jueves, 28 de abril de 2011

CECILIA DREYMÜLLER - Dictadura y lenguaje


CRÍTICA: LIBROS - NARRATIVA Y ENSAYO

Dictadura y lenguaje


CECILIA DREYMÜLLER 23/04/2011

Cecilia Dreymüller nació en Nohn (Eifel, Alemania) en 1962. Es doctora en Filología Hispánica, especializada en literatura escrita por mujeres. Residente en España desde hace veinte años, ha contribuido con su trabajo al acercamiento cultural de este país con Alemania. Traductora ocasional, ejerce la crítica literaria en medios alemanes y españoles.  

Ensayo. En una época de saldo general y banalización de la literatura, una escritura como la de Herta Müller que se ocupa de persecución, resistencia y traición, que se compromete con la verdad e indaga incesantemente en el ambiguo poder de las palabras, ya es un acontecimiento en sí. Esto lo confirma nuevamente El rey se inclina y mata, con su dolorosa y vergonzante carga existencial. Probablemente, si la Academia Sueca no hubiese señalado la obra de Herta Müller con el Premio Nobel, no tendríamos oportunidad de conocer sus quebradas, turbadoras metáforas de la existencia dañada, no leeríamos nada de los agujeros negros que abre el miedo en la realidad cotidiana, ni nos tomaríamos la molestia de entrar en su mundo puesto al revés por la dictadura.
Por qué y de qué manera se perpetúa esta experiencia en la percepción de la víctima, sólo se puede mirar caso por caso, y eso es lo que se propone el presente tomo de ensayos. El rey se inclina y mata se sitúa en la línea de reflexión sobre la relación entre lenguaje y dictadura de Imre Kertész o Czeslaw Milosz. Pero a diferencia de estos dos, Herta Müller centra sus observaciones no tanto en el terror con mayúsculas, sino en el minucioso examen del imperceptible desmoronamiento del yo. El enfoque aquí es, como en toda su obra, inexorablemente autobiográfico, mientras el estilo resulta sorprendentemente narrativo, ya que gran parte del libro se compone de unas lecturas universitarias de poética. "En realidad no alcancé a comprender los daños que sufrían aquellos mis familiares hasta que no me vi yo misma en una situación desesperada. Fue entonces cuando realmente tomé conciencia de que una herida demasiado profunda deja los nervios destrozados para siempre. Que las consecuencias de tener los nervios destrozados se manifiestan después, es más: incluso se extienden a las épocas anteriores".
La historia del rey que mata es la historia de lo terrible e innombrable en una biografía de persecución. "Cuando se desmoronan los pilares de la mayor parte de la vida, también se caen las palabras. Yo he visto desmoronarse las palabras que tenía". Detrás hay, por una parte, el historial de Herta Müller como objeto de observación de la Securitate, con los interrogatorios, las amenazas de muerte, la desaparición de los amigos. Por otra parte está la infancia en un pueblo cerril del Banat, región habitada por rumanos de habla alemana y húngara. Es un entorno en el que el silencio es una actitud vital que "puede mantenerse durante toda una vida dentro de la cabeza cuando se está convencido de que gastar las ideas hablando es un despropósito", como explica el ensayo Cuando callamos, resultamos desagradables... Cuando hablamos, quedamos en ridículo. La tétrica y al mismo tiempo familiar figura del rey incluso posee valor simbólico para la historia de la madre de Herta Müller y su estancia de cinco años en el campo de trabajo soviético, herencia de la que se nutre la magnífica novela Todo lo que tengo lo llevo conmigo.
De ahí que, para seguir el recorrido de lugares y acontecimientos vivenciales que engendran el mundo narrativo inclemente y emboscado de Müller, estos ensayos son de gran utilidad. Es más, también ayudan a encontrar claves de acceso a las imágenes perturbadoras de su poesía, que ha ido presentando en poemas collage de aterradora belleza. Al final de cada trecho del rastreo autobiográfico, las citas de sus versos fantásticos, crudos y enigmáticos han adquirido una nueva luz, también gracias a la transparente traducción de Isabel García Adánez. Así, disimuladamente, los ensayos pasan de la historia personal al terreno propio de la deliberación poética, que Müller despoja de cualquier borla académica-teórica, desmontando a su vez el mito de la literatura autobiográfica. "A lo vivido en tanto proceso ni le importa lo más mínimo la escritura, no es compatible con las palabras. (...) Para describirlo es necesario recomponerlo a la medida de las palabras y reinventarlo por completo. (
...) Hay que demoler las presunciones de lo vivido para poder escribir sobre ello, apartarse de cualquier camino real para tomar uno inventado, porque tan sólo éste podrá parecerse al primero".
Sin embargo, estos ensayos no tendrían el efecto que tienen -lo vergonzoso mentado al principio-, si no fuera por otra cosa: en ellos se percibe una punzante necesidad de explicarse y legitimarse. Pues, la víctima que se ha salvado se ve enfrentada de repente, en su vida en libertad, con el cuestionamiento de su trastorno, debe responder a la incredulidad de los saturados ciudadanos occidentales. Su aprendizaje de la libertad va a la par con una renovada pérdida de confianza: en la capacidad de entendimiento y en la empatía ajena. Señalar este efecto secundario, que yo sepa, es único en la literatura de esta temática. Y nos implica a nosotros, los lectores: nos asigna una parte de responsabilidad con unos destinos que no están tan apartados de los nuestros.  ■
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CÉSAR TIEMPO / dos documentos, José Judkovski


CÉSAR TIEMPO 


Para estos años locos , quiero compartir con Uds. dos documentos históricos referidos a CESAR TIEMPO (Israel Zeitlin) : periodista, poeta, novelista, ensayista, autor teatral, cineasta y.... qué se yo cuantas más.
Para cuando fué nominado académico en la Academia Porteña del Lunfardo , ocurrieron dos hechos:

1.- SU RESPUESTA Y ACEPTACION A LA NOMINACION

Carta que dirigió desde Bruselas (Bélgica) donde se había radicado temporariamente, a la Academia:

Bruselas, 24 de febrero de 1964

D. José Gobello :

Querido cofrade:

¿Qué clase de esquenunes son que se sacuden una comunicación con fecha 23 de diciembre del año que ya palmó, dos meses despues de firmarla?  Recién la recibo.

