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lunes, 20 de octubre de 2014

Andrés Aldao



Sueños en el altillo                                                                                         


Estoy en contral de los terminos"fantasía", "simbolismo". Todo nuestro mundo interior, es realidad, tal vez más real que el mundo manifiesto.                                                Mark  Chagall
                                                          


Fue como perder la sensación de realidad. No estaba seguro de nada. Le pareció que trastabillaba, que iba recorriendo el camino inverso. Que ese camino era una rampa empinada. Una rampa y un camino en los que se duplicaba su personalidad. Así comenzaron sus dudas, el desgano, esa compulsión por hallar su identidad. Tuvo miedo. La incertidumbre le provocaba pánico. Sentía que resbalaba en un vacío astral. Que penetraba en una dimensión en la cual rigen otras leyes cósmicas. Un mundo esotérico que linda con la desesperanza. Una visión onírica involucrada en la tragedia humana. Demiurgo de pesadillas que azotan las mentes neuróticas...
Percibía las palpitaciones, semejantes a la vibración del universo. Ensoñaciones eróticas le empapaban el cuerpo con un sudor viscoso. La barba de días le provocaba picazón y notaba las manos pegajosas. Horrorizado, se le ocurrió que la materia de su cuerpo había comenzado a disolverse.

El tipo de delantal blanco era un sádico insoportable que ejecutaba las órdenes de aquella mujer, elegante y atractiva, pero cruel. Igual que una rata de alcantarilla.

Se iniciaba un nuevo día.  Escuchaba a través de la claraboya del altillo las voces de los caminantes: “Es un día radiante”, decía uno; “Apropiado para pasear”, agregaba otro. No entendía. Cerraba los ojos y sacudía la cabeza, el cuerpo temblaba. Bajó del catre: no recordaba haber dormido. Tenía las manos frías; carecía de la noción “antes”. Era una sensación inexplicable, sin saber dónde estuvo si estuvo- y qué había hecho si hizo– durante la cuenta regresiva. Por las noches, dichoso, trepaba sobre las tinieblas del sueño. No era fácil, pero le inundaba un gozo inusual, como si flotara en una oquedad sin realidad ni materia. Semejante al placer de un feto –suponía– desplazándose en la cobija del lago materno. El mundo real se desvanecía y él no se inquietaba. Luego, al abrir los ojos, le asombrababa la quietud, la parquedad de los sonidos y el movimiento, atrapado en una secuencia inmutable; el éxtasis de una realidad estática cuya traslación ocurría fuera del espacio de sus sueños. Tal vez en otra esfera del universo. Sus percepciones eran contradictorias. Como si la existencia y la realidad fueran dos dimensiones distintas, y la vida una etapa de los sueños. La vigilia, tal vez, era el sueño; y la realidad sólo una ficción. El sueño, quizás, un eufemismo de la nada, y la realidad un disfraz de esa misma nada. Merodeaba alrededor de una diabólica entelequia que no podía resolver. Un teorema intrincado, abstruso, ilógico.
Caminaba alrededor del altillo, las manos hacia atrás, contemplando el vacío mientras imaginaba que átomos con sus núcleos de protones y neutrones giraban en un vértigo satánico e iban conquistando los espacios del altillo, convirtiéndolos en campos magnéticos..

El tipo del delantal blanco le confesó: “No sé de qué me habla, perdóneme. Le sería más útil aplicar su imaginación creativa a las obras que usted talla en madera. Abandone esas obsesiones de sueño y realidad. ¡Recupere su yo, Berquely: usted es un artista, posee manos prodigiosas!”.

