viernes, 16 de diciembre de 2011

Ester Mann


LA TORRE

 

Me desperté acostada sobre una superficie plana. Aún sin abrir los ojos me asaltó una extraña sensación: no estaba en mi cama. Al abrirlos, una espesa niebla cubría el lugar donde yacía. No podía descubrir nada conocido. ¿Dónde me hallaba? ¿Cómo había llegado a ese lugar?
Al levantar la vista divisé unos enormes edificios de forma rectangular, no alcancé a distinguir si eran cuatro o cinco, o tal vez más…Debido a la niebla parecían surgir de la nada y se perdían en las alturas lejos de mi vista.
Intenté incorporarme: hasta ese momento estuve inmóvil como si algo impidiera mi movimiento. Pero no era así… me levanté sin dificultad y comencé a caminar en dirección al edificio más cercano.
Anduvé durante varios minutos, la niebla se extendía sin fin y me parecía que la distancia hasta los edificios era siempre la misma. No podía ver el suelo pero sentí en los pies la frescura agradable del mármol. Al saberme descalza examiné mis ropas: vestía una especie de túnica de color indefinido.
Al igual que en los sueños, no me parecía extraño estar así, caminando por esa fantástica llanura donde no sentía ni imaginaba nada, como si fuera algo natural y corriente. No tenía calor ni frío. Lo único en que pensaba era en llegar a la torre sin entender cómo estaba ya tan cerca. La mole se levantaba frente a mí a pocos metros de distancia y me ocultaba el perfil del resto de los edificios. Apreté el paso, a gran altura vi una puerta: para entrar debía trepar por unas grandes escaleras, los escalones tenían dimensiones propias de gigantes. No podría trepar por ellos…
Al comprender que me sería imposible entrar me asaltó una honda tristeza. Era algo decisivo.¡Tenía que entrar! ¿Pero cómo?
Sentí un escalofrío,  mi vista se nubló y la perdí durante unos instantes. Cuando la recobré estaba dentro de una inmensa habitación. Percibía las paredes a muchos metros de distancia. Me encontraba en el centro de un gran salón desnudo, sin muebles y  sin ventanas. Girones de niebla se deslizaban por el espacio y una brisa, tibia y fresca a la vez, me bañaba… Entendí que estaba dentro de LA TORRE. En mi mente ya la nombraba con mayúsculas…
Súbitamente en uno de los rincones del recinto la niebla se despejó dejando ver un punto luminoso que se iba ampliando y se convirtió en una escena la que, a pesar de la distancia, pude distinguir a  un grupo de gente sentada alrededor de una hoguera, varios hombres, mujeres y algunos niños que hablaban entre ellos y comían trozos de carne. Podía escuchar sus palabras pero no las entendía. Estaban vestidos con rústicas pieles. Eran, sin duda, miembros de alguna tribu primitiva. La imagen parecía ser como de una película y sin embargo era real. Una mujer levantó la vista y me miró a los ojos, ¡hubiera jurado que me contemplaba! Yo la miré a mi vez y un frío intenso me inmovilizó: ¡Esa mujer era yo! Gorda, con el pelo desgreñado, sucia, la voz ronca, ¡pero era yo! Mi mente  no entendía ni podía pensar en lo que estaba viendo. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos la imagen había desaparecido.
Volví a cerrarlos; comencé a respirar con lentitud, a concentrarme en la respiración para relajarme y recobrar el control, mientras trataba de dejar la mente en blanco y no pensar en lo que había visto. Al cabo de pocos instantes lo logré y observé de nuevo la pared. Otra imagen o visión había aparecido: esta vez era yo, sin lugar a dudas, vestida de largo con una especie de delantal sobre el vestido, con una cofia en la cabeza que impedía ver el cabello, inclinada sobre un huerto, trabajando. Detrás de mí, a cierta distancia, se vislumbraba un muro y una ventana de madera. yo, no la del huerto, sino yo, la que miraba, sabía que esa otra mujer estaba en su huerto recogiendo papas para la cena; sabía que sus hijos –cuatro varones- y su marido estaban trabajando en el campo.
¿Qué era lo que yo estaba viendo? ¿Vidas paralelas? ¿Mundos alternativos?

Como si alguien tratara de contestar mis preguntas, la visión se esfumó y otra ocupó su lugar: ahora me veía a mi misma, muy joven, el pelo arreglado en complicados tirabuzones y lleno de cintas celestes, con un pesado vestido del mismo color, abultado en las caderas, con volados, encajes y más cintas. Estaba inclinada hablando con un hombre. Él estaba sentado en una pomposa silla tapizada. Lo ví y lo escuché reír cínicamente. Sacó de su bolsillo unos billetes y sin dejar de reír me los extendió. Me di vuelta y me alejé corriendo y ahogándome en llanto. ¡Me obligaba a abortar! Yo también me largué a llorar como si la escena sucediera en el presente.
Cuando me calmé la imagen ya había variado. Yo era allí una mujer mayor -o tal vez envejecida por las circunstancias-, en un campo de concentración. Todo lo que me rodeaba, incluídas las demás mujeres, era tal como lo había visto en decenas de películas. El choque fue tremendo, captar lo que sentía ese otro yo fue tan desolador que perdí el conocimiento y ya no vi nada más.
Me despertó una voz como sobrenatural que decía:¡No temas! ¡Tendrás aún muchas vidas!
Cuando abrí los ojos estaba acostada en una camilla en la sala de recuperación del hospital. Entonces recordé que había sido operada con anestesia total.

