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jueves, 1 de diciembre de 2011

CINE: El infierno puede ser hilarante- Román Polanski


Carlos Boyero 

Se habla más de ese hombre con apariencia de gnomo perverso llamado Roman Polanski por la reactualización de algunas de sus antiguas y sórdidas movidas que por ese impagable don que le concedieron los dioses o los demonios conocido como inteligencia, arte para contar historias con una cámara, capacidad para transmitir desasosiego, terror y compasión. Polanski a veces parece relajarse, acepta retos que parecen fáciles, adapta teatro al cine como en esta formidable Un dios salvaje. Mi ignorancia respecto al teatro es absoluta, aunque una vez entrara en éxtasis viendo al genial Vittorio Gassman durante tres horas en un escenario viviendo a Shakespeare, a Melville, a Pirandello. También fui testigo hace infinitos años en Londres de cómo Albert Finney se introducía en la piel y en el corazón de Hamlet. Imagino que aquello era teatro. Y he disfrutado enormemente en el cine viendo al sensato y solo Henry Fonda y otros 11 hombres sin piedad (al final resulta que la mayoría de ellos la poseían, los convencidos dudaban) interpretando una obra teatral. O el terrible reencuentro entre una mujer torturada con su antiguo verdugo en la estremecedora La muerte y la doncella, también dirigida por Polanski.
Consecuentemente, no puedo opinar del texto original que escribió Yasmina Reza. Pero sí del enorme talento que muestra Polanski inventándose imágenes para contar lo que ocurre cuando las esforzadas apariencias se derrumban y se imponen la frustración y las miserias. Ignoro qué le pertenece en diálogos y situaciones a la autora y su adaptador, pero el resultado me deja con la boca abierta, con una sonrisa admirativa, con la sensación de que es imposible narrar con más brillantez esta tragicomedia agria, este vodevil tan gracioso, el progresivo derrumbe de los modales cuando aparecen los nervios, la vomitona, el alcohol espantando máscaras y comportamientos convencionales, lo que queremos parecer y lo que somos.
Polanski inicia la historia en un parque en el que dos críos parecen discutir; uno de ellos soluciona la querella sacudiéndole en el careto al otro con un palo. Todo ello a la distancia, acompañado de la música inquietante de Alexandre Desplat, tal vez el mejor compositor de bandas sonoras en el cine actual. A partir de ese momento, Polanski encierra a cuatro adultos, los padres del agresor y del agredido, en el único espacio de una casa. Los visitantes, el pragmático y cínico abogado de una empresa farmacéutica y una broker, han acudido para arreglar civilizadamente la brutal agresión de su hijo con los padres de la víctima, un ferretero campechano y una progresista cultivada y deprimida ama de casa.
Nada es previsible a partir de ese momento, cada situación y cada gesto van preparando sutilmente la tormenta. El educado juego dialéctico, la cortesía aparentemente natural, las despedidas que como en El ángel exterminador nunca tienen final, la violencia soterrada, la subterránea lucha de clases, la representación y las máscaras, la hilarante catarsis y el incontenible desmadre cuando se cruzan las barreras están admirablemente expresados por Polanski con comicidad perversa e higiénica mala leche, con la sensación de que este creador controla al milímetro cada elemento de su material.
Y dispone, cómo no, de lo más necesario, de lo que exige un guion perfecto. O sea: de los mejores actores y actrices del mercado. Jodie Foster y Kate Winslet son trágicas que están más allá del elogio, pero el estímulo de hacer comedia lo resuelven con arte inmenso. John C. Reilly y Cristoph Waltz son dos de los mejores actores de reparto del cine moderno. El recital de los cuatro emociona. Les aconsejo que no abandonen la sala hasta que acaben los títulos. Ese final es Polanski puro y duro. Y solo me responsabilizo de lo que he escrito ateniéndome a la versión original. Escucharla doblada puede ser un pecado. La he visto dos veces. Y solo puedo admitir eso tan veraz y tan enfático de: "Qué grande es el cine". El bueno, por supuesto. ■

miércoles, 16 de noviembre de 2011

CINE: El canto de sirenas del ladrillo



Max Lemcke estrena 'Cinco metros cuadrados', su tercer largometraje que narra el drama de un joven que invierte todos sus ahorros en un piso que jamás se llega a construir