Atravesó el zaguán y se asomó a la puerta de calle. Vio una hilera de sombras irregulares cubriendo los bordes de las veredas. Parecían vigilar las calles en vísperas de un desfile de espectros y trasgos. Y otra vez esas palpitaciones. Como si el corazón, prisionero en una jaula blindada, pugnara por abrirse paso al exterior abandonando su cuerpo. Escuchó los frescos gorjeos de un grupo de adolescentes. Sonaban como el tintineo de cascabeles escoltando una insoportable algarabía. Una vez más se entramó en un vacío despótico.  Cerró los ojos y secó con el dorso de la mano lágrimas que resbalaban con lentitud. Hacía tiempo que estaba confundido. ¿Cuál, qué y cómo es la realidad? Le pareció una pregunta fútil, aviesa incluso. Las carcajadas, ecos que rebotaban en un vacío abovedado, se esparcían como anillas sónicas que giraban en una esfera constelada a la velocidad de la luz, y cuyas explosiones parecían el delirio de un mecanismo de alta precisión.
Retornó al altillo. Allí podría seguir barruntando sus dudas, desplazarse morbosamente en derredor de los hechos -o tal vez los sueños– de su vida. Y admitir que el sueño era la vida, la realidad, las vivencias que lo conducían al pasado o profecías que lo transportaban al mañana. Los demás suponen que los sueños son las horas del reposo. Una especie de pausa ingrávida para reponer fuerzas o, acaso, para levitar pensamientos. Entonces vociferaba colérico: “¡Imbéciles! ¡imbéciles!”. Pero dudaba, fondeado en el escepticismo. Respiraba con dificultad mientras los cuadros que colgaban de las paredes –máscaras inanimadas– lo contemplaban con una petulancia provocativa que lo irritaba. Huía del trato con los otros. Eremita y misántropo, no quería escuchar delirios estúpidos de estúpidos delirantes, lugares comunes de gente común. Tenía una certeza casi mística: Los otros conspiraban contra él sonriéndose, clavándole sus miradas, atisbando en su intimidad como gusanos que le invadían el cuerpo dispuestos al placer de una danza macabra. Humillándolo como a Cristo clavado en la cruz: debía resolver su ecuación existencial. Sin falta.
¿La realidad es una fantasía? ¿Los sueños son lo que definen la vida? ¿Él es único e indivisible? ¿O se ha duplicado y vive en dos dimensiones? Los sueños y la vigilia, pensaba, eran dos planos superpuestos. O el anverso y reverso de una fantasía imbricada en las emociones. Hacía tiempo que vivía en una paradoja críptica. Consideraba la realidad como una sensación de los sentidos, que los otros no advertían o juzgaban de modo distinto. Pero esos otros: ¿tenían vida y percepción fuera de su conciencia? Dedujo que esa era una incógnita compleja. Tan maldita e intrincada, que ningún teólogo, filósofo o sacerdote podría resolver. Las criaturas humanas que se desplazaban en su imaginación, ¿pueden decidir qué y cuál es la realidad, qué y cuáles son las sensaciones, los pensamientos, la materia sólida y la evanescencia espiritual? Juzgó que las definiciones semánticas son mezquinas. Como los sermones apocalípticos pero huecos que declaman hasta el hartazgo los presbíteros de aldea.
Abrió los ojos confundido, sin recordar cuándo había penetrado en el espacio de la inconsciencia. Se acercó a la ventana. Contempló las sombras que proyectaban los árboles dentro del área de su visión. Vio en la calle a una mujer enjuta, estática, algo encorvada y vestida con una prenda barata, flexionando las piernas como si caminara, pero sin avanzar... como un maniquí accionado a cuerda, mientras los frondosos árboles, la calle, los edificios y la mujer se desplazaban en una curiosa progresión generada por un mecanismo fantástico. Parecía la puesta en escena de una obra de teatro vanguardista. La acompañaba un niño de cara ajada y piel tirante, como si un torniquete invisible fuera aprisionándole la cabeza hasta convertirla en una estructura descarnada. La piel rígida daba a esa cara una cobertura piadosa. Parecía una horrible muestra de artesanía jíbara. Se conmovió. Permanecía perplejo con los sentimientos degradados. Dudó: no podía concebir esas escenas como elementos de la realidad. Temblaba, colérico y atemorizado.

“Soy portador de un mensaje divino”, le dijo ese día. “El mundo se desploma, no hay sentimientos, se ha perdido la sensibilidad. Al principio fueron las tinieblas”, gritó, “volvemos a la oscuridad anterior a la creación”. Y el tipo de delantal blanco, que no prestaba atención a sus palabras, contemplaba aburrido el revoloteo absurdo de una mosca tsetsé.

Estaba convencido de que era un ser justo y piadoso, y el universo una imagen que existía sólo en su mente. Que amor, odio, celos, envidia, concupiscencia, avaricia, gula, corrupción, pecado o egoísmo, eran reflejos de su pensamiento. Una herencia de sentimientos que lo habían atormentado en el pasado, adjetivados ahora en otras criaturas del género humano, y fruto de ideas transformadas en imágenes físicas.

Prendió la lámpara del lavatorio y contempló al individuo deforme proyectado en el espejo. “Esta no es una imagen ni una ilusión refractada”, pensó: “soy yo, estoy ahí, dentro de un mundo paralelo en el que me deslicé por descuido, penetrando en ese cosmos ignoto a través de un insterticio invisible”. Había cruzado los límites físicos y espirituales de su espacio extraviándose en otra dimensión, en un universo convexo y cóncavo. De allí, discurrió, la imagen grotesca que le devuelve el espejo: barbudo, esmirriado y envejecido: pero es él. Cerró los ojos con suavidad. Sentió náuseas y el cuerpo tiritaba. Parpadeó. Una bruma alteraba la nitidez de la figura proyectada. Fijó la vista en las sombras que titilaban alrededor de la imagen: se le antojaron efigies humanas, testaferros de visiones pretéritas. El gesto de rechazo alejaba a los seres extraños que danzaban entre las láminas de fuego de su mente. Lagrimeaba mientras pretendía ahuyentarlas con las palmas de las manos. Y seguía decepcionado porque permanecía fuera de esa constelación en la que sueños, ficción y realidad eran planos superpuestos que desafiaban su cordura. Escuchaba ronroneos, como cánticos a capella de monjes de la edad media. Otras veces estallaban bramidos que parecían astillarle los tímpanos. Obturaba los oídos con los dedos y sacudía la cabeza con furiosos vaivenes. Luego se echaba a reír, neurótico y exhausto. La visión perdió nitidez y desapareció, como el efecto de una lente zoom que acerca el objeto y luego lo difumina fuera de foco. Había logrado retornar al otro mundo, al planeta paralelo, replegarse, recuperar su vida. Desplazándose sin rumbo en ese laberinto halló la rendija que le había confundido.

