domingo, 26 de septiembre de 2010

Daniel J. Montoly

 

(República Dominicana, 1968) estudiante de la carrera de derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Fue finalista en el concurso de poesía Latin Poets for Humanity, ganador del concurso de poesía de la revista Niedenrgasse y del "Editor's Choice Award" de The Internacional Poets Society.

EL ÁRBOL DE BOUKMAN



                                     proclamamos la unidad del sufrimiento
                                     y de la rebelión…
                                             Jacques Roumain


A estos niños y niñas de Toussaint
que el mundo los desprecia
por sus color de piel
y por sus rostros gruesos.

...el espíritu de Boukman
debe mostrarle
el sendero de vuelta al viejo árbol
protector de los secretos
a sacrificar en su tronco
una paloma blanca
y un borrego negro
para que la raíz mayor:
madre del profeta
despierte la doblegada ira
del mar, el agua y el viento.

para levantar la vieja dignidad
que el sol sea testigo
como en los viejos tiempos
cuando las cadenas rotas
se transformaron en estrellas
guías de nuestra América.

A éstos, los herederos de Toussaint,
que el mundo los castiga
por el color de su piel
y por sus labios gruesos.
  BETTY BADAUI       






        HEMBRA FERAZ    *

Buscar en tu silencio
                      tu raíz,
                      tu dolor.
Buscar en tu arrebol
                      tu sangre,
                      tu vida.
Desde la memoria extendida
sobre tus senos,
sobre tu garganta de las mil voces,
mil voces en tu silencio.
           Útero sin edades
que pare pertinazmente
en tu desolación en ascenso...
           Útero
           Terrenal
           Escarnecido,
           Roturador de
           Obstáculos...
El pubis vegetal
vence al río,
recibe su alimento sin óbolos
y nuevamente pare
                no se detiene
                    no se detiene

Madre de aves y espinillos
hija y nieta de un río veleidoso.
Hoy me llega el eco de tu silencio
          -tierra isleña-

"""""""""""""""""""""""""""""""""""""

          VIEJO PARANÁ

Indiferente emanas
el vigor que rebela tu pasado
y cubre tus mañanas
la estela que ha dejado
un viajero de tantos,
                 trasnochado.

   Betty Badaui
*Del Libro ENTRE LAS CINCO Y LAS SEIS TIENE QUE PARIR EL SOL.
Ediciones Eneybe-

sábado, 25 de septiembre de 2010

LEANDRO CALLE / RAFAEL VELASCO.

 


Son sacerdotes jesuitas. Son poetas. Escriben abordando con intensidad los temas universales, los que conlleva el amor, los que nacen de la observancia y la convivencia cotidiana, los que se esconden en los pliegues del alma, los que turban el propio sentir ante la impotencia de no  poder solucionarlos. Escriben, sencillamente, sobre la vida. Para ellos también la palabra se convierte en evasión, búsqueda, cántigo, libertad, celebración significante para decirse a sí mismos entre un aleteo de fe intensa y el dolor de una sensibilidad profunda. Susana Zazzetti.
 
 
LEANDRO CALLE


(Buenos Aires. 1969) . "Tatuaje de fauno" ""Una luz desde el río"" Los elementos" y otros.
 
      II
 
¿Dónde andará tu corazón de barco?
Yo lo vi lentamente
hundiéndose en un agua
terriblemente amarga
al galope de caballos ciegos y nublados
y no pude salvarte.
 
Arrancadura de brazos desesperados
me morí de vos.
 
¿ Dónde encalló tu corazón de barco?
Arrancadura de la fruta temprana
te desplomaste en mis brazos
en los brazos simples
que alfareran la vida.
Disuelto barro de tu cuerpo
en las manos de Dios.
 
 
      VI
 
¿ Cómo pudieron  clavar tus manos al blancor de la muerte?
¿Cómo tu boca se quedó dormida si era un pájaro salvaje
que dormía temblando los días de tormenta.?
¿ Cómo tus pies suspendidos al aire,
si tocaban la tierra,
te levantaron hacia abajo?
¿ Cómo fue tu descenso en medio de la noche
cuando quedé apretado a tu carne
mordiendo las hilachas que dejaba la muerte
con su aliento ficticio?
 
 
      VIII
 
Y vacío de vos mis brazos se hacen niños
que pelean el hambre de tu cuerpo
y se llena la ausencia con ausencia.
Hueco que crece y crece
como un huevo vacío.
Cáscara rota esta presencia de tu cuerpo
ausente de mis brazos /
escapadura
duración del sueño.
 
    de " pasar"
 

RAFAEL VELASCO


. ( Córdoba. 1967). "Detrás de la palabra" "Después del mar"
 
      El poema
 
Ahí estaba el poema:
en los rostros cansados tras las ventanas,
en los bares olvidados al borde de la noche,
en los naipes del que apuesta ya sin porqué,
en el que está solo en una plaza
y sueña que nadie lo ha dejado.
 
Ahí estába el poema...
Y no supe escribirlo.
 
 
      Esos ojos
 
Me escudriñan
adivinando esa imperceptible mueca de tristeza.
Me reprochan ese niño que no soy.
Me preguntan por la risa
y por algún ocaso sin apremios.
 
Yo intento evadir el punto
con estudiada convicción.
Y aún cuando trato de huir
me apuñalan la memoria.l
 
Obsesivamente me visitan en sueños.
 
 
      Un plazo
 
Dame un plazo
porque no alcanza el primer aliento
y una jauría de sombras me atormenta.
 
Dame un plazo
para implorar a la noche un destello,
para beber el adiós de un solo trago.
 
Dame un plazo
y -lo juro-
lo habré perdido todo.
 
   de " reiteraciones"
 
    ALEJANDRO SCHMIDT

    

  Toda esperanza
 
A veces logro ver aquello que escribí
como anotado por alguien
que no fui
ni podré ser
 
otra cabeza
y otro corazón
la mano aprieta
 
entonces lo acepto
 
cualquier palabra es enemiga
 
y todo lector
 
toda esperanza.
 

      Todo ese mar
 
Todo lo que dije, escribí, miré.
Lo escuchado, pensado, callado.
Todo ese mar es hoy,
espuma turbia
olvidos del río entre ramajes
rotos
 
por el sol
 
de la nada.
 
 
      Como una mujercita
 
Después de tanto orgullo ante el dolor
de mi piedra en los hombres
y ladrar al ángel
 
no sé por qué
últimamente lloro
 
como una mujercita
 
olvidada en un bar.
 
  de " 60 poemas breves"
 
     corresponsal Susana Zazzetti
 
Miguel Abalos


AMOR DE ESCOLAR

Corría el año 40 cuando me llevaron a vivir al barrio Belgrano.
La cuadra de Julio César -entre Feliciano Rodríguez y 4 de Julio- además de ser la única con adoquines de toda esa calle, era muy distinta a todas; tenía casas bajas, y la colmaba un enjambre de chicos de todas las edades.     
Mis primeras salidas a la calle fueron muy complicadas; todos los demás gurises -más chicos o más grandes- se reían de mí por mi acento fronterizo.
Las burlas y los insultos me estaban fastidiando bastante; muchas veces se hacían tan insoportables que decidía quedarme adentro. Pero eso no servía de mucho... cuando tenía que ir al almacén del turco Gregorio, que estaba en la esquina de 4 de Julio, también era blanco de insultos y empujones.
A la semana de estar ahí, tomé la decisión de poner fin a la tortura. Salí a la calle decidido a todo... todo lo que puede ser posible para un chiquilín de nueve años.

Había visto a un hombre -antes de pelearse con otro- ponerse dos piedras chicas en las palmas de las manos y cerrar los puños. Después me dijeron que eso hacía la mano más pesada, y por lo tanto el golpe era más fuerte. Y eso fue lo que hice: salí a la calle con las piedras en las manos y los puños cerrados, y sin hablar nada, al primero que se acercó, le pegué con todas mis fuerzas. Vinieron otros, seguí golpeando y también me golpearon... La pelea duró varios minutos, hasta que vino un hombre y la terminó. De mi ceja y mi labio salía sangre, pero ese día, me quedé en la calle jugando hasta la noche, y a partir de entonces fui parte de la pandilla de la calle Julio César.
Tuve mi primer día de clase en la escuela que estaba a dos cuadras, en Comodoro Coé. Yo venía con mi pase para Tercer año y ahí me ubicaron.
Cuando llegué al salón, la maestra me presentó a mis compañeros y me hizo sentar con una gurisa muy bonita. La maestra hablaba… y yo miraba de reojo a mi compañera de banco. Tenía la túnica almidonada, una enorme moña azul muy bien planchada y en su hermoso pelo castaño, una moña blanca.

