lunes, 26 de septiembre de 2011

LITERATURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR HOLANDES CEES NOOTEBOOM



“Mi privilegio es imaginar lo que pudo haber sucedido”
Este narrador, poeta, ensayista y traductor de 78 años es una de las principales visitas de la tercera edición del Filba y también, por más que a él no le guste que se diga, candidato a ganar el Premio Nobel de Literatura.

Por Silvina Friera

El holandés errante ladra, pero no muerde. Elegante hasta cuando se enoja, como la furia del mar que describe con un intenso lirismo en el último relato de Los zorros vienen de noche (Siruela), Cees Nooteboom es un nómada que pasea de un lado al otro del mundo. Rondar, callejear, mirar. Y vuelta a empezar. Su escritura tiene tramos de fuerte hipnotismo, frases que engatusan al lector omnívoro. “El mar sigue siendo el mismo y bate suavemente contra el muro del muelle. Todo lo demás es reemplazable, el arsenal de objetos con los que se guarnece la memoria.” La historia de Nooteboom comenzó de un modo muy simple. Un joven empleado bancario se hartó. La vida no era eso que estaba viviendo, esa rutina soporífera que le propinaba un “estúpido” empleo. Quizá creyó que el tiempo era lo primero que se le escapaba cuando enfiló hacia la carretera en busca del viaje como principio vital. Como la sal de su existencia. “Mi vida es muy extraña”, dice Nooteboom, uno de los principales invitados del III Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba). El narrador, poeta, ensayista y traductor holandés le señala a Página/12 que, cuando escribe ficción, intenta seguir la filosofía de Italo Calvino en Seis propuestas para el nuevo milenio. “Se puede comprimir la longitud de una vida; pero Paula, la protagonista de uno de mis relatos, plantea que es inhumano. Para hacerlo, porque yo creo que sí se puede, hay que narrar de un modo especial.”
–En una buena historia, afirma uno de los narradores de Los zorros vienen de noche, el tiempo ha sido abolido y a la vez está presente. ¿Cómo trabaja usted con esta paradoja?
–En la intensidad está comprimida una duración, pero cuando uno lo plantea así suena muy abstracto. Las preguntas complicadas son más sencillas de lo que parecen. Yo quiero crear una atmósfera en la cual una vida es iluminada sólo por un momento; con la historia de las góndolas, el primer cuento, podría haber hecho una novela de 300 páginas, pero creo que no es necesario. Que otros lo hagan, para mí chapeau (risas). Nuestro privilegio –y hay que utilizarlo– es darle montañas a un país como Holanda, que no tiene montañas. No creo en una vida después de la muerte, pero mi privilegio es imaginar lo que pudo haber sucedido.
–Una tarea que se asemeja a la del demiurgo.
–Sí, puede ser. No soy un dios cuando escribo, pero es un papel que represento. He querido hacer con estas historias algo diferente. El tema natural del libro es el luto, aunque se dice que es la muerte. Los temas esenciales son el luto, el pasado, la memoria; eso es lo que conecta las nueve historias.
–¿Por qué los relatos están atravesados por la melancolía?
–Hay melancolía pero no es sentimental. La palabra melancolía está bien, pero prefiero pensar en luto porque tiene más de lo inevitable. Melancolía es un sentimiento y también una atmósfera. El luto es un pensamiento, una conciencia de la finitud que hay que confrontarla, describirla y analizarla.
De repente suena la alarma de un reloj en el hotel donde Nooteboom aceptó someterse al bombardeo de preguntas de los periodistas. La evidencia del paso del tiempo distrae al escritor holandés, autor de Hotel nómada, Rituales, El desvío a Santiago y La historia siguiente, para mencionar apenas un puñado de libros de la cincuentena que ha publicado. “No abundan los lectores de poesía”, protesta uno de los narradores de Los zorros vienen de noche. “¿Quiénes son los lectores de poesía? Yo escribo poesía y leo poesía. He escrito tanto que nunca recuerdo exactamente dónde lo dije, pero nadie es libre como lector.”
–¿A qué se refiere?