TOMMASO KOCH  -  Madrid
 
A Max Lemcke le sobran razones para estar feliz. De un momento a otro va a nacer su primer hijo, hoy se estrena su tercer largometraje y tiene "siete cupones para la lotería de la ONCE". Algo parecido a una semana perfecta, o por lo menos una de las más "trepidantes y emocionantes" de su vida, según escribía el martes el cineasta en su cuenta de Twitter. Así que por mucho que se hable de dramas y crisis, asuntos centrales de Cinco metros cuadrados, la película con la que ganó el pasado festival de Málaga, resulta difícil quitarle la sonrisa de la cara a este madrileño de 44 años.
Bastante menos alegre es la vida de Alejandro, el protagonista del drama rodado por Lemcke. Timonel de una existencia anodina y sin sobresaltos, el joven navega plácidamente rumbo a sueños comunes. "Los de cualquiera: un piso en propiedad, un coche en propiedad, una familia. Desde todos los ámbitos, ya sea político, social, cultural, nos han metido en la cabeza que nos hacen falta esos elementos para ser felices", resume Lemcke.
El canto de sirena de un amigo, agente inmobiliario, enloquece la brújula de Alejandro, que acaba invirtiendo todos sus ahorros en comprar un piso con su pareja en un complejo residencial a punto de ser edificado. Aunque en una zona ilegal, lo que convierte el a punto en jamás y borra el sueño del joven bajo las pinceladas deprimentes de la realidad. Sin dinero y sin casa, Alejandro emprende una lucha desesperada contra la agencia inmobiliaria, en una batalla que busca conseguir un hogar pero acaba dejándole solo y presa de sus paranoias hasta consecuencias inesperadas. "Es un justiciero moderno. Su meta es pelear por la dignidad y para cambiar una situación inaceptable, aunque a ratos termina luchando solo por luchar", describe su personaje Lemcke.
Una historia terriblemente verosímil en la España de la burbuja inmobiliaria, un espejismo en forma de ladrillo que sedujo y dejó tiradas a miles de personas. "El filme no está basado en hechos reales; nació de la visión de un tipo que lo perdía todo y acababa viviendo en un garaje. Pero a medida que avanzábamos con el guion vimos que la realidad estaba en la película, que se había impuesto a la ficción", explica Lemcke. Ambas, realidad y ficción, deslumbran en dos personajes que últimamente pisan a menudo el escenario español: el constructor sin escrúpulos y el político corrupto. A ellos Lemcke dirige el mensaje de Cinco metros cuadrados: "Los auténticos culpables de esta crisis no pueden salir ganando, premiados con jubilaciones millonarias. Aunque no nos devuelvan lo que nos robaron, por lo menos que pidan disculpas".
Una melodía agradable que suena sin embargo a utopía. O tal vez no. "Hace meses también parecía una utopía que la gente saliera a la calle a decir: 'Basta, hasta aquí hemos llegado' y ahora las plazas de medio mundo están llenas de indignados", compara el cineasta, que debutó en las grandes pantallas en 2003 con Un mundo fantástico, un filme sobre el sexshop más grande de Madrid. "Era muy mala", aseguró Lemcke años después. Respeto al debutante, el director de hoy ha aprendido un par de lecciones. "A trabajar más con los actores, a pulir las obras y a entender las relaciones duras con productores y distribuidores, que suelen tener una opinión distinta a la tuya", enumera Lemcke. Tan distinta era esa opinión que Cinco metros cuadrados, cuyo rodaje terminó en enero, no encontró una distribuidora hasta después de ganar en abril en Málaga. "Les da miedo apostar por los dramas, creen que solo funcionan la comedia y el cine de género", defiende Lemcke.
Su cine en cambio "intenta ser humanista y preocupado por los problemas cercanos y también -afirma Lemcke- busca que nos riamos de nosotros mismos". Suele hacerlo con cierto humor negro, tal y como enseña uno de sus referentes, Luis García Berlanga. El director valenciano fue profesor del poco más que adolescente Lemcke en un taller en la Gran Vía madrileña. "De cine, de técnica no aprendí nada. Pero me explicó que para el cineasta es fundamental observar, ser una especie de mirón", recuerda Lemcke.
Seguramente el director haya observado muy bien su película, ya que, cuenta, la ha visto al menos 200 veces: "Es doloroso, acabas fijándote solo en las pegas. Me gustaría poderla ver con el ojo de un espectador virgen". Aunque el dolor solo es un paréntesis. Pronto nacerá su hijo. Y a saber qué pasa con los cupones. ■

