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lunes, 17 de febrero de 2014

Gerardo Pennini

Imágenes planas organizadas

La cámara filma un paneo en picado desde las metopas del techo. Está bien disimulada. De cuando en cuando ejecuta algunos acercamientos hasta los gestos de los empleados, buscando sobre todo tomas de primer plano de los rostros.
Esto es nuevo, el asesoramiento para seguridad empresarial, aconseja vigilar las conversaciones, pero está terminantemente prohibido grabar las voces. Entonces ante las consultas de los abonados, la red intercambió información, se barajaron soluciones de un extremo a otro del continente o del planeta, quién sabe. La respuesta encontrada fue ésta, y ahora se pueden filmar los labios de las personas.
Clientes, visitantes, empleados. Todo se registra. Algunas quejas han aparecido en pantalla, firmas de otros países han sido acusadas de espionaje industrial. Bueno, en fin, estas acusaciones serán eternas. Siempre existieron, y ni  las cámaras ni las computadoras van a modificar el status  casi delictivo, donde todo el mundo se siente observado o se siente en falta.
De todas formas, hay diversas ofertas para suscribirse a las redes de asesoramiento legal, y hasta se dispone de sitios y salones donde debatir el posible espionaje, compartir experiencias, y acceder al mercado  libre en demanda  de los secretos obtenidos  por esta vía.
Todo está allí.
Todo.
Sin embargo,  los coordinadores están haciendo desaparecer los listados de suscriptores, en el correo se evitan  los remitentes, cualquier indicio de filiación. También algunos lobbys sufrieron demandas y juicios onerosos  respecto al contrabando de información.
      La cámara sigue eligiendo los protagonistas y los planos y encuadres. Lamentablemente, detrás de estos conflictos, allá arriba en el piso cuarenta y cuatro no hay ningún camarógrafo, ni un director, ni un despistado switcher. No hay nadie en el tiempo real. Cuatro veces al día aparece un empleado de seguridad para cambiar los discos de video y archivar bien ordenado el material fílmico.
En definitiva, que tampoco hay nadie en la cumbre de la pirámide de leyes, decretos, convenios y contratos. Los juicios tropiezan con problemas de jurisdicción. Hay gobiernos locales que no quieren legislar al respecto. Espacios  de vacío jurídico que dejan lugar a pequeños capitalistas y audaces mercaderes, círculos concéntricos y elípticos autónomos,  todos ellos lucran con esta situación de casi ilegalidad, esta zona poco clara.

       La cámara desde  su altura vuelve a recorrer los rostros, las manos, se estira como los labios de una... ¿qué bicho era?...una jirafa, para comer debajo de los recovecos de los escritorios. Recolecta imágenes oscuras a la pesca de posibles pequeños hurtos de los empleados. Uno de los mozos de seguridad también ha descubierto por casualidad una secuencia de fugaces gestos, roces, manos sobre alguna rodilla, un pie descalzo que sube a lo largo de una media de encaje o de la pernera de un pantalón. Estas brevísimas secuencias podrían venderse bien en el mercado de coleccionistas, hay un circuito silencioso, afable, adornado con sonrisas melosas, labios brillosos de humedad, ojillos velados, dedos temerosos en el telar de idas y vueltas de casetes relacionados con el sexo. Es invariable. Aún cuando no se trate de transacciones delictivas, cuando las imágenes capturadas sólo sean casuales, producto de una realidad cotidiana grotesca, la circulación de este material tiene mejor sabor por el aura de secreto con que se cubre, se cotiza en función de la apariencia de pecado que presenta. El valor es a menudo fijado por las ansias febriles de los observadores, individuales o por grupos, viciosos o no, adoradores en todo caso del hecho mismo de la complicidad en el escalofriante secreto de...simples atropellos de la vulgaridad.
 También los actos furtivos de los mozos de seguridad son espiados por la Agencia de Vigilancia que la Empresa ha contratado para controlar a los empleados de seguridad que trabajan para la Empresa que la contrató.
Ninguna cámara, sin embargo, podrá registrar imágenes como las que alimentan la espera de un par de empleados de la firma, ésos, los que ahora transitan por los pasillos cargados de bocetos y contenedores. Esas imágenes florecen sólo en sus fantasías, no se manifiestan, excepto...
            Ella es joven, y en una época se habría dicho que bonita, tan delgada, de figura ágil y alargada dentro del uniforme agenérico. Hoy no es un ejemplo femenino precisamente. Hoy, debido al avance de las reivindicaciones, ellas tienen derecho a ser iguales,  y el uniforme es precisamente eso más que nunca, un recurso para desaparecer las diferencias. Quizá por ello el ideal de belleza en estos días tiene muchos kilos más que en el siglo pasado, quizá sea necesario seguir buscándose una identidad entre las tendencias de la moda. Y ella es bien femenina, sí señor, para reconocerlo es suficiente con apreciar sus leves movimientos, su ondulación grácil y en cierta forma lánguida, como si aún llevara vestido de tela volando en torno a sus caderas.
Caramba, ese cuerpo la ha situado con las compañeras lesbianas en algunos diálogos que en un principio la sorprendieron,  con el tiempo ganaron en confianza y por suerte han sido siempre francos y amables. Un asedio que cualquier chica de otros tiempos hubiera deseado por parte de los muchachos, pero que ha perdido interés.
Y hablando de muchachos, el compañero viril que trabaja junto a la  joven delgada es también poco usual en este entorno.
Tiene el rostro melancólico, la mirada húmeda que hubiese  bastado para describir un carácter romántico y soñador. Por lo menos en las revistas electrónicas se leen infinidad de relatos, ilustrados y todo, cuyos protagonistas se ven de esta manera. Pero, contrariamente al modelo ideal el hombre joven es brusco, de voz ronca y emana una especie de violencia latente. Su único atractivo quizá esté en la mirada de los ojos oblicuos y en un cuerpo fibroso, duro y moreno. No cumple las normas de modelo de éxito. Si repasamos esta figura, está llena de garantías de soledad. La cámara ha grabado un inocultable entretejido de sutiles gestos, rapidísimos acercamientos, intencionadas miradas entre él y ella. O entre ella y él.
Los labios moviéndose, no intercambian los temidos mensajes de protesta o reclamo, ni tampoco los nada graciosos chistes de oficina con doble sentido. Son labios que echan al ambiente un no se sabe qué de sensualidad...de promesa. Por entretenerse, de puro aburrimiento, un mozo de seguridad descifró consignas esotéricas tales como: “Tesperopuduarroba...” o “Nosercheamos...”