Bueno. Me descapelo emocionado ante la noticia del nacimiento de la Academia y agradezco el honor mas que inmerecido de ocupar uno de sus sillones. No se hasta dónde podrá serles útil un pastenaca de mi calibre, pero si Uds. creen que puedo estar a la altura de las circunstancias - Dios les conserve el optimismo - cuenten entera y filadélficamente con el sottoscritto.

Hágame conocer, mi querido Gobello, los nombres de los demas inmortales, béseme en ambas mejillas al gran Presidente (Don Pepe Barcia), amigo "far away/ and long ago", y reciba un abrazo de oso con la mejor calidad de nostalgia, de este judío rante y errante que lo recuerda siempre

Cesar Tiempo


2.- PRIMERAS PALABRAS DE SU EXPOSICION TITULADA " EL ARRABAL EN LAS LETRAS" PARA CUANDO LE OTORGARON EL DIPLOMA (año 1967)

"Yo pensaba que nuestra gloriosa Academia se reunía en un salón de extramuros, alumbrado a querosén y que los miembros acudían a las sesiones con funyi a lo Maxera, lengue, chaqueta cortona, pantalones mas apretados que un jubilado nacional y botines con botones. Además, que un grone de pelambre encarrujada y ojos de asfalto se deslizaba entre los catres académicos sirviendo mate y bizcochitos con grasa a los prohombres del Instituto. Y que éstos, cuando discutían la genealogía de alguna voz lunfarda, si no se ponían de acuerdo, se largaban al patio y resolvían el problema semiasológico o filológico a puñalada limpia o a balazos..
Pero canto mi "mea culpa" al haberme extraviado de este modo en mi imaginación frangollada. La entidad que hoy me recibe es seria, laboriosa, respetable y acatada como la que más.

Ni Martín Fierro, ni Cervantes, ni Quevedo, inventaron vocablo alguno...solo utilizaron palabras que flotaran de antiguo como una rama de mirto en el ancho manantial del idioma.
El idioma es la fusión del hombre VERDADERO y de la CIRCUNSTANCIA verdadera. Toda ciudad tiene sus arrabales y todo arrabal tiene su jerga, su modo de expresion peculiarr. La aventura del idioma está en la calle.

...Por lo arrabales de Londres, junto a las turbias aguas del Támesis, anduvieron Spencer y Shakespeare; allí hallaron personajes con olor y dolor.

...Buenos Aires tiene dos calles tristes, solitarias, sórdidas. Una se llama Roberto Arlt y la otra Carlos Gardel...busquen nuestros munícipes una calle mas triste, mas lamentable y pínteles el nombre de Dante A. Linyera y su nombre ayudará a los muchachos que sufren como él sufrió, a sentirse menos solos"

Con abrazos y respetos, por la copia:
José Judkovski

CARLOS ARTURO TRINELLI – narrativa


Enrique Lotrisky


crónicas newyorkinas por Enrique Lotrisky

I
                                                                                                                                                     
Demasiadas cosas nos suceden en el desarrollo de la vida y a pocas o ninguna podemos anticiparlas.
     Cuando Amalia me propuso acompañarla a Nueva York confieso que dudé, duda que en mi vida no representaba ninguna novedad. Es que odio realizar trámites, hacer colas, someterme a distintas clases de escarnios, postura esta que me emparentaba, según Amalia, con aquellos caballos que jamás terminan de amansarse y reservan para si parte del discernimiento de libertad. Hice todo lo que había que hacer convencido de que en algún momento algo se opondría entre Nueva York y yo. No fue así.
     Ahora me enfrentaba a recuperar mi temple de acero ( en la versión con John Wayne y Dennis Hooper ), doce horas o más sin fumar, algunas horas sin beber.
     Era la primera vez que iba a viajar tantas horas en avión y la primera vez que iría tan lejos.
     En el almuerzo previo a la partida hacia el aeropuerto de Ezeiza intenté hacer el mayor acopio de alcohol en sangre bajo la mirada rectora de Amalia y de sus hijos Reforcé  la dosis en el aeropuerto en un intento por matizar la espera.
     En zona de embarque ( no sé el por qué de este término si íbamos en avión y comprobé que a la lengua manchega le faltan neologismos del estilo zona de envuelo ) hicimos una cola similar a la de las mangas que orientan al ganado para ser vacunado. Yo no poseía nada que pudiera incriminarme salvo una petaca de Old Smugler comprada de apuro y que me fuera confiscada junto a un tornillo naufragado en el forro de mi saco  que hizo que la alarma se disparara.
     Superadas estas pruebas subimos al avión. Una azafata o mucama de abordo, parecida al recuerdo que tenía de una tía solterona, nos dio la bienvenida y decidió que debíamos seguir hacia la derecha ( cosa que entendí porque dijo right ).
     Contemplé como los pasajeros disputaban bauleras para guardar sus bártulos de mano entre ellas mi Amalia. Me gustaba mirarla con los brazos extendidos por sobre la cabeza y el talle que se afinaba y avanzaba los pechos hacia mi que ya me hallaba sentado en la incomodidad de mi asiento.
     Después de un rato dilatado en expectativas comenzaron las inútiles instrucciones de emergencia que culminaron con la derivación hacia un manual guardado en el bolsillo del respaldo del asiento delantero. No me interesó en absoluto. Una instrucción en particular pareció dedicada a mi, no fumar en el baño, y me dije que tal vez, gente tan volada habría adquirido alguna cualidad paranormal.
     Las tías viejas, al fin eran dos, con fingida simpatía, sirvieron a diestra y siniestra una supuesta cena, tan nimia, tan poco apetitosa que más parecía un reparto para refugiados en un campamento.
     Me dediqué a leer y dormitar o a dormitar y leer. Las mujeres también sirvieron un desayuno tan feo como la cena pero aún más escaso.
     Llegamos y la mañana se desperezaba con nosotros.
     Amalia había alquilado un departamento de un ambiente sobre la avenida Madison. Una combi que contratamos en el aeropuerto nos dejó en la puerta.
     Ella se dedicaría al congreso mundial de miniaturismo en porcelana y yo al intercambio mundial de bebedores en las barras sin que las Erinias interfirieran en mi misión.
                                    

