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sábado, 1 de diciembre de 2012

Mercedes Sáenz


      



SIN TITULO 

No quiero ser poeta, tampoco poetisa
No sabría hacerlo.
No soy poema.
Mil palabras al mismo tiempo bailan en mi cabeza
Escritas con sonidos que provienen del agua.
Golpea las rocas en la que estoy sostenida
Que son sábanas de papel que no saben nada.
Ensordecen las rimas de letras iguales,
Poco me importa. No soy poetiza ni poeta.
Y pocos saben quien o no es un poema.
Un día empezaste a odiar mis botas cuando estaban vacías
Tus dedos desnudos se chocaban con ellas
Cuando quedaban a los pies de nuestra cama
Me importa más que nada el sonido porque
Es lo único que oigo como al agua.
Desborda, golpea, acaricia, recuerda con uno.
Y nadie, nadie, sabe de veras quien soy,
Porque yo tampoco.
Junto letras que acaricio como a un bebe dormido
Las pongo en algún lugar, el que encuentre
Porque sé que después no puedo repetirlas
Y tal vez así deba de ser, porque no son nada.
Porque yo también soy sólo algunas cuantas palabras…
Mercedes Sáenz

sábado, 17 de noviembre de 2012

Mercedes Sáenz




UN CUADRADO DE LUNA ROJA




Amanece temblando. Se inclina la luz cada vez sobre el agua.
No tengo luna, se humedeció un poco antes de irse cómo si no existiera el frío. Estrella se hace de día cuándo nadie le habla, cuándo nadie le habla cree que nadie la mira.

Esto que veo no lo imagino.
En una curva de las lomas de pasto un auto rojo paró delante del río, del otro lado de la orilla.

Nada se mueva, nada, que el auto que desde mí es un cuadrado rojo quedó arriba de un poste de hierro negro, así lo veo, cómo un pájaro tocando apenas, sin saber antes de mover los ojos si será por un rato mi luna o levantará vuelo.

Todo cabe con el ojo a media asta.
La luz lo traspasa en diminutas líneas, ronda de coreutas.

Máscaras de azul y rojo, amarillo sudor los árboles. Escapan sátiros dejando huellas de cabra. Todos bailan en un pedazo de luna hasta que un semáforo ordena.
Silencio de música y la luz temblando resbala.

Mercedes Sáenz

domingo, 28 de octubre de 2012

Mercedes Sáenz

MERCE SÁENZ






POEMA DE MIRARTE

 El vino busca en la boca inclinada
un beso de vidrio
color ébano.
no recuerda el verso
confunde las lunas
los pies no alcanzan la rueca.
la ira no es ya
tormenta brutal
queriendo verse cómo el hombre
que –yo- sigo viendo.
un estilete cortés marcó los
hilos en el tapiz de su cara
dibujó su tierra en dónde palidecen
sus dioses oscuros en una blancura
desmedida.
Será su último día.
No existirá mañana.
Y yo lo miro…
tiemblo, también en mi copa
-creo que quiso mirar allí sus propios latidos-


me pidió que no lo toque
hasta que la muerte lo toque primero.

Mercedes Sáenz

miércoles, 10 de octubre de 2012

Mercedes Sáenz

EFÍMERAS





Quietas sobre el tallo, sosteniéndose del viento contra el río. Líneas del color del aire. El sol las delata, temeroso contraluz sobre su cuerpo. Tienen menos de un día sin saber, nacidas para morir. Antes de hacerlo deben hacer el amor sin saber, otra vez en el aire volar sin detenerse nunca y morir antes del chasquido del índice y del pulgar del Amazonas. Quién diría y a quién le importa, pálido insecto que a uno de los reyes de América no le mueve el curso ni le quita el sueño.

Una vez, desde el poderoso fuego de la tierra, todo empezó por una vez. Antes que se hiciera un hombre sin saberse. Antes de su primera fiesta y de su penúltima derrota. Antes de que manos de colores parecieran sostener una caverna. Antes que el cibernético digital tridimensional diminuto se guardara en una uña.

Sin saberse, ya volaban las efímeras sobre el Amazonas.
Saberse el hombre ahora y ante el chasquido de qué índice y pulgar volará como pálido insecto sobre los reyes de América sin qué se mueva su curso ni le aquieten el sueño.
Saberse el hombre, saberse. No lo saben las efímeras.

Mercedes Sáenz

domingo, 23 de septiembre de 2012

Mercedes Sáenz

Merce Sáenz 


POR HOY, SÓLO POR HOY


Era mi vecino. Costado izquierdo de la medianera
Dejó el camión en el lado oscuro de la calle. Se bajó despacio, me miró a las cejas no a los ojos, e inclinó su cabeza.
Con el golpe de la puerta y el motor en marcha cayeron desde el techo algunas hojas pegadas por la lluvia y el viento de hace un rato, desplazo un ruido con la nariz en lentitud lasciva y un chasquido leve de una bahía de whisky en la boca, (parecía el primer hombre queriendo decir palabras).
Escondió la cara y el olor a rancio. Se olía igual
- Sólo por hoy voy a seguir bebiendo, sólo por hoy.
De un cuerpo sensato colgaban brazos con tatuajes simétricos, dos absurdos presagios de un feliz futuro. Una diosa madre y una diosa niña que sólo las vi sobre su piel.
Hice un saludo tonto, ni aliviador siquiera, un murmullo forzado (último rehén de mi boca, último cuándo ya no se sabe qué decir) y quedó cómo si pudiera tocarlo, un fuerte olor a kerosene en el aire.
Volvió a subirse al camión. Es algo que puedo decir aunque no mirara.

Un susto de frente abrazó mi cara, un fogonazo naranja y tremendo.

Conceder, conceder hasta cuándo. Quién le habrá enseñado que todo mal puede ser finito nutrido siempre por la paciencia. Quién le habrá enseñado a no darse por vencido.

Por un segundo pensé que un ángel color mandarina vino a llevarse todo. Después la calle quedó azul sólo de mirarla tanto.

Mercedes Sáenz

sábado, 8 de septiembre de 2012

Mercedes Sáenz





El hombre bordeó con la cadera la mesada de la cocina. Eligió el paquete que abriría y el aroma de café bueno. Soltó despacio un silbido de su aire poco para espantar el silencio con un sonido de color que se huele hasta en la piel y pasa por la garganta en el primer minuto de la mañana.
Sus palabras ya quedaban cortas y los adjetivos solos. Ya no le era compañía contestarse. Las ideas claras, las pocas, se fatigaban cómo mujeres sosteniendo una red de pesca.
Su única propiedad privada era una maceta apoyada en el piso, no muy grande, para poder trasladarla él solo hasta cualquiera de sus lugares pequeños.
Nunca le puso nombre pero la paraba frente a lo que estuviera haciendo. Alguien que lo mirara cuando el espejo ya se vuelve borroso y mudo. Las hojas de tanto en tanto aleteaban con alguna ventana abierta.
El hombre bordeó la parte más finita de la cocina, esa que todos los días se achicaba un poquito y con el tranco y el pantalón empujó sin querer la maceta al piso.
Se inclinó hacia el suelo y emitió un sonido, (un respiro piadoso cómo los de hospital cuándo no es la muerte.)
Sobre la tierra esparcida una lombriz de mil cinturas surgió de la negrura fresca, bailando o nadando en sólido, pero quiso el hombre creer que eran movimientos felices.
Caminó despacio hasta la mesa de luz y sin sacar el cajón vació las cosas que tenía adentro. Lo llenó de diarios alisaditos del tamaño justo y con una taza fue juntando tierra de la maceta hasta cubrir una capa que lo dejó contento. En el último acarreo llenó su mano, la que tiembla menos, y levantó con ella la lombriz que esta vez dejó de bailar y se quedó quietita. Cuándo la encerró en el cajón emitió un silbido cancionero. Se preguntó sin tan chiquito escucharía uno igual cuándo con tierra en el bolsillo del saco lo llevara a cobrar su jubilación o de paseo.
Volvió a la cocina, trastabilló con la planta que ignoraba que moriría y sin querer con el pie le movió una de sus hojas.
Es un hombre que cada tanto tropieza con la razón que le dejó una guerra y anda por ahí, silbando.

Mercedes Sáenz

sábado, 11 de agosto de 2012

Mercedes Sáenz




POEMA DE MIRARTE

El vino busca en la boca inclinada
un beso de vidrio
color ébano.
no recuerda el verso
confunde las lunas
los pies no alcanzan la rueca.
la ira no es ya
tormenta brutal
queriendo verse cómo el hombre
que –yo- sigo viendo.
un estilete cortés marcó los
hilos en el tapiz de su cara
dibujó su tierra en dónde palidecen
sus dioses oscuros en una blancura
desmedida.
Será su último día.
No existirá mañana.
Y yo lo miro…
tiemblo, también en mi copa
-creo que quiso mirar allí sus propios latidos-


me pidió que no lo toque
hasta que la muerte lo toque primero.

Mercedes Sáenz

miércoles, 25 de julio de 2012

Mercedes Sáenz



trato sostenido


Estuvieron hasta la noche afirmando todos ser tierra…
y navegaron hacia el Sudeste hasta conocer que lo
que decían tierra no lo era SINO CIELO. 
Del diario de Cristóbal Colón



Es una de esas madrugadas en que ella no viene a escribir conmigo. Estoy mucho más tranquila.
Me encanta escribir sola. (Ella tiene esa cara de lavandina o de objeto limpio sin imperfecciones que tanto me molesta.)
- ¿Corregiste lo de ayer?
- No
- ¿Y para qué me llamaste?
- Yo no te llamo, como un fantasma de mi vos venís sin anunciarte, tu único aviso es el timbre que oigo en mi cabeza y te abro la puerta y entras como si hubieras dormido aquí.
- Dame lo de ayer, la parte en la que estabas en Retiro sentada en la escalera.
- Esa no la quiero corregir hoy, estoy escribiendo otra cosa.
- ¿Qué estás escribiendo?
- Sobre la muerte de un amigo, amiga, qué se yo, sobre alguien que se quiso mucho o te quiso mucho. Que fácil te es confundirme. 
Ya no me contestó y se puso a trabajar.
Todo de nuevo.
Afuera el sol hacía luz en una mañana perezosa, sin apuro. Delineando las formas con absoluta claridad ostentando que con eso bastaba. Dirigió los ojos hacia el suelo y vio nítida la sombra de una de las puntas del techo. Y la vio pasar en pleno día -peligroso verlas de día- con la elegancia de un gato. Pasos cortitos, la cabeza contra las tejas en el perfil que a pesar de ser sabido no se distinguía. No le vio la largura de su cola, el vuelo de una paloma alborotada se llevó sus ojos hacia lo más alto de un árbol. 
Voy a repasar - dijo- eso de un gato sobre un tejado de cinc caliente. No es lo mismo una rata sobre las tejas, vista desde su sombra..

Hay una orilla del mar dónde ella tira las palabras y yo espero. Sé que vuelven otra vez las que más amé.
Yo no quiero este trato. Ella corrige y yo escribo. Por eso no la quiero ni lo quiero.

Mercedes Sáenz

domingo, 24 de junio de 2012

Mercedes Sáenz



SIETE OJOS EN SU LUNA - poema en prosa

El jardín dormía el pasto blanco de frío. Especula la luz como un viejo trapo sacando lustre apenas por arriba. Hace rato las paredes de la casa hicieron silencio para las hormigas mientras crece verde entre baldosas.
Puntas de pie para mirarse los dientes y el pelo que mucha falta no hace peinarlo. Ignora al perro que atraviesa y deja nomás la puerta abierta. Sale con pantuflas de conejo más grandes que el empeine y envuelve las manos en el camisón. Los ojos algo cansados de mantenerse despierta. A los cuatro años todavía se duerme cuándo se tiene sueño pero no esta noche. 
La luna se veía y se paró sobre una silla tropezando un poco con las bocas del conejo. Corrió el pelo para atrás pintando una delicia de coqueteo sin saber. Perfil de niña mirando hacia arriba las velas prendidas tan liviana cómo las sobras huéspedes de esa noche. Ningún contorno quería escapatoria.
Los nombres modernos suenan suaves y se llamaba Abril. Pero así se llamaba.
Bajó a la silla en un sólo movimiento de pincel sin tocar el suelo. Sacó del bolsillo dos tacitas que prolongan besos del color de los corales, dos cucharas chiquititas y en un plato puso dos pancitos de su marca preferida. Los tapó con las manos escondiendo su timidez última
- No los hice yo Luna. ¿Cómo está tu ojo? ¿Te creció un poquito? ¿Cuánto falta? ¿Duele que te crezca un ojo?
La luna mira. 
- En el cole nos dijeron que ahí no hay viento. No importa si no tenés pestañas. Pero no me creen que te vi crecer los ojos. Ya conté siete ¿todos miran para este lado? ¿Por qué hace rato que tenés uno suelto? ¿No usas de a dos para ver cómo nosotros?
La luna mira.
Un grito envasado por este siglo de la psicología se oyó desde adentro.
- Estoy tomando el té, mamá. A esta hora ella toma el té y le está creciendo un ojo! No tengo frío! Ya entro. Vos cuándo estás tomando el té no te levantas por nada. Ya entro.
Bajó de la silla obedeciendo a los conejos. 
- Te dejo el té y te miro por la ventana luna. No lluevas hasta mañana. ¿La noche que no te vi, no te habrán sacado uno? Y se fue para adentro.
Y la luna mira lo que ve en los contornos de una sola escapatoria. 

Mercedes Sáenz

lunes, 28 de mayo de 2012

Mercedes Sáenz


La voz silenciosa

Buscaba un lugar dónde colgar la pregunta, tal vez en esos oscuros de carnicería dónde los ganchos parecen cómo signos de interrogación, tan inocentes, tan duros, tan poco flexibles. ¿Por qué se escribe preguntaste? El mundo dejó de ser viejo cuándo la sociedad cambió esa pregunta al para qué. Cómo tantas idiomas existan, cómo tantos corazones, cómo tantas rebeldías, el por qué va ser siempre un adn propio e intransferible, imposible arrimarse a su verdadera razón.

Maravillosa escritura que permite bucear y entender, conocer un poco del alma nuestra, de los otros, de los inventados, de dejarlos en papel o en cd. Y tal vez alguna historia fantástica se convertirá en cierta. Creo que considero sagrado ese misterio porque en cuánto se sepa porque exactamente, pasa a ser la voz de la piedra, del papiro y de la historia. Esos por qué los agradezco en inmensidades pero tanto me hubiera gustado estar cerca del que lo escribía, ver si era por mandato, poniendo tal vez su mejor poesía o simplemente su mayor claridad. Con los siglos que vinieron, la modernidad, la facilidad de poder cambiar lo escrito, llevarlo a millones de ojos y a millones de dinero, escribir es sólo una manera de hablar, estática en un papel o en tecnología, descartable y modificable. El escrito puede habitar siglos pero quién lo hace permanente y eterno es el que escucha. El lector es quién se apodera de él, es su único dueño, su amante y su tirano.

Una forma eterna de escribir tal vez sean los mitos que cruzando los siglos todo el mundo pone algo de su autoría. Quién escribe un mito lo encierra, tal vez cómo una forma de guardarlo y de que no se pierda, pero entonces será repetido sin la música mejor que es la voz del hombre.
¿Por qué se lee preguntaste? Porque es la voz escrita. Avidez insaciable del alma humana, generalmente. Aunque el adios que te dije nunca preferí dejarlo por escrito.

