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jueves, 8 de septiembre de 2011

JAIME KOGAN: UN HOMBRE DEL TEATRO (por José Judkovski)


JAIME KOGAN


Dedicado  a dos Maestros:
José María Monner Sans y Luis Ordaz


Nos preguntamos: ¿qué es un director de teatro? ¿Cuál su rol? Su trabajo “no se ve”.  Mas aun, finaliza cuando se levanta el telón, se inicia la representación y ocurre el esperado encuentro entre público y escenario, generando emociones diversas.

Para respondernos, recurrimos a la claridad del teórico y maestro ruso Naftole Bujvald : “ la tarea de un director teatral consiste en transformar la letra muerta de una obra escrita en una representación viva”

Entonces podemos apreciar el enorme trabajo del director teatral, desentrañando el espíritu de la época, los caracteres de los personajes, planificando puestas, “corrigiendo” el texto del autor, si fuere necesario, asumiendo la máxima de Pedro Henriquez Ureña: “Cada generación debe traducir su Homero”, transcreándolo a su tiempo y espacio. Sin evitar “oir” al autor dentro del entorno en el que creó su narrativa para conservar vivo el alma del texto original.

¡Qué enorme tarea!  ¡Tamaña responsabilidad!
¡Así fue Jaime Kogan!

Luis Ordaz lo recordaba como dueño de una demoledora capacidad creativa, asediando a actores, escenógrafos, músicos, coreógrafos; provocándolos con nuevas informaciones, incluso periodísticas, con el firme propósito de integrarlas a la representación.

Así ocurrió en su genial puesta de la obra de Megan Terry: “Viet-Rock” procesando informaciones de periódicos y revistas de la época referidas a la guerra de Vietnam y a las repercusiones en el  pueblo norteamericano. Pero no solo resultó su primera puesta en su querido Teatro Payró (1968) desde que asumió la dirección artística  de esa mítica Institución teatral, sino quizás la primera propuesta teatral de vanguardia en nuestro País. Junto al descarnado alegato, adoptó el vodevil y la música sincopada, música creada y dirigida por Jorge Schussheim e interpretada por un joven conjunto de rock: “Manal”, logrando con ello una inigualable imagen visual del antibelicismo.
Idéntico resultado logró con la puesta de la obra de Eduardo Pavlovsky: “El Sr. Galíndez”, donde con extraordinaria maestría no muestra la tortura vívida, pero sobrevuela  durante la representación  la amenaza de la tortura en toda su perversión, convirtiendo  la muestra en un clásico internacional.

¿Quién y cómo era Jaime Kogan?
Pantalón y camisa “Coppa y Chego”, alpargatas, trepando y bajando del escenario con felina agilidad, creando y recreando, sin pausa ni pudor alguno, todas las opciones posibles de la futura representación.  sin temor a equivocaciones y errores.

Creía firmemente en la absoluta  autoridad del director, convencido que el teatro es un arte que fusiona distintas disciplinas artísticas: literatura, plástica, música, danza, escenografía, iluminación, periodismo, siendo tarea indelegable del director, presentar al actor desentrañando los caracteres esenciales del personaje y su entorno.

Cuando  en el año 1967, asume la dirección artística del Teatro Payró, reemplazando a su fundador: Onofre Lovero, lo precedía una sólida experiencia obtenida en una gran Escuela: el Teatro IFT, formándose junto a figuras señeras: Saulo Benavente, Carlos Gandolfo, Hedy Crilla, Atahualpa Del Cioppo, con quienes aprendió que el Teatro no es solo un simple entretenimiento sino que es un arte provocador, amenazador. No por casualidad  hombres como Sófocles y Moliere fueron perseguidos en sus épocas.

Ya en su primer año de dirección, concretó ocho puestas: siete de autor nacional y la mencionada “Viet-Rock”.

