domingo, 23 de septiembre de 2012

Mercedes Sáenz

Merce Sáenz 


POR HOY, SÓLO POR HOY


Era mi vecino. Costado izquierdo de la medianera
Dejó el camión en el lado oscuro de la calle. Se bajó despacio, me miró a las cejas no a los ojos, e inclinó su cabeza.
Con el golpe de la puerta y el motor en marcha cayeron desde el techo algunas hojas pegadas por la lluvia y el viento de hace un rato, desplazo un ruido con la nariz en lentitud lasciva y un chasquido leve de una bahía de whisky en la boca, (parecía el primer hombre queriendo decir palabras).
Escondió la cara y el olor a rancio. Se olía igual
- Sólo por hoy voy a seguir bebiendo, sólo por hoy.
De un cuerpo sensato colgaban brazos con tatuajes simétricos, dos absurdos presagios de un feliz futuro. Una diosa madre y una diosa niña que sólo las vi sobre su piel.
Hice un saludo tonto, ni aliviador siquiera, un murmullo forzado (último rehén de mi boca, último cuándo ya no se sabe qué decir) y quedó cómo si pudiera tocarlo, un fuerte olor a kerosene en el aire.
Volvió a subirse al camión. Es algo que puedo decir aunque no mirara.

Un susto de frente abrazó mi cara, un fogonazo naranja y tremendo.

Conceder, conceder hasta cuándo. Quién le habrá enseñado que todo mal puede ser finito nutrido siempre por la paciencia. Quién le habrá enseñado a no darse por vencido.

Por un segundo pensé que un ángel color mandarina vino a llevarse todo. Después la calle quedó azul sólo de mirarla tanto.

Mercedes Sáenz

sábado, 22 de septiembre de 2012

Shalámov, Varlam





LA RESURRECCIÓN DEL ALERCE  (1)

Somos supersticiosos. Pedimos milagros. Nos inventamos símbolos y con ellos vivimos.
  Un hombre en el extremo norte busca una salida para su sensibilidad no destruida, no envenenada tras sus largos años en Kolymá. El hombre manda por correo aéreo un paquete: no libros ni fotografías, sino una rama de alerce, una rama muerta de naturaleza viva.
  Aquel extraño regalo –una rama reseca, batida por los vientos de los aviones, aplastada, quebrada en el vagón correo, una rama de un marrón claro, dura, huesuda de un árbol del norte- lo ponen en agua.
  Llenan un bote de conserva con agua de grifo de Moscú, un agua malvada, llena de cloro, desinfectada, que por sí sola es perfectamente capaz de secar todo lo vivo: el agua muerta de las cañerías moscovitas.
  Los alerces son más serios que las flores. En la habitación hay flores, flores de brillantes colores. Aquí se colocan ramos de cerezo aliso, ramos de lilas, que se ponen en agua caliente, machacando las ramas y sumergiéndolas en agua hirviendo.
  El alerce está en agua fría, algo tibia. El alerce había vivido más cerca de Chórnaya Rechka  (uno de los destinos de Shalámov en el norte) con todas sus flores, con todas sus ramas de cerezos, de lilas…
  Esto lo entiende la mujer de la casa. También lo comprende el alerce.
  Obedeciendo a la ardiente voluntad del hombre, la rama reúne todas sus fuerzas físicas y espirituales, pues es imposible que la rama resucite con sólo las fuerzas físicas: el calor de Moscú, el agua clorada, el impasible bote de vidrio. En la rama se despiertan otras fuerzas, unas fuerzas secretas.
  Pasan tres días y tres noches y la mujer se despierta por un extraño olor, un aroma vagamente parecido a la trementina, débil, delicado, nuevo. En la recia y leñosa piel se han abierto paso, han brotado a la luz unas nuevas agujas, jóvenes, vivas, frescas agujas de pinocha.
  El alerce está vivo, el alerce es inmortal; este milagro de la resurrección es imposible que no sea cierto, pues el alerce se colocó en el bote con agua en el aniversario de la muerte en Kolymá del marido el ama de casa, un poeta.
  Incluso este recuerdo del hombre muerto participa también en el retorno a la vida, en la resurrección del alerce.