MORGAN II

                                                                                                             Conocí a Morgan en la barra de un pub en Nueva York. Yo aprovechaba la franquicia para beber con descuento que culminaba a las 7 pm. Ella hacia lo propio pero desde el comienzo, las 4 pm, para beber por el cincuenta por ciento del precio. Era una mujer mayor o tal vez gastada, de una edad incierta que la ubicaba arriba de los sesenta pero por debajo de la siguiente década. Tan delgada como el humo de un cigarrillo, el pelo corto, el rostro enjuto surcado por arrugas simétricas que le estiraban los ojos y le enmarcaban los labios finos y caídos. La nariz se mantenía altiva y el cabello mudaba el tono rojizo en el nacimiento. Cuando hablaba, su voz grave contenía cierta musicalidad, me agradaba oírla y más me hubiera agradado entenderla porque Morgan era norteamericana y hablaba en inglés.
     No me hablaba a mi en particular sino que lo hacía para todos los que fatigábamos la barra. Algunos le respondían y todos reíamos en esa camaradería apenas alumbrada por las luces que iluminaban a las botellas. Yo reía cuando había que hacerlo recordando una frase que repetía un tío míodonde fueres has lo que vieres. La relación que todos manteníamos en la barra era presa de lo efímero. Cualquiera dispuesto a oír podía ocupar un lugar.
     Se bebía de manera lenta pero con tenacidad interrumpida sólo para salir a fumar en la vereda. El tiempo en la barra, el tiempo en la vereda diferían del propio tiempo indefinible por naturaleza. Hablo del tiempo mejor, aquel que se invoca en la queja ya vendrán tiempos mejores. Eran éstos y de ahí la morosidad, de ahí el deleite.
     Comencé a compartir con Morgan los momentos de fumar en la vereda. Una imperceptible seña con el atado de cigarrillos bastaba. Ella descendía de su taburete y pasaba por delante de mí con pasos cortos, sus pantorrillas se rozaban al caminar y lo que quedaba de su culo pequeño acompasaba la marcha en su notoria escoliosis.
     Como en un eterno primer instante su sonrisa era permanente mientras fumaba un cigarrillo detrás de otro. Me hablaba despacio, elegía las palabras para que yo las entendiera y remataba las frases con una muletilla you know. Me contó que vivía sola y que tenía un gato o que el gato la tenía a ella. Morgan era viuda. Morgan había perdido un único hijo en Irak
     Uno de esos días me mostró una foto del hijo. La observé sobre el mostrador de la barra. Una instantánea tomada de apuro con una polaroid. Nick, el difunto, en uniforme de combate apoyado sobre la puerta de un vehículo Hummer. El plano era malo, tres cuartos de la foto lo ocupaba un cielo lavado de resplandor y los ojos no se veían cruzados por una línea de sombra que proyectaba el casco sobre su cara. Toda una metáfora pensé, incluso la sonrisa de labios estirados más parecida al temor que a la alegría del recuerdo.
     Todas las tardes Morgan me inquiría sobre los lugares en que había estado o qué me había parecido tal o cuál cosa.
     Cuando llegó el fin de mi estadía y le hice saber que viajaría al día siguiente, dijo algo relacionado con que me iba a extrañar y que deseaba invitarme con una consumición. Acepté y nos reímos al asegurarnos uno al otro que sería la última.
     Esa noche nos fuimos juntos. Caminamos a su paso por la avenida Park hacia la 36 y de ahí hasta la avenida Madison en donde cada uno seguiría su camino pero no sería una repetición más de las que nos tiene acostumbrados la vida. El hecho tenía la impronta de ser original. Morgan y yo no volveríamos a hacerlo. Morgan y yo no volveríamos a vernos.
     Entendí más o menos cuando me dijo que debido a la guerra había comenzado a beber. No supe articular una respuesta en su idioma y se la di en el mío:-Nunca se sabe bien por qué uno lo hace.
     Tomó mis manos en las suyas y me dijo gracias. Después se alejó caminando como si estuviera paspada.
  
                                              
                                           MICHEL. III


     Salí a caminar. Me hallaba algo confundido no tenía nada qué hacer y no me podía oponer porque nadie se opone a nada. Caminé por la avenida Madison hasta la calle 42 y de ahí hasta la Estación Central. Entré como uno más. Me paré en el hall y miré los destinos en el cartel; aparecían abreviados y no pude comprenderlos. Me asomé en los andenes y recordé a Gary Grant escapando de un tren en Intriga Internacional, dudé en subirme a cualquiera pero desistí para tomar la primer cerveza del día.
     Con algo de combustible retomé la senda de la 42 y en la intersección con la 5ta. Avenida encontré el edificio de la Biblioteca Pública. Entré. Paredes de mármol, escalones de mármol y un grupo de turistas en una visita guiada. Como al descuido me les puse a la par justo para detenernos ante un bebedero en desuso incrustado en mármol en una pared de mármol. La guía explicó que el agua no aprovechada se reciclaba o eso creí entender ya que la señora hablaba en inglés. Avanzamos y nos detuvimos a las puertas de una galería. Aquí sobrevino un discurso matizado de bromas que no entendí pero que supe eran bromas porque todos reían con más o menos ganas. Supuse que llegar hasta los libros sería una larga marcha incomprendida y abandoné al grupo.
     Decidí descansar en un banco de mármol recostado sobre la pared de mármol y observé que todo el personal de seguridad era de raza negra. Los uniformes eran indistintos y las mujeres apenas conseguían diferenciarse.
     El sitio era fresco y distante. Las ganas de fumar me hicieron abandonar la biblioteca sin haber visto un solo libro.
     Retomé la 42 y llegué a Times Square, un festival de carteles luminosos y fotógrafos aficionados. No pude menos que sentirme abrumado ante el despliegue tecnológico. Torné a caminar por la calle Brodway y escuché mi nombre con el énfasis de una pregunta. Cuando fui joven me creí inmortal ( no afirmo que ésta creencia me haga parecer original) pero ahora sabía que no era un highlander y no iba a responder la pregunta de si era yo el verdadero Enrique de los cientos de miles que pululan en el mundo pero las personas como yo somos víctimas del azar y me di media vuelta. Un hombre sanguche con un cartel colgado que promocionaba algo me sonreía con nada en la boca que no fuera la lengua.
-Soy Michel, dijo y aclaró,-Miguel.
     El cartel le tapaba las rodillas, los brazos se balanceaban sin hombros y la cabeza emergía del anuncio como un faro apagado. Imposible reconocer al monigote que me conocía. Acorté la distancia y lo miré con detenimiento. Los ojos vidriosos sobresalían sobre unas ojeras púrpuras con la mirada del vicioso. La boca vacía dijo:-Soy Miguel Gómez, el Migo.
     Entonces retrocedí como para leer el cartel pero la verdad era que lo hacía para acompañar a la memoria y lo hallé, el Migo, un mexicano que conocí en Buenos Aires a mediados de los 90 cuando entré a trabajar en el depósito y expedición de una panificadora mexicana. El Migo se le puso de apodo por las trapisondas que hacía con los panes vencidos. Su cargo era el de encargado del depósito y en el afán por hacer amistades organizaba buenas fiestas. Yo le escapaba, nunca me gustaron las fiestas de sexo grupal y drogas pesadas que convertían a los participantes en muñecos desinhibidos, caricaturas grotescas de la miseria humana empeñados en entristecer la carne, es decir, sus placeres.
     Bueno todo esto o más o menos pensé al reconocerlo y saludarlo pero ahora agrego que sé el por qué le huía o lo trataba con reparo. Él sabía que moriría un día, yo no, de ahí la diferencia, quizá las diferencias se zanjaron en el tiempo que todo lo aproxima.
-¡Migo! Exclamé y le tendí la mano.
     Me la aferró de costado por el cartel que le impedía extender el brazo hacia adelante.
     Lo que siguió fue todo un te acordás de …y alguna risotada. Después se afanó en hurgar en sus fracasos sin preguntarme nada y reflexioné que está bien, la gente se mantiene viva preocupada en sí misma. Lo curioso aconteció cuando por decir algo lo invité a beber una cerveza.
-Mira, vas a gastar 30 o 40 dólares, has una cosa, ves ésa mujer allá enfrente.
     Miré y vi una mujer cartel.
-Es mi esposa, dale los 40 dólares y dile que se los mando yo.
     Nos despedimos sin euforia y crucé la calle. Me dirigí a la mujer, una morocha con algunos dientes y el aspecto de las mujeres secretas de la historia. Le di 10 dólares y señalé a Miguel que saludaba con los brazos por sobre la cabeza. La mujer solo dijo:Gracias. ■


