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jueves, 28 de abril de 2011

CARLOS ARTURO TRINELLI – narrativa


Enrique Lotrisky


crónicas newyorkinas por Enrique Lotrisky

I
                                                                                                                                                     
Demasiadas cosas nos suceden en el desarrollo de la vida y a pocas o ninguna podemos anticiparlas.
     Cuando Amalia me propuso acompañarla a Nueva York confieso que dudé, duda que en mi vida no representaba ninguna novedad. Es que odio realizar trámites, hacer colas, someterme a distintas clases de escarnios, postura esta que me emparentaba, según Amalia, con aquellos caballos que jamás terminan de amansarse y reservan para si parte del discernimiento de libertad. Hice todo lo que había que hacer convencido de que en algún momento algo se opondría entre Nueva York y yo. No fue así.
     Ahora me enfrentaba a recuperar mi temple de acero ( en la versión con John Wayne y Dennis Hooper ), doce horas o más sin fumar, algunas horas sin beber.
     Era la primera vez que iba a viajar tantas horas en avión y la primera vez que iría tan lejos.
     En el almuerzo previo a la partida hacia el aeropuerto de Ezeiza intenté hacer el mayor acopio de alcohol en sangre bajo la mirada rectora de Amalia y de sus hijos Reforcé  la dosis en el aeropuerto en un intento por matizar la espera.
     En zona de embarque ( no sé el por qué de este término si íbamos en avión y comprobé que a la lengua manchega le faltan neologismos del estilo zona de envuelo ) hicimos una cola similar a la de las mangas que orientan al ganado para ser vacunado. Yo no poseía nada que pudiera incriminarme salvo una petaca de Old Smugler comprada de apuro y que me fuera confiscada junto a un tornillo naufragado en el forro de mi saco  que hizo que la alarma se disparara.
     Superadas estas pruebas subimos al avión. Una azafata o mucama de abordo, parecida al recuerdo que tenía de una tía solterona, nos dio la bienvenida y decidió que debíamos seguir hacia la derecha ( cosa que entendí porque dijo right ).
     Contemplé como los pasajeros disputaban bauleras para guardar sus bártulos de mano entre ellas mi Amalia. Me gustaba mirarla con los brazos extendidos por sobre la cabeza y el talle que se afinaba y avanzaba los pechos hacia mi que ya me hallaba sentado en la incomodidad de mi asiento.
     Después de un rato dilatado en expectativas comenzaron las inútiles instrucciones de emergencia que culminaron con la derivación hacia un manual guardado en el bolsillo del respaldo del asiento delantero. No me interesó en absoluto. Una instrucción en particular pareció dedicada a mi, no fumar en el baño, y me dije que tal vez, gente tan volada habría adquirido alguna cualidad paranormal.
     Las tías viejas, al fin eran dos, con fingida simpatía, sirvieron a diestra y siniestra una supuesta cena, tan nimia, tan poco apetitosa que más parecía un reparto para refugiados en un campamento.
     Me dediqué a leer y dormitar o a dormitar y leer. Las mujeres también sirvieron un desayuno tan feo como la cena pero aún más escaso.
     Llegamos y la mañana se desperezaba con nosotros.
     Amalia había alquilado un departamento de un ambiente sobre la avenida Madison. Una combi que contratamos en el aeropuerto nos dejó en la puerta.
     Ella se dedicaría al congreso mundial de miniaturismo en porcelana y yo al intercambio mundial de bebedores en las barras sin que las Erinias interfirieran en mi misión.
                                    

