sábado, 27 de febrero de 2010

POESIA MÉJICO:

"Cotard"



MEJICO:  El poema que transcribimos a continuación, traducido al español de su primitiva lengua náhualt, pertenece a la época precolombina; esos tiempos en que los pueblos de América sentían y sufrían, a cada instante, el desgarro de perder la libertad, la identidad, la vida, las creencias, las riquezas, la esperanza toda.  Poema que habla de la finitud del hombre a través de una marejada angustiante de sensaciones perceptibles.  Susana Zazzetti.
 
        Me aflijo
 
Lloro, me aflijo,
sólo recuerdo que dejaremos
las bellas flores, los bellos cantos.
Ahora gocemos, cantemos
del todo nos vamos y desapareceremos en su casa.
¿Quién de vosotros, amigos, no lo sabe?
Mi corazón sufre, se irrita.
No dos veces se nace, no dos veces se es joven,
sólo una vez pasamos por la tierra,
que aún por berve tiempo estuviera con ellos.
¿Nunca será o nunca tendré alegría,
nunca estaré contento? ¿Dónde vivía mi corazón?
¿Dónde está mi casa, dónde mi hogar perdurable?
Aquí en la tierra solamente sufro.
Sufres, corazón mío,
no te angusties en la tierra.
Ese es mi destino, sábelo.
¿Dónde merecí yo nacer,
en la tierra engalamarme?
Grata cosa donde se vive,
sólo dice ésto mi corazón.  
 
     Anónimo
 
    corresponsal Susana Zazzetti.
 

O. Henry: / EL REGALO DE LOS REYES MAGOS

MUJER HINDÚ

O. Henry (William Sydney Porter) (North Carolina, 1862 - New York, 1910)
THE GIFT OF THE MAGI

Un dólar y ochenta y siete centavos.
Eso era todo. Y setenta centavos estaban en peniques. Peniques ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Mr. James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando Mr. James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada penique, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -le gritó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-Se está viendo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Noche Buena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las
peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
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Pedro Juan Soto (Puerto Rico: 1928-2002) - Campeones

Figura de hombre


 Campeones

El taco hizo un último vaivén sobre el paño verde, picó al mingo y lo restalló contra la bola quince. Las manos rollizas, cetrinas, permanecieron quietas hasta que la bola hizo "clop" en la tronera y luego alzaron el taco hasta situarlo diagonalmente frente al rostro ácnido y fatuo: el ricito envaselinado estaba ordenadamente caído sobre la frente, la oreja atrapillaba el cigarrillo, la mirada era oblicua y burlona, y la pelusilla del bigote había sido acentuada a lápiz.
-¿Qui'ubo, men? -dijo la voz aguda-. Ése sí fue un tiro de campión, ¿eh?
Se echó a reír, entonces.
Su cuerpo chaparro, grasiento, se volvió una mota alegremente tembluzca dentro de los ceñidos mahones y la camiseta sudada.
Contemplaba a Gavilán -los ojos, demasiado vivos, no parecían tan vivos ya; la barba, de tres días, pretendía enmarañar el malhumor del rostro y no lo lograba; el cigarrillo, cenizoso, mantenía cerrados los labios, detrás de los cuales nadaban las palabrotas- y disfrutaba de la hazaña perpetrada.
Le había ganado dos mesas corridas. Cierto que Gavilán había estado seis meses en la cárcel, pero eso no importaba ahora. Lo que importaba era que había perdido dos mesas con él, a quien estas victorias colocaban en una posición privilegiada. Lo ponían sobre los demás, sobre los mejores jugadores del barrio y sobre los que le echaban en cara la inferioridad de sus dieciséis años -su "nenura"- en aquel ambiente. Nadie podría ahora despojarle de su lugar en Harlem. Era el nuevo, el sucesor de Gavilán y los demás individuos respetables. Era igual... No. Superior, por su juventud: tenía más tiempo y oportunidades para sobrepasar todas las hazañas de ellos.
Tenía ganas de salir a la calle y gritar: "¡Le gané dos mesas corridas a Gavilán! ¡Digan ahora! ¡Anden y digan ahora!" No lo hizo. Tan sólo entizó su taco y se dijo que no valía la pena. Hacía sol afuera, pero era sábado y los vecinos andarían por el mercado a esta hora de la mañana. No tendría más público que chiquillos mocosos y abuelas desinteresadas. Además, cierta humildad era buena característica de campeones.
Recogió la peseta que Gavilán tiraba sobre el paño y cambió una sonrisa ufana con el coime y los tres espectadores.
-Cobra lo tuyo -dijo al coime, deseando que algún espectador se moviera hacia las otras mesas para regar la noticia, para comentar cómo él, Puruco, aquel chiquillo demasiado gordo, el de la cara barrosa y la voz cómica, había puesto en ridículo al gran Gavilán. Pero, al parecer, estos tres esperaban otra prueba.
Guardó sus quince centavos y dijo a Gavilán, que se secaba su demasiado sudor de la cara:
-¡Vamos pa'la otra?
-Vamoh -dijo Gavilán, cogiendo de la taquera otro taco para entizarlo meticulosamente.
El coime desenganchó el triángulo e hizo la piña de la próxima tanda.
Rompió Puruco, dedicándose en seguida a silbar y a pasearse alrededor de la mesa elásticamente, casi en la punta de las tenis.
Gavilán se acercó al mingo con su pesadez característica y lo centró, pero no picó todavía. Simplemente alzó la cabeza, peludísima, dejando el cuerpo inclinado sobre el taco y el paño, para decir:
-Oye, déjame el pitito.
-Okey, men -dijo Puruco, y batuteó su taco hasta que oyó el tacazo de Gavilán y volvieron a correr y chasquear las bolas. Ninguna se entroneró.
-Ay, bendito -dijo Peruco-. Si lo tengo muerto a ehte hombre.
Picó hacia la uno, que se fue y dejó a la dos enfilada hacia la tronera izquierda. También la dos se fue. Él no podía dejar de sonreír hacia uno y otro rincón del salón. Parecía invitar a las arañas, a las moscas, a los boliteros dispersos entre la concurrencia de las demás mesas, a presenciar esto.
Estudió cuidadosamente la posición de cada bola. Quería ganar esta otra mesa también, aprovechar la reciente lectura del libro de Willie Hoppe y las prácticas de todos aquellos meses en que había recibido la burla de sus contrincantes. El año pasado no era más que una chata; ahora comenzaba la verdadera vida, la de campeón. Derrotado Gavilán, derrotaría a Mamerto y al Bimbo... "¡Ábranle paso a Puruco!", dirían los conocedores. Y él impresionaría a los dueños de billares, se haría de buenas conexiones. Sería guardaespaldas de algunos y amigo íntimo de otros. Tendría cigarrillos y cerveza gratis. Y mujeres, no chiquillas estúpidas que andaban siempre con miedo y que no iban más allá de algún apretujón en el cine. De ahí, a la fama: el macho del barrio, el individuo indispensable para cualquier asunto -la bolita, el tráfico de narcóticos, la hembra de Riverside Drive de paseo por el barrio, la pelea de esta pandilla con la otra para resolver "cosas de hombres".
Con un pujido, pifió la tres y maldijo. Gavilán estaba detrás de él cuando se dio vuelta.
-¡Cuidado con echarme fufú! -dijo, encrespándose.
Y Gavilán:
-Ay, deja eso.
-No; no me vengah con eso, men. A cuenta que estah perdiendo.
Gavilán no respondió. Centró al mingo a través del humo que le arrugaba las facciones y lo disparó para entronerar dos bolas en bandas contrarias.
-¿Lo ve? -dijo Puruco, y cruzó los dedos para salvaguardarse.
-¡Cállate la boca!