sábado, 5 de noviembre de 2011

CINE: El niño de la bicicleta


CINE: El niño de la bicicleta


Un chaval que no para de correr, una bicicleta codiciada por los rateros, un padre esquivo. La nueva de los Dardenne.

Hace años que pienso que a los hermanos Dardenne deberían darles una cámara, mil euros y una semana de tiempo. A ver qué sacan. Hay riesgos: Kim Ki-duk ya lo ha hecho y menudo castigo… Lo digo porque los hermanos belgas llevan ya unos cuantos años sirviéndonos variaciones sobre un punto de partida casi idéntico: un niño envuelto en problemas. Su viaje de conocimiento hacia la máxima depuración, o esencialidad, de esta historia va transitando de lo tétrico a lo luminoso, de lo introspectivo a lo realista. Ya apetecería ver qué harían obligados al máximo minimalismo.
En El niño de la bicicleta optan por su obra tal vez más accesible, menos grave, sin duda menos abrupta que La promesa, Rosetta o El hijo. El protagonista es un chaval enérgico e hiperactivo que se tira toda lapeli corriendo –incluso es pelirrojo como Corre, Lola, corre y pizpireto como Zazie en el metro– porque desea sólo dos cosas en el mundo: recuperar su bicicleta robada y reencontrarse con su padre, que no se ve capaz de cuidar de él. Será la voluntariosa peluquera del barrio (extraordinario el fichaje de Cécile de France, otro regalo una vez más) quien le acoja. El niño a quien da vida admirablemente Thomas Doret es un nervio, un chico ensimismado y caprichoso, impulsivo y asalvajado. Jamás había visto en pantalla un personaje de su edad que se buscara mejor la vida, que supiera demoler a hachazos el infortunio que le persigue y se empeñara en ser feliz con semejante ahínco. De eso va El niño de la bicicleta, ése es además el gran tema de la obra de los Dardenne: la lucha constante y silenciosa, casi siempre azarosa, para ver la luz, tal vez sólo intuirla, que de calor al desgraciado, al desprotegido, al paria que no tiene donde caerse muerto. Driblando algún molesto maniqueísmo –“Escoge, es él o yo”– o cierta previsibilidad –el maleante que recluta al niño– los hermanos logran tal vez su película más limpia, menos sórdida, bastante mejor que su anterior El silencio de Lorna  –con la que no empaticé nada de nada– y habitada de una naturalidad apabullante en el trazo de las relaciones humanas.
TONI VALL