Director y alma mater del Payró durante tres décadas, hizo que Buenos Aires conozca junto a Ibsen, Brecht, Chejov, Pirandello, a notables autores argentinos hasta entonces no reconocidos: Ricardo Monti, Agustín Cuzzani, Enrique Silberstein, Mauricio Kartún, Roberto Arlt, solo por nombrar algunos. Siempre ajustándose estrictamente a la sentencia del inolvidable cineasta: Luis Simón Saslavsky: “lo popular no debe jamás estar exento de rigurosos valores estéticos y emocionales”.

Por ello, nunca aceptó que el Teatro se dirija solo a elites intelectuales sino al pueblo en general.

En 1987 presentó,  en su carácter de “regisseur operístico” , la obra de Bertold Brech y Kurt Waill: “Ascenso y caída de Mahagony”, considerada la puesta mas importante ocurrida hasta entonces en la historia del teatro de nuestro Pais y Latinoamérica.

No descansaba nunca. No soportaba la idea del “franco” de una sala teatral. Fue así que decidió utilizar el espacio Payró los días lunes, creando el famoso “Encuentro con la nueva  canción”, dedicado exclusivamente  a : tango, folklore, jazz, rock. Allí actuaron personalidades como: Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, el dúo Federico-Grela, el “Mono” Villegas, la “Porteña Jazz Band”, una jovencita Mercedes Sosa y tantos otros, logrando con ello, un extraordinario aporte para la música popular.

Jaime Kogan había nacido en Buenos Aires el 5 de noviembre de 1937 en el seno de una muy humilde familia, donde su padre: Don Abraham Kogan, un sastre “remendón” de profesión, lo inició en la lectura de los clásicos de la literatura universal, libros que obtenía para su hijo en la Biblioteca Popular de Nazca y César Díaz .

Luis Ordaz, su gran admirador, lo recordaba como un hombre valiente, donde en periodos duros y violentos en el País, jamás aceptó la autocensura.

Falleció el 31 de julio de 1996. Se cumplieron 15 años.

En el diario “Clarín” del siguiente día, Gerardo Fernandez firma una nota bajo el título: “Final de partida” diciendo: “La muerte de Jaime Kogan adquiere para el Teatro en particular y para el Arte y la Cultura en general, las proporciones de una catástrofe nacional…”

Quizás Fernandez, al escribir estas palabras parafraseaba a Aníbal Troilo quien al ocurrir el fallecimiento de Homero Manzi dijo: “Fue mas que un poeta, fue un acontecimiento”
Nuestro respeto y agradecimiento permanentes.

Buenos Aires,  3 de septiembre de 2011

José Judkovski
Académico de Número
Sillón “Angel G. Villoldo

lunes, 18 de octubre de 2010

Editar es obtener los máximos beneficios, reeditar es un desafío, un reto que los editores no asumen excepto con ciertos nombre que aportaron a las ventas máximas y  grandes beneficios. Sobre todo si son nombres adoptados por las académicos, protegidos por los profesores de literatura, y difundidos por Ñ o ADN. Sin embargo los "ninguneados", los que escribían literatura  para una amplia cultura popular, van a permanecer por las raíces y las historias que tienen raigambre histórica y son parte del arte del pueblo. Por eso rescatamos a uno de los más grandes literatos Riplatenses. Andrés Aldao.


Bernardo Kordon:



Homenaje cabal a uno de los ninguneados por la "historia literaria oficial"