Sentarme al lado de ella acentuaba aún más mi facha de miserable. Mi túnica era casi una tira de un blanco indefinido, y mi moña estaba vieja y arrugada. No había lugar en mi pantalón que no tuviera un remiendo, y llevaba en los pies unas alpargatas tan viejas y peludas, que me obligaban a caminar despacio.
Se llamaba Blanca. En el transcurso de los días nos hicimos muy compañeros, ella me prestaba la goma, el lápiz, el sacapuntas y otras cosas. Yo no le prestaba nada, porque no tenía nada. Un cuaderno de los que costaban un vintén y un lápiz gastado era todo mi material escolar.
Le pagaba su generosidad con palabras cariñosas, como: "sos muy buena", "te quiero mucho", "me gusta sentarme contigo"... y si algún compañero intentaba hacerle alguna broma de mal gusto, ahí estaba yo pronto para saltar... ¡yo venía de la cuadra difícil...!
Blanca no tenía padre. Vivía con su madre en una de las casas más bonitas del barrio.
A la salida de la escuela, caminábamos una cuadra juntos hasta Ramón Anador y ahí nos separábamos. Ella se apuraba y yo me retrasaba, porque en 4 de Julio -la esquina de su casa- la esperaba la madre, una gallega baja y retacona con cara de mala. Las pocas veces que me había visto con Blanca, me había mirado como diciendo: "no me gustás". Así seguimos todo el Tercer grado.
Al año siguiente pasamos a Cuarto, pero a los pocos meses yo dejé de ir a la escuela. En donde vivía, decidieron que había que ir a trabajar porque de lo contrario no se podía comer. Trabajé en un almacén y puesto de verduras. Al poco tiempo dejé ese trabajo y me empleé en un negocio que vendía calzado y juguetes.
A Blanca la veía a veces en el almacén del turco. En Carnaval, nos veíamos todas las noches en el tablado del barrio.
Después, cuando ya tuvimos quince o dieciséis años, nos encontrábamos a escondidas y nos mandábamos cartitas por alguno de los amigos, porque la madre no quería saber nada de mí… ambicionaba para ella un muchacho con plata.

Cuando tuve diecisiete años me fui del barrio. Las pocas veces que volví, pasé por su puerta, pero no la ví.
A los veintidós, la encontré en lo del turco Gregorio, hermosa como siempre. Se acercó y me saludó con mucho cariño. Traía una niña de meses en los brazos y le pregunté de quién era... Me dijo que era suya, que se había casado hacía más de un año. A pesar del tiempo que había pasado sin verla, sentí algo extraño dentro de mí. Me despedí con un beso, me alejé casi corriendo del almacén y no volví nunca más.

Veintiocho años después, una noche de invierno, al cruzar una plaza me acerqué a una mujer que vendía maníes, que sin levantar la vista me preguntó:
-¿Cuánto quiere, señor?
-Un cucurucho grande -le dije-
Cuando me entregó los maníes y la ví de frente… quedé congelado. No podía creer que fuera Blanca, me costó reconocerla. La vida -evidentemente- le había jugado una mala pasada. De aquella hermosa chiquilina, no quedaban más que mis recuerdos... parecía una anciana...
Ella me reconoció enseguida.
-¡Hugo!, ¡tantos años sin verte!, ¿cómo estás?
-Bien… ¿y vos? -fue lo único que me salió, me costó articular las palabras-
-Y… bien… Aquí lo ves, trabajando…
Le pagué y me fui. Caminé unos metros, y me di cuenta que las lágrimas me mojaban las mejillas.


