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martes, 3 de enero de 2012

Enrique Epelbom



Existencia Sencilla

 Soy la menor de las hermanas, la mimosa, como suelen decir en la familia. Me crié en esta
 casa inmensa del barrio norte, casi sin salir a la calle. Sus amplias habitaciones y grandes jardines cubrían todas mis necesidades de niña y aparte de éso la distancia entre la casa y la calle, eran para mis piernitas un camino sinfín, sin contar que el portero no me dejaría salir sola. Pero crecí y debí ir a la escuela y allí conocí el otro mundo. Mis compañeras utilizaban palabras desconocidas, en especial cuando regañaban y despacio fuí aprendiendo y también supe que no las debía utilizar en casa. Pero lo que mas me dolió saber, era que todas mis compañeras tenían madre y también padre, yo no conocí al mío, solo tengo una vieja foto que en resumen es la única que existe en casa. 

Mi padre murió al caerse su avioneta al mar y eso fue poco después de mi nacimiento. Mis hermanas lo recordaban, pero yo, "la mimosa" debía conformarme con la foto. La muerte de mi padre había marcado profundamente la vida en la casa, nosotras repetíamos todo el tiempo la escena de la tragedia, pero siempre en nuestros cuartos, sin que nadie nos escuchara, pues mi madre nos lo tenía prohibido. Ella casi no estaba en casa, atendía los negocios de la familia que redituaban el dinero que mantenian todo eso que nos rodeaba, incluso el silencio de la muerte de mi padre. Cursé todos mis estudios en institutos privados, pero la universidad, decidí debía ser la del estado. 
Después de las clases tenía el ritual de sentarme en el café Opera en una mesa fija en el rincón mas alejado de la entrada y allí escribía las tesis o alternaba con algún compañero hasta las siete de la tarde, en que el chofer pasaba a buscarme y volvía al barrio norte. 
Nunca me había pasado que mi mesa en el Opera se encontrara ocupada a las cinco cuando yo llegaba, pues para eso repartía propinas generosas y aseguraba mi propiedad. Pero ese lunes, justo una semana después del fallecimiento de mi madre, regresé a la universidad y por supuesto al café y grande fue mi sorpresa al llegar a la mesa y comprobar que estaba ocupada, y no solo ocupada. En la silla enfrentada a la que yo ocuparía, se hallaba sentado un hombre mal vestido, limpio pero desprolijo, había depositado sobre la mesa un maletín de cuero desgastado que alguna vez había sido de color marrón. El mozo se acercó disgustado tratando de justificarse, pero el ocasional visitante lo alejó con buenos modales. Lo tenía frente a mí y no sabía que quería, su pelo blanco y descuidado caía sobre su cara y él nerviosamente lo acomodaba nuévamente. Fijé mi mirada en el rostro ajado, el que me resultaba familiar, traté de descubrir su parecido, pero en ese momento sus labios resecos comenzaron a moverse. 
-Tu eres Morena?, preguntó con seguridad y sin esperar a que yo contestara, agregó: -No te asustes, vine a contarte una historia. Me quedé muda, nunca había estado tan cerca de un vagabundo, cuando los veía por la calle los evitaba y ahora uno de ellos me propone un diálogo, ya mas adaptada al encuentro acepté, mas por curiosidad que conociera mi nombre que por la misma historia. 
-Yo fuí hijo único de una acaudalada familia y con el tiempo heredé una fortuna que me posibilitó ser un próspero industrial, con todas las ventajas que eso supone, buenas casas, autos, viajes y todo lo que normalmente muchos soñarian poseer. Me casé con la mujer que quería y tuve tres hijas. Cuando mi mujer estaba embarazada de la tercera, comprendí que toda mi vida había sido un fracaso, no había vivido nunca en familia, no tenía ni idea de lo que pasaba en el país, solo sabía hacer plata y colmar en exceso todas las necesidades de mi familia. En ese momento decidí cambiar radicalmente mi vida, para evitar que mis hijas fueran el mismo modelo de fracasado en la vida que yo irradiaba. Le propuse a mi esposa abandonar ese mundo de falcedades, intrigas y superfluidades y comenzar de nuevo en un nivel medio que permitiera a nuestras hijas ser seres humanos normales y sanas de espíritu. Tenía la ilusión que aceptaría, pero no fue así y allí comenzó un conflicto, que, a los pocos meses era tan profundo, que yo ya había decidido abandonar todo. 
Estaba anonadada, por la historia, por la rectitud de ese hombre de apariencia vulgar, pero había recobrado la calma y entonces ordené trajeran mi café habitual y a pedido del desconocido un coñac doble que lo tomó de un solo trago. Esta pausa me permitió observarlo mejor, detrás de esa barba desprolija se denotaban rasgos finos y me reí para mí pues lo encontré parecido a Amanda mi hermana mayor, ya me imaginaba cizañándo para reírme de ella como "la vagabunda sin barba". 
-No conocí a mi tercer hija. El mismo día del parto abandoné la ciudad con lo que tenía puesto y advertí a mi mujer que no me vería más. Mi avioneta me llevó a un país vecino, donde la vendí y con ese dinero y mi trabajo diario en una fábrica viví dignamente treinta años, como yo quería, pero siempre pensando que mis hijas estaban perdidas. Esto y la soledad me llevaron al alcohol y pasado el tiempo he descubierto que lo único que cumplí fue que mi esposa no me vería mas. Salvar a mis hijas no pude, viví privado de ellas y por eso ahora vuelvo. –Morena, dijo, bajó la cabeza, abrazo con sus manos la copa vacía y agregó: -Soy tu padre, no estoy muerto, esta es la verdadera historia. Apoyó la cabeza sobre la mesa y lloró como un niño. 
Incrédula lo miraba sin entender, un hombre que no conocía ni por quien sentía nada se encontraba abatido en mi mesa. Por espacio de diez minutos no dijimos nada, en este tiempo fui conciente que ese hombre era el mismo de la foto de mi padre, mas viejo y descuidado. El se levantó de su silla miró el reloj que pendía en la pared de enfrente: -Son casi las siete y seguro que el viejo Marcus vendrá por ti, volveremos a encontrarnos, necesito el perdón de tus hermanas. Me ayudó a levantarme y nos quedamos frente a frente, mirándonos llenos de preguntas y miedos. Tomó su maletín y se marchó. 
Al verlo alejarse, volví a sentarme, pasó por mi cabeza todos esos años que viví sin padre, el orgullo de mi madre y el accidente inventado para justificar su abandono y todo solamente por que él pretendió una existencia sencilla. La bocina de un auto me hizo reaccionar, era el chofer que se impacientó por mi demora. Salí del Opera. Aquí debía comenzar mi vida. –Marcus, vuelve a casa, hoy viajo en colectivo. 