  El delicado olor, el verde cegador, son principios decisivos de la vida. Son débiles pero vivientes, resucitados por una misteriosa fuerza espiritual, ocultos en la rama pero que se han mostrado a la luz.
  El olor del alerce es débil, pero claro, y ninguna fuerza en el mundo podría borrar aquel aroma, apagar el olor y la luz del verde.
  Cuántos años, zarandeado por los vientos, por las heladas, girando tras el correr del sol, el alerce, cada primavera, había extendido hacia el cielo sus jóvenes hojas verdes.
  ¿Cuántos años? Cien. Doscientos. Seiscientos. El alerce de Daúr alcanza la edad adulta a los trescientos años.
  ¡Trescientos años! El alerce cuya rama, cuya ramita respiraba en la mesa moscovita, era del tiempo de Natalia Sheremétieva-Dolgorúkova[1] y podría evocar su amarga suerte: contar sobre los reveses de la vida, habla de la fidelidad y la firmeza, sobre la integridad moral, sobre los sufrimientos físicos, morales, que en nada se distinguían de los tormentos del treinta y siete, con la misma naturaleza feroz del norte –que odia al hombre, mortal  por los peligros de las avenidas primaverales de las aguas y por las ventiscas invernales-, con las denuncias, con la arbitrariedad de los mandos, con las muertes, los descuartizamientos, el tormento de la rueda a la que se vio sometido el esposo, el hermano, el hijo, el padre, todos denunciándose el uno al otro, traicionándose entre ellos…
  ¿Es que no es éste el eterno tema ruso?
  Depuse de la retórica del moralista Tolstoy y de los desaforados sermones de Dostoyevsky, vinieron nuevas guerras, revoluciones, Hiroshima y los campos de concentración, denuncias, fusilamientos.
  El alerce trocó las escalas del tiempo, echó en cara al hombre su desmemoria, le recordó lo inolvidable.
  El alerce que había visto la muerte de  Natatalia Dolgorúkova y que vio millones de cadáveres –inmortales en la eterna congelación de Kolymá-, que vio la muerte del poeta ruso, el alerce que vive en alguna parte del norte, para ver, para gritar que nada ha cambiado en Rusia: ni la suerte de los hombres, ni el odio humano, ni su indiferencia. Natalia Sheremétieva lo apuntó todo, lo escribió con su fuerza llena de tristeza y con su fe. El alerce cuya rama había revivido sobre la mesa moscovita ya estaba vivo cuando Sheremétieva viajaba hacia su funesto destino en Beriózov, por una senda tan parecida a la de Madagán, más allá del mar de Ojotsk.
  El alerce destilaba, eso mismo, destilaba el olor como la savia. El olor se transmutaba en color y no había fronteras entre ambos.
  El alerce en la casa moscovita respiraba para traer a la memoria de los hombres su deber de hombres, para que los hombres no olvidaran los miles de cadáveres, de los hombres caídos en Koliymá.
  El débil e insistente olor era la voz de los muertos.
  Y era justamente en nombre de estos difuntos que el alerce se atrevía a respirar, hablar, vivir.
  Para aquella resurrección hacia falta fuerza y fe. No bastaba con meter la rama en el agua, ni mucho menos. Yo también un día puse una rama de alerce en el agua: la rama se secó, se convirtió en algo inanimado, se hizo frágil y quebradiza, la vida la abandonó. La rama se marchó a la nada, no resucitó. Pero el alerce en la casa del poeta revivió en un bote de agua.
  Sí, hay ramas de lilas, ramas de cerezo, y hay romanzas sensibleras; el alerce no es un buen motivo, no es un tema para una romanza.
  El alerce es un árbol muy serio. Es el árbol que nos da a conoce el bien y el mal, ¡no es un manzano ni un abedul! –el árbol que se encontraba en el   paraíso terrenal antes de verse expulsados de él Adán y Eva.
  El alerce es el árbol de Kolymá, el árbol de los campos de concentración.
  En Kolymá los pájaros no cantan. Las flores de Kolymá –brillantes, presuntuosas, burdas- no tienen olor. Un corto verano –en un aire frío, sin vida-, un calor seco y un frío de noche.
  En Kolymá sólo huele la uva espina, el escaramujo de la montaña, con sus flores rubíes. No huelen ni el rosado y rudo muguete, ni las enormes violetas, ni el fibroso enebro, ni el eternamente verde stlánik.
  Sólo el alerce invade los bosques con su vago olor a trementina. Al principio se diría que se trata del olor a descomposición, de un olor a muerto. Pero si uno presta atención, si inspira hondamente este olor, comprenderá que es el olor de la vida, el olor de la resistencia al norte, el olor a la victoria.
  Por lo demás, los difuntos no huelen en Kolymá: están demasiado consumidos, desangrados, y además se conservan congelados entre los hielos eternos.
  No, el alerce no es un árbol bueno para las romanzas, sobre esta rama no se puede cantar, de componer una romanza. Aquí las palabras tienen otra hondura, calan en otras profundidades de los sentimientos humanos.
  El hombre manda por avión desde Kolymá una rama de alerce. No la envía con el propósito de que lo recuerden a él. Ni en memoria de su suerte. Sino en memoria de los millones de seres asesinados, torturados hasta la muerte, que se apilan en las fosas comunes al norte de Magadán.
  Para ayudar a recordar a los demás, a descargar de su alma esta pesada carga: ver algo así, hallar el valor de no contarlo y no obstante recordarlo. El hombre y su mujer adoptaron a una niña –la hija de una presa muerta en el hospital- para, a su propio entender, a su manera, tomar sobre sí alguna obligación, cumplir alguna obligación, cumplir algún deber personal.
  Para ayudar a los compañeros, a aquellos que han quedado con vida tras los campos de concentración del lejano oriente…
  Mandar la recia y sensible rama a Moscú.
  Al enviar la rama el hombre no comprendía, no sabía, no pensaba que en Moscú le iban a devolver la vida a la rama y que ella, resucitada, olería a Kolymá, florecería en una calle de Moscú, que el alerce mostraría su fuerza, su inmortalidad –pues los seiscientos años que vive el alerce son para el hombre prácticamente la inmortalidad-, que alguien en Moscú tocaría con sus manos la rugosa, sufrida y recia rama, la miraría, vería su verde cegador, su resurgimiento, su resurrección, e iría a inspirar su olor no como el recuerdo del pasado, sino como una nueva vida.

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(1) Shalámov, Varlam.1997. Relatos de Kolymá. Barcelona, Grijalbo Mondadori.

Varlam Shalámov nació en Vólogda en 1907. Estudió derecho en Moscú. En 1929 es detenido por difundir el controvertido testamento de Lenin, y condenado a tres años de trabajos forzados. En 1936 publica su primer relato; un año después es detenido de nuevo y condenado a cinco años de trabajos forzados por 'actividades contrarrevolucionarias trotskistas. Juzgado de nuevo cuando estaba a punto de cumplir la condena, es condenado a diez años más y no será liberado hasta septiembre de 1953, tras la muerte de Stalin. En 1954 empieza a escribir el libro de su vida y una de las obras cumbre de la literatura rusa, los Relatos de Kolymá, que no se publicará hasta 1978, en Londres. Murió el 17 de enero de 1982.  “La resurrección del Alerce” es el último de los relatos de Kolymá, escrito en homenaje al poeta Osip Maldestam, muerto en el Gulag de Kolymá en 1938. ■



[1] Natalia Borísovna Sheremétieva-Dolgorúkova (1714-1771), esposa del príncipe I.A. Dolgorúkova, al que siguió en su destierro en Siberia en 1730. Son conocidas sus memorias (1767) Nota de la traductora.