No pude olvidar mi visión. Muchos años después continué leyendo con atención todo libro que explicara fenómenos parapsicológicos. Hay médicos que aseguran que mi experiencia es muy conocida por la ciencia y se debe a una reacción neuronal provocada por la anestesia. No tengo elementos para creerlo o negarlo, pero esa presunta reacción de las neuronas podría ser el factor para levantar el velo que cubre la memoria de nuestros siglos previos. Los incrédulos preguntarán qué beneficio puede traerle a un mortal descorrer el manto de posibles vidas anteriores…No tengo respuesta para ellos, como no la tengo para mis propias preguntas. ■

Andrés Aldao - ...


 




Sueños en el altillo                                                                                         


Estoy en contra de los términos
                           “fantasía”,  “simbolismo”.                                                                   Todo nuestro mundo interior
 es realidad, tal vez más realque el mundo manifiesto.
Mark  Chagall
                                                          

Fue como perder la sensación de realidad. No estaba seguro de nada. Le pareció que trastabillaba, que iba recorriendo el camino inverso. Que ese camino era una rampa empinada. Una rampa y un camino en los que se duplicaba su personalidad. Así comenzaron sus dudas, el desgano, esa compulsión por hallar su identidad. Tuvo miedo. La incertidumbre le provocaba pánico. Sentía que resbalaba en un vacío astral. Que penetraba en una dimensión en la cual rigen otras leyes cósmicas. Un mundo esotérico que linda con la desesperanza. Una visión onírica involucrada en la tragedia humana. Demiurgo de pesadillas que azotan las mentes neuróticas...
Percibía las palpitaciones, semejantes a la vibración del universo. Ensoñaciones eróticas le empapaban el cuerpo con un sudor viscoso. La barba de días le provocaba picazón y notaba las manos pegajosas. Horrorizado, se le ocurrió que la materia de su cuerpo había comenzado a disolverse.

El tipo de delantal blanco era un sádico insoportable que ejecutaba las órdenes de aquella mujer, elegante y atractiva, pero cruel. Igual que una rata de alcantarilla.

Se iniciaba un nuevo día.  Escuchaba a través de la claraboya del altillo las voces de los caminantes: “Es un día radiante”, decía uno; “Apropiado para pasear”, agregaba otro. No entendía. Cerraba los ojos y sacudía la cabeza, el cuerpo temblaba. Bajó del catre: no recordaba haber dormido. Tenía las manos frías; carecía de la noción “antes”. Era una sensación inexplicable, sin saber dónde estuvo –si estuvo- y qué había hecho –si hizo– durante la cuenta regresiva. Por las noches, dichoso, trepaba sobre las tinieblas del sueño. No era fácil, pero le inundaba un gozo inusual, como si flotara en una oquedad sin realidad ni materia. Semejante al placer de un feto –suponía– desplazándose en la cobija del lago materno. El mundo real se desvanecía y él no se inquietaba. Luego, al abrir los ojos, le asombrababa la quietud, la parquedad de los sonidos y el movimiento, atrapado en una secuencia inmutable; el éxtasis de una realidad estática cuya traslación ocurría fuera del espacio de sus sueños. Tal vez en otra esfera del universo. Sus percepciones eran contradictorias. Como si la existencia y la realidad fueran dos dimensiones distintas, y la vida una etapa de los sueños. La vigilia, tal vez, era el sueño; y la realidad sólo una ficción. El sueño, quizás, un eufemismo de la nada, y la realidad un disfraz de esa misma nada. Merodeaba alrededor de una diabólica entelequia que no podía resolver. Un teorema intrincado, abstruso, ilógico.
Caminaba alrededor del altillo, las manos hacia atrás, contemplando el vacío mientras imaginaba que átomos con sus núcleos de protones y neutrones giraban en un vértigo satánico e iban conquistando los espacios del altillo, convirtiéndolos en campos magnéticos..

El tipo del delantal blanco le confesó: “No sé de qué me habla, perdóneme. Le sería más útil aplicar su imaginación creativa a las obras que usted talla en madera. Abandone esas obsesiones de sueño y realidad. ¡Recupere su yo, Berquely: usted es un artista, posee manos prodigiosas!”.

