la boca y comidas que engordan siempre fueron mi escenario trágico con dos abominables protagonistas: el frio y la enfermedad.  
Las obras de teatro que elegí para ver la próxima semana son elocuentes ejemplos de lo que acabo de decir sobre mi onda actual.  Una se llama “Hambred , príncipe de Catamarca” a cargo de un grupo de actores que desconozco (no quiere decir que sean desconocidos). Parece ser que Gertrudis, la madre de este Príncipe vernáculo, previa maquinación con su futuro consorte, le ofreció a su consorte oficial y padre de Hambred,  un locro envenenado. No sé más nada pero eso de que Catamarca ingrese a la conflictividad universal y eterna me parece justo porque más allá de sus paisajes con mil distintos tonos de verde, un pueblito aquí, otro mas allá y un camino largo que baja y se pierde, supongo que debe de tener sus Gertrudis e hijos enfermos de sospecha como cualquier otro lugar del mundo. Y nos consta que Catamarca fue escena de más de un acontecimiento truculento. Es bueno disfrutar de las escenas bucólicas sin olvidar que los más feroces crímenes, torturas, emboscadas o las luchas por el poder, como parece ser el caso del tío de Hambred ocurren más allá de los mil distintos tonos de verde en cualquier parte del mundo. 
La otra obra que quiero ver es Cleopatra del dramaturgo Mariano Moro, y cuya protagonista es la actriz María Rosa Frega junto a un excelente elenco que conforman “Los del verso”. Vi casi todas las obras de este autor, director y actor y siempre me he reído muchísimo al tiempo que reflexiono (dos actividades que rara vez van juntas pero cuando lo hacen, producen especial satisfacción).
Las tragedias griegas parecen ser un ámbito donde Moro se sitúa cómodamente y los apartes de María Rosa Frega en Ifigenia, por ejemplo, son imperdibles
Hasta acá mis proyectos de espectadora teatral. En cuanto a la lectura he vuelto a Mark Twain a quien tenía bastante olvidado. Empecé por Cartas desde la Tierra. ¡Qué interesantes las cartas del diablo!.¡Que bien escritas están y que sagaz me resulta ese señor! Lo de que el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo, no es cierto. Nadie sabe más por ser viejo. Quien fue idiota de jóven, de viejo es idiotísimo . Este señor diablo de Mark Twain  sabe mucho porque es muy…diablo. Muy por debajo de su capacidad quedan los dioses, sus libros sagrados y las plegarias que los feligreses repiten aburridos en las Iglesias, y los murmullos de liberación que se sienten cuando el sacerdote da la bendición final y que a su vez es el santo y seña de que la misa terminó. Lo mismo habría que decir de  las reiteradas súplicas al Altísimo que nunca se  contestan ni siquiera a través de un secretario de la burocracia celestial , hasta que finalmente el creyente pasa a categoría de INDIGNADO y decide crear otra religión (no hay que olvidar que Mark Twain era estadounidense y en ese país se han venido creando religiones nuevas casi para todos los gustos sin pausa hasta nuestros días .
Demás está decir que quienes tengan una fuerte religiosidad y débil sentido del humor es preferible que no lo lean.
¿Qué es el humor?.
Freud trató el humor y siempre fue objeto de estudio desde diferentes disciplinas. El término fue empleado por la fisiología y la psicología del Renacimiento con el significado de “fluido”. Se creía que el cuerpo humano albergaba cuatro fluidos: la sangre, la flema, la bilis (o la cólera) y la melancolía (o humor negro) y, según cuál de ellos prevaleciera, así era el temperamento del individuo. Las personas podrían ser sanguíneas, flemáticas, biliosas o melancólicas. Aplicada a la literatura, esta doctrina se manifestó en obras como la Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, o la Comedia de humores, de Ben Jonson. Obras que no son para nada anacrónicas a pesar de haber sido escritas en el siglo XVII, siempre y cuando, claro está, tengamos en cuenta las características del humanismo dejado atrás.
