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lunes, 20 de octubre de 2014

Carlos Arturo Trinelli




                                                                                 OKUPAS

                                                              Una casa vive únicamente de hombres,
                                                                       como una tumba. Enrique Prochazca.


                                 
      
     La casa estuvo años deshabitada y nos instalamos multiplicándonos como verdaderos pobres. Cada uno ocupando sus espacios. Por supuesto han ocurrido conflictos producto de distintas maneras de adecuarse a la situación. Mi familia y yo pasamos bastante desapercibidos y es que no ocupamos demasiado espacio y también nos arreglamos con poco. Llevamos una vida metódica, salimos de a ratos, no hacemos ruido. Otros en cambio gritan de noche o tienen relaciones sexuales a la vista de todos con una moral que al menos podríamos calificar como amplia. Existen los pasajeros de tránsito, gente que se queda una noche y se va u otros que roban lo que pueden, o lo que queda, caños, cables, aberturas y escapan ante nuestra mirada neutra.
     Alrededor de la casa el tiempo desbordó el progreso y quedamos sumergidos en el fondo del cielo. De los edificios linderos caen diversos objetos inútiles y pocos pedazos de sol. Un día llegó la demolición. No pocos murieron. Algunos escapamos.
     Yo logré hacerlo camuflado en un volquete y mi destino de araña seguirá a salvo en otro sitio.   


                      

  LA SOLEDAD ES UN REVÓLVER ARDIENTE


     La música aturdía, el cantor desafinaba al amparo de la impunidad sonora. La cerveza estaba caliente y el precio exorbitante. Miré a la morocha que reía y acompañaba el ritmo de la cumbia. Ella me vio, abandonó la sonrisa y el meneo de caderas. Se mordió el labio inferior. Me acerqué y le dije lo que pensaba del lugar, de la música, del cantante, de la birra. Nos fuimos. Afuera hacía frío. Ella encerró a las tetas bajo el cierre de la campera de cuero. Le di opciones, mi casa, un telo o un bar. Se jugó por el telo. Paré un taxi. En el calor del ambiente calefaccionado volvieron las tetas. Hubo tiempo para algunas mentiras, después la acción, después el tedio. Para vencerlo se mostró activa pero solo lo logramos al quedarnos dormidos. Cuando despertamos era domingo igual que cuando habíamos entrado nada más que ahora se había corporizado con la luz de un sol pálido. Ella se bañó, yo no. Nos fuimos. La invité a desayunar. Ella un mate cocido con leche y dos medialunas de manteca. Yo un café con una de grasa. No hablamos mucho. Nadie lo hacía demasiado, leían el diario. Resistimos poco sin fumar. La acompañé a tomar el colectivo. En la parada nos abrazamos con distancia y rozamos nuestros labios. Caminé unos metros y regresé para preguntarle el nombre. Me lo dijo con una sonrisa y el brazo extendido para detener al bondi. Subió, no me preguntó el mío pero se lo grité. Pareció no escucharme. Tampoco tuvo importancia. Me di vuelta y me fui con medio domingo encima.