Atravesó el zaguán y se asomó a la puerta de calle. Vio una hilera de sombras irregulares cubriendo los bordes de las veredas. Parecían vigilar las calles en vísperas de un desfile de espectros y trasgos. Y otra vez esas palpitaciones. Como si el corazón, prisionero en una jaula blindada, pugnara por abrirse paso al exterior abandonando su cuerpo. Escuchó los frescos gorjeos de un grupo de adolescentes. Sonaban como el tintineo de cascabeles escoltando una insoportable algarabía. Una vez más se entramó en un vacío despótico.  Cerró los ojos y secó con el dorso de la mano lágrimas que resbalaban con lentitud. Hacía tiempo que estaba confundido. ¿Cuál, qué y cómo es la realidad? Le pareció una pregunta fútil, aviesa incluso. Las carcajadas, ecos que rebotaban en un vacío abovedado, se esparcían como anillas sónicas que giraban en una esfera constelada a la velocidad de la luz, y cuyas explosiones parecían el delirio de un mecanismo de alta precisión.
Retornó al altillo. Allí podría seguir barruntando sus dudas, desplazarse morbosamente en derredor de los hechos -o tal vez los sueños– de su vida. Y admitir que el sueño era la vida, la realidad, las vivencias que lo conducían al pasado o profecías que lo transportaban al mañana. Los demás suponen que los sueños son las horas del reposo. Una especie de pausa ingrávida para reponer fuerzas o, acaso, para levitar pensamientos. Entonces vociferaba colérico: “¡Imbéciles! ¡imbéciles!”. Pero dudaba, fondeado en el escepticismo. Respiraba con dificultad mientras los cuadros que colgaban de las paredes –máscaras inanimadas– lo contemplaban con una petulancia provocativa que lo irritaba. Huía del trato con los otros. Eremita y misántropo, no quería escuchar delirios estúpidos de estúpidos delirantes, lugares comunes de gente común. Tenía una certeza casi mística: Los otros conspiraban contra él sonriéndose, clavándole sus miradas, atisbando en su intimidad como gusanos que le invadían el cuerpo dispuestos al placer de una danza macabra. Humillándolo como a Cristo clavado en la cruz: debía resolver su ecuación existencial. Sin falta.
¿La realidad es una fantasía? ¿Los sueños son lo que definen la vida? ¿Él es único e indivisible? ¿O se ha duplicado y vive en dos dimensiones? Los sueños y la vigilia, pensaba, eran dos planos superpuestos. O el anverso y reverso de una fantasía imbricada en las emociones. Hacía tiempo que vivía en una paradoja críptica. Consideraba la realidad como una sensación de los sentidos, que los otros no advertían o juzgaban de modo distinto. Pero esos otros: ¿tenían vida y percepción fuera de su conciencia? Dedujo que esa era una incógnita compleja. Tan maldita e intrincada, que ningún teólogo, filósofo o sacerdote podría resolver. Las criaturas humanas que se desplazaban en su imaginación, ¿pueden decidir qué y cuál es la realidad, qué y cuáles son las sensaciones, los pensamientos, la materia sólida y la evanescencia espiritual? Juzgó que las definiciones semánticas son mezquinas. Como los sermones apocalípticos pero huecos que declaman hasta el hartazgo los presbíteros de aldea.
Abrió los ojos confundido, sin recordar cuándo había penetrado en el espacio de la inconsciencia. Se acercó a la ventana. Contempló las sombras que proyectaban los árboles dentro del área de su visión. Vio en la calle a una mujer enjuta, estática, algo encorvada y vestida con una prenda barata, flexionando las piernas como si caminara, pero sin avanzar... como un maniquí accionado a cuerda, mientras los frondosos árboles, la calle, los edificios y la mujer se desplazaban en una curiosa progresión generada por un mecanismo fantástico. Parecía la puesta en escena de una obra de teatro vanguardista. La acompañaba un niño de cara ajada y piel tirante, como si un torniquete invisible fuera aprisionándole la cabeza hasta convertirla en una estructura descarnada. La piel rígida daba a esa cara una cobertura piadosa. Parecía una horrible muestra de artesanía jíbara. Se conmovió. Permanecía perplejo con los sentimientos degradados. Dudó: no podía concebir esas escenas como elementos de la realidad. Temblaba, colérico y atemorizado.

“Soy portador de un mensaje divino”, le dijo ese día. “El mundo se desploma, no hay sentimientos, se ha perdido la sensibilidad. Al principio fueron las tinieblas”, gritó, “volvemos a la oscuridad anterior a la creación”. Y el tipo de delantal blanco, que no prestaba atención a sus palabras, contemplaba aburrido el revoloteo absurdo de una mosca tsetsé.

Estaba convencido de que era un ser justo y piadoso, y el universo una imagen que existía sólo en su mente. Que amor, odio, celos, envidia, concupiscencia, avaricia, gula, corrupción, pecado o egoísmo, eran reflejos de su pensamiento. Una herencia de sentimientos que lo habían atormentado en el pasado, adjetivados ahora en otras criaturas del género humano, y fruto de ideas transformadas en imágenes físicas.

