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lunes, 11 de julio de 2011

KATHERINE MANSFIELD

 

Vida de Ma Parker

Cuando el caballero literato, cuyo apartamiento limpiaba la anciana señora Ma Parker todos los martes, le abrió la puerta aquella mañana, aprovechó para preguntarle por su nieto. Ma Parker se detuvo sobre el felpudo del pequeño y oscuro recibidor, alargó el brazo para ayudar al señor a cerrar la puerta, y sólo después replicó apaciblemente:
-Ayer lo enterramos, señor.
-¡Dios santo! No sabe cuánto lo siento -dijo el caballero literato en tono desolado. Estaba a medio desayunar. Llevaba una bata deshilachada y en una mano sostenía un periódico arrugado. Pero se sintió incómodo. No podía volver al confort de la sala sin decir algo, sin decirle algo más. Y como aquella gente daba tanta importancia a los entierros, añadió amablemente:
-Espero que el entierro fuese bien.
-¿Cómo dice, señor? -dijo con voz ronca la anciana Ma Parker.
¡Pobre mujer! Estaba acabada.
-Que espero que el entierro fuese bien... -repitió.
Ma Parker no respondió. Agachó la cabeza y se encaminó hacia la cocina, llevando aquella usada bolsa de pescado en la que guardaba las cosas de la limpieza, un mandil y unas zapatillas de fieltro. El literato enarcó las cejas y volvió a sumirse en su desayuno.
-Supongo que está abatida -dijo en voz alta, tomando un poco de mermelada.
Ma Parker se quitó los dos alfileres que le sujetaban la toca y la colgó detrás de la puerta. Se desabrochó la raída chaqueta y también la colgó. Luego se ató el mandil y se sentó para quitarse las botas. Ponerse o quitarse las botas era un verdadero martirio, pero lo había sido durante años. De hecho estaba ya tan acostumbrada a aquel dolor que su rostro se contraía en una mueca dispuesto a sentir el pinchazo mucho antes de que hubiese empezado a desatarse los lazos. Terminada esta operación, se recostó momentáneamente en la silla con un suspiro y empezó a frotarse suavemente las rodillas...

-¡Abuela, abuela! -gritaba su nietecillo subido con sus botines sobre su falda. Acababa de volver de jugar en la calle.
-¡Mira cómo le has dejado la falda a la abuela...! ¡Malo, más que malo!
Pero él le echaba los brazos al cuello y frotaba su mejillita contra la de ella.
-Abuelita, ¡danos una moneda! -le decía, zalamero.
-Fuera de aquí; ya sabes que la abuela no tiene dinero.
-Sí, sí tienes.
-No, no tengo.
-Sí, sí tienes. ¡Danos una moneda!
Y ella ya estaba buscando su bolso viejo y desvencijado de cuero negro.
-Muy bien, ¿y tú a cambio qué le darás a tu abuela?
El niño soltó una tímida risita y se apretujó más contra ella. Notó sus pestañas haciéndole cosquillas en la mejilla.
-Pero si yo no tengo nada... -murmuró el niño.

La anciana se levantó como impulsada por un resorte, tomó el hervidor de metal que estaba sobre la cocina de gas y la llevó hasta el fregadero. El ruido del agua llenando el hervidor amortiguó su dolor, o eso parecía. Aprovechó para llenar también el balde y el barreño.
Se necesitaría un libro entero para describir el estado de aquella cocina. Durante la semana el caballero literato «se las apañaba solo». Lo cual significaba que vaciaba una y otra vez los restos del té en un tarro de mermelada colocado ex profeso para tal fin, y cuando se quedaba sin tenedores limpios limpiaba uno o dos en un trapo de cocina. Por lo demás, como solía explicar a sus amigos, su «sistema» era bastante sencillo, y no acababa de entender cómo la gente tenía tantos problemas con la vida doméstica.
-No hay más que ensuciar todo lo que tienes, contratar a una vieja una vez por semana para que lo limpie todo, y ya está.
El resultado era una especie de descomunal basurero. Incluso el suelo estaba plagado de trozos de tostadas, sobres y colillas. Pero Ma Parker no le tenía inquina. Le daba lástima que aquel pobre caballero, todavía joven, no tuviese quién le cuidara. Por la ventanita tiznada se divisaba una inmensa extensión de cielo tristón, y siempre que había nubes parecía que fuesen nubes raídas, usadas, desgastadas por los bordes, agujereadas, como oscuras manchas de té.
Mientras el agua se calentaba Ma Parker empezó a barrer el suelo. «Sí -pensó, mientras la escoba iba dando bandazos-, entre una cosa y otra ya he soportado lo mío. Ha sido una vida dura.»
Incluso sus vecinos se lo decían. Muchas veces, cuando volvía exhausta a casa llevando aquella bolsa de pescado, les oía decir, entre ellos, mientras esperaban en una esquina, o se inclinaban sobre la verja de alguna casa: «Vaya una vida dura que le ha tocado vivir a la pobre Ma Parker». Y era tan cierto, que no sentía el menor orgullo por ello. Era como si alguien hubiese comentado que vivía en el sótano interior del número 27 ¡Qué vida más dura...!