miércoles, 4 de junio de 2014

Carlos Arturo Trinelli

                                                        
   DIEZ

     Son las diez de la noche y llego a la estación después de diez horas de ausencia. Todos los días, de lunes a viernes, camino las diez cuadras que me separan de mi casa. En este caminar se rompe la simetría. Es difícil que pueda lograr hacer el trayecto en diez minutos, por lo general, lo excedo en uno o dos.
UNO: La primera cuadra sucede rápido. Es entretenida, hay gente con ese movimiento propio de las estaciones de ferrocarril suburbanas. Las vidrieras de los negocios que no tienen cortinas metálicas están iluminadas. No hay árboles y las luces de la calle disimulan la noche. Camino de norte a sur, es invierno y el viento se corrompe en el obstáculo de las edificaciones sin dejar de hacerme sentir su rigor. No importa, estoy abrigado. A lo lejos el sonido de la autopista resulta una música incomprensible. Una sirena anticipa tragedias civilizadas. Aprieto los párpados un instante en búsqueda de la oscuridad plena.
DOS: La segunda cuadra comienza a tener sus sombras, menos negocios, menos gente, menos luz. Algunos árboles. Paso por delante del salón de fiestas en donde me enamoré por primera vez. Ella era…luminosa y es que era adolescente, yo también. Todavía nos encontramos en el barrio. Ella perdió brillo, desarrolló el culo y alguno de los últimos años la atropelló. No dejamos de saludarnos pero ya nos olvidamos. Eso creo.
TRES: Aquí se acrecientan las sombras y cada una comienza a ser sospechosa. Sucede que los árboles se defienden de la luz artificial que empalidece al cielo. En las casas los perros establecen cadenas de ladridos como comunicaciones atávicas de alertas fallidos que anuncian mi marcha. Cruzo por delante de la capilla donde tomé mi primera comunión. Me recuerdo en una fila incómoda, en ayunas y apretado en un traje. Con un cuello duro de almidón que me produce un picor insoportable. Las ganas de que termine algo que no comprendo del todo pero que sé debo cumplir. En el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. Me persigno con el pensamiento y sigo mi derrotero pleno de dudas, (¿eran Jesús y la mayoría de sus apóstoles solteros? Judas el supuesto traidor ¿era casado? entonces, la estrategia de Jesús ¿fue la de una sociedad de solteros sin hijos? Quizá. Intuyó que tanto las esposas como los hijos son empeñozos en la confrontación como modo de comunicarse y que resulta inútil con ellos tratar de ser veraz y lógico sin estar discutiendo. Peace brother, un genio este Jesús). Sigo adelante, sin mujer, sin hijos.
CUATRO: En esta cuadra y al amparo de fresnos, robles, paraísos, plátanos, jacarandaes, tipas, altos como para alcanzar a las estrellas, acrecientan su dominio las sombras. Todo ruido se convierte en amenaza y algunas veredas rotas impiden ir alerta a las acechanzas en el esfuerzo por no tropezar. Lo mejor sería caminar por la calle, muchos lo hacen pero ahora no hay nadie y los autos o motos son más sospechosos que la oscuridad.
CINCO: Comienzan las mansiones. Al pasar por delante de los portones ciegos se encienden luces agresivas que encandilan la marcha. En estos cien metros imagino que me sucede, como al personaje de Roberto Arlt, Erdosain, que una dama me espía día tras día por los visillos de una ventana hasta que se anima y me llama para decirme que está enamorada de mí, de mi figura de andar ligero y sombra veloz. Me invita a pasar, nos sentamos en un sillón. La dama habla poco, no importa la edad, si es agraciada o no, importa que el lugar está calefaccionado y ella se desnuda y dice que me ama desde que me conoció y que desea que viva allí con ella, con su fortuna dispuesta a concederme la gracia de que no deba regresar después de diez horas, a las diez de la noche a caminar las diez cuadras. No digo nada, disfruto de su piel cálida, de los labios húmedos y el perfume de jazmines que desprende su cuello. Me pierdo en ella y disfruto de su único quejido que apenas quiebra el silencio.
     Luego me pregunta qué hago y digo que soy escritor, no cualquier escritor, uno sin repercusión, sin reseñas, sin críticas, sin ventas. Un escritor que solo él sabe que existe y me asegura que todo va a cambiar, ella lo hará posible.
SEIS: En está cuadra se acaban las mansiones. A mitad de camino con la siguiente esquina hay una casilla que replica un chalet pequeño y alberga a un guardia que custodia a los dueños o habitantes de las mansiones. Me conoce de tanto verme traquetear estas calles. Me saluda, cruzamos alguna palabra, yo no me detengo. Me desea buenas noches, le respondo lo mismo. No aclaro con que me conformo que sea igual a todas..
SIETE: Atrás quedan las mansiones. Entro en el barrio, mi barrio. Cuando llego a la esquina recuerdo cuando caminaba en sentido contrario y doblaba hacia el colegio. Años de primaria, años en que la niñez, la mía al menos, era una fiesta, regresar a casa con alegría a los juegos de siempre, iguales pero distintos. Años de secundaria, años de la adolescencia, una herida del crecimiento. Una época en que deseaba ser muchas personas y estar en muchos lugares. Años en que envidiaba a alguien como yo al que suponía libre de hacer lo que quisiera. Ahora he comprobado que somos demasiado parecidos a nosotros mismos y a medida que vivimos nos afianzamos en ser como somos y no hay vuelta atrás. Es mejor creer en cambiar el mundo que en cambiarse uno mismo.
OCHO: Un hilo imperceptible me mantiene sujeto a la realidad. No sé si esto es bueno. Por las dudas trato que esta realidad no tenga demasiado injerencia en mi vida no  vaya a ser cosa que un simple aleteo de mariposa en Beijing consiga deprimirme.
     En este tramo, cerca de la meta, acelero el paso, en el barrio los árboles son más bajos o tronchados por la irracionalidad de las podas. De frente a mi caminan dos perros, se apartan desconfiados, nos cruzamos, los miro de soslayo, siguen su camino como si supieran donde van, igual que yo.
NUEVE: Aquí doblo y el viento lo hace conmigo. Cruzo para estar en línea con mi casa. Unos jóvenes están en la puerta de una casa. Beben cerveza y se pasan la botella. Son los hijos de…, los sobrinos de…, los primos de…, me saludan. Pienso que no me gustaría morir en el barrio, no me gusta envejecer en el barrio. Un falso pudor. Nadie es perfecto.

DIEZ: Miro la hora, preparo la llave dispuesto a asumir con lucidez la soledad. Cuando entro el gato me hace esas fiestas felinas que no me dejan avanzar. La cola hecha un bastón se refriega entre mis piernas y emite un ronroneo. Lo alzo y lo llevo a la cocina, le doy la comida. En un rato se irá y puede que regrese herido de su paseo nocturno después de alternar con sus congéneres. Igual que yo, los dos de regreso y heridos.
                     Carlos Arturo Trinelli

domingo, 27 de abril de 2014

Carlos Arturo Trinelli

       
                           
 SUCESOS ARGENTINOS

 Después: Había terminado de entregar el sobre en un piso quince de un edificio en Puerto Madero. Estaba cansado. Cansado bajo el calor de un cielo mezquino de enero. Cansado por la edad. Cansado por el tiempo transcurrido en mis juegos en las ligas menores de la vida. La propina había sido generosa por lo que supuse que el sobre era importante para el destinatario.
     Entré en uno de esos restaurantes exclusivos de la zona. El aire acondicionado justificó el saco que llevaba puesto. Un mozo se acercó hacia mí y me sugirió dónde ubicarme. En la mirada reconocí el resentimiento del lacayo obligado a atender a un par. 

Un tiempo atrás: Lo inesperado suele presentarse en distintas formas. En mi caso adoptó la forma, primero de un patovica inflado con  anabólicos que se aproximó de manera distraída hacia mí. Ejercí la atávica intuición e intenté regresar sobre la sombra de mis huellas. Una segunda forma inesperada, igual a la primera, se interpuso en mi regreso como un muro salido de la nada. De pronto estuve entre los dos gigantes que, con educación, debo reconocerlo, me persuadieron en aceptar su compañía. Supe que estaba en el horno.