Prendió la lámpara del lavatorio y contempló al individuo deforme proyectado en el espejo. “Esta no es una imagen ni una ilusión refractada”, pensó: “soy yo, estoy ahí, dentro de un mundo paralelo en el que me deslicé por descuido, penetrando en ese cosmos ignoto a través de un insterticio invisible”. Había cruzado los límites físicos y espirituales de su espacio extraviándose en otra dimensión, en un universo convexo y cóncavo. De allí, discurrió, la imagen grotesca que le devuelve el espejo: barbudo, esmirriado y envejecido: pero es él. Cerró los ojos con suavidad. Sentió náuseas y el cuerpo tiritaba. Parpadeó. Una bruma alteraba la nitidez de la figura proyectada. Fijó la vista en las sombras que titilaban alrededor de la imagen: se le antojaron efigies humanas, testaferros de visiones pretéritas. El gesto de rechazo alejaba a los seres extraños que danzaban entre las láminas de fuego de su mente. Lagrimeaba mientras pretendía ahuyentarlas con las palmas de las manos. Y seguía decepcionado porque permanecía fuera de esa constelación en la que sueños, ficción y realidad eran planos superpuestos que desafiaban su cordura. Escuchaba ronroneos, como cánticos a capella de monjes de la edad media. Otras veces estallaban bramidos que parecían astillarle los tímpanos. Obturaba los oídos con los dedos y sacudía la cabeza con furiosos vaivenes. Luego se echaba a reír, neurótico y exhausto. La visión perdió nitidez y desapareció, como el efecto de una lente zoom que acerca el objeto y luego lo difumina fuera de foco. Había logrado retornar al otro mundo, al planeta paralelo, replegarse, recuperar su vida. Desplazándose sin rumbo en ese laberinto halló la rendija que le había confundido.

A tientas va llegando al altillo. Encandilado, libera el largo espejo que pende de la pared y lo apoya sobre el dintel de la ventana. Desea que la luz matinal que atraviesa la claraboya le ilumine. Retrocede unos pasos, distiende los párpados y reconoce en ese ser refractado el yo duplicado. Ríe a carcajadas. Protagoniza un acto de alucinación. O reencarnación. Se vuelve, contempla el altillo deforme, las paredes retraídas, el piso invisible cubierto de hojas repletas de cálculos, parábolas y sentencias. Nadie puede impedir que retorne a su mundo. Desea resolver el enigma de su alter ego, del yo duplicado, de la doble personalidad que enmaraña su filiación. Va a conocer, por fin, su verdadera identidad; pondrá a prueba su fortaleza espiritual y la relación con el Todopoderoso. Y dentro de ese mundo, ahora lo sabe, no hay lugar para un ser dividido en dos. Tendrá una alternativa hacia la inmortalidad, la eternidad, el infinito. Con los labios crispados, tiritando, murmura: «Alea jacta est»*. Se acerca al alter ego reflejado en el espejo y sonríe. Impaciente, apunta hacia el corazón mientras el dedo índice va presionando con calculada suavidad el gatillo y...¡pum! ■

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Relatado a Andrés Aldao por un  paciente de la sala 20 del Hospital Borda en el año 2001

* La suerte está echada                                                  

Gustavo Andrés Murillo


La niña y la tormenta

Cuando los rayos del sol consiguieron atravesar la densa capa de nubes plomizas ya nada era igual. Habían bastado cuatro horas de lluvia para que el lecho del Rio Seco movilizase una tromba de barro y enredados troncos de árboles que destruyeron en cuestión de minutos todo un barrio. La gente, las familias, muchos de ellos desnudos se amontonaban en techos, árboles o cualquier lugar alto y desde allí observaban las ruinas sin convencerse del todo de haber sobrevivido a ese sorpresivo ensayo del Juicio Final. Los primeros periodistas ya estaban llegando y en medio del pasmoso silencio un viejito vestido solo con un pantalón corto y ojotas sonreía a visiones de su pasado y comenzaba a tocar, con el entusiasmo de lo cotidiano, su violín; sus pies descalzos, flacos y blanquísimos por el forzoso baño, colgaban del árbol en que estaba sentado, tan eterno y enclenque como él.
Babel, el periodista, se demoraba. Sabía que los movileros de su programa ya estarían llegando hacia el barrio del desastre, él los había llamado al momento de enterarse de la gran noticia, sabía que de no hacerlo, sus chicos (como los llamaba con desprecio de padre déspota) se hubiesen quedado toda la mañana a la sombra del edificio municipal esperando a que hable cualquier funcionario con ganas de avanzar unos casilleros en su carrera.


Babel… Juan Babel se demoraba mirando con pena sus zapatillas importadas. Al final se decidió a salir de su casa, podían estar llegando ya los funcionarios provinciales y él debía estar vestido adecuadamente. Aunque al volver a su casa –quizás ya entrada la noche- iba a tener que tirarlas .
Al llegar empezó rápidamente a sacar fotos, mientras les indicaba a sus periodistas a quien entrevistar: debía asegurarse de que las entrevistas se desarrollasen sin ataques de histeria ni arranques de odio contra el gobierno. -¡Para que, si después los volverán a votar!- les explicaba a sus movileros. El sí, cada tanto, se peleaba pero eso era algo  diferente.
A un par de horas de dar vueltas al desastre, caminando sin saber si donde pisaba había sido casa o calle, Babel ya estaba sinceramente sorprendido de que no llegasen funcionarios de primera línea, -esos estarán tan desorientados como los de acá- pensó. Como pudo consiguió una charla informal con el hombre a cargo del rescate del barrio, el Comandante Piedras. Él le confió que habían recogido bajando por la crecida del Rio Seco tres cuerpos: una anciana que figuraría como un infarto, un hombre que vivía solo –este sería alcohólico- y otra mujer vieja, seguramente boliviana. Estaba claro que ella sería NN.


