| EL RUISEÑOR EN SU NIDO; MÁXIMO SIMPSON |
Las visitas
Las visitas llegaban,
pero entonces la casa se escondía,
se ocultaba a los ojos,
a las manos,
se cubría con trapos, con rubores,
con puertas, con ventanas,
con largos ademanes,
y sacaba las sillas a la calle,
los retratos quebrados,
los desvelos.
Comensales a oscuras,
inspectores de muebles recelosos,
turistas extraviados,
las visitas comían a la orilla
de una mesa inasible.
Los adultos
Lentamente ascendían,
y con la mano apenas,
con el pie,
con la voz,
con la dulzura,
defendían la hora diminuta,
el efímero cielo,
el escaso rocío,
el canto ya inaudible de un pájaro extraviado.
Entre gestos confusos se aferraban a uñas,
palabras,
torbellinos,
manoteaban el aire,
discurrían,
y miraban entonces desde lejos,
desde aquella frontera intolerable,
desde viejas orillas del recuerdo.
Asidos a la precaria luz,
lentamente se iban,
y yo soy aquel niño que espera su regreso.