Mercedes Sáenz

domingo, 13 de mayo de 2012

Mercedes Sáenz

MERCI SÁENZ
Mercedes Sáenz


Estar
     
El cuerpo se mueve sigiloso por las habitaciones conocidas, parece que el cuerpo no pesara, atravesando cada espacio del aire como si fuera nadando debajo del agua, las voces que desde hace años acompañan, se escuchan con algo de un lejos, como si no hubieran estado con uno toda la vida.
     Gira todo en torno a lo que debe hacerse, poco más, poco menos, que ni suman ni restan, porque es como si nadie las hubiera hecho.
     Uno quisiera volverse invisible, o haber nacido invisible, para que nadie note su ausencia. Para no lastimar a quienes pretenden vernos atravesar la puerta.
     Leyes físicas que no pueden romperse, tal vez sólo en un verso, o en algún sueño.
     Es que se ha muerto, aunque camine al lado mío, el hombre que amé toda mi vida. Sus ojos miran cosa que yo no encuentro. Sus manos tocan, ya ni siquiera sé, qué parte de mi cuerpo. Porque es como si a mi no me tocara, lo recorre tal vez para ver como se recupera un terreno perdido.
     Se ha olvidado de mi, de mi cabeza, de ese corazón de disparate que pongo en todo lo conocido. Se ha olvidado de entenderme y no sé si fui yo quién primero, olvidé o fui perdiendo, las cosas que lo hacían feliz en este raro camino.
     Y he de estar, porque estoy, porque aunque haya muerto en mi, o el con una espada me haya matado de a poco con sus silencios. Y he de estar, porque igual, camina al lado mio.
     Pero el alma cuando quiere, es la peor tirana de uno mismo, se fue hacia lugares desconocidos, se colgó de las estrellas y del viento, se cruzó con palabras que, además de amor, tenían sonido. Tenían sentido.
     Se acordó de otros tiempos, en dónde el abrazo era su mejor amigo
     Y ahora no sabe donde pararse, no hay escondites, ni recovecos .Todo está  en el mundo, como si nada hubiera muerto.
     Y viene quién la rescata, montado en algún recuerdo y se despierta el alma y el corazón en espejo.
     Y se llena de un amor que ya no es para  el hombre muerto, tampoco le da sepultura, porque además de estar vivo, está triste y cansado y no sabe, si él quiso morirse primero. Y por no lastimarme, se quedó conmigo.
     Ella que soy yo, ya no sabe si es tarde, porque no es dueña de sus sentimientos.
     Quiso tanto al hombre que ahora parece muerto…
     Y ella, que soy yo, levantó las alas para volar tan lejos, por un amor tan grande que le llena el pecho. Por un amor de un abrazo, de dos palabras, que no tienen nombre ni apellido.
     Y yo que soy ella, en una ilusión me recuesto, me acurruco como un gato de versos y terciopelo. 

Merci Sáenz

lunes, 9 de abril de 2012

Mercedes Sáenz


MERCE SÁENZ
APURO POR MORIR



-¿No puedo morir por mi?
Los anteojos de su abogado a media nariz en un lugar dónde nada se interpone ante la luz cómo en los quirófanos.
El piso es un murallón en dónde se mira los zapatos de goma que siempre parecen a la misma distancia de todos sus abismos. No hay goteras ni la mínima posibilidad de pensar en una grieta invisible. 
Sobre la mesa de puntas redondas los dedos se movían como una manada maniatada por la misma pata en una llanura color verde claro casi hospital. Y quietos se quedan ahora.
- No, ni haciendo pensar que fue un accidente. El último juez no sólo quiere que mueras, quiere que lo hagas delante de todos. No puedo apelar más, no permiten absolutamente nada que los haga cambiar de decisión.
- Violo, mato, reconozco y la pena-curiosa palabra en vez de sentencia- es la muerte. Maté a alguien sin preguntar. Puedo matarme solo. Lo sé hacer.
- Los dos últimos años hiciste el mejor y el mayor tratado filosófico que pueda entablar un condenado a muerte. Hay tres libros enfrentados, una película sin terminar esperando tu verdadero final. Se formaron dos nuevas organizaciones civiles en tu defensa. Hubo que negociar con la prensa. Gané mucho dinero… pero hubiera cedido muchas cosas por salvarte. Te graban las veinticuatro horas. Nos hacen creer que nuestras charlas están sin sonido. En lo que muestran, nuestras caras hablando para abajo… cómo en misa, contándonos en el medio del coro las primeras verdades de la infancia. 
Una mano en el hombro y prometió volver pasado mañana.
Serenata cómoda la rutina obligada cuándo el miedo no quiere acortar los días, enemigo a pulso .
El apuro por la muerte pidió limpiar los pisos, aún con cadenas y perro y ojos que de tanto vigilar ya se distraen el camino de las cincuenta casuarinas, rodear debajo de otros ojos los arbustos gruesos, dejar abierta segundos cuándo se podía una de las puertas de la cocina.
Seguí el camino de las lauchas- le dijo un chino- cuándo cambian de lugar es que están muriendo y con que te muerdan no alcanza.
Quebrazón de cosas cuándo un epitafio inventado canta en falsete.
Tiempo para escribir otras formas de muerte, no las que castiga el Código. Bordear otra vez la cornisa, con esos pocos años no alcanza. Intentar al menos… ¿de que les sirve matarme si es tanto lo que puedo decir de la muerte? Tontos algunos hombres. Si ese juez sabe que no me importa morir, tal vez por eso no me importó matar. Tienen la posibilidad de que sepan tanto. Siempre va a haber algún idiota que crea que quiero ganar tiempo…
En lo que me han vencido es que el tiempo dejo de ser mío, es lo único que lamento.
Un enero de revuelta se fue por el camino de las lauchas, después de matar al juez que quería verlo muerto.

