martes, 23 de agosto de 2011

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 09/07/2011



REPORTAJE: IDA Y VUELTA

Novela negra de Granada

En las novelas policiales una voz lleva a otra, la solución parcial de un enigma lleva a otro enigma, hasta llegar al enigma final que suele ser el de una muerte. Algunas veces con los libros sucede lo mismo. Un libro llega inesperadamente y cambia de golpe la dirección de las lecturas. Mi amigo Alfonso Alcalá, director de la Casa Museo García Lorca de Fuente Vaqueros, me mandó la investigación de Miguel Caballero sobre las trece últimas horas de la vida del poeta. Esa inmersión en la negrura del crimen me hizo dejar en suspenso cualquier otra lectura que tuviera entre manos para recobrar libros a los que no volvía hace tiempo, aunque esa muerte, y la obra y la vida de Lorca, están siempre muy presentes en mí, mezcladas al recuerdo de la ciudad a la que llegué treinta y ocho años justos después de su asesinato, y donde me quedé a vivir veinte años, el tiempo más largo que he pasado en ninguna parte.
A García Lorca uno no deja nunca de leerlo. En sus mejores versos hay una consistencia de pedernal indestructible, hecha de exactitud en la observación de las cosas y de temeridad visionaria que se vuelca con igual vehemencia en la celebración del amor y de la naturaleza que en la denuncia de lo injusto. Dice él mismo, en un soneto dedicado a Manuel de Falla: Álgebra limpia de serena frente, / disciplina y pasión de lo soñado. En un país donde cualquier efusión sentimental es considerada intelectualmente de mal tono, García Lorca se permitió en sus poemas amorosos un impudor de confesión en carne viva que nos sigue estremeciendo al cabo de tres cuartos de siglo. En la capital de provincia cerrada y hosca a la que volvía de Madrid con sus camisas de colores llamativos y sus ademanes fantasiosos aquella singularidad suya se debió de hacer aún más ofensiva cuando la agravó el éxito, a medida que la escalada de la tensión política alimentaba las formas más primitivas del odio. El drama del hombre que huye buscando refugio justo al lugar donde lo aguardarán para matarlo tiene algo de la fatalidad inexorable de un mito griego. He vuelto a seguir esos pasos de Lorca por los mismos libros que ya he manejado otras veces: el diario de Carlos Morla Lynch, la biografía de Ian Gibson. Pero sobre todo he leído con más sosiego y más atención un testimonio que ya es en sí mismo otro enigma, porque más que un libro es la conjetura o el proyecto de un libro que no llegó a existir: una maleta llena de páginas mecanografiadas, cuadernos de diario, copias de documentos, fotografías; una maleta que su dueño, Agustín Penón, llevó consigo en el barco que lo devolvía a Nueva York en 1956, después de más de un año de indagaciones sobre la muerte de Lorca en Granada y Madrid; que permaneció intocada durante más de veinte años, mientras ese hombre, distraído en otras obligaciones, postergaba el momento de ponerse a trabajar en su libro, quizás temeroso de hacer daño a los testigos que habían confiado en él y que seguían viviendo bajo la dictadura de Franco, quizás desalentado de antemano por la dificultad de una tarea que le parecería superior a sus fuerzas.
Uno va dejando para otro día sus mejores propósitos y de repente el tiempo se ha acabado. La maleta que había venido de Granada a Nueva York viajó con Agustín Penón de Nueva York a San José de Costa Rica. En su interior permanecían los testimonios escritos de muchas personas que ya estaban muertas o que habían perdido la memoria, las fotos en blanco y negro de un país cada vez más lejano en el pasado. Antes de morir, en una última tentativa de que no hubiera sido vana su búsqueda de tantos años atrás, Agustín Penón envió la maleta de vuelta a España, dejándola como herencia a su amigo William Layton. Hasta las cosas más frágiles duran más que las personas: el papel quebradizo de las fotografías, el de las copias en calco, la tinta de las máquinas de escribir. Como un tesoro de tiempo la maleta de Agustín Penón la abrió en los primeros años ochenta Ian Gibson, que hizo uso de ella para documentar los episodios finales de su biografía de Lorca. Y aunque el propio Gibson le dedicó luego un libro, pocas personas supieron de ese hombre y de su búsqueda hasta que la editorial Comares de Granada publicó en 2000, y luego en 2009, una edición de sus papeles al cuidado de Marta Osorio: Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956).
Solo un trabajo filológico que no sé si está hecho permitirá conocer la naturaleza exacta de los materiales agrupados en el libro. Algunas veces se leen como entradas de diario, o como anotaciones rápidas hechas inmediatamente después de una conversación. En ocasiones la voz de la editora no acaba de distinguirse del relato original de Penón, y no estamos seguros de si todas sus notas las tomó en inglés, o de si han sido solo traducidas, y por quién, o también resumidas o arregladas de algún modo.
Sea como sea, el resultado es un libro que no se parece a ningún otro escrito sobre García Lorca. Agustín Penón, muerto hace tantos años, no recordado por nadie o por casi nadie, no acreditado por ningún título de erudición universitaria, viajó a Granada cuando la mayor parte de los amigos y de los enemigos del poeta estaban todavía vivos y lúcidos y cuando se respiraba todavía físicamente el terror de una represión que había tenido algo de meticulosa venganza social. Penón es el desconocido que llega haciendo preguntas a la pequeña ciudad en la que todos se conocen: el detective que ha venido para investigar uno de esos crímenes cometido en la claustrofobia de un recinto sin salida en el que las caras de todos los sospechosos son igualmente familiares. En Granada, a mediados de los años setenta, cuando yo me empeñaba en imaginarme a mí mismo como un escritor sin haber escrito apenas nada, leía a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett e intuía en las noches de la ciudad la trama posible de una historia policial que la abarcaría entera, con sus callejones y sus barrancos, con sus zaguanes oscuros de viejas casas en ruinas, con sus periferias de bloques especulativos que arrasaban la Vega, con su castillo rojo en lo alto de una colina a la que se ascendía por un bosque.
Solo ahora, leyendo a Agustín Penón, me doy cuenta de que aquella novela negra había existido sin necesidad de ser inventada ni escrita, menos aún por mí. El crimen es simultáneamente la muerte de Lorca y la de los miles que cayeron asesinados al mismo tiempo que él: el detective es ese hombre joven con apellido español y pasaporte americano que llega a la ciudad en 1955 y tiene la misma perspicacia para intuir la verdad o la fantasía en lo que le cuentan y para comprender más hondamente que ningún otro biógrafo cómo fue Federico García Lorca. Qué triste que se muriera sin recibir ni rastro de la gratitud que merecía.