–Los escritores no son lectores libres, los críticos no son lectores libres; leen como espías para saber qué hicieron las firmas prestigiosas, otro colega escritor. El único auténtico lector, del cual soy muy celoso, es el lector que no hace otra cosa que leer, que no tiene otro pensamiento más que la lectura. Me refiero al lector que no es escritor ni crítico. Es muy interesante que alguien que sabe que no puede escribir poesía pueda tener un pensamiento inteligente sobre la poesía de los otros. Mi ejemplo siempre es el poeta Wallace Stevens, a quien admiro porque era otro. Era poeta, pero en la vida era lo que se suele llamar un “hombre de negocios”. A sus colegas abogados les daba miedo que aparte de escribir reportes muy claros sobre temas jurídicos pudiera escribir una prosa que sus colegas no podían comprender.
–Pero usted no es Stevens.
–No, no soy Stevens, pero tampoco soy alguien que no puede escribir. Primero empecé a escribir poemas influidos, como todo joven poeta, por el sabor de cierta poesía holandesa que era la única que conocía en ese tiempo. El primer libro de poesía que publiqué se llama Los muertos buscan una casa. Como ve, el tema nunca ha cambiado. También he escrito una obra de teatro Los cisnes del Támesis, del ’58, con tres personajes mayores de 80 años. Mi vida es muy extraña; en mi penúltima novela, Paraíso Perdido, mis protagonistas son dos chicas jóvenes brasileñas. Y muchos me reprocharon cómo podía alguien de mi edad escribir sobre unas chicas jóvenes. Pero antes me decían cómo alguien tan joven podía escribir sobre los viejos. Esto es lo que llamo el privilegio, la libertad de escribir. Simplemente hay que hacerlo bien para que no sea falso.
–¿Antes de viajar ya era un nómada en la escritura, tenía el nomadismo del punto de vista?
–¿Antes de viajar? No lo sé, pero le voy a contar una historia. En el Museo Literario de Holanda hicieron una exposición sobre mi vida; entonces fueron al catastro municipal para averiguar las casas en las que viví. Y un señor me dijo: “¿Sabía usted que entre su nacimiento y los primeros días de la Guerra Mundial, entre el ’33 y el ’39, sus padres se mudaron ocho veces?” No, no lo sabía. Fui a preguntarle a mi madre, que vivió hasta los 97 años, y la confronté con esta información. Y me dijo: “Eso no es cierto”. Luego supe las razones de tantas mudanzas. Aunque mi padre era de buena familia, alquilaba casas y cuando no podía pagar se iba (risas). Mi padre murió en el bombardeo, al final de la guerra. Pero antes ya se había divorciado y yo iba de la casa de mi madre a la de mi padre. Así se fabrica un modo de nomadismo, a través de las mudanzas. Hasta los 6 años, tenía ocho direcciones donde había vivido, pasé por seis escuelas y al final no terminé nunca la escuela ni estudié en la universidad. Sólo tengo dos casas: una en Amsterdam y otra en España, en la isla de Menorca. Yo soy en muchas casas. Me comparo con el pájaro cucú, que pone sus huevos en nidos de otros; escribo mis libros en nidos de otros, porque a mí me gusta estar en otras casas.
–Volviendo a una pregunta que quedó en el aire, quiénes son lectores de poesía hoy, ¿qué diría?
–Juan Ramón Jiménez, el gran poeta español, ha dicho que los lectores de poesía son una minoría “enorme”. En los poemas aparecen las mismas palabras que utiliza la gente común y que pueden leer en un diario o escribir en un email; pero esas palabras están en un orden que es extraño. “¡Ah, poesía yo no puedo leer!”, dicen muchos. Los lectores de poesía son como pequeños movimientos religiosos, como pequeñas sectas.
–¿Ganará este año, finalmente, el Premio Nobel?
–Eso es un mito, una fábula (se enoja). Les puede hacer esta misma pregunta a otros escritores: “Señor Kundera, ¿ganará este año el Nobel?”. “Señor Philip Roth...” Son ustedes, los periodistas, los que escriben que soy un candidato. De la Academia Sueca no creo que venga esto porque no tiene una lista oficial de candidatos. Ahora, para colmo, los españoles dicen que soy el “eterno” candidato. Doris Lessing fue “eterna” candidata durante treinta años. ¿Los suecos le darán un premio a un holandés? No lo creo... Nunca se sabe, pero no sé. No quiero especular, ahora tengo 78 años. Si quieren hacerlo, bueno... pero tú puedes darme como periodista el Nobel (risas). 