A los dieciséis años había abandonado Stratford para ir a Londres como ayudante de cocina. Sí, había nacido en Stratford-on-Avon. ¿Shakespeare, decía? No, señor, todo el mundo le preguntaba siempre por él. Pero nunca había oído ese nombre hasta verlo en las carteleras de los teatros.
Ya no recordaba nada de Stratford excepto aquel «sentados junto al hogar podían verse las estrellas por la chimenea», y «mamá siempre había tenido sus lonjas de tocino colgando del techo». Y aún había algo más -una mata-, junto a la puerta de la casa, una mata que siempre olía maravillosamente. Pero la mata era algo muy difuso. Sólo la recordó una o dos veces en el hospital, la vez que había estado tan enferma.
Aquella casa había sido horrible: la primera casa. No la dejaban salir nunca. Nunca subía a la planta como no fuese para rezar por la mañana y por la noche. El sótano no estaba mal, pero la cocinera era una mujer cruel. Le quitaba las cartas que le escribía su familia antes de que hubiese tenido tiempo de leerlas y las echaba al fuego porque la hacían soñar... ¡Y las cucarachas! ¿Quién lo hubiera dicho, eh? Pues lo cierto era que hasta que había ido a Londres jamás había visto una cucaracha negra. Al llegar a este punto Ma siempre soltaba una risita, como si... ¡mira que no haber visto nunca una cucaracha! ¡vaya! Era como si alguien dijera que nunca se había visto los pies.
Cuando aquella familia fue desahuciada se fue como «ayudanta» a la casa de un doctor, y después de dos años allí, corriendo arriba y abajo todo el día, se casó con su marido. Un panadero.
-¡Un panadero, señora Parker! -exclamaba el caballero literato. Porque algunas veces dejaba de lado sus volúmenes y la escuchaba o, al menos, escuchaba ese producto llamado Vida-. ¡Debe de ser bastante bonito estar casada con un panadero!
La señora Parker no parecía tan segura.
-Es un oficio tan limpio -argüía el literato.
La señora Parker no estaba muy convencida.
-¿No le gustaba entregar el pan calentito a los clientes?
-Mire, señor -decía Ma Parker-, yo no subía a la tahona muy a menudo. Tuvimos trece niños y enterramos a siete. ¡Cuando aquello no era un hospital, era una enfermería, como quien dice!
-Ni que lo diga, señora Parker ni que lo diga -exclamaba el literato, estremeciéndose, y volviendo a empuñar la pluma.
Sí, siete habían muerto, y cuando los otros seis todavía eran pequeños su marido se volvió tísico. Harina en los pulmones, le había dicho a ella el médico... Su marido estaba sentado en la cama con la camisa subida hasta la cabeza, y el dedo del doctor trazó un círculo sobre su espalda.
-Fíjese, si ahora se abriese un agujero aquí, señora Parker, vería que tiene los pulmones embozados de pasta blanca. Respire, buen hombre, ¡respire hondo! -Y la señora Parker jamás supo si había visto o si había imaginado que veía una gran nube de polvo blanco salir de los labios de su pobre marido...
Y lo que había tenido que luchar para sacar adelante a aquellos seis renacuajos y para mantenerse en pie. ¡Había sido terrible! Y entonces, cuando ya empezaban a ser suficientemente mayores para ir al colegio, la hermana de su marido había ido a vivir con ellos para ayudarles un poco, y cuando todavía no llevaba allí dos meses se había caído por una escalera lastimándose el espinazo. Y durante cinco años Ma Parker cargó con otro niño -¡y vaya una cuando le daba por llorar!- a quien cuidar. Luego la pequeña Maudie optó por el mal camino y arrastró con ella a su hermana Alice; los dos chicos emigraron, y el pequeño Jim se fue a la India con el ejército, y Ethel, la más pequeña, se casó con un camarerillo pelafustán que murió de úlceras el año que nació el pequeño Lennie. Y ahora le había tocado al pequeño Lennie, mi nietecito...
Lavó y secó la pila de tazas y de platos sucios. Limpió los cuchillos negros con un trozo de patata y con el corcho de un tapón. Fregó la mesa, el aparador y el fregadero en el que flotaban colas de sardina...
Nunca había sido un niño demasiado fuerte, nunca, desde que nació. Era uno de esos bebés rubios a quien todo el mundo toma por una niña. Tenía rizos blancos, plateados, ojos azules, y un lunar, como un diamante, a un lado de la nariz. ¡Lo que les había costado a Ethel y a ella criarlo! ¡Habían probado tantas cosas que habían leído en los periódicos! Cada domingo por la mañana Ethel leía en voz alta mientras Ma Parker hacía la colada.

Señor director:
Sólo un par de líneas para comunicarle que mi pequeño Myrtil que se hallaba grave de muerte... Y tras cuatro frascos de... aumentó 8 libras en 9 semanas, y todavía continúa engordando.

Y entonces sacaban del aparador la huevera que servía de tintero y se escribía la carta, y al día siguiente por la mañana, camino del trabajo, Ma compraba el impreso para el giro postal. Pero no servía de nada. No había modo de que el pequeño Lennie engordase.
Ni siquiera llevándolo al cementerio cogía un poco de color; y un buen ajetreo en el autobús tampoco lograba que mejorase su apetito.
Aunque desde el principio había sido el niño mimado de su abuela...
-¿Quién te quiere a ti? -dijo la anciana Ma Parker abandonando los fogones y dirigiéndose hacia la mugrienta ventana. Y una vocecita tan cálida y próxima que casi la sobresaltó -pues parecía brotar de debajo de su corazón- se echó a reír, respondiendo: «¡La abuelita!».
En aquel momento se oyeron pasos y el literato apareció, vestido de calle.
-Señora Parker, voy a salir.
-Perfectamente, señor.
-Encontrará la media corona en la bandejita del tintero.
-Gracias, señor.
-Por cierto, señora Parker -dijo el caballero rápidamente-, ¿no tiraría usted por casualidad un poco de cacao la última vez que vino a limpiar, verdad?
-No, señor.
-¡Qué extraño! Hubiera jurado que quedaba una cucharadita de cacao en la lata -explicó-. Y-añadió amablemente pero con firmeza-: siempre que tire alguna cosa dígamelo, ¿eh, señora Parker? -Y salió muy contento de sí mismo, convencido, en realidad, de haberle demostrado a la señora Parker que, bajo su aparente despiste, era tan observador como una mujer.
Se oyó el portazo. Ma Parker tomó la escoba y el trapo del polvo y se encaminó al dormitorio. Pero cuando empezó a hacer la cama, tirando de las sábanas, metiéndolas bien y alisándolas, el recuerdo del pequeño Lennie se hizo insoportable. ¿Por qué había tenido que sufrir tanto? Eso era lo que ella no podía comprender. ¿Por qué aquel angelito había tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos por respirar, luchando por cada gota de aire? No tenía ningún sentido que un niño sufriese de aquel modo.
Del pecho del niño, de aquella cajita, salía un sonido como si algo hirviese. Tenía un gran bulto, algo bulléndole en el pecho y no podía expulsarlo. Cuando tosía toda la cabecita se le cubría de sudor; los ojos se le saltaban, le temblaban las manos, y el gran bulto oscilaba como una patata dentro de un cazo. Pero lo peor de todo era que cuando no tosía permanecía sentado, recostado en la almohada, y nunca hablaba ni contestaba, incluso hacía como si no oyese. Se limitaba a quedarse con la mirada fija, como si estuviese ofendido.
-La abuelita no puede hacer nada, cariñín -decía Ma Parker, apartándole suavemente el pelo húmedo de las coloradas orejas. Pero Lennie movía la cabeza y se apartaba. Parecía tremendamente enfadado con ella... y solemne. Agachaba la cabeza y la miraba de reojo, como si nunca hubiera podido pensar que su abuela fuese capaz de aquello.