“Afuera, es cierto, existe el miedo” había escrito la poetisa Alejandra Kurchan.

        Afuera, en torno a la pequeña ciudad, se desenrosca una escarpada serpiente rojiza desde la mañana hasta la puesta del sol. Las bardas, la arcilla, el silicato de aluminio de los jurásicos pantanos  ha tomado esta extraña forma. La ciudad era más grande y floreciente, pero la desaparición abrupta del petróleo también hizo desaparecer a sus parásitos. Y hoy, afuera, es el “día después”  tan anticipado en la ciencia ficción del siglo pasado. Es el día de hoy.
         Poco después del petróleo se fue acabando el agua potable. Las especies animales  ya habían emigrado hacia refugios protegidos cuando la crisis llegó al límite. Pero el hombre se quedó, especie poco representada pero resistente.  Largas marchas de figuras terrosas, amarronadas, envueltas en rudos ponchos se diseminaron y entrecruzaron en todas direcciones por la meseta patagónica. Hilos de hombres y mujeres tejiendo nuevamente ancestrales ratrilladas por el desierto, más desierto que antes. Con sus machis. Con los mitos del toqui, la piedra de fuego y los pillanes.
Desde el fondo de la historia, los mapuches, la “gente de la tierra” como se llaman a sí mismos, forman intrincadas urdimbres genealógicas retornando a lo que fuera su paisaje. Más de cien años marcharon incansablemente, primero a la ciudad, luego a la sede del Gobierno Central, reclamando lo que era suyo.
Ahora, hace apenas una generación, se lo han devuelto. Ahora es un paisaje ajeno, cortado por las líneas de alta tensión, forestado con miles de molinos generadores de energía.
En esta circunstancia la vida se fue haciendo más y más solitaria. En la ciudad confortable cada uno, al llegar a su departamento, buscará integrarse a los otros de la mejor forma posible. Ellos dos, los jóvenes, no.
Ellos intentaron compartir sus fantasías en algún profundo subsuelo, tercer o cuarto nivel debajo de la torre. Pero la fibra óptica y las pupilas de vigilancia destruyen el momento. Ella quería ser Safo. Los porteros, que son miles y miles en distintas metamorfosis, impiden los accesos de cualquier pertenencia que no sea estrictamente necesaria. Y para crear un ambiente propicio, el vestuario es imprescindible; se necesitan accesorios, velas y otras cosas.
Desde su computadora, u ordenador, o la PC, como sea que les llamen, centenares de desocupados buscarán comunicarse con sucedáneos de compañía. Es inútil  entonces tratar de erradicar la pornografía. Crece como hongos, esos molestos sombreritos que había cuando había humedad, y que hacían estornudar.
Los muchachos también  quisieron arriesgarse debajo de la cúpula que corona la extraña torre, allá en el remate del edificio de policarbonato. Una construcción rodeada de columnas dóricas, la cúpula de material verde imitando bronce. Ella opinó que es de un romanticismo ecléctico. El ha decidido que es de una estupidez típica de fin de siglo. Pero esos detalles no importan, el día de la aventura, él  estaba dispuesto a ser un pirata del siglo dieciocho, pero no pudo.
La empresa no prohíbe, no es su política. Luego del intento, todos, cada uno de los cientos de ordenanzas y telefonistas o recepcionistas, recibieron el uniforme de la firma. A partir del lunes, hubo cientos de Morganes, Kidds, Laffittes o Bloods trajinando por pasillos y ascensores, raudas apariciones coloridas cruzando hacia arriba y abajo, yendo y volviendo, trazando fugaces destellos sobre los objetivos de cristal.  Había cientos de piratas del siglo dieciocho, y ningún galeón.
        La joven delgada y el chico brusco ya no quieren compartir otra vez estas imágenes para ver cómo se herrumbran, no soportarían ver naufragar a los nenúfares. Ella, una vez en su casa entrará en una melancólica familia de poetas, dramaturgos; en fin, literatura  común, inofensiva, casi tonta, como le dirían si lo supieran en la oficina. Conoce escritores y escritoras, dialoga con algunos de ellos. No sabe si existen o no, en realidad no quiere saberlo.  En ocasiones busca fotografías de aquéllas que se conservan en los museos de Artes Virtuales, o películas  hechas por aficionados, y  le gusta acompañar todo esto con excelentes tragos de música.
El se irá a su departamento a ejercitarse con otros miles en las redes de gimnastas, hará nuevos ejercicios finlandeses, respiración con técnicas javanesas milenarias, buscará páginas que le hablen de leyendas y mitologías. Hará relajación contemplando imágenes virtuales de la pampa verde y llena de vacas rumiando forraje tranquilamente.
         
        La webcam se enciende exactamente a las dos mil cien horas de él y de ella. Allá, en la planicie extendida hasta el Polo Sur se arrastra el viento empolvado y frío como un cortejo de fantasmas rojizos, transparentes que mueven las aspas que despiden chispazos. Desde allí llegan a la ciudad los mapuches, apretando el poncho y ofreciendo tejidos que antes eran de lana de oveja y pelo de cabra pero que hoy vienen en las aviolenas del Servicio Social. Al pie de los transportes, en la planicie, se distribuye leche sintética, materia prima para los talleres de artesanías, pizarras electrónicas para la escuela en tiempo real que asiste a los  niños indígenas. Las Redes Sociales han aceptado el pedido. Las machis y los loncos  luego de varias asambleas, exigieron la entrega de leche, y el Gobierno local reemplaza la ya desaparecida de vaca por un producto sintético, y una vez en cada estación, las aviolenas, esos obsoletos vehículos burocráticos, se diseminan por el cielo de la meseta. En cada estación caerán varios de ellos, pero muchos llegan a destino.
En la ciudad es la calefacción la que los pone a cubierto, a él y a ella, cada uno en su departamento y crea la ilusión de hogar. En ambas habitaciones hay alfombras, un lujo que permitieron los ahorros y que imitan las verdaderas alfombras indígenas. Ella y él distribuyen cojines, almohadones de buen gusto. Encienden palillos perfumados...y se observan apenas apareciendo y desapareciendo en la pantalla, cada uno esperando capturar algo del otro. Se espían, se sorprenden, se muestran y se ocultan. Sin hablar, en silencio. Ella se cubre de tenues velos de colores pastel, hoy será Cleopatra. Hoy él será el “Uturunco”, el hombre-tigre de las leyendas andinas, con ropas coloridas y con un clima de bosque tropical,. Y se disfrutan mutuamente. Se gozan. Se comparten.
        La webcam transmite la imagen a millones de casas, habitaciones colectivas, chozas o yurtas hilvanadas en la red. Los jóvenes comienzan a practicar un rito secular . Poner la mesa, se llamaba. Despliegan manteles bordados, otro lujo impensable. Colocan platos de verdadera cerámica, alegres, decorados. Fuentes, bandejas, copas de cristal y cubiertos de metal brillante. La panera es de madera de cohihue tallada a mano por algún olvidado mapuche hace muchos años. Todo está dispuesto sobre este decorado para el silencio de la cósmica  platea.