La primera guerra icónica


Agustí Centelles, foto de la guerra en España

Un libro reúne imágenes míticas de 12 fotógrafos de la Guerra Civil española

Tereixa Constenla  -  Madrid 


Hasta 1936 las guerras eran un asunto que daba poco realismo en los desayunos. Los lectores de periódicos rara vez se topaban con imágenes de muertos. Los combatientes posaban para el fotógrafo como si se tratase de un grupo de amigos dispuesto a irse de fiesta. Por supuesto no había imágenes de acción y apenas de civiles heridos o atemorizados. Ocurrió que para 1936 se había perfeccionado la técnica con cámaras ligeras que facilitaban el movimiento, la rapidez y la espontaneidad. Además, proliferaban las revistas ilustradas hambrientas de impacto. Ya solo faltaba la guerra y un grupo de profesionales dispuesto a llegar muy lejos.
España puso el campo de batalla ideal para que el fotoperiodismo se bautizase a lo grande. Los profesionales dispuestos a ir lejos, es decir, situarse lo bastante cerca como para conseguir una buena foto, llegaron de todas partes. Y algunos (Alfonso, Santos Yubero, Centelles, Brangulí...) estaban aquí.
Paco Elvira, fotógrafo y profesor de fotoperiodismo en la Universidad Autònoma de Barcelona, ha seleccionado imágenes de 12 conocidos fotógrafos y otras de autores anónimos para el catálogo La Guerra Civil española, que publicará Lunwerg en unas semanas. El conflicto español, explica, produjo "la mayor cantidad de fotografías icónicas y significativas de un conflicto hasta la guerra de Vietnam, que estalló casi 30 años después". "Que las guerras son fotogénicas es algo indiscutible", sostiene el escritor Ignacio Martínez de Pisón, en el prólogo del libro.
El gran maestro, sin duda, fue Robert Capa. Y su gran escuela, sin duda también, fue la guerra española. Gracias a los reportajes que publicó sobre ella fue consagrado como el "mejor fotógrafo de guerra del mundo". De él es la instantánea más famosa, la del miliciano abatido en Cerro Muriano (que no figura en este catálogo), y otras tomadas durante la ofensiva republicana en el río Segre en 1938 que evidencian la cercanía del reportero a los instantes de peligro. Sus últimas imágenes fueron tomadas durante la gran retirada de españoles a través de los Pirineos. Fue fiel a su honestidad profesional hasta su último día: murió al explotarle una mina en Indochina en 1954.
Capa pasó a la historia. Menos reconocimiento ha tenido Gerda Taro, una reportera que compartía con Capa, su pareja, el compromiso y el arrojo. Taro es la única fotógrafa que falleció en la Guerra Civil española: fue aplastada por un carro de combate en Brunete en 1937. Algunos de sus negativos aparecieron en 2007 en la llamada maleta mexicana, junto a material de Robert Capa y David Seymour, también fallecido en acción, en 1956 en Egipto.
El catálogo recoge algunas de estas desconocidas instantáneas. Paco Elvira desvela que una de ella es la fotografía tomada en el frente de Aragón en 1937 por Robert Capa en la que aparece en un margen Agustí Centelles, el fotógrafo español que legó un valioso material sobre la contienda en Cataluña y Aragón. El propio Centelles, en su Diario escrito en el campo de concentración de Bram en 1939, destaca la utilidad de su trabajo: "Por mi archivo fotográfico tendrás ocasión de ver el desarrollo de la guerra, los bombardeos, las escenas del 19 de julio en Barcelona. Fui el único fotógrafo que estuvo todo el día dando vueltas por la ciudad".

LA MIRADA CÓMICA DE UN JUDÍO


Joseph Buloff

A la memoria de mi viejo, admirador
del actor, que me llevó a verlo en el teatro
Excelsior de Bs.As. en 1940 (A.A.)