Silvia Cuevas-Morales

El Asilo




Al entrar sentí un frío intenso, las paredes emitían un olor agrio de humedad y abandono. Paredes viejas, cansadas de ver decrepitud y soledad; era un hogar de ancianos pobres en un rincón antiguo de una ciudad latinoamericana.

Cuando  abrí la puerta  me saludó un largo pasillo de baldosas grises. Comencé a caminar con paso tembloroso, con miedo de abrir la gran puerta de madera que se extendía enfrente de mis ojos adolescentes. Miedo de ver a aquellos ancianos que sólo parecían esperar a que llegara su hora. Me aterraba la idea, el sólo pensamiento que yo también llegaría a ser como ellos, sola, sin ningún familiar alrededor mío.

Abrí la puerta lentamente y me encontré dentro de una habitación. Ante mi vista se extendían dos largas hileras de camas blancas y muchas ancianas. Algunas me miraron con asombro, otras con una sonrisa arrugada; otras ni se percataron de mi presencia; ausentes, con los ojos fijos quién sabe en qué lugar.

Repentinamente sentí que una viejecita me llamaba y me invitaba a conversar con ella. Me acerqué tímidamente y me guió hacia un pequeño jardín al final de la sala. No sabía que decir bajo su mirada. Ella seguía mis movimientos con unos ojos pequeñitos y húmedos que se hundían en su piel rugosa, una piel que seguramente años atrás era suave y tersa.

Después de unos minutos se levantó del asiento y entró en la habitación. A los pocos minutos volvió con una pequeña bolsita de crochet. Se sentó con dificultad y extrajo un sobre que me extendió con manos temblorosas. Abrí el sobre y saqué una fotografía amarillenta. La anciana, con los ojos húmedos y brillantes observó la fotografía. Después, con una mano áspera y temblorosa, me señaló a la joven que salía en el retrato y habló con una voz baja y gentil:

"Esta era yo muchos años atrás, cuando tenía tu edad, cuando tenía sueños, amigos, familia. Todo. Lo tenía todo y ahora no tengo nada, sólo recuerdos y fotografías descoloridas..." No supe qué decir, sólo atiné a tomarle la mano y la miré a los ojos; aquellas pupilas fatigadas que me miraban con tristeza y con sabiduría.

Se acercaba el mediodía y más ancianas desfilaron enfrente de nosotras de camino al comedor. Algunas caminaban apoyándose en bastones o muletas, otras permanecían inmóviles en sus camas, mudas, con la mirada perdida en los recuerdos. Otras caminaban lentamente arrastrando los pies, pasos cansados de tanto andar por la vida. Nadie hablaba; una anciana alta tosía ronca y brevemente al compás de cada paso.

La anciana de la fotografía se levantó con su cuerpo encorvado, como si le pesaran los años que la habían ido dejando atrás. Me miró tiernamente y sonrió acentuando más sus notorias arrugas. Hasta luego me dijo,  pero antes de que me vaya, un consejo:
"Cásate y ten muchos hijos y nietos, para que no termines sola abandonada en uno de estos lugares.." Dejando la foto en mis manos se alejó de mí lentamente. Tomé la fotografía y la guardé furtivamente en mi bolso, me levanté del asiento y salí de aquel lugar como si llevara un gran tesoro. Adiós abuelita, pensé para mis adentros, sintiendo un gran peso de culpabilidad por haberla abandonado a su suerte en tan triste hogar.

Publicado en el periódico “El Español en Australia”, 1994.

Ester Mann

LOS PRIMOS 

Era un tipo hinchapelotas, adjetivo que si bien es políticamente incorrecto, machista y sexista, describe con exactitud la clase de persona que era, que en realidad sigue siendo, ya que no murió ni se esfumó.

De casualidad, navegando en los mares de facebook, este hombre descubrió a un primo que creía perdido y le mandó un mensaje. Mensaje va, mensaje viene, nuestro hombre se sintió muy emocionado y compartió con el primo anécdotas y viejas fotografías de familia en donde sonreían abuelos y  tíos, algunos sentados, otros parados, todos distribuidos por el fotógrafo de acuerdo a la altura y al honor debidos a la ocasión.

Nuestros héroes y otros primitos sentados en primer plano daban una imagen equívoca del evento: algunos sonreían evidentemente forzados por sus papás, otros miraban hacia otro lado y el resto lucía una expresión vacía, anodina.

El tipo, repasando esas fotos que le evocaban las antiguas emociones, con las lágrimas temblando en sus ojos, empezó a preguntarse –y ahí tenemos la imagen viva de su esencia cargosa- porqué lo emocionaba ver una foto de un tipo que le resultaba un perfecto desconocido, de quién no había sabido nada durante más de 60 años, que ni siquiera lo recordaba a él.
Por otro lado al resto de los primos, aquellos que no se habían perdido, con los que había mantenido un laxo contacto a lo largo de los años, los podía ignorar sin remordimientos.

¿Por qué? - pensaba y repensaba este ejemplar de persona que tanto nos fastidia cuando es pariente o amigo nuestro, pero del cual no tenemos conciencia cuando lo vemos en el espejo.