A tientas va llegando al altillo. Encandilado, libera el largo espejo que pende de la pared y lo apoya sobre el dintel de la ventana. Desea que la luz matinal que atraviesa la claraboya le ilumine. Retrocede unos pasos, distiende los párpados y reconoce en ese ser refractado el yo duplicado. Ríe a carcajadas. Protagoniza un acto de alucinación. O reencarnación. Se vuelve, contempla el altillo deforme, las paredes retraídas, el piso invisible cubierto de hojas repletas de cálculos, parábolas y sentencias. Nadie puede impedir que retorne a su mundo. Desea resolver el enigma de su alter ego, del yo duplicado, de la doble personalidad que enmaraña su filiación. Va a conocer, por fin, su verdadera identidad; pondrá a prueba su fortaleza espiritual y la relación con el Todopoderoso. Y dentro de ese mundo, ahora lo sabe, no hay lugar para un ser dividido en dos. Tendrá una alternativa hacia la inmortalidad, la eternidad, el infinito. Con los labios crispados, tiritando, murmura: «Alea jacta est»*. Se acerca al alter ego reflejado en el espejo y sonríe. Impaciente, apunta hacia el corazón mientras el dedo índice va presionando con calculada suavidad el gatillo y...¡pum! ■

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Relatado a Andrés Aldao por un  paciente de la sala 20 del Hospital Borda en el año 1999

* La suerte está echada                                                  




miércoles, 4 de junio de 2014

Andrés Aldao


El  accidente 


Caminaba distraído; más bien preocupado. Lo habían despedido hacía algunos meses. Se sentía agredido por la realidad: la percibía despiadada, intolerante, ensañándose con él. La incertidumbre y el temor al futuro se le clavaron como una espina endemoniada, ponzoñosa. La mujer no cesaba de sermonearlo, de quejarse sin pausa, de enrostrarle el éxito de los amigos y reprocharle sus fracasos.
Tal vez por eso no vió venir el auto rojo ni escuchó el grito de la mujer advirtiéndole. El guardabarro lo arrojó con violencia sobre el pavimento y al caer sintió que la cabeza daba contra el cordón. Percibió el dolor, intenso, impiadoso, burlón. Y luego nada; una dimensión huera, oscura.

Abrió los ojos con un parpadeo indolente. Contempló la calle desierta; los árboles configuraban una línea prolija, elegante, que iba perdiéndose en la perspectiva del horizonte de su mirada. Entonces recordó el accidente. Trató de incorporarse; una vez en pie sintió la punzada en la cabeza, alrededor de la nuca. Se miró la ropa: estaba entera y solamente un poco de suciedad en el pantalón y la campera. Sonrió feliz; estaba vivo, no le había ocurrido nada serio. “Pudo haber sido peor”, pensó.

La calle estaba desierta. Echó a andar en dirección a ningún lugar. No conocía la vecindad; tampoco le importaba. Hacía meses que pateaba horas y horas por los barrios de la ciudad. Al principio buscaba trabajo, cualquier ocupación. La voz de su mujer, avinagrada y sentenciosa, obsesionaba sus sentidos; una angustia hosca invadía sus pensamientos. Luego, el salir a caminar por la ciudad recorriendo recovecos que no conocía le proporcionaba, por momentos, una calma desconocida, un sosiego bienhechor. Como una amnesia temporal que lo hacía olvidar de la realidad, ingrata y lacerante.
“Es raro -pensó-, me siento tranquilo, sin angustias ni acosos. No tengo ganas de volver a casa. No; estoy podrido de ser el blanco de su agresión. No quiero oírle el vozarrón monocorde y punzante. Cuando ella me regaña es como ver su dedo acusador delante de mis ojos. No; todavía voy a seguir andando por estas calles desconocidas”.

Ya no sentía dolores; tampoco en la cabeza. Quería compartir el gozo de haber sido la víctima de un accidente del que salió indemne. Pero la calle estaba vacía; ni un alma. “Lástima –pensó-, hubiera querido contarle a alguien este pequeño milagro. pero lo mismo da: qué le importa a la gente  las penas o las dichas  de los demás. Cada uno en lo suyo y el resto del mundo que reviente”.
Lo colmaba una beatitud que se esparcía por todo su ser. No pensaba en su mujer, ni en la falta de empleo, o en las deudas que lo acosaban y no le daban reposo. Observaba la tersura de algunas nubes navegando por el cielo límpido y celeste, transparente como un cendal delicado, y se sintió estremecido por un placer desconocido. El aire era fresco, se percibía su pureza, y un aroma fragante, como de rosas y jazmines, le generaron una sensación agradable.
Anduvo un rato largo; no estaba cansado, tampoco tenía sed, o hambre. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un bienestar así. Se sentía feliz. Esbozó una sonrisa plácida: “Como cuando era pibe, viviendo protegido por los viejos; sin las angustias de la vida adulta, sin las malditas deudas”, recordó meneando pausadamente la cabeza.

Siguió su marcha; se detuvo un rato, contempló los alrededores. Y de pronto se acordó: “¿Dónde está la mujer que me gritó ‘cuidado con el auto’.? ¿Y el que manejaba el coche? ¿Porqué no se detuvo para ver qué me sucedió?” Las respuestas eran burlonas, crueles. Su mente no las admitía.

Ese silencio cóncavo que lo escoltaba desde hacía rato; las ausencias, la soledad espectral de las calles que iba recorriendo; el apacible y lejano tañido de campanas; ese murmullo de gemidos que parecía un réquiem coreado a capella, le produjeron congoja. Un lagrimón furtivo le birló la sonrisa. Por que sólo entonces comprendió la verdad de la historia: estaba muerto. Irremisiblemente muerto • 
                                        Andrés Aldao   

domingo, 27 de abril de 2014

Andrés Aldao



Historia de Damián
                                          
“…comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos”.
No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo.
Jorge Luis Borges, “El Otro”