El Comandante dijo –y el periodista confiaba en su criterio a ojos cerrados- que la situación ya había sido controlada. Luego, pasado el mediodía, comieron juntos y llegados al postre Piedra le dio la gran primicia: Si se garantizaba la tranquilidad de la población, en una semana, vendría el Presidente. Babel en silencio maldijo su suerte, con semejante noticia él no debería haber almorzado. Su ulcera le cobraría su buen apetito .
Durante esa tarde se dedicó a observar el improvisado campamento, los militares lo estaban organizando bien. Las familias se acomodaban en carpas y un puesto de control regulaba quien entraba o salía, hasta el periodista tuvo que mostrar sus credenciales al par de soldados que le apuntaban (como si no lo conocieran) mientras lo miraban impersonales tras sus lentes oscuros.
La única carpa que no respetaba el orden y decoro administrados por el ejército era la del grupo de chicos que habían estado bailando en el boliche cuando estalló la lluvia. Los jóvenes parecían aun un poco bebidos -cosa ya imposible, serian solo nervios- y metían bochinche, amontonados en una esquina del campamento cantando cumbias en desafinado coro y alegremente. Entre ofuscado y resignado el Comandante les dio la libertad para que se retiren a sus casas solo luego del veredicto del cura que se había instalado para ayudar a poner orden en el campamento. Este había hablado con ellos y no había forma: solo iban a enloquecer a todos.
Ya entrada la noche Babel pudo irse a dormir. Antes pasó por el bar donde discutió un par de horas sobre el último gran interrogante del pueblo de Bermejo: Para el, debía respetarse el inicio del Carnaval si no se quería terminar de colmar la paciencia del pueblo, nadie lo entendió pero él ya estaba acostumbrado. Durmió con la tranquilidad del que ya sabe cómo amanecerá al día siguiente.


El día, por supuesto, amaneció radiante. Luego de recibir el permiso especial para montar la radio en el campamento Babel se encargó de recibir donaciones y apoyó, contundente, la decisión del Intendente de dar inicio al Carnaval. A unos cien metros del campamento se organizó el palco oficial y la pasarela a lo largo de la ancha avenida y llegando hasta el puente del Rio Seco. Por allí pasarían las comparsas y carrozas, También los diferentes pimpines: en fiestas oficiales la presencia de los indios era siempre requerida.
Los refugiados miraban con un asombro alegre cómo se armaba la gran fiesta. Parados en las colas organizadas en los cuatro extremos del campamento: la fila de la comida, la del agua, la de los médicos y la de los baños químicos, descontaban que no les cobrarían entrada al espectáculo. Babel trabajo cruzando los dedos y dedicó el resto del caluroso día a tranquilizar almas. Aunque lo disimulaba bien, no salía de su asombro: familias separadas, sin propiedad ni trabajo y nadie enfurecía. Todo se debía –se dijo- al ejército. Nadie como los militares para organizar a las masas. Al llegar la tarde los indios del pimpín del barrio Gral. Roca llegaron para pedir a los guardias del campamento que permitiesen salir a su reina, la chiquita había salido a bailar la noche de la tormenta. Los indios habían confiado en que ella estaría allí, encerrada junto al resto de los refugiados. Babel se retiró preocupado esa tarde viendo los pálidos rostros de los guardias que no sabían cómo explicar (no manejaban el idioma y no contaban con el tacto necesario) que la reina de los indios no aparecía en los registros, ella nunca había estado allí.
La mañana llego con un sol potente, definitorio. El clima mismo confirmaba la importancia de la fecha: comenzaba el Carnaval, las aguas se calmarían y luego podría aterrizar el Presidente con parte de su gabinete. Babel, camino al campamento, condujo disimuladamente por frente de la Comisaria. Había allí un pequeño grupo de indios. Era la familia de la reina, su madre y hermanos mayores estaban detenidos. Sin embargo pudo averiguar que –quien sabe conque promesas- el pimpín del barrio Roca participaría en la apertura del Corso.
Las radios empezaban a cubrir el episodio, pero rápidamente el tema decayó. Porque quizás se había escapado con algún novio, o se estaría prostituyendo o drogando. En el fondo era responsabilidad de su familia que por algo había sido detenida.
Pasó el caluroso día y llegó la noche clara, llena de estrellas y guirnaldas en la avenida por la que desfilaría el corso. Babel con su cámara fotográfica estaba parado como todos los años frente al palco oficial pero no se atrevía a mirar los pálidos rostros, no quería retratarlos así y no sabía qué hacer . El locutor daba largas al inicio de la fiesta, hablaba de la alegría de la noche, de olvidar todas las penas. Hablaba de todo menos del penetrante olor a cadáver que trasminaba la noche e intoxicaba a todos los presentes. Unas cuadras más abajo, bajo el puente del Rio Seco, el cadáver de una joven india se descomponía aceleradamente por el caluroso clima de los últimos días...
Cerca, en el palco, políticos y empresarios se culpaban mutuamente con mudas y expresivas miradas: todos se habían apurado, golosos de los subsidios que hubieran recibido cuando aterrizase el avión presidencial… Ese avión parecía ya solo parte de un bello sueño deshilachado. Las autoridades a punto de ser vencidos por las náuseas trataban de sonreír, de aparentar seguridad. 
Babel bajaba los ojos para no ver, apenado. De repente dio un salto, sobresaltado al sentir que lo tironeaban de la manga del traje: un viejito vestido solo con pantalones cortos y ojotas le pedía que buscase al cura, que le hablase  para que le devuelva el arco de su violín. Se lo habían quitado hace tres días para que no molestase con su ruido al campamento. ■