ANDRÉS ALDAO - Un Rusito en Buenos Aires* (I)



Cuando se es joven se vive creyendo

que uno es lo más importante
en la Tierra; cuando nos
desengañamos de eso a base de golpes,
estamos preparados para vivir el resto de la vida."


El maestro Piccardo y esas composiciones que debíamos escribir en clase me arruinaron la vida. ¡Maldito petiso, quién le pidió esos Mb felicitados! A mí, un vago crónico, un soñador que veía a la escuela como una muralla china, como una ciénaga profunda y fullera... (memorias de Un Rusito en Buenos Aires)



Mis viejos no me revisaban los cuadernos; eran inmigrantes llegados de Rusia. Mi viejo, escapado del campo de prisioneros en Polonia, llegó a la Argentina en 1923 con pasaporte falso. Y mi vieja, con mi hermana en su panza, llegó el mismo año. Leían en castellano pero no para vigilar mis cuadernos. La verduga era mi hermana la Pelirroja:
—¿Vos escribiste estas composiciones? —dijo incrédula-.No lo puedo creer.. ¡No y no!
—Pero si están hechas en clase, pedazo de infame buchona y pelirroja.

Cuando terminé sexto grado mi viejo ya había decidido que mi futuro estaba en la industria; nada de violinista, médico, contador público, bailarín de tango o abogado. Influido por un tío mecánico me dijo: ¡A estudiar a la escuela industrial! Fijense mi drama: Un tipo que tenía un mundo propio, íntimo, un feroz introvertido, un fantasioso novelero con monólogos mudos y que, en el silencio de las mañanas, mientras los viejos laburaban, tenía su radio propia en la que era locutor, comentarista político o transmitía partidos de fútbol imitando los alaridos de gol del Lalo Pelliciari... Todo para mí en mí, confinado y silencioso en el planeta de mi imaginación. Y a mi viejo, entonces, no se le ocurrió mejor idea que mandarme a estudiar a la escuela industrial Nº 2, la EINO de Juan José Biedma 67: álgebra, trigonometría, física, geología, materias exactas, prácticas... a mí... A mí, que trepaba sobre sueños y fantasías.

Fui a hacer, pues, el examen de ingreso. Y para mi enorme desilusión, aprobé. Fue la peor noticia que pude concederme. Mis viejos contentos, orgullosos, y yo con la sensación de un broche de ropa apretándome el intestino grueso... Evocando mis composiciones... el lirismo romanticón que desplegaba en mis escritos de sexto grado. En realidad, Piccardo me “descubrió” (como “descubrieron” a Omar Sívori o a Cantinflas...) y me abrió los ojos, me tiró una cuerda de seda. Sentía las letras en el paladar, en el cuore, era el primer mojón del sendero de la pubertad, el signo interior. Sí. Lo sentía aun en el paladar. Aunque comencé a consumar la ambigua profecía del maestro 54 años más tarde...

Cuando fui a la primera clase en el industrial y observé las jetas de los tipos que iban a ser mis condiscípulos, comprendí que me había metido en una tela de araña sin araña, trama ininteligible y apretada, y el rusito que cuenta sus cuitas estaba amarrado a una decepción casi patética.
Mientras tanto, iba estirándome como un alambre de cobre doblado, patas delgadas y brazos extendidos, el lope largo con jopo y la cara de un púber fascinado por todas las extrañas sensaciones de la edad. Y el acné desalmado. Tenía que hacer algo. Y rápido.

Ya en la escuela encontré la solución y la salida: estar en la clase, decir presente y enseguida darle planeo a mi cabeza. Escuchaba la aridez del profe de matemáticas y física, la lección de historia en la que un alumno recitaba como papagallo el capítulo de Grecia y Esparta o el Nilo y la Mesopotamia mientras yo disfrutaba con una novelita de Sexton Blake y su ayudante Tinker. No me fue nada mal. Hasta que de sopetón me llamaban al frente.


El tiempo seguía su curso. Dos veces por semana teníamos taller y una de educación física. Nunca había visto a un condenado caminar hacia el cadalso como este quía, excepto en una película de Boris Karloff.
Así transitaba los días. Y por las noches soñaba con los libros que escribiría, con la fama y la notoriedad de mi nombre...¿o usaría un rimbombante seudónimo? Crecía mi soledad, el martirio de la escuela y mis sueños adolescentes que no cesaban. La realidad era gris-negra, pesada y aún decepcionante.

Fue en la mitad del año 1943. El 4 de junio el ejército terminó con el gobierno del conservador catamarqueño Ramón S. Castillo. La era del fraude, la década infame y el contubernio, ¿tendrían su fin? ¿Y qué ocurriría después? Estaba al día con las novedades de la guerra en Europa y con los vaivenes del golpe militar. Todos los días leía El Mundo que costaba cinco guitas después de las once de la mañana.
La 2º Guerra mundial estaba en su apogeo. Había nacido y me criaron en un hogar en que nada de lo que ocurría en el mundo le era ajeno. La guerra civil española, el estallido de la 2º guerra en Europa, la persecución de los judíos y todas las minorías no arias. Y allí yo, empapándome de táctica y estrategia, los vaivenes del conflicto, la batalla de Stalingrado que terminó con la derrota germana el 31 de enero de 1943.

La guerra no podía pasar desapercibida, igual que durante la guerra civil en España. Nadie podía encogerse de hombros. Los millares de españoles radicados en el país estaban a favor de los leales o los falangistas... Y todos los inmigrantes de la Europa oriental tenían parientes en Polonia, los países del Báltico, la URSS. Mis viejos y los paisanos vivían en la incertidumbre, sus padres o hermanos estaban en las garras de los alemanes y llegaron las primeras noticias sobre el exterminio, los campos de concentración y los crematorios. Sólo en Villa Ballester reinaba el regocijo de los teutones, claro...
Toda esta realidad  influyó en mi espíritu. Entretanto, la EINO y los estudios pasaron a segundo plano. Aprender materias era algo sin vida mientras fuera de la escuela el mundo se desangraba y llegué a la conclusión de que debía hacer algo... Mientras la heroicidad me convocaba, en la escuela había grupos políticos que se movían y actuaban en consonancia. Yo ya había entrado en la vorágine
* * * * *
Un día que regresaba de la escuela, en Nazca y Jonte bajó del tranvía 84 una piba con delantal. Morocha, bien formada y cara de ángel. No la  conocía. La seguí con la vista, luego fui detrás de la piba como un perro perdido; ella tomó por Jonte hacia Cuenca, hacia la cancha de All Boys... Nunca la había visto. mas me produjo un terremoto visual, latidos magnánimos y asombro.
La imagen de Ana María, la morocha que bajaba todos los días en Nazca y Jonte, estaba al margen de la guerra, de Stalingrado,  de los conflictos del mundo. Y de la EINO y los estudios. Y al impulso de la edad, la candidez del amor adolescente resaltaba y se imponía, me llevaba en brazos a imaginar fantasías exaltadas y amorosas.
Un mediodía, cuando bajó del tranvía, me puse a su lado y le pregunté a qué escuela iba: al Normal Nº 4 en Rivadavia y Acoyte,  me dijo. Me emocioné como un paparulo. Tengo una chica conocida allí, a lo mejor la conocés, le susurré con voz de Oscar Casco. Y me animé:
—Mi nombre es Adrián, pero me llaman el Rusito, ¿y vos?
—Ana María Kahan, pero no me dicen la rusita —sonreí como un tarado.
Pensé que estaba soñando... Con la vergüenza que cargaba encima, creo que las mejillas se pintarrajearon de un rosado subido. Los ojos de Ana María eran grandes y negros. La acompañé hasta Lavallol y Jonte: vivo en la otra cuadra  pasando Arregui. Chau, gracias por acompañarme pero que mi mamá no nos vea; sabés como son las viejas, me dijo con una sonrisa que me mató...
La vi alejarse. El corazón brincaba como una calesita sin freno y pensé que iba a salírseme del pecho. La euforia que sentía era por mi coraje, por caminar a su lado, porque me dio su nombre, por hacer pinta y exhibirme en las calles del barrio con una piba. Luego, en un acto de arrojo, saqué un particulares livianos  y lo prendí. Soy un hombre, pensé feliz y... espantado por caminar con el faso entre los dedos...
Cuando entré a mi casa tenía ganas de tirarme sobre el catre y divagar, pero estaba desarmado. Tiré la cartera del colegio con rencor, sin abrirla... Así quedó hasta el día siguiente, hermética e invisible al lado de los libros y carpetas.

Mi viejo estaba laburando en el tallercito de arriba, la vieja lavaba los platos, mi hermana la pelirroja ayudaba al viejo —a la tarde estudiaba inglés y dactilografía en la Academia Pitman.
Me pasé el día en la terracita: una tarde de sol a pesar de ser junio. Había tenido muchas novedades juntas. Miraba el cielo celeste, límpido, con algunas nubes blancas vagabundeando sin rumbo. Era feliz, me sentía enamorado. ¡Y la EINO a la mierda!

Esa noche no podía conciliar el sueño. Fantaseaba escenas de amor, le hablaba a Ana María moviendo los labios, cerraba los ojos, besaba mi mano como si fuese la de ella; finalmente caí en un sopor y me dormí. A la mañana no me desperté para preparar el mate y tomarlo con el viejo.
¡Hey, tenés que ir al colegio, qué te  pasa! La voz de mi padre sonó como un petardo y me levanté. Supuse que iba a ser un día distinto, que había empezado una nueva vida. Y no estaba muy equivocado... Empero, la rutina gris me convocaba. No había hecho los trabajos para la clase de Biología,  y ese día iba a tener prueba de física. 
Evoqué con cariño las ratas en la primaria y decidí rememorarlas...y practicarlas. Con la cartera a cuestas fui a pasear por el parque Rivadavia solo, feliz y libre, como un gorrión que comienza un vuelo y desconoce el puerto de destino. No tenía idea de que esta metáfora sería mi camino en en la  vida ■

* Este texto (y los que vengan...) serán memoria, evocación, historia, algo de biografía personal y ficciones que tienen raíces en una realidad que fue. O no. Y serán publicados de acuerdo al orden desordenado de mis recuerdos.

Andrés Aldao
 

 




ALEJO URDANETA - cuento



  
EN LA DUDA

Por colinas,
caballos veloces aplastaban
la nieve profunda…
A un lado
un templo sagrado, solitario
asomaba al camino.
De pronto estalló la nevasca
y la nieve cayó a grandes copos.
En el ala azabache
un graznido,
sobrevuela un cuervo el trineo.
¡El gemido augura desdichas!
Los caballos de  andar presuroso
oteaban las sombras lejanas”

 (Pushkin: La tempestad de nieve)


Naciste, pobre funcionario de provincias, para cumplir el mantenimiento del orden en un pueblo asediado. Dices vivir hoy la nieve de primavera, la última del infinito invierno que impide tu sueño, en una barraca que sirve como habitación y tiene lo indispensable.
            El cielo te cambió la felicidad por la costumbre, lo leíste en un poema. Tu existencia tiene callos como los de tus pies macerados en duras botas. Te sientas por la tarde en la mecedora a la puerta del calor. El pueblo está siempre vigilado por un ejército militar que tiene un jefe de Departamento con quien juegas a las cartas. Ocurren esos movimientos inexplicables de camiones de tropa que van por las calles levantando el polvo rojo de la sequía, y no sabes para qué ni a quién persiguen o buscan. El jefe del Departamento es tu amigo pero no te da respuestas.  El juego de cartas exige atención.
            Siempre, en algún lugar del pueblo, es maltratado un hombre, a veces un niño o una mujer. No sabes de la falta que les imputan. Siempre hay alguna persona humillada o torturada, lo exige el orden y no hay otra explicación.
            Dices recordar a una niña casi mujer a la que trajeron con su padre. El hombre venía a empujones y lo golpeaban para que no se detuviera y llegase al lugar de confinamiento: un almacén agregado a la barraca de soldados. Te enteraste de que el hombre se había rebelado ante una orden inútil. El lenguaje silencioso del cautivo engendraba fuego, el silencio es fuego. Porque no cantó, su sombra canta ahora y va goteando sufrimiento. Irá al almacén con suelo de tierra apisonada y allí quedará aherrojado. Ese es el destino que impone la autoridad.
            En la espectral textura de la oscuridad, la melodía de sus huesos quebrantados sonará como campana seca.
            Ella había visto cómo maltrataban a su padre, escuchó sus lamentos y nada podía hacer. Y tú estabas allí y también presenciaste la humillación que sufrían los prisioneros de la nada. La niña dejó de serlo cuando contempló la agresión de los inquisidores, vio cómo iba callando el alarido del padre hasta apagarse en la tierra, costras de gris en el desierto del pueblo. Lo vio morir antes de que pudiera llegar a la prisión de la barraca.
            La niña fue tomada a la fuerza y llevada a otro lugar cerrado: cuarto de herramientas oxidadas, olor de podredumbre.
            La llevaron al cuarto pestilente y debajo de su vestido de niña ardió un campo de llamas. Calló su palabra pero su rabia la transformaba en bestia que pateaba, y fue agredida y sus pies golpeados hasta deformarse. Los ojos recibieron el golpe involuntario y quedaron atrofiados: sólo le dejaron un resplandor para que pudiese seguir el camino. En su visión maltrecha, un agujero, una pared que tiembla.
            Y tú estabas allí.
            Después sentiste remordimiento, quisiste ser padre, la figura llamada padre, cualquiera que sabe que maltratan a su hijo y no puede protegerlo. Ese hombre prisionero tenía un deber que cumplir y no pudo hacerlo: nunca le será perdonado. Saberse condenado por no salvar a su hijo, ése era su único conocimiento. Y tú querías asumir la paternidad tronchada a la niña. Así lo sentiste ese día.
            Te acercaste a la mujer baldada y le ofreciste protección. Estás solo y envejeces. Ella no se opuso y se fue contigo, pero no te quería porque eras otro funcionario de aquellos que la agredieron y mataron al padre. Ablandaste el rencor – o creíste hacerlo – a cambio de seguridad y alimento. Había yacido días animales, y el viento y el fuego de la ira se borraron por algo que parecía sumisión y era indiferencia. No sabe ahora si es pájaro o jaula, o mujer que ha quedado entre cirios para cubrirse de cenizas. Tan fácil para ella saber que no hay nada más.
            Actuaste con rectitud, deseabas compensar el dolor y la humillación, porque la soledad ya la traía. Decías para ti mismo que no había otros motivos dudosos para tenerla contigo. En el fondo tenías la certeza de que hay un lugar y un momento para la penitencia, y ese era tu casa. Estabas pidiéndole una contrición de la que ella no era deudora. Con eso justificabas el acercamiento amoroso, rechazado en silencio. Sabías que ella no volvería a ser enteramente humana.
            El amor puede ser un simple hecho de la vida, y los actos de un funcionario de provincias pueden significar todo o ser inocuos: amarla para aliviar su tormento, poseerla, intimidarla, alejarla de ti. Todo eso pudieras hacer. La contemplas y ves sus cicatrices, sientes que la salvaste de morir pero te reconviene la culpa de no haber evitado su dolor sin remedio. Todo parece normal.
            Cedía la mujer a tu búsqueda, pero cerraba los ojos ciegos para no abrirlos nunca más. Que afuera el curso de la vida se alimente de relojes, de flores sin perfume. Ella toca los espejos de su mutismo y no pronuncia palabras que no puede articular en su mente alterada.
            Pudo sonreír alguna vez, dejar que la acariciaras y responder al llamado de la sensualidad; pero todo era efímero. Sus ojos apagados miraban hacia la noche en pleno día. La palabra era solamente un sonido ininteligible. Es muda la muerte. El voraz sonido de la garganta de la niña es un murciélago que vuela al techo de la barraca. Tú eres una máscara callada, sin poder ofrecer el sortilegio de la palabra que une, y vigilas este aposento de miseria donde la temible sombra es la tuya, porque ella no tiene sino oscuridad y no percibe ningún cambio, apenas la lumbre de la llama de una vela.
            No sabías si la amabas cuando un amanecer ya no estuvo más. Le habías dicho una vez: “Haz que no muera sin volver a verte”, y llegó ese día en que ella no estaba. Signos en los muros, insectos que se posan en el estambre de la ventana.
            Sales a encontrar al viento, preguntando a la noche. Te llama la sapiencia de lo oscuro y acudes a la sombra, asediado por lobos hambrientos en el desierto negro. Late el silencio con sangre espinosa y suena lívida su ausencia. Preguntas a la incierta luz de las constelaciones cuál libertad le diste a ella al rescatarla. No fue la de comer o pasar hambre, permanecer callada o hablar contigo. Cambiaste su vida y pudo sobrevivir, pero nunca sanaste su herida con bálsamo alguno. El abrigo paternal que quisiste ofrecerle estaba roto.  No lo tenías tampoco para ti.
           
Tengo toda la noche en las venas. Puedo ahora perderte, dejar mi cuerpo mudo a la urgencia del deseo.
            Al anuncio del primer albor, cuando el ave ensaya su canto, abriste la puerta hacia el día y quedé entre filosas piedras, cerrado el portón hacia mí mismo. Quedamos, al alba, solos, separados.  ■

LÁZARO COVADLO - Llovían cuerpos desnudos



Nació en Buenos Aires en 1937; vive. Su obra se divide en dos etapas: una, que va de 1965 a 1975 e incluye los volúmenes de cuentos Los humaneros y En este lugar sagrado, así como la novela La cámara del silencio. Ya instalado en España, comienza la segunda etapa, con títulos como Conversación con el monstruo, La casa de Patrick Childers y Bolero, en el género novela; y libros de cuentos, Agujeros negros yAnimalitos de Dios, al cual pertenece este relato .

A Magdalena Saavedra


Le había sacudido un bofetón a su mujer a eso de las tres de la tarde. O a las tres y media, o a las cuatro, más o menos. ¿Quién puede controlar la hora cuando está un poco pasado con la bebida y algo alterado y no se le ocurre nada mejor que pegarle a la esposa? En todo caso había sido después de comer, seguro. Una comida opulenta de pescados y mariscos y tal vez un litro y medio de vino blanco de una comarca de Cataluña. Pero antes había bebido dos vasos de whisky. ¿O fueron tres? Después del café dos copas de coñac. ¿O fueron tres? No bebas tanto, Marcelo, había dicho ella. No era la primera vez, hacía más de diez años que se lo repetía. No bebas tanto, Marcelo; no comas tanto, Marcelo. Después venía el sermón: tanta comida y tanta bebida, por fuerza debían ser nocivas para su salud física y mental. Yo soy médico y sé muy bien qué es bueno y qué es malo para la salud física y para la salud mental, ¿entendés, María del Carmen?, ¿entendés lo que te digo? El diálogo renacía a diario, sin variaciones, desde hacía diez años hasta la fecha. Parecían actores en gira perpetua dedicados a representar en todas partes la misma pieza teatral. Él recordaba muy bien haber discutido sobre lo mismo en Mar Del Plata, en Villa Carlos Paz, en Punta Del Este, en el hotel de las Cataratas Del Iguazú. La última vez en Lisboa, el día anterior.
El vuelo de Lisboa a Barcelona en un aparato de la TAP había transcurrido por un cielo sin nubes, pero fecundo en cuanto a lluvia de cuerpos. Todos caían desnudos, como de costumbre. Reconoció algunos, la mayoría de aquellas caras las tenía muy acopladas a su memoria visual. De otros recordaba más que nada ciertos detalles del cuerpo: las cicatrices de determinadas operaciones, una pelambrera de excepcional abundancia, ciertas peculiaridades muy notorias de los genitales. Cada uno poseía su propia singularidad. Nunca faltaban dos o tres a quienes una vez que el avión rebasaba los seis mil metros les daba por pegar la nariz a la ventanilla para mirarlo a los ojos. Pareciera que por un rato se resistían a dejarse caer: se pegaban al fuselaje como moscas a las paredes y no aflojaban hasta que el aparato tomaba más altura, sólo entonces desaparecían de su vista. Ese era el momento en el que él podía intentar relajarse –sin consentirlo del todo– y llamaba a la azafata para pedir el primer whisky.
Como trataba de evitar que lo tomaran por loco hacía tiempo que había dejado de informar sobre la lluvia de cuerpos durante los vuelos, ya fueran éstos interprovinciales o internacionales. La primera vez que advirtió el fenómeno dio fuertes voces y se armó un tremendo alboroto en la cabina de pasajeros. Ocurrió en 1983, poco después de su alta en el Hospital Naval, donde había estado unos meses como paciente, en neuropsiquiatría. Él y María del Carmen viajaban a Mendoza con la excusa de visitar a la familia. Esa escapada era en realidad la primera de una serie de peregrinajes de intención terapéutica. Entonces aún no le habían dado el retiro -faltaba todavía un año para que dejara el Arma-, pero la superioridad tampoco le había designado un destino: lo consideraban un elemento psicológicamente inestable y por lo tanto fue relegado a una suerte de limbo hasta que decidieran qué hacer con él.
Ese vuelo entre el Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires y El Potrerillo, en Mendoza, había resultado una excursión al centro mismo del infierno. Un infierno a gran altura, o no tanto: nada más rebasar los dos o tres mil metros comenzaron a llover cuerpos hasta hacer que el firmamento se oscureciera. Ya en el sur de la provincia de Córdoba el cielo cobró una consistencia sólida de pieles y huesos humanos. Uno de aquellos hombres al parecer golpeó en su caída el alerón derecho provocando una fuerte sacudida en el aparato. ¡Hay que aterrizar, hay que aterrizar!, gritó Marcelo; ¡avisen al piloto que ellos están cayendo! ¡Díganle que aterrice cuanto antes! Tranquilícese, señor, estamos pasando una zona de tormenta, pero el comandante tiene todo bajo su control, dijo la azafata. ¡Calmate, querido, por lo que más quieras!, le rogó María del Carmen.
Recordaba el tono de voz resignado, urgido y maternal con el que su esposa pretendió aplacarlo en aquel momento crítico. Con la misma apremiada paciencia, con idéntica sufrida dulzura, ella se empeñó en reconfortarlo cada vez que su obsesión volvía a brotar. No debió haberle pegado, se reprochó mientras contemplaba tras los ventanales de la habitación del decimosexto piso, en el hotel Princesa Sofía, el paisaje urbano surcado por la avenida Diagonal y más allá el Tibidabo con su iglesia en la cima. A tan baja altura nunca había observado que llovieran cuerpos desnudos. De todos modos ya estaba haciéndose de noche; jamás vio caer gente en la oscuridad, aunque sí entre la blancura gris de las nubes. Las tinieblas representan un descanso para la vista, se dijo. Miró la hora en la esfera de su reloj y se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde que abofeteó a María del Carmen y ella abandonó el cuarto sin preocuparse por cerrar la puerta. Entonces pensó que no tardaría en volver, pero ya eran más de las siete y quién sabe dónde podría estar. Tal vez dando vueltas y más vueltas por los alrededores, igual que la última vez que a él se le fue la mano, en Mar Del Plata, y ella se pasó la tarde caminando entre la plaza Colón y las calles San Martín y Santa Fe y regresó al hotel cargada