MACEDONIO FERNÁNDEZ


MACEDONIO FERNÁNDEZ



.Para que su manuscrito yacente en un armario no moleste mis pocas energías mentales, que dedico a la pulsación actual de lo humano, lo saco de cerca de mí; todo nos gasta a los ancianos. Creo que salvo pocos renglones felices no aporto novedad en la humorística que había estudiado tanto. Que el lector, condolido, a mí personalmente me perdone lo que, juzgante, no perdonará al libro"
M. F.

TEXTOS OLVIDADOS

El Recienvenido

El presente texto fue publicado en el libro PAPELES DE RECIENVENIDO (Centro Editor de América Latina, Buenos Aires/1967)

¡Fue tan fortísimo el golpe que no hay memoria en la localidad de que en los últimos cuarenta años se haya registrado temperatura tan elevada en la región golpeada! (Otra cosa que los más ancianos del país no recuerdan es que yo haya sido visto con dinero algún día en ese mismo intervalo; pero eso lo diré más adelante, cuando otro hecho excepcional requiera el énfasis de una referencia a cosa no acaecida en cuarenta años. Esos intervalos de 40 años tan cómodos se encuentran en cualquier localidad, a menos que hayan sido recientemente atropellados por una locomotora y que todavía el ayuntamiento local no haya iniciado su reconstrucción. Es muy conveniente que una vez registrado un terremoto y puestos hacia fuera sus bolsillos, se le coloque en el departamento contiguo al de intervalos de 40 años y al de las temperaturas más revisadas y registradas, y que estos tres locales estén siempre a la izquierda y a breve distancia de la Estación del tren, que es el lugar donde se elevan las tarifas, con amplia facilidad para descarrilamientos a la derecha. Un poco más allá… Todo viajero que no se haya quedado en su casa debe saber distinguir el lugar denominado un poco-más-allá, sin lo cual andaría tan extraviado como si no hubiera leído nunca –lo que no puedo creer- mi discreta obra "La Guía del Cojo en el Camino Recto de la vida".
Soy de un temperamento tan instructivo que no puedo dejar de informaros que todos los pueblos existentes –los inexistentes son malsanos- deben tener una estatua del inventor de los lados derecho e izquierdo y los de revés y anverso, distinción ésta que solo los agujeros escurren. No me pregunten ahora el por qué los comisarios más abusivos siempre se abstuvieron de llevar presa a ninguna estatua, que viven en las plazas como los vagabundos, ostentando el mal ejemplo de la holgazanería. Aborrezco las estatuas: casi siempre son hombres con sobretodo griego, o amplia levita de mármol. Si absurdo suele ser el traje actual del varón, esos botones y trencillas de mármol, ese trozo gruesísimo de mármol que simula los faldones levantados levemente por la brisa, son intolerables, y todo para que un hombre esté allí asegurándonos con su mano y su boca que nos va a decir cosas elocuentes y no se le oye en todo el día.
Si uno fuera a hacerles caso, no penetraría en ninguna plaza, pues están a la entrada con el brazo tendido hacia mí (y demás personas). Dicho brazo grita: "Vete, detente". No atienden recomendaciones aunque en vida no hacían otra cosa que pedir o dar empleos. Felizmente la naturaleza los ha dotado de la incapacidad de darse vuelta, y aprovechando un momento el gran sistema es entrar por el lado opuesto, apuntándose de camino un cafecito en el boliche de los "Tres ángeles y Medio", que hace tanto negocio a espaldas del grandioso personaje. Voy a cerrar aquí el paréntesis; es fácil volver a abrirlo.)
Un instante, querido lector: por ahora no escribo nada. Estoy callado para meditar acerca de un telegrama que leo en "La Prensa" y que me asegura no haber sido destruida por la explosión la ciudad próspera y antigua de Muchagente –Vielemenschen-, sino levemente dañada y tan poco que si hubiera explosiones de gigantescos arsenales que mejoraran las casas de las ciudades, ésta sería una de ellas. Hace tres días la ciudad voló; a la tarde ya la mitad había reaparecido y con la otra mitad o dos mitades más que se encontraron intactas ayer, resulta que el ciento por ciento de las cuatro cuartas partes gozan del orden restablecido y hoy tiene más mitades que antes. Los muertos por la explosión tienen de nuevo donde vivir