Cada quien verá lo que esperaba ver. Olerá lo que esperaba oler. Escuchará lo que desea escuchar. Ellos regalan sus imágenes. Sirven lentamente, con pequeños ademanes precisos, hubiese dicho el poeta popular que ella lee. Una modesta variedad de cuidados manjares, cada uno a su tiempo, en bandejas y platillos variados, entrelazando vapores y tonalidades. Hasta se escancia vino, auténtico vino para todo el que quiera saborearlo. Vino griego, con especias. Vino tropical, con naranjas y ananá. Vino de invierno patagónico, calentado al fuego y espumoso.
O simplemente el vino bíblico de Noé por segunda vez. Por segunda oportunidad..
         Luego de largos minutos, tal vez una hora de pequeños juegos, apariciones y desapariciones, él y ella, ella y él, se enfrentan cabalmente a la red, a esta red nueva y vital que se desarrolla como un naciente ser vivo, y desde las pantallas sus labios se mueven lenta y claramente para millones de ansiedades,  y recitan en la yurta, en la choza, en los blocks, algo que han descubierto:
“Hola, yo te amo”
Afuera, es cierto, existe el miedo. Pero a pesar de él, miles de manos morenas y curtidas gesticulan, se rozan o entrelazan. Miles de ojos que brillan sobre las caras enrojecidas por el salitre se miran hasta el fondo. Y una catarata de cuchicheos respetuosos resuena como una creciente del Colorado:


“Mari mari, peñi” “Takuy fí”(*)

Significados de los términos mapuches

Metopas: artesonado
Machis : Curanderos mapuches
Toqui: Hacha del Lonco o “Cabeza” de tribu
Loncos : “Cabeza” de tribu, cacique
Switcher: Técnico que maneja varias cámaras a distancia
Pillanes: Duendes de la mitología mapuche(simplificación)
Aviolenas: Aparatos volantes del ¿futuro? Cuando escribí este cuento, todavía no se conocían los “Drones”
(*) Saludo en mapudugun sin traducción literal


sábado, 31 de agosto de 2013

Gerardo Pennini









QUIÉN LO IBA A PENSAR…

Le juro, pero que se mató, se mató. Así, no sé si de repente o fue poco a poco, sólo le puedo decir que nadie, pero nadie iba a pensar que terminaría como terminó.
Todos lo admirábamos un poco, fíjese que ser escritor y en esta ciudad. Casi un héroe. O casi todos lo admirábamos, la verdad ahora que lo pienso es que para algunos era un perdedor, un iluso. Para otros nada más que un tipo pintoresco.
Tal vez empezó hace tiempo, cuando un día que lo fui a visitar estaba charlando sentado al fresco, bajo el gran damasco del fondo. Hablaba muy animado y en eso vi cómo caían damascos maduros. Le juro, caían y caían sobre él, que seguía conversando con alguien que yo no pude ver. Cosa muy rara, porque la fruta por más que esté madura no cae así, toda en una tarde. Pero los damascos no paraban de caer. Cuando él estaba tapado por esa pila fragante empezaron a llegar abejas, saludé nomás desde la galería y salí a la calle.
No, ya le dije que no pude ver con quién hablaba. Después salió publicado ese cuento tan lindo sobre las abejas que llevaban néctar de los damascos a la abuelita que hacía dulce y la planta que hablaba. No sé para qué se lo cuento, usted lo debe haber leído.
Ahora le digo que susto grande me llevé cuando lo vi con unas gotas de sangre en la camisa. En ese momento fue tal la impresión que no reparé en que era una camisa cuello duro ni en que tenía un moño de seda desarmado bamboleándose sobre el pecho. Aparte de las gotas rojas me llamó la atención una larga pluma como de águila que esgrimía en el aire y una música que llenaba toda la casa. Pero no tenía radio ni tocadiscos ahora que lo pienso. Le juro que esa vez le grité… ¿Qué te pasó? Le dije mientras trataba de verle alguna herida. “Nada – me dijo- estoy escribiendo palabras de amor, tal vez un poema o tal vez no”. Me quedé parado sin saber qué hacer y él se trepó a la vieja escalera de hierro haciendo ademanes, como dirigiendo la orquesta que ya no tocaba, y tampoco tenía ya la pluma en la mano. La risa de un chico que pasaba en bicicleta cortó todo, ni supe en qué momento desapareció dentro de la casa.
Después de publicado el libro de poesías lo vi más flaco…no sé, quizá tendría que haber sospechado, estaba más pálido. Pensé alejarme pero no pude, éramos muy amigos desde la infancia. Para colmo me dijo lleno de entusiasmo: ¡Ahora a meterme de cabeza a escribir una novela! ¡Será mi novela! Tendría que haberlo acompañado más, pero le juro que nadie iba a pensar.
Aunque no, ahora creo que no, no se mató. Fue ese día que le preguntaron ¿Y para qué sirve escribir? ¿Para qué leer tanto? Aunque no me acuerdo si lo escuché o lo leí en su libro.
No señor, ahora por fin es el dueño inmortal de su propia novela, esa que termina con un pobre tipo sentado con los ojos muy abiertos, evaporándose con el humo el día que quemaron todos sus libros, los libros que él leía a lo largo de la novela.