Un tiempo más atrás: Mi idea es intentar describir los efectos de los hechos más que estos pero para ello es necesario un talento que no poseo.
     Conocí a Ismael cuando era un pillo de cuarta. Así y todo era más pillo que yo que había perdido el tiempo en pertenecer, a qué, al sistema devorador de singularidades. Ínfulas de clase media, estudiar, trabajar, ascender, casarse, tener hijos y transmitirles las ínfulas. Así se podría acceder a la felicidad que el sistema nos tiene asignada, sexo aburrido pero seguro, vacaciones, un auto, tal vez un crédito hipotecario, un perro de raza y la rueda del samsara capitalista en giro permanente. Una especie de Moebius que en mi caso se hizo asintótico al eje de las y. En ello tuvo que ver Ismael y su hermano Isaías torturado y asesinado por la dictadura cívico-militar. No por temas políticos sino por mandarlos al carajo cuando cartoneaba en la zona de Munro con un Rastrojero desvencijado.
     Me encantaban los métodos de Ismael para hacer dinero. Mezclaba naranjas amargas con las comestibles y las vendía en la ruta a Luján. Retiraba tomates maduros del mercado de Béccar antes que los destruyeran con agua a presión y los vendía por los barrios suburbanos para que las mujeres hicieran salsa. De igual manera coreaba huevos pasados en oferta. Hasta que comenzó con las apuestas. Allí entré yo en mi constante búsqueda de un atajo. La diferencia entre él y yo fue que él siempre supo que se dirigía a la cima. En tanto yo, solo esperaba pertenecer. En pocas palabras escolacié mi oportunidad. Tanto lo hice que pasé de socio a empleado de Ismael. También destruí el ideal de la familia tipo y los componentes me dejaron solo hasta el perro debí resignar como si fuera el protagonista de un tango.

En el medio entre el atrás y el más atrás: La habilidad de Ismael para percibir los matices del mundo me convenció para seguir mi descenso en otro sitio. Un sitio chino con chinos que ríen, fuman, beben, apuestan igual pero en chino. Enseguida observé que son valientes, a diferencia de nosotros no le tienen miedo a lo distinto. Mi tarea consistió en hacer relaciones públicas, no con los chinos sino con los occidentales que se acercaban en búsqueda de mujeres exóticas y juegos nuevos. Me resultó sencillo hacer una moneda extra con el choque de culturas. Claro que sucedió lo previsible cuando se dieron cuenta alargaron más sus ojos, se colgaron sus sonrisas milenarias y me pidieron un diezmo. En poco tiempo les pasé a deber una suma interesante que se resolvió a doble o nada en un enfrentamiento de póker abierto con el crédito del lugar, un nervudo joven entrenado en las grandes ligas del mano a mano. No sé si amerita narrar los detalles de la partida pactada a la mejor de cinco. Todas mis tácticas fracasaron. Un chino jugador solo puede ser derrotado con una extraordinaria liga caso contrario, a igualdad de condiciones azarosas, uno está condenado.
     Una vez más Ismael fue el padre del fracaso. Saldó mi deuda. Los chinos contentos me obsequiaron una mujer que por cortesía acepté con el desgano o depresión de la esquiva victoria.
     Volví con Ismael. Él, atado a sus códigos, guardaba por mí la lealtad y el agradecimiento por el recuerdo de aquellos tiempos en que yo era una promesa y le había hecho favores y ayudado con algún vuelto. Prefirió no arriesgar y me asignó tareas menores, supervisar los televisores siempre encendidos, asistir a los jóvenes especialistas en el manejo de las computadoras y por sobre todo alertó que no me aceptaran apuestas. Comencé entonces a gestar el un tiempo atrás, contacté a un conocido que trabajaba con un competidor de Ismael y derivé mis apuestas hacia allí.
     Aquí las cosas eran distintas, las apuestas se cruzaban con negocios más vastos, usura, empeño, autos mellizos, frula, mujeres. El dueño, Manolito Sepúlveda, tenía bien ganada la fama de viejo garca. Como era de prever, en poco tiempo quedé pegado.