Era un tipo enjuto por vocación y figura. Apareció una mañana envuelto en su enjutez, sosteniendo el cigarrillo con esa pulcritud que luego iba a ser la comidilla del personal. Sobrio en el hablar, frugal, ojos ceniza de mirada abatida y huidiza, también su manera de pitar el cigarrillo, difícil definirla, era como distinguida, algo lacónica tal vez. No sonreía excepto un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta. Lo conocí allá por la década del setenta. Yo era secretario de redacción de una revista de la industria maderera y necesitaba un redactor: me había decepcionado de los muchachos que se enganchaban como periodistas y a los dos meses se mandaban mudar sin siquiera avisarme.
Damián Domínguez se presentó con un hilo de voz. Dos veces tuve que pedirle que me repita el nombre. 
–Vengo por el aviso  – precisó luego.
–Usted no es un pibe – le insinué – y aquí no pagan mucho sueldo, ¿sabe?
–Necesito trabajar, pruébeme. No tengo pretensiones.
Lo mandé hacer una nota a un aserradero. No perdía nada. Volvió después del mediodía y preguntó si podía pasar la nota en la Olivetti 44. Estaba en un rincón de la oficina, arrumbada sobre una mesa tumefacta y gris. Lo escuché teclear con la misma módica elegancia que empleaba para todos sus actos y gestos. Estaba sumido en la corrección de pruebas de galera cuando el flamante redactor, sigiloso, casi en punta de pies, me acercó su artículo. Podía percibir su mirada tratando de descifrar mis sensaciones, penetrar en mi masa encefálica y descubrir las reacciones que me generaba la lectura. Terminada ésta hice como que aún leía el texto, levanté la vista y regresé a la hoja de papel: quería confundirlo, poner distancia entre los dos. Luego – tal vez porque le di la oportunidad contrariando mi primera reacción – le dije con algo de fastidio:
–No lo tome a mal, Domínguez, pero esta nota tiene demasiada calidad para nuestra publicación: nosotros hacemos periodismo  – esto último lo dije con cierta ironía.
–Podría retocarla, hacerla más simple: necesito el trabajo –respondió impasible.
–Escúcheme, lo que usted escribió tiene nivel pero es demasiado lírico para describir las actividades de un aserradero. No sé que decirle... ¿Sabe qué? ¡lo tomo! – le dije. Fue un impulso que aún hoy no me explico.
Así comenzamos nuestra relación, resaltada por la parquedad de Damián, su labor silenciosa, la capacidad de escribir buenos artículos periodísticos y la fluidez de sus conocimientos en política e historia

Es curioso: por regla general los lugares de trabajo se convierten en un vivero de amistades transitorias y perecederas, en una fuente de compañerismo que a veces enhebra la vida de las personas, o une como pareja a un hombre y una mujer. Damián no era hosco: por el contrario, irradiaba generosidad. Sus buenas maneras no parecían una pose o el ejercicio meticuloso de la simulación. Empero, una delgada hebra de duda se interponía entre su conducta cotidiana y cierta reticencia que emanaba de su persona: como una delgada malla imposible de explicar.[A1] 
Hombre taciturno y soñador, dejó Montevideo para buscar ocupación. Trabajó como oficinista y escribía por las noches cuentos y poemas. Al perder ese empleo se convirtió en vendedor de colecciones de libros a domicilio (por lo que sé, jamás vendió alguna). Luego encontró ocupación en una librería céntríca. En realidad, nunca me dijo en qué lugares precisos trabajó. Tampoco mencionaba a su familia. Eran sus conos de sombra, el eclipse que dejaba en tinieblas los lados más íntimos de su personalidad.
Pasaron algunos meses; Damián y yo hicimos buenas migas. Comentábamos temas de historia, literatura o hechos políticos y con frecuencia cenábamos en el Pipo o Bachín¹ . Eran los tiempos del cine Lorraine, los bares La Paz y El Foro, la facultad de Filosofía y Letras, la polémica ruso–china, el espejo fruncido de la revolución cubana y los grupos de izquierda que actuaron en las grandes tormentas del sesenta y el setenta.
Lector de MARCHA, admiraba las notas de Quijano y Ángel Rama. Pero Damián jamás se enzarzaba en discusiones que pudieran conducir a encontronazos irreparables; prefería quedarse silencioso, algo ido, como ausente. Tiempo después descubrí que esos silencios eran huidas de la realidad. En ciertas ocasiones parecía un hombre sin vida, las cuencas de sus ojos resaltaban oquedad, permanecía estático, como en estado de catalepsia. Luego se recuperaba, su rostro cobraba vida y daba la impresión de que regresaba de una larga travesía, o que trepaba desde un profundo precipicio. Nunca se me había ocurrido reflexionar sobre el carácter y la personalidad de Damián. En definitiva, Domínguez era un integrante más del personal.

Una tarde, antes de retirarse de la oficina, me comentó que se sentía sin fuerzas y angustiado. Fue un comentario impropio de su personalidad retraída.
–Necesitaría algunos días de licencia –agregó–, mañana me confírma si es posible.
–Lo voy a considerar, Damián… ¿Quiere venir a tomar un café a Sorocabana?
–Gracias, pero estoy apurado, me esperan. Déjelo para otro día. Chau.
Agarró su desvencijado portafolio y salió  de la oficina –se evaporó más bien–, pulcro y discreto como un duende. Al día siguiente, jueves 1o. de noviembre día de todos los Santos, Damián no apareció por la oficina. Tampoco el viernes. El lunes no se hizo presente en la redacción y eso ya nos preocupó. Llamé a la pensión en la que vivía y la dueña me dijo que Damián no había regresado desde la mañana del miércoles 31. Un desvanecimiento total y misterioso.
Después de un tiempo el asunto Damián pasó al archivo de sucesos extraños. Una personalidad como la suya no podría borrarse con liviandad cortesana. Retornaba de vez en cuando envuelta en un signo de interrogación y luego se disipaba, hasta que otro hecho fortuito rescataba su imagen. Pero con el tiempo fue empalideciéndose hasta quedar borrada.
Cuando me convencí de que no regresaría, decidí sacar sus pertenencias personales del escritorio haciéndole lugar al nuevo cronista. Había sido un día tranquilo y el último número de la revista se estaba distribuyendo. De lo que había allí me llamó la atención una carpeta: le eché una ojeada y hallé en su interior varios cuentos rubricados por Damián. Llamó mi atención uno de ellos titulado El Laberinto. Lo tomé y comencé a leerlo. No pude dejarlo: fue como introducirme en un mundo tétrico, disparatado y enfermizo. Finalicé la lectura y me quedé tamborileando sobre el escritorio. Era un cuento extraño, la alucinación desbordada de un beato cuyo fanatismo lo situaba en el umbral del absurdo. No sabía qué pensar aunque traté de atar algunos cabos, engarzar la personalidad del personaje con lo que sabía de Damián. Era como hilar muy fino y mi imaginación, bajo llave, no captaba esa dimensión tan abstrusa.