sábado, 24 de septiembre de 2011

Mario Levrero



LOS JÍBAROS


Temía que los Jíbaros redujeran su cabeza. El temor parecía instalado en él desde siempre, pero sólo en cierta etapa de su vida comenzó a cobrar la fuerza de una obsesión. 
Llegó a dormir con los dientes muy apretados y la cabeza muy hundida entre los hombros. Esto le provocaba fuertes dolores durante el día. La imagen predominante era la de su cabeza absurdamente empequeñecida, con los labios abultados y cosidos entre sí, y los párpados cerrados —tal como había visto alguna vez en una revista la fotografía de un auténtico trabajo jíbaro. 
Cuando se pusieron de moda, fugazmente, unos llaveritos con imitaciones en plástico de estas cabezas, evitaba las vidrieras de los quioscos y de los negocios de fantasías y durante un tiempo también evitó en lo posible salir a la calle. 
Y cuando el tormento lo acució a un grado difícil de tolerar, consultó a un terapeuta. Este le hizo ver que probablemente se tratara de un complejo de castración, derivado del Edipo. Él trató honestamente de asimilar la idea, y en otra entrevista explicó que no sentía el temor de otras formas de mutilación —como por ejemplo la guillotina—; que, desde luego, cualquier forma de mutilación, la castración incluida, sería para el una tragedia; pero que no era la mutilación en sí el tema central de su obsesión, sino aquella imagen que le había detallado prolijamente en la primera entrevista, y que en esa imagen había algo más, algo como un núcleo misterioso y diabólico a la vez que tonto y ridículo. El terapeuta no pareció interesado en ahondar en esos aspectos del problema, y después de algunas entrevistas más, limitadas a repetir más o menos el mismo esquema, él dejó de visitarlo. 
Algunas confidencias desesperadas a los amigos trajeron como consecuencia un período de burlas, a veces bastante directas, y hasta de bromas macabras. Una vez, en la calle, oyó una voz en falsete que gritaba "¡Cuidado'" "¡Los jíbaros!" y, sin intentar la identificación del bromista, se sintió hondamente traicionado. 
Algún otro amigo, con sincera simpatía, trató de absorber el problema y de ofrecerle soluciones. "Es un pueblo extinguido", o "Ya los jíbaros no se dedican a esas prácticas"; pero a él nunca le había interesado ese tipo de detalles: ni siquiera tenía idea de en qué región del mundo existían, si existían aún. los jíbaros; la misma palabra, "Jíbaros", sólo tenía para él significado en la relación con la imagen que lo atormentaba, y comprendía perfectamente que el tormento sería el mismo aunque los jíbaros hubiesen sido el producto de la imaginación de un escritor o de un historietista. 
Llegó a temerle al sonido del timbre de la puerta de calle, y muchas veces dudó en atender, o directamente no atendió: no esperaba exactamente encontrarse con un grupo de jíbaros en la puerta, pero sí con algo que pudiera complicarlo en una aventura cualquiera que desembocara en la reducción de su cabeza. 
Se notaba cansado, envejecido, triste y sin perspectivas de futuro. No le gustaba la bebida, pero de tanto en tanto, por distraer la obsesión, entraba a algún boliche y tomaba una copa, o dos. Una noche tomó tres, y eso le permitió franquearse con un desconocido en el mostrador. 
El desconocido estaba mal afeitado y usaba una ropa que parecía quedarle un poco grande. Lo escuchó atentamente, y sólo le interrumpió para exigir una mayor precisión en un par de detalles, que a él le habían parecido por completo accesorios. 
—Lo suyo es admirable —dijo por fin el desconocido, y el se sorprendió. 
Espió el semblante del otro y no encontró el menor atisbo de burla, sino una especie de ternura, o tal vez de dolorida sabiduría en la mirada, que lo hizo sentirse mejor. 
—Fíjese —continuó el desconocido—. Me paso el día escuchando estupideces. Todo el mundo preocupado por cuestiones irreales, las cuotas del coche o del televisor, el partido de fútbol del domingo, la política... Usted tiene un problema real, un problema que es verdaderamente suyo. Me alegro de haberlo conocido -y con la copa minúscula en la mano, hizo un ademán como para brindar pero, sin agregar más nada, la bebió de un largo trago. Luego pareció perder interés en lo que lo rodeaba. 
Pasaron unos días, y él se fue sintiendo cada vez, mejor. Poco a poco iba perdiendo el miedo. Sabía que muy probablemente su cabeza terminara ridículamente reducida, con los párpados y los labios abultados y cosidos, colgando como trofeo a la entrada de alguna choza, entre los pechos de una negra o en la vitrina de un museo, pero esta idea ya no le hacía perder dignidad. La imagen le seguía repugnando, pero en adelante, ya no le impediría vivir... 