Gustavo Andrés Murillo

Claudio Simiz


Los pájaros

          El hombre se distrajo un instante en el vuelo espiralado del cóndor, casi incalculable en la distancia. Bajó los ojos y sacó sus cuentas. Tenía que llegar al otro lado del Cerro Bayo. Así visto, no parecía tan lejano, allá, en el segundo cordón, como una pirámide algo más clara que su entorno pardo con manchones verdosos. Pero en el medio corría, más desatado que nunca, el Huayra, y había que cruzarlo. “Voy caminando en la tierra…”
          Y había que llegar con los remedios cuanto antes, porque la fiebre se estaba devorando, uno a uno, a los changos del caserío. Acababa de repechar la cuesta más empinada, y se dijo que tenía derecho a un pequeño descanso; desde la altura todo era más pequeño, más al alcance de la mano, como en un mapa. El hombre fue dibujando, acompañándose con el índice, el camino más corto, buscando el vado más tolerante del torrente. Nada fácil, no.
          El cóndor, remontando otra corriente de aire, reapareció a su izquierda, como parido por el lomo del cerro. El hombre bebió el último sorbo de agua sin quitar la vista de la majestuosa ave oscura. Reparó, a su izquierda, en una mancha clara, de forma extraña. Le llamó la atención y decidió invertir un centenar de pasos cansinos para ver de qué se trataba. Era un improvisado refugio, tres cañas medio desbaratadas que habían intentado, en su momento, dar forma de carpa a una tela gruesa, de espaldas a una gran roca. “Habrá hecho noche el hombre”, pensó, revolviendo los restos del minúsculo fogón…quién sabe de dónde vendría…a dónde iría…por qué lo había abandonado…las ataduras de cáñamo habían ido aflojándose; el hombre maniobró unos instantes hasta devolverle al cobertizo algo de su hidalguía original…no vendría mal un rato de sombra…sobre todo para pensar lo del cruce…”Voy caminando en la tierra/ lo miro al cóndor volar…”
          No podía demorar más de un día. Los remedios serían vanos si llegaba retrasado. La sombra le cayó bien, como un jarro de agua fresca. Se detuvo unos instantes en la consideración del improvisado toldo: caña resistente, de otra región…no estaría mal para intentar pasarle por encima al Huayra, que en ningún punto dejaba la esperanza de un vado…tal vez las dos cañas más cortas… comenzó a desatar las tiras de cáñamo, que fueron cediendo de a poco, Pudo usar su cuchillo, pero algo le dijo que tratase de conservar esas cuerdas resistentes pese a la sequedad. Sí, usaría de pértiga o bastones las cañas para tratar de pasar el río en la zona más angosta, media legua hacia la naciente. Nunca había hecho nada parecido, pero…los dedos agarrotados por el esfuerzo le respondían torpemente, no así su cabeza que intentaba dibujar el paso salvador sobre el hilo de plata que se desperezaba allá abajo.
          Finalmente las cañas quedaron a un lado, la soga enrollada en pequeños manojos y la tela hecha un bollo desdibujado y tieso. Comparada con el cóndor que se cernía desde la hilera de cerros, parecía un torpe remedo de la sombra del pájaro gigante. El hombre las contempló a ambas, tan lejanas y distintas…pensó en su pueblito, abrochado a la falda del cerro…se inclinó, tomó la caña mayor, luego las otras dos y dibujó un triángulo con ellas; luego, con ritmo calmosamente decidido, desplegó la tela , tomó una distancia apreciativa y comenzó a desenrollar el cáñamo “… lo miro al cóndor volar/ bienhaiga bicho dichoso…”
          Varias horas le llevó el aparejo, el sol ya comenzaba a despedirse alargando las sombras de los cerros. El hombre, finalmente, elevó en sus brazos su criatura, como ofreciéndola a los dioses. El ala de caña y tela parecía responderle con un estremecimiento.  Como un gesto postrero, el hombre arrojó su sombrero al aire, sus pausados, cada vez más lejanos giros, acompañaron la carrera  hacia la sima: de cualquier modo, ya no le haría falta. “…bienhaiga, bicho dichoso/ tus alas me habías de dar”