Cuando menos... Ma Parker echó la colcha sobre la cama. No, simplemente no podía pensar en ello. Era demasiado... le había tocado sufrir demasiado en esta vida. Y hasta ahora había aguantado, no había dejado que el sufrimiento hiciese mella en ella, y nadie la había visto llorar ni una sola vez. Nunca, nadie. Ni sus hijos la habían visto dejarse dominar por la desesperación. Siempre había mantenido la cabeza alta. ¡Pero ahora...! Lennie había muerto... ¿qué le quedaba? Nada. Era lo único que le quedaba en esta vida, y ahora también se lo habían llevado. «¿Por qué habrá tenido que ocurrirme precisamente a mí?», se preguntó.
-¿Qué he hecho? -dijo la anciana Ma Parker-. ¿Qué he hecho?
Y mientras pronunciaba estas palabras dejó caer inesperadamente el plumero. Y se encontró en la cocina. Se sentía tan desgraciada que volvió a ponerse el sombrero y las agujas que sujetaban la toca y la chaqueta y salió del apartamiento como una sonámbula. No sabía lo que hacía. Era como una persona que traumatizada por el horror de lo que le acaba de ocurrir, echa a andar... sin dirección alguna, simplemente como si andando pudiese alejarse...
En la calle hacía frío. Soplaba un viento helado. La gente pasaba con andar rápido, muy aprisa; los hombres caminaban como tijeras; las mujeres deslizándose como gatos. Pero nadie sabía nada, a nadie le preocupaba. Aunque se hubiese dejado llevar por la desesperación, aunque después de todos aquellos años se hubiese echado a llorar, tanto si le gustaba como si no, habría terminado por encontrarse metida en algún aprieto.
Y al pensar en la posibilidad de llorar fue como si el pequeño Lennie hubiera vuelto a saltar a sus brazos. Ah, sí, eso es lo que quiero hacer, pichoncito. La abuela quiere llorar. Si ahora pudiese romper a llorar, si pudiese llorar cuanto quisiera, por todo cuanto le había ocurrido, empezando por la primera casa en la que había servido y aquella cruel cocinera, siguiendo por la familia del doctor, por los siete hijos muertos, por la muerte de su marido, por la partida de los hijos, si pudiese llorar por todos aquellos años de miseria que llevaban hasta el pequeño Lennie. Pero llorar cabalmente por todas esas cosas requería muchísimo tiempo. De todos modos, había llegado el momento de hacerlo. Tenía que hacerlo. No podía continuar aplazándolo ni un minuto más; ya no podía esperar... ¿Adónde podía ir?
«Una vida muy dura la de Ma Parker, muy dura.» ¡Sí, más de lo que creían, durísima! Labarbilla le empezó a temblequear; no tenía tiempo que perder. Pero ¿adónde?, ¿adónde?
No podía ir a su casa; Ethel estaba allí. La pobre se hubiera llevado un susto de muerte. No podía sentarse en un banco en cualquier parte; la gente se pararía a hacerle preguntas. Y no podía regresar al hogar del caballero literato; no tenía ningún derecho a llorar en casa de otros. Y si se sentaba en la escalera de cualquier edificio algún policía le diría que estaba prohibido hacerlo.
¡Ay! ¿No existía ningún sitio donde pudiese esconderse, estar sola tanto como quisiera, sin que nadie la molestase y sin molestar a otros? ¿No existía ningún lugar en el mundo donde pudiese, por fin, solazarse llorando?
Ma Parker permaneció inmóvil, mirando a uno y otro lado. El gélido viento le hinchó el delantal como si fuese un globo. Y empezó a llover. No, aquel sitio no existía  ■