Retirado del periodismo, hace unos meses fui a escuchar una disertación sobre historia. Al salir de la sala vislumbré en la puerta de un bar a un tipo enjuto de maneras muy suaves, hablando con otra persona. No lo podía creer… me acerqué y le dije: «Perdone, ¿usted no es Damián Domínguez?» Contemplé los ojos ceniza del tipo y recordé a alguien cuya desaparición me intrigó durante años. El hombre quedó callado; apenas esbozó una sonrisa. Me sentí conmovido contemplando aquella sonrisa (un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta). Ya no tuve dudas. Extendiéndole la mano le dije:
–Tantos años Damián, ¿qué le pasó, che? ¿por dónde anduvo?
–Perdóneme –susurró–,  usted me confunde con mi hermano. Mi nombre es Walter, Walter Domínguez: Damián y yo éramos gemelos.
–No sabía que tenía un hermano. Es asombroso: fíjese que hace por lo menos un cuarto de siglo que le perdí la pista a Damián y al verlo a usted parado en la puerta de este bar me pareció estar delante de una visión. ¿Qué se hizo de Damián? Nunca más supimos de él. Incluso su último sueldo quedó en la redacción. Mire, si tiene unos minutos lo invito a tomar un café. Venga, vamos a ese bar de la esquina.
Se despidió de su interlocutor. Cruzamos hacia el bar de Montevideo y Corrientes y pedimos dos cortados. Mientras esperábamos él encendió un cigarrillo; lo contemplé a través de la densa nube de humo. Un tipo muy envejecido. Las arrugas en la comisura de los ojos me hicieron recordar a Damián. Un detalle fugaz llamó mi atención: cierto resplandor difuso en la retina.
–Cuénteme por favor lo ocurrido con Damián le dije.
–Es una historia larga y muy compleja. Mi hermano era un muchacho culto, incluso escribió muy buenos cuentos y poemas en Montevideo. No teníamos buenas relaciones: Damián era talentoso y yo un fiasco muy grande, siempre resentido y envidioso. Envidiaba su capacidad para escribir y hacer amistades. También el éxito con las mujeres me provocaba rencor. Una noche –ya éramos muchachos grandes– lo vi leyendo la novela de Benedetti La Tregua y para mortificarlo le dije que era una basurita romántica. Damián no era capaz de alzar la voz pero esa vez lo vi empalidecer: «Andáte, Walter, ¡sos un hijo de puta!» me gritó. Damián se fue de casa. Vivía en una pensión de la calle San José y la Río Negro, en Montevideo, y de tanto en tanto visitaba a nuestra madre.
 Sonrió apenas e hizo una pausa. Ansioso, sorbió el cortado de un tirón, como desesperado. Sus ojos contemplaban a los peatones, escasos, que caminaban por Corrientes recorrida por la brisa de la medianoche. Entonces le dije:
–Perdóneme: ¿nunca se reconciliaron, o al menos llegaron a una especie de armisticio?
–Al tiempo me encontré con Damián en Buenos Aires. Le traje algunas cosas que le mandó nuestra madre y no volvimos a pelearnos. Para mí la cosa no fue tan sencilla. Usted sabrá que esas rencillas entre hermanos se fundan en nimiedades, celos, futilezas de la edad. El tiempo hace lo suyo, pero en mi caso había sobrevivido el rencor.
–¿También Damián tenía ese sentimiento?
–No lo sé, pero supongo que en Damián era más dolor que rencor. Mire, un día viajé para arreglar asuntos de la herencia. Yo quería vender la propiedad de mis padres pero Damián no estaba convencido y entonces discutimos. A la semana volví a Buenos Aires y lo cité en el Once. Yo había arribado esa mañana en el vapor de la carrera, pero Damián nunca llegó a la confitería La Perla: tuvo un accidente trágico… Fue a tomar el subte en la estación Piedras y cayó a las vías cuando entraba el tren. No tenía documentos encima y nadie lo reclamó. Eso ocurrió el 31 de octubre de 1974.
–¡Qué barbaridad, pobre muchacho! ¿Pero usted cuando se enteró?
–La misma tarde en que desapareció – me dijo con aquel hilo de voz y la languidez que parece ser una característica de los hermanos Domínguez. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para captar las últimas palabras.
–No lo entiendo, ¿y porqué no nos avisó?
–Fue imposible, créame –susurró con suavidad, casi con desgano –. Estuve preso.
Me sorprendió. No sabía cómo encararlo pero me animé:
–Disculpe que me entrometa en sus cosas, ¿qué le ocurrió, porqué estuvo preso?
El hermano de Damián, mirando hacia la calle, agregó:
– ¿Quiere saber porqué estuve preso? Damián no se cayó: fui yo el que lo empujó a las vías del tren. Hace unos días que recobré la libertad. Pasé en la cárcel veintisiete años. – murmuró con dulzura mientras esbozaba un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta.
–¿Dónde está enterrado? –le pregunté confundido. No me respondió.
Atiné a decirle que lo lamentaba. Pagué la cuenta y salimos. Dejé a Walter Domínguez en la esquina de Rodríguez Peña y Corrientes. Mientras se perdía en la noche su modo de caminar me retrotrajo a la imagen del hermano, aquellos pasos suaves y módicos. El viento del río era fresco; eché a andar hacia el Obelisco. Tenía ganas de caminar por la Corrientes fantasmal mientras mi mente reelaboraba lo ocurrido. No podía dejar de pensar en la muerte de Damián y en la personalidad del hermano cuyas frustraciones, probaiblemente, lo llevaron al fraticidio.