por Walter Marini

Bernardo Kordon: El escritor que murió dos veces

Bernardo Kordon fue uno de los escritores más emblemáticos de mediados del siglo pasado. Sus cuentos y relatos se inscriben en lo más alto de la literatura social que dio este país. Se lo encasilló dentro de la corriente denominada neorrealismo urbano. Su muerte, hace aproximadamente tres años y medio, pasó prácticamente inadvertida en el mundillo narrativo, como su vida misma.
"Cuando después no quise ver a nadie, ni siquiera a mis amigos. Sentirme solo y nada más, sentirme lanzado a la vida. Si se quiere fui triste, pero ¡qué diablos! Busqué eso, porque el hombre no busca lo triste, alegre, lo bueno ni malo; busca una ventana para respirar y a veces la encuentra”. Reina del Plata, Bernardo Kordon
1998. El lector recorre las calles de la ciudad tratando de buscar algo que lo conmueva. Decide visitar algunas librerías. Entra y sale de una, entra y sale de otra... como si nada. No hay caso. Los exponentes de la literatura de hoy no le llaman la atención, dicen poco y nada. Agrupamientos de palabritas en forma de oración que no generan emoción alguna, vacíos... tediosamente vacíos, todo muy suave. Una, dos, tres librerías, revuelve los estantes y se topa con una edición venida a menos. El librero gesticula, tal vez quiera que se lleve el best-seller del momento, pero no, el lector elige... algo en la tapa le llama la atención, lee: Los navegantes, Bernardo Kordon. El lector pregunta: “¿cuánto sale?” El otro contesta con desprecio: “un peso”. El lector vuelve a preguntar: “Kordon, ¿tiene algo más editado? ¿sigue escribiendo?” El librero, mostrando su peor cara responde: “No, no escribe más, creo que ya murió hace tiempo”. El lector paga y se retira. Mientras viaja en el colectivo que lo lleve de regreso hojea: “El remolino”, “Andate paraguayo”, “Los ojos de Celina”.
El lector siente que está ante algo muy serio. Lo conmueve el relato, la prosa sintética, lineal. Días más tarde sigue recorriendo librerías. En una de ellas -de las más importantes que existen en la ciudad- encuentra “Un horizonte de cemento”, del mismo autor. Se acerca a la mesa de ventas y le pregunta al vendedor: “¿tiene algún otro libro de Kordon?” La respuesta fue lapidaria: “No, es el último ejemplar que queda. Es muy raro que alguien venga a buscar esto. Kordon era un sesentista, ya no se lee más, además creo que ya falleció”. El lector se va y vuelven las mismas imágenes de los días pasados, recorre el libro, una ciudad mágica, una Buenos Aires que ya no es, lo vuelve a emocionar la simpleza en la forma de narrar. Pasó el tiempo, unos cuatro años, hasta que una tarde -no cualquiera-, el lector recibe un llamado telefónico. Un amigo, a quien tiempo atrás le había confesado su admiración por el narrador del que poco sabía, le dio la noticia, que después confirmaría la fría letra de un diario de tirada nacional, anunciando el fallecimiento del escritor. Un escalofrío recorrió su cuerpo; con cierta vacilación se dejó caer en la silla.
Miró los alrededores de la biblioteca, tratando de encontrar esos libros. No se animó... y se quedó pensando: ¿Murió? ¿Pero no había muerto ya? La bronca lo desbordó, alguna lágrima suelta, se mordió el labio inferior, repasó cada mueca en la cara de los dos libreros -y la de aquellos a los que no consultó, pero le hubiesen dicho lo mismo- y gritó: “Por qué mejor no se mueren todos ellos de una buena vez”.
Kordon... más allá de todo El olvido es un mal argentino. Tal vez sea otra de las tantas formas de morir. Una marca que se lleva impresa a lo largo de este enorme cuento que es la historia. Y ese olvido a veces resulta fatal, hasta canalla. “Me voy porque Buenos Aires, para mí, ya no es más aquella tierra prometida. Me voy, la verdad, escapando a la mishiadura”. Así se despedía en uno de los últimos reportajes que dio en su vida, a fines de los años noventa. Se estaba yendo a vivir a Santiago de Chile, junto a su mujer. Así, abandonaba la ciudad que lo vio crecer, esa misma ciudad que describió casi a la perfección en varios de sus libros. Decía que se sentía extranjero en su tierra, que a la ciudad se la habían cambiado. Pero igual él la llevaba dentro suyo, donde estuviera. Había nacido en 1915 en el barrio de Almagro, pero igual se jactaba de ser medio argentino y medio brasileño, porque sus padres lo habían concebido frente a las costas cariocas. Pero él igual estaba tranquilo.
Hijo de inmigrantes rusos, su padre tenía una imprenta instalada en la avenida Callao. En su juventud solía frecuentar con su barra de amigos el cine Londres Palace, sobre la calle Coronel Díaz, cerca de Las Heras, pero también iba a los del centro. Tal vez esa influencia explique por qué fue uno de los autores que más veces llegó al cine. Aunque por momentos se quejaba y despotricaba contra la frase “una imagen vale más que mil palabras”. Entonces, la replicaba: “yo pienso que la palabra tiene más peso que la imagen porque toca más hondo. La palabra activa la imaginación; la imagen la limita”, no conforme con algunas adaptaciones cinematográficas de sus obras.
Lector voraz de los clásicos rusos, sobre todo del cuento -que fue su verdadera escuela-, sus autores predilectos eran Máximo Gorki y Anton Chejov. En sus comienzos, supo pertenecer a un grupo literario llamado Asociación de Jóvenes Escritores, allí se entremezclaba con escritores comunistas y anarquistas cercanos al grupo de Boedo. A mediados de la década del treinta comenzó a escribir en la revista Leoplán, que por ese entonces publicaba muchos cuentos. Luego llegarían los años en los que dirigiría la revista Capricornio.
Todos sus personajes eran eternos perdedores. Con sólo hacer hincapié en tres extensos relatos que publicó, alcanza para sostener todo esto. En primer lugar, “Un horizonte de cemento” (1940), relata las andanzas de Juan Tolosa, un hombre que por su cobardía no supo cargar con la muerte de un amigo, y se lanzó al vagabundeo frenético.
En el segundo, “Alias Gardelito”, publicado en 1956, el personaje, Toribio Torres, es un joven tucumano que llega a la ciudad, y cuya única ambición es ser cantante de tangos y al final es muerto a tiros por una banda de contrabandistas a los que quiso engañar por querer picar más alto, pero se sabe, que en la vida siempre hay alguien más vivo que uno. Y el tercero, “Kid Ñandubay” (1971), es otra joya que se entremezcla con lo más importante de la literatura argentina. Aquí el personaje es Jacobo Berstein, un boxeador de origen judío que recorre las provincias del noreste porque quiere ser campeón de box. Claro, Berstein o Kid Ñandubay “El rey del coraje”, termina siendo estafado por promotores de toda calaña y siendo la atracción en un circo de provincia: “Cincuenta pesos al que lo tire una vez al suelo”.