Recién ahora lo pienso y creo que por fin está todo bien.  ­

viernes, 14 de junio de 2013

Gerardo Pennini






de primera mano

Un lujo tener el relato de primera mano. Empieza diciendo que era un día como cualquier otro del invierno de mil novecientos setenta. Es como empieza cualquier cuento mediocre. Pero se acuerda del pescador que encontró boyando un cadáver y empiezan a mezclarse los datos porque el hombre había bajado a la costa de Río Negro con la chatita* que cuando se enfriaba había que empujarla, por eso la dejaba siempre en una cuesta, en bajada claro. Y lo primero que vio fue la avioneta volando sobre su cabeza y saludándolo con un balanceo de alas como era costumbre, después aparece el cadáver, cuando el hombre tira una línea esperando sacar corvina y lo que consigue es un tremendo susto. En el oleaje manso se ve desde la barranca un cuerpo. Claro que no se ven detalles, sólo un cuerpo flotando fúnebre. El primer impulso es mirar otra vez hacia arriba, hasta la avioneta puede parecer algo cercano en esa invasora soledad patagónica, algo con que compartir semejante impresión. Pero la avioneta se ha perdido hacia el sur, si no hubiera bruma o polvo o lo que sea que opaca el horizonte atrayéndolo a unos pocos centenares de metros el aparato podría verse.
En el sur la avioneta está dando un par de giros. El instructor ha tomado el comando porque el alumno de vuelo, aferrado con las dos manos, mira por el borde de la carlinga hacia la insólita imagen de la bahía, cortada por el hierro de tres submarinos.
Héctor, el alumno de entonces sigue contando que dieron un par de giros sobre las naves tratando de ver detalles del insólito suceso mientras Carlos, el instructor, informaba por radio el descubrimiento. Luego se dirigieron al aeroclub de San Antonio, pero no alcanzaron a llegar, cuenta Héctor, cuando pasaron dos cazas Gloster Meteor a reacción, lo más moderno que tenía la aviación de entonces haciendo varias pasadas sobre la bahía. Nuestro amigo y el instructor prepararon el mate como corresponde y se dirigían a la costa cuando fueron interceptados por un jeep willys con cuatro inconfundibles policías navales. De allí a un lugar prestado por la comisaría local fue un viaje lleno de preguntas que sólo rebotaron en el silencio de los militares.
Dos días tuvieron que soportar Carlos y Héctor la extraña situación de encontrarse encerrados, sin contacto con sus familiares, en una situación que para ellos no tenía sentido. La imposición era “¡De esto no se habla!”, cosa que podrían haber entendido en la primera charla, pero fieles a la tradición castrense y abusando del poder que les daba la dictadura del general Onganía alias la Morsa, los policías navales habían hecho su trabajo de ablande.
Quién sabe hasta dónde hubiera llegado el pavor de Carlos y Héctor, que a la sazón era un adolescente, y lo que es peor la angustia de sus familias, si no hubiera mediado un acontecimiento imprevisto.
Al atardecer del segundo día entró intempestivamente un “suncho”*, sigue narrando Héctor, que sin explicaciones les dio orden de salir de las respectivas celdas y esperar en una oficina estrecha, húmeda y verde. Era la primera vez que instructor y alumno estaban juntos desde que los arrearon en el jeep y se abrazaron con la emoción y la intriga del caso.
Desde la vereda llegaba a través de dos ventanas enrejadas un vocerío incomprensible, y en la media penumbra del ocaso vieron unos destellos de luz.
Otra vez el cabito les ladró órdenes y los hizo salir del recinto por un garage lateral, allí los hicieron subir a un vehículo carrozado y solapadamente los llevaron de vuelta al aeroclub, donde los dejaron sin más palabras que aquél grito: “¡Y no se les ocurra hablar!”
En ese momento los desorientados aviadores todavía ignoraban que el pescador de corvinas, una vez que hizo arrancar la camioneta tatarabuela, llegó al teléfono más cercano y llamó a varios diarios locales y nacionales. En casi todos lo habían tratado como a un loco, menos en “La Razón”, el entonces muy popular vespertino. Mandar cronistas este diario de Buenos Aires y llenarse el pueblo de periodistas ávidos fue cosa de pocas horas, y gracias a esto nuestros amigos fueron liberados. Una consecuencia muy conveniente aunque no buscada.
Poco después, la Marina daba a publicidad que se habían dado de baja dos submarinos de la clase Balao, el ARA Santa Fe y el ARA Santiago del Estero. En su lugar se compraron dos naves modernizadas… ¡en 1950!

Glosario:
Chatita: Primero fueron carros playos  útiles para todo, y por extensión se llamaba así en el campo a las antiguas camionetas
Suncho: Popularmente “suboficial”