 Claudio Simiz

Adrián Néstor Escudero


PÁJAROS (O Parábola de Héroes y Ángeles Custodios)


A los que nunca dejarán de intentarlo…

…
Adrián Néstor Escudero, nació en Santa Fe, Argentina, el 12 de enero de 1951. Cuentista y Narrador cultiva los géneros del realismo mágico, lo maravilloso, lo fantástico, la ficción científica y la ficción conjetural metafísica. Su labor literaria se destaca en la Nueva Enciclopedia De La Provincia De Santa Fe (Tomo I. Ed. Sudamérica. Sta. Fe, 1992), así como en el Breve Diccionario De Autores Argentinos (Ed. Atril. Bs. As., 1999); y en las Selecciones Biográficas Narradores Santafesinos (Ed. Tauro. Sta. Fe, 1994) y Un Siglo De Literatura Santafesina (Ed. Culturales Santafesinas, 1999).


Plano por plano. Pieza por pieza. Piso por piso. Cueva por cueva. Nicho por nicho. Nido por nido. Y he ahí un nuevo, flamante rompecabezas urbano recortando el tiempo y el espacio. Oficio por oficio. Herramienta por herramienta. Eran como pájaros aquellos seres de alas invisibles trepados solazmente a los andamios celestiales...
Y preparaban, en las extremas nubes de argamasa, la torre de agua de otra delgada y cristalina esfinge o templo pagano floreciendo en el vientre ciudadano de esta oxidada Babel contemporánea: hablo de ella, de mi santafesina (argentina) ciudad de la Vera Cruz, a la sazón ya sin fe y ya sin cruz...
Templo donde ellos no sabían –ni querrían saber- sobre su suerte de tórtolas y pichones para el holocausto que, ocultos sacerdotes obispales de escritorio, mitra, báculo, casulla, manípulo, dalmática, tunicela, estola, alba, cíngulo y sandalias de astutos comerciantes letrados, urdían a diario con su vidas a modo de impiadosa ofrenda, desalmado sacrificio y rendido tributo  -a cualquier costo- en honor al más  “poderoso caballero” de este mundo: don (su dios) dinero.

A unos cincuenta metros de mi oficina, por sobre el tráfico y la indiferencia absoluta de mis pares, aquellos pájaros humanos construían nidos de cemento, acero y plástico reforzado, como nidos de lujo para otros pájaros humanos... Ah, si éstos supieran el precio al que ellos debía sujetarse para...
Yo los miraba, absorto y demudado, admirándolos en sus vuelos de correas endebles y gastadas, en su pura valentía de equilibristas del aire con urgido ánimo de supervivencia –“porque de algo hay que vivir, y no le tengo asco a las alturas”-, y me preguntaba, cuánto alpiste comerían por su trabajo de navegantes aéreos. De controladores aéreos. De cosmonautas vernáculos sin escafandra... Cuánto alpiste alcanzarían sus dueños  -aquellos avaros y engordados (para el Apocalipsis) patrones de las bellas arquitecturas que sólo “ellos” moldeaban y modelaban con la sencilla sabiduría del oficio idóneo- a esas bocas hambrientas y chillonas... Cuánto alpiste darían -aquellos avaros propietarios de la empresa inmobiliaria que administraría las rentas del futuro edificio en torre “Campanario 100”-, a esas bocas cantoras y desdentadas por el viento y el sol, como efímero premio a la audacia y pericia de su cabalgadura a destajo por sobre las riesgosas rutinas de intemperie en las que  moraban como horneros deportados, pero siempre llenos de orgullo, sin embargo, como pájaros, porque lo importante era ser “eso”, pájaro, y volar, saber volar y volar...
De pronto, el chirrido de los frenos de un automóvil justo en la esquina donde emergía el gigante constructivo, me desvió la mirada. Pero no más para volver a levantarla y presenciar, yo también, lo que sería el último vuelo, absurdo y desaforado, de uno de aquellos precoces –casi un niño por lo joven que parecía- pájaros sin módulo espacial, obnubilados por la falta de oxígeno, o el exceso de confianza en su pericia, o el fallo de un material de seguridad, o el pensamiento extraviado en las paredes a medio levantar de su casulla del Barrio La Lona -porque hoy es día de cobro de quincena-, y el descuido fatal o el golpe artero y sin aviso de una polea tonta y torpe en la cabeza vanamente enroscada ahora en un cuello roto, giratorio y mortalmente desgajado de aquel cuerpecito histriónico aunque inanimado...
Entonces, sucedió. Y niego que todo fuera producto de la imaginación; de mi imaginación, o, mejor, de la indignación que había venido acumulando mientras comparaba la responsabilidad y destreza que ameritaba semejante oficio con el de otras profesiones quizás -como la mía- más cómodas, burocráticas, aclimatizadas y un tanto vanas –por la corrupción institucionalizada-, y la miserable ración de alpiste con la que esos pobres pájaros eran motivados a jugarse la vida en cada asiento de ladrillo que plantaban sobre aquel muro voraz que crecía y crecía, veloz, sin detenerse jamás...
Niego eso y afirmo con certeza que, por un lado, una lustrosa bandada de golondrinas  turistas –abanicando el verano que ya se despedía de la ciudad-, y, por otro, una bandada de chijíes de pechos fundidos como en oro y plata, antes de que el plumaje pálido de su congénere fuera parte del sangriento guiñapo de un títere aplastado contra el insensible pavimento de concreto asfáltico -como una granada de carne y huesos-, lo alzó en precipitado auxilio, elevándolo hacia el más allá de los allá, sin relieves ni repliegues, sin molduras ni arabescos, sin pórticos ni galerías, sin impostas ni rosetones, sin pilares ni contrafuertes, sin columnas ni parapetos, sin escaleras ni ascensores, sin bóvedas ni subsuelos, sin puertas ni candados, sin ventanas ni antepechos, sin cañerías ni conductos, sin puentes ni cables, sin techos ni alfombras, sin tejas ni chimeneas, sin terrazas ni baldosas, sin aleros ni cobertizos, sin rejas ni barrotes, sin celosías ni listones, sin claraboyas ni buhardillas, en un abierto, rasante y plano y recto cortejo de ángeles luminosos que se fundieron en el crepúsculo de aquel atardecer inolvidable...