y creo que hasta hay dos casas más: quizá una para mí y otra para el corresponsal de los telegramas. Yo no voy a viajar fuera de mi domicilio para ir a una ciudad de gran explosión postergada, cuando en este momento me avisan que está servido el desayuno. Viajar: uno está expuesto a hablar idiomas que no sabe, por no estar callado en alemán, que tampoco lo sé hacer. Además, recibí una notificación del Ministerio de policía recomendándome no ir al país para no aumentar la disminución de alimentos que abunda en toda la nación. Yo iba a contestar al Ministerio interpelante que no podía reinar el hambre en Alemania porque como república que era –según se advertía por la orientación de las calles y la costumbre de que los habitantes de las casas las ocupen por dentro-, ninguna entidad puede reinar en ella.
Pero pido al lector ayude a no meterme en semejantes incidencias. A veces se pierde la vida en un incidente, siendo la vida útil y los incidentes inútiles. Mejor es seguir practicando la longevidad, como lo hago yo desde la niñez, porque si bien la muerte mejora la reputación de las personas…
Mas recuerdo que he suspendido el escribir hace ya mucho rato y si el lector se ha tenido cerca voy a explicarle lo que pasó con aquel golpe.
Recordará el lector que al empezar este libro me di un golpe y tomé la pluma enseguida para detallar que por efecto de él –como el suelo está al alcance de todas las personas, no faltará al lector ocasión de verificar la exactitud del síndrome a posteriori de un golpe-, podré decir con solemnidad: los signos premonitorios o semiológicos de haberse dado un golpe, son: tumefacción en la región receptora, gran número de espectadores que antes estaban ocupadísimos a varias cuadras de allí, tres vigilantes a pitadas alternantes… (Estos vigilantes no pueden arrestar a un golpeado sin traer mucha gente.) Pero me temo que estos paréntesis van a cansar al lector más aún que si se tratara de un libro consagrado como la Divina Comedia o el Paraíso Podado y otra obra bostezable como las quejumbres de Fray Luis de León o del constante inocente Leopardi…. Sin embargo, estoy con León: hay que huirle a los voluminosos dorados y artesonados y buscarse asiento alejado donde le caigan a otro (me acuesto cariñosamente del prójimo) o entrar en salones donde ya se hayan caído o en el que el artista haya esculpido en el piso las peligrosas cornisas. El suelo no nos cae encima: es el mejor adorno de una casa y por eso en la Antigüedad, tiempo de las cosas bien hechas, se colocaba un suelo a los edificios haciendo juego con el techo y en dirección opuesta, de manera que el que penetrara –los edificios no son impenetrables- en ellos, tenía el gusto de ignorar continuamente si había puesto los pies –el cojo Agesilao ponía un pie y una muleta, y se le perdonaba cojear porque se había hecho querer- en el cielo raso o en el piso. Esto ofrecía la ventaja, nadie me lo va a creer, de… Pero se me ha olvidado esta ventaja: debo haberla leído en algo que se ha escrito y en el afán de pasarle el libro a otro no he retenido bien el párrafo. Lo que es difícil de retener es al lector: ¿por dónde andará ahora? Uno, al menos y sin pretensión, necesito. Al principio lo había conseguido y no he sabido cuidarlo. Es inmodesto, y quizá le incomodará, haber topado con el único libro en que solamente el autor habla. En lo que precede puedo haberme desconceptuado, pero las próximas páginas me acreditarán de escritor agradable, nada genial ni erudito y muy conocido.
(Escrito en una aldea donde la recienvenidez, de solo una vez, no se le saca uno nunca. En Buenos Aires, que estima inverosímil haber vivido hasta los treinta o cuarenta sin conocerla por lo que hay que sacarse pronto la recienvenidez tardía, todo el primera vez llegado, que conoce en los semblantes el mal gusto del no haber nacido en ella, se apresura a dar una instruidísima conferencia sobre "La Argentina y los argentinos" tres días después de desembarcado. Esto da resultado; se comprende que conferencia tan pronta y con tal tema no es la colosal fatuidad y entrometimiento ignorante que suele sospecharse, sino la ansiedad por quitarse cuanto antes la pátina de recienvenidez.)