Pero el humor, la comicidad como concepto, como recurso en la literatura y en el teatro se remontan a épocas muy anteriores. Se encarna principalmente en lo grotesco y lo carnavalesco, formas paródicas de la cultura popular. Plauto, el comediográfo romano vivió entre el 254 y el 184 a.C y Rabelais en el siglo XVI, son dos figuras emblemáticas en la historia del humor según los que saben, pero yo voy a citar a otro bastante más antiguo : Aristófanes que nació en Atenas en el 445 a.C.. Satiriza personajes, instituciones y hasta hace critica social desde el humor de sus comedias.
Son muchas sus obras pero Lisístrata me tiene de espectadora cada vez que se da la oportunidad.
El tema trata sobre un grupo de mujeres griegas que resuelven declarar huelga de sexo como único modo de terminar con la guerra del Peloponeso que parece no terminar nunca. Están hartas de la pobreza en la mesa, en las arcas públicas y sus consecuencias para la calidad de vida en la ciudad, pero, además, también la cama está hondamente afectada al tener que servir solo para dormir o para dejar al insomnio que se revuelque horizontal.
Lisístrata es una mujer ateniense con un alto sentido de la militancia, de la convocatoria  de masas y las reivindicaciones de género. Les plantea a las mujeres que hay que terminar la guerra para poder ver a sus maridos y está convencida que ha encontrado la forma: la abstención sexual. En un primer momento las mujeres se escandalizan porque consideran un “cipote” lo mejor de la vida. Terminan aceptando todas las mujeres de Grecia: mujeres que vivían en pareja o las que vivían de la prostitución. Excitarían a sus hombres pero negándose rotundamente a tener relaciones (clave segura del éxito!!!)
Las mujeres toman la Acrópolis ateniense, donde se encuentra el dinero de la ciudad, así no podría ser usado con fines militares. Hay refriegas verbales y corporales, intentos de echar a las mujeres por parte del coro de ancianos, llegan los arqueros para amedrentarlas pero no lo consiguen. Lisístrata andaba ocupadísima tratando de que no hubiera deserciones porque nunca faltan las miedosas…
Ya era de conocimiento público que los hombres de toda Grecia se andaban quejando mucho de “la ingle inflamada”.
Finalmente, desde Esparta vienen representantes para firmar la paz con Atenas porque no se puede seguir con la guerra si los soldados están desatentos e inflamados.
Cada hombre se va con su mujer o con alguna mujer. Todos felices por el fin de la guerra y el comienzo del goce.
Muy lindo me pareció este fragmento del Juramento:
 Juramento inicial (fragmento)
Lisístrata: Lampito, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Cleónica: No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Lisístrata: Aunque venga a mí en condiciones lamentables.
Cleónica: Aunque venga a mí en condiciones lamentables. (¡Oh Lisístrata, esto me está matando!)
Lisístrata: Permaneceré intocable en mi casa.
Cleónica: Permaneceré intocable en mi casa.
Lisístrata: Con mi más sutil seda azafranada.
Cleónica: Con mi más sutil seda azafranada.
Lisístrata: Y haré que me desee.
Cleónica: Y haré que me desee.
Lisístrata: No me entregaré.
Cleónica: No me entregaré.
Lisístrata: Y si él me obliga.
Cleónica: Y si él me obliga.
Lisístrata: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.
Cleónica: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.
(...) Lisístrata: ¿Todas han jurado?
Mirrina: Todas.