De nuevo un tiempo atrás: Una apuesta en los bordes de lo imposible propició la visita de los pecetos escoltados por el propio Manolito en persona.
     Subimos en el ascensor. Mi posición entre los dos grandotes era la de una sardina colocada en el medio de la lata. Al menos todavía conservaba la cabeza. Manolito me daba la espalda y portaba un maletín. Descendimos en el piso séptimo en donde moraba desde mi separación. Un departamento, cuando no, prestado por Ismael, dios pagano por el que había sido abandonado por mi propia decisión.
     El viejo Manolito Sepúlveda argumentó que viviríamos juntos mi última apuesta con el énfasis puesto en la palabra última. Yo le respondí que, por el contrario, podía ser el principio de algo importante. Seguro debe haber sonreído porque observe el temblor en sus hombros y sostuvo que, andando el carro se acomodan los melones.
     En el departamento y como si fueran los anfitriones, me invitaron a sentar en el sillón de dos cuerpos en medio de los gorilas. Manolito lo hizo en una silla frente a nosotros. En el medio el televisor donde se proyectaría mi futuro. Incierto como todo futuro reconocía dos variantes inmediatas, una, ganar la apuesta, dos, volar desde el balcón del séptimo piso a la eternidad, Eso sí, para que el vuelo tuviera más poética Manolito tuvo la delicadeza de abrir el maletín que lo acompañaba y colocar sobre la mesa una botella de Johnny el caminador (etiqueta roja, la común, eso le restó puntos para un último vuelo).
     La pantalla del televisor proyectaría mi destino. Los destinos son azarosos y el mío más.
     Los equipos salieron a la cancha. Lo hicieron juntos al estilo europeo de una final. Messi caminaba paralelo a Di María y parecían chancear entre ellos. Ronaldo, afectado como siempre, se parecía mucho al muñeco de la Play Station 3. Manolito no veía las imágenes. Le sugerí abrir la botella y él le hizo un gesto a uno de los patovas para que lo haga y le arrojó una bolsa con las píldoras que harían de mi vuelo un viaje en sí mismo. Me atreví a decirle que no gastara a cuenta y me dio la razón con una risa franca de ballena austral.
     La apuesta era la siguiente: doble contra la deuda a que el primer tiempo concluía cero a cero, empatado en cero, todo lo que daba a que el Barsa ganaba el segundo tiempo tres a cero. Sucede que no se puede ser mezquino con los sueños o, lo que en el romancero de las apuestas se llama guita o mierda.
     Comenzó el partido. Me resultó simpático que los grandotes manifestaran su adrenalina en gotas de sudor que pegoteaban mis brazos comprimidos entre los de  ellos. Cada vez que sugería beber acercaban la botella a mis labios y unos tragos desparejos quemaban mi garganta. Manolito despreocupado hojeaba una revista porno de la que solo alzaba la vista cuando el relator hacia lo propio con la voz.
     Pensamientos nimios se agolparon en mi cerebro. Ocultos en el recuerdo me ayudaban a evadirme. Los zapatos heredados de mi primo Alberto y las ampollas que condecoraron mis pies. Las plumas de tinta marca Iridinois incrustadas en los mangos de madera con las que escribía en la escuela primaria. El engaño de Ginebra con Lancelot que ornamentó la testa de Arturo. Las églogas de Virgilio. La mala suerte de Ratzo Rizzo. Margarita Porete quemada por beguina…y llegó el fin del primer tiempo ¡empatados en cero! Manolito en otra muestra de delicadeza me aplaudió y los gorilas me sonrieron y tuve ánimo para decir con un cuarto de caminador en sangre, aguarden, lo mejor está por venir.
     Utilicé el entre tiempo para posicionarme. El hombre de mi derecha tenía un arete en la oreja izquierda. Si se lo arrancaba en un arrebato podría hacerme con la botella y partírsela en la cabeza al otro. Con la botella rota podría cortarle el pescuezo al del arito y después, sería fácil hacerle comer los mocos al viejo Manolito. Entonces sí, con todo solucionado pediría una pequeña ayuda a Ismael. Un plan desesperado antes de volar desde el séptimo piso con el único destino de reventar contra el piso pero comenzó el segundo tiempo.
     A los dos minutos, minuto 47 de juego para la televisión española, Iniesta coronó una asistencia de Messi después de una jugada en la que participaron varios jugadores. Los guardianes gritaron el gol, Manolito no se inmuto entretenido en colocar la revista en diferentes posiciones ante su vista. El Barcelona lejos de pararse de contra siguió yendo como si perdiera el partido. El Real dependía en un todo o nada en la lucidez y velocidad de Ronaldo. Tuve la sensación de que iba a sobrevivir y dejé de pedir tragos.
Ronaldo estrelló un disparo en el travesaño y el gorila del arete me ofreció beber. Negué con la cabeza. A los 75 minutos una gran jugada de Messi que desde fuera del área grande cambió por gol. Me hallaba a un paso de la hazaña. A quince minutos de aprender a volar o a seguir caminando por la vida. Hasta Manolito abandonó la revista y se integró a la hinchada. En el minuto 91 mi suerte estaba echada y mi vuelo tenía hora de despegue. En el minuto 93 penal para el Barsa. El árbitro señaló que luego de la ejecución terminaba el partido. Messi se paró frente a la pelota, no podría tomar el rebote, pateaba y concluía el partido. Los gorilas se inclinaron hacia delante, yo quedé pegado en el respaldo del sillón. Manolito se incorporó de la silla que había mudado frente al televisor. El Mesías no tomó carrera, no me gustó que se parara de manera anunciada para disparar con su pierna izquierda. La quiso picar, darle efecto, no tenía nada que perder. El arquero tampoco, no se movió, apenas dio un rebote corto pero el partido había terminado, el Barsa festejaba como si el penal no hubiera existido. Los jugadores del Real se juntaron en el centro del campo con los brazos en jarra y las miradas acuosas. Manolito se adelantó y apagó el televisor. Mis custodios volvieron a su posición. El del aro me ofreció la botella, acepté, mis planes violentos quedaron en el olvido. Atiné a pedir un paracaídas. Manolito me señaló la bolsa con píldoras. Negué con la cabeza.. Los patovas me alzaron de los brazos. Salimos al balcón. La claridad del día se agrisaba entre los muros de los edificios lindantes. La pista de aterrizaje yacía más oscura allí abajo. Cerré los ojos. Sonó un celular. Interpreté que todo estaba en orden para despegar.
Sí está a punto de volar, diría que carreteando (silencio) ¿Te parece? Y yo, qué gano (silencio más prolongado) Entre nosotros no hace falta firmar nada (silencio). Quedate tranquilo yo le explico, saludos a la familia, un abrazo, chau.
     Era Dios, abortó el vuelo, dijo Manolito. Los hombres me soltaron y volvimos a entrar. Traete unos vasos y hielo, ordenó Manolito. Fui y volví, Manolito sirvió cuatro raciones generosas que acabaron con Johny y sus caminatas del día. A continuación firmamos un contrato oral que implicaba mi cambio de iglesia. Ismael pagaría mi deuda en un año, en ese año trabajaría con un salario mínimo para Manolito, vencido el año sería libre pero debía abandonar el departamento. En ese año el vuelo estaría siempre  vigente y se activaría con el más mínimo intento de mi parte en acercarme a Ismael. Por supuesto que acepté todas las condiciones incluso la de presentarme al día siguiente en la oficina de Manolito listo para comenzar el servicio de entrega a domicilio de lo que fuera. Una nueva vida alumbraba mi destino sin alas. Se fueron, nos dimos la mano y el del arete se animó a abrazarme. Junté los restos de sus vasos en el mío y me puse a hojear la revista que había olvidado mi nuevo patrón.