SUEÑOS EN EL DESVÁN - jimarino

ROBERTO BOLAÑO


Ayer me di cuenta de que llevo la mayor parte de mi vida entre libros, que la literatura fue una especie de apuesta con la existencia, una elección a priori -o eso es lo que pienso demasiado a menudo- antes de conocer siquiera el mundo. No podría concebir todos estos años transcurridos sin ese puñado de escritores que adoro, ni siquiera sabría lo que hacer si esas madrugadas en las que me levanto con el cielo todavía anochecido no estuvieran saturadas y alimentadas de literatura, espacios y suspiros que mi vida cotidiana me permite para seguir cultivando un universo de palabras. No sé cómo hablaría o como contemplaría el mundo sin las palabras de la poesía o la literatura de mis sueños, cómo aprovecharía la existencia sin el eco incesante de esta vieja tradición humana. Quizá por eso algunos de los muchos correos recibidos a raíz del anterior texto y algunos de los comentarios me sugieren la necesidad de afirmar que a pesar de la veracidad de muchas de las ideas del famoso escritor, no comparto sin embargo todos sus puntos de vista -aunque sí la esencia de su discurso- y creo que algunos lectores tomaron su confesión como cinismo siendo a mi juicio, por el contrario, un grito de tristeza y esperanza entremezclado con la amargura de atisbar un final próximo. Lo neguemos o no, estamos en cierto proceso de extinción, aguardando el milagro de que por alguna bendición Félix Rodriguez de la Fuente aparezca de repente resucitado y nos ayude a reproducirnos de nuevo en otro ecosistema menos hostil.

Aún así, el mundo está lleno de locos hermosos como afirmó Baudelaire, que llenan el aire de bellas extravagancias y de destinos imposibles, y nos otorgan al menos el alivio de pensar que hay otra forma de vivir y pensar.  Un correo de hace unos días me hizo arrpentirme de ciertas ilusiones que yo mismo construí a través de las palabras de los otros, y tal vez por eso me pareció tan valioso el  texto de nuestro escritor. Una cosa muy distinta es hablar de literatura y otra de su repercusión o sus posibilidades sociales o prácticas. Un joven me avisaba de su desesperado combate por escribir, de ese deseo incontrolable de no hacer otra cosa, con la consiguiente oposición y desprecio por parte de todos aquellos que conformaban su vida. En su soledad de escritor y lector, me pedía ayuda como si yo tuviera alguna varita mágica. Pensé en un poema que Bolaño dejó inédito en vida y que encabeza ese volumen póstumo titulado La Universidad Desconocida. Bolaño siempre me pareció como narrador muy superior a su condición de poeta, sin embargo recuerdo con nitidez estos versos porque estaban llenos de esa furia que en el fondo nos empuja a seguir escribiendo para nadie o para nada. Una vez me sirvieron, hace mucho, y espero que al muchacho le ocurra lo mismo. Le pediría de corazón que siguiera adelante por todas las razones que alberga la vida en su seno y que por tanto se hallan contenidas en la literatura.

Roberto Bolaño escribió el poema cuando no era conocido, cuando  peleaba en silencio por construir esa obra que ahora admiramos. Entonces ni siquiera imaginaba su futuro destino de escritor. En verdad siempre estuve más cerca de esas palabras que de las del irónico autor del correo. Quizá basta con saber que ambas posturas hablan de ámbitos distintos de la literatura, pero seguramente Bolaño y el escritor anónimo podían haber sido amigos -sino lo fueron- o al menos se hubiesen entendido. Los dos se plantearon este oficio a su manera para alcanzar un lugar semejante, aunque sus destinos terminaran por ofrecer una visión de las letras diferente.

 

Un pequeño homenaje a todos los que escriben o intentan hacerlo, también a Roberto Bolaño y a los viejos sueños de nuestro escritor sincero.


MI CARRERA LITERARIA

 

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad

también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,

Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los

lectores…

Todos los gerentes de ventas…

Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro

para verme a mí mismo:

como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.

escribiendo poesía en el país de los imbéciles.

escribiendo con mi hijo en las rodillas.

escribiendo hasta que cae la noche

con un estruendo de los mil demonios.