martes, 28 de junio de 2011

KATHERINE MANSFIELD El canario



La trágica y breve vida de Katherine Mansfield


La rebeldía femenina ha sido una constante del pasado siglo XX. Muchas activistas sociales, escritoras y sociólogas dieron el grito de alarma y convocaron a la emancipación; la última minoría oprimida, la de las esposas relegadas, se declaró en estado de insubordinación. Una de las escritoras que representó esa transgresión del orden establecido fue Katherine Mansfield.
Su vida fue una constante negación de su entorno, un rechazo de su ubicación social, una impugnación de su tiempo. Perteneció a una familia burguesa acomodada que no toleraba ver a su heredera gorda, tartamuda, con lentes. Tanta imperfección no se ajustaba a su categoría social. Había nacido, además, en un confín olvidado del mundo, en Wellington, Nueva Zelandia, con el nombre de Kathleen Beauchamp. Por sus presiones la familia la envió a estudiar a Londres, al Queen´s College, donde su vocación literaria maduró. En las clases de estudios bíblicos Katherine se distraía estudiando las venas en el rostro de su profesor.
Su familia la reclamó y ahí comenzó la gran sublevación. Su disgusto es evidente en cada paso que da. Organiza una expedición a través de la selva virgen neozelandesa. Mantiene numerosas relaciones eróticas, tanto sáficas como heterosexuales. Concibe un hijo de un cantante y para legitimarlo se casa con un patriarcal profesor de música, mucho más viejo que ella, a quien abandona la misma noche de la boda.
La familia decide recluirla en un convento de Baviera. De ahí se escapa para vivir en una pensión donde comienza a vivir con un traductor polaco que le trasmite una enfermedad venérea que padecerá durante mucho tiempo. Pero el polaco hace algo más que eso. Le enseña a leer a Chejov, la convierte en una entusiasta del ruso. La huella se verá más tarde en su propia literatura. Ese episodio es su último vínculo con sus raíces: su madre la deshereda. Se aficiona a tocar el violonchelo.
Regresa a Londres y se inicia la etapa más productiva de su vida. Escribe incesantemente y lleva sus relatos a todas las revistas, a todos los cenáculos literarios. En 1911 publica su primer libro “En una pensión alemana”, basado en su experiencia en Baviera: una protesta contra la irracional ferocidad de la vida cotidiana. Su obra comienza a ser acogida y respetada. Y entonces se produce el gran encuentro: conoce al editor John Middleton Murry que será su ángel custodio, su maestro y su amante. No pueden casarse porque el viejo profesor de música se niega a concederle el divorcio.
A Middleton le escribió: “Aunque viviese hasta la edad de los patriarcas originales de la Biblia, jamás conseguiría amarte todo lo que deseo… Te amo con toda la fuerza de nuestra vida futura, nuestra vida en común, que tan sólo ahora parece haber arraigado y vivir y crecer de cara al sol” Finalmente Katherine había encontrado la paz y la armonía en el amor compartido con un ser semejante.
Cuando publica “La fiesta en el jardín” parece haber llegado a la plenitud de sus fuerzas creativas, libro escrito en Suiza a donde ha ido a curarse de una dolencia fatal. Virginia Wolf la distingue con su amistad. Frecuenta el Bloomsbury Group. Ya es aceptada como una fuerza mayor en las letras inglesas pero se debilita por días: la tragedia asoma en su vida. De una relación con D.H.Lawrence había contraído tuberculosis, que le fue diagnosticada en 1918. Middleton la interna en un albergue en Fontainebleau, cerca de París.
Tras una ausencia Middleton la visita. Para demostrarle su supuesta recuperación sube precipitadamente una escalera y experimenta una súbita hemoptisis. Esa noche muere. Tenía treinta y dos años. Unos días antes había escrito en su Diario: “Quiero la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano conciente y sincero. Al comprenderme a mí misma quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de hacer… trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y sacar de todo esto lo que quiero escribir; expresar todas estas cosas… Quiero vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar, eso es lo que quiero, a donde debo tratar de llegar”.Todo ello le fue negado pero dejó una impronta indeleble en la literatura de habla inglesa como uno de los pilares del modernismo y legó una huella considerable en sus muchos y devotos seguidores. Lisandro Otero

EL CANARIO
¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.
...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.
¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.
...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:
-¿Ya estás aquí, amor mío?
Desde aquel instante fue mío.
...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir. «Eres un verdadero comediante», le decía riñéndolo. Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su percha jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren». Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto, me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.
...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? Pero me acuerdo de que aquella. noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza, y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.
...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un foxterrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.
...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. Me sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.
Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía? ■

sábado, 19 de febrero de 2011

KATHERINE MANSFIELD


 -
Nació en 1888. Fue neocelandesa pero se educó en Inglaterra (o sea, se hizo amiga de Joyce, o sea, DH Lawrence, o sea, Virginia Woolf, o sea, ¿Wells?) y allí vivió, así como en Francia y Suiza, a causa de su enfermedad, documentada en sus minuciosos Diarios. Murió en 1923. Dejó varios libros: En la pensión alemana, Algo infantil y otras historias, Dicha (o Felicidad), La fiesta en el jardín, Preludio, o sea, cuentos y novelas.  
        
