Mostrando entradas con la etiqueta ALEJO URDANETA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ALEJO URDANETA. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de junio de 2014

Alejo Urdaneta



ANTORCHA ENCENDIDA

La tela monstruosa de la guerra
ha oscurecido los sueños
olas sin mañana nos dispersan
 y dormimos en calles desiertas
sin amor ni esperanza
Se extingue la antorcha
y apagan los ojos
la araña ensancha su red.

II
Se gana la batalla y pierde la dignidad
Muere el amor y la música enmudece
Seremos abrasados por el infierno
de los muertos en bosques
de mudos lamentos
que en otro sol habrán de madurar
Muchedumbre de estatuas sin gloria
mármol disuelto por el fuego.

III

Las piedras eran jaspe y ágata
cimientos de los muros de gloriosas urbes
Alejandro el Grande engarzado en oro
grabado en tiempo de conquista y muerte
Y hablaron los dioses en los templos
en el abismo de las montañas
frente a los ríos y el mar
Y lo demás silencio.

IV

Humo y sangre dejaron los guerreros
las piedras son ahora templos huecos
sin luz ni contrición
La necrópolis
se puebla de chacales que aúllan
desde el fondo de las tumbas ruegan las manos
la oración del reposo y  la clemencia.

V

Hastiado el mundo
gritó en lo alto el sufrimiento
Sin paz no hay espera en la agonía de lo incierto
Vana muerte, eterna belleza
de la paz.
Brotará un manantial de oro
se abrirán los brazos y caerán
las máscaras
*
Se escucha el vagido de los niños
y el rezo clamando al universo.


  
                                                                                   Alejo Urdaneta

jueves, 20 de marzo de 2014

Alejo Urdaneta



LA LETRA Y LA MIRADA

Estabas inclinada sobre el papel,
las letras sonreían
de tu ingenuidad.
Mirabas los signos sin ir más allá,
sin llegar a la imagen
oculta en la hoja.

Te veía sonreír
y se iluminaba mi rostro
al poner en escena
una ternura,
la réplica de tu sonrisa.
Porque dibujabas signos y letras
estampadas en la lámina
de una pantalla en blanco,
con figuras que no podías ver,
y yo sí veía
al trasluz de los signos del papel.



Estaban las huellas
grabadas en la blanca lámina,
yo percibía tu otredad
y la hurtaba del espacio
que iluminaban tus ojos.


 Alejo Urdaneta

lunes, 25 de noviembre de 2013

Alejo Urdaneta


imagen de la pintora Liz Hentschel


Culto Verdemar

Te veían
a la orilla de tu mar de entre tierras:
Mar espejo, portal de sal.
Ibas hacia la tarde declinante,
el dios miel arrastraba la sombra,
resplandor y turbulencia
de sonoros caracoles.

De tu silencio descalzo
los ojos alucinados en el manto gris del agua
quedaron con visión de náufrago.
Las nubes tras tus pasos
hacia la pleamar
eran contraste con tu contemplación inmóvil,
uva plena en el color celeste,
luz de grana callada en la fugaz carrera
del sol.

Venías a buscar la inmensidad,
a fundirte con el infinito amaranto del mar
para ofrecer el culto de tus dudas.
Traías la ofrenda en sangrante racimo
tan rojo como el atardecer,
tan blanco como hoguera de viento,
y ofrecías a las aguas
la fruta de una lágrima
nacida en la tempestad de tu alma.

Allí dejas tu ofrenda
como esencia del quebranto,
dejas la llama que alumbra

en la noche naciente en los astros.