MORGAN II

                                                                                                             Conocí a Morgan en la barra de un pub en Nueva York. Yo aprovechaba la franquicia para beber con descuento que culminaba a las 7 pm. Ella hacia lo propio pero desde el comienzo, las 4 pm, para beber por el cincuenta por ciento del precio. Era una mujer mayor o tal vez gastada, de una edad incierta que la ubicaba arriba de los sesenta pero por debajo de la siguiente década. Tan delgada como el humo de un cigarrillo, el pelo corto, el rostro enjuto surcado por arrugas simétricas que le estiraban los ojos y le enmarcaban los labios finos y caídos. La nariz se mantenía altiva y el cabello mudaba el tono rojizo en el nacimiento. Cuando hablaba, su voz grave contenía cierta musicalidad, me agradaba oírla y más me hubiera agradado entenderla porque Morgan era norteamericana y hablaba en inglés.
     No me hablaba a mi en particular sino que lo hacía para todos los que fatigábamos la barra. Algunos le respondían y todos reíamos en esa camaradería apenas alumbrada por las luces que iluminaban a las botellas. Yo reía cuando había que hacerlo recordando una frase que repetía un tío míodonde fueres has lo que vieres. La relación que todos manteníamos en la barra era presa de lo efímero. Cualquiera dispuesto a oír podía ocupar un lugar.
     Se bebía de manera lenta pero con tenacidad interrumpida sólo para salir a fumar en la vereda. El tiempo en la barra, el tiempo en la vereda diferían del propio tiempo indefinible por naturaleza. Hablo del tiempo mejor, aquel que se invoca en la queja ya vendrán tiempos mejores. Eran éstos y de ahí la morosidad, de ahí el deleite.
     Comencé a compartir con Morgan los momentos de fumar en la vereda. Una imperceptible seña con el atado de cigarrillos bastaba. Ella descendía de su taburete y pasaba por delante de mí con pasos cortos, sus pantorrillas se rozaban al caminar y lo que quedaba de su culo pequeño acompasaba la marcha en su notoria escoliosis.
     Como en un eterno primer instante su sonrisa era permanente mientras fumaba un cigarrillo detrás de otro. Me hablaba despacio, elegía las palabras para que yo las entendiera y remataba las frases con una muletilla you know. Me contó que vivía sola y que tenía un gato o que el gato la tenía a ella. Morgan era viuda. Morgan había perdido un único hijo en Irak
     Uno de esos días me mostró una foto del hijo. La observé sobre el mostrador de la barra. Una instantánea tomada de apuro con una polaroid. Nick, el difunto, en uniforme de combate apoyado sobre la puerta de un vehículo Hummer. El plano era malo, tres cuartos de la foto lo ocupaba un cielo lavado de resplandor y los ojos no se veían cruzados por una línea de sombra que proyectaba el casco sobre su cara. Toda una metáfora pensé, incluso la sonrisa de labios estirados más parecida al temor que a la alegría del recuerdo.
     Todas las tardes Morgan me inquiría sobre los lugares en que había estado o qué me había parecido tal o cuál cosa.
     Cuando llegó el fin de mi estadía y le hice saber que viajaría al día siguiente, dijo algo relacionado con que me iba a extrañar y que deseaba invitarme con una consumición. Acepté y nos reímos al asegurarnos uno al otro que sería la última.
     Esa noche nos fuimos juntos. Caminamos a su paso por la avenida Park hacia la 36 y de ahí hasta la avenida Madison en donde cada uno seguiría su camino pero no sería una repetición más de las que nos tiene acostumbrados la vida. El hecho tenía la impronta de ser original. Morgan y yo no volveríamos a hacerlo. Morgan y yo no volveríamos a vernos.
     Entendí más o menos cuando me dijo que debido a la guerra había comenzado a beber. No supe articular una respuesta en su idioma y se la di en el mío:-Nunca se sabe bien por qué uno lo hace.
     Tomó mis manos en las suyas y me dijo gracias. Después se alejó caminando como si estuviera paspada.
  