Los demonios que han de llevarme al infierno,

pero escribiendo.

(Roberto Bolaño. Octubre de 1990) .  ■

Revivir ante la belleza en La muerte en Venecia, de Mann



Por:Winston Manrique Sabogal09/08/2011

A la perturbadora Venecia del estío descrita por Thomas Mann en La muerte en Venecia querría ir Mariam, una de las lectoras de Papeles perdidos. Lo sugiere por la ciudad, claro, en su belleza decadente cercada por la enfermedad, a principios del siglo XX, y para poder seguir al escritor Gustav Aschenbach que se asombrará ante la ciudad y la belleza del adolescente Tadzio. Un verano de estética y reflexión filosófica ante la contemplación física de una ciudad y de un muchacho, pero que suscita pensamientos en torno a la pérdida de la juventud, es decir de lo bello, del adiós al esplendor terrenal, en aquel momento del propio Aschenbach, de la ciudad y de un tiempo donde el mundo cambiaba, del despertar de atracciones secretas. De aquellos momentos le gustaría ser testiga a Mariam, que escribe: "A mí este año me gustaría ir a Venecia, al hotel Excelsior, y observar de cerca a Aschenbach. No perder detalle". No la hagamos esperar. Vamos con ella y sorprendamos a nuestros sentidos y rescatemos sensibilidades:
"Y entonces volvió a ver el más prodigioso de los desembarcaderos, esa deslumbrante composición de arquitectura fantástica que la República Serenísima ofrecía a las respetuosas miradas de los navegantes; la liviana magnificencia del Palacio Ducal y el Puente de los Suspiros; las columnas de la orilla, rematadas por el León y el Santo; el fastuoso resalto lateral del Templo encantado, con el portal y el gran Reloj en escorzo, y ante semejante visión pensó que llegar a Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la puerta de servicio, y que sólo como él lo estaba haciendo, en barco y desde alta mar, debía llegarse a la más inverosímil de las ciudades. (...)

"Entró en el espacioso hotel por la parte de atrás donde se abría a una terraza con jardín, y atravesando el gran salón y el vestíbulo, llegó a la recepción. Como había anunciado su llegada, lo recibieron con servicial obsequiosidad. (...) Tomó el té en la terraza que miraba al mar, luego bajó y echó a caminar, recorriendo un buen trecho de paseo marítimo en dirección al hotel Excelsior. Al volver, le pareció que ya era hora de cambiarse para la cena. Llegó, sin embargo, algo temprano al salón. Cogió un diario de la mesa, se instaló en un sillón de cuero y observó a la concurrencia, por fortuna muy distinta de la de su primera estancia. (...) El elemento eslavo parecía predominar. Muy cerca de él se oía hablar polaco.
Era un grupo de jóvenes y adolescentes reunidos en torno a una mesita de mimbre, bajo la vigilancia de una institutriz o dama de compañía: tres muchachas de al parecer entre quince y diecisiete años, y un efebo de cabellos largos y unos catorce años. Con asombro observó Aschenbach que el muchacho era bellísimo. El rostro, pálido y graciosamente reservado, la rizosa cabellera color miel que lo enmarcaba, la nariz rectilínea, la boca adorable y una expresión de seriedad divina y deliciosa hacían pensar en la estatuaria griega de la época más noble; y a más de esa purísima perfección en sus formas, poseía un encanto tan único y personal que su observador no creía haber visto nunca algo tan logrado en la naturaleza ni en las artes plásticas (...)
¿Estaría enfermo? Pues la tez de su rostro presentaba una blancura marfileña en contraste con el marco dorado oscuro de sus rizos. ¿O era simplemente un niñito muy mimado, producto de un amor exclusivista y caprichoso? Aschenbach se inclinaba por esto último. Pues casi todas las naturalezas artísticas poseen una innata tendencia, sensual y alevosa a la vez, a consagrar la injusticia creadora de la belleza y a solidarizarse respetuosamente con las preferencias de la esfera aristocrática".
Y así empieza todo, en este comienzo de verano literario de Thomas Mann al que nos invita hoy Mariam. Para que recuerden La muerte en Venecia, o tomen un momento la novela, si la tienen  a mano, y lean las descripciones y reflexiones que hace el escritor alemán sobre la belleza y las diferentes sensaciones e ideas que es capaz de despertar en el individuo; sobre la existencia y su agonía; sobre lo que rodea nuestras vidas. 