Proletario concienzudo, viajero incansable, lo que le permitió describir con firmeza a los marginales de la gran ciudad y al otro también, “al urbano”, que se tambalea en las orillas de la provincia. A Kordon solamente le interesaba el hombre común, el antihéroe. “He conocido hombres y no héroes. No me interesan como tales. Y por eso mismo no siento la necesidad de meter héroes en mis obras”, dijo alguna vez.
Cuenta el escritor Vicente Battista que Kordon pagó la edición de su primer libro La vuelta de Rocha con doscientos pesos que le había regalado su madre, y que apenas aparecido el libro, tomó un ejemplar y lo dejó olvidado en un tranvía Lacroze, al azar del lector desconocido, que Kordon imaginaba proletario y rebelde, lo cual lo inducía a pensar que ya no escribía para él sino para el otro. La mayoría de sus relatos fueron escritos en primera persona y ante la consulta él contestaba: “El principal y verdadero personaje de toda creación literaria es el mismo autor”.
Sentía una profunda admiración por Roberto Arlt. En una entrevista que le realizó el escritor Mempo Giardinelli, en la revista Puro Cuento, Kordon le confesó la siguiente anécdota: “A Arlt sólo lo vi una vez, antes de mi primer viaje a Chile. Estábamos con un escritor amigo, Raúl Larra, en el café Politeama, y de pronto apareció Arlt con un grupo de gente: Conrado Nalé Roxlo y no recuerdo quienes más, todos escritores. Se sentaron a una mesa que daba a la calle. Yo le dije a Larra: ‘mirá, te juro que me pararía a saludarlo y decirle que es el más grande de todos’. Y entonces Larra, que lo conocía bien, me dijo: ‘bueno, andá y saludalo pero no le digas que vos también escribís, sólo decile que lo admirás...’ Pero no me atreví, y cuando volví de Chile él ya había muerto. Da vértigo pensar lo que hubiera podido escribir ese hombre, que era tan joven, ¿no? Imaginate que tenía la edad de Borges”.
Kordon tiene toda una vida de cuentos. Sus interminables viajes lo llevaron hasta la China, donde fue uno de los pocos argentinos que entrevistó a Mao. De ese viaje surgieron algunos textos, entre ellos, “Seiscientos millones y uno”. Pero hay que hacer justicia. El mundo de la literatura, tan elitista como siempre, lo marginó y no le dio el reconocimiento que merecía. En su momento, los semidioses de la lapicera se burlaron de él, “los onanistas de las letras” lo ningunearon, los editores de avanzada lo borraron del “mapa narrativo” como en su momento a muchos otros como Di Benedetto, Wernicke o Constantini. Lo calificaron de cuentista para minimizarlo -a pesar de haber escrito media docena de novelas-, y él respondía “si me la pasé contando cuentos toda la vida”.
Da la impresión que por estos lugares, si el escritor no está rodeado por el círculo áulico de la obsecuencia, no puede trascender. “Ellos” hasta se mofaron de su lenguaje coloquial, de su realismo, de su crítica social, como hicieron con Soriano y tantos otros. Lamentablemente, hoy no existen obras reeditadas, y para encontrar algún libro hay que visitar alguna “librería de viejo” y que el azar lo ayude....