CINE El amor atomizado


J. C. 
Cine - 14-10-2011
La comedia romántica -género al que, definitivamente, no pertenece (pese a las apariencias) el último largometraje de la danesa Lone Scherfig- ha aleccionado a su público en la creencia de que las buenas historias románticas siguen el inflexible patrón del deslumbramiento -el chico conoce chica-,la consumación, la ruptura y la reconciliación climática -el chico recupera chica-. La fórmula sigue funcionando, ante el estupor de críticos como quien firma estas líneas, a pesar de que la vida -y algunas películas sobresalientes como Dos en la carretera (1967) o, sin ir más lejos, esta sorprendente, madurísima One day- sigan quitándole la razón al lucrativo espejismo. Adaptación, a cargo del propio escritor David Nicholls, de la novela Siempre el mismo día -editada por Maeva, en traducción de Jofre Homedes-, One day altera ese determinismo de género para ahondar en una historia de amor que es una larga danza fracturada, hecha de desencuentros y pasos en falso, un tenso juego de seducción entre aparentes contrarios, que sigue más allá de donde una comedia romántica colocaría su happy end... y también de donde el melodrama reclamaría su clímax.
Como en la novela, la narración escoge el pie forzado de contar el romance entre Emma y Dexter a partir de la fragmentaria sucesión de sus quinces de julio -fecha del primer encuentro- a lo largo de más de dos décadas. En el proceso, ambos tendrán otras parejas y conocerán la luz y la sombra en sus respectivas trayectorias vitales... hasta que, finalmente, las leyes de la atracción cumplan lo que esbozaron al principio, aunque erosiones de otra suerte y traspiés del destino sigan condicionando su estar en el mundo. Anne Hathaway, limpia de la crispación forzada de La boda de Rachel (2008), y Jim Sturgess, que ya libera su potencial turbio, logran que la película brille, pero son Nicholls y Scherfig quienes imparten una lección magistral de concreción narrativa y conocimiento de las fragilidades humanas.

lunes, 24 de octubre de 2011

CINE: Aspirantes a la felicidad



JAVIER OCAÑA 

ANOTHER YEAR


Dirección: Mike Leigh. Intérpretes: Jim Broadbent, Ruth Sheen, Lesley Manville, Oliver Maltman. Género:melodrama. R U, 2010. Duración: 129 minutos.

La felicidad ronda por ahí, a la vuelta de la esquina. Quizá alrededor de uno de sus amigos o sus vecinos, esos de los que la cara energúmena del género humano siempre afirma que algo esconderán bajo el manto de dicha. Y sin embargo hay gente feliz; o mejor, que tiende hacia la felicidad, el estado natural al que hay que agarrarse, para luego no despeñarse. Gente como la pareja protagonista de Another year, enésima demostración de la clarividencia de Mike Leigh para reinventar el melodrama: un hombre y una mujer maduros, al borde de la sesentena, que simplemente aplican el sentido común, que inspiran paz mientras aspiran a ella, que otorgan calidez a los que les rodean por mucho que estos anden a la greña con la vida. Y así otro año, y otro, y otro. Another year, alejada de las grandes aspiraciones desde su título, es sin embargo pura trascendencia. En ella no ocurre nada, en ella ocurre todo.
Dividida en cuatro segmentos con las cuatro estaciones del año, la película fluye a través de largas conversaciones en diversos encuentros con los seres que rodean a la pareja. Nada especial, como la vida misma. Casi revolucionaria en su humanismo sin alharacas, Another year es compasiva, piadosa y, al mismo tiempo, certera en su rectitud, en sus principios morales, en su naturalidad, en su laconismo cuando ya no queda nada más por decir. Como en las obras de Antón Chéjov, Leigh nos viene a decir que en la cotidianidad, en las minucias, habitan a veces las malas pasiones. Y también las buenas. No hace falta matar a nadie para ser una mala persona ni ser santo para ser una buena. Como aquel Timothy Spall de Secretos y mentiras, el padre interpretado por Jim Broadbent como si no hubiese sido en su vida más que ese hombre en concreto es un ser sublime en su modestia. La misma modestia desplegada por Leigh. "No soy un cineasta intelectual. Mis películas responden a la manera de ