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lunes, 26 de septiembre de 2011

Olivari, el blues porteño *



 Por Juan Sasturain

Justo había empezado a leer a Nicolás Olivari, cuando se murió. Recién caído en Buenos Aires y en la facultad, entre Illia y Onganía, yo era un pibe, tenía veintiún años, y él los últimos sesenta y seis que yo tengo ahora. Lo había descubierto en una edición de La musa de la mala pata de Editorial Deucalión, una colección dedicada a Boedo y Florida donde encontré al otro Tuñón, Enrique, con Camas desde un peso. Después leí El gato escaldado que rescató el Centro Editor, con aquel prólogo programático y provocador que es el equivalente, para la poesía, de lo que fue entonces, para la narrativa, la incitación pugilística arltiana, la tan citada del cross a la mandíbula.
Es obvio que no se leía a Olivari en el ámbito académico, por decirlo así. El veterano Julio Caillet Bois, que teníamos de profesor, no lo incluyó –ni a él ni a Tuñón: Raúl, en este caso– en una antología, preparada para Eudeba, de poetas del primer tercio del siglo XX. Parece mentira.
Pero no, era así. El viejito de pelo blanco, amable y sereno, que aparecía en la contratapa de su libro póstumo de crónicas porteñas, no había sido nunca un escritor cómodo, accesible, compartible sin salvedades. Y mucho menos de muchacho, cuando encarnó lo más saludablemente corrosivo de la vanguardia poética. Así, Olivari, creador múltiple –ya que escribió también cuentos, alguna novela, teatro y radioteatro, crónicas, películas, un tango famoso que grabó Gardel: “La Violeta”–, ha sido un autor temible y temido, difícil de clasificar y sobre todo de manipular críticamente.
Recuerdo que hacia comienzos de los ’70 preparé una antología que nadie me pidió antes, ni publicó después, con un prólogo pretencioso –que he saludablemente perdido– y que por entonces poco era lo que había para leer sobre él: un libro extraño del erudito Bernardo Ezequiel Koremblit: Nicolás Olivari, poeta unicaule (sic), comentarios de Martín Alberto Boneo y –más cerca– una hermosa nota evocativa, un retrato del Olivari final que hizo Paco Urondo, creo que en la primera etapa de La Opinión. Poco más. Al poeta y a los poemas –digo– no había donde leerlos.
Recién hace unos años, cuando El Octavo Loco, con la perspicaz mirada crítica de Ojeda y Carbone, volvió a editarlo en prosa y verso, tras el rescate que significó la re-aparición de El hombre de la baraja y la puñalada en Adriana Hidalgo, el lector pudo volver a encontrarse con “La costurerita que dio aquel mal paso” –un soneto como el de Carriego, pero arrasado de ironía–, “Nuestra vida en folletín”, “Antiguo almacén A la ciudad de Génova” y otras extrañas maravillas, inevitables en la más exigente antología de nuestra poesía contemporánea.
Esa edición cuidada y fervorosa de sus tres primeros libros de poesía, escritos, como los de Borges, a lo largo de aquella década del ‘20 prodigiosa para la lírica argentina, incluye poemas desparejos en calidad, pero uniformados por un inconfundible y poderoso aliento. Es que La amada infiel (1924), La musa de la mala pata (1926) y El gato escaldado (1929) se leen como un único y originalísimo texto poético que no se parece a nada coetáneo. Porque si bien Olivari pertenece a una generación, a una ciudad y a una condición social precisas –que él subraya a menudo–, puesto a escribir rompe con todo, se va de cauce y de causa, patea intencionadamente el tablero. Incluso para el lector que entra sin aviso ni vacuna –o, a la inversa, con prejuicio o preconcepto positivo– suele operar una fuerza centrífuga, una cierta resistencia que impide o dificulta entrarle con facilidad.
En el esquema con que se describe aquel momento de la poesía argentina, se redunda en la oposición Boedo-Florida, el barrio y el centro. Groseramente, la izquierda y el compromiso social estaban de un lado; la vanguardia experimental y el arte por el arte, del otro. Menos Oliverio y la figura magistral de Macedonio, todo el resto de los que vale la pena acordarse eran (de Borges a Marechal y Molinari) pibes brillantes de veintipico. También tenían esa edad los fronterizos y tránsfugas que no encajaban del todo en el esquema simplista: los mencionados González Tuñón, Arlt y este Olivari, nada menos.
La originalidad de ese grupo entre grupos, que no es tal ni programático, resulta, por muchas razones, de lo más interesante. Su obra da cuenta de una mirada y un “estado espiritual” rico en contradicciones –que son las de la ciudad–, menos sujeto a dogmas y más pegado a la calle, sin redencionismo social a la Carriego, ni el turismo urbano del primer Borges. Lo suyo será el grotesco: el ejercicio de un humor amargo ante la sordidez.
Dijimos alguna vez que Olivari viene de los barcos –la raíz tana es muy fuerte, como en los Discépolo–, pero ya no extraña il paese como el ancestro inmediato que alimentó el grotesco; viene del barrio humilde, pero recala en el asfalto y las luces del centro –itinerario tanguero, sin su carga sensiblera–, pero, sobre todo, viene de la literatura: como Arlt se carga de Dostoievski y alucina fuera de programa, Olivari sale a la calle con la cabeza llena de Villon, de Lafforgue, de Baudelaire, y pinta y cuenta desde esos modelos revulsivos. Con vocación de dandy y marginal, se piensa poeta maldito mientras trajina en la redacción de Crítica, rema con “prosa asmática” bajo la tutela del capital. Ahí están las tensiones básicas –lo individual y lo social– entre el ideal y la miseria, belleza y fealdad, todo a flor de piel y sin resolver. El resultado es una tristeza sin melancolía, el tedio sin atenuantes, la rabia destilada en puteada, escupida y mueca; el poema de versos disonantes, cojos, autoconscientes de su rareza.
Hay una pareja clave en casi todos los poemas: por un lado el yo lírico, la voz cantante –el joven enamorado, el periodista asalariado, el cliente ocasional, el paseante cínico–, y enfrente, con el lector de testigo y a veces de interlocutor, ella en sus tres versiones: la novia inicial que compartió los perdidos sueños adolescentes –el cine de barrio encarna ese universo de deseos insatisfechos, de la pantalla a la butaca– y que deviene la sórdida compañera de la rutina matrimonial; la empleadita, dactilógrafa o modista, sometida y expuesta a un mercado perverso y desigual; y finalmente, abyecta y triunfal, la “puta de dos pesos”, la yiranta, la carne callejera que saltó el cerco de la decencia. La novedad no es el tema sino la mirada al ras, solidaria y cruel a la vez: el poeta comparte con la yira –retórica pero sinceramente a la vez– un mismo horizonte de frustraciones sin salida: “Me gustaría tentar otro destino; / pero ya es tarde, / y estamos clausurados por la desdicha / y por la democracia”. Qué bárbaro.
Nicolás Olivari murió el 22 de septiembre de 1966, una primavera como ésta de hace cuarenta y cinco años. ■



http://literaturarioplatense.blogspot.com/2009/07/nicolas-olivari-la-musa-de-la-mala-pata.html


* La producción completa de Nicolás Olivari  puede encontrarse en mi colección rioplatense LOS GRANDES LITERATOS DEL RÍO DE LA PLATA -Andrés Aldao

LITERATURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR HOLANDES CEES NOOTEBOOM



“Mi privilegio es imaginar lo que pudo haber sucedido”
Este narrador, poeta, ensayista y traductor de 78 años es una de las principales visitas de la tercera edición del Filba y también, por más que a él no le guste que se diga, candidato a ganar el Premio Nobel de Literatura.

Por Silvina Friera

El holandés errante ladra, pero no muerde. Elegante hasta cuando se enoja, como la furia del mar que describe con un intenso lirismo en el último relato de Los zorros vienen de noche (Siruela), Cees Nooteboom es un nómada que pasea de un lado al otro del mundo. Rondar, callejear, mirar. Y vuelta a empezar. Su escritura tiene tramos de fuerte hipnotismo, frases que engatusan al lector omnívoro. “El mar sigue siendo el mismo y bate suavemente contra el muro del muelle. Todo lo demás es reemplazable, el arsenal de objetos con los que se guarnece la memoria.” La historia de Nooteboom comenzó de un modo muy simple. Un joven empleado bancario se hartó. La vida no era eso que estaba viviendo, esa rutina soporífera que le propinaba un “estúpido” empleo. Quizá creyó que el tiempo era lo primero que se le escapaba cuando enfiló hacia la carretera en busca del viaje como principio vital. Como la sal de su existencia. “Mi vida es muy extraña”, dice Nooteboom, uno de los principales invitados del III Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba). El narrador, poeta, ensayista y traductor holandés le señala a Página/12 que, cuando escribe ficción, intenta seguir la filosofía de Italo Calvino en Seis propuestas para el nuevo milenio. “Se puede comprimir la longitud de una vida; pero Paula, la protagonista de uno de mis relatos, plantea que es inhumano. Para hacerlo, porque yo creo que sí se puede, hay que narrar de un modo especial.”
–En una buena historia, afirma uno de los narradores de Los zorros vienen de noche, el tiempo ha sido abolido y a la vez está presente. ¿Cómo trabaja usted con esta paradoja?
–En la intensidad está comprimida una duración, pero cuando uno lo plantea así suena muy abstracto. Las preguntas complicadas son más sencillas de lo que parecen. Yo quiero crear una atmósfera en la cual una vida es iluminada sólo por un momento; con la historia de las góndolas, el primer cuento, podría haber hecho una novela de 300 páginas, pero creo que no es necesario. Que otros lo hagan, para mí chapeau (risas). Nuestro privilegio –y hay que utilizarlo– es darle montañas a un país como Holanda, que no tiene montañas. No creo en una vida después de la muerte, pero mi privilegio es imaginar lo que pudo haber sucedido.
–Una tarea que se asemeja a la del demiurgo.
–Sí, puede ser. No soy un dios cuando escribo, pero es un papel que represento. He querido hacer con estas historias algo diferente. El tema natural del libro es el luto, aunque se dice que es la muerte. Los temas esenciales son el luto, el pasado, la memoria; eso es lo que conecta las nueve historias.
–¿Por qué los relatos están atravesados por la melancolía?
–Hay melancolía pero no es sentimental. La palabra melancolía está bien, pero prefiero pensar en luto porque tiene más de lo inevitable. Melancolía es un sentimiento y también una atmósfera. El luto es un pensamiento, una conciencia de la finitud que hay que confrontarla, describirla y analizarla.
De repente suena la alarma de un reloj en el hotel donde Nooteboom aceptó someterse al bombardeo de preguntas de los periodistas. La evidencia del paso del tiempo distrae al escritor holandés, autor de Hotel nómada, Rituales, El desvío a Santiago y La historia siguiente, para mencionar apenas un puñado de libros de la cincuentena que ha publicado. “No abundan los lectores de poesía”, protesta uno de los narradores de Los zorros vienen de noche. “¿Quiénes son los lectores de poesía? Yo escribo poesía y leo poesía. He escrito tanto que nunca recuerdo exactamente dónde lo dije, pero nadie es libre como lector.”
–¿A qué se refiere?
–Los escritores no son lectores libres, los críticos no son lectores libres; leen como espías para saber qué hicieron las firmas prestigiosas, otro colega escritor. El único auténtico lector, del cual soy muy celoso, es el lector que no hace otra cosa que leer, que no tiene otro pensamiento más que la lectura. Me refiero al lector que no es escritor ni crítico. Es muy interesante que alguien que sabe que no puede escribir poesía pueda tener un pensamiento inteligente sobre la poesía de los otros. Mi ejemplo siempre es el poeta Wallace Stevens, a quien admiro porque era otro. Era poeta, pero en la vida era lo que se suele llamar un “hombre de negocios”. A sus colegas abogados les daba miedo que aparte de escribir reportes muy claros sobre temas jurídicos pudiera escribir una prosa que sus colegas no podían comprender.
–Pero usted no es Stevens.
–No, no soy Stevens, pero tampoco soy alguien que no puede escribir. Primero empecé a escribir poemas influidos, como todo joven poeta, por el sabor de cierta poesía holandesa que era la única que conocía en ese tiempo. El primer libro de poesía que publiqué se llama Los muertos buscan una casa. Como ve, el tema nunca ha cambiado. También he escrito una obra de teatro Los cisnes del Támesis, del ’58, con tres personajes mayores de 80 años. Mi vida es muy extraña; en mi penúltima novela, Paraíso Perdido, mis protagonistas son dos chicas jóvenes brasileñas. Y muchos me reprocharon cómo podía alguien de mi edad escribir sobre unas chicas jóvenes. Pero antes me decían cómo alguien tan joven podía escribir sobre los viejos. Esto es lo que llamo el privilegio, la libertad de escribir. Simplemente hay que hacerlo bien para que no sea falso.
–¿Antes de viajar ya era un nómada en la escritura, tenía el nomadismo del punto de vista?
–¿Antes de viajar? No lo sé, pero le voy a contar una historia. En el Museo Literario de Holanda hicieron una exposición sobre mi vida; entonces fueron al catastro municipal para averiguar las casas en las que viví. Y un señor me dijo: “¿Sabía usted que entre su nacimiento y los primeros días de la Guerra Mundial, entre el ’33 y el ’39, sus padres se mudaron ocho veces?” No, no lo sabía. Fui a preguntarle a mi madre, que vivió hasta los 97 años, y la confronté con esta información. Y me dijo: “Eso no es cierto”. Luego supe las razones de tantas mudanzas. Aunque mi padre era de buena familia, alquilaba casas y cuando no podía pagar se iba (risas). Mi padre murió en el bombardeo, al final de la guerra. Pero antes ya se había divorciado y yo iba de la casa de mi madre a la de mi padre. Así se fabrica un modo de nomadismo, a través de las mudanzas. Hasta los 6 años, tenía ocho direcciones donde había vivido, pasé por seis escuelas y al final no terminé nunca la escuela ni estudié en la universidad. Sólo tengo dos casas: una en Amsterdam y otra en España, en la isla de Menorca. Yo soy en muchas casas. Me comparo con el pájaro cucú, que pone sus huevos en nidos de otros; escribo mis libros en nidos de otros, porque a mí me gusta estar en otras casas.
–Volviendo a una pregunta que quedó en el aire, quiénes son lectores de poesía hoy, ¿qué diría?
–Juan Ramón Jiménez, el gran poeta español, ha dicho que los lectores de poesía son una minoría “enorme”. En los poemas aparecen las mismas palabras que utiliza la gente común y que pueden leer en un diario o escribir en un email; pero esas palabras están en un orden que es extraño. “¡Ah, poesía yo no puedo leer!”, dicen muchos. Los lectores de poesía son como pequeños movimientos religiosos, como pequeñas sectas.
–¿Ganará este año, finalmente, el Premio Nobel?
–Eso es un mito, una fábula (se enoja). Les puede hacer esta misma pregunta a otros escritores: “Señor Kundera, ¿ganará este año el Nobel?”. “Señor Philip Roth...” Son ustedes, los periodistas, los que escriben que soy un candidato. De la Academia Sueca no creo que venga esto porque no tiene una lista oficial de candidatos. Ahora, para colmo, los españoles dicen que soy el “eterno” candidato. Doris Lessing fue “eterna” candidata durante treinta años. ¿Los suecos le darán un premio a un holandés? No lo creo... Nunca se sabe, pero no sé. No quiero especular, ahora tengo 78 años. Si quieren hacerlo, bueno... pero tú puedes darme como periodista el Nobel (risas).