 La mosca

–Aquí se está bien –dijo el viejo señor Woodifield, y miró, como asomándose a la gran butaca de cuero verde, hacia la mesa-escritorio de su amigo el jefe; se diría un niño asomándose al borde de su cuna. La conversación había terminado. Era hora de irse. Pero él no quería irse. Desde que se había retirado, desde su... huelga, la mujer y las hijas lo guardaban en su casa, como encajonado, todos los días de la semana, menos el martes. El martes lo vestían, lo cepillaban y le permitían irse a la City a pasar el día. Qué iba a hacer allí, era cosa que la mujer y las hijas no podían imaginarse. Dar la lata a sus amigos, probablemente... Bueno, tal vez. Sea como fuere, nos agarramos a nuestros últimos placeres como los árboles retienen sus últimas hojas. Allí, pues, estaba sentado el viejo Woodifield, fumándose un cigarro y mirando de hito en hito al jefe, que giraba en su sillón oficinesco, rollizo, rosado, cinco años más viejo que Woodifield, pero aún tan campante, todavía en la brecha. Daba gusto verle.
   
Ansiosa, admirativamente, la vieja voz dijo:
   
–Aquí se está muy bien, palabra.
    –Sí, es bastante cómodo –asintió el jefe, abriendo el “Financial Times” con un cortapapeles. En realidad estaba contento de su despacho; le gustaba que lo admiraran, sobre todo que lo admirara el viejo Woodifield. Le causaba una honda, sólida satisfacción sentirse allí en el medio, a la vista de aquel viejo rostro frágil que asomaba en la bufanda.
    –Lo he remozado hace poco tiempo –explicó, como había explicado antes, ¿cuántas veces?, cada semana–. Alfombra nueva –y señaló la brillante alfombra roja con anchos círculos blancos–. Muebles nuevos –e hizo con la barbilla una señal hacia la maciza biblioteca y la mesa con patas que parecían de retorcida melaza–. ¡Calefacción eléctrica! –y casi se inclinó, como si saludara maravillado, hacia las cinco transparentes y perlinas salchichas que brillaban en el braserillo de cobre.
    Pero no llamó la atención del viejo Woodifield hacia la fotografía que estaba sobre la mesa: un muchacho de serio aspecto, de uniforme, de pie ante uno de esos espectrales parques de los fotógrafos, con tempestuosas nubes pintadas al fondo. No era nuevo en la pieza. Llevaba seis años allí.
   
–Algo tenía que decirte –dijo el viejo Woodifield, y sus ojos se ensombrecieron, recordando–. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí esta mañana.
   
Sus manos empezaron a temblar, y unas manchas rojas se señalaron entre sus barbas.
   
“Pobre hombre –pensó el jefe–, ya poco le queda que vivir.” Y, sintiéndose compasivo, le hizo un guiño al viejo, y le dijo, sonriendo:
   
–Voy a decirte qué. Tengo aquí unas gotillas de cierto líquido que te va a sentar bien antes de salir al frío. Algo superior. No le haría daño a un niño.
   
Tomó una llave de su cadena, abrió una gaveta junto a su escritorio y sacó una oscura botella panzona.
   
–Es medicina –dijo–. Y el hombre que me lo ha conseguido me manifestó, en estricto Q. T., que procede de las bodegas del castillo de Windsor.
   
La boca del viejo Woodifield se abrió, maravillada. No se habría sorprendido más si el jefe hubiera sacado un conejo.
   
–¿Es whisky, verdad? –musitó, con voz aflautada.
   
El jefe dio vuelta a la botella y le mostró el marbete. Era whisky.
   
–¿Sabes? En casa no me dejan ni olerlo –dijo el viejo mirando fijamente al jefe. Y cualquiera hubiera dicho que iba a echarse a llorar.
   
–Bah, de esto entendemos nosotros más que las señoras –dijo el jefe, trayendo dos vasos que estaban sobre la mesa, junto a una botella de agua, y vertiendo en ellos, generosamente, el licor–. Bebe. Te sentará bien. Y no le pongas agua. Es un sacrilegio aguar una delicia como ésta. ¡Ah!
   
Se tomó su whisky, sacó su pañuelo, enjugándose los bigotes rápidamente, y miró de reojo al viejo Woodifield, que se regodeaba tomándose el suyo, manteniéndolo en la boca. Se lo tragó, a su vez, estuvo callado un momento, y dijo maravillado:
   
–¡Esto es una gloria!
   
Y le dio calor, llegando a su helado cerebro de viejo, y le hizo recordar.
   