Cipote es una palabra de uso vulgar, común y como tantas otras en la obra nos muestran el perfecto uso de los recursos de la comedia en Aristófanes. . No me pidan que la traduzca …no necesitan que lo haga. Todos ustedes son buenos entendedores.
Antes de volver a mis notas más invernales voy a dedicarle al humor alguna paginita más, al menos de eso tratará la próxima.  ■

ANTONIO MUÑOZ MOLINA


IDA Y VUELTA
Fotógrafo de guardia
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 

FELLIG ES AUTOR DE LA FAMOSA FOTO DE MARILYN

Quisiera uno imaginar cómo era la mirada del niño Usher Fellig cuando vio por primera vez Nueva York, después de la travesía del Atlántico en la bodega de un barco lleno de emigrantes pobres de Europa, después de haber abandonado su ciudad natal, Lvov, que entonces pertenecía al Imperio Austrohúngaro y ahora es parte de Ucrania, en ese territorio que el historiador Timothy Snyder llama con acierto sombrío The Boodlands, las tierras de sangre asoladas por los genocidas nazis y los genocidas soviéticos. El niño Usher Fellig viajaba a Nueva York con su madre y sus hermanos para encontrarse con su padre, que había emigrado unos años antes. Lo que uno quiere imaginar se parece inevitablemente al comienzo de una de las grandes novelas americanas de la emigración,Llámalo sueño, de Joseph Roth, que empieza con el encuentro del niño recién llegado con su padre al que no recuerda, pero sin duda tiene mucha menos amargura. Nada más llegar, y cuando todavía solo hablaba yídish y hebreo, a Usher Fellig sus padres le cambiaron el nombre para que sonara algo menos judío y más americano. Ahora se llamaba Arthur, pero sus ojos vivísimos y oscuros, su pelo turbulento, sus rasgos exagerados, no engañarían nunca a nadie acerca de su origen, ni siquiera cuando se hizo célebre y volvió a cambiar de nombre para llamarse Weegee, Weegee The Famous, o cuando recibió una oferta de Hollywood y abandonó la mugre y la prisa de Nueva York para instalarse en California.
Weegee era un Caravaggio de las fotos con 'flash', un tenebrista de la mala vida
Esas calles eran las de su mismo barrio, y la gente que aparece en ellas son emigrantes pobres como él
Su padre era un hombre piadoso que aspiraba a convertirse en rabino y se ganaba la vida vendiendo fruta en un carro ambulante por las calles pobres del Lower East Side. Con quince años el hijo no tenía la menor vocación religiosa. Se colocó muy pronto como ayudante de fotógrafo, haciendo recados, aprendiendo a revelar. Con una cámara de segunda mano y unpony alquilado salía los días de fiesta a hacer fotos a los hijos de los emigrantes, montados en el pony. Las saturaba de claridad al revelarlas, porque los emigrantes, judíos, italianos, polacos, quedaban más contentos cuanto más blancos salieran sus hijos en las fotografías.
Pero el pony era muy caro de mantener y en la casa no había dinero para mantener a tantos hijos. El padre vivía tan embebido en sus devociones que descuidaba el triste negocio de la venta ambulante. A los 17 años Arthur Fellig se marchó de casa y trabajó en lo que fuera, fregando platos, barriendo suelos de tabernas, buscando una oportunidad para dedicarse de nuevo a la fotografía. Dormía en albergues para indigentes, en bancos de parques, en las estaciones de tren. Si a partir de mediados de los años treinta supo retratar con tanta verdad las vidas de la gente extraviada y marginada fue porque había sido uno de ellos. El cuarto en el que vivía durante la época de sus mejores fotos nocturnas parecía el de un indigente, o uno de esos lugares a los que él mismo llegaba cuando acababa de suceder una desgracia o de cometerse un crimen.
Weegee era un Caravaggio de las fotos con flash, un tenebrista de la mala vida. En el International Center of Photography puede verse su gran cámara negra como un artefacto funerario y junto a ella un puñado de bombillas fundidas de flash. La exposición de Weegee que se inauguró hace unas semanas lleva un título que inventó y usó él mismo,Murder Is My Business. Imágenes muy familiares de malhechores, cadáveres y escenas de crimen son lo que espera uno encontrar, pero lo que distingue al talento es que siempre desconcierta o desborda nuestra expectativa.
Ni a Weegee ni a ningún gran artista hay que darlos por sabidos. Después de haber visto tantas veces sus fotografías solo hoy me he dado cuenta de la compasión que hay en ellas, de un fondo confesional que se vuelve evidente cuando se comprende que esas calles por las que Weegee corría queriendo llegar a la escena de un crimen antes que los demás fotógrafos y hasta la policía eran las de su mismo barrio, y que la gente que aparece en ellas, los muertos, los testigos, los transeúntes que se vuelven un momento a mirar, los curiosos que se asoman a una ventana o a una terraza, son emigrantes pobres como él. El cine de gangsters ha añadido un lustre mentiroso al crimen. La estética del cine negro le debe tanto a Weegee como a las películas del expresionismo alemán, pero Weegee, cuando se observan sus fotos con algo de atención, es el reverso de esas negruras lacadas de Hollywood. Los asesinatos que él retrata son asuntos de poca monta en los que la víctima suele ser un desgraciado, un cualquiera, un apostador sin éxito, un tendero de barrio que vende chucherías y cigarrillos sueltos, y que quizás no pagó a tiempo una pequeña deuda. Un cadáver yace en la acera sucia medio tapado con unos periódicos, y se ve que tenía los bajos del pantalón deshilachados, los calcetines cortos, los zapatos muy viejos. La pistola que tiró el asesino a sueldo al marcharse es una cosa irrisoria, casi como un llavero, una tosca imitación de pistola.
Y los ladrones, los asesinos recién detenidos, no son menos lamentables en su penuria. Son como esos borrachos antiguos que llevaban la ropa en desorden y el pelo sucio y quizás se habían reventado el labio o la nariz al caerse al suelo. Se les ve en las caras que vienen de la miseria y que van camino de la silla eléctrica, y que mientras tanto sirven de cebo para un titular de primera página o ni siquiera eso, para un suelto en la crónica de sucesos.
En sus autorretratos, con su palidez nocturna y su pelo tan oscuro imposible de peinar, con la corbata floja, con el traje arrugado, con el cigarro barato y salivoso en la boca, Weegee se parece a esa gente: alguna vez, por burla, se dejó fotografiar esposado, o de frente y de perfil delante de una cinta métrica, con un número de detenido colgando del cuello. Parte de su talento consistía en mirar lo que no era obvio, en estar atento a las posibilidades del azar. Delante de un cine, policías y curiosos rodean el cadáver de alguien que ha muerto en un accidente de tráfico, y Weegee retrocede para incluir en el plano la marquesina en la que se ve el título de la película, The Joy of Life. Un edificio arde y en mitad de la fachada, entre el humo y los chorros de agua de los bomberos, se ve un anuncio de salchichas: "Añadir solo agua hirviendo".
Y siempre hay gente que mira, gente asomada a todas las ventanas de una calle para ver el cadáver de ese tendero sin fortuna, rodeando a la víctima de un accidente, o a un gangster recién ejecutado, acercándose para ver mejor a alguien que lleva unas esposas, gente pobre fascinada por el espectáculo barato y accesible de la desgracia ajena, con esa avidez de las personas gastadas por el trabajo y la necesidad que no tienen muchas distracciones en la vida. Nadie ha retratado esas miradas codiciosas mejor que Weegee. Eran iguales a la suya.
Weegee: Murder Is My Business. International Center of Photography. Nueva York. Hasta el 2 de septiembre. www.icp.org. antoniomuñozmolina.es