ISAAC BASHEVI S SINGER: El robado a la muerte


                                                                                    

Por Juan Forn

Cuando el primer ministro israelí Menahem Beguin estaba en Nueva York, de camino a firmar la paz con Anwar el Sadat en Camp David, mostró interés en conocer a Isaac Bashevis Singer. 
El encuentro (que, curiosamente, tuvo lugar pocas semanas antes de que ambos ganaran el Premio Nobel, uno el de la Paz y el otro el de Literatura) fue un auténtico desastre: Beguin le reprochó a Singer que no escribiera en hebreo, la “verdadera” lengua de los judíos, y le preguntó con desdén cómo se podía hacer funcionar un ejército en iddish. Ofendidísimo, Singer abandonó la reunión después de contestar que una de las razones por las que amaba el iddish era precisamente por tratarse de un idioma que no tenía palabra para “arma” ni para “ejército”.
 
El hijo de Singer, responsable de traducir al hebreo todos los libros de su padre, cuenta que Singer despotricaba en cambio por la escasez de palabras que ofrecía el hebreo para aludir a la lujuria, a diferencia de la casi infinita variedad que le daba el iddish.
 
Como se sabe, Singer logró ganar el Nobel escribiendo en esa lengua definida alguna vez por el propio Heine como “un mero alemán mal hablado”
. Llegado a América desde Polonia en 1935, sin un centavo y sin saber una palabra de inglés, Singer estuvo veinte años malviviendo de los tres cuentos por semana que publicaba en el Forverts, el diario en iddish de Nueva York, hasta que un día Saul Bellow leyó uno (“Gimpel el tonto”), lo tradujo al inglés, lo publicó en el Partisan Review y le cambió la vida para siempre: a partir de entonces, los cuentos de Singer se publicaron simultáneamente en el Forverts en iddish y en el New Yorker en inglés. El
Forverts le había pagado durante décadas veinticinco dólares la pieza; el New Yorker le daba mil por cuento publicado. Aun cuando en inglés ya se lo celebraba como un nuevo Chejov, gran parte de la comunidad judeoamericana seguía viéndolo como un cuentero licencioso y blasfemo del viejo país. Singer se limitaba a encogerse de hombros y murmuraba socarronamente: “Qué puede decir un escritor cuando hablan sus personajes”.
 
La leyenda dice que se levantaba todas las mañanas a las siete, pero se quedaba hasta tres horas rumiando en la cama el cuento que iba a escribir (“Puedo ver los Cárpatos desde mi cama, si cierro bien los ojos”); de ahí pasaba a la bañadera donde permanecía media hora más ajustando los últimos detalles y, de ahí, envuelto en una bata rotosa, pasaba a la máquina de escribir, donde en menos de una hora tipiaba de un tirón el cuento, con papel carbónico. Una copia iba para el Forverts, la otra para alguna de sus traductoras, que horas más tarde traía el texto en inglés. Singer se abalanzaba entonces sobre las páginas y procedía a corregirlas de tal modo que puede decirse que las reescribía. La dócil traductora pasaba en limpio el texto, con Singer vigilando por encima de su hombro, y partía después a entregarlo al New Yorker, previo interludio en la cama, si la esposa del escritor no había regresado aún de Lord & Taylor, la tienda donde trabajaba como vendedora.
 
Singer quedó agradecido de por vida a Bellow, pero nunca más le permitió acercarse a un texto suyo. Prefirió elegir él mismo traductoras más maleables. Era famoso por atender el teléfono nomás sonaba, aun cuando estuviera enfrascado en su trabajo literario o amatorio, porque por lo general eran llamados de lectores del Forverts, con alguna buena historia para contarle (“¡He visto a Hitler en la cafetería de Finkel y nadie me cree!”) o alguna conquista potencial (elegido a los 75 años uno de los diez hombres más sexies de Estados Unidos, Singer adjudicó el secreto de su éxito a que siempre logró que las mujeres casadas no sintieran culpa por acostarse “con tan poca cosa como yo”). Puede decirse que Singer hasta fornicaba en iddish (quizás era ése el secreto de su éxito), pero cuando le llegó a su obra el momento de la consagración, de la traducción a otras lenguas, el texto “madre” que Singer exigió que se usara en todos los casos era la versión en inglés.
 
Es decir que el Singer que conocemos quienes lo leemos en castellano, en francés, en alemán, italiano, polaco, ruso o portugués, el Singer que premió la Academia Sueca por hacer inmortal al iddish, es el Singer mejorado o depurado por él mismo en sus traducciones al inglés. Eso no le impidió dirigirse en iddish a la audiencia en su discurso del Nobel: “Escribo en una lengua muerta porque escribo sobre fantasmas. Y cuanto más muerta la lengua, más vívidos son sus fantasmas”, dijo. “Nuestra necesidad de creer sólo puede compararse a nuestra necesidad de sexo”, dijo. “Dios ha de estar cansado de nuestras plegarias, a esta altura. Lo que Dios necesita es que alguno de nosotros se decida a preguntarle de qué diablos se ríe”, dijo. Y después lo repitió en inglés, para no dar margen a traducciones ajenas, que pasteurizaran su sentido.
 