Alberto Manguel 


Hace muchos años, a bordo de un transatlántico, un anciano escritor suizo me contó que en su juventud había conocido a Kafka y que en un café de Viena lo había escuchado leer. Según él, mientras Kafka leía con voz suave y pausada, el público se reía a carcajadas. Me asombré de que un texto de Kafka pudiese parecer cómico, por más particular que fuese el humor de los austriacos de entreguerra. El amigo de Kafka me dijo que obviamente yo conocía mal la literatura judía, para la cual la tragedia de Edipo es la farsa de un niño mimado que no quiere compartir con nadie su Yiddishe Mamme. El Talmud dice que un hombre puede conocerse a través de cuatro cosas: su copa, su ira, su monedero y su risa.
Es cierto que, desde los comienzos, para los judíos, la tragedia no conduce necesariamente, como para los griegos, al llanto y al desasosiego. Frente al trágico secular y cotidiano, frente a las eternas persecuciones y vejaciones, el judío prefiere reír, como si descubriese en la miseria del mundo una demostración del tremebundo humor divino. Que Dios haga morir a Moisés justo antes de alcanzar la Tierra Prometida, le parece una broma inmensa, a la medida de Aquel Que Todo Lo Sabe.
Joseph Buloff fue uno de los más grandes actores cómicos del teatro yídish. Nacido un año antes del fin del siglo diecinueve, en Vilnius, Lituania, Buloff trabajó en los teatros de Europa del Este hasta acabada la Primera Guerra Mundial. En 1926 emigró a Estados Unidos donde puso en escena más de doscientas obras, tanto en el Yiddish Art Theatre de Maurice Schwartz como en Broadway. Su actuación en Muerte de un viajante de Arthur Miller, que Buloff y su mujer Luba Kadison llevaron a Buenos Aires en 1949, fue tan exitosa, que Miller comentó que la versión yídish de Buloff era sin duda el original y el texto en inglés una endeble traducción.
Cuando Buloff murió en 1985, dejó no sólo una gran cantidad de versiones dramáticas de diversos clásicos yídish y rusos, sino también varias novelas, de las cuales Yósik, el del viejo mercado de Vilnius es tal vez la mejor y sin duda la más ambiciosa, un ejemplo perfecto de la visión cómica judía del mundo. Vilnius era para los judíos una de esas ciudades europeas de identidad múltiple, polaca, rusa, lituana, soviética, que le daba una calidad de Torre de Babel absurda, pero, por sobre todo, era un centro de sabiduría ancestral, la "Jerusalén del Norte".
Su variada población, su larga historia, el hecho de ser y haber sido la encrucijada de tantas culturas, hizo de Vilnius un escenario ideal para la comedia humana que Buloff quiso pintar. Su modelo iconográfico fue Chagall y sus ambientes feéricos; su material, la rica mitología hasídica de cuentos y parábolas, en las que Dios comparte, de manera sobrehumana, claro está, la azarosa suerte de sus criaturas. La universalidad del género picaresco tiene matices y tonos distintos en distintas culturas. En España, hesita entre la anécdota soez y la moraleja; en Inglaterra, entre la diferencia de clases y la caricatura social. En la literatura yídish, el héroe picaresco es parte Schlemil (bobo) y parte Lamed Vafkin (uno de los 36 santos ocultos gracias a los cuales el mundo no ha sido destruido). Yósik, el protagonista de la novela de Buloff, es ambas cosas, y su historia cómica, desde su infancia a su edad adulta, coincide con la del trágico pueblo judío de la Mitteleuropa del siglo XX.
Tártaros, griegos, turcos, habitantes de las grandes llanuras rusas, chinos y, por supuesto, judíos pueblan el viejo mercado de Vilnius que resurge en la memoria y la escritura de Buloff, y donde Yósik lleva a cabo su aprendizaje: cómo entenderse con los otros, cómo aprovechar las más escuetas oportunidades, cómo diferenciar granujas de buena gente, y cómo convivir con ambos, cómo protegerse de enemigos y de amigos: en una palabra, cómo sobrevivir. Pero aún esta mínima ambición debe ser filtrada a través de la implacable ironía yídish. "Es posible", le dice su padre a Yósik, "que con el aliento de Dios en tus pulmones hasta puedas llegar a ser millonario algún día: si no de todo un millón, al menos de diez mil rublos". Hasta la imposibilidad debe ser reducida a aquello que un judío de Vilnius puede imaginar como imposible.
Es una pena que esta edición, por lo demás cuidada, no haya respetado la ortografía correcta del nombre del traductor, el entrañable Jacobo Muchnik, muerto hace ya más de quince años y autor de numerosas y memorables traducciones. ■

Ida Y Vuelta ; Azares Del Oficio



ANTONIO MUÑOZ MOLINA 
17-09-2011

Dentro de unos meses hará 30 años que publiqué por primera vez algo en un periódico. Dos años más tarde, a finales de 1984, apareció mi primer libro. Creo que voy teniendo ya una cierta perspectiva para reflexionar sobre lo que se llama el éxito y lo que se llama el fracaso, sobre la fama casi siempre dudosa que puede deparar la literatura y sobre la oscuridad en la que muchas veces queda postergada o perdida, incluso sobre el grado de justicia o de injusticia con que se valora a un escritor. Treinta años, o casi, dan para mucho. En 1982, cuando yo empecé a colaborar en un periódico recién fundado que duró muy poco tiempo, Diario de Granada, en las redacciones había un ruido frenético de máquinas de escribir y una neblina permanente de humo de tabaco. Las dos cosas parecían naturales. Las dos desaparecieron al cabo de no mucho tiempo, primero las máquinas, después el humo. Los artículos los escribía uno a máquina en su casa y los llevaba en mano al periódico. Dictar por teléfono era costumbre de enviados especiales en el extranjero. A los colaboradores de periódicos de provincias una de las muchas cosas que nos producían admiración de Francisco Umbral era que mencionaba como de pasada en sus crónicas que un motorista iba a su casa cada tarde para recogerlas.
Las mías yo las llevaba a pie o en autobús. Y aunque retrospectivamente parece que aquel era un comienzo inevitable yo no me olvido nunca de lo que tuvo de casual. Fue una casualidad que fundaran en Granada aquel periódico nuevo, y que yo conociera al redactor jefe, Antonio Ramos Espejo. Yo tenía 26 años y llevaba escribiendo desde antes de la adolescencia, pero nunca me habían publicado nada, ni me habían premiado ni seleccionado en ninguno de los concursos de cuentos a los que me presentaba. Me armé de valor una tarde y fui al periódico. Antonio Ramos me recibió con la amabilidad distraída de quien tiene demasiadas cosas a las que prestar atención y cuando le ofrecí llevarle algo me dijo, con una simplicidad desconcertante:
-Venga. Escríbeme una columna todas las semanas.
Que se diera por supuesto que esas colaboraciones no se cobraban me pareció lo más natural. Diario de Granada fue un periódico pobre que no duró mucho tiempo y en el que había a veces cantidades prodigiosas de erratas, pero sin esa oportunidad que tuve de escribir en él no sé cuál habría sido mi futuro de posible escritor. Los profesores, los mismos escritores, presentan la vocación como una fuerza solitaria que se alimenta de sí misma y que de antemano tiene trazada una dirección. Esa no es mi experiencia. Yo no sé cuánto tiempo más habría resistido mi vocación sin el estímulo de ver impreso lo que escribía; sin el eco inmediato de algunos lectores; sin la disciplina que se aprende escribiendo con una extensión predeterminada y con una fecha y una hora de entrega; sin la bendición de que al publicar uno se aligera de lo ya escrito y puede volcarse hacia lo ni siquiera intuido todavía.
Yo recortaba mis artículos del periódico y los guardaba en una carpeta con gomas: reliquias del pasado, del siglo pasado. Me asombraba y me halagaba una modesta notoriedad local, y eso me animaba a escribir más, a tantear de nuevo la posibilidad de una novela empezada y abandonada años atrás. Trabajaba de ocho a tres en una oficina y por las tardes escribía. Dos amigos que sacaban adelante una pequeña editorial de poesía, Silene, me propusieron que hiciera un libro con los artículos de aquella serie ya concluida en el Diario de Granada. La vocación no sucede en el vacío, y el poco o mucho talento que cada uno tenga no es nada sin ciertos azares decisivos, detrás de la mayor parte de los cuales hay al menos un acto de generosidad. Los poetas José Gutiérrez y Rafael Juárez me animaron a reunir ese libro de artículos, con una convicción que a mí me faltaba. El pintor Juan Vida me diseñó gratis la portada y me asesoró en el mundo recóndito de las imprentas locales. A mí me parecía una secreta indignidad publicar un libro pagándome yo mismo la edición, pero los dueños de la imprenta eran también amigos, y hasta un conocido se ofreció a llevar los ejemplares de cinco en cinco por las librerías y las papelerías de Granada. En el mundo exterior no había ni que pensar. Luis García Montero, Mariano Maresca, escribieron reseñas en periódicos de la ciudad. Entre unos y otros me daban direcciones de escritores o críticos a los que sería conveniente que les mandara ejemplares dedicados.
Tener un libro con mi nombre en la primera página era algo y no era nada. Verlo en el escaparate de la librería de un amigo; o en un anaquel de una papelería en la que los cinco ejemplares dejados por mi distribuidor permanecían intactos cada vez que yo entraba a comprar unos folios o simplemente a mirar de soslayo a ver si faltaba algún ejemplar. Vivía en la congoja de invisibilidad del aspirante a escritor confinado en su provincia. La frase de Pascal sobre la amplitud de los mundos que ignoran la existencia de uno me la aplicaba a mí mismo y a mi libro, que al menos llevaba el sello de la editorial Silene, ahorrándome así la habitual ignominia, edición del autor.
En cada momento lo que me sucedió podía no haberme sucedido. Pere Gimferrer podía no haber ido a Granada a dar una conferencia unos meses después. Mi amigo Mariano Maresca podía no haberle regalado mi libro. Y a casi nadie más que a Gimferrer se le ocurre leer un libro que le han dado después de una conferencia, en ese paréntesis fatigoso entre la charla y tal vez la cena posterior con los anfitriones y el regreso a la habitación del hotel, de donde uno se marchará con pocos recuerdos y casi siempre con alivio a la mañana siguiente. No hay muchos editores que tengan una verdadera vocación de descubrir. No los hay ahora y no los había entonces. Yo tuve la suerte de que mi novela recién terminada la leyeran Pere Gimferrer y Mario Lacruz; y también de que en aquellos años estuviera surgiendo un público lector que era tan nuevo como nosotros, los escritores de novelas, como la democracia recién inventada, excitante y convulsa en la que unos y otros nos encontrábamos y de una manera inesperada e instintiva nos reconocíamos.
Otros con iguales o mayores méritos no habrán sido tan afortunados. En la generación joven de ahora mismo habrá quien tenga más talento y brille menos que algunos de sus coetáneos. Todo depende tanto del azar, de la moda. En cada generación hay unos cuantos astutos que atisban mejor que nadie la dirección del viento y saben cómo y dónde colocarse, pero no sé si a la larga eso sirve de mucho. Tampoco estoy seguro de que al final el tiempo ponga a cada uno en su sitio. Escribir con entrega a lo que se hace y confianza en los desconocidos es la única seguridad razonable en este oficio incierto. ■



Cartas de Charles Bukowski a John William Corrington



A John William Corrington
Enero 17, 1961

Hola, Sr. Corrington:

Bien, a veces ayuda recibir cartas como la tuya.Ya son dos. Un joven de San Francisco escribió diciendome que algún día habrá quien escriba libros

acerca de mi, si esto podra ayudar en algo. Bueno, no estoy en busca de ayuda, o praise tampoco,y no estoy tratando de ser pesado. Pero yo solía jugar un juego conmigo mismo un juego llamado isla desierta, y mientras estaba tirado en la carcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dolares en las carreras, me preguntaba, Bukowsky, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y nunca ser encontrado excepto por pájarros y gusanos,tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? Yo tenía que decir no, y por un rato esto resolvía un montón de cosas, y me dejaba seguir adelante y hacer un montón de cosas que yo no quería hacer,y me alejaba de la máquina de escribir y me ponía en el pabellón de caridad del hospital municipal, la sangre corriendo fuera de mis oidos, de mi boca y de mi culo, y ellos ahí esperando a que yo muriese, pero nada pasaba. Y cuado salía me preguntaba otra vez, Bukowsky, ¿si estuviertas en una isla desierta? y etc; y sabes, pienso que era que la sangre había abandonado mi cerebro, o algo, y yo decía sí, sí, yo tomaría una vara y rascaría palabras sobre la arena. Bueno, esto solucionaba un montón de cosas porque me permitía seguir adelante y hacer las cosas, todas las cosas que no quería hacer,y me dejaba tener la máquina de escribir también; y desde que ellos me dijeron que un trago más me mataría, ahora le he bajado a dos galones de cerveza al día.

Pero la escritura, por supuesto, cómo el matrimonio, la caída de la nieve o las llantas de los autos, no siempre perdura. Tú puedes ir a la cama el miercoles en la noche siendo un escritor y despertar el jueves por la mañana y ser otra cosa totalmente diferente. O puedes irte a la cama el miercoles por la noche siendo un plomero y despertar el jueves por la mañana siendo un escritor. Este es el mejor tipo de escritores... Muchos de ellos mueren. Claro. Por sus arduos intentos; o por otro lado, porque se vuelven famosos y todo lo que escriben es publicado y ya no tienen que buscar más. La muerte tiene muchas avenidas. Y si a pesar de todo tú dices que mi material te gusta, quiero que sepas que si se vuelve roto, no será porque trate demasiado duro o muy poco, será porque me quedado o sin cervezas o sin sanagre. Para lo que sirva, puedo permitirme esperar: Tengo mi vara y tengo mi arena.

Charles Bukowski

El escritor y poeta Charles Bukowski escribió esta carta a John William Corrington, un guionista de cine y televisión, además de novelista, poeta y abogado.