miércoles, 22 de mayo de 2013

Gerardo Pennini





Los Misteriosos Amores De Mártires Y Septimio

Los primeros (muchos) años de la oleada de españoles que llegó a América fueron de guerras despiadadas. Igualmente hubo tiempo para intrigas, zancadillas y matanzas entre los mismos peninsulares. Luego comenzó el asentamiento y los que no lo habían hecho oportunamente para ocupar los lugares donde era más fácil enriquecerse, debieron luchar contra la naturaleza de selvas, desiertos y montañas de dimensiones inimaginadas en Europa. 
A menudo la naturaleza ganaba la partida hasta que lentamente se fue imponiendo la insistencia de los recién llegados y sus descendientes. O mejor dicho, la miseria y el sometimiento que vivían en España eran motivos más que pavorosos para enfrentar los riesgos de América.
Entre quienes lograron aferrarse a un trozo de tierra y afincarse estaba un aprendiz de zapatero del Bierzo, entre asturiano y leonés, finito y largo como silbido de arriero y de pelo rojo oscuro. Ojos claros y pelambre rojiza lo hacían resaltar en medio de aquellos españoles morenos entre los cuales eran frecuentes los moros disimulados.
Tal mozo se enamoró de la señorita hija del Corregidor, hombre de muchos blasones y pocas pulgas, aunque pulgas y piojos sobraren en la aldea. Para colmo de sufrimiento, era necesario presentar los documentos de matrimonio sacramentado para ser dueño de un terrón, fuera miserable parcela o extenso fundo.
La señorita en cuestión parecía no rechazar las miradas y señales invisibles que despedía su pretendiente, Alonso Septimio del Bierzo, que así se llamaba.
Bien dicho que se llamaba, porque se llamaba de esta manera a sí mismo. En su pueblo había sido “el séptimo de la Pascuala”  simplemente un hijo más de una aceitunera más, trabajadora temporal en la alquería de un tal Alonso Bregante. Lo cierto es que en las nuevas tierras, nuevo nombre, y todo ello pasaba a importar al momento de tramitar propiedades, casamientos o empleos en la burocracia virreinal y comarcana. Un decir, convenía presentarse como hijo de alguien, hijodalgo o más actualizado, hidalgo. Como si no todo el mundo fuese hijo de alguien, joder.
Puestos a fabricarse árboles genealógicos, los nuevos propietarios variaban entre los más cortos de imaginación, que apenas lograban encontrar un perejil, hasta los más atrevidos y fantasiosos, que despertaban inmediatamente sospechas porque dibujaban frondosos durazneros que no paraban de crecer por lo menos hasta San Pedro. Y ahí era donde la fruta caía de madura bajo las sacudidas del Santo Oficio, porque nombre de santo usado como apellido olía a marrano a distancia.
Nuestro mozo no tenía imaginación pero tampoco era tonto, y se dio a la tarea de conseguir alguna raíz en la tierra de su madre, por débil que fuese. Así, mediante un cura paciente y bonachón, logró constancia de que su tío materno Rodrigo descansaba en paz en el camposanto de Santibáñez del Toral, cerca de su pueblo. Hizo todo lo necesario y pagó mucho más de lo necesario hasta que logró que le adjudicaran un Rodríguez para acompañar  el aderezo; y pasó a ser anotado como Alonso Septimio Rodríguez del Bierzo.
Ya era hijodalgo, o sea, hijo de su tío. Pero nadie sacaría estas conclusiones.
Septimio tenía resuelto su problema de linaje y poco le faltaba para llegar a la mano de la hija del señor Corregidor. Pero otra brecha se abría ante sus aspiraciones. Tantas diligencias, correspondencia con España, honorarios de tinterillos y notarios que incluyeron un sobornillo por aquí y otro por allá, habían menguado su no muy cuantioso patrimonio.
El domingo después la misa mayor el mozo regresó cabizbajo al fundo, y quedó sentado en una cerca de palo toda la tarde hasta que los primeros fríos que bajaron de la montaña lo hicieron castañetear. Dentro de la casa, ya junto al fuego, revolvía su potaje sin decidirse a comer bocado. La carencia de buenas monedas acuñadas en el Potosí se erguía en su mente como la boca de un monstruo que lo tragaría en cualquier momento. El motivo de tanta desazón era que la niña de sus desvelos ese día lo había mirado y en sus ensueños febriles, Septimio podía jurar que esbozó una sonrisa.
Lo que nuestro enamorado no sabía era que el señor Corregidor pasaba por el mismo trance. El funcionario de la Corona había perdido influencias y participación en los negocios habituales a tales cargos, y esto restaba ingresos a su bolsa.
El tiempo corría inexorable y mientras Septimio se convertía en Don Septimio y recuperaba poco a poco el dinero gastado, el Corregidor se hundía en una maraña de préstamos y deudas que lo llevaron a ser prácticamente prisionero voluntario de las paredes de su casa. Para nuestro enamorado significó un vuelco muy favorable, ya que podía acercarse a la dueña de su corazón sin más trabas que la chaperona que como en todos los folletines, era complaciente.
Llegó el día entonces en que se enfrentaron Mártires Inocencia Álvarez del Toral y nuestro héroe Septimio Rodríguez del Bierzo. Fue un encuentro donde hubo más mímica, sonrisas y suspiros que palabras; pero que permitió a los jóvenes entenderse y coincidir en los sentimientos. Tomó coraje Septimio después del encuentro, y como no queremos extendernos, diremos que hubo hasta el domingo siguiente una seguidilla de billetes perfumados con pétalos de retama.
Llegada que fue la misa mayor, tras los muros del cementerio adosado a la iglesia, Mártires y Septimio urdieron un plan para escapar juntos, pero el sentido común de la chaperona los hizo pisar la tierra… ¿Dónde irían en esta tierra barrida a los cuatro vientos por los dogos de la Inquisición? . Existía la posibilidad de ocultarse de la justicia del virrey, pero de los frailes dominicos nunca. Parece que ese año eligieron un Papa pariente o por lo menos vecino de Septimio, porque cuando el carruaje del Santo Oficio negro y cerrado herméticamente entró a la villa aterrando a todos, al detenerse en la Plaza de Armas lo hizo frente a la casa del Corregidor.
Los vecinos que salieron a curiosear como de costumbre, solo alcanzaron a ver un flamear de sotanas negras, un brillar de alabardas y morriones, y al Corregidor subiendo al carruaje. Todo en absoluto silencio. Instantes después, de la otrora rica y alegre mansión salían surcando el aire desgarradores gritos femeninos. Los más cercanos a la familia de don Álvarez del Toral ya podían comentar libremente sus conjeturas sobre posibles antepasados hebraicos del funcionario removido y encarcelado. Lo más tétrico del episodio era que las mismas conjeturas habían llegado a la capital y promovido la decadencia y actual desgracia de la familia.
Septimio se enteró rápidamente del suceso allá en su alquería y llegó a divisar el camino en el momento justo en que la polvareda del carruaje se perdía en un recodo. Rápidamente se reunió con un par de hombres de confianza, tan de confianza que si no hubiera sido por el empleo dado por el joven estarían pendiendo de una horca. Esta era le gente que Septimio necesitaba para arriesgarse en una empresa desesperada. Pensando a la velocidad del rayo había urdido un plan para liberar al Corregidor y a la vez lograr la mano de su amada.
Lo primero que hizo el mozo fue llegar con el mayor sigilo hasta la casa de su amada Mártires  para platicar con ella la idea que había imaginado. Una vez puestos de acuerdo ambos jóvenes, y encargándose la muchacha de convencer a su madre, Septimio salió disfrazado con ropas del criado y se dirigió a la ranchada que poblaba la sierra de su propiedad. Allí participó de sus maquinaciones a un hombre de confianza que acto seguido se ocupó de reunir caballada, provisiones y un pequeño grupo de fieles cómplices.
Tres días después, al caer la noche, una banda de espíritus desaforados y aullantes cayó sobre la posta donde descuidadamente se predisponían a dormir frailes, guardias y prisionero. Los demonios nocturnos brincaban en medio de lo que parecían ser ramalazos de fuego amenazando a los pasajeros con sus fauces monstruosas y sus tridentes mientras horrísonos chirridos, lamentos y trompeteos aturdían por doquier. Para mayor espanto, en medio del aquelarre los engendros flameantes tumbaron el carruaje con gran estruendo y polvareda, lo que terminó con el valor de los guardias quienes huyeron dejando solos a los frailes inquisidores. Protegidos sólo por anatemas en latín, los pobres delegados del Santo Oficio se atrincheraron en un altillo entre charqui, maíz seco, sebo y ratas.
Mientras sucedían estos hechos extraordinarios, Septimio arrebató al Corregidor de su prisión momentánea y enancándolo en su caballo partió al galope, seguido a los pocos minutos por la tropa de “diablos” que iba dejando el camino regado con los ingeniosos disfraces.
Poco tiempo después Mártires y su madre se reunían con don Álvarez del Toral en el tambo más recóndito de las tierras de Septimio.
Seguros del silencio de sus compañeros de aventura que por otra parte se desternillaban de risa por lo ocurrido, y bien ocultos en los vericuetos serranos, el Corregidor y su mujer no pudieron menos que entregar a Septimio la mano de su hija, ahora huérfana a los ojos y oídos de la villa y del Tribunal.
Claro que el ahora muy digno don Alonso Septimio del Bierzo tuvo que sufrir otra sangría a sus arcas para recompensar servicios, entre los que se contaban los prestados por cierto cura autor de la falsa denuncia contra el Corregidor y que unos años después fuera subsanada con documentos traídos de España. Pero en la guerra y el amor, todo vale.

lunes, 1 de abril de 2013

Gerardo Pennini




ME CONTÓ LUCERO

¡Que lo parió! Recién terminaba lo de Caseros, donde anduvo mi abuelo a los sablazos, y ya se agarraron crudos contra cocidos. Desde el norte bajaba el Chacho dejando tendales y haciéndole temblar el cuerpo al pobre Barbeito, y sobre todo eso aparecieron Mitre y Sarmiento que no sé si eran más malos le digo. Todavía humeaban las de avancarga, no era tiempo de réminton. El Zorro fue el que armó a los nacionales con las réminton. El Zorro, que andaba del brazo con Mitre, pero don Bartolo le movía el piso con la paisanada de antes, y así las cosas políticas fue llegando el tren a Río Cuarto, donde don Ataliva compraba campos y más campos. Porque el Zorro era el político de los Roca, pero don Ataliva era el águila de los negocios familiares.
En eso lo llama a mi padre, que lo conocía por el sargento Lucero, un propio del coronel Arredondo. Mire usté, que era el mejor ladero del Zorro y cuando don Bartolo lo fogoneó un poco, se le dio vuelta como calzón de vieja.
Acá en la provincia se tenían ganas desde Caseros los Motineros, viejos unitarios, y los Lomos Negros rosistas. Era gobernador don Amancio Higueras, que para seguridá puso en la policía a su primo, el Tuerto Higueras, hombre de pocas letras pero ladino y con gente en todas partes. Don Amancio era Lomo Negro claro, y cuando quedó derrotado Arredondo se acomodó con los nacionales de Roca. Pero los Motineros, que cuando se perdió la revuelta escaparon a Chile, volvieron con ayuda de Mitre, y así vuelta la mula al máiz. Hubo elecciones y ganó el pollo de los Higueras. Mientras don Amancio iba a Buenos Aires para asegurarse apoyos políticos o por lo menos la buena voluntad del Zorro, dejó a su primo encargado de la “seguridad pública”, es decir, amansar a palos a cualquiera que se retobara. Pero los Motineros juntaron mucha gente, que allá fue mi padre, y se veía venir el motín, que por eso se ganaron el nombre.
Don Amancio y el Tuerto intercambiaban tantos mensajes que los cables del telégrafo echaban humo, no le miento.
Finalmente llegó el día en que debía jurar el nuevo gobernador Lomo Negro, pero la paisanada más pobre traída del campo por  los Motineros copaba la plaza. Una pequeña masa de hombres de frac y galera estaba apretujada en la entrada de la Casa de Gobierno entre tanto chiripá y alpargata.
En eso llega uno de los telegramas urgentes de don Amancio:
“¿Cómo está la cosa?”
El Tuerto era de hablar con poesía mire. Le contestó:
“Se está pudriendo de abajo”

* Hace muchos muchos años, esta historia me la contaba bajo un algarrobo tomando mate, un descendiente de los mismísimos Higueras. Bueno, claro que yo he cambiado un poco los nombres, lo demás es tal cual.