CHARLES BUKOWSKI

 

NO PUEDES ESCRIBIR UNA HISTORIA DE AMOR

Margie iba a salir con este tío pero cuando salían el tío se encontró con otro tío vestido con un abrigo de cuero y el tío del abrigo de cuero abrió el abrigo de cuero y le enseñó al otro tío sus tetas y el otro tío se dirigió a Margie y le dijo que no podía mantener su cita porque el tío del abrigo de cuero le había enseñado las tetas y tenía que ir a follarse a ese tío. Así que Margie se fue a ver a Carl. Carl estaba en su casa, y Margie se sentó y le dijo:
-Este tío iba a llevarme a la terraza de un café, íbamos a beber algo de vino y a hablar, sólo beber vino y hablar, nada más, pero en en camino este tío se encontró a otro tío con un abrigo de cuero, y el tío del abrigo de cuero le enseñó sus tetas al otro tío y ahora este tío se ha ido a follar con el tío del abrigo de cuero, así que me quedé sin mesa, sin vino y sin charla.
-No puedo escribir nada -dijo Carl-. He perdido la inspiración.
Entonces se levantó y se fue al baño, cerró la puerta, y se puso a cagar. Carl echaba cuatro o cinco cagadas al día. No tenía otra cosa que hacer. Se bañaba cuatro o cinco veces al día. No tenía otra cosa que hacer. Se emborrachaba por la misma razón.
Margie oyó el ruido de la cadena del retrete. Carl salió.
-Ocurre simplemente que un hombre no puede escribir ocho horas al día. Ni siquiera puede escribir todos los días, ni todas las semanas. Agota su mente, es una desesperación fija. Ahora no puedo hacer otra cosa que esperar.
Carl se fue hacia el frigorífico y salió con un paquete de seis cervezas. Abrió un botellín.
-Soy el escritor más grande del mundo -dijo-. ¿Sabes lo difícil que resulta?
Margie no contestó.
-Puedo sentir cómo el dolor se arrastra por todo mi ser. Igual que una segunda piel. Me gustaría poder cambiar de piel como las serpientes.
-Bueno, por qué no te revuelcas en la alfombra y tratas de desprendértela?
-Escucha -preguntó él-. ¿Dónde te conocí?
-En la tienda de legumbres de Barney.
-Bueno, eso lo explica un poco. Tómate una cerveza.
Carl abrió una botella y se la pasó.
-Ya -dijo Margie-, ya sé. Necesitas tu soledad. Necesitas estar solo. Excepto cuando necesitas algo, excepto cuando cortamos de una vez y entonces te sientes perdido y en seguida te pones a llamar por teléfono diciéndome que me necesitas, que te estás muriendo de la resaca. Eres débil y te rajas rápido.
-Sí, me debilito rápido.
-Y eres tan estúpido conmigo, nunca te pones caliente. Vosotros los escritores sois tan... delicados... No podéis soportar a la gente. La humanidad hiede, ¿cierto?
-Cierto.
-Pero cada vez que cortamos empiezas a dar fiestas gigantescas de cuatro días. Y de repente te vuelves ingenioso. ¡Empiezas a hablar! De repente estás lleno de vida, hablando, bailando, cantando. Bailas en la mesita de café, lanzas botellas por la ventana, interpretas fragmentos de Shakespeare. De repente estás vivo, cuando yo me voy. ¡Oh, me han contado cosas acerca de esto!
-No me gustan las fiestas. Me disgusta especialmente la gente en las fiestas.
-Pues para ser un tío al que no le gustan las fiestas, celebras unas cuantas.
-Escucha, Margie, no entiendes. Ya no puedo escribir. Estoy acabado. En algún lugar torcí el rumbo. En algún lugar morí en medio de la noche.
-De la única manera en que te vas a morir es de una de tus monumentales resacas.
-Jeffers dijo que incluso los hombre más fuertes pueden quedar atrapados.
-¿Quién fue Jeffers?
-Fue el tío que convirtió el Gran Sur en una trampa para turistas.
-¿Qué vas a hacer esta noche?
-Iba a irme a escuchar las canciones de Rachmaminoff.
-¿Quién es ese?
-Un ruso muerto.
-Mírate. Te quedas ahí sentado como un idiota.
-Estoy esperando. Algunos tíos aguardan dos años. A veces la inspiración no vuelve nunca.
-Supón que no te vuelve nunca.
-Entonces me pondría mis zapatos y bajaría andando por Main Street.
-¿Por qué no te buscas un trabajo decente?
-No hay ningún trabajo decente. Si un escritor abandona la creación, está muerto.
-¡Oh, vamos, Carl! Hay millones de personas en el mundo que no trabajan en la creación. Quieres decir que están muertas?
-Sí.
-¿Y tú tienes alma? ¿Eres de los pocos con alma?
-Podría decirse que sí.
-¡Podría decirse que sí! Tú y tu miserable maquinita de escribir! Tú y tus cheques enanos! Mi abuela gana más dinero que tú!
Carl abrió otra botella de cerveza.
-¡Cerveza! ¡Cerveza! ¡Tú y tu condenada cerveza! Está presente incluso en tus historias: < Marty cogió su cerveza. Al levantar su mirada, vio a una magnífica rubia entrar en el bar y sentarse a su lado... > Tienes razón. Estás acabado. Tu material es limitado, muy limitado. No puedes escribir una historia de amor, ni siquiera puedes escribir una decente historia de amor.
-Tienes razón, Margie.
-Si un hombre no puede escribir una historia de amor, es un inútil.
-¿Cuántas has escrito tú?
-Yo no pretendo ser escritora.
-Pero -dijo Carl-, pareces tomar una pose de estúpido crítico literario.
Margie se fue pronto después de eso. Carl se sentó y bebió el resto de las cervezas. Era verdad, la literatura le había abandonado. Esto haría felices a sus enemigos de las catacumbas. Podrían subir un jodido escalón. La muerte les complacía, tanto a subterráneos como a escritores con éxito. Recordaba a Endicott, sentado allí y diciendo: .
Sonó el teléfono. Carl lo cogió.
-¿Señor Gantling?
-¿Sí? -contestó.
-Quisiéramos saber si a usted le gustaría venir a dar una lectura en el Fairmont College.
-Bueno, sí. ¿Para qué fecha?
-El treinta del mes próximo.
-No creo tener nada que hacer para entonces.
-Nuestra paga usual son cien dólares.
-Me suelen dar ciento cincuenta. Ginsberg cobra mil.
-Pero es Ginsberg. Sólo podemos ofrecerle cien dólares.
-De acuerdo.
-Muy bien, señor Gantling. Le mandaremos los detalles.
-¿Qué me dice del viaje? Son varias horas de carretera.
-De acuerdo, veinticinco dólares por el viaje.
-O.K.
-¿Le gustaría hablar a los estudiantes en sus clases?
-No.
-Hay un almuerzo gratis.
-Entonces sí.
-Muy bien señor Gantling, estaremos por el campus esperándole.
-Adiós.
Carl dio una vueltas por la habitación. Miró la máquina de escribir. Puso una cuartilla de papel en el rodillo, se asomó a la ventana y vio pasar a una chica con una minifalda increíblemente corta. Empezó a escribir.
Carl cogió su cerveza. Era agradable volver a escribir de nuevo.