ROBERTO PANIAGUA



 

Rasgos De Familia


Tío Ernesto acomodaba el trípode; ya había medido la luz que entraba por la ventana. En esta época del año, a las cinco de la tarde, el sol se mete por el costado de la medianera de doña Juana, la vecina, y llega hasta el último rincón del living.
—Hay que sacarla ahora —opinó el tío Rolando, mientras se acomodaba el audífono. En un rato los chicos desacomodan todo y es imposible —agregó. Y cómo buen sordo, gritó a mi oído:
—Aprovechemos que las viejas tienen los labios pintados, después de comer,  se empiezan a soltar los botones. Y ni hablar del maquillaje, queda todo en la servilleta.
—¡Que venga la abuela! —apuró Ernesto, que meticuloso ajustaba la cámara.
Cristina, la mayor de las primas golpeaba la puerta del baño.
—Dale, dejame entrar, me pinto los pómulos y listo...
Roxana y Andrea, las hermanas, gritaban desde adentro
—¡Ya vaaa!.
Hay reuniones familiares, en que las mujeres, ya madres, se convierten otra vez en adolescentes.
Me miré en el espejo del modular: pantalón crema, mocasines marrón claro y chomba beige. Aún me podía peinar para atrás, pero pronto ya no me alcanzaría el pelo. La panza decía presente, aunque nada que no se pudiese disimular apretando un poco el cinto y si aspiraba hondo, en la foto, ni se notaría.
Pasé por la cocina. Varias mujeres se repartían las tareas con bandejas de sanguches y bocaditos. Susana, mi mujer, terminaba de ponerle crema a la torta con una manga y al pasar a mi lado me dio un beso.
—Fijate como está Gastón, esos indios lo pueden matar.
La escalera que da a la planta alta del chalet estaba adornada con globos de colores.  Me tomé del pasamano con cuidado, porque además, habían colgado cartulinas que decían: “FELIZ 80 ABUELITA”.
En el pasillo me crucé con Ricardo, mi hermano mayor. Sentí su mano en mi brazo.
—Vení, vení —me dijo haciendo gestos de guardar silencio.
Entramos a la pieza que da al balcón, cerró la puerta y empezó a hablar con gestos nerviosos.
   Entendeme vos por lo menos, no te sumes a esa jauría de criticones. Cuando pregunten por qué no traje a Rosa, daré cualquier excusa. No puedo explicarles a todos lo que pasa. Yo sé que insistí mucho para que la aceptaran, y ahora la hago desaparecer. Pero no puedo, es que así no puedo seguir con ella. Después de sus últimos exámenes, decidí cortar. Su problema cardíaco se va agravando.
Lo miraba serio, tratando de entender lo que se escapaba a borbotones de su boca.
—No puedo volver a recorrer sanatorios y médicos con esa sensación de que no hay cura —agregó —y que la muerte anida otra vez cerca mío. La verdad es que no la amo para tanto. Ya amé y sufrí bastante por mi mujer. ¡Otra vez no! me tomó de los brazos y mirándome a los ojos completó: Mirame, ¿me entendés?, ¡otra vez viudo..., no!
Se acercó a la ventana y mirando la calle susurró: Yo quería divertirme. Volver a salir, viajar, pasarla bien…
No sé si lloraba, pero su vista estaba vidriosa, creo que no me veía y dudé si ya, a esta altura, me estaba hablando a mí. Salí despacio, sin hacer ruido al cerrar la puerta.
Cuando llegué a la pieza de atrás vi a los más chicos jugando con cubos de madera y muñecos de peluche. Tomé a Gastón de la cintura y abrazándolo me lo llevé para la foto.
Delfina, la hija mayor de Cristina, corría llorando porque alguien le había desgarrado el vestido. Imaginando la reacción exagerada de la madre, traté de calmarla y le dije que con dos o tres puntaditas eso se arreglaba. La agarré de la mano y la llevé conmigo.
En la planta baja, la abuela ya estaba en su sillón, ocupando el lugar central. Todos los mayores sentados en sillas y los más jóvenes parados. A los chicos los fueron ubicando en el suelo.
Tío Ernesto mirando por la lente hacía señas con las manos
—Juntase, juntarse— decía.
Me quedé grabando esa imagen en mis ojos. De pronto, pude ver hasta los que ya no estaban, como mamá.
Es un puñado de familia, de gente común. De seres amados.
Algún día voy a tratar de escribir rasgos de cada uno de ellos. ¡Es para hacer una novela! Son únicos. ¿O en todas las casas será igual?
Corrí hasta mi lugar. Susana, al ver que el nene no quería quedarse sentado en el piso, lo puso en mis brazos.
Ernesto apretó el obturador y se apuró a llegar a su silla.
Una luz blanca de flash, llenó la habitación.