de compras –un montón de pulóveres innecesarios– cuyo importe total produjo un fuerte menoscabo en su economía de marino retirado. De cualquier manera no le afectaba demasiado que su esposa se resarciera de los malos tratos gastando dinero; algún día no muy lejano dejarían al fin de llover tantos cuerpos y pondría un consultorio en Buenos Aires y sería un médico próspero. Pero le inquietaba imaginarla deambulando por las calles inciertas, porque Mar Del Plata era una localidad familiar, pero Barcelona era una urbe desconocida y, aunque a través de esos ventanales todavía no viera caer a nadie, no por eso estaba tranquilo, sobre todo porque ya hacía mucho que ella había salido y pronto sería la hora de ir a cenar y otra vez tenía hambre. Lo que vos tenés es apetito, Marcelo, el hambre es otra cosa, solía decirle María del Carmen. Dejame tranquilo, ¿querés?, si te digo que tengo hambre es que tengo hambre... ¡y no se hable más! Pero ella tenía razón, lo sabía. Desde que empezaron a llover cuerpos y más cuerpos no había dejado de atiborrarse de comida y alcohol, así que terminó poniéndose muy gordo y tuvo que cambiar todo su vestuario, lo que sumado a las compras de María del Carmen, las facturas del hotel, los billetes de avión y las abultadas cuentas de los restoranes hacía que se agrandaran sin cesar los agujeros de los bolsillos. Las herencias familiares de ambos permitían demorar el inevitable quebranto, pero tantos y tantos gastos los acercaban con buen ritmo al derrumbe final. Menos mal que algún día, mejor pronto que tarde, dejarían de llover los cuerpos y entonces se acabarían los viajes y él instalaría en Buenos Aires su consultorio de médico endocrinólogo –la especialidad a la que había pensado dedicarse antes de entrar en la Marina– y ganaría bastante dinero, lo que unido a la paga del retiro permitiría rehacer la fortuna matrimonial, pensó.
Era cierto que habría salido más barato consentir que lo ingresaran en una buena clínica en la que acaso a fuerza de descanso, electroshocks y adecuados consejos, lograrían que cesara el diluvio de cuerpos, pero su colega y superior en el Arma, el capitán de fragata médico –psiquiatra– Leoncio Devalle, sugirió la alternativa de los viajes. Váyase de viaje, Publiani, hágame caso. Viaje mucho, suele ser la mejor cura. Llévela a su mujer, que es una buena compañera. Ya verá que en poco tiempo se convencerá de que cuando llueve sólo cae agua... como mucho, granizo.
Buen tipo el doctor Devalle, lástima que no hubiera estado presente la primera vez, en ese vuelo entre Buenos Aires y Mendoza. Creyó volverse loco. Lo sujetaron entre cuatro y resultó que entre el pasaje se encontraba un colega de Rosario que casualmente llevaba consigo unas dosis de sedante inyectable. Pretendieron pincharlo y hasta llegaron a subirle la manga de la camisa, pero él la emprendió a patadas. ¡Soy el teniente de navío médico Marcelo Publiani, de la Armada Argentina, y a mí no me pincha nadie, carajo! ¡Calmate, mi vida, por favor, calmate!, le rogaba María del Carmen. La verdad es que estaba aterrorizado y llegó a creer que lo arrojarían de la nave para contribuir con la lluvia de cuerpos. No pudo dejar de relacionar la situación con aquellos vuelos a seiscientos metros de altura, cuando él mismo inyectaba sedantes a esos pobres diablos desnudos que unos minutos más tarde serían lanzados al Río de la Plata. Por suerte no los veía caer: para evitar el espectáculo y a fin de no vulnerar el principio hipocrático de asistencia a los pacientes iba a esconderse en el retrete, pero los rostros de aquellos infelices se le habían pegado al recuerdo, y era muy extraño; nunca había sido buen fisonomista y algunos días hasta le costaba recordar la cara de su propia madre. Sin embargo esas caras eran inolvidables, algunas mostraban expresiones desesperadas, otras estaban habitadas por el pánico, otras veladas de fúnebre resignación. El tono sermoneante del cura sólo servía para tensar sus nervios más de lo que ya lo estaban: que ésta es una guerra al servicio de Dios y la Patria, que hay que tener coraje, que hay que saber separar el grano de la paja. Tampoco conseguía olvidarse de esa voz. ¡El cura!
Sí, ya lo sé, doctor, le dijo a Devalle. Yo sé perfectamente que ellos ya no llueven desde el cielo. Me hago cargo de que son visiones mías; conozco muy bien la sintomatología alucinatoria, pero es un saber intelectual que no me consuela. Es que no logro sacármelos de la cabeza, créame. No puedo dejar de ver cómo caen, aun cuando entonces no los vi caer. ¿Sabe usted, doctor, lo que fue aquello? ¿Se imagina lo que significaba salir del retrete y comprobar que esos hombres, que un momento antes estaban tan vivos como ahora lo estamos usted y yo, a esas horas quizá serían alimento de los peces?
El capitán de fragata médico Leoncio Devalle compuso un gesto severo llevándose el dedo índice a los labios, que previamente había juntado muy prietos. No, yo no sé nada ni quiero saberlo, afirmó con acento destemplado. No tengo la menor idea de qué me habla. Y se lo vuelvo a decir, no sé nada de nada. Olvídese de todo aquello, hágame el favor, y hágaselo a usted mismo, añadió suavizando la voz, y volvió a aconsejarle que viajara, que viajara mucho en compañía de su mujer, a menos que prefiriera internarse. A él le tocaba decidir.
Estaba claro que prefería viajar; viajar mucho y en compañía de su esposa, como le había recomendado su colega y superior. Pero ¿por qué en avión, querido?, protestó María del Carmen. Ella argumentaba que lo mejor sería desplazarse por tierra, ir en tren o utilizar el coche, para que así él no se viera obligado a contemplar la inevitable caída de tantos cuerpos desnudos. No, tiene que ser por avión, porfió Marcelo. Seguiremos volando hasta que ellos se cansen de llover y yo pueda mirar tranquilo por la ventanilla. Entendelo, María del Carmen, no puedo pasarme la vida huyendo de la realidad. ¡Pero, Marcelo!, esos cuerpos que ves caer no son la realidad real, son meros espejismos. ¡Ya lo sé, ya lo sé, María del Carmen!, le contestó con un suspiro de hastío; pero lo sé sólo intelectualmente. Tengo que convencerme... ¿cómo te diría? Tengo que convencerme con el espíritu. Ella no insistió: se dio cuenta de que, de hacerlo, acabaría recibiendo otra bofetada. ■