Gavilán tiró a banda, tratando de meter la cinco, pero falló. Puruco estudió la posición de su bola y se decidió por la tronera más lejana, pero más segura. Mientras centraba, se dio cuenta de que tendría que descruzar los dedos. Miró a Gavilán con suspicacia y cruzó las dos piernas para picar. Falló el tiro.
Cuando alzó la vista, Gavilán sonreía y se chupaba la encía superior para escupir su piorrea. Ya no dudó de que era víctima de un hechizo.
-No relajeh, men. Juega limpio.
Gavilán lo miró extrañado, pisando el cigarrillo distraídamente.
-¿Qué te pasa a ti?
-No -dijo Puruco-; que no sigah con ese bilongo.
-¡Adió! -rió Gavilán-. Si éhte cree en brujoh.
Llevó el taco atrás de su cintura, amagó una vez y entroneró fácilmente. Volvió a entronerar en la próxima. Y en la otra. Puruco se puso nervioso. O Gavilán estaba recobrando su destreza, o aquel bilongo le empujaba el taco. Si no sacaba más ventaja, Gavilán ganaría esta mesa. Entizó su taco, tocó madera tres veces y aguardó turno. Gavilán falló su quinto tiro. Entonces Puruco midió distancia. Picó, metiendo la ocho. Hizo una combinación para entronerar la once con la nueve. La nueve se fue luego. Caramboleó la doce a la tronera y falló luego la diez. Gavilán también la falló. Por fin logró Puruco meterla, pero para la trece casi rasga el paño. Sumó mentalmente. No le faltaban más que ocho tantos, de manera que podía calmarse.
Pasó el cigarrillo de la oreja a los labios. Cuando lo encendía, de espaldas a la mesa para que el abanico no apagara el fósforo, vio la sonrisa socarrona del coime. Se volvió rápidamente y cogió a Gavilán in fraganti: los pies levantados del piso, mientras el cuerpo se ladeaba sobre la banda para hacer fácil el tiro. Antes de que pudiera hablar, Gavilán había entronerado la bola.
-¡Oye, men!
-¿Qué pasa? -dijo Gavilán tranquilamente, ojeando el otro tiro.
-¡No me vengah con eso, chico! Así no me ganah.
Gavilán arqueó una ceja para mirarlo, y aguzó el hocico mordiendo el interior de la boca.
-¿Qué te duele? -dijo.
-No, que así no -abrió los brazos Puruco, casi dándole al coime con el taco. Tiró el cigarrillo violentamente y dijo a los espectadores-: Uhtedeh lo han vihto, ¿veldá?
-¿Vihto qué? -dijo, inmutable, Gavilán.
-Na, la puercá esa -chillaba Puruco-. ¿Tú te creh que yo soy bobo?
-Adioh, cará -rió Gavilán-. No me pretgunteh a mí, porque a lo mejol te lo digo.
Puruco dio con el taco sobre una banda de la mesa.
-A mí me tieneh que jugar limpio. No te conformah con hacerme cábala primero, sino que dehpueh te meteh hacer trampa.
-¿Quién hizo trampa? -dijo Gavilán. Dejó el taco sobre la mesa y se acercó, sonriendo, a Puruco-. ¿Tú diceh que yo soy tramposo?
-No -dijo Puruco, cambiando de tono, aniñando la voz, vacilando sobre sus pies-. Pero eh qui así no se debe jugar, men. Si ti han vihto.
 Gavilán se viró hacia los otros.
-¿Yo he hecho trampa?
Sólo el coime sacudió la cabeza. Los demás no dijeron nada, cambiaron de vista.
-Pero si ehtabah encaramao en la mesa, men -dijo Puruco.
Gavilán le empuñó la camiseta como sin querer, desnudándole la espalda fofa cuando lo atrajo hacia él.
-A mí nadie me llama tramposo.
En todas las otras mesas se había detenido el juego. Los demás observaban desde lejos. No se oía más que el zumbido del abanico y de las moscas, y la gritería de los chiquillos en la calle.
-¿Tú te creeh qui un pilemielda como tú me va llamar a mí tramposo? -dijo Gavilán, forzando sobre el pecho de Puruco el puño que desgarraba la camiseta-. Te dejo ganar doh mesitah pa que tengas de qué echártelah, y ya te creeh rey. Echa p'allá, infelih -dijo entre dientes-. Cuando crehcas noh vemo.
El empujón lanzó a Puruco contra la pared de yeso, donde su espalda se estrelló de plano. El estampido llenó de huecos el silencio. Alguien rió, jijeando. Alguien dijo: "Fanfarrón que es".
-Y lárgate di aquí anteh que te meta tremenda patá -dijo Gavilán.
-Okey, men -tartajeó Puruco, dejando caer el taco.
Salió sin atreverse a alzar la vista, oyendo de nuevo tacazos en las mesas, risitas. En la calle tuvo ganas de llorar, pero se resistió. Eso era de mujercitas. No le dolía el golpe recibido; más le dolía lo otro: aquel "cuando crehcas noh vemo". Él era un hombre ya. Si le golpeaban, si lo mataban, que lo hicieran olvidándose de sus dieciséis años. Era un hombre ya. Podía hacer daño, mucho daño, y también podía sobrevivir a él.
Cruzó a la otra acera pateando furiosamente una lata de cerveza, las manos pellizcando, desde dentro de los bolsillos, su cuerpo clavado a la cruz de la adolescencia.
Le había dejado ganar dos mesas, decía Gavilán. Embuste. Sabía que las perdería todas con él, de ahora en adelante, con el nuevo campeón. Por eso la brujería, por eso la trampa, por eso el golpe. Ah, pero aquellos tres individuos regarían la noticia de la caída de Gavilán. Después Mamerto y el Bimbo. Nadie podía detenerle ahora. El barrio, el mundo entero, iba a ser suyo.
Cuando el aro del barril se le enredó entre las piernas, lo pateó a un lado. Le dio un manotazo al chiquillo que venía a recogerlo.
-Cuidao, men, que te parto un ojo -dijo, iracundo.
Y siguió andando, sin preocuparse de la madre que le maldecía y corría hacia el chiquillo lloroso. Con los labios apretados, respiraba hondo. A su paso, veía caer serpentinas y llover vítores de las ventanas desiertas y cerradas.
Era un campeón. Iba alerta sólo al daño.  ●