Roberto Paniagua

JUAN MARTINI



Nació en Rosario (provincia de Santa Fe) en 1944. Vivió veinte años en su ciudad natal y en Barcelona desde 1975 hasta 1984. Hoy vive en Buenos Aires. Ha sido librero, periodista y editor. Entre otras, recibió las siguientes distinciones: Premio de Novela Ciudad de Barbastro (España, 1977), Beca de la Fundación Guggenheim (Estados Unidos, 1986), Premio Municipal de Literatura (Buenos Aires, 1990), Premio Boris Vian (Buenos Aires, 1991). Ha publicado en castellano en Argentina, España y Cuba. Relatos y novelas fueron traducidos al esloveno, holandés, francés, italiano y alemán.   Ha publicado cuatro libros de relatos y diez novelas.   En 1999 se publicó un nuevo libro de relatos, Barrio Chino, y en el año 2000 la novela El autor intelectual.

Vía Layetana

        Fue el martes 17 de octubre de 1978. Lo recuerda bien porque se encontró allí, a primera hora, con Pacho Soulé y hablaron de todo esto. Mientras esperaban, él leyó: "Annuntio vobis gaudium magnum. Habemus Papam. Eminentissimun ac reverendissimun dominum Carolum. Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Wojtyla qui sibi nomen imposuit Joannem Paulum Secundum." Eso decían los diarios en un latín que él imaginó transcrito con apremio y desconcierto inmediatamente después de las precisas palabras del cardenal Pericle Felici, anunciante del suceso y hombre ufano –según fuentes confiables de la Santa Sede– de su dominio de la lengua de Virgilio.
   La elección de Karol Wojtyla había desencadenado alúdes de cables, informes, notas, artículos, editoriales, opiniones, fotos, interrogantes, vaticinios, interpretaciones y pronósticos, y de pronto los periódicos precisaban la identidad de ese ignoto purpurante polaco y hablaban de Katowice –diócesis de Cracovia– y "La Vanguardia" traducía Karol al latín como Carolum y "El País" como Karlo –o habían copiado así el télex, o habían oído eso, por teléfono, de boca de sus corresponsales o enviados especiales, o el latín muerto de Barcelona no era el mismo que el muerto de Madrid– y un periodista acreditado recomendaba pronunciar –en nombre de la fonética polaca– Voitiua el apellido Wojtyla.
   Pacho Soulé se retorció sus bigotes de gondolero veneciano en una tarjeta postal y dijo:
   –¿Será posible?
   El dobló el diario y miró a través de la lluvia al agente de la Policía Nacional de guardia en aquella puerta lateral de la Jefatura, en la vereda opuesta, iluminados como estaban a las siete de la mañana por los faroles de gas de mercurio. Pero no pensó nada. Tampoco se preguntó si el dichoso Cardinalem Wojtyla sería un moderado, un ultra, un posibilista, un prusiano, un cretino o un cristiano. Se sentía resignado. Contemplaba al agente de la Policía Nacional, miraba la franja roja en su gorra gris, la metralleta entre las manos, los zapatos negros y humedecidos, como los de él, por la lluvia y recordaba algunas de las divagaciones que acaba de leer. Por ejemplo: "En Roma se ha tratado de buscar explicación a las relaciones del pueblo romano con el Papa. Sólo los romanos parecían tener prisa en estos días de cónclave. Hay quien ha creído ver una sensación de orfandad, merecedora de psicoanálisis, en aquellos que han acudido cada día a esperar la fumata y que silbaban y protestaban cuando aparecía el humo negro. Otros, apoyándose en la antropología, han visto lo que el cónclave tenía de fiesta en la antigua Roma: una fiesta que llenaba las calles de presos amnistiados y que ahora constituye uno de los pocos espectáculos gratuitos que ha dejado la historia." Pensó, entonces sí, que una frase como ésa era impenetrable –Hay quien ha creído ver una sensación de orfandad–, y también pensó que la historia ha dejado no pocos sino demasiados espectáculos gratuitos.
   La tarde anterior él había puesto la radio a las seis y cuarto. Sólo dos minutos después se había producido la fumata blanca. De modo que había encendido el televisor y se había quedado esperando. A las siete la plaza de San Pedro había aparecido en la pantalla y él había visto al latinista Pericle Felici anunciando: "Habemus Papam" –¿Joannem o Joanus?, se preguntó, es claro, aquella mañana del 17 de octubre de 1978, en Vía Layetana, bajo la lluvia–, y en seguida también había visto a Karol Wojtyla ya investido, hablando en italiano primero y a continuación impartiendo la "Urbi et Orbi" en latín, desde luego: es decir, toda la irreal ceremonia bajo la luz de los reflectores en el oscuro atardecer romano. Para colmo el único diccionario que le fue posible consultar ese mismo día, el 17, en la casa del Gurí Roldán –la octava edición corregida y aumentada del "Nuevo Diccionario Latino-Español Etimológico", de Raimundo de Miguel y El Marqués de Morante, Madrid 1926–, traducía Juan como Joannes, desconcierto y desilusión que el Gurí aprovechó para decir:
   –Lo que pasa es que Habemus Papam pero Non Habemus Pampa.
