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jueves, 24 de mayo de 2012

leopoldo marechal



niña de encabritado corazón


Su nombre, pensamiento
levantado del agua
o miel para la boca
de silencios añosos.
dicho bajo las ramas que otra vez aprendían
el gesto inútil de la primavera.
Mi nombre atado al suyo
castigó la vejez
de un idioma sin ángel.
            
(¡En un país grato al agua
no fue cordura olvidar
el llanto de las campanas!)
            
Yo era extranjero y aprendiz de mundo
junto a la mar y fiel a su vocablo.
y como la tristeza miente formas de Dios
en la Ciudad y el Río de mi patria,
sabía desde ya que Amor en tierra
nunca logra el tamaño de su sed
y que mi corazón será entre días
un gesto inútil de la primavera.
            
(En un país junto al mar
veletas locas de sueño
ya no sabían guardar
fidelidad a los vientos.)
            
Niña edificando su alegría:
toda impaciente por acontecer!
Pareció que en sus hombros apoyaba la mano
sin oriente una edad,
o que reverdecían las palabras
en el otoño de un idioma
ya cosechado por los muertos.
¡Niña-de-encabritado-corazón
nunca debió seguirme junto al agua!
Porque de olvidos era trenzada su alegría,
y porque la tristeza
miente formas de Dios
en la Ciudad y el Río de mi patria.
            
(Pero las rosas ignoraban
la edad del mundo,
y se pusieron a contar
frescas historias de diluvio.)
            
Por culpa de las rosas olvidamos,
junto al mar y a la sombra
de veletas con sueño:
Desde su adolescencia hasta su muerte
la niña, paralela del verano, cruzaba.
¡Fue imprudente olvidar que Amor en tierra
nunca logra el tamaño de su sed,
y a manera de un vino
paladear la mañana,
o escuchar el salado
proverbio de las rosas!
            
Sólo al final de la estación fue cuando
sentí cómo la niña se disipaba en gestos.
Y vi su madurez cayendo a tierra,
y la estatura de su muerte
junto a la mar encanecida.
            
Mas, como la tristeza miente formas de Dios
en la Ciudad y el Río de mi patria,             
le arrebaté a la niña los colores,
el barro y el metal,
y edifiqué otra imagen, según peso y medida;
Y fue, a saber: su tallo derecho para siempre,
su gozo emancipado de las cuatro estaciones,
idioma sin edad para su lengua,
mirada sin rotura.
            
Y esta maldad compuso mi experiencia
con el metal y el barro de la niña.
            
¡Bien pueden ya los bronces
divulgar su cordura,
y el día ser un vino derramado,
y repetir olvidadizas ramas
el gesto inútil de la primavera!
Sentada está la niña para siempre,
mirando para siempre desde su encantamiento.
            
Y este nombre conviene a su destino;
Niña Que Ya No Puede Suceder.         
De "Odas para  el hombre y la mujer" 1929

martes, 12 de julio de 2011

Leopoldo Marechal


1a. CANCION ELBITENSE


¿Cómo no amarte, corazón de viento?
¡Que la noche lo diga
con lengua numerosa
¿Cómo no amarte, corazón de viento,
si en tu mano derecha está la rosa
y en tu izquierda la espiga?

¿Cómo no amarte, cielo dolorido?
¡Que lo explique tu amiga,
la noche silenciosa!
¿Cómo no amarte, cielo dolorido,
si en tu mano derecha está la rosa
y en tu izquierda la espiga?

Rosa o espiga, cielo dolorido,
sobre tu mano floreció el olvido.
Y espiga o rosa, corazón de viento,
sobre tu mano está el amor sediento.






¿Y más allá?

Un extraño viajero musitaba en la noche:

-Yo escalaré la cima; profanarán mis huellas
la nieve que cien siglos dejaron al pasar
y en lo alto, cara a cara, miraré las estrellas...
                        -¿Y más allá?

-Romperé la maraña de los bosques añejos,
violaré con mis manos toda virginidad
y veré nuevos mundos sobre los mundos viejos.
                         -¿Y más allá?

-Lucharé contra todo lo imposible; mi grito
será luz en el hondo silencio secular
y venceré en la lucha, porque soy de granito.
                         -¿Y más allá?

-No habrá un palmo de mundo que yo ignore; mis ojos
bajarán al abismo, subirán al azul
y, como dos palancas, romperán los cerrojos
del libro del Destino que agobia mi testuz.

Soy una imagen vaga, la sombra de un deseo;
pero hallaré algún día mi oculto manantial...
¡Entonces seré el Hombre que soñó Prometeo!
                          -¿Y más allá?

                                           *

Más allá, más allá. Y esa voz era fría
como un trozo de hielo.
                                          ¿Qué ha de ser más allá?
¡Pero el hombre, incansable, por la senda seguía
y su canto en las sombras era un himno inmortal!

De "Los aguiluchos" 1922