Así lo abandonamos, mirándose la cara envejecida, el pelo escaso y canoso, el cuello arrugado y las manos con los feos lunares de la vejez. Los ojos  semicerrados no ven su propia imagen: solo ven las caritas sonrientes, con mejillas como manzanas, con ojos puros llenos de alegría sin preguntas de los dos primos, en esas fotos que guarda como si fueran mapas del tesoro. Un tesoro que ya hace mucho nadie busca y ni siquiera saben que existe ■

Roberto Paniagua

                                 VOLVER A EMPEZAR

Luego de cruzar  la ruta bajé por un terraplén hecho con escombros. Del arroyo me llegó un olor fuerte. Bolsas de basuras y un perro muerto habían encallado sobre su borde y un hilo de agua negra, serpenteaba entre esqueletos de autos oxidados.
La tarde se iba metiendo en la noche y las chapas habían dejado de brillar. Foquitos hospitalarios me dieron profundidad en los pasillos barrosos de la villa.
No hacía falta sacar el papel con los datos del lugar que buscaba, pero de todos modos lo volví a leer: S140:12. De la canilla comunitaria se escapaba, como la vida en que estaba rodeada, algo más que un goteo constante. Una muchachita de pantalones ajustados se alejaba con un tacho de agua en cada mano. Una vez entre los ranchos, percibí el inconfundible aroma de frituras, tan ligadas con la miseria.
Sobre una pared de ladrillos sin revocar, estaban escritos los datos que buscaba. Solo que ahí, la inicial, se había convertido en palabra y me hizo dudar. Del marco desparejo de la puerta se escapaban entrelazadas, una leve línea de luz y las notas quejosas de un chamamé.
Golpeé sobre la madera en forma moderada y luego repetí el llamado con más fuerza. Cuando estaba buscando alguna ventana para ver el interior, me atajó una voz carrasposa a mis espaldas.
-¿A quién busca?
-“Al barba”, me dijeron que vive aquí- contesté.
-Y quién le dijo eso ¿si se puede saber? - mencionó la voz, que a esta altura ya estaba a mi costado.
Se podría decir que la noche había teñido todo de negro. Mirando hacia la salida (cosa que hice instintivamente) se distinguían los faroles de autos y camiones que pasaban, escapados por la ruta.
-Me manda "Pedro” un amigo suyo-  dije, y me quedé en silencio.
- ¿Y, cómo le va la pesca a él y sus compañeros?- preguntó
- Siempre dice que nada es fácil- repliqué, sin estar muy seguro de lo que decía.
-Es verdad, nada es fácil, solo hay que tener en claro lo que se quiere lograr- dijo, y me pareció, que hurgaba en mis ojos.
-Es que a veces, no se ven bien las cosas que uno busca, susurré.
-Todo depende de la claridad de la luz que se tenga- me respondió.
-Por eso lo vengo a ver- afirmé, intentando ver algo de su rostro.
-Bueno, haga lugar que tengo que abrir. Aquí afuera ya empieza a hacer frío.
Me hice a un lado y recién ahí me di cuenta de que una cadena, ajustaba la puerta con el marco.
-Pase, aquí no entra cualquiera- dijo desde adentro, mientras apoyaba sus cosas en una mesa tapada con hule floreado.
Una vez en el interior observé su altura. La cabeza casi tocaba los cruzados tirantes de madera. Me llamó la atención su abultado pelo negro, que le llegaba hasta los hombros. Vestía de forma sencilla pero tenía una presencia fuerte. Al darme la espalda sentí cierta tranquilidad, como que se podía caminar tras sus pasos. Bajó el volumen de la radio y se dio vuelta. Recién ahí pude ver bien su cara. Frente amplia, cejas gruesas y ojos negros. Los labios carnosos dejaban ver una hilera de dientes blancos. Una despareja barba cubría sus pómulos. Al verme, seguramente tan joven, me pareció que su voz, perdía la ronquera del principio y comenzó a tutearme.
-Sentate ¿tomás mate?
-Bueno.
-¿Es que Pedro anda necesitando algo?, preguntó, revolviendo cacharros de un armario.
-No, no es por él. Yo lo conozco del barrio en que vivo. Le mencioné algunas cosas. Entonces me indicó que lo viniera a ver.
Me entretuve frotándome las manos. Se ve que "el barba" no tenía apuro en conocer el motivo real de mi visita, o quizás ya lo sabía. Quitó la yerba vieja y la suplantó por una nueva. Esperó que el agua tomara temperatura y luego de chupar por la bombilla se acercó a un balde y escupió. Lo repitió una vez más, luego cebó uno y me lo acercó. Me di cuenta de que no lo apoyó en la mesa y esperó que yo lo tomara de su mano. Buscó una maderita para depositar la pava. Seguía sin preguntar nada. La calabaza iba y venía. De vez en cuando  sus ojos miraban mis manos y mi cara. De todas maneras no me ponía nervioso, me pareció un acto de conexión.
-Bueno, te escucho- dijo, con una sonrisa.
Esperé que la bombilla hiciera ruido, le alcancé el mate y comencé a hablar.
-Mire, es que estoy sintiendo que me falta  fe para entender las cosas que me rodean a diario.
-Y el dinero que no alcanza- mencionó con una sonrisa triste.
-Lo mío no es material, es espiritual.
-Y en qué dejaste de creer primero ¿en vos o en los demás?
-Como siempre ocurre, primero en mis padres, luego en el resto y por último en mi. Ahora veo traición, corrupción, frivolidad y pobreza extrema en las clases más débiles. Ya no se dónde ubicarme y qué hacer, para encarar un mañana mejor.
Se quedó un rato pensativo, luego apoyó los codos sobre la mesa y moviendo los ojos rápidamente hacia arriba dijo:
-Tenés que comenzar a creer fielmente en Él, y en vos. Lo demás llega solo. Si das el primer paso con fe, los otros podrán verlo y seguirán tus huellas.
Me quedé en silencio. Desde un rincón volvió su voz:
-Yo estoy aquí en un periodo de espera. En cualquier momento tengo que volver a empezar.
 Trajo unas galletas, un poco de queso, dos vasos y una botella de vino.
-Vamos a cenar. Te vas a quedar un tiempo aquí, si no te molesta. Esto de no creer, se está haciendo costumbre. Eres el primero, pero no el último en venir. Cuando estén todos, saldremos a caminar…
Saqué el papel del bolsillo y uní las iniciales con lo que decía en la pared: S de Salmo 140:12  Entonces comprendí lo que me había dicho Pedro: “Yo se que el señor sostendrá la causa del afligido, y el derecho de los pobres”                                                           