   Sin embargo Pacho Soulé y él no estaban en Vía Layetana. En realidad esa era la calle de Mieres, puesto que debían entrar en la Jefatura por la puerta lateral después de hacer la cola en la vereda de enfrente. Pero estar allí era estar en Layetana, como se sabe, y debían obedecer las indicaciones del agente de guardia, cruzar de uno en uno, mostrar el pasaporte, subir las escaleras y hacer otra cola para presentar por fin la solicitud de permiso de residencia y los comprobantes necesarios, sabiendo de antemano que no les concederían la residencia sino, en cambio, como un premio consuelo, un nuevo visado de permanencia en el país sólo válido para otros tres meses, y que les devolverían el pasaporte con un sello rojo que rezaba: No autorizado a trabajar en España.
   Así que Pacho Soulé dijo:
   –Me tendría que haber puesto un pullover.
   El recuerda todavía esas palabras por algo que aparentemente no tiene nada que ver: Pacho Soulé siempre le preguntaba por qué los personajes literarios no hacen las cosas que uno hace todos los días. Y él nunca encontraba más que una respuesta paradójica, lineal, y más o menos estúpida, aunque sospechaba que en un cierto sentido los personajes literarios pretendían hacer esas cosas y en muchos otros ni siquiera lo intentaban, pero también era posible –y ésta fue aquella mañana su etérea respuesta– que no las hicieran por falta de tiempo. A veces los personajes tenían que realizar tantos actos trascendentes, o puramente novelescos, que no les quedaba tiempo para otros, quizás nimios, pedestres, oblicuos o diletantes pero a la vez, sin duda, justificables. Esta explicación no le aclaraba nada a Pacho Soulé, que seguía pensando que esa gente –los personajes, claro– lo único que hacía era perder el tiempo, de modo que el martes 17 de octubre de 1978 repitió textualmente esta convicción y agregó que tenía mucho frío.
   Dos marroquíes se sumaron a la cola.
   –Sí, refrescó –dijo él–, de ayer a hoy. Se viene el invierno.
   Pacho Soulé se frotó las manos y dio pataditas en el suelo. Estaba más pálido que de costumbre.
   –Suerte que por lo menos me puse una camiseta –dijo–. Mirá, con la cuestión del despertador, que tenía que sonar a las seis, me desperté a las cinco y media. Yo siempre me levanto temprano, más o menos a esta hora: siete y cuarto, siete y media... Tomamos unos mates con Ofelia y charlamos. A veces discutimos un poco. Uno también discute, ¿no? La cuestión es que a mí el mate me despeja, me hace bien. Antes de tomar mate, por ejemplo, pienso que en cualquier momento se va todo a la mierda. Pienso en Hugo, ¿sabés? El pibe no tiene papeles y no sé cómo se va a arreglar para que no lo echen. Bueno, me da por pensar cosas así. Pero después de tomarme unos mates ya me siento mejor. Entonces me afeito y me baño. De todas maneras hay días en que no quiero ni mirarme en el espejo. Es tal la bronca que tengo. A veces me dan ganas de cagar y entonces leo un poco... La cuestión es que en total debo tardar unas dos horas en ponerme a punto. Por lo general a las nueve ya estoy listo y empiezo a laburar.
   Después de los marroquíes apareció una filipina, y, en seguida, el Bulldog. Cuando llegara la hora de comenzar a entrar en la Jefatura serían más de doscientos en la calle de Mieres. Así eran las cosas por aquel entonces en Vía Layetana.
   El Bulldog no sabía ni quién era ni de dónde había salido el cardenal Karol Wojtyla, pero en un bar había oído que el nuevo Papa se llamaba Juan Pablo II. Albino Luciani se había ido como un pajarito. La elección decidida por el Espíritu Santo, evidentemente, no le había caído bien sino indigesta como una torta frita. "Christus vincit, Christus regnat."
   El Bulldog era peruano, hacia veintitrés años que vivía en Barcelona y estaba casado con una mujer española.
   –Pero parece que ahora quieren echarnos a todos de este país –dijo.
   –Sí –respondió Pacho Soulé–. Sobre todo a los que no tienen papeles.
   –Yo tengo –repuso el Bulldog.
   Sacó un carnet de la Federación Catalana de Lucha y se los mostró. En la foto parecía menos feo de lo que en verdad era. Tenía, simplemente, cara de bulldog, con ojos de chino y pelo gris. Por eso le habían puesto ese nombre: una cuestión profesional.
   –Y usted, ¿de dónde es? –preguntó.
   –De la Argentina –dijo Pacho Soulé.
   –Ah. Yo luché en el Luna Park, ¿sabe? –El Bulldog hizo una pausa y agregó–: Luché con Karadagián.
   –¿Con Karadagián?
   –Claro que sí. –Miró al agente de guardia, en la vereda opuesta, y señaló los diario que él sostenía bajo un brazo–. Dicen que nos van a echar nomás, pero yo la nacionalidad española no pienso pedirla, por más que me corresponda.
   –¿Por qué no piensa pedirla? –le preguntó él–. Si su mujer es de acá no pueden negársela, y así terminaría con todo este quilombo.
   –Mire –dijo el Bulldog–, a mí la renovación del pasaporte peruano me cuesta nueve mil quinientas pesetas todos los años, ¿sabe?, pero yo prefiero pagarlas.
   –¿Por qué? –le preguntó Pacho Soulé.
   El Bulldog se retiró unos pasos y durante varios segundos les dio la espalda. Cuando giró nuevamente hacia ellos, bajo la lluvia, sus ojos chinos era apenas dos rayitas. Abrió la boca y se le vieron los dientes:
   –¿Quiere saber por qué?
   –Sí –dijo Pacho Soulé.
   –Bueno, se lo voy a decir.
   –¿Por qué? –insistió entonces él.
   Y el Bulldog dijo:
   –Por la nostalgia.






GUSTAVO MURILLO


  Alas en la Cabeza


Durante toda mi infancia tuve una especial afición por los pájaros. Podía pasarme tardes enteras observándolos detenidamente, miraba con deleite sus plumas, sus alas, sus costumbres nerviosas pero al mismo tiempo delicadas. También aprendí a reconocer su especie y hasta su sexo según sus trinos. Disfrutaba de ellos y me identificaba con su género.
Mucho se ha escrito ya sobre ellas. Ah, las aves, la libertad, la belleza, el espíritu, las ideas incluso… Con los años me di cuenta de que todas esas inspiraciones, esos pensamientos laterales son idealizaciones ciertas, pero solo como bosquejo. Los pájaros hoy me parecen frágiles entelequias de lo bello y lo profundo que hay en los horizontes de los buenos propósitos de los hombres.
En fin, me estaba alejando peligrosamente del tema. Me estaba volando. Cuando yo era niño me convertí en un pequeño sabelotodo sobre el universo de las aves. Mis padres, queriendo probar y disfrutar de mi aprendizaje me preguntaban de vez en cuando sobre el canto de tal o cual pájaro y si esto significaba la llegada de alguna lluvia, o viento, o simplemente sol. Yo no comprendía estas señales por más que me las enseñasen. Chocaba a mi sensibilidad que hubiese algo de instrumento en la belleza ofrecida por esas pequeñas vidas, como si al ser simples señales de lo que diaria y repetidamente ocurría fuesen a perder la etérea belleza, lírica, delicada, que mi imaginación les dotaba.
Mis idealizaciones infantiles chocaban tan fuertemente con la realidad del mundo que no tardé mucho tiempo en salir por las tardes a observar mis pájaros con una gomera y piedras en los bolsillos. Mis primeros crímenes tuvieron algo de ritual pero el tiempo pasó sobre esos paseos, y al volverse finalmente un hobby quedó solo algo de resentimiento y necesidad de dominio en mis ataques. Hoy lo puedo expresar pero estoy seguro que ya lo pensaba en esos lejanos años. Esos pequeños seres podían ser simples manojos de plumas que casi estallaban gracias a mi buena puntería, podían ser solo instrumentos meteorológicos (y bastante poco fiables en verdad) pero, aun así seguían siendo libres y hermosos. No porque yo los conociese ni los apreciara sino porque esas sencillas e inútiles criaturas volaban, brillaban y cantaban.
Inútiles, hermosos, libres. Ya no me caían simpáticos para nada, pero no le confesaría a nadie esa desilusión.
En mi hogar mis padres me festejaban la buena puntería, mis abuelos más aún. Un día mí abuela, ya senil, comenzó a rememorar frente a mí, un poco hablaba para mí, creo. Me contó una extraña historia. Aunque revuelta y confusa, aún recuerdo lo que pude entender.
En el pasado Bermejo recibía la cotidiana visita de los indios. Melancólicos todos, alcohólicos la mayor parte y vendiendo o trocando sus mercancías los menos. No constituían en absoluto un grupo homogéneo. Algunos con sus orejas, cejas, narices y labios traspasados con pequeños huesos, semillas o aun botones. Otros con todo su cuerpo dibujado con estilizadas cicatrices luego pintadas de oscuros colores. Muchos llegaban solo a mendigar comida. A ellos les parecía natural que la gente de trabajo los alimentase. A ellas debería decir porque casi siempre eran las mujeres cargadas de hijos las que recorrían las calles castigadas por el hambre y el sol, suplicando el pan ya viejo y duro de los criollos.
Extrañas gentes. Hoy que vuelvo hacia mi ayer muy de vez en cuando, las definiría como un desfile bizarro. Mi abuela me habló en especial de unas que a mí me hubiesen interesado especialmente. Indias polvorientas que llevaban pequeños colibríes iridiscentes que les revoloteaban, amaestrados. Estas criaturas iban y volvían desde las cabezas de sus dueñas. Me costaba creerlo, imaginaba a esas mujeres entrenando desde generaciones a esos pequeños pájaros para que habitasen allí entre sus cabellos revueltos. Es esa una imagen que traspasa cualquier pensamiento racional. Había allí verdadero arte, más allá de las razas y culturas, la belleza de esas mujeres coronadas de vuelo, coronadas de cielo.
Los chicos de Bermejo se escondían donde podían y desde allí trataban de matar a pedradas a los pájaros que orbitaban hipnotizados a las indias, más de una habrá caído desmayada, herida más o menos accidentalmente en esos ataques, pero ellas continuaron viniendo al pueblo. Creo que eran perfectamente conscientes del escándalo que armaban con su belleza extravagante, creo que disfrutaban viendo a las amas de casa que las miraban escondidas tras las puertas de sus casas, no porque no quisiesen compartir su pan con ellas sino solo porque no había ningún pañuelo o sombrero que pudiese competir con ese atavío vivo y libre.
Así se instaló una pequeña guerra no declarada ni reconocida pero aun así determinada y feroz. Una guerra de miradas duras, furiosas o despectivas y de lenguas filosísimas de las mujeres del pueblo hacia estas indias que respondían haciéndose las desentendidas y llevando sobre sus cabezas a sus amigos los pájaros.
Pero, pasado un tiempo, Bermejo respondió con inteligencia. Había algo que podía hacerse y no creo que la gente del pueblo actuase espontáneamente. No, yo creo que alguien un poco más espabilado, no sé si el cura, algún gerente o alguien con cierta autoridad definió una estrategia sencilla y eficaz. Nadie debía hablar de las aves, ni mirarlas ni atacarlas. Debían volverlas invisibles y desaparecerían con el tiempo.
Las indias continuaron llegando al pueblo y las amas de casa las recibieron altivas en las aceras, dándoles algunos mendrugos, mirándolas con lejanía pero siempre a los ojos, nunca más a sus pajaritos danzantes. Los hombres no hicieron menos: continuaron sus obligaciones o sus charlas en la plaza del pueblo pero ni se dignaron en mirar a esas mujeres que caminaban solitarias y descalzas, los niños continuaron sus juegos como debía ser.
Nadie recuerda hoy ya nada sobre esas mujeres. Yo pregunté y nadie supo decirme nada. Creo que la gente las olvidó profundamente. Aunque mi abuela no vio nunca a los hombres de aquella tribu (ellos no bajaban hacia el pueblo) yo prefiero creer que la belleza de los pájaros ha de haber sido un privilegio femenino.
Mi abuelo una vez soltó su lengua en medio de una de sus habituales borracheras y me dijo que eran todos inventos. Según él nunca hubo aquí mujeres elegantes y amigas de los pájaros sino solo unas cuantas indias con sus sucios cabellos nimbados de mariposas nocturnas, esos feos insectos gordos y pesados, de pardos colores, y que además te enferman de conjuntivitis si los miras fijamente.
Que me perdone mi abuelo pero pienso que en su vejez estaba demasiado derrotado por el alcohol y los sinsabores y no sé si habrá olvidado verdaderamente o si solo habrá callado por obediencia…
Hoy que los pobres (sus niños sobre todo), solo tienen piojos en sus cabezas, creo que añoro ese pasado y me hubiera gustado ver (aunque sea de lejos) a esas mujeres. Esas flores que visitaban el pueblo trayendo consigo la alegría de los pájaros y sobre todo la alegría de celebrar la vida más allá de la civilización o de la raza o del progreso que al final resulto solo un espejismo (al menos para nosotros).
Nunca pude saber que fue de ellas. Quizás su tribu desapareció por el paludismo o alguna otra enfermedad, quizás decidieron marcharse a donde no las ignorasen deliberadamente. O tal vez algún cura o pastor las convenció de que ganarían parcelas en el cielo o las escrituras de su tierra si rompían ellas su amistad con los colibríes. No lo sé pero, cualquiera haya sido su elección o destino creo que Bermejo perdió algo… Que inmediatamente olvidó.