domingo, 17 de marzo de 2013

Gerardo Pennini





LAS AMISTADES DE BARTOLO

En las tardes inacabables de verano, aunque lloviera, Bartolo y el almirante Zarandarena se juntaban en el almacén de Musa. Como si dijéramos el agua y el aceite. Mario Nicolás Zarandarena había sido retirado de la armada por ciertos comentarios inconvenientes cuando se negó a sacar un viejo acorazado al mar y apuntar los cañones a la capital, en una de aquellas revoluciones, que ya pocos recuerdan. Don Nicolás había dicho “Para qué gastar pólvora en chimangos, si el mar es de los ingleses y van a seguir pirateando mientras no los pongamos en caja, nuestros compatriotas no son el enemigo”. Lo único que pusieron en caja fueron su gorra y sus galones y así volvió un día a la estancia “Las Gallaretas” que en realidad pertenecía a su mujer, una McTress Alburafeño. La señora venía de escoceses ovejeros llegados en la época de Rosas, o sea que mucha simpatía tampoco tenía por los ingleses, y de españoles nuevos, con cierto tufillo a moros de Andalucía. Cómo se hicieron amigos el almirante y el muchacho criado a palo y mate cocido, era un secreto para el pueblo, pero cuando el hacendado llegaba en su vetusto De Dion Bouton pedorrero y asmático, estacionaba frente a lo de Musa y al ratito nomás aparecía Bartolo, recién bañado y peinado al azúcar (el fijador de los pobres, cuando había) y ambos se sentaban en la galería. Don Nicolás pedía su whisky y una naranjada para Bartolo, que jamás tomó alcohol. Y mientras éste trituraba galletitas como botones, por lo redondas y por lo duras, el hombre lo deslumbraba con historias del mar y de los barcos, de ballenas, témpanos y algunos cañonazos para impresionar. Cosa aparte aquellas galletitas de los boliches, chiquitas y saladas, las servían para estimular la sed pero como duraban meses y meses en la lata, casi nunca se las podía comer.
Volviendo a la charla, Bartolo de cuando en cuando interrumpía con cara como quien anuncia un incendio, comentaba alguna desmesura del almirante o simplemente pedía aclaraciones, todo lo cual divertía a don Nicolás. El colmo de la felicidad para Bartolo era cuando el hombre lo llevaba en el auto, joya en su época porque arrancaba a botón eléctrico, y lo dejaba en la salida del pueblo ante de encarar el camino a la estancia.
Así pasaban el tiempo mientras Zarandarena se hacía viejo y Bartolo más grande. Un niño, pero más grande.
Don Nicolás y doña Dolores tuvieron todos los hijos que Dios quiso mandarles, pero sobrevivieron solo dos. El varón como correspondía tuvo que elegir entre el Colegio Militar y el Seminario. Aceptó éste último, pero apenas llegó a la mayoría de edad, anunció que no pensaba volver al campo, se recibió de abogado y se radicó en una aldea muy nueva a orillas del mar. En secreto doña Dolores se carteaba con el muchacho, y no entendió muy bien cuando éste le contó que había elegido ese lugar cautivado y deslumbrado por una mujer que reunía artistas en su casa – aunque no estuvieran los padres- fumaba y ¡manejaba un auto!.
Pero la que nos llevará a esta historia será Etelvina, hija única de María del Sagrado Corazón Zarandarena McTress. María por supuesto era la hija de don Nicolás, muy desgraciada la pobrecita, porque se casó, quedó embarazada y a poco de parir ella y su marido se mataron en un accidente camino a la estancia. La pequeña Etelvina se salvó de milagro, y a partir de ese día para sus abuelos fue el aire que respiraban.
Etelvina se crió libremente en la estancia, todos vivían pendientes de ella, y aún así no era caprichosa ni pendenciera. Parecía un chico, eso sí, cetrina, siempre sucia de tierra y pasto, montaba y trepaba los árboles como un varón.
Ni qué decir que en cuanto tuvo edad para acompañar al abuelo al pueblo, se hizo parte de las tardecitas en lo de Musa…un whisky y dos naranjadas y charlas interminables. Bartolo se sintió transportado al cielo con la compañía de Etelvina, no dejaba de sonreírle ni de traerle regalos, frutas de las quintas, tomates frescos de la huerta de Desiderio o algún cachorrito gimoteante.
Cosa rara, al mismo tiempo parecía ser el único que, junto con don Nicolás, podía imponer respeto a la mocosa. Cuando Bartolo hablaba, la chica lo miraba con tanta seriedad que don Nicolás tenía que reprimir una carcajada. Algunas veces, doña Dolores le mandaba los chismes a Bartolo de alguna travesura mayor, con la recomendación de pegarle una reprimenda.
Claro que la reprimenda se reducía a menear la cabeza: “Eso no se hace niña” o “Eso no está bien Etelvina, no hay que hacer rabiar a la abuela”. La muchachita quedaba cariacontecida el resto de la tarde.
El gran momento llegó cuando Etelvina tuvo que partir al internado en la capital, allí en el campo se le iba a poner demasiado chúcara decía don Nicolás, para llanto de la abuela, rabieta de la niña y pucheros de Bartolo. Finalmente Etelvina aceptó irse siempre y cuando con el abuelo viajara también Bartolo. Esto le dio alivio a doña Dolores, que no sabía cómo hacer para que el ya casi viejo Zarandarena no hiciera el viaje solo.
Así conoció Bartolo la capital, las avenidas, los tranvías, los grandes edificios de muchos pisos…una maravilla tras otra.
Al regresar al pueblo no podía parar de hablar de lo que había visto. Con cualquier excusa llamaba la atención de alguien y se ponía a contar gesticulando y haciendo muecas y ruidos.
Cada vez que iban a buscar a Etelvina o la llevaban de vuelta al internado, aquella dupla pintoresca hacía el viaje en camaradería. Hasta que entre doña Dolores, Etelvina y el médico no dejaron viajar más a don Nicolás. De todas maneras Etelvina ya tenía edad para viajar en tren, y el encargado de acompañarla fue Bartolo.
Una vez tuvieron aviso que la niña ya estaba con las monjas, pero Bartolo no aparecía por el pueblo. Esperaron un tren tras otro, mandaron telegramas, movieron a la policía y los contactos del almirante y nada.
Ya estaban todos muy preocupados y hasta Desiderio y Leocadia, los padres adoptivos de Bartolo, habían cruzado unas palabras con el perplejo don Nicolás, cuando hizo su entrada al pueblo, después de varios años, el circo de los italianos.
Y con el circo, muy orondo sobre el camello, apareció Bartolo…”El Hombre Más Fuerte del Mundo”. Matarlo era poco mire.