domingo, 22 de agosto de 2010

John Lennon: el mundo será uno*




Escritor colombiano (Cali, 1954). Reside en Venezuela, país del que se nacionalizó. Licenciado en letras y magíster en literatura latinoamericana por la Pontificia Universidad Javeriana. Es profesor asociado y jefe del Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Los Andes (ULA), en Mérida. Dicta las cátedras de Taller de Poesía y Cuento y de Literatura Contemporánea. Es autor de los libros de ensayo Hernando Track, el superior de las lámparas (1992), Vivir a pulso (1995), Ser filosófico y ser poético en la obra de Álvaro Mutis (2001), Los hijos de Acteón (2002) y Viaje al poema (2003), y de los poemarios Último bosque (1985), Canción para Mervarid (1985), El velo de Maya (1998-2000), Una tumba en el bosque (2000) y Larga es la noche (2001).

Imagine es la imagen permanente de un hombre que marcó este siglo (al igual que Martín Luther King, Ernesto Che Guevara, Gandhi). Cada uno en su propio papel existencial fue un rebelde. Amaron, soñaron y lucharon por lo que consideraban lo más elevado: su pueblo, su historia personal y su derecho a imponerse contra toda la adversidad.
John Lennon mismo se confiesa. “Siempre fui un gran rebelde”. Pero no fue su objetivo disociarse de la sociedad, sino contribuir a sus transformación desde dentro de ella misma. Fue “rebelde”... Pero un hombre común. A la vez que músico, también “poeta”, “fanfarrón” y “loco”. Se reconocía como tal.
¿Qué le llevó a ser tan extraordinario? ¿Qué le llevó a ser el hombre de la década de los setenta?
Su salto sorprendente desde una taberna de baile de Liverpool al centro de un mundo agitado por la Guerra de Vietnam, por la crueldad y el sacrificio de un pueblo remoto y la pérdida inútil de tanta vida joven en esa controversia; un mundo atiborrado de convencionalismos hipócritas desvitalizando su derecho a ser mejor, menos aburrido y con mayores garantías de supervivencia; un mundo excesivamente ideologizado, enredado en la telaraña de la Guerra Fría, del espionaje, de misiles nucleares amenazando con la mutua destrucción, un mundo que clamaba por la descolonización y el cese al intervencionismo militar en las naciones débiles, un mundo conmovido por la imaginación del terrorismo.
¿Qué esperaban los jóvenes de entonces? Una voz universal, un mensaje desenfadado, una sugerencia, no una orden, un signo de ruptura con el convencionalismo extremo, una aventura prolongada y hermosa, un sueño, un sonido, una nueva canción, una nueva luz. Y eso significaron Elvis Presley, Janis Joplin, The Beatles, Bob Dylan, Allen Ginsberg, Joan Báez y otros.
Pero The Beatles fueron la flor del trébol que mantuvo incólume, flotando en esa inundación de nuevas manifestaciones (algo extraño, porque su vida fue relativamente efímera como grupo). Luego vendrían grandes bandas y solistas como Led Zeppelin, Yes, The Temptations, Deep Purple, Uriah Heep, Grand Funk, Rolling Stones, Genesis, Super Tramp, Ten Years After, Bee Gees, Crosby Steel y Nash, Frank Zappa, Jethro Tull, The Jackson Five, Elton John, David Bowie, Alice Cooper, Eric Clapton, Isaac Hayes, etc...
Pero The Beatles fueron los primeros, abrieron el camino. Ellos crearon el espíritu y las condiciones para ir a lo de Woodstock y Bangladesh.
Estuvieron juntos hasta que ya no fue posible, vivieron su gran etapa personal y como banda, pero llegó el momento de romper ese sueño, ya no funcionaba para ellos... y menos después de la muerte de su empresario Brian Epstein. De allí esa inextinguible esperanza de sus fanáticos por volver a verlos unidos. Esa nostalgia. Los Beatles sintieron tempranamente que sus admiradores tendían a apoderarse de sus vidas y huyeron de esa histeria avasallante. Y supieron dar la lección... nunca demostraron nostalgia por el pasado como la banda que rompió la música y el mundo en dos. Aceptaron que no fue a propósito, que fue una simple circunstancia o que, en todo caso, si hubiese habido algún propósito consciente estaba quizás en la mente de ese genio que distinguió a Brian que él era quizá el gran rebelde y que encontró en John Lennon a su mejor aliado.
Como banda sí hubo planes, proyectos, pero terminaron, como toda cosa que empieza, conocieron un final. De ahí el mensaje que nos transmite el Beatle mayor:
“Todos los planes y proyectos son sólo sueños / lo único que realmente deberían hacer / es hacer el amor / No espero que tú comprendas ahora / que el reino de los cielos está en tus manos / No espero que tú despiertes de tu sueño / demasiado tarde para llorar”.