Quienes han leído los textos de Singer en las amarillentas páginas del Forverts dicen que lo que más tendía a suprimir después en la traducción al inglés eran esos soliloquios dirigidos por sus personajes a la divinidad: las blasfemias que sólo en iddish lograban conservar la aspereza que era necesaria, según Singer, en el trato con Dios. La astucia de Singer consistía en eliminar esas frases y lograr que su espíritu quedara flotando e impregnara todo el texto. En sus memorias, cuenta que lo bautizaron con el nombre de un hermanito que murió antes de alcanzar el mes de vida. Por esa razón, su madre lo envolvió en una mortaja en la cuna: para despistar a la muerte y lograr que no se lo llevara. De ahí provenía su descaro insobornable. Un robado a la muerte tiene derecho a decirlo todo (“Por supuesto que creo en Dios. Aunque yo diría que, más que creer en El, lo odio”), a probarlo todo (“Casi todas las desgracias de este mundo son el resultado del temor a la alegría. Tan herética parece la alegría que la gente arriesga su vida para escapar de ella”) y a decirlo todo también, a su inimitable y a veces espeluznante manera (como en el final de La familia Moskat , cuando uno de sus personajes anuncia amargamente, en la Varsovia a punto de ser invadida por Hitler, que ésa será la venida del Mesías tan esperada por todos los judíos).
 
Alguna vez dijo que los escritores no mueren de infartos, sino de erratas. El se murió en Miami , a los ochenta y nueve años, cuando el Alzheimer lo dejó sin recuerdos. La calle donde vivía en South Beach hoy lleva su nombre y supo tener un graffiti que reproducía una de sus frases más inmortales: “Cuando un hombre y una mujer se besan, es el comienzo de un asunto espiritual, no sólo físico. La cama no es más que una continuación horizontal de la conversación”. Ignoro si el graffiti sigue ahí y si el Isaac Singer Boulevard sigue siendo la calle preferida de las prostitutas del barrio. 


Cuba se reconcilia por fin con Cabrera Infante



Cuba se reconcilia por fin con ...

 

Una editorial oficial publica un ensayo sobre la obra del autor de 'Tres tristes tigres', exiliado de la isla en 1965


Mauricio Vicent - La Habana - 13/08/2011

Guillermo Cabrera Infante regresa a Cuba de la mano de dos jóvenes periodistas de su país, Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, autores de un ensayo de más de 300 páginas centrado en la obra y trayectoria cultural del autor de Tres tristes tigres durante los años que vivió en la isla, hasta que rompió con la revolución de Fidel Castro, se exilió y se convirtió en uno de sus principales críticos.
Sobre los pasos del cronista: el quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965 será publicado la próxima semana por la editorial de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), todo un acontecimiento en un país que durante décadas le consideró oficialmente un autor maldito y donde, en contrapartida, el escritor nunca quiso que se publicaran sus obras.
El texto, que es parte de una tesis de grado más amplia, ganó el premio de ensayo de la UNEAC en 2009 y, según Carlos Velazco, de 25 años, es un recorrido por la vida y trayectoria del premio Cervantes desde su infancia en Gibara hasta que abandonó la isla tras el entierro de su madre, en 1965. "El libro aborda aspectos poco conocidos de su vida, como su condición de consejero del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica o de reportero acompañante de Fidel Castro en sus viajes internacionales tras el triunfo guerrillero", asegura uno de los autores.
En uno de los capítulos, dedicado a su actividad en el ICAIC como asesor de Alfredo Guevara, presidente del organismo oficial durante décadas, cuenta el viaje que ambos hicieron a México en el verano de 1959 para entrevistarse con el mandamás de la 20th Century Fox, Jerry Wald, que estaba interesado en producir una película sobre la vida de Fidel Castro.
Según los autores del ensayo, Alfredo Guevara había rechazado la propuesta de la compañía estadounidense de que el director fuera Richard Wilson, que acababa de estrenar una película biográfica sobre Al Capone, y ambos propusieron el nombre de Orson Welles como realizador y el de Marlon Brando para interpretar el papel de Castro. Claro está que la película no se hizo.
Otros capítulos del libro tratan sobre las polémicas intelectuales en torno al diario Lunes de la Revolución, en las que Infante fue parte activa, o sobre su trayectoria periodística en la revista Carteles, o como crítico de cine, entre otras facetas.
Para hacer el libro ambos autores entrevistaron a numerosos escritores y personalidades residentes en la isla (Antón Arrufat o Pablo Armando Fernández, entre otros) y fuera de ella (Matías Montes Huidobro, Fausto Canel o Luis Agüero), además de realizar una extensa revisión bibliográfica en Cuba.
Según el premio Nacional de Literatura, Reynaldo González, el libro tiene valor entre otras razones porque "es bueno que cada vez haya menos adentros y afueras" en la literatura cubana. "Cabrera Infante es un indispensable de la cultura cubana, tiene el gran mérito de haber convertido el lenguaje del habanero en lenguaje literario", asegura el novelista Leonardo Padura, que recuerda como si fuera ayer cómo en la universidad le prestaron Tres tristes tigres, "casi clandestinamente, para que se lo leyera en tres noches, en las que por supuesto no dormí".
Con independencia de las revelaciones que haga, opina Leonardo Padura, el mero hecho de que el ensayo de Mirabal y Velazco haya obtenido un premio oficial y sea publicado ahora es un signo "positivo y reflejo de que poco a poco se vuelve a la normalidad". 