                                                                       Roberto Paniagua




Carlos Arturo Trinelli



                      En búsqueda del lotriski perdido
                                                            
I

     Estaba prevenido que la tarea no sería sencilla. Así me lo hizo saber Magdalena López Arias, mi jefa y directora de la revista literaria El Ancla Oxidada. Lo hizo refrendando un dicho vulgar lo fácil lo hacen los boludos todos los días, frase que le adjudicaba a De Gaulle. Debía realizarle una entrevista al escritor Enrique Lotriski.
     Magdalena o La Magda, como se le dice en la redacción, había conocido a Lotriski en una fiesta de premiación en una editorial independiente que había premiado al autor con un segundo premio por su obra Oda al verso estúpido.
     No sé y tampoco pregunté el repentino antojo por contactarlo pero creo que La Magda consume la escritura de Lotriski en algunas revistas virtuales. Lo cierto es que el hombre posee un correo electrónico que abre una vez por semana desde un locutorio. En el primer contacto le expliqué el interés de la revista en hacerle un reportaje. Él me respondió que le enviara la entrevista al mismo correo que la contestaría con gusto. Le respondí  que deseaba conocerlo y que más allá de las preguntas de rigor la idea era la de una charla abierta.
     No me contestó. Insistí bajo la presión constante de Magdalena. Tampoco respondió y entonces La Magda sugirió que lo invitara a cenar dónde él dispusiera. La respuesta fue escueta, la palabra bien, la dirección, el día y la hora de la cita que me resultó extraña para una cena, las dieciocho.
     La revista para ahorrar, ya que había una cena de por medio, me impidió que llevara al fotógrafo y sugirió que le sacara al menos una foto con el celular para ilustrar la nota.
     La dirección era en el barrio de Almagro, Potosí y Medrano, una pensión de caballeros.
     Cuando llegué y vi el sitio reconocí el escenario de uno de sus cuentos, El Ojo inquieto en donde un pensionista llamado Streseman, de oficio fotógrafo, desaparecía y el protagonista del relato descubría que la muerte lo había estado persiguiendo  fuera de foco en cada toma que el desgraciado hacía en sus paseos.
     Desde que Magdalena me asignara la tarea del reportaje hasta la concreción de la cita habían transcurrido tres meses y en ese lapso leí toda la obra disponible de Lotriski en la red.
     En el recibidor del establecimiento, sentado en un sillón, me aguardaba Lotriski.
-¿Señor Bernardo Kesler?
-Sí ¿usted es Enrique Lotriski?
     Nos estrechamos las diestras. El hombre guardaba la postura y no parecía representar los más de sesenta años que tenía. Vestía como al descuido y descuidados eran su pelo entrecano y escaso y la barba gris con lunares de un rubio ceniciento.
-¿Dónde quiere ir a comer? Pregunté.
-Acá nomás, en la esquina hay un bar, respondió.
-¿No es temprano para cenar? Me animé a preguntarle.
-No si tiene en cuenta que todavía no desayuné.
     Comenzamos a caminar y como si nos conociéramos desde siempre me contó que se había levantado tarde y se entretuvo en arreglar un ventilador que no funcionaba.
     Cuando llegamos al bar encendió un cigarrillo y aclaró:-Ahora estos cabrones no dejan fumar adentro ¿quiere? Preguntó con el atado de cigarrillos extendido hacía mi.
Negué con la cabeza y para llenar el rato le conté la impresión que había tenido cuando llegué a la pensión y la identifiqué con la de su cuento. Me miró con sorpresa con unos ojos claros que tornaban al verde y que colgaban en el otro un escrute irónico, o mejor, como si riera con la mirada y dijo:-Es usted un lector, increíble, ese cuento es de la década de los años ochenta.
     Arrojó la colilla hasta más allá de la mitad de la acera.
     Entramos en el bar y nos sentamos a una mesa que daba sobre la avenida Díaz Vélez.
 -¿Vos que vas a comer? Preguntó iniciando el tuteo.
-Prefiero un café.
     El mozo se acercó indiferente y con la vista puesta en el tránsito de la avenida.
-Tráeme un especial de jamón crudo en pan francés ¿hay tomate?
-Ajá, respondió el mozo.
-Con tomate.
-¿Mayonesa?
-No, por el colesterol
     El mozo rió y volvió a preguntar:-¿Para beber?
-Medio de tinto de la casa.
     Después pareció notar mi presencia y  miró sin preguntarme, le dije:-Un café y pareció decepcionado.
     Lotriski tenía una cicatriz que partía desde el entrecejo, bajaba por el puente de la nariz y doblaba por el tabique hasta el comienzo del ojo derecho. El rostro enjuto le marcaba los pómulos y en el  izquierdo era notoria otra cicatriz. En tanto lo observaba, preguntó:-¿Qué clase de revista es…?
-El Ancla Oxidada, busqué en mi morral y puse un ejemplar sobre la mesa,-mire.
-Tuteame.
-Mirá, es una revista cultural de frecuencia bimestral como te había comentado por correo.
     Lotriski la hojeó con interés, le aseguré que podía conservarla. La apartó a tiempo para recibir el sanguche y el vino. Con igual desdén el mozo apoyó mi pocillo de café.
     Lotriski se apresuró en abrir el pan y enterró unas uñas enlutadas para extraer la miga. Puse el grabador sobre la mesa y lo interrogué con la mirada, él asintió con un gesto.
     Tragó el primer bocado y preguntó:-¿Por qué me buscan a mí?
     Le expliqué que la editora tenía una buena impresión de él y de su obra. Que lo había conocido en circunstancia de una premiación. Él aseguró no recordar aquél premio.
     Termino de comer y llamó de nuevo al mozo para pedir un huevo duro y otro medio de tinto. Yo no quise nada impaciente como estaba por comenzar la entrevista pero el hombre transmitía paz en su mirada de zorro, Una paz ajena a la muerte encerrada en los relojes.
     El huevo lo comió en dos bocados, bebió un vaso de vino y se excusó para salir a fumar en la vereda.
     Alguien le preguntó por una calle y observé que era de aquellos que acompañan la explicación con el cuerpo. Después entró y dijo:-Comencemos.
     Terminamos y apagué el grabador. Llamó al mozo y pidió otro medio de tinto y yo repetí un café. Salió a fumar, la gente circulaba encorvada por el frío y la figura de Lotriski se agigantaba en las volutas del humo. Regresó a los saltos. Llamé al mozo y pedí la cuenta. El hombre sacudió el índice como si bendijera la mesa al tiempo que susurraba números. Pagué y le pedí un comprobante. Recordé la foto y le pedí permiso a Lotriski para tomarla. Se quedó inmóvil un instante y luego me pidió verla, sonrió con dientes desparejos y nos despedimos con un apretón de manos. Días después le envié la entrevista a su correo electrónico. No tuve ninguna respuesta.