Juan Forn


Una rama de alerce

Por Juan Forn
Un jefazo de Moscú de paso por Kolymá se queja de que las actividades culturales del campo “cojean de ambos pies”. Kolymá es Siberia, el gulag, el infierno blanco, los olvidados de Dios. “Todo, salvo las piedras, nos estaba prohibido”, dice Varlam Shalamov. En Kolymá los pájaros no cantan. Las flores, fugaces y anémicas, no tienen olor. Ni los árboles huelen en ese corto verano de aire frío que en realidad es una primavera enceguecedora, sin una gota de lluvia. Pero para el jefazo lo que le andaba faltando a la moral de los presos era actividad cultural. Mandaron llamar al preso encargado de tales menesteres, que en su vida real había sido mayor del Ejército Rojo, el mayor Pugachov, y éste le contestó al jefazo que no se preocupara: “Estamos preparando una obra de la que hablará toda Kolymá”. La obra era una fuga. Pugachov y los suyos eran una nueva especie en Kolymá. Eran, como Shalamov, presos políticos, enemigos del pueblo. Pero no eran como los demás prisioneros políticos llegados desde los años ’30 a Siberia: no se derrumbaban moralmente preguntándose qué habían hecho, cómo pudo hacerles eso la Revolución. Eran hombres de acción, puro reflejo animal: venían de pelear como leones contra los nazis, de arriesgar el pellejo escapando de los lager para volver a sus filas y empuñar de nuevo las armas. Pero la guerra ya estaba ganada y Stalin los mandó a Siberia. Los mandó cuando acababa el otoño, creyendo que el invierno los quebraría, los igualaría a los demás presos políticos. Ellos se tomaron el invierno para estudiar el terreno, en condiciones infrahumanas, trazaron un plan enloquecido, esperaron el momento oportuno con la llegada de la primavera, y un día se fugaron.
Los agarraron a todos. Los tuvieron que matar para agarrarlos, y al único que agarraron vivo, agonizante, lo revivieron y después lo cosieron a balazos. Se desquitaron con él porque cuando sólo les faltaba encontrar a Pugachov, y lo encontraron, éste se disparó en el paladar la última bala que le quedaba, mirándolos fieramente a los ojos. Dice Shalamov que cuando se enfrentaron los guardias y los presos fugados, ambos bandos exhibieron equivalente temeridad: los presos porque no iban a entregarse vivos, los guardias porque sabían que serían convertidos en presos en cuanto sus superiores se enteraran de la fuga. Dice Shalamov que su país es un país de esperanzas absurdas, hechas de rumores, sospechas, conjeturas e hipótesis, y que por eso cualquier acontecimiento crece hasta convertirse en leyenda antes de que el informe del jefe local logre llegar, llevado por el más veloz correo, hasta las altas esferas. Eso es la literatura rusa, si se lo piensa un poco (en el final de Los hermanos Karamazov, Dostoievski escribe: “Lo que se dice aquí se oye en toda Rusia”). La fuga de Pugachov, el relato de la fuga de Pugachov, corrió como mercurio derramado por Kolymá, fue la actividad cultural por excelencia de aquel verano y el invierno siguiente. Shalamov estaba allí y vivió para contarlo. Lo contó en catorce páginas alucinantes, y en otros setenta cuentos más, que rara vez son más largos, y a veces necesitan apenas tres páginas para llegar hasta el fondo de la médula espinal de quien las lee.
Shalamov había sido deportado a Siberia de jovencito, pasó veinticuatro años allá, pudo volver recién después de la muerte de Stalin: no tenía cincuenta y parecía de setenta (había quedado sordo, perdido la vista de un ojo, tenía Parkinson). Se pasó los ocho años siguientes escribiendo, uno tras otro, setenta cuentos como el de la fuga de Pugachov. Consideraba su vida acabada, sólo le importaba dejar en papel su experiencia en Kolymá y tallaba cada pieza de su mosaico como un miniaturista loco. Hasta que, en noviembre de 1962, la revista Novy Mir publicó un cuento llamado “Un día en la vida de Iván Denisovich” de un desconocido llamado Alexander Solzhenitsyn. Era la primera descripción del gulag que aparecía en letra impresa. Se decía que el propio Kruschev había dado el visto bueno para que se publicara. Shalamov la leyó en su cochambroso cuarto, le escribió a Solzhenitsyn (que era once años menor y que había pasado diez años menos que él en Siberia), le mostró sus cuentos, le preguntó qué hacer con ellos. Solzhenitsyn le dijo que no eran lo suficientemente “artísticos” (aunque a continuación le propuso que lo ayudara a escribir Archipiélago Gulag; Shalamov le contestó que lo que tenía para contar sólo podía escribirlo solo). Mientras tanto, Brezhnev eyectó a Kruschev, acabó con el deshielo, convirtió a Solzhenitsyn en una bandera de la disidencia (y lo echó de la URSS cuando él logró filtrar a Occidente y publicar allá su Archipiélago) y Shalamov siguió escribiendo como un muerto en vida sus cuentos. Cada vez escribía menos, hasta que en 1973 no escribió más. Pero algunos de esos cuentos empezaron a circular de mano en mano, en samizdat, alguien los cruzó al otro lado y un periódico de rusos blancos en Nueva York los publicó.
Shalamov repudió la publicación desde Novy Mir. Fue la primera y última prosa suya que vio en letra impresa en su vida. Dijo que no era un disidente, que no era bandera de nadie. Nadie le creyó: o pensaron que era un cobarde o que lo habían obligado a firmar. La mayoría creía que lo habían obligado: en 1979 el Pen Club francés anunció que le daría a Shalamov el Premio de la Libertad. Las autoridades rusas lo internaron en un asilo para débiles mentales, donde murió, ido y solo, tres años después. El último de sus Relatos de Kolymá es la historia de una rama seca de alerce que llega por correo a Moscú. La destinataria la pone en una lata y llena la lata con agua de la canilla, “esa agua muerta de las cañerías moscovitas”. Pasan varios días y la mujer se despierta una noche por un vago olor a trementina, que no sabe de dónde viene. Es la rama de alerce, las ínfimas agujas de pinocha que asoman de sus nudos. El alerce es el único árbol que huele en Kolymá. De allí viene la rama. La destinataria de la rama es la viuda de un poeta que murió en Kolymá. Shalamov no la nombra, pero sabemos que es la extraordinaria Nadezhda Mandelstam, porque en otro cuento relata la muerte del gran Ossip (“sus compañeros de barraca ocultaron su muerte dos días para quedarse con su ración de pan, de modo que el poeta murió dos días antes de su muerte, que lo sepan sus futuros biógrafos”). Dice Shalamov que, al principio, el olor del alerce parece el olor de la descomposición, el olor de los muertos. Pero si uno inspira hondamente y con atención, comprende lentamente que ése es el olor de la vida, de la resistencia, de la victoria.
La literatura rusa está hecha en madera de alerce. Shalamov nos lo enseñó.