                                              
                                           MICHEL. III


     Salí a caminar. Me hallaba algo confundido no tenía nada qué hacer y no me podía oponer porque nadie se opone a nada. Caminé por la avenida Madison hasta la calle 42 y de ahí hasta la Estación Central. Entré como uno más. Me paré en el hall y miré los destinos en el cartel; aparecían abreviados y no pude comprenderlos. Me asomé en los andenes y recordé a Gary Grant escapando de un tren en Intriga Internacional, dudé en subirme a cualquiera pero desistí para tomar la primer cerveza del día.
     Con algo de combustible retomé la senda de la 42 y en la intersección con la 5ta. Avenida encontré el edificio de la Biblioteca Pública. Entré. Paredes de mármol, escalones de mármol y un grupo de turistas en una visita guiada. Como al descuido me les puse a la par justo para detenernos ante un bebedero en desuso incrustado en mármol en una pared de mármol. La guía explicó que el agua no aprovechada se reciclaba o eso creí entender ya que la señora hablaba en inglés. Avanzamos y nos detuvimos a las puertas de una galería. Aquí sobrevino un discurso matizado de bromas que no entendí pero que supe eran bromas porque todos reían con más o menos ganas. Supuse que llegar hasta los libros sería una larga marcha incomprendida y abandoné al grupo.
     Decidí descansar en un banco de mármol recostado sobre la pared de mármol y observé que todo el personal de seguridad era de raza negra. Los uniformes eran indistintos y las mujeres apenas conseguían diferenciarse.
     El sitio era fresco y distante. Las ganas de fumar me hicieron abandonar la biblioteca sin haber visto un solo libro.
     Retomé la 42 y llegué a Times Square, un festival de carteles luminosos y fotógrafos aficionados. No pude menos que sentirme abrumado ante el despliegue tecnológico. Torné a caminar por la calle Brodway y escuché mi nombre con el énfasis de una pregunta. Cuando fui joven me creí inmortal ( no afirmo que ésta creencia me haga parecer original) pero ahora sabía que no era un highlander y no iba a responder la pregunta de si era yo el verdadero Enrique de los cientos de miles que pululan en el mundo pero las personas como yo somos víctimas del azar y me di media vuelta. Un hombre sanguche con un cartel colgado que promocionaba algo me sonreía con nada en la boca que no fuera la lengua.
-Soy Michel, dijo y aclaró,-Miguel.
     El cartel le tapaba las rodillas, los brazos se balanceaban sin hombros y la cabeza emergía del anuncio como un faro apagado. Imposible reconocer al monigote que me conocía. Acorté la distancia y lo miré con detenimiento. Los ojos vidriosos sobresalían sobre unas ojeras púrpuras con la mirada del vicioso. La boca vacía dijo:-Soy Miguel Gómez, el Migo.
     Entonces retrocedí como para leer el cartel pero la verdad era que lo hacía para acompañar a la memoria y lo hallé, el Migo, un mexicano que conocí en Buenos Aires a mediados de los 90 cuando entré a trabajar en el depósito y expedición de una panificadora mexicana. El Migo se le puso de apodo por las trapisondas que hacía con los panes vencidos. Su cargo era el de encargado del depósito y en el afán por hacer amistades organizaba buenas fiestas. Yo le escapaba, nunca me gustaron las fiestas de sexo grupal y drogas pesadas que convertían a los participantes en muñecos desinhibidos, caricaturas grotescas de la miseria humana empeñados en entristecer la carne, es decir, sus placeres.
     Bueno todo esto o más o menos pensé al reconocerlo y saludarlo pero ahora agrego que sé el por qué le huía o lo trataba con reparo. Él sabía que moriría un día, yo no, de ahí la diferencia, quizá las diferencias se zanjaron en el tiempo que todo lo aproxima.
-¡Migo! Exclamé y le tendí la mano.
     Me la aferró de costado por el cartel que le impedía extender el brazo hacia adelante.
     Lo que siguió fue todo un te acordás de …y alguna risotada. Después se afanó en hurgar en sus fracasos sin preguntarme nada y reflexioné que está bien, la gente se mantiene viva preocupada en sí misma. Lo curioso aconteció cuando por decir algo lo invité a beber una cerveza.
-Mira, vas a gastar 30 o 40 dólares, has una cosa, ves ésa mujer allá enfrente.
     Miré y vi una mujer cartel.
-Es mi esposa, dale los 40 dólares y dile que se los mando yo.
     Nos despedimos sin euforia y crucé la calle. Me dirigí a la mujer, una morocha con algunos dientes y el aspecto de las mujeres secretas de la historia. Le di 10 dólares y señalé a Miguel que saludaba con los brazos por sobre la cabeza. La mujer solo dijo:Gracias. ■