                                                                 II

     El tema Lotriski bajó de la redacción al impulso de nuevos temas que como siempre se cocinaban de apuro en el caos que significaba intentar la originalidad.
     Así las cosas, un día la Magda me llamó a su oficina. Cada vez que ello sucedía era el preámbulo de alguna contrariedad.
     Cuando entré se hallaba reunida con dos hombres. Sin presentármelos me invitó a que arrimara una silla y quedé sentado en hilera con los desconocidos. La Magda dijo entonces que yo había sido quien le hiciera la entrevista a Lotriski. El hombre del extremo opuesto se asomó y extendió la diestra, yo hice lo propio y repetí el saludo con el hombre que tenía a mi lado. No retuve los nombres si los dijeron pero observé que uno era mayor que el otro y que los dos vestían trajes marrones, zapatos al tono y camisas con corbatas que apenas contrastaban de color beige.
-Los señores son de la policía literaria, dijo la Magda y agregó,-ellos creen que Lotriski ha desaparecido…digamos de manera voluntaria.
     Muchas veces me había sucedido con mi jefa que no lograba acertar cuanto de verosímil había en sus discursos pero en este caso los uniformados en la gama del marrón asentían los dichos.
     Uno de los hombres tomó la palabra:-En efecto, el supuesto Lotriski se despidió de las revistas virtuales que publicaban sus obras con una enunciación de sus intenciones publicada en forma de bando ¿A usted, le anticipó algo?
-A mi no me conocía y estuve con él unas pocas horas pero ¿tan grave es?
     Los hombres sonrieron y el que había hablado me dio una explicación de los fundamentos que justificaban la búsqueda.
     La policía literaria (usó las siglas PL) era una organización que dependía de las grandes editoriales y que se ocupaba de rastrear pequeños plagios que abarcaban desde lo literario hasta las conductas literarias. Cuando un escritor imitaba a Salinger, Pynchon, Bierce, Block o cualquier otro de la saga de los autos desaparecidos actuaban ellos para descubrir el timo.
     El hombre marrón que tenía a mi lado tomó la palabra:-¿Se enteró usted del caso del rematador de cuentos?
-No, respondí sin entender del todo la pregunta.
-Acá, el señor Sepúlveda fue quien lo descubrió.
-Gracias Solano pero no viene al caso.
- Aún así lo fuera, terció Magdalena,- me interesaría saber, concluyó con la mirada incisiva en el marrón Sepúlveda.
     El hombre se acomodó en la silla como para tomar envión para incorporarse y contó que había descubierto una organización que se dedicaba a publicar libros apócrifos “Los cuentos que Cortázar decidió cerrar” “Lo que Borges decidió agregar” “Lo que De Benedetto decidió mostrar” “El día que Saer mató a Tomatis” y una antología en donde Mansfield convertía a Wakefield en el crimen perfecto a manos de una esposa que había sufrido su ausencia de veinte años.
     El delito consistía en reproducir cuentos de final abierto con un agregado que redondeaba o cerraba el relato. Todo hecho por un profesional de las letras y seguro frustrado escritor, una especie de ghost-writer, que con esmero había logrado copiar el estilo del autor para en unas pocas líneas cambiar la intención del escrito.
     La idea me causó hilaridad y dije:-Un escritor bromista.
     El hombre me ignoró y explicó la discreta vigilancia establecida sobre los puntos de venta y como desmembró la organización. Sin embargo, no había podido hallar al imitador de estilos.
     Terminada la narración me pidieron la cinta con la entrevista completa a Lotriski.
Miré a la Magda y ella asintió con la cabeza. Se incorporaron y uno dijo que enviarían a buscar la grabación con un heraldo.
     Cuando se fueron la Magda me contó que ella había oído hablar de la policía literaria pero nunca creyó que fuera cierta su existencia.
     Lo primero que hice apenas se fueron los PL fue entrar en Internet para leer el aviso de Lotriski sobre sus intenciones.
En memoria del doctor Pasavento,
Escribir es una manera de ausentarse, una voluntad de trascender, de aventurarse en mundos vedados y difuminarse en el texto. Antes de convertirme en una ruina (un desaparecido a medias) elijo la ponzoña de la libertad. En ella encontraré la posibilidad de ser otro. Hasta aquí fui capaz de vivir sin que casi nadie se de cuenta. Si no comprenden, no se preocupen, la literatura le dará un sentido.
Plagiar, parafrasear, descubrir cosas allí donde los demás no ven nada solo es posible en soledad. En la soledad es donde brilla la imaginación que genera hechos. Romperé con la lógica de las desapariciones mediáticas, aquellas donde primero hay que existir, ser visto. ¿Quién vio a Lotriski? Peor ¿quién leyó a Lotriski? Y sin embargo, como sostuvo Flaubert, todas las moscas son distintas. Todos los plagios también.
     Cerré la máquina, puse la cinta con el reportaje en un sobre y después se lo di a Magdalena.
                                       