Desocupación


CUADRO DEL PINTOR ARGENTINO ANTONIO BERNI

Desocupación trepa a récord histórico mundial: 200 millones no consiguen trabajo


Con 27 millones de desocupados más que en 2011, este año se perfila como el de mayor desocupación en todo el mundo desde que se llevan registros: 200 millones de personas buscan trabajo y no lo encuentran.

Así lo informa la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que presentará esta semana el documento ante el Foro Económico de Davos, en Suiza, según informa el matutino alemán Der Spiegel.
La casi totalidad de los países (lista en la que no figura Uruguay), está con un desempleo aún mayor que previo a la crisis de 2008.
El estancamiento absoluto de las inversiones productivas, es la mayor causa del problema; las inversiones financieras ganaron espacio y absorbieron buena parte de la ganancia de lo generado por la producción.
Australia y Alemania, aparecen como los países que lograron mejorar sus empleos del tipo productivo.

Afecta principalmente a jóvenes

La publicación destaca que la pérdida de trabajo está afectando principalmente a los jóvenes: 74,8 millones de desempleados tienen entre 15 y 24 años, cuatro millones más que en 2007.
Para la OIT, la única forma de ganar una relativa paz social a nivel mundial, será con la creación de 600 millones de empleos productivos; la Organización de las Naciones Unidas ha pedido programas de estímulo de coyuntura financiados por medio de la deuda.

La nueva crónica argentina

Combinar investigación y calidad literaria
La nueva crónica argentina: Sebastián Hacher, Josefina Licitra, Graciela Mochkofks, Javier Sinay y Cristian Alarcón