CINE: FRAGMENTO LITERARIO: Ir al cine



 Mi primera vez Hoy, por Luis Goytisolo

Fue en el salón de actos de los Jesuitas de Sarriá y me acompañaba la abuela. Recuerdo que, en un momento dado, me apartó de la aglomeración formada en el vestíbulo ante la puerta de acceso, donde a una niña le había dado un arrebato de tos. Te va a contagiar la tos ferina, dijo. La película que daban era El capitán Blood, y los actores, Errol Flynn y Olivia de Havilland.
Posteriormente, en el mismo lugar, vi entre otras, Capitanes intrépidos, que me emocionó vivamente, y una película de la Italia de Mussolini, cuyo argumento -el efecto de la luna llena sobre los habitantes de alta montaña de un pueblo- por fuerza tuvo que impresionarme, ya que no la he olvidado. Más o menos por la misma época, también acompañado por la abuela, recuerdo haber visto en el Kursaal Blancanieves y La Policía Montada del Canadá. Pero mi primera película fue El capitán Blood, que desde luego no defraudó la idea que me había hecho del cine a partir de lo que pudieran haberme contado. Seguí como hipnotizado la peripecia argumental y me sentí deslumbrado por la belleza de Olivia de Havilland.
Esa doble atracción por el cine se mantuvo a lo largo de toda mi infancia y adolescencia: las películas me interesaban en función del argumento y de la actriz principal. Si dejaba de ver alguna por su temática ramplona, lo mismo me sucedía cuando la protagonista era, por ejemplo, Bette Davis o Joan Crawford. Procuraba, sin embargo, no perderme una sola en la que apareciera, también por ejemplo, Jane Russell, por no hablar ya -en cuanto empezó a llegar su imagen- de Ava Gardner. Claro que el físico va muy ligado a la moda, y viendo hoy en DVD algunos mitos de otras épocas, es fácil llevarse sorpresas: ¿cómo pudo gustarme esta chica?, se pregunta uno atónito. Me pasó hace poco con una copia que no acabé de ver de Las mil y una noches, protagonizada por María Montez, el gran mito de mis años escolares. Es lo malo del cine: las modas pasan de moda. Supongo que con los galanes pasa tres cuartos de lo mismo.
Si la fascinación por las bellezas de la pantalla descendió a sus justos límites en cuanto empecé a relacionarme con mujeres reales, algo parecido sucedió con el relato cinematográfico a medida que me adentraba en mi oficio de escritor. Ya sé que no es lo habitual. El cine ha ejercido una fuerte influencia en buen número de escritores en la segunda mitad del siglo XX. Para las generaciones anteriores (Azorín, Marías, Ayala) a las que la irrupción del nuevo género les pilló ya adultos, ir al cine se convirtió en un maravilloso divertimento que creaba adicción. Pero en quien lo ha mamado desde niño no tiene nada de particular que entre ambas formas de relato se establezca una relación de afinidad. Hay novelas que, más que capítulos, están divididas en secuencias.
Si no es este mi caso -como bien observó Gutiérrez Aragón, es imposible llevar mis novelas a la pantalla- es porque prácticamente desde siempre el lenguaje literario y el cinematográfico me han parecido muy diferentes. Y mientras las novelas que me han gustado casi invariablemente me siguen gustando, no es este el caso de un gran número de películas. En este sentido -siempre gracias al DVD- me he llevado sorpresas mayúsculas.
Lo mismo sucede si en lugar de obras hablamos de autores. Mientras la lista de novelistas que me interesan formaría una larga serpiente, la de directores de cine, más allá de Kubrick, Bergman y el segundo Fellini, me impondría de nuevo una selección título por título.
La realidad es que el cine debe a la novela mucho más que la novela al cine. Y sería de desear que, dada la deriva tomada por el cine en su competencia con las pequeñas pantallas, su influjo sobre la creación literaria fuese cada vez más irrelevante.
Bueno, será que estoy de mal humor. Pero es un verano caluroso y ponerse a zapear después de la cena en busca de algo mínimamente aceptable, pone de mal humor a cualquiera. Todo es más de lo mismo: una experiencia de carácter extremo o fatal o letal o mortal o final.