Gustavo Andrés Murillo

ESTER MANN




Banalidades


Tengo la manía de buscar temas para posibles cuentos, que, está de más decirlo, casi nunca escribo. Muchos me parecen estúpidos, sin interés y otros rebuscados, aunque los haya extraído de la realidad. De hecho, he conocido gente con existencias tan complicadas que nadie podría creer que fueron vividas en la realidad y no entre las páginas de una novela romántica. Por eso se me ocurrió que mezclando los destinos de la gente puedo inventar algo interesante y a la vez creíble.

Por ejemplo, alguien de mi familia, que conozco bien. Digamos que se llama Pepe. Se casó con una piba lindísima cuyo padre tenía una fábrica y enseguida lo puso a él a trabajar ahí. Lo fue ascendiendo y cuando el suegro se retiró Pepe quedó a cargo de la empresa. Claro que la chica engordó, y que resultó tener un carácter muy dominador y además. quería a su padre más que a su marido. En fin, como Pepe era un tipo más bien pasivo y resignado, y no quería perder el trabajo, siguieron juntos, él trabajando duro para el suegro y ella inscribiéndose en cursos de la universidad. Tuvieron hijos, los hijos crecieron y Pepe y su mujer fueron envejeciendo…Dos de los hijos se casaron y se fueron del país. El tercero, el que se quedó, nunca se casó, no les dio nietos. Pepe y su mujer quedaron solos. Ah! Eso sí, muy buena posición económica, muy buena!! Claro que la salud no les permitía viajes largos, e incluso tampoco cortos… Así que estaban solitos, con la platita en el banco y sin poderla gastar ¿Qué fue lo que les amargó la existencia, qué errores cometieron que podrían haber evitado?
Eso nunca lo sabremos, ¿verdad? Porque en este crucigrama la solución no está a la vuelta de página…

Cuando Pepe era chico quería ser arquitecto, pero hocicó y se conformó con ser el yerno del dueño. Si hubiera tenido más carácter, si se hubiera hecho respetar… Pero no podía, no era cuestión de decisión, los moldes en que nos movemos son rígidos, no permiten más que pequeños cambios, ajustes infinitesimales. Nada de cambiar de dirección, de carácter, de ambiciones, no, no. Tu padre era así, tu madre asá y cada uno es el resultado de sus traspiés, de sus aciertos, y los de los abuelos y tatarabuelos, así hasta el principio de los tiempos, hasta Adán y Eva o el primer mono parado en dos pies, lo que guste a cada uno.
Cada tanto, una guerra, un terremoto o un incendio generan cambios dramáticos. Éste que iba ser un niño mimado, quedó huérfano, el otro cuya familia era religiosa, perdió la fe y el tercero, que vivía en un país en bancarrota y asolado por guerras internas, recibió ayuda de la UN y llegó a ser médico.
Asi se van dando los grandes cambios en los destinos individuales, las decisiones propias no cambian las tendencias esenciales, son sólo arreglos cosméticos.
Por eso Pepe y muchos otros Pepes, por los siglos de los siglos seguirán abandonando los estudios para trabajar con suegros, tíos o hermanos mayores, sus mujeres continuarán dominándolos y sus hijos buscarán sus destinos lejos del autoritarismo de la madre y la debilidad del padre.

Releo lo escrito y puedo ya escuchar los comentarios de amigos y conocidos: ¡no es verdad! Tu concepción es determinista, no crees en la libertad individual; te diré que yo soy socialista y mis viejos eran católicos acérrimos. O también, yo era católico y mis hijos son hippies, el padre de Lenin era un simple funcionario, etc. etc.
Pero católico o revolucionario tú eres terco como tu padre, ordenado como tu abuelo y te gusta la buena mesa como a tu mamá… O tal vez eres ingenua como tu tía y tienes buenas manos para los trabajos de la casa como tu abuela… El abuelo sacrificó su vida por levantar un imperio económico y el nieto se consagró a participar como voluntario en una de las guerras de Africa.

Resumiendo, no importa mucho qué decisiones tomamos: estudiar una carrera, casarnos jóvenes, luchar por la justicia o retirarnos a un monasterio tibetano. Todo depende de cómo se desarrollan las circunstancias de una vida, del momento histórico, del lugar geográfico y de muchos otros pequeños factores que no dominamos.

Otra vez leo lo que escribí, pero ¿cómo? ịị Pero si  estaba analizando las ideas para un cuento!! En los últimos tiempos siempre me pasa lo mismo, en lugar de escribir sobre personas individuales me meto con las verdades universales, con la filosofía de la vida y otras generalidades…
Parafraseando a Wimpi * concluiré diciendo…¡y que todo sea para bien!


* Wimpi es un seudónimo de Arthur García Núñez (Montevideo, 1906 - Buenos Aires, 9 de setiembre de 1956), periodista y narrador uruguayo.