Parecen, pero no son ficción. Están escritos a partir de una construcción narrativa literaria y se asemejan a alguna novela. Pero son libros periodísticos, basados en la realidad, sin invención alguna. Bajo ese pacto, un puñado de periodistas argentinos está alimentando la rica y larga tradición de un periodismo que siempre supo combinar una exhaustiva investigación con la calidad de estilo. Son ellos quienes están contando, lo que pasa en una Argentina llena de vida, de fuerza y de problemas.
En 2011, Sebastián Hacher, Josefina Licitra y Graciela Mochkofsky publicaron Sangre salada (Marea Editorial), Los otros (Debate) yPecado original (Planeta). Poco antes lo hicieron Javier Sinay conSangre joven (Tusquets) y Cristian Alarcón (nacido en Chile pero criado desde su infancia en Argentina) con su famoso Si me querés, quereme transa (Norma). Los cinco abordan temas diversos, pero todos reflejan mejor que cualquier diario o programa televisivo la realidad vital de su país.
Hacher documentó, en un relato que quita el aliento, el nacimiento de una de las ferias más formidables de América Latina, un mercado de ropa y productos electrónicos que mueve decenas de millones de dólares, pero al que hay que ir de madrugada y en el que los territorios tienen fronteras que es mejor no traspasar. Mochkofsky se metió en el avispero de la relación entre el Grupo Clarín y los Kirchner y probó, por fin, fríamente y con toda clase de datos, uno de los conflictos políticos que ha estado rodeado de más mentiras y engaños. Licitra recorrió una zona del conurbano de Buenos Aires y nos dejó una narración estremecedora de violencia entre pobres, mientras que Sinay se aproximó a un problema cruel y soterrado de las sociedades latinoamericanas: el asesinato de jóvenes por jóvenes. Sus libros tienen una mirada personal y una narración literaria, algo que es esencial en el buen periodismo pero que periódicos y revistas, llenos de fronteras y de formas impuestas, terminan por constreñir y les impiden publicar.
“Hay todo un sector de la prensa que es bastante resistente a lo narrativo. Dicen que nos queremos hacer los escritores”, cuenta Hacher en una entrevista colectiva en la que queda abierto el debate sobre periodismo y literatura. Licitra acota: “Cuando me preguntan cómo me tienen que presentar digo que como periodista, pero es un error no poder asumirnos como escritores. Uno se resiste porque teme que alguien vaya a pensar que me quiero hacer algo que no soy”. Alarcón, también autor de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia(Norma, 2003), prefiere ser identificado como cronista; en cambio, a Sinay le basta y le sobra con ser, simplemente, un periodista, idea compartida por Mochkofsky, autora, entre otros, de Timerman, el periodista que quiso ser parte del poder (Sudamericana, 2003): “Nunca he querido ser otra cosa. Lo que hago es periodismo y me parecen muy importantes los valores de la honestidad, la rigurosidad, la información y el chequeo de datos, por más narrativo o literario que sea el estilo”.
En las definiciones de estos periodistas asoma de manera recurrente el reconocimiento a Rodolfo Walsh como uno de los principales maestros argentinos del periodismo escrito como literatura. Resuenan, también, los ejemplos de Roberto Arlt, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós, Leila Guerriero y un menos conocido Enrique Raab. Alma Guillermoprieto, Vasili Grossman, J. M. Coetzee, Foster Wallace, Raymond Carver y, sobre todo, Ryszard Kapuscinski, son otros autores extranjeros que influenciaron los trabajos de estos periodistas, cobijados por un mercado editorial que les abre las puertas pese a su juventud, porque Alarcón, Hacher, Licitra, Mochkofsky y Sinay publicaron sus primeros libros cuando apenas tenían entre 28 y 33 años.
Mochkofsky explica que a partir de los noventa hubo un boom de libros de periodistas que vendían cien mil, doscientos mil ejemplares. “Se dio un cambio fundamental en el periodismo argentino, que adquirió el modelo norteamericano del periodismo que investiga y controla al poder. Durante el Gobierno de Menem hubo una enorme producción de libros sobre la corrupción, lo que instaló a los periodistas como autores para las editoriales”.
Hoy, los “más viejos” del grupo reunido por Babelia apenas si superan los 40 años y siguen inmersos en investigaciones, sin intención alguna de dejarse tentar por la ficción para realzar sus relatos. “No vale la pena inventar y la realidad siempre es mucho más interesante”, considera Hacher. Para Sinay, quien convoca a escapar de los estereotipos de “buenos y malos” al momento de presentar a sus personajes, “cuanta más verdad hay, más atrapante es el texto porque el lector sabe desde el principio que no se le está mintiendo”. Licitra explica: “El límite es que lo que estoy contando tiene que haber pasado, las personas que cito tienen que existir” porque es la única manera de no vulnerar el pacto con el lector. Según Mochkofsky, las nuevas tecnologías ayudan a que “atrapar a un periodista mentiroso” sea ahora mucho más fácil, además de que la concepción misma del periodismo es diferente porque “hay una expectativa mucho más rigurosa por parte de los lectores”. Alarcón, director de la colección Ficciones Reales de Editorial Marea (estrenada con el libro de Hacher), es aún más contundente: “No tiene sentido mentir, mi estructura psíquica no lo soportaría”. Lamenta, también, el mito de “ustedes se lo inventan” que cayó encima del periodismo narrativo a raíz de que se descubriera que Kapuscinski no contó siempre la verdad. Los trabajos de Alarcón, Hacher, Licitra, Mochkofsky y Sinay también destacan porque fueron realizados en una Argentina copada por la dura pelea entre el Gobierno y un sector de la prensa, un enfrentamiento que abrasa al periodismo argentino desde hace años. Los cinco dejaron de un lado la polarizada y agotadora discusión entre “periodistas militantes” y “periodistas opositores” y se dedicaron a ver, documentar y narrar, a revitalizar la magnifica crónica latinoamericana y a demostrar que el periodismo narrativo, literatura de no ficción, es posible en cualquier tiempo y circunstancia. O
Cecilia González, periodista, corresponsal en Buenos Aires, es autora, entre otros libros, de Escenas del periodismo mexicano. Historias de tinta y papel (Fundación Manuel Buendía) y ha participado en el proyecto 72 migrantes.
Sebastián Hacher: Sangre salada. Una feria en los márgenes (Marea Editorial).Josefina Licitra: Los otros. Una historia del conurbano bonaerense (Debate); Los imprudentes. Historias de la adolescencia gay-lésbica en la Argentina. (Tusquets).Graciela Mochkofsky: Pecado original. Clarín, los Kirchner y la lucha por el poder(Planeta); Timerman, el periodista que quiso ser parte del poder (1923-1999) (Sudamericana, 2003). Javier Sinay: Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez (Tusquets). Cristian Alarcón: Si me querés, quereme transa (Norma);Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros (Norma). ■