–Ya sé lo que era –dijo, levantándose–. Pensé que te gustaría saberlo. Las niñas estuvieron en Bélgica la semana pasada, fueron a ver la tumba del pobre Reggie, y pasaron ante la de tu hijo. Están bastante cerca, sus tumbas, al parecer.
   
El viejo Woodifield se calló un momento, pero el jefe no respondió nada. Sólo un temblor en sus párpados dejé ver que había oído.
   
–Las chicas quedaron encantadas de ver cómo estaba cuidado aquel sitio –silbó la voz del viejo–. Espléndidamente cuidado. No podría ser mejor en nuestro país. ¿Tú no has ido nunca, verdad?
   
–No, no.
   
Por varias razones, el jefe nunca había ido a Bélgica.
   
–Hay leguas de campo, allí, y todo prolijo como un jardín. Flores creciendo sobre todas las tumbas. Preciosos senderos anchos–. Era claro por su voz cuánto le gustaban los preciosos senderos.
   
La pausa vino de nuevo. Entonces el viejo se iluminó de nuevo.
    –¿Sabes lo que el hotel les hizo pagar a las chicas por un pote de mermelada? –sopló– ¡Diez francos! Robo, lo llamo. Era un pote pequeño, así dice Gertrudis, no más grande que media corona. Y ella no había tomado más de una cucharada cuando le cargaron diez francos. Gertrudis se trajo el pote con ella para enseñarles una lección. Muy bien, también; es comerciar con nuestros sentimientos. Piensan que porque estamos allí echando un vistazo estamos listos para pagar lo que sea. Eso es lo que es–. Y se volvió hacia la puerta.
   
–Muy bien, muy bien –gritó el jefe, aunque de qué estaba muy bien no tenía la menor idea. Dio la vuelta al escritorio, siguió los pasos vacilantes hasta la puerta, y vio al viejo compañero salir. Woodifield se había ido.
   
Por un largo momento, el jefe se quedó, mirando al vacío, mientras el canoso mensajero de la oficina, mirándolo, entraba y salía de su cucha como un perro que espera ser sacado a pasear. Entonces:
   
–No veré a nadie por media hora, Macey –dijo el jefe–. ¿Entendido? Nadie en absoluto.
   
–Muy bien, señor.
   