Me eché sobre la cama, las manos detrás de la cabeza, el pucho colgando de los labios y la ceniza columpiándose, a punto de caer. Mi mujer dormía plácidamente, y yo reabría la historia de los hermanos Domínguez. La imaginé una parábola montevideana de Abel y Caín. Una idea maligna se me ocurrió, una idea para sobresaltar a viejitas que toman el té con masas en Las Violetas a las cinco de la tarde. Pero  el sueño me tumbó.
A la mañana siguiente fui a visitar a Félix, un amigo que trabaja en los archivos de LA NACIÓN. Le pedí que revisara las noticias policiales aparecidas en el mes de noviembre del año 1974. Nada: nadie caído entre las vías del subte A, ningún accidente en la estación Piedras, ningún Damián, ningún crimen, ningún uruguayo, ningún extraño. Nada.
Volví a mi casa y le conté a mi mujer el raro encuentro con el hermano de Damián, la historia que me narró y el resultado negativo de mi búsqueda. Contemplándome con malicia susurró: «Averiguá en el depósito de fiambres». No entendí donde estaba la gracia, pero le hice caso.
Llegué temprano a la morgue. Le mostré mi carné de periodista al empleado del archivo, un tipo alto de rostro pálido, piel agrietada y amarilla. Sólo el guiño involuntario de sus párpados me convenció de que pertenecía al mundo de los vivos. Le pedí que buscara en el libro de entradas los datos de cadáveres llevados a la morgue entre el 31 de octubre y los primeros días de noviembre de 1974. Revisó entre las páginas mustias y resecas de un bibliorato lleno de polvo y telas de araña, luego se encogió de hombros y me dijo: “Durante esos días no hubo ningún caso de NN recogido en las vías del subterráneo”. Exánime, el tipo alto de rostro pálido volvió a sus guiños involuntarios.      
Regresé a mi casa y le conté a Odina, mi mujer, el fracaso de esas averigüaciones: «Ninguna noticia en los diarios –le dije–, en la morgue no recibieron tipos caídos en las vías del subte: creo que voy a mandar todo el asunto al diablo». Con los ojos puestos en la jaula donde el canario efectuaba sus piruetas, me insinuó: « Dejá a los muertos en paz y buscá algo que tenga relación con los vivos…». Sus palabras fueron acompañadas de sugerencias concretas. Me parecieron razonables. Decidí que éste sería mi último intento. Escribí una nota, la fotocopié enviándola a diversos institutos de Buenos Aires y la periferia. Y me dispuse a esperar un milagro.
A las dos semanas llegó un sobre. Lo abrí con impaciencia y leí: «A su pedido se le informa que una persona de ese nombre está internada en este hospital desde hace veintiocho años y padece un tipo singular de esquizofrenia. Por sus reiterados períodos de agresividad fue recluido en un pabellón de internos peligrosos». La frase final decía: «En el último año fue autorizado a salir de este nosocomio los fines de semana por el término de setenta y dos horas. A pesar de su mejoría, al paciente Damián W. Domínguez no se le puede dar de alta.». Lo firmaba un tal doctor Alberto Inchauspe, director del Departamento de Psiquiatría del Hospital Borda 

                                                                                                    Andrés Aldao







jueves, 20 de marzo de 2014

Andrés Aldao



El Tío del Cuento

Barrio de calles empedradas; casitas de paredes bajas. Como para no molestar ¿saben? Antiguos corralones convertidos en conventillos ”de medianera”, alineados como soldaditos de plomo; ajados como bomboneras añejas, anticuadas. Escenario de la pobreza de los proles; modernos “Sísifos” que trepaban con su cruz y se desmoronaban antes de llegar a destino. Como gibas de lodo en la tormenta. Caballito norte, que baja desde Rivadavia hacia Paternal, cortada al medio por Gaona y se intersecciona con la avenida San Martín en la estatua del Cid Campeador y las “diez esquinas”.Barrio de trabajadores y clase media, serpenteado por arboledas y adoquines. Gaona tajeada por los rieles del tranvía. Figueroa, Paisandú, Espinosa, Planes, Arengreen, Luis Viale, Pujol, Canalejas, la vieja cancha de Ferro en Avellaneda y Martín de Gainza. Caballito al norte, historia antigua.