sábado, 6 de julio de 2013

GRITOS Y SUSURROS / INGMAR BERGMAN,

Alejo Urdaneta



GRITOS Y SUSURROS / INGMAR BERGMAN, 1973

De todas las películas del sueco Ingmar Bergman, quizás GRITOS Y SUSURROS sea la más impactante, por su tema de dura humanidad, por su planteamiento formal. El cineasta tenía el método de escribir el argumento en forma de relato, para luego desarrollar los diversos temas en busca de la unidad o totalidad. Al principio surge como una oscura corriente de agua con caras, movimientos, voces, exclamaciones... Y cuando tiene el tema ya planeado, comienza la formación del film.
Toda la producción cinematográfica de Ingmar Berman muestra un trabajo de exhausta elaboración tanto visual como temática, con el objetivo de explorar la naturaleza de la condición humana. La mayoría de sus películas se ocupa de  la soledad, la esterilidad y la angustia del alma. Sin embargo, pese a tales temas, y gracias a una acertada fotografía, las películas de Bergman capturan imágenes dramáticas de una inmensa belleza. GRITOS Y SUSURROS es una de las mejores obras del director, por su presentación visual impresionante, destinada a mostrar con profundidad psicológica el dolor tanto físico como emocional de los protagonistas.
 Ha sido altamente elogiada y admirada, y probablemente sea uno de los trabajos cinematográficos más destacados en la carrera de Bergman.
**
La muerte es el centro del movimiento de los personajes. Son cuatro mujeres: tres hermanas y una criada.
 Una de las hermanas, Agnes, está en trance de morir de cáncer y es cuidada por las otras dos: Karin  y María, y especialmente por la criada, Anna.
Agnes, la muriente (representada de modo extraordinario por Harriet Anderson), es la propietaria de la finca. Aquí ha nacido y su vida ha sido un transcurso tranquilo, sin emociones intensas y sin el amor de una pareja. Ahora padece de un cáncer y espera la muerte con serenidad. Durante el desarrollo del drama pasa en la cama la mayor parte del día. Reza a un Dios que puede aliviarla, sin mucha convicción.
Karin (Ingrid Thulin) es la hermana mayor de las tres. Se ha casado con un hombre de edad y con buena posición económica y se fue a vivir lejos de la casa paterna. El matrimonio ha sido un fracaso, pero subsiste por conveniencia. Es madre de algunos hijos y no parece haber sentido la maternidad. Es una mujer controlada en sus emociones y no expresa el odio que siente por su marido. En ella se nota una nostalgia de intimidad.
La menor de las hermanas es María (Liv Ullmann), está casada con un hombre rico de la sociedad burguesa destacada en la película. Tiene una hija pequeña, mimada como la madre. María ama el placer, sin consideraciones morales.
Como soporte espiritual de las tres hermanas, está Anna (Kary Sywan), la criada de la casa. Tuvo una hija y ambas fueron recibidas por Agnes, la muriente. Entre ellas se ha establecido una amistad tácita para enfrentar la soledad. Al morir la hija de la criada, la relación entre las dos mujeres se hace más estrecha. Anna es protección y vigilancia, de cuerpo pesado y sensualidad latente.
El escenario tiene un estilo que se asemeja a lo que se nos presenta en sueños. Muebles y accesorios  de gran belleza, relojes que suenan en el amanecer, algunos mezclan sus sonidos. El único reloj que no funciona es el del dormitorio de Agnes, que enfrenta la agonía rodeada de lujos inútiles ya para ella: las cosas están allí aunque ya no las deseamos o necesitamos.
Todo se propone en el color rojo de diversos tonos. La agonía de Agnes es retratada en combinación con recuerdos de los personajes. María recuerda cómo engaña a su marido con el médico; Karin evoca el momento de la cena con su esposo, a solas, cuando se corta la vagina con un vaso roto, para evitar que el marido la busque sexualmente. También Anna, la criada,  despierta sus recuerdos de la relación amorosa que ha tenido con la enferma Agnes.

Es una película cruel y sublime. En una escena al final de la obra, la criada toma en sus brazos a la muriente Agnes, en una posición que imita La Piedad, de Miguel Ángel. El cruce de las imágenes es muy característico de Bergman: luces y sombras se alternan para crear una iluminación indirecta, como en los días nevados.
**
 La escena final nos muestra a las dos hermanas y a la criada (después de la muerte de Agnes), vestidas ahora de blanco, en un paseo por el parque soleado de verano. La imagen, idílica, es una evocación del diario de Agnes, abandonado después de su muerte:
“Un día de verano. Hace fresco, como un anuncio del otoño, pero luce el sol. Mis hermanas, Karin y María, han venido a visitarme. Es maravilloso volver a estar juntas como antes, como en la infancia…”
Bergman retiene en toda su obra los recuerdos de la infancia, sometida al rigor religioso de la familia. Pareciera que en este final de la película se reconciliara con el tiempo vivido en la niñez, como para dejarnos  la frase final del diario de Agnes:
“Esto es la felicidad. No puedo desear nada mejor. Ahora, durante unos minutos, conozco la perfección…”
El tema de la película pudiera ser banal si no estuviese planteado con la complejidad psicológica del autor sueco. Un sueño, una esperanza, el temor ante la muerte de Agnes, sufrido por todas y padecido por la hermana en trance de morir, se expresan en cuadros de rojo diverso, yuxtapuestos con el juego de la memoria de los protagonistas: Esa memoria que son las grietas del olvido y dan paso al remordimiento.
Bergman dijo que el interior del alma es una membrana húmeda de matices rojos.
La música de Bach y de Chopin ofrece, alternativamente, la trágica densidad del tema y el romanticismo implícito en la piedad que merecen los personajes.
La actuación de las cuatro mujeres está a cargo de actrices amadas por Bergman, y que nos ofrecen una soberbia representación de las pasiones humanas en torno a la felicidad y la muerte.
Una gran película que destaca la presencia de la mujer, con sus matices de entrega amorosa, duda y capacidad de odio.
George Steiner dijo en una entrevista no haber comprendido a tiempo que la gran poética de la segunda mitad del siglo XX sería la del cine.