Mercedes Sáenz

lunes, 26 de marzo de 2012

Mercedes Sáenz


 
Temblar
 
En un asiento de cemento de esos mudos sin respuesta me senté liviana, creo que por eso me sentí transparente. Era el azúcar en el fondo de una taza de un café incierto, sin cucharas. Era una vez una niña mirando la oscuridad de un hueco. Era la minúscula parte del tallo que no se mira. Era la forma indescifrable, la escurridiza consistencia de lo que no puede retenerse ni con los sentidos. 
 Siempre veo pasar el gato de un poeta que amo cuándo estoy por decir algo. 
 ¿Alguien contó mis días? ¿Alguien supo de mi? ¿Alguien cantó mis letras? 
Nunca tuve una consagración de mi, ni con los miles de sacramentos, por más que haya peregrinado cada noche de lágrimas que duraban un grito. 
 Siempre veo pasar el gato de un poeta que amo cuándo estoy por decir algo.
 Anoche, antes de temblar tres veces, renegué de mi, bajo tu cuerpo y desde tu abrazo.
 El gato silencioso de Charly B. pasó cerca cómo el segundo de una caricia. Y por primera vez pude saberme aunque no fuese definitivamente.


 Mercedes Sáenz

miércoles, 15 de junio de 2011

MERCEDES SÁENZ - LA PILÓTICA



MERCE SÁENZ (feliz cumpleaños)
Los rulos giraban por su cara de ojos asombrados siempre, asomaba en su mirada tres años de una infancia purísima. Le decíamos Anita con un poco de miedo. Decirle Ana de grande no iba a ser lo mismo.
Caminaba la calle conmigo de la mano.
- Se mueven, se mueven y hacen cosas que no entiendo, ¿me explicás?
Anita se ofendía fácil si le preguntábamos algo cómo si no hubiéramos entendido. Yo muchas veces le entendía la mitad.
- ¿Quiénes se mueven?
- Los señores animales, y todos hacen lo que quieren porque es pilótica.
- ¿Pero dónde, dónde los ves?
- Están en todas las casas. En casa también
- ¿En el cole también?
- Sí, casi todos los días.
- ¿Me lo podés mostrar, cómo son, cómo se llaman? ¿ Todos tienen pilótica?
- Sí pero cuándo te lo muestro parecen más chiquitos pero son muy grandes, tienen armas, roban, matan de verdad, se divierten, viajan por el cielo, van a fiestas, pasa todo lo que quieras en la pilótica mami.
Una vidriera grande nos descubrió las caras en el reflejo y Anita gritó ese entusiasmo quieto de párpados para atrás que devoran las estrellas de día. Se quedaba siempre con esa luz por un rato largo.
- ¿Ves, ves mami? estamos en la pelótica, cómo en el cine, acá más poquito porque es vidrio, pero en la tele o en el cine estamos en la pelótica.
- Entendí, Anita, es la película ¿sí?
En una afirmación feliz sacudió la cabeza.
Por un momento se me cruzó la palabra política.
Anita… Mil veces Anita.

Mercedes Sáenz




lunes, 11 de abril de 2011

MERCEDES SÁENZ - ALGÚN ÚLTIMO POEMA


                     

He buscado una luna 
sobre la negra noche
que parezca pálido cristal 
cómo tu última mirada.
miré otra vez tus letras 
algo cansadas
no queriendo 
deslizarse hacia la izquierda.
con palabras ásperas 
que se rompen en mi mano 
con solo tocarlas 
y después las suelto,
Papel picado ya, 
como mariposas muertas. 
He buscado la noche
al filo de esa luz que tiembla
color ceniza, casi amarillo muerto.
El árbol más grande 
tenía tantos brazos 
y mi frente ahí
un pichón sin alas.

He buscado esta noche 
como una gorra negra
para taparme los ojos
y decirte adiós
amigo mío,
y no encuentro palabras
¿que clase de amigo has sido 
que te has convertido en
nada?

Mercedes Sáenz