                                                           III
     Pasaron unas semanas y el invierno avanzó, mi jefa me encargó un trabajo que consistía en elaborar una guía para la lectura del Ulises de Joyce.
-Algo que no exceda las cuatro carillas, dijo.
     Preocupado por el abordaje de tamaña lectura y con el antecedente de no haber podido terminar el libro años atrás, olvidé por completo el tema Lotriski, es decir, olvidé por completo que tenía una vida y que en su devenir algunas cosas regresan fatalmente como lo hacían Paddy Dignam,  Parnell o Joe Hynes y su crónica del funeral y por supuesto el señor Bloom y Stheven Dedalus. Sin embargo, los que regresaron antes fueron los hombres de marrón.
     Buscaba encasillar el monólogo de Molly Bloom cuando un ruido en la puerta me sobresaltó, alguien intentaba abrirla, me acerqué despacio y espié, no sin aprensión, por la mirilla. Un hombre con un pasamontañas marrón dijo:-Abra la puerta o la tiramos abajo, lo dijo como quien dice un secreto en voz alta.
-Váyanse o llamo a la policía, repliqué con inocencia desde adentro.
-Somos la policía, señor Kesler.
     Todavía pedí que se identificaran y el disfrazado alegó que eran de la policía literaria y que debía acompañarlos. Busqué el celular y le envié un texto a Magdalena, luego abrí la puerta. Los hombres no estaban armados, eran tres y se quedaron en el palier.
     Salimos y abajo había un auto marrón con las siglas PL en las puertas delanteras. Lo único que dijeron en el viaje fue que el señor Sepúlveda quería hacerme unas preguntas.
El auto tomó la autopista 25 de mayo y en un rato estuvimos en Barracas, entró en la cochera de un edificio y me llevaron en un ascensor hasta el tercer piso, allí se quitaron los pasamontañas y golpearon a una puerta, desde adentro nos ordenaron pasar.
-Por favor, disculpe usted señor Kesler el inconveniente pero me urgía verlo para hacerle unas preguntas y si lo llamaba por teléfono no iba a venir, dijo Sepúlveda con la mano extendida.
-Espero las preguntas ameriten este bochorno, respondí y señalé a mis captores.
-Quiero compartir con usted unas conclusiones a las que hemos arribado con Salcedo después de estudiar la cinta de la entrevista a Lotriski.
     Mi teléfono celular lo interrumpió con la música de Ji Ji Ji, me excusé y atendí a la Magda, qué pasó/ nada, estoy aquí con el señor Sepúlveda que quiere hacerme unas preguntas/ bueno, dale saludos, no pierdas tiempo que quiero el trabajo para el miércoles/ me dijiste para el viernes. Cortó
     Sepúlveda abrió una carpeta, tomó la revista que contenía el reportaje a Lotriski y dijo:-Usted escribió en el retrato del supuesto Lotriski, se colocó unas gafas y leyó:-Enrique Lotriski es una persona…bla, bla, bla. Esconde más de lo que sabe con una humildad auténtica en la pretensión de conversar con un igual. Asegura que se cita a si mismo pero para el interlocutor iniciado trasciende un océano de lecturas que, asegura haberle “quemado” la cabeza. Maneja con soltura los códigos del vulgo, bla, bla, bla…Una historia difícil lo precede, bla, bla, bla…Practicó distintos oficios, bla, bla, bla…sabe que hay cosas que no se arreglan con palabras “doctas” y de ahí las marcas en su cara ya que, según él “la dignidad no siempre se enmarca con palabras”.
     Cerró la revista y tomó unas hojas impresas en las que constaba la grabación de la entrevista completa. Desde mi lugar observé varios subrayados con resaltador.
-Aquí dice usted que las respuestas del supuesto Lotriski están en consonancia con el caos de la vida de un artista que se siente fuera del ser artístico ¿Qué le hizo pensar eso?
-La postura un tanto nihilista del hombre con respecto al mundo literario o mejor, a su periferia.
     Sepúlveda anotó mi respuesta al margen de la hoja y después leyó:-Bernardo Kesler: ¿Es usted Enrique Lotriski o es un heterónimo de Carlos Arturo Trinelli?
Enrique Lotriski: O al revés
B.K.: ¿Por qué usa ese seudónimo (C.A.T.) cuando se autorreferencia?
E.L.: Porque es más sencilla la autorreferencia cuando no está firmada.
-Bien, dígame por  qué estas dos preguntas las excluyó de la parte impresa.
-Por cuestiones de espacio, no me parecieron relevantes.
-Mire Kesler seamos honestos, este hombre no es quien dice ser y tal vez no sea ninguno de los dos y tal vez sea nuestro famoso rematador de cuentos y tal vez usted lo sepa pero le aseguro que lo voy a descubrir y si descubro también que usted es cómplice me aseguraré que lo procesen también. Hizo una pausa, cerró la carpeta y se quitó los lentes, manejó el silencio como para intimidarme y después agregó- Puede irse, mis muchachos lo llevarán hasta su casa y sepa que lo estaré observando. Son duros, yo los voy a domar.
     Los hombres se encasquetaron los pasamontañas y nos fuimos. Me atreví a preguntarles el por qué se enmascaraban si ya les había visto la cara y uno de ellos me respondió que era una cuestión del manual de operaciones. Arribamos a  mi domicilio y me bajé del auto. En el rellano de la puerta del edificio un indigente dormía en el suelo, los PL esperaron a que entrara como si yo fuera una novia y apenas lo hice desaparecieron. Cuando entré en el ascensor supe que no iba a poder concentrarme en el trabajo y que lo mejor sería acostarme y descansar pero antes de entrar ya escuché el timbre del portero eléctrico. Tomé el auricular pensando que serían los enmascarados y de mal modo pregunté:-¿Quién es?
-Soy yo, Lotriski.
     Dudé, estaba confundido y enseguida pensé en una trampa de Sepúlveda pero la voz agregó:-También soy el bulto que esquivaste para entrar.
-Ya bajo.