Luis Raúl Calvo - POEMAS


PARADA EN LA ACERA DEL DARRO

Luis Raúl Calvo  - POEMAS

Crimen pasional en la calle Tres Arroyos

Son las dos de la madrugada de un lunes cualquiera
Hace treinta y dos años en la calle Tres Arroyos
un inesperado crimen nos recordaba que también
se mata por pasión.
Las crónicas oficiales sólo reseñaron
los celos enfermizos del autor de la tragedia
pero nada dijeron de la consternada Laura
la desdichada enfermera que aceptó consumar
aquel ritual con su despiadado amante.
¿Quién fue la víctima y quién el victimario
en la gélida noche del 4 de julio?
¿Qué se perdió en esa nocturna ceremonia
pactada de antemano?
Los cuerpos de ambos tomaron rumbos distintos
pero nada diferencia a una cárcel de un morgue.
Tal vez ella repose en paz junto a sus muertos
quizá él todavía continúe atormentado
por la traición de esos labios que tanto deseaba.
Debe ser verdad aquello de que el amor y la muerte
tienen un mismo destino

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Lo que no fue.

Ahora, que hemos descubierto
en palabras el origen del silencio,
nuestras almas permanecerán
quietas en el horizonte.
Ya no habrá lugar para la duda
ni miraremos con los mismos ojos
la eternidad de la luz.

El vacío cubrirá las anchas veredas
con su obscuro manto de junio
y dejaremos partir mansamente
las cenizas de aquello que no fue.

Acaso, por los fríos designios
de la razón, saludaremos su vertiginoso
paso hacia el abismo.

Sólo los ángeles nos salvan.

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Artesanía en Literatura Poética

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Los Grandes de la Literatura Rioplatense

Estas páginas están consagradas a los grandes creadores de la literatura rioplatense, a los hechos culturales emparentados con la literatura, y a Roberto Arlt y Juan Carlos Onetti en especial, dos mitos, dos gigantes. Es un modo de reverdecer y perpetuar a los escritores que dieron un particular brillo a las dos urbes del Río de la Plata, Buenos Aires y Montevideo.Y. asimismo, editaremos a otros escritores de Argentina y Uruguay que hacen a la historia literaria de las dos orillas.


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