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Daniel Alarcón Osorio

 
Hoy, es otro día, afortunadamente


Luego de verla venir de regreso de la misma ruta en que salió, observó dentro de sí mismo que el cosquilleo le volvía pero de forma diferente.
 Recordó el tiempo vivido, el tiempo añorado, el tiempo deseado, el tiempo esperado, el tiempo conversado y cerró los ojos, mientras ella se acercaba. Ella sonrió muy a su manera, muy a su manera, con su sonrisa de Monalisa, que era la sonrisa a su manera.

La vio venir, abrió la puerta del vehículo, la saludó con un beso tibio, pero distante y nervioso, en la mejilla; mientras ella, ufana, sentía de nuevo que estaba ganando, pese a que fue él quien la llamó, mientras salía de dar una conferencia sobre el paradigma cartesiano (causa/efecto, pues) y cuestionar la autoridad pedagógica de los maestros o profesores y de la escuela como tal, a profesores en servicio, futuros pedagogos, haciéndoles una fulminante pregunta: ¿por qué habiendo tantos pedagogos, la educación en el país, no ha cambiado? Aplicable también para todas los profesionales y profesionistas que se ejercitan haciendo docencia.
Mudos se quedaron, mudos hacen que sean sus estudiantes con su forma tradicional de enseñar, les dijo. De este tipo de conversaciones tuvieron muchas con finales duros por la formación de cada uno, sumado a sus propias vivencias y experiencias de vida. ¡Pero nada cambió! Nada.
Le entregó los recuerdos que había recién elaborado con palabras y ahora editados. Recibió las gracias y empezaron a preguntarse por sus vidas, trabajo, hijos, familias, luego de estar ausentes desde hacía un año o más, pues no se sabe si lo que predomina es el tiempo reloj o el tiempo psicológico en cuestiones afectivas.
Se entretuvieron en los aspectos que según su contexto se llenaba de ilusiones y alegrías, en la parte de sus hijos, horizontes de realidad de los padres, según el turno de cada uno en la conversación que intentaba cubrir los silencios generados por la distancia, silencios que generan en la vida y lo humano oscuridad por más que se abran o cierren los ojos, donde la memoria no siempre los trae renovados, salen en claroscuro y pocas veces en technicolor y se rió al recordarse de la Oración por Marilyn Monroe de Ernesto Cardenal y que disfruta leyéndolos a jóvenes como una forma de acercarles nuevas perspectivas a través de otras voces, de otros sueños, de otras denuncias y de otras búsquedas artísticas.
Luego cada uno habló sobre sus trabajos y los cobros políticos que le hacía su jefe en el área de trabajo por el poder que estaba perdiendo ahora que volvía a haber elección, mientras Foucault, aparecía en su mente, luego de aquellas lecturas solitarias de la Microfísica del poder, al no tener con quien conversar con sus colegas, pues ninguna de ellas lee, ni ellos, y buscan que los demás lean[1]