Plano por plano. Pieza por pieza. Piso por piso. Cueva por cueva. Nicho por nicho. Nido por nido. Oficio por oficio. Herramientas por herramienta. Fue así, créame. Ninguno de los otros encontró sus plumas derrapadas, ni en la vereda ni en la calle contigua donde yo lo viera flotar y volar, como un pájaro con otros pájaros en un vuelo de especie que se perdió, como pájaro, hacia el reino de los pájaros... Justo el día en que debía recibir su apretada ración de alpiste.-

ooOOoo

Eugenia Cabral


                              


Christian y el viento

-¡Chriiiiistiaaann!...
La voz de la madre se alargaba con el viento seco, como si la corriente de aire le formara una quena invisible a esa voz, para que corriera a través del campo, buscándolo.
-¡Chriiiiist!...
La voz se cortaba dentro de la mente del Christian. Ya va, pensaba, ya va, estoy pensando.
Hace días que piensa en que el monte se va despoblando de animales, de árboles, y eso que siempre fueron escasos por la sequedad, a pesar de la cercanía a la selva, pero fue hace mucho, en tiempos de los abuelos. Al final, van a despojarlo de gente también, de voces como la de su madre, que lo llama. Y ¿adónde podrá irse la gente? ¿A las orillas de la ciudad, como sapos a la vera del río? ¿A dormir entre los viejos durmientes de quebracho de los ferrocarriles, quebrachos sacados de la selva que antes lindaba con el monte quemado?
El viento sopla cada vez más seco debido a la tala de vegetación cercana que lo humedecía. Y el calor tiene manos de tenaza, porque no hay humedad que lo ablande. En la escuela le enseñaron que no se deben talar demasiados árboles, ya por la ecología, ya por la cultura. Y eso que el maestro les contaba a los changos historias lindas pero que sucedían allá en la Europa central, de donde habían venido sus propios abuelos. Los cuentos nombraban árboles que aquí no existen (como las hayas, los abedules, los saúcos) y los había escrito un señor llamado Hans Christian Andersen. Christian, como él, el Christian.
Uno de los cuentos hablaba de un hada que vivía en un saúco y se comunicaba con los niños para decirles que, en realidad, ella era el espíritu del Recuerdo. Y claro, pensó el Christian, al final, de nuestros árboles sólo va a quedar el recuerdo. Pero ¿dónde van a guardarse los recuerdos? ¿En los jarros pintados, igual que en ese cuento? Porque quebrachos frondosos ya no hay más. Y la soja no tiene recuerdos, sólo futuro, futuro económico.
Y ¿qué me importa, pensó, que la soja tenga futuro, si yo no voy a tenerlo? Si les entregamos las tierras, también van a sacar los minerales, que no se pueden volver a sembrar. Así que la soja va a quedar sepultada bajo el aceite impermeabilizante de la soja y las minas, que sólo pueden parir una vez sus minerales, van a ser como vientres de hembra vacíos.
-¡Chriiiiistiaaaann!...
Ya voy, mama, ya voy, pensó. Y se echó a andar mirando alucinaciones de desiertos en lugar de monte. Y siguió caminando rumbo de su hogar, guiado por el grito largo de su madre en medio del viento seco, sin percibir que su madre en realidad estaba a su lado, abrazándolo, tratando de parar con su pecho los borbotones de sangre que fluían del pecho del Christian por las heridas de bala.
Los dueños del futuro, de la tierra, de los minerales, lo habían baleado al Christian Ferreyra por negarse a entregar su futuro, su tierra, sus minerales. Y ahora entendía porqué ese viejo señor que contaba cuentos, el otro Christian, escondía los recuerdos de la tierra en las teteras, en los barriles, y sólo los revelaba a los niños y a los enamorados: para que los ricos no pudieran encontrarlos. No fuese que los balearan, también. ■

                                                                 Eugenia Cabral
                                                                   Diciembre, 2011

Nicanor Parra - Autorretrato