viernes, 1 de abril de 2011

CARLOS ARTURO TRINELLI – narrativa



CARLOS ARTURO TRINELLI 


             vacaciones

     Carlos acepta la invitación de su padre para ir de campamento a Villa Gessel y propone invitar también a su amigo Alberto en un intento por evitar pasar las vacaciones a solas con el padre.. El padre de Carlos no se opone, festeja la idea y la amplia, invita a su hermano Horacio, el tío de Carlos.
     Alberto declina el convite. Horacio acepta con gusto y Carlos se encuentra ante la situación de ir con los dos hombres.
     Horacio es el hermano mayor de su padre. Le gusta beber de más y trabajar poco. No hay una tía esposa de Horacio, no hay un primo de Carlos.
     Lo pasan a buscar antes del amanecer de una mañana de febrero en el viejo Dodge 1500 de su padre. El tío Horacio viaja adelante y él sube atrás con el consuelo de un libro que es toda una metáfora de lo que le sucede La vida exagerada de Martín Romaña del peruano Bryce Echenique.
     Tardan en comenzar a hablar, tienen sueño, quizá mal humor. Cuando amanece con firmeza paran a desayunar en una estación de servicio. A partir de ese momento comienza la locuacidad tan temida por Carlos. Una conversación sobre fútbol devora kilómetros de alabanzas y diatribas a tal o cual jugador. El auto viaja lento en la ruta y un aire cálido se cuela por las ventanillas bajas razón ésta por la que, llamado a participar en la charla, Carlos debe ubicarse en el medio del asiento de atrás e inclinarse hacia delante solo para sostener que Gutiérrez le parece un goleador en decadencia. Lo dice sin estar convencido, por decir algo. A Carlos no le interesa el fútbol.
     Después de doce horas de traqueteo llegan a destino. Lo primero que deciden hacer es parar en un quiosco y comprar una cerveza que beben del pico de la botella. Carlos hace lo propio con una botella de agua. Ahora el tema se centra en el clima. El padre de Carlos sostiene su condición de poder elaborar pronósticos empíricos basado en la posición y forma de las nubes. Anticipa que al otro día puede llover por la formación de nubes como rulos de corderos. El tío Horacio piensa lo contrario y el diferendo es zanjado con una apuesta y Carlos puesto como testigo. Beben otra cerveza.
     Carlos les sugiere ir al camping para establecerse de una buena vez.. Horacio le comenta a su hermano, el padre de Carlos, que los jóvenes están siempre apurados y este le responde que es porque al estar en la fase ascendente de la vida nos ven desde arriba. Entonces se enzarzan en otra discusión; el tío Horacio dice que eso no es verdad ya que los que están arriba son ellos y que según la teoría de la ascensión ya ascendieron.
     Esto deriva en una tercer cerveza y el padre de Carlos se convence del error y aporta que, al ascender nos vamos acercando a Dios. A Dios y a la muerte reflexiona el tío Horacio. Enseguida comienza una charla sobre mujeres y los culos en trajes de baño. Con este tema suben al auto y se dirigen al camping.
     El camping está lleno de gente pero hay lugar para ellos. En un papel les indican la parcela que pueden ocupar. La búsqueda genera nuevas polémicas sobre la interpretación del plano. Carlos lauda a favor del padre y consiguen ubicar el sitio. Desatan el equipaje del techo y vacían el baúl del auto. Deciden que Carlos arme el campamento sin consultarlo, solo le indican el lugar preciso donde armar la carpa y el padre de Carlos agrega como un úkase, la puerta hacia el Este.
     Los hombres se van al pueblo a buscar una carnicería donde comprar para hacer un asado. Carlos siente alivio en quedarse solo y comienza la tarea. Cuando termina de armar la carpa intuye que le aguardan noches difíciles por ser el espacio demasiado estrecho para dormir tres personas. Después camina hasta el mar, sube unos médanos y lo ve de un azul intenso por la hora sin sol. Avanza hasta la orilla con una brisa que lo despeina de costado y que arrastra perlas imperceptibles de agua que se le depositan en la piel. Carlos recuerda la primera vez que vio el mar y la emoción se renueva en su ánimo. Pocas personas caminan por la playa, en su mayoría parejas. Carlos piensa en lo lindo que es andar por la playa aferrado de la mano de una mujer y recibir el contacto frío del agua que en algunos lugares alcanza los pies y lo lindo que es detenerse y besarse enamorado. Piensa todo esto sin haberlo realizado nunca. En sus veintiocho años Carlos se enamoró varias veces pero no en el mar. Decide volver al campamento que ya enciende las luces con la caída de la tarde. Observa filas para entrar en los baños y actividad gastronómica en todas las parcelas. Un murmullo sobrevuela las carpas y no es detenido en las ramas de los pinos, vaga a su antojo, incluso silencia el constante provocado por el mar que se hamaca ahora en la oscuridad. Cuando llega al lugar donde está la carpa los hombres no están, busca el libro, del que solo leyó una carilla, se sienta en un banco de madera y se acoda en la mesa que forman parte del mobiliario estable del camping, la luz da justo allí y comienza a leer. El farol se llena de mariposas de noche y algún cascarudo abombado cae en el libro, alguna polilla le golpea la cara. Otra vez no supera la carilla, cierra el libro, abre una silla y la coloca en la penumbra, de espalda a la carpa, ve en la parcela de enfrente dos mujeres que pernoctan en una casilla rodante. Son mujeres maduras, están sentadas como él de frente al sendero vehicular tachonado de conchillas, parlotean entre ellas, dentro de la casilla le parece ver la silueta de una tercer mujer. En un instante confirma la presunción pero ésta es joven, la hija de alguna de las otras piensa Carlos y reflexiona y se culpa por ser prejuicioso, por qué alguien joven no puede tener amigos grandes e ir de vacaciones con ellos, por qué no nutrirse de una madurez admirada y las maduras de una juventud floreciente. Sin embargo, confirma el prejuicio. La joven es retada por una de las mujeres y parece replicar con vehemencia antes de volver a entrar en la rodante. Si pudiera hacerse amigo el sino de los días por venir podría sufrir un vuelco llevadero. Sumido en sus cavilaciones no escucha llegar el auto con el padre y el tío.
     El padre de Carlos baja del auto y le grita, nene todavía no prendiste el fuego. Carlos contesta que no porque se hubiera consumido en la demora.
     Empiezan los preparativos. Buscan leña muerta en el piso, la apilan en el fogón, hacen mechas con papeles de diario. Carlos se da cuenta que los hombres están bebidos. El padre de Carlos cuando bebe de más se convierte en hiperactivo. El tío Horacio molesta con bromas de alumno secundario.
     El fuego tarda en prender y la maniobra de las mechas de papel se repite hasta que una tímida llama nace en el corazón de la geométrica pira. El padre de Carlos se arrodilla y coloca su cara a la par del tenue resplandor y sopla varias veces hasta que el fuego crece. Luego se incorpora con la cara sucia y el orgullo dibujado en el gesto. Sin demorarse limpia la parrilla con un trozo de grasa y pasa un papel hecho un bollo. El tío Horacio corta y sala la carne. El padre de Carlos lo reconviene y les explica que la tira de asado se pone entera. La explicación es ambigua y Carlos piensa en una manía.
     Una vez hechas las brasas el padre de Carlos las desparrama, amontona el fuego en un costado y coloca las carnes sobre la parrilla. Entonces sucede, los hombres descubren a las mujeres de enfrente. Se atropellan entre sí y se golpean para darse valor. Lo inevitable está en la naturaleza humana piensa Carlos.
     Los hombres cruzan el sendero, Carlos se queda pero relata para sí lo que sucede enfrente.
    