Este “rebelde” saltó de Liverpool al paraíso. Sacó provecho del caos, del histerismo, de la confusión política, moral y religiosa de su tiempo. Hizo provecho consciente de los frutos que obtuvo por su profesión de músico. Un extraordinario músico, un músico espontáneo, con capacidad de liderazgo y potencialidad para crear exactamente lo que la gente necesitaba... lo que él mismo necesitaba. Y en eso fue un empresario de la poesía crecida a través de la música, fundamentalmente del piano y de su condición vocal, porque, a decir verdad, las letras, como composición poética, no serían tan “geniales” sin esa música que las acompaña.
Después de separarse, cada uno tomó su propia ruta aunque el camino fuera en apariencia el mismo. les gustaba el dinero y la publicidad, se vestían finamente aunque con diseños originales, entraban en lujosas limosinas, pero su valor nos demuestra que no confundieron la rebeldía con el fatum(destino) de sumirse en la trampa de tragarse los mitos sin masticarlos, como advierte agudamente Álvaro Mutis.
Saltó a su Paraíso de Titternhurst, en Ascott, Inglaterra. Allí hizo el amor por primera vez con la mujer de su vida: Yoko Ono, la fea más hermosa. Allí se deslumbró de tanta riqueza Julian, su primer hijo (habido con Cinthya, su esposa), quien iba de una calle de casas apretadas en un suburbio de Londres, a pararse en el centro del paraíso de su padre, hasta entonces desconocido por él, un hombre que por estar dedicado a dar al mundo motivos para afirmarse en el siglo no pudo estar pendiente de su hijo... Ambas cosas a la vez no fue posible realizarlas. Más tarde, en carta a Cinthya, le dice:
“Me apena y lamento haberme perdido el hecho de que Julian ha estado creciendo. Ahora es un hombre y lo extraño terriblemente. He sido un sinvergüenza, porque no le presté atención y lo eché de la habitación cuando hacía ruido”.
Sin embargo, Cinthya no desconoce el pasado infantil y adolescente de Lennon. Su padre estuvo en la guerra de 1940, y luego se desaparece. Lo crió una tía, no sin dificultad. Pero fue siempre un niño creativo, inquieto, nunca desaprovechó un instante. Relata su tía:
“Yo tenía que ser fuerte porque tenía que criar a un niño. Mi trabajo era estar ahí. Él nunca llegó a una casa vacía. Lo que él no podía entender era cómo yo sabía cuándo él estaba por hacer una de las suyas. Era creativo y simplemente un líder. Si se sentaba nunca perdía un minuto: o estaba dibujando, o escribiendo poesía, o leyendo; era un lector ávido. Todas las noches se dormía cantando”.
Con justificada razón dice Cinthya:
“Creo que John se vio obligado a ser un padre incompleto”.
Sí, obligado a buscar su lugar en el mundo que se lo había negado. Y como carecía de “modelo” para ser un padre cabal, tuvo la felicidad de repetir su desgracia en su relación con Julian, precisamente cuando el mundo no apartaba sus ojos de él, cuando él era el símbolo de lo que soñaban ser los hijos de los indiferentes.
Vuelve a encontrarse con su madre a los dieciséis años reanudando con ella una relación más bien tormentosa.
Sin embargo, ella le enseñó lo más importante: la música, a tocar el banjo y la guitarra. Poco después moriría: “La atropelló un policía que estaba borracho. La perdí dos veces”.
Inspirado en esa relación traumática y resentida con sus padres, escribió la célebre canción que ninguno de nosotros, los adolescentes de entonces, desconocía. Aunque en un principio no supiéramos qué significaba, qué traducía, su solo título lo decía todo, y la forma fuerte, enérgica, convincente y desgarrada como la cantaba, parecía suficiente para entenderla: “Mother”.
Mamá / tú me viste / yo jamás te tuve / Yo te quería / pero tú no me quisiste / por eso yo / sólo tengo que decirte / adiós / adiós / Mami no te vayas / Papi ven a casa / Mami no te vayas / papi ven a casa / Mami no te vayas / Papi ven a casa.
El rock and roll y el surrealismo serían las dos grandes fuentes en las que bebió la miel y el veneno de su música. Elvis Presley era su ídolo en sus tiempos de Liverpool: “Todos esperaban para verlo (en películas) y yo también; todos gritaban cuando aparecía en la pantalla. Nosotros pensábamos: eso es un buen trabajo”. Y con respecto al impacto que causó en él el maremágnum surrealista, confiesa:
“El surrealismo tuvo un gran efecto en mí, porque me di cuenta de que la fantasía de mi mente no era locura, la visión psicodélica es realidad para mí”.