De nuevo después: La mujer estaba sentada frente a mí y también, como yo, estaba sola. Algo en ella me atrajo de inmediato. Era una mujer madura vestida de modo casual. Un pañuelo de seda sobre la frente sostenía la nuca con un nudo y dejaba entrever los cabellos de un rubio ceniciento. La nariz recta y prolongada confería a su rostro cierta distinción. La miré sin disimulo y supe entonces de quién se trataba. Me incorporé de mi silla y me acerqué hasta estar frente a ella. Alzó la vista del menú y fijó en mí sus ojos acerados de panzer al decir de Silvia Plath, and, dijo con la  ironía de su adquirida flema inglesa. Mrs.Ilyena, can I sit with you?
     Quedó entre sorprendida y halagada de que conociera su verdadero nombre, yes, of course.
     Me senté y ella agregó, please, speak in Spanish I want to learn. Ilyena Vasilievna Mironova, me enamoré de usted en la década del setenta cuando la conocí en esa foto en blanco y negro. ¿Cuál foto? Preguntó con una sonrisa y alargando las o que sonaron casi como una u. Una en la que usted mira la cámara con los brazos cruzados sobre los senos (tits) y las manos aferradas a los hombros (shoulders). Was I nacked? ¿Desnuda? Agregó en castellano. Sí, con la mirada algo junta (dije bizca) y un viento de frente que le hacía flamear el cabello lacio y largo. Sonrió con la cabeza hacia atrás y dijo, I was young. Young and beautiful, agregué y seguí en castellano, yo también era joven y quedé enamorado para siempre reafirmando en cada película mi amor y hasta morí y resucité de amor con Las chicas del calendario en 2003. Oh, yes de Chris Harper”s film but yo ya era Helen, concluyó en un dificultoso castellano. Helen Mirrer, mi Helen con la que reí y lloré y amé en el cine.
     Continuamos narrando nuestras vidas hasta el día anterior. Nos fuimos por la puerta que daba al río. Nos tomamos de la mano y caminamos balanceando los brazos. La cámara comenzó a alejarse hasta que fuimos una pareja más entre otras.
FUNDIDO A NEGRO Y EL RUIDO DE UN CUERPO QUE SE ESTRELLA CONTRA EL PAVIMENTO. FIN

     Todo esto alcancé a pensar en los tres segundos y medio (considerando mis 71 kilos., los 33 metros que me separaban del piso y la resistencia del aire, es decir sin vacío, la gravedad de 9.8 metros por segundo y mi caída con los brazos extendidos que demoró mi aterrizaje).
                                                                                                       


Carlos Arturo Trinelli


                                                                                               
                                                                                             

    



                                                               

jueves, 20 de marzo de 2014

Carlos Arturo Trinelli

                                               