jueves, 23 de mayo de 2013

Alejo Urdaneta



 


CRISTOFUE

“Este trinar
De un simple cristofué
Rotundo
Como el último primer pájaro”
                                        
      ( Armando Rojas Guardia)

 Entró al templo, oscuro a esta hora de la madrugada. El olor de incienso viejo y a moho de especies envitrinadas se quedó en los escaños, las paredes y los arcos encalados. Todo estaba envuelto en la bruma del amanecer y en el silencio del recinto. El hombre sabía que allí estaba el sacerdote que le daría la absolución, y a eso había venido a la iglesia. Quería decir su confesión con la misma brevedad del acto criminal que deseaba exponer al cura: pocas palabras que quizás se hicieran después un torrente entre las columnas en esta hora prima que ni el cura estaría dispuesto a soportar.
Adelantó los pasos hacia el interior, en busca de la sacristía en la que hallaría al sacerdote todavía dormido. Cada paso es una evocación del pecado que ha venido a confesar. Sentía todavía las manos del carcelero aprisionando las suyas, y en su angustia recuerda que huyó a la carrera y se internó en el bosque que bordea al pueblo, cerca de la cárcel donde quedó el castigo impune.
Quería dejar la culpa y recibir el perdón que buscaba en el cura que a esta hora dormía.
(¡Y mira qué impertinencia en esta hora de laudes que hace tiempo no veía llegar; y menos maitines… A nadie sensato se le ocurre despertar a un ministro de Dios a estas horas!.)
El fugitivo está a la puerta del cuarto privado y su culpa parece disminuir tan sólo por haber llegado a la casa de Dios.
 (“Es de noche: ¿por qué he de ser luz y sed de tinieblas y de soledad?”).
Es la canción de la noche, Zaratustra en busca de paz y que ahora lo reconviene.
 Voces de alquimia derretidas como cirios, con resplandores apenas. Porque el pecado se le había hecho grande y no podía llevarlo toda la noche. Fue entonces cuando pensó en el hombre consagrado que podría escucharlo, atender el balbuceo de su arrepentimiento en palabras extensas y terrosas. Allí en el confesionario se guardaría el secreto y tendría la absolución de la culpa que se confunde con la rabia en los devaneos de la conciencia y las omisiones del amor traicionado. Ya había purgado el delito y ahora era un fugitivo.
Los golpes de aldaba quebrantaron el silencio y la paz; sólo se escuchaba el canto del cristofué que cada día interrumpe la calma del conticinio.
(¡Hasta los santos proclamarán su descontento por esta impertinencia!).
No sabe el fugitivo que el carcelero lo ha seguido y ha visto cuando entraba al templo. Supondrá el perseguidor que el otro se entregará en los brazos del confesor, y que será recibido con el amor y la comprensión cuando diga su confesión y su llanto se prenda de las columnas y de los arcos que sostienen los fastos del templo.
(“¿Qué me sucede, amigos míos? Estoy trastornado, aturdido, obediente contra mi voluntad, dispuesto a marcharme muy lejos de vosotros”).
  Palabras sin eco, cirios apagados para siempre.
(Sí. Fuiste impertinente sin saber que yo te seguía con la orden de encarcelarte, para llevarte a la autoridad que te hará confesar la verdad, no con la falsedad de tu confesión de temor, tu atrición impenitente. No pensaste que  tengo una confesión más valiosa que tu voz de perdón. Pero sé también que no eres más culpable que yo mismo ni que el cura abismado en cantos de cristofué, indiferente a tu desesperación y tu miedo. Otro sin sus atributos pudiera darte la absolución, y no este hombre que ha despertado con la alarma de tu llegada y que vive pendiente de los goces sencillos del canto del pájaro en la madrugada.
Ven a mis manos de guardián del orden, piensa que sólo la voz natural del pájaro podrá decirte: Yo perdono, yo perdono, soy la única absolución, la que comprende el discurso de la naturaleza y anuncia que amanece de nuevo y que este día será igualmente indiferente a tu pecado o tu dolor, a lo que haces o has hecho. En esta penumbra y ante el desagrado que le ha producido tu irrupción, el presbítero no podrá concederte lo que buscas. Todo volverá a su acomodo de siglos.)
¿Huyó primero su cuerpo que su conciencia? Los pasos que lo trajeron a la iglesia hicieron eco en sombras temerosas de la luz, y en su mano colgaba el eslabón del castigo, como una huella de herrumbre. Su rostro congestionado por el temor y las lágrimas hablaba de su transgresión; y el pecado reconvenía:
 (“Por la noche volverás a encontrarme; estaré sentado en tu propia caverna, paciente y pesado como un tronco, sentado allí, esperándote”)
Enmudecía todo en el templo, salvo su voz. Un rodeo por los ribetes de la luz le hizo parpadear. Pensó que estaba redimido por algo que no era el gesto indiferente del sacerdote, y en la salmodia que dictaba su conciencia creyó escuchar el melisma del cristofué. Se levantó con brusquedad y dejó al cura perplejo al verlo huir por otra puerta.
 El carcelero vendría detrás.
Es la hora prima y todavía es posible obtener el perdón. Pero no volvería a la sacristía ni al oficiante. Ya no tiene nada que esperar.
No le dirá al cura:
No mires la ventana no escuches el canto del cristofué y permite que mi contrición sea verdadera. Estoy solo en la inmensidad de un rezo mientras tú no tendrás sosiego ni tus manos se cruzarán displicentes.
No le podrá decir:
Veo en tu rostro la sorpresa. Mi confesión es incomprensible y levantas la mirada y nuestros ojos se encuentran con asombro y el aturdimiento se rompe y te ves comprometido en la declaración de mi delito y mi dolor y el miedo y no ves el rosetón enrojecido por la llegada del día.
No lo dirá ahora porque no es necesario. El carcelero podrá venir y apresar al fugitivo que fue absuelto por la voz de un cristofué.