Se lava la cara despaciosamente. Se mira en el espejo, se guiña el ojo y sonríe. El “pibe” Rosendo se peina las ondas de su pelo renegrido, aspira el aroma de la viruta y el aserrín del taller, le echa una nueva mirada a la “trucha”, prende un Fontanares y pasa por la oficinita del trompa. Recibe el sobre con el jornal de la semana, cuenta la plata y firma el recibo.
-Paco, vamos a tomar un cafecito  -le dice a su amigo.                                                                    
-Vamos, pero invito yo  -le contesta Francisco.
También Paco recibe el sobre de la semana. Después salen de la carpintería en la que trabajan los dos amigos, toman por Fragata Sarmiento hasta Gaona. En la esquina está “El Gato Negro”, bar y billares del barrio de Caballito de los años treinta y cuarenta.   
Rosendo y Francisco (Paco para los amigos) se conocen desde la primaria. En el taller forjaron la amistad: los dos en la treintena de la vida, casados; Paco ya tiene un crío. Hinchas de Ferro, naturalmente.
Entran en el bar, se sientan al lado de la ventana cerca de las mesas de billar. El viejo reloj, colgado detrás del mostrador de estaño, señala las cinco y media. Una ingenua brisa otoñal juega con las hojas caídas de los árboles, ya medio pelados, que alfombran la vereda del bar. Algunos de los habituales atorrantes de la vecindad están trenzados en frenéticos combates de carambola a tres bandas: el “Lecherito” -hijo de un vasco lechero-, Adel el “Turco”, Luisito el “Pacho”, los hermanos Toker y otros cuyas fachas son desconocidas.
-Don Julio, traiga dos cafés. uno cortado  -pide el Paco.
-Fíjense como le dan al paño con los tacos. son unos bestias -vocifera don Julio, uno de los dueños.
Los dos amigos se encogen de hombros y sonríen. Sorben el café mientras comentan problemas del trabajo. Rosendo es carpintero de muebles, y Paquito oficial lustrador.
-El domingo, después del partido, ¿no querés que vayamos a comer por ahí? ¿que te parece, Paco?
-Vos sí que te das la buena vida, Rosendo. Van al bío, los sábados morfan en “El Rancho Grande” o en la  “2 de Mayo”: yo tengo un pibe.  Pero para que no me digas amarrete, ¡vamos! le dijo sonriendo.
De una de las mesas de billar llega un barullo descomunal. el Lecherito le acomoda un tacazo a uno de los Toker. Los dos hermanos se le van al humo y estalla la gresca. El “gaita” los pianta a todos.
Se hace un silencio que horada los tímpanos. El bar enmudece, los parroquianos hacen causa común y callan. Inspiran el aire en cómodas y silenciosas bocanadas. Sólo el “shshshshsh” de la máquina expreso, arrogante y desdeñosa como una pebeta pintona, se anima a desafiar la cólera de don Julio. Afuera, las penumbras se despliegan alevosamente. La brisa otoñal se quita la careta bonachona y pretende jugar al huracán temerario. Pero le faltan agallas. Aunque siga desprendiendo la hojarasca atornasolada, mustia y quejumbrosa. como un fuelle tristón que llora por la mina que se rajó del bulín.
“El Gato Negro” recupera los murmullos, las risotadas. Vuelven a escucharse las toses con variación  de los fumadores crónicos. Y los “truco. quiero retruco” estentóreos hacen danzar a los porotos del puntaje.
Entra un desconocido, se detiene, ojea a los ocupantes de las mesas con mirada esquiva. Tiene cara de caballo, trompa prominente, y los dientes de dinosaurio dan pavura. Los orificios de la nariz se abren y cierran candenciosamente; las orejas, medio paradas y triangulosas en la parte superior. Sólo los ojos, medio achinados, tienen rasgos humanos. Lleva un par de días sin rasurarse; viste un traje gris claro, vejete y arrugado.                                                 
Se dirige pausadamente hacia la mesa de los dos amigos. los carpetea de reojo, se para, y mientras se quita el “funyi” les dice con voz monocorde:
-Discúlpenme, caballeros, tengo un problema muy serio y tal vez ustedes me pueden ayudar. Rosendo y Paco se hacen los desentendidos. Pero “cara de caballo” vuelve a la carga.
-No les pido una limosna: soy poseedor de un billete de lotería premiado pero mi mujer está muy enferma. Yo vivo en Mendoza; tengo que viajar ahora mismo y no tengo plata ni puedo esperar.  -les aclara.
-¿Porqué te voy a comprar el billete? ¿Cómo puedo saber si lo que me decís es cierto? le dice Rosendo mientras lo semblantea.
-Tiene mucha razón, caballero, pero debo viajar y no puedo ir a cobrarlo: la lotería está cerrada y yo necesito el dinero ya  -susurra, imperturbable, el hombre de la quijada equina y dientes de dinosaurio.
Paco le murmura quedamente a su amigo: “Compraseló, ganás guita”. Con seductora humildad y parsimonia el hombre extrae de su bolsillo el mentado billete y se lo ofrece a Rosendo. Éste lo toma, lo observa del derecho y del revés, lee el número (24234) y el copete: “Lotería Nacional - sorteo ordinario - se juega el 23 de abril de 1946”: era la jugada del día anterior.
Rosendo, medio intrigado, le propone que vayan juntos hasta el quiosco para verificar si ese billete realmente salió premiado el día anterior.
El quiosquero revisa el billete con parquedad y le confirma a Rosendo que el 24234 salió premiado con quinientos pesos. Regresan. A pesar de la fresca brisa, Rosendo transpira, duda. la cabeza le da vueltas como una calesita. Hace sumas y restas. Finalmente, sopesa en silencio: “Por el billete cobro $500, yo le doy a este otario los $250 que cobré en el laburo y el resto es mi ganancia. mmm. me van a quedar $250 limpitos!”.
Entran en el bar. Paco mira a Rosendo y éste le hace un guiño mientras se sienta. Saca el sobre, extrae los billetes, los cuenta sin prisa y se los da a “cara de caballo”. Éste se lo agradece con sonrisa equina, exhibiendo sus terroríficos dientes de percherón. Y se va trotando lentamente.                                                              
-Qué tarro que tenés, Rosendo. mirá que comprar un billete premiado por la mitad. –le dice Paco mientras salen del bar.
Se abrochan las camperas. Las lucecitas de Gaona parpadean alegremente en la noche otoñal. Rosendo compra “La Crítica” quinta, le echa una ojeada a los titulares mientras Cacho, el canillita, cuenta el vuelto. Caminan por Gaona  hacia Espinosa; los dos amigos comentan los incidentes del bar y el gran negocio que hizo Rosendo con la adquisición del billete.
-¿No te dió pena aprovecharte del pobre infeliz?  le dice Paco mientras se ríe a carcajadas.
Llegan hasta la vidriera del espiedo de los hermanos Dagraddi, frente a la iglesia. Paco decide comprar allí algunas vituallas y ambos amigos se despiden.