John Lennon no era ningún chico dulce, ningún hombre en extremo compresivo. Era duro, implacable consigo mismo y con los demás. No le agradaba la idea de que la gente absorbiera sus canciones al punto de tomarlas como razón suficiente para invadir su vida privada o considerarse con derecho a ser protegido suyo.
Pero, lamentablemente para él, era Beatle, la cabeza visible de un grupo que surgió en el momento más oportuno, y eso lo convertía en un mito viviente. Razón por la cual un mismo fanático suyo le asesinaría más tarde, cuando justamente alcanzaba la edad de cuarenta años... “Sólo soy un tipo que escribe canciones”, decía.
La vida de cualquiera de ellos era una ventana abierta, un diario. Pero más en John Lennon, el más excéntrico, el más carismático de ellos, el compositor estrella, el antiguo fundador de la banda The Quarrymen antes de formar The Beatles, el que tenía que ocultar a su esposa Cinthya para que las fanáticas mantuvieran su vibración hacia él y hacia el grupo, el del pelo más largo, el que dejó a la rubia inglesa y más o menos atractiva, por una asiática, pequeña y físicamente fea, con la que se fotografió desnudo para el mundo. Muchos, por cierto, no digieren aún esa aparición tan absoluta de Yoko Ono en la intensiva vida de los últimos años de Lennon; él tenía sus intensas buenas razones para defender su derecho a vivir y amar a Yoko, pero los que tragan mitos sin masticarlos no habían llegado (y muchos aún no lo logran) a este nivel de entendimiento acerca de quién fue verdaderamente este hombre que el mundo conoció como John Lennon. El mismo que los miembros del ultraderechista Ku Kux Klan querían quemar vivo en el nombre de Cristo.
Quién era este hombre que un día se apartó de todo para dedicarse a criar a sus hijos y más a Sean John, el segundo de ellos. Él mismo escribió:
“Cierra los ojos / no temas nada / el monstruo se ha ido / está huyendo / y papi esta aquí / hermoso hermoso, hermoso niño / Ahí en el océano. Navegando / casi no puedo esperar / para verte hecho un hombre / pero se me ocurre que ambos debemos ser pacientes / antes de cruzar la calle / Toma mi mano / la vida es lo ocupado haciendo otra cosa / Hermoso, hermoso, hermoso / Amado niño”.
Esta dedicación a su segundo hijo le reivindica como padre, lo que testimonia el mismo Sean, quien por cierto dirigió, junto a su madre Yoko, el video que presentaron los artistas norteamericanos contra la reciente Guerra en el Golfo, titulado “Give Peace a Chance” (“Den un chance a la paz”). Dice Sean John:
“El hecho de que mi padre interrumpiera su carrera musical para criarme me hace sentir bien. Sé eso. Solía tocar su música a mi alrededor... En realidad nunca me había dado cuenta de que era un Beatle hasta que vi la película Yellow Submarine (El submarino amarillo). Ahí me di cuenta. Él decía: “Sí, esos son los Beatles, yo era un Beatle, pero eso ya terminó y ahora paso todo el tiempo contigo”.
En ese paraíso de Titternhurst, en Ascott, entre sus amigos y músicos, y sus inseparables Yoko y Sean, pasó el resto de su vida siempre escribiendo música, explorando la magia de su piano blanco, grabando en su propio estudio, es aquí donde escribía la canción que viene a cerrar el ciclo de su creación y abrirá con ella la ventana de su inmortalidad. Es verdaderamente una canción dulce, ideal y definitiva.
Dijo en ella lo que le pasaba por dentro: mucho en pocas palabras, y al igual que cuando empezó, lo que todos queríamos oír, y como “Mother”, también la cantamos, pero esta vez nos apresuramos a indagar su significado. Esa canción es “Imagine”.
“Imagina que no existe paraíso / es fácil si lo intentas / sin infierno abajo / arriba el cielo / imagina a todo el mundo entero / puedes decir que soy un soñador / pero no soy el único / Espero que algún día te unas a nosotros / y el mundo será uno”.
Es muy posible que haya sido él, entre los creadores musicales contemporáneos, el que más sentido de la oportunidad tuvo y estuvo veinte años entre nosotros, escaso tiempo, diríamos. Idealista, optimista, positivo, fraterno, solidario, rebelde, excéntrico millonario y artista, caprichoso, reconciliado consigo mismo, genial músico y encomiable padre y esposo amante. Dijo una vez:
“la década del setenta fue como despertarse en la mañana y todavía no hemos llegado a la hora de cenar...”.
Era ya, en ese momento, el hombre de la década.
Y ahora decimos: “John se fue a cenar... lo esperamos para el desayuno”. 

* tomado de la revista LETRALIA