jueves, 21 de febrero de 2013

Alejo Urdaneta




SILENCIO
            A  mamá

*
Pides silencio
para cerrar los ojos
hacer el inventario entre las luces
del alba hasta la sombra.
Duermes en la nervadura
de las hojas
caricia del recuerdo
goteo del agua de la piedra
en la tinaja.
Pides silencio
para sentir el lago manso
escuchar el murmullo de palmeras
y el rumor de la casa vieja
Sin lloro y sin queja
duermes con el susurro
de las alas
en el techo del viento.
Tu refugio de cristal de roca
oculta galerías
nichos de luz y fuego
columnas de hiedra
espejos
Estás en todo
cada amanecer
como la lluvia sobre los tiestos
Has vivido
el alboroto de la memoria
Un manto
que no deja huir al olvido
Naces desde el instante de un día
al infinito de mil luces
en la pizarra del tiempo
**

Alejo Urdaneta
28 de diciembre de 2012

sábado, 17 de noviembre de 2012

Alejo Urdaneta




celebracion del día de difuntos
y la revolución mexicana.
una referencia a toda nuestra américa

La atracción de la muerte está muy acentuada en nuestros países herederos de la cultura hispánica, que a su vez se tiñe de múltiples creencias y ritos de diversas religiones. De España recibimos en tercer grado de consanguinidad la influencia del cristianismo en su vertiente católica, y también los hábitos religiosos de los pueblos que habitaron la Península Ibérica: celtas, íberos, judíos, musulmanes. Además de esa penetración hegemónica, la América del continente sur aceptó la presencia aborigen y la negra venida del África a título de esclavitud.
Todas esas culturas dan a la muerte un sentido de trascendencia o búsqueda de la inmortalidad; por eso es ritual y solemne, a diferencia de las culturas germánicas, para las que la muerte es un pasaje y nada más. Ese gusto por la muerte es ancestral para algunos de nuestros pueblos (me refiero aquí a México), y viene de las guerras floridas de los caballeros nahuas hasta su cristalización en figuras que representan la muerte, hechas de dulces con forma de esqueletos. El día de los muertos es en México un día de fiesta, como una manera de menguar la importancia a la vida. En toda nuestra América hallamos también el conflicto espiritual del hombre solitario que guarda su  intimidad para no perderse y se pone la máscara que disimula su asilamiento: “Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo, y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación” (Octavio Paz: El Laberinto de la soledad)
Hablamos aquí, principalmente, de la celebración que hace México del día de los difuntos, el dos de noviembre. El pueblo mexicano tiene en sus raíces una fuerte tendencia al mito, abolengo indígena que ha aprovechado la burguesía, a la que llamaba “la más inteligente de Hispanoamérica”. El mito revolucionario cayó en bancarrota cuando pasaron los ideales y el indio y el pobre se quedaron puertas adentro de la miseria. Lo mismo ha ocurrido en toda nuestra América.
En comentario acerca de la fiesta de los difuntos en México, hablé de la danza trágica, porque la fiesta de noviembre se asemeja a la obra de Saint-Saens, basada en un poema de Hernri Cazalis, que describe a la Muerte (con mayúscula) tocando el violín a media noche sobre una tumba. A sus ritmos acuden los esqueletos de los muertos para danzar. Es una viva melodía a ritmo  de vals francés. El canto del gallo que anuncia el día hace que todos se retiren a sus tumbas aterrorizados, volviendo la calma en la noche.
Todas las manifestaciones religiosas tienen un fondo social y ocultan un reclamo del más pobre. La Revolución Mexicana de 1910 parecía ser la terminación de las injusticias de los gobernantes del siglo anterior. La frustración que padeció el indio desplazado o el campesino clavado en la tierra, no pudo ser rescatada nunca más. El ideal revolucionario quedó en el intento de unos pocos por alterar el orden implantado por los seguidores de Porfirio Díaz, que de montoneros pasaron a ser dueños de bancos y grandes señores.