Ironizó con una frase gastada, que el infierno está lleno de buenas intenciones, olvidando que la pasión práctica más conocimiento puede llegar a resolver muchas cosas mientras haya vida y nos unamos superando nuestras diferencias estúpidas y no seguirle haciendo el juego al sistema.
La ignorancia es atrevida, se dijo para sí mismo e incluyo a los colegas hombres también y no lo consideren un machista rencoroso, pues para todos da Dios se corrigió y soltó una carcajada de pura catarsis.
Mientras llegaban al punto adonde le había pedido lo dejara y que las lluvias intensas y el lento avanzar por tanto hoyo en el asfalto y los buses que prolongaban los horarios o cumplimientos de compromisos de reuniones, reflexionaba y se había dado cuenta que había tenido miedo.

Lo había tenido bien guardado y le hacía daño, mientras le decía que si podían festejar el día del padre, su cumpleaños, todas la fiestas dejadas de compartir –y con eso evidenció que hacía mucho, mucho, pero mucho, no se veían- y que por pura cortesía dijo sí, claro, me avisa y con gusto.
Había tenido miedo, se repitió y que era lo que había tenido bien guardado por si quien lee no se recuerda. Había sentido que la suerte también lo había abandonado, si es que alguna vez la tuvo. Había sentido que ya no podría seguir intentándolo. Había sentido que únicamente había que actuar como ser vivo, al haber recibido de su interacción como humano, destrucción y bloqueos permanentes y con ello la amiga soledad había estado presente. Había estado en la oscuridad y lo sabía, hasta que la bendita vida le permitió conocerla, no a la de la sonrisa estilo Monalisa, no, ya no, para su fortuna emocional.

Cuando la conoció, se preguntó con mucha intensidad e insomnio y quedarse en blanco e intentar saber, qué le quería decir la vida en estos años de su vida y empezó a ver de nuevo y a creer que Dios aparecía en mayúsculas por el amor que lo hacía volver a sentirse vivo sin tener que aceptar celebrar nada, porque hoy, afortunadamente, es otro día, otro tiempo. Ah, pero la vida, ah, la vida, enseña que hasta que no se conoce a las personas no se sabe cómo serán o son. Descubrió a un ser egoísta, individualista (el amor no lo es), inconforme con lo que recibía pero no para darse, complejo Cenicienta dice la teoría psicoanalítica.
Y ella, lo sabe, lo sabe, cuando se lo repite y sus llamadas telefónicas no son respondidas, mientras él ojea De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver y suena Suavecito de Tito Puente, mientras él sabe que hoy, afortunadamente es otro día y está solo, aunque sabe de memoria que nada es tan intolerable para un hombre como vivir sin amores, cuando nos domina una terrible soledad y nos sentimos desamparados y vacíos, por ahora.

Notas:

[1](Ay, de ellas –también de ellos- si nadie lee, y uno se da cuenta que son puro discurso: ciegas y ciegos de su ignorancia, no videntes, usureras y usureros de la diz que verdad absoluta, sobre qué es primero: el currículum o la vocación o las instituciones o los alumnos o los libros o la sociedad o los directores o los decanos o terminan diciendo que los padres no colaboran y que ellas no son las madres o padres de los patojos. ¡Excusas de salón!).