                                                     IV
     Bajé sin encender la luz y allí estaba el fugitivo literario buscado por nada, al menos eso creía yo, le abrí y nos dimos un apretón de manos.
     En el departamento lo primero que hizo fue interesarse por el desorden de papeles sobre la mesa y por un rato olvidamos el equívoco que nos reunía. Le expliqué cuál era la tarea que la revista me había asignado y mi poca confianza para llevarla adelante ya que no podía leer el Ulises en un par de días y si lo hacía tampoco podría pergeñar una idea que ayudara a otros en la lectura. Entonces me contó que él había llegado a tener una noción sobre esta novela que ya no recordaba y que para ello había seguido la idea de Borges y dijo, sin intención de ser literal:- Nadie puede tener la exactitud del infinito y la novela es eso, el infinito, y  aclarando que parafraseaba a Jorge Luis agregó:-Es como cuando se visita una ciudad que no es la nuestra, podemos decir que la conocimos así no hubiéramos andado por sus suburbios u omitido algunas calles.
-¿Me sugerís que saltee algunos tramos? Lo interrumpí.
     Se encogió de hombros y agregó:- La originalidad de Joyce consiste en que un día en la vida del señor Bloom cabe en 700 u 800 páginas pero qué diferencia existe con Hobsbawm y sus tomos de historia de la humanidad, los dos ponen una historia a disposición del lector, en un caso, una historia de un día que demandará más de un día de lectura y en el otro, siglos de historia que durarán meses de lectura ¿no es demasiado loco? No existe relación en la magia de los libros.
     Lotriski tenía razón, de todas formas el problema seguía siendo mío. Estuvimos un instante en silencio. El silencio resulta incómodo y a pesar de ser un anfitrión forzado me vi en la obligación de ofrecerle un café o un té.
-Si hubiera, preferiría algo más espirituoso, sino un té estará bien.
-Creo que tengo una botella de vodka.
     Fui a la cocina y regresé con la botella y un vaso.
-¿vos no bebes?
-Rara vez lo hago.
     Le serví hasta donde su dedo, posado en el vaso, me indicaba. Bebió un largo trago y dijo:-Te debo una explicación por las molestias que te han ocasionado.
     Apoyó el vaso y el dedo indicó un nivel más alto de llenado. Decidí que el engorroso señor Bloom podía esperar y también me busqué un vaso.
-Los engañé dos veces estimado Bernardo, una, fui el rematador de cuentos. Un poco por necesidad y otro poco por el placer iconoclasta. Hace tiempo que una idea me ronda y es la de la superficialidad de la palabra, en especial la escrita. Disiento del concepto que cualquier acontecimiento banal pueda ser tema de una poesía.  
     Una de las grandes editoriales me contactó, querían editarme. Las condiciones eran que presentara mis escritos en un certamen que organizaban. Me darían el segundo premio y la difusión, a cambio yo debería participar en distintos foros y programas de televisión durante un período de un año con una asignación mensual de empleado sin nómina. Bien, aquí viene el segundo engaño, pedí un adelanto, firmé y desaparecí de ahí que los para editoriales, mal llamados PL, estén detrás de mí.
     Lo interrumpí:- Y ahora qué vas a hacer.
-No te lo voy a decir pero puede que entre en el convento de los Cartujos o que me exilie con mi amigo el pintor de las luces.
-Dónde será eso, dije como para tentarlo.
-Es un sitio en donde existe un nivel más elevado de existencia con un amor visible por lo que te rodea que te lleva o te impone la ausencia de pensamiento.
-Una especie de animismo, dije al darme cuenta que no me diría el lugar.
     Se encogió de hombros.
     La luz artificial comenzó a incomodarnos en la medida en que la palidez del día se colaba por la ventana. La botella amaneció vacía. Me sentí un poco borracho y obligado a guardar silencio. Él parecía estar perfecto cuando dijo:-Me voy, te deseo las mejores cosas, creo que en unos días todo habrá pasado, no soy importante.
     Me incorporé y la habitación pareció que resbalaba bajo mis pies, nos tentamos de risa y ayudado por él bajé para abrir la puerta. Nos despedimos con un abrazo al que me aferré como un boxeador exhausto. Tuvo tiempo todavía para recomendarme unos saludos para la Magda más o menos dijo, decile a Magdalena que la recuerdo y que no pude formar mi personalidad en sintonía con lo real, ella va a entender.
     Se fue.

                                                   FINAL

     Presenté mi trabajo a tiempo. La Magda me llamó y dijo:- Anduviste bien con el Ulises. Prepara para la semana próxima algo igual con Gran Sertón: Veredas de Guimaraes Rosa, quiero una opinión sobre homosexualidad reprimida entre Riobaldo y Reynaldo y el giro del final ¿excusa a Tartarana e implica a Diadorim?
     Debía decir algo más no sea una pequeña revancha:- Ah, te mentí, cuando entrevisté a Lotriski.
     Me miró con los ojos por arriba de los lentes y agregué:-Se acordaba de vos, lo parafraseé y entonces ella dejó ver los dientes mordiendo el labio inferior, sacudió la cabeza y dijo:-Cuando termines con Guimaraes comenzá con Proust y En búsqueda del tiempo perdido.   ■