Se cerró la puerta, los pasos firmes recorrieron de nuevo la brillante alfombra, el grueso corpachón se dejó caer en la silla, e inclinándose hacia delante, el jefe se tapó la cara con las manos. Quiso, decidió, trató de llorar...
    Fue un terrible golpe para él que el viejo Woodifield hablara de la tumba del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se abriera... y él hubiera visto a su hijo, que yacía en ella, y a las hijas de Woodifield mirándolo. Era extraño. Más de seis años habían pasado y el jefe nunca había pensado en su hijo sino como si yaciera, inmutable, sin cambio, intachable en su uniforme, dormido para siempre.
    “¡Hijo mío!”, gimió el jefe. Pero las lágrimas no llegaban. Antes, durante los primeros meses, y aun años después de la muerte del muchacho, le bastaba con decir esas palabras para sentir tan dolorida angustia, que sólo un estallido de violentos sollozos podía aliviarle. El tiempo, había dicho él entonces, a quien quisiera oírle, no cambiaría nada. Otros hombres tal vez se consolarían, olvidarían, pero él, no. ¿Cómo iba a ser posible? Si el muchacho era el único hijo. Desde que nació, el jefe había trabajado y construído negocios sólo para él. No pensaba en nada que no fuera para el chico. La vida misma había llegado a no tener otro sentido. De otro modo, ¿cómo hubiera podido él negarse a sí mismo, esclavizarse, pasar todos aquellos años, sin tener ante sí la promesa de su hijo siguiéndole los pasos, y siguiendo adelante cuando él se fuera?
    Y esta promesa había estado tan cerca de realizarse. El muchacho había estado en la oficina, aprendiendo, un año antes de la guerra. Todas las mañanas salían juntos; volvían en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones recibía como padre de aquel hijo! No era extraño. Se había comportado maravillosamente. Y en cuanto a la popularidad, desde los más importantes, hasta el viejo Macey, todos se hacían lenguas alabando al muchacho. Y el chico no se engreía, nada de eso. Mantenía su carácter ágil, naturalísimo, con la palabra justa para cada cual, con aquella mirada infantil, y su costumbre de decir: “¡Sencillamente espléndido!”
    Pero todo esto se había ido como si nunca hubiera pasado. Llegó el día en que Macey le entregó el telegrama que le hizo sentir que todo se derrumbaba estrepitosamente a su alrededor. Sentimos mucho comunicarle... Y salió de la oficina un hombre destrozado, con su vida en ruinas.
    Hacía seis años. Seis años... ¡Qué de prisa había pasado el tiempo! Se diría que había sido ayer. El jefe se quitó las manos de la cara; estaba turbado. Algo parecía andar mal en él. No sentía como hubiera querido sentir. Decidió levantarse y mirar la fotografía del muchacho. Pero no era una fotografía que él prefiriera; la expresión era poco natural. Parecía frío, casi presuntuoso. El muchacho nunca había sido así.
    En este momento, el jefe vio que una mosca había caído en el tintero, y que estaba tratando desesperadamente de salir afuera. ¡Auxilio! ¡Auxilio!, decían aquellas patas que luchaban. Pero el reborde del tintero estaba húmedo y resbaladizo; cayó de nuevo y empezó a nadar otra vez. El jefe tomó una pluma, sacó a la mosca del tintero y la dejó sobre un pedazo de papel secante. Por una fracción de segundo, permaneció en la obscura mancha que la cercaba. Luego se movieron las patitas delanteras, y, levantando un poco su cuerpito, comenzó la inmensa labor de limpiar de tinta sus alas. Una y otra vez, arriba y abajo, una pata pasaba por cada ala como la piedra encima y debajo del escita. Entonces hubo una pausa, mientras la mosca, que parecía sostenida sobre las puntas de sus pies, trató de extender primero un ala y después la otra. Lo consiguió, por fin, y entonces, sentándose, empezó, como un gatito pequeño, a limpiarse la cara. Ahora se podía ver que las patitas delanteras se restregaban una con la otra, ágilmente, alegremente. El terrible peligro había pasado; la mosca había escapado de él; estaba lista para vivir otra vez.
    Pero justamente entonces el jefe tuvo una idea. Hundió el mango de su pluma en el tintero, lo colocó sobre el papel secante y, cuando la mosca estaba bajando sus alas contra su cuerpito, cayó sobre ella una pesada gota de tinta. ¿Qué iba a pasar ahora? El animalito pareció estar absolutamente acobardado, atolondrado, atemorizado por lo que pudiera suceder enseguida. Pero ahora, como dolorida, se arrastró hacia adelante. Las patas delanteras se movieron y, más lentamente esta vez, la labor volvió a comenzar, desde el principio.
    “Valiente diablito”, pensó el jefe, sintiendo verdadera admiración por el valor de la mosca. Esta era la manera de tomar las cosas; éste era el verdadero carácter. Nada de morir; era cuestión de... Pero la mosca había terminado ya su laborioso menester, y el jefe había tenido el tiempo justo para volver a mojar su pluma, sacudirla y dejar caer, sobre el recién limpio cuerpo, una nueva gota obscura. ¿Y ahora, qué sucedería? Un doloroso momento de incertidumbre. Las patas delanteras se movían otra vez. El jefe sintió una ráfaga de alivio. Se inclinó hacia la mosca y dijo, tiernamente: “Grandísima p...”. Y ahora se le ocurrió la brillante idea de respirar sobre ella para apresurar el proceso de enjugamiento. Empero, algo tímido y débil había en los movimientos de la mosca, esta vez, y el jefe decidió que esta vez sería la última, y mojó la pluma en el tintero.
    Fue la última. La última gota sobre el papel secante y la mosca se quedó allí, sin moverse. Las patas traseras se pegaron al cuerpo; las delanteras no se veían.
    – ¡Vamos! –dijo el jefe–. ¡Ten ánimo!, y la movió con la pluma... en vano. Nada pasó ni podía pasar. La mosca estaba muerta.
    El jefe levantó el cadáver con la punta del cortapapeles, y lo echó al cesto. Pero se apoderó de él una sensación tan grande de miseria, que se sintió decididamente asustado. Se inclinó y tocó el timbre para que viniera Macey.
    – Tráigame papel secante nuevo –dijo, autoritario–, y pronto.
    ¡Y en tanto que el viejo criado se alejaba, el jefe quiso recordar en qué había estado pensando antes. ¿En qué? Era... Sacó su pañuelo y se lo pasó por el reborde del cuello. En su vida pudo recordar.