   
MALA PATA

     Julián Severo Rodríguez es mi amigo. A Julián le amputaron la pierna derecha por una enfermedad. Nos conocemos desde niños, crecimos juntos en el mismo barrio. Él se casó con una mujer que primero fue mi novia. No rompió ningún código solo aceptó el destino e hizo bien. Cecilia, su esposa, supo guardar un rencor hacia mi tan constante como el tiempo que transcurrió entre nosotros.
     Yo también me casé, Lucía es el nombre de mi esposa y yo me llamo Horacio. Hace años decidimos con Julián no frecuentarnos más como matrimonios amigos. Lucía no simpatizaba con Cecilia con la intuición que le permitía adivinar un pasado del que no había participado por el simple hecho de que no nos conocía. A su vez Cecilia mantenía un celo injustificado que hacía que entre ambas no existiera sostén para una relación. Quizá les hubiera gustado a nuestras esposas que nosotros también dejáramos de vernos. Nunca conversamos el tema solo seguimos adelante.
     Julián y Cecilia tuvieron dos hijas y son abuelos. Lucía y yo tuvimos un hijo que un día se fue de viaje y no regresó, quizá lo haga.
     Yo cuidé a Julián por las noches en el hospital y después, siempre que pude, lo acompañé a la rehabilitación. Al principio, en el hospital, no sabía qué decirle y opté por no decir nada. Una de esas noches dijo de pronto ¡a la mierda con la gamba! ¿No decían ustedes que la derecha la tenía solo para apoyarme cuando jugábamos a la pelota? Me hizo gracia pero todavía no puedo reprimir la pena cuando lo veo parado como una cigüeña apoyado en las muletas. Intentó usar prótesis pero no logró adaptarse.
     Una noche de hospital me contó que cuando era niño el padre lo castigaba encerrándolo en un cuarto de vestir a oscuras. Allí quedaba por horas sentado en el piso acariciado por la ropa colgada. El cuarto tenía un ventanuco en forma de ojo de buey que filtraba la luz y por el que calculaba el tiempo que pasaba hasta que, a veces, el plenilunio lo vencía. Allí imaginaba que huía por ese agujero a vivir aventuras. Lo mismo haría ahora con una sola pierna, huir. No lo hace, no puede, no es fácil no ser niño. Además, es un bebedor.
     Todas estas cosas pienso antes de acostarme con el vértigo de los pensamientos envueltos en la bebida y no veo la nota que leeré mañana y entonces sabré que Lucía se fue y que allí escribió para siempre lo mismo que le dijo al cura cuando nos casamos y si le mintió al cura por qué no lo haría conmigo.
     Me acuesto en la cama de mi hijo, cama que uso desde su ausencia y no me percato que Lucía tampoco está.
-Mirá como lo trajiste, me reta Cecilia y Julián y yo nos reímos y sigue la monserga:-por favor, no vengas más a buscarlo y me cierra la puerta en la cara y no oye cuando le pregunto:-¿querés que te ayude? Y sé que no lo digo por ella sino por él que está todo meado y sucio de barro. Regresábamos de la sociedad de fomento después de jugar varios torneos de naipes. Insistió en hacer pis, me detuve en la oscuridad, frené la silla de ruedas, se afirmó con los dos brazos por sobre mi cuello, lo alcé y lo apoyé de espaldas en un árbol. Se reía mucho, los perros ladraban dentro de las casas. Perdió el equilibrio y se cayó de costado. De algún lugar viajó un chistido que nos rozó con su vergüenza. Lo alcé como pude y lo senté en la silla. El daño estaba hecho. Escapamos a toda velocidad por la calle y el muy borrachín aullaba como si fuera la sirena de una ambulancia. Cecilia tuvo razón en enojarse. Mi duda es el odio que me profesa y dudo porque en un mundo que supone que todo es amor quizá no esté mal odiar un poco. Es decir, todos necesitamos odiar a alguien como para demostrar inteligencia. Cierro los ojos para dormir y comienzo a girar y pienso que está a punto de concretarse mi desdoblamiento, uno se irá por los sueños y el otro no sabrá dónde. Luego volveremos a estar juntos en el sobresalto del despertar.
     Ya conmigo encuentro la nota y me entero de mi abandono, hago un bollo con el papel y lo encesto de una en el tacho de basura. Tengo la certeza que esto no quedará así, Lucía necesitará repetir lo obvio, se fue y para siempre en consecuencia en un rato más temprano que tarde llamará por teléfono desde lo de su hermana y me dirá que soy alcohólico, que no me gusta el trabajo, que ella me es indiferente, en fin, todas cosas que sé y no puedo remediar.
    En la heladera no hay nada, un pollo de mármol descansa en paz en el congelador. Tuesto unos panes duros y los espolvoreo con queso rayado, tomo unos mates y ya almorcé. Miro la hora son las cinco de la tarde. Acometo una serie de acciones previsoras (saco el pollo del congelador, cuento el dinero del que dispongo, abro un vino, esto es para prever temblores del pulso). Decido llamar por teléfono a la viuda de González, una setentona que llama a cada rato para requerir alguno de mis servicios (soy gasista matriculado y plomero, oficios que aprendí con mi padre, con este laburo nunca te va a faltar de comer, aseguraba el viejo que comía como un pajarito y bebía como un elefante). Pauto ir en la mañana siguiente. Cuelgo y suena el teléfono es Lucía:-Hola, soy yo.
-Yo también.
-¿Vos también qué?
-Soy yo.
-No te hagas el gracioso ¿leíste la nota?
-Sí.
-¿Qué pensás?
-Que te fuiste a lo de tu hermana y que cuando se te pase vas a volver.
-Es para siempre y te llame para despedirme, tantos años juntos no se merecen una nota escrita de apuro.
-Despedirse es jodido, es riesgoso.
-¿Qué querés decir?
-Nunca se sabe en una despedida si uno volverá a verse
     Entonces agrega los motivos de la despedida que no son otros que los que yo ya sé, alcoholismo, indiferencia, vagancia.
-Estoy sobrio, me gustaría verte y mañana tengo trabajo.
-¿De verdad? ¿No vas al antro esta noche?
     A la sociedad de fomento ella le dice antro.
-Cómo voy a ir si me tengo que levantar temprano.
     Silencio. Escucho sonidos de nariz e intuyo llanto. Procedo al remate:-Dale, venite, no seas mala, comemos algo y después…
-Bueno, voy para allá y hablamos, el remate de ella es sonarse la nariz.
     El pollo sigue pétreo. Decido que cuando llegue Lucía pediremos comida china. La solución de un problema genera otro, así de compleja es la vida, cómo avisarle a Julián que faltaré en la noche. No puedo llamarlo por teléfono, él no atiende y si me atiende Cecilia me va a cortar. Si paso por su casa la que atiende el timbre es ella y sería peor volver a recibir su halo de odio. Resuelvo que si no hay solución no existe el problema y sigo adelante.
     Llega Lucía con su inocencia e inconsistencia. Me detengo en el pasillo. Abandona el cierre de la puerta y corre hacia mí, me abraza, me besa con su boca de pato (me encanta su forma de pato, su culo erguido, su delgadez, sus pechos hemisféricos, su cabello lacio, su nariz fina y prominente, sus labios también finos que enmarcan una boca grande, un pato, un pato hembra) El beso es salado porque me mojan sus lágrimas. No dudo que me ama con su inocencia e inconsistencia pero salvo el momento y la aprieto justo bajo las tetas, en las costillas y se separa y se ríe y entonces la vuelvo a besar y en sus ojos leo el deseo y me olvido de los chinos y de Julián y del compromiso y del odio de Cecilia y aprecio el don de la segunda oportunidad.
     Claro, todo resulta una epifanía y las cosas vuelven pero ella está desnuda y todavía se disimula la inconsistencia.
     Recibimos los chou fan, el de ella de vegetales, el mío de camarones. Mientras comemos todo vuelve a empezar y pienso que es porque nunca terminó y me llueven, sin mojarme, los chismes sobre mi cuñada y el marido.
     Duermo con ella y me despierta el teléfono. Lucía se levanta, miro la hora, las cuatro. Pienso que puede ser nuestro hijo desde algún sitio con diferencia horaria pero la escucho a Lucía decir con orgullo que yo estoy aquí y me incorporo en la cama para comprender que habla con Cecilia. Cuando regresa le pregunto qué sucede y me dice que Julián se escapó y no se sabe nada. Nada digo pero pienso que Julián no es un perro ni un preso en consecuencia, no se escapó, solo salió y seguro fue para la sociedad de fomento y que al no encontrarme allí habrá hecho pareja de juego con otro y ese otro en algún momento lo llevará a su casa.
     A las seis vuelve a sonar el teléfono y esta vez soy yo el que atiende, es Cecilia, hipa un llanto en la línea, Julián tuvo un accidente, iba en la silla de ruedas por la calle y un auto lo atropelló y lo dejó tirado. Un vecino llamó a la ambulancia. Está grave internado en el hospital.
     Pasadas las ocho llego al hospital, Cecilia me abraza, la abrazo, las hijas nos abrazan, lloran, yo también. El odio comienza a ser un recuerdo.
                                                                                             