jueves, 21 de febrero de 2013

Gerardo Pennini



Cosa De Hombres

Desiderio y Leocadia levantaron la casa con sus propias manos en un terreno que les regaló el padre de ella. Gracias a eso pudieron ahorrar para los materiales y todos los días francos y feriados trabajaban hombro a hombro, hasta terminar una habitación, la cocina grande como se estilaba, el alero infaltable y reservado al fondo, con pozo ciego. Los compañeros de Desiderio colaboraron para hacer la perforación e instalar la bomba.
La pareja tuvo un solo hijo, un varón que se fue a probar suerte a la capital tan pronto pudo.
Al quedar solos, se les allegó Bartolo, un mozo que les había ayudado durante la construcción de la casa y luego se convirtió en el chico de los mandados. Bartolo era un poco faltito, criado por su abuela, y por eso Leocadia le tenía un cariño muy especial. Aunque no hiciera falta, la señora le encargaba algunas tareas que el muchacho se cobraba comiendo a su mesa aquellos guisos memorables.
-Prefiero comprarle un caballo de carrera – decía bromeando Desiderio.
Así fue creciendo Bartolo más a lo ancho que a lo alto. Cualquier gringo de boina le sacaba una cabeza, pero era macizo como la caja fuerte de la estación. Las manos eran cortas y cuadradas, como una pala de fierro, pero la cara seguía siendo de niño. Al morir su abuela, Desiderio le ofreció hacerle una piecita en el fondo, y aunque no reemplazó al hijo que los visitaba de tarde en tarde, se convirtió en un integrante más de la familia.
Para todos los trabajos pesados estaba Bartolo, y Desiderio tenía grandes rabietas para convencerlo que debía cobrar bien por ellos. Se iba haciendo fama de forzudo, y contaban que por una apuesta entre Alvarez y Stroderer, aflojó una tuerca con los dedos.
Fue un domingo de aburridos, después de cruzar las apuestas se lo propusieron a ver qué decía. Bartolo se rió un poco, se alzó de hombros y aceptó.
Cuentan que trajeron la chata del corralón de Stroderer. El mozo encerró una tuerca de la rueda delantera entre el índice y el mayor de la mano izquierda, afirmó el puño como una morsa, y cuando se estaba poniendo colorado tirando a violeta, la tuerca pegó un chirrido y giró unos centímetros. Entre gritos, aplausos y mucho escándalo alzaron a Bartolo y lo convidaron con unas naranjadas en lo de Simón. El gringo que ganó la apuesta le regaló un sombrero y una camisa.
De repente alguien se dio cuenta de un detalle y le preguntó
- ¿Sos zurdo Bartolo?
El muchacho alzó las dos manos, miró unos instantes y contestó
- No, claro que no.
- Entonces ¿Por qué usaste la zurda para aflojar la tuerca?
Cara de sorpresa de Bartolo
- Y…para no lastimarme la derecha, la uso para trabajar.
En el pueblo no había grandes problemas. Todos se conocían, todos iban envejeciendo juntos, sus hijos crecían juntos o se iban, como el hijo de Leocadia.
Algún fin de semana de fútbol o en carnavales, los muchachos alborotaban un poco, había sangre caliente y se repartían unas trompadas, pero un par de milicos se bastaban para poner las cosas en orden, y los más viejos respetaban y eran respetados.
Pero nada dura para siempre.
Un peón de la estancia “La Pichana”, un tal Flores, venía haciéndose fama de guapo y fanfarrón. Era inofensivo, pero le gustaba hacer alharaca, bromas pesadas y atropellar a otros de su edad más apocados.
Llegaba al pueblo bien montado, con apero chapeado y un facón de chafalonía relumbrando en el tirador.
Bartolo era uno de los blancos de las malas jugadas de ese tal Flores. Una noche, con copas de más, se pasó de la raya. En la vereda del boliche encontró a Bartolo, que como de costumbre miraba con curiosidad cómo jugaban a la taba o al sapo, y le pegó el grito:
- Che, opa, andá a cuidarme el tordillo. No te muevas de allí hasta que yo vaya.
Dicho esto y enterarse Desiderio fue la misma cosa. El hombre se llegó hasta el palenque donde estaba el caballo y allí lo vio a Bartolo, sentado con mala cara pero obediente.
- Venga m`hijo, vamos pa las casas – le dijo - Leocadia ya preparó la comida.
Y diciendo esto desató el tordillo y lo espantó hasta la plaza, cosa que lo vieran todos.
Lo que mas enfureció a Flores fue que medio pueblo se le riera en la cara, y que nadie le ayudara a agarrar al caballo. Como a la noche recién pudo volver montado al pueblo, y pasó derecho hasta la casa de Desiderio.
Cuando el viejo salió, sin mediar palabras, el tal Flores sacó el cuchillo y lo hizo brillar a centímetros de la cara de Desiderio. Dicen que sólo se escuchó un mujido como de toro, Bartolo saltó de la sombra y Flores salió dando vueltas hasta caer desarticulado sobre la tierra de la calle.
Cuando se levantó, rojo de furia, Flores se asomó sobre el alambre y gritó:
- ¡Cuidate opa de mierda! ¡Ya te voy a agarrar!
Pero tuvo mala suerte, justo justo lo escucharon los dos milicos. Lo hicieron subir al caballo, lo acompañaron hasta “La Pichana” y no se lo volvió a ver por el pueblo.




sábado, 2 de febrero de 2013

Gerardo Pennini

Gerardo Pennini


Esto es magia

En la aldea de Tulom-Bo todos vieron las extrañas burbujas que se formaban sobre el lago. Por indicación del brujo, se sacrificaron algunos animales y luego de leerles las tripas, fueron arrojados a las aguas. El intenso olor a podrido se atribuyó naturalmente a la carne en descomposición.
Durante la noche el olor aumentó, una silenciosa serpiente envolvió a la aldea en sus anillos y cuando comenzó a clarear los niños y las mujeres que habían dormido sobre el suelo no despertaron. Lamentos y quejidos de dolor y frustración se elevaron de las chozas y a medida que los nativos se encontraban en la plaza del mercado se gritaban unos a otros en trágica sorpresa. En medio de la desorientación, las madres corrían con sus hijos en brazos y se arrojaban al lago que las recibía regurgitando sordamente.
El brujo logró organizar algo este caos, y bajo sus órdenes los hombres comenzaron a levantar una enorme pira en la plaza. Amontonaban troncos y ramas espinosas de los corrales, las chozas y todo lo que podía arder. Encima echaron sus pertenencias y hasta las pocas ropas que se arrancaban a manotazos furiosos.
La hoguera que encendió el brujo ardió todo ese día. Cuando se ponía ya el sol detrás de las sierras boscosas, llegó una caravana de salitreros atraída por el resplandor que reflejaban las garras amarillas, rojas y azules en el cielo. Completamente enloquecidos, los aldeanos atacaron a los recién llegados, les arrebataron la carga y los burros y arrojaron la sal a las llamas. Los inocentes animales, despanzurrados, también fueron a parar a la negrura del lago.
El hechicero no dejó de cantar letanías ni de hacer conjuros durante toda la noche encabezando lo que quedaba de la tribu en una danza en torno al fuego que estallaba, chisporroteaba y bufaba a causa de la sal.
Con los primeros arreboles llegó otra sorpresa. Los caravaneros sobrevivientes se habían ocultado entre los árboles, y apenas pudieron distinguir a sus enemigos, cargaron dando alaridos, degollando a unos, descuartizando a otros y empalando a los que se rindieron.
La aldea quedó abandonada a las hienas y los chacales, que pronto hicieron su trabajo.


Dos mil años después

El doctor Peter Joingrass, a cargo del equipo de investigación de la universidad de Berkeley informa que en el paraje denominado Tulom-Bo, a orillas del lago Apeteco, valle de las Cenizas, se ha podido constatar lo siguiente:
En el lugar existió efectivamente una aldea en el estadío paleolítico-alfarero tal como se comprobó con restos de cacharros (muestras F1) instrumentos de piedra tallada (muestras F2) y el hallazgo de un basurero colectivo (muestras F3)
Se encontraron escasos coprolitos (muestras F4) como así pocos enterramientos dispersos en las colinas boscosas (muestras F5) y fogones a una profundidad entre 80 centímetros y un metro (muestras F6) que indican la presencia de por lo menos 12 habitaciones colectivas.
La presencia de habitantes se interrumpe entre 150 y 200 años de nuestra Era sin que se hayan encontrado indicios de la causa. Se enviaron las muestras para datar con el método de carbono 14.
Es irrefutable el hecho de haberse descubierto en el lugar donde aparentemente estuvo una plaza o lugar de reunión una circunferencia de 3 metros de diámetro, de material cristalizado por fusión debida a altas temperaturas, con presencia de sulfatos de cobre y de amonio. Se han enviado para analizar las muestras F7 y F8.
Este disco confirma sin lugar a dudas nuestra teoría sobre el aterrizaje de una nave espacial, pudiendo afirmar que los habitantes habrían sido abducidos por alienígenas.

Gerardo Pennini