Crucero de verano, de Capote


Ardor pasional neoyorquino en Crucero de verano, de Capote


Por:Winston Manrique Sabogal22/08/2011

Continúo con el rescate de algunos de los pasajes veraniegos clave en la obra de destacados escritores. Periodos estivales que nos sirven para conocer o visitar veranos de otras épocas y lugares de la mano de narradores de todos los tiempos. Vamos, pues, al Verano literario de hoy, de Truman Capote y su verdadera ópera prima, Crucero de verano:
"-Grady, ¿por qué demonios quieres quedarte en Nueva York en pleno verano?
Grady quería que la dejasen tranquila; seguían insistiendo, la mañana misma en que zarpaba el barco: ¿quedaba por decir algo más de lo que ya había dicho? Después de aquello sólo quedaba la verdad, y no tenía del todo la intención de decirla.
- Nunca he pasado un verano aquí -dijo, eludiendo los ojos de ellas, y miró por la ventana: el resplandor del tráfico realzaba el silencio de la mañan de junio en Central Park, y el sol, lleno de joven verano que seca la corteza verde de la primavera, atravesó los árboles que había delante de la plaza, donde estaban desayunando-. Soy terca; haced lo que queráis. (...)
A Grady le ascendía por dentro una risa incontenible, una agitación feliz que convertía el verano blanco extendido ante ella en un lienzo desenrrollado donde dibujar esos primero trazos, puros y toscos, que son libres".
Era su primer verano, de ella y para ella. Sola. Una chica de 17 años que quiere dar rienda suelta a sus impulsos para alcanzar la felicidad, saber qué es eso que llaman dicha, y en cuya carrera descubrirá las diferentes gamas del amor y la pasión, hasta desviarla por rutas insospechadas. Pocos comoTruman Capote (1924-1984) para contarnos esa historia de iniciación en el Nueva York de los años cuarenta bajo el título de Crucero de verano. Iniciación en variados ámbitos de la vida de una muchacha rica y sola en la Gran Ciudad. Pero mucho más allá de esas arandelas que encantaban a Capote, el valor de este relato no es sólo que se trata de una obra póstuma del periodista y escritor estadounidense, sino que es su ópera prima, el relato que empezó a escribir antes de su emblemático y oficial y autobiográfico debut de 1948 con Otras voces, otros ámbitos. Pues este Crucero de verano lo empezó a escribir en 1943 en unos cuadernos escolares y lo continuó puliendo hasta mediados de los años sesenta donde ya eran cuatro cuadernos que al final se extraviaron en unas cajas que reaparecieron en 2004. Unas páginas que constituyen el nido, el relicario creativo, el big bang de lo que habrá de ser el universo Truman Capote, autor de obras como A sangre fría, Música para camaleones y Los perros ladran
Volvamos a Grady, y empecemos a descubrir por qué no quiere ir con sus padres en un crucero por Europa. Y no puede ser por otra cosa que el amor: ella está enamorada, y nada más y nada menos que de un muchacho mayor que ella, de 23 años, que trabaja en un parking y está a unos cuantos escalones sociales por debajo de ella. Eso es lo de menos, si se siente correspondida y puede hacer realidad su felicidad:
"Él estaba dormido en el asiento trasero del coche. Aunque la capota estaba bajada, no le había visto porque estaba hecho un ovillo y quedaba oculto. En la radio sonaba el débil zumbido del noticiario, y Clyde tenía en las rodillas una novela policiaca abierta. Una de las muchas magias que existen es la de observar cómo duerme alguien a quien amamos: sin ojos e inconsciente, por un momento te adueñas de su corazón; indefenso, es entonces, por irracional que sea, todo lo que esperabas que fuese: puro como un hombre, tierno como un niño. (...)
El tiempo estaba descomponiéndose en Lexington Avenue, y sobre todo porque habían salido de un cine con aire acondicionado; a cada paso que daban, el rancio soplo de calor les barría la cara. Un cielo nocturno sin estrellas se había cerrado como la tapa de un féretro, y la avenida, con sus quioscos de prensa anunciando catástrofes y el sonido del neón parpadeante, semejante al zumbido de una mosca, parecía un cadáver extendido y estancado. Una lluvia de un color eléctrico había mojado la acera; los transeúntes, salpicados por aquellos resplandores húmedos, cambiaban de color con una rapidez camaleónica: los labios de Grady se volvieron verdes y después violeta. (...)
La agarró de la mano, tiró de ella y corrieron hasta una callejuela más silenciosa y engalanada de árboles. Encorvados, jadeantes, él le puso en la mano un ramo de violetas y ella supo, como si lo hubiera visto con sus propios ojos, que las había robado".
Y aquella gloria de Grady no es más que el comienzo de una tragedia. Es Truman Capote con solo 19 años. Dudaba si incluir este episodio veraniego o alguno de Otra voces, otros ámbitos, donde aparece la recreación de su vida en el campo del sur estadounidense, con pasajes maravillosos; pero al final opté por este porque me parece más sorprendente, menos conocido y, claro, por contener su mundo primigenio. Ahí están los acordes iniciales de su prosa musical, su sarcástica mirada sobre sus congéneres y sus juicios inclementes, su debilidad por la vida glamurosa, sus metáforas y trazos sobre el paisaje real, el abismo que circunda a la realidad, su baile narrativo entre la comedia y la tragedia, su tendencia a la aventura y dejarse llevar por las emociones, hasta poner el freno de mano; ahí nace, incluso, la Holly Goligtly de Desayuno  en Tiffany's. Trazos de un verano y un ardor pasional que a él mismo le hubiera gustado vivir, hasta el penúltimo episodio.
Crucero de verano, de Truman Capote, en la traducción de Jaime Zulaika (Anagrama) - Imagen: Mañana en la ciudad, de Hopper.

'Le Havre': ya tenemos el tráiler de la nueva joya de Aki Kaurismäki

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Director y actor de Le Havre

'Le Havre': ya tenemos el tráiler de la nueva joya de Aki Kaurismäki

Por: Gregorio Belinchón
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En el pasado certamen de Cannes, hubo un puñado de peliculas maravillosas. Casi todas (Drive, El árbol de la vida, El artista, Melancolía...)tuvieron su premio, pero el jurado ninguneó a Le Havre, la nueva joya delmaestro finés Aki Kaurismäki, que en cambio se llevó el galardón FIPRESCI, el de la crítica internacional al mejor largometraje en el certamen francés. Este jueves empiezan las proyecciones de este drama maravilloso en San Sebastián, porque es uno de los platos fuertes de la sección Zabaltegi Perlas de otros festivales.
Le Havre es la representante finesa a los Oscar, y tiene sus posibilidades. Otra muestra del talento de Kaurismäki (en la foto, en Cannes, con su actor principal, André Wilms), con sus actores, estética colorista y socarronería habituales, el filme recupera al protagonista de La vida bohemia, dedicado aquí a ser limpiabotas. Su vida feliz y monótona sufre un terremoto cuando su esposa cae enferma y él decide esconder en su casa a un inmigrante subsahariano que solo quiere reunirse con su familia en Inglaterra. Kaurismäki, que vive en el norte de Portugal y que el jueves llega a Donostia en su autocaravana con su esposa y dos perros, comentó en Cannes que estuvo a punto de rodar este filme en Vigo. Lástima. 