     

lunes, 17 de febrero de 2014

Carlos Arturo Trinelli

                                           

   Serie Mujercitas: 5.-  ADELINA


     Adelina logró ingresar en la escuela de hadas que regentea una tal Morgana. Adelina posee las cualidades necesarias y yo me alegré a pesar de que esos estudios, en  extremo rigurosos, nos separarán un tiempo. Tiempo que se presenta impredecible como todo tiempo. De todas maneras, espero confiado su regreso y utilizo el espacio de mi soledad en recordarla.
     El recuerdo es uno de los hechos más singulares del Universo dado que reverbera distinto en cada protagonista. Sucede que es como un sueño, un sueño que no produce la disociación del ser.
     Adelina siempre tuvo predisposición para el baile (un hada debe ser una excelente bailarina), resultaba imposible no mirarla. Su erotismo trascendía las miradas masculinas. Nunca fui su pareja de baile (los tipos duros no bailan) me complacía recibirla con un beso en los labios que era como besar el terciopelo de un pétalo. Su olor de polen en la brisa embriagaba los sentidos y el roce de sus cabellos era una caricia de la vida. Apoyar las manos sobre su cuerpo me acercaba al milagro de la creación y, si en un abrazo, desprendía la risa, sentía que la vida tenía un sentido.
     Una aspirante a hada debe ser una doncella y yo acepté la postergación de consumar nuestro Amor.
     Ahora aguardo con ansias el reencuentro. Sé que volverá reducida al tamaño de un palmo pero confío, confío en la magia del Amor. No en vano Adelina será un hada.


                                                    Serie Mujercitas: 6.-  ANETTE


     La mujer apareció de la nada. Una nada invernal acentuada por la noche. Ese paisaje desangelado era el ideal para pasear sueltos a mis dos perros doberman. Uno de ellos la descubrió cuando todavía era una sombra. La mujer se detuvo y le habló, me di cuenta porque el animal estiró el cuerpo en la clásica pose de la raza. Acorté distancia con el otro perro a mi lado y llamé al que la olfateaba con precaución. En un instante tuve a los dos a mi lado y la mujer avanzó hacia nosotros. Se detuvo y conservó para sí la sombra. No les tengo miedo, dijo con una voz fría como el clima y agregó, soy adiestradora. Dicho esto extendió una tarjeta que tardé en tomar. Los perros se desconcentraron y siguieron en lo suyo. Le conviene tenerlos entrenados más si los suele pasear sueltos. Yo, antes de esta recomendación, había hablado para pedirle disculpas por las olfateadas. Ella no me prestó atención y siguió su camino en la oscuridad de la que parecía formar parte. Antes de doblar en la esquina opuesta nos miró para lo cual no solo giró el cuello sino parte del torso e intuí se trataba de una mujer mayor.
     Los días siguieron su frecuencia indiferentes y con ellos nuestras vidas, las de los perros y yo. Llegó un sábado. El timbre sobresaltó mi lectura y la modorra asoleada de los perros. Era la adiestradora, Anette Carson según la mentira de la tarjeta que me había dado aquella noche. Salí al rellano  que me separaba de la reja del frente de la casa. Pensó lo que le dije la otra noche. Si de pensar se trata puedo asegurar no ser referencia. Dije que no me interesaba, que prefería a los perros así, naturales, solo perros. Anette no se dio por vencida, la primera clase es gratis. A la luz del día pude observar que la adiestradora poseía un físico rotundo y un porte que disimulaba los años. No le veía los ojos protegidos por gafas oscuras y espejadas que devolvían una imagen graciosa de mí. El cabello negro de Anette se empeñaba en cubrir una cicatriz que como una soga anudada partía del cuello hacia su cabeza y se convertía en un hilo que le subía por el pómulo hasta perderse en el cuero cabelludo. Sorprendido en la contemplación la mujer, Anette Carson, nos contó que adiestraba un oso en un circo y el animal como parte de un juego le había pegado un cachetazo. Me distraje junto a mis convicciones y dije que sí, que aceptábamos las clases.
     Anette regresó por la tarde. La hice pasar. Los perros se ensañaron en el olfateo del traje de cuero de la visitante y futura maestra. La mujer los acarició y desapareció la tensión generada por la novedad de una visita. Con voz pausada y esfuerzo en la modulación me (nos) explicó que para que el entrenamiento tuviera éxito, yo debía participar, es decir, debía ser entrenado junto a los canes. En cierta manera logré un alivio porque me preocupaba que maltratara a mis amigos.
     Pasó una semana y de nuevo fue sábado quedé sorprendido con los avances. Los perros aprendieron a respetarla y esperaban órdenes siempre atentos. Por mi parte, aprendí a servirla y satisfacer sus deseos incluso cuando me pone el collar y me obliga a deambular con los perros.