     El padre de Carlos lidera la diplomacia. Carlos intuye por los gestos que las invitan a cenar. Una de las mujeres se incorpora, abre la puerta de la rodante, se asoma y vuelve a cerrar. El padre de Carlos lo señala. La mujer repite la acción; esta vez la mujer joven sale, mira a los hombres, lo mira a él, dice algo y entra de nuevo.
     La misión regresa, el andar denota el éxito. Preparate nene que te conseguí una minita dice el padre de Carlos.
     Carlos ve como las mujeres entran en la casilla rodante. Los hombres deciden entre ellos cuál de las mujeres les toca. Por qué yo la más vieja y gorda protesta el tío Horacio, porque sos el hermano mayor y la más joven es viuda como yo, responde el padre de Carlos y Carlos se da cuenta que bien aprovecharon los escasos minutos de charla. Espero que alcance la carne desea el padre de Carlos en voz alta y el tío Horacio dice, si mi gorda no entra en confianza...Vos nene, por las dudas, come despacio le dice el padre de Carlos a Carlos.
     El aroma de la carne asada se traslada en el humo y la música del hambre crepita en la parrilla. De pronto Carlos observa que las mujeres salen de la rodante, cada una con una fuente como si fueran a entregar trofeos, se interpone un instante de indecisión alineadas de frente a ellos. La mujer gorda abre la marcha y las otras la siguen. El tío Horacio es nominado para acortar distancias y ayudar con las fuentes.
     El padre de Carlos presenta las damas a su hijo. Beatriz la hija de Ester resulta ser más joven de lo que Carlos suponía quizá tiene veinte años calcula Carlos en una medición que abarca una inocencia a punto de estallar en los ojos, un parpadeo inseguro que los hace enfocar en otro objeto, un beso con destino de pómulo que estalla en el aire, sí, veinte años, no más cierra Carlos el cálculo en su mente.
     Está vestida con una pollera corta y una camiseta sin mangas que no le cubre el estómago y donde los senos sueltos danzan libres con erotismo premeditado. El cabello negro grueso y lacio le roza los hombros y el flequillo cortado parejo se alza sobre la línea de las cejas. Una rollingareflexiona Carlos cuando completa la inspección ocular en los pies calzados con zapatillas de lona.
     Se sientan a la mesa, los adultos monopolizan la conversación, la comida y la bebida. El padre de Carlos las atiende con esmero, se repiten los vivas para el asador y Carlos observa que su padre es feliz y piensa en la suerte que tiene él de ser testigo de ése momento.
     Luego de las manzanas y naranjas de postre el tío Horacio comienza un cuchicheo con Alicia, la mujer gorda, que consigue atronar el campamento con carcajadas que le hacen subir y bajar las tetas. La conversación del padre de Carlos con Ester la madre de Beatriz es en un tono de confesionario y genera entre ellos miradas melifluas.
     Carlos y Beatriz quedan aislados, se miran sin mirar. Los ruidos del camping se apagan y el viento gana protagonismo. Vamos a caminar por la playa se oye decir Carlos dubitativo. Beatriz no responde pero se incorpora. Toman el sendero y sienten crujir las conchillas bajo sus pasos. Se toman de la mano para ascender el médano. Carlos siente en la suya el contacto cálido de la delicada mano de Beatriz y el roce de los anillos cuando la sostiene en la trepada. En la cima los abraza la oscuridad y el rugido del mar los conmueve. Quedan de la mano y así caminan hasta la orilla. Resplandores como ascuas denuncian los cigarrillos prendidos de otros paseantes invisibles en la negrura que lo cubre todo.
     Beatriz tiene frío y Carlos imagina los pezones sueltos erizados. Beatriz acorta la distancia y Carlos la abraza y los dos se internan en la profundidad de un beso.