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Aki Kaurismäki Director

por TERESA FLAÑO

Nada en el director finlandés Aki Kaurismäki resulta convencional. Ha venido a San Sebastián para presentar su película 'Le Havre' desde su casa de Portugal, donde vive desde hace 23 años, conduciendo una autocaravana y acompañado por su mujer y dos perros. Desde el principio dijo que no quería conceder entrevistas, ni dar una tradicional rueda de prensa. Su contacto con los medios de comunicación se redujo a un encuentro con los periodistas en una terraza del hotel María Cristina, para poder fumar de forma casi compulsiva, y sin que faltara un botella de vino blanco, -eran las 11.30 de la mañana-, que liquidó en el tiempo que duró la conversación.
- 'Le Havre' es una película optimista, con un final feliz, algo no demasiado habitual en sus trabajos.
- Siempre he sido un optimista, lo que pasa que en los últimos diez años lo he escondido. Me gusta la gente, pero tengo problemas con la humanidad. Ya hice otra película optimista, 'Un hombre sin pasado' (2002) y si hubiera hecho otra seguida me hubieran matado, por eso entre medio tuve que hacer la película más triste de mi vida 'Luces al atardecer' (2006). Este mundo es tan terrible que ya no tengo ganas de hacer películas tristes.
- ¿Por qué eligió la ciudad de Le Havre para rodar este filme sobre la inmigración?
- Había pensado en Cádiz, pero las calles son muy estrechas y hubiese sido un caos. También pensé en Marsella, pero no conozco bien la cultura africana y me hubiera sentido como un turista. Hubiera sido una pesadilla logística. Elegí Le Havre, pero fácilmente podía haber sido en cualquier ciudad grande con puerto de Europa: Londres, Valencia... Como era Francia quise darle un toque francés a la película.
- Los actores Jean-Pierre Darroussin y Jean-Pierre Léaud aparecen en la película. ¿Ha querido hacer un homenaje al cine francés?
- Aprendí de Godard, así que es lógico que realice homenajes. Me gustó mucho 'Los 400 golpes' de François Truffau. El personaje del niño tiene algunas similitudes al de mi filme.
- En la película hay varios milagros, ¿cree en ellos?
- Soy un artista a la merced de Dios, (risas). Siempre tengo suerte porque hay buen tiempo en los rodajes, los actores son simpáticos... todo el mundo está contento menos yo.
- Aunque el argumento de 'Le Havre' es muy real -habla de la inmigración clandestina-, los personajes resultan muy poéticos y entrañables. ¿De dónde salen, del corazón o del cerebro?
- No tengo ni corazón ni cerebro, no sé de donde salen, igual del colon. No, en serio. Quería hacer una película estilo Melville, pero como no tengo su maestría, cerré los ojos, me puse a escribir y así salió el guión.
- El final tiene cierta similitud con 'Casablanca', con la relación entre el comisario y el protagonista. ¿Fue algo premeditado?
- Sí, sin duda, aunque pensaba que nadie se daría cuenta.
- La música siempre tiene mucha importancia en sus películas. ¿Cómo la elige?
- Si tengo dinero pago a un músico. Otras veces llevo un cesto lleno de discos al estudio y voy sacando al azar y luego hago las mezclas. Es una de las partes más importantes porque con la música se puede cambiar todo el sentido de una película. No es lo mismo poner un tango que un rock. Es la parte más interesante
- ¿Cree que existe una escuela Kaurismäki?
- Si alguien cree que existe, mejor que busque otro maestro. El estilo no solo tiene que verse en el cine sino en la vida. Eso aprendí de Melville. No me gusta hacer tomas maravillosas. Solo tengo ojos y ritmo. Coloco la cámara y luego le digo a mi director de fotografía, Timo Salminen con el que llevo trabajando treinta años, que ruede. Resulta que es daltónico, así que soy yo el que tengo que decidir sobre los colores.
- Ha comentado que 'Le Havre' es el inicio de una trilogía. ¿Cuáles son los siguientes títulos?
- Si no me fijo planes como ése no hago nada porque soy muy vago y prefiero estar leyendo o tirado en el sofá soñando. Pero lo dije y mi equipo ya está pensando en esas películas. Tienen familias a las que alimentar, así que no me puedo negar. Posiblemente rodaré en Vigo y Hamburgo. Siempre lejos de Finlandia, donde hay demasiada perfección.