Eso mismo lo hemos vivido en Venezuela, y me atrevo a decir que en casi todos los países de la América del Sur. El General Gómez gobernó a Venezuela con brazo de acero durante treinta y cinco años, hasta su muerte natural el 17 de diciembre (el mismo día y mes de la muerte de Bolívar), y quiso sobrevivir con su nombre en generaciones futuras, muchas de las cuales recibieron la bendición y el dinero del viejo tirano.
Las letras mexicanas han tenido un gran acierto en develar causas y efectos de la pérdida irremediable de la fe del aborigen y del campesino.  “La revolución no pasó por aquí”, decía el pueblo que veía enriquecerse a los caciques que tanto ofrecieron. Y había que buscar causas, porque los efectos todavía los padecemos.
El escritor mexicano Samuel Ramos habló de un complejo social de minusvalía en la sociedad de su país, y se propuso presentar los rasgos tipológicos de los grupos sociales. Desnudar al “pelado” y descubrir lo que ocultaba la máscara sonriente de la burguesía, aquella con inteligencia excepcional.
El pueblo quedó igual después de la revolución, y sólo en la capital y en grandes ciudades se advirtió algún cambio en el desarrollo y el bienestar. Todavía el indio y el hombre del campo dicen: “La revolución no pasó por aquí”.
Tres escritores mexicanos acertaron en sus diagnósticos sobre el pueblo que esperaba. Mariano Azuela, José Revueltas y Agustín Yáñez dieron, cada uno desde su punto de vista social y literario, una explicación literaria de la situación.
Azuela asentó en sus novelas, y especialmente en “Los de abajo”, su visión de los cambios que las letras debían proporcionar: 1.- El cronista literario ha de hacer la denuncia a la par de los cambios naturales. Nuevos tiempos y nueva gente. Eso es todo.  2.- El receptor del mensaje debe ser activo y no caer en el fácil descanso que entretiene en el teatro o la lectura blanda.
El resultado del esfuerzo de Azuela fue destacar la falta de consistencia de la revolución, consciente como estaba de las desorientaciones que llevaron a intelectuales y artistas a formar parte de tropas, sin saber cómo desempeñarse.
José Revueltas era marxista practicante, y veía el proceso de la revolución mexicana como un ejemplo para la soviética de 1917. Su obra tomó otro camino  a causa de la influencia recibida de Faulkner, lo que le valió la acerba crítica del partido comunista ruso. El lirismo poético fue su enseña artística, ya que el autor mexicano afirmaba con toda razón que los revolucionarios pueden ser presas de la soledad y de la angustia metafísica. Fernando Alegría lo dijo: “El mundo de Revueltas, hondamente mexicano, oscila entre esencias poéticas y realidades brutales”. No era eso lo que quería el estalinismo.
El último de esta especial categoría fue Agustín Yáñez, con su obra: “Al filo del agua”, de 1947. Un pueblo de mujeres enlutadas de la provincia mexicana mostraba su viejo esqueleto de superstición y sexo, y de miedo. Yáñez ofrecía una nueva manera de mirar el paisaje, con el misterio heredado de siglos de dominación. “Al filo del agua” nos muestra el paso de la revolución por el borde del pueblo, a caballo, con figuras sin rostro. Un lugar donde ningún poblador, salvo María, sobrina del cura, abre el camino al éxodo y a la búsqueda de la libertad.
¿Qué ocurrió con la revolución mexicana? Es verdad que impuso cambios importantes, como la reforma agraria, pero el pueblo quedó igual que antes, esperando un campanazo de esperanza.
No creo que pueda hablarse de factores económicos, o políticos. Yo creo que la causa está en el mismo hombre que ha padecido y no sabe el camino de la liberación.
De allí la fiesta de los muertos: Una forma de menguar importancia a la vida.
¿No es igual en todo nuestro continente hispanoamericano?                                

















sábado, 22 de septiembre de 2012

Alejo Urdaneta



EL MAESTRO


                                                                                                   

          Cuando salía de la Biblioteca, se topó con el maestro. Siempre lo ha venerado, por darle más que lecciones de filosofía y semántica. Es porque el maestro le ha abierto los sentidos hacia la sensualidad de la música, y ha emparentado la sabiduría del pensamiento abstracto con la presencia casi pétrea de una sinfonía o de un cuento literario.

Al maestro debe estas impresiones en su espíritu, y él trata de hablarle para conocerlo más, para saber de su vida,  porque nadie le ha dicho cómo es el maestro.

Sólo se repite en los pasillos de la Universidad que es austero y que vive con su madre; que ambos son melómanos y dedicados al ejercicio de las funciones del intelecto. Nadie conoce a la madre; sólo es la voz de las aulas la que afirma que es dama de estricta presencia que da a su hijo fuente de cono­cimiento para que enseñe lecciones de rígida moral dentro de formas preciosistas: la filosofía y el arte emparentados para ordenar la naturaleza humana.
         
Se ha propuesto acercarse mañana y decirle de sus inquietudes como aspirante a escritor, decirle también que comparte gustos como los que él y su madre disfrutan en solidaria comunión espiritual. Lo hará mañana.
         
La clase de filosofía acerca de la Fenomenología  de Husserl fue importante. La disyuntiva que ofrece la realidad al ser que piensa: ¿Existe por sí misma o requiere de la participación del otro para que sea verdadera realidad?   Había aceptado la tesis de Husserl y en cada recodo del camino a su casa se decía que esa piedra que veo no existe si no soy yo complemento de su existencia.

Decidió abordar al maestro al concluir la clase.
         
Reticencia al principio.  Los temas de clase ya son de todos, y pasar más allá no está permitido; pero deja abierta una posibilidad para más tarde: mañana o pasado mañana.

 Otra conversación en el parque al lado de una laguna. A solas, el pensamiento profundo es apetecible.

Le dice el maestro que el hombre es como un pequeño lago de gran profundidad cuyas aguas tienen distinta densidad: las de la superficie son claras y reciben el frescor de la montaña; las del fondo son obscuras y turbias, frías por la ausencia de claridad. Pero el alma deja que sus aguas se mez­clen, y las del fondo suben con turbiedad y frio para cambiarse con las cáli­das que abrazan el sol y el aire;  que ambas tengan oportunidad de proclamar existencia. El hombre es obscuro por sus llamados desconocidos y claro por su con­tacto con el aire: el ser humano pleno se apropia de la totalidad de su lago. Esa fue la conversación en el parque, obscurecido ya por el tiempo de lluvia.

 Se ha inicia­do una relación de curiosa humanidad.
         
Otro día aparece el motivo de la madre. Dice el maestro que es mujer de exigencias espirituales definidas: Bach, Beethoven, que ella toca en el severo piano; y conoce a Homero, a Eurípides. Todo el clasicismo en el pequeño estudio donde viven. El alumno imagina esa sala repleta de libros abiertos a la curiosidad, y piensa que la sonata treinta y dos de Beethoven que dio fin al género, puede escucharse de modo peculiar en esa sala de misterios, mientras el hijo maestro recoge la agonía del hombre, para llevarla luego al aula de la clase de  filosofía. Lo ha dicho casi forzado en confesión, porque el discípulo insiste.
         
El paso de los días alimenta la relación entre ambos. Cada vez se hacen más extensos los motivos de enfrentamiento intelectual, pero siempre en los pasillos de la Universidad, pues el maestro no quiere abrir su casa. Quedará oculta la sesión iniciática de música y pensamiento que se desarrolla en una silenciosa calle de la ciudad.  Los perros y el murmullo  de la noche serían únicos espectadores.
         
El alumno piensa un día que debe visitar al maestro. Se acerca la navidad y ese es un motivo para aproximársele, sobre todo después de tantas charlas en torno a los temas que los conmueven.  La explicación del quehacer del escritor en el mundo social; de nuevo la vanidad del que siente que las palabras han consagrado la gloria: el escritor tiene siempre proximidad con Dios, porque se proclama dueño del saber desde el pasado, o lo da a los contemporáneos que lo acompañan en el silencio y que secundan su obra, o espera la llegada del futuro. Siempre con la antorcha de la gloria.
         
Este es el día apropiado para visitar al maestro: conocerá su mundo reducido en espacio, inmenso en profundidad. Estará la madre frente al piano esbozando el segundo y último tiempo de la Sonata treinta y dos de Beethoven, y el hijo escuchará con devoción mientras compone algunas ideas en las que se mezcla el análisis filosófico con la inquietud del arte. Quizás un poema; tal vez la composición del ideario del buen decir y de la plena felicidad burguesa.

Estarán sentados en la pequeña sala, luces bajas y un silencio otro, porque sólo debe escucharse el arpegio que da el piano y el rasgar de la pluma.
         
Llega a la vieja casa de departamentos, visitada por el viento de la temprana noche, y halla en la puerta el aviso que anuncia la casa del maestro: tercer piso, Nº 3.  Sube las escaleras de madera, crujientes como el recuerdo, y alcanza el tercer piso. Sabe que no ha sido invitado pero que la acción de la amistad justifica el atrevimiento; y está ante la puerta y toca suavemente: sin respuesta. Toca de nuevo: sin respuesta. Una tercera vez le deja oír movimientos en el interior del departamento. Es como el golpe de una caja de piano ( o de ataúd), y después  un ominoso silencio. La espera de pocos minutos lo desespera, porque continúa el silencio después de aquel golpe inexplicable. ¿Qué debe hacer?  Devolverse sería lo más conveniente pues nadie lo ha visto llegar al edificio; pero la curiosidad lo excita a buscar sentido a la contradicción y todos sentimos el compromiso de ahogar las dudas.

Gira la manivela de la puerta y siente que cede. Abre con lentitud y encuentra la la semiobscuridad: apenas una lámpara amarilla de aceite deja ver muebles redondos de noche, cortinas plegadas, olor de humedad. Un espacio pequeño dominado por un piano, una mesa llena de libros, y estantes alrededor, en las paredes, también repletos de libros, periódicos, toda clase de impresos. Nada más a primera impresión. Pero algo vivo está en el ambiente; él percibe que en ese reducto de ideas se mueven calor y color: respira un perfume intenso y ve ropajes femeninos al fondo de la pieza.

 Al acercarse a un gran ropero en el borde de la habitación, escucha crujidos en el interior de madera y siente la ansiedad del miedo, pero no es su miedo sino el que emana de algo oculto allí. Ambos lo sienten ahora: el alumno, porque ha violado el secreto de la intimidad del maestro, y el armario por guardar la sorpresa que de repente se le viene encima, en el rostro pintado de carnaval que se presenta a sus ojos con el terror de haber sido descubierto.
    
De la penumbra del mueble surge una grotesca figura. La imagen parece ser de una mujer, no obstante su gruesa corpulencia: tiene el rostro pintado y vestida de lujuria. La aparición se arroja sobre el discípulo con violencia o vergüenza, y lo hace caer.

¿La madre?

Las paredes del refugio, iluminado tenuemente con el candil del aposento, están cubiertas de fotografías de una anciana de rostro adusto, con la expresión del espíritu de la filosofía.