     Che, que rápido van ustedes los sorprende una voz de mujer cuya dueña, alcanzan a divisar, es Ester, la madre de Beatriz con el padre de Carlos que la sujeta de la cintura y se alejan y Carlos escucha que su padre comienza con la teoría de la juventud que asciende y la madurez que observa más cerca de Dios y se convierten en dos bultos oscuros que desparecen y entonces ellos se vuelven a   besar, se retiran de la orilla y se tienden en la arena y Carlos le comenta a Beatriz que si lo desea puede tomar una estrella con solo extender el brazo. Desde el disimulo de su posición Beatriz y Carlos ven pasar, en dirección contraria al padre de Carlos y la madre de Beatriz, al tío Horacio con Alicia, la mujer gorda que deja una estela de risas a su paso.

      En la incomodidad de la carpa Carlos piensa en Beatriz, duerme en medio de los dos hombres que se turnan para roncar, no puede moverse, debe intentar dormir boca arriba, no le importa, disfruta del sabor de Beatriz en sus sentidos.
     No sabe si está dormido pero afuera llueve y el ruido del agua parece el que produce lanzarla con un balde, entonces razona que está despierto y no sabe si es de día o si sigue la noche. Los hombres duermen y se convence que es de noche y se vuelve a dormir. Cuando se despierta está solo en la carpa y escucha que afuera llueve. Se calza las ojotas y sale, lo primero que ve es a los hombres dentro del auto que toman mate, lo segundo es la parcela de enfrente vacía, recorre el camping con la mirada y no ve la rodante.
     El padre de Carlos grita, nene, vení que te vas a mojar todo. Carlos corre al auto y entra, qué había dicho yo ayer, quién ganó la apuesta, Carlos responde, vos viejo y toma el mate. Luego lo devuelve y dice, se fueron...No te dijo nada la minita era el último día para ellas, dijo el padre de Carlos.
     Carlos no responde y la conversación de los hombres le llega fragmentada, por eso aceptaron tirar la chancleta, el último día de alguno es el primero de otro, empezamos bien ¿no nene? Sí claro, lástima la lluvia dice Carlos y apoya la frente sobre el vidrio húmedo de la ventana del auto. ■