Rosendo cruza Gaona. El tranvía 99 pasa como un soplo y la luz que fisura el vaho de las ventanillas le dibuja raras figuras en la cara. El viento gorgorea trinos y el frío le pone un copo carmín en la punta de la nariz. Pasa delante de la seccional 13ª. Una lucecita roja destella fugazmente y desaparece en la penumbra: es el cana de la puerta que pita con sigilo.
Dobla en Planes; su casa está un poco antes de Pujol. Allí vive con su mujer, Esthercita. Alquila una pieza con cocina, en una de esas casonas antiguas de varias habitaciones, cada una con su cocina y el baño compartido. Mira la hora: las siete en punto. Rosendo piensa: “Y ahora chau, ya me palpito la bronca”.                                                              
Abre la puerta del bulín, entra haciéndose el despreocupado y se acerca a Esther para darle un besucón. Ella está enfadada. se le nota en la trompa, levantada como un embudo invertido.
-¿Adónde te metiste, eh? lo interroga con voz de cabo primero.
-Calmate, Negrita, que voy a contarte algo que te va a poner chocha; y preparate unos ricos amargos con espumita. andá, Negra -le dice Rosendo con esa cara de pibe bueno.
El viento se torna húmedo, algo borrascoso. En el cielo navegan nubarrones mal entrazados. Esther y Rosendo salen de la pieza rumbo a la cocina. Mientras ella prepara el mate, el muchacho le narra la historia del billete de lotería. La mujer lo mira con cara contrariada.
Discuten, se arma la tremolina pero Rosendo consigue aplacarla. Finalmente hacen las paces y luego de la cena escuchan la radio, hojean el diario, charlan, se van a la pieza, juegan al amor, y luego, satisfechos y cumplidos, se duermen como dos cachorros.                                                                

La arrogante sirena de la ambulancia se mofa del silencio pastoral que envuelve a la barriada. Se dirige al hospital Durand; cruza Parral, entra en Díaz Vélez y llega con su carga a la sala de guardia. Es cerca de la medianoche.
Algunos vecinos curiosos, que desafían el viento y hacen caso omiso de la fina garúa que los fastidia,  comentan las peripecias de lo ocurrido en el barrio y la llegada de la ambulancia.
(Ese viernes Rosendo dejó el trabajo al mediodía y viajó al centro de Buenos Aires. Fue a cobrar el premio de su billete. Entró en el edificio de la Lotería Nacional, se acercó a una ventanilla y mientras saludaba a los empleados le pasó el billete a uno de ellos. Al que le vió cara de simpático.
En contados minutos el empleado regresó con otra persona, que encaró a Rosendo diciéndole:
-Dígame, señor, ¿dónde compró este billete?.
Rosendo le explicó, al que parecía el encargado, lo ocurrido el día anterior en “El gato negro”. Preocupado, le interrogó sobre el motivo de la pregunta.
-Este billete tiene un número adulterado: buen trabajo, pero le hicieron el cuento del tío, señor.
Rosendo comenzó a tiritar. Lagrimones, como muecas sarcásticas, le humedecían las mejillas de pibe bueno Se sintió estúpido, humillado: ni la plata del billete “premiado” ni el salario de la quincena.
Regresó a Caballito; entró en la casa, fue a la cocina para no ver a su mujer, pero ella estaba allí. Esther, presintiendo algo, le preguntó: “¿Qué pasó, Rosendo?”. El “pibe” se echó a llorar y abrazándola le dijo: ”Me jodieron, Esthercita, nos dejaron sin un mango”.
Estaba deprimido; no tenía ganas de comer. La mujer no lo regañó; quería consolarlo pero no sabía cómo. Se acostaron a dormir.
A las once y pico Rosendo se despertó. Pálido, bañado en un frío sudor, sentía una opresión intensa en el pecho. La mujer se levantó atemorizada y le pidió a un vecino que telefonee a la Asistencia Pública. La ambulancia, alborotando con su sirena letífica, llegó en breves minutos. El practicante, mientras lo auscultaba, profetizó: “Esto puede ser un ataque cardíaco. tenemos que llevarlo a la sala de guardia sin perder tiempo, es urgente”.                                                           

El hombre de la cara de caballo, fichado en la yuta como “Hansen el falsificador”, prueba su suerte con un nuevo candidato en el bar de Medrano y Díaz Vélez, no muy lejos del hospital Durand. En una de sus salas, mientras tanto, Rosendo recupera la salud, pero en cuanto a la platita, “pelito pa’ la vieja”•