martes, 26 de noviembre de 2013

Carlos Arturo Trinelli


                   

Serie Mujercitas: 3.-

SILVANA                                     

     Hace bastante tiempo, no puedo precisar cuánto, que Silvana comenzó con sus rarezas. Para nuestros amigos más cercanos la definición fue extravagancias y para la intimidad entre Silvana y yo, chifladuras. Ella no se ofende segura como está de tener razón. Yo disiento de ella.
     El maestro Zen le enseñó el intento de suprimir el yo y vivir el sueño de un dios dormido pero ella quedó demasiado sujeta a las teorías de las reencarnaciones y de ahí nuestras diferencias., por ejemplo, aseguró que una cucaracha renga (supongo envenenada) era la reencarnación de su tío Henry quien vivió y murió en Nueva Jersey, cosa a todas luces imposible y que sin embargo debí aceptar sin pisar al insecto. Unas babosas en el jardín resultaron ser los vecinos que habían vivido en la casa de enfrente y de los que no teníamos constancia de que hubieran fallecido pero que impidió que les echara sal gruesa. Mi difunta madrina, Ramona, era la gata de la casa de al lado y en este caso debo reconocer que puede ser así porque el animal tiene cierta predilección por mi.
     Las reencarnaciones se tornaron obsesivas. Claro que ella argumenta bien y me habla demasiado, más  lo hace cuando hago mis ejercicios en la rueda. Por suerte, está vez acertó y no digo nada en mi nueva vida de hámster.



               Serie Mujercitas: 4.-MATILDE                                             

     Mi prima Matilde desde niña poseyó la virtud del sentido del humor. A ello le agregó en el tiempo convertirse en una mujer espléndida, dueña de una belleza no convencional y realzada con una simpatía que parecía no proponerse. Siempre me agradó mi prima hermana Matilde. También siempre estuvimos lejos de las fábulas que involucran a los primos de distinto género, lo que no impidió que entre nosotros existiera una complicidad y una amistad dulce en restricciones. Reconozco que tuve celos cuando se puso de novia con Héctor. Hectito, así le decían en su casa, nosotros, el grupo de amigos, le decíamos, stradivarius, por lo raro.
     Héctor fue, tanto en el café, como en el fútbol, un tarambana. De naturaleza torpe era proclive a producir hilaridad y, a pesar de ser objeto de toda clase de bromas, no solo no se enojaba sino además parecía participar contra sí mismo. Lo que para nosotros era un idiota para mi prima era un tierno y ella también supo enredarlo con sus bromas. Lo real fue  que el stradivarius del grupo se quedó con la chica más linda. Yo todavía no pensaba que nada extraño dura demasiado y dejé de frecuentarlos al tiempo de casados.
     Cada tantos años los encontraba en algún velorio de un familiar y cruzábamos informaciones de nuestras vidas con la ligereza de la circunstancia. Yo volvía a reconocer la belleza de Matilde y la idiotez de Héctor.
     Los velorios se espaciaron hasta agotar las candidaturas y dejamos de vernos por demasiados años, tantos que comenzamos a ser nosotros los candidatos.
     Matilde se propuso cambiar de estado de civil y lo logró, se hizo viuda. Ello significó que se radicara en la cárcel de mujeres de Ezeiza y allí fui un día a visitarla.
     Bajo el techo del patio de visitas sus ojos me miraron con el mismo brillo azul. Un brillo hipnótico que yo tanto apreciaba como parte indivisible de mis mejores años. Llevaba cinco años detenida y confiaba en una libertad inminente, es decir, fuera de allí, porque lo que se entiende por libre ya lo era desde que Héctor había trascendido con la ayuda, cruenta sí, pero ayuda al fin, dada por ella.
     Como si nunca hubiéramos dejado de vernos me narró lo sucedido. Resulta que una vez que los hijos, tuvieron dos, se hubieron independizado, Héctor comenzó con una costumbre de relatar en alta voz todas sus acciones en tercera persona, Hectito va a mear, llega, pela y… ¡qué meada Hectito! Escuchen este canto, ah, ah, ah ¡qué meón!
     Dentro de las escatologías figuraban también odas a las defecaciones y otras acciones del tenor, Hectito es el campeón del morfi. Avanza Hectito con la basura, la coloca en el árbol y…regresaaa para ver la tele.
     En la intimidad, Hectito desnuda a Matilde, la besa, la abraza ¡se la coje! Ah, ah, ah,… Dormido no cesaba, no de relatar pero sí de roncar y Matilde, sin poder conciliar el sueño pensaba, sístole, diástole, hasta que una apnea del occiso la estremecía en la cama y vuelta a comenzar. Años soportó todo esto. Hasta que un día después de escuchar los absurdos relatos de las acciones cotidianas de Héctor tomó ella el micrófono y dijo más o menos esto, avanza Matilde con la pala dominada después de sembrar gramilla en el jardín, se detiene antes de guardarla en el galpón, la alza y…
     Dijo que él la miró por última vez con la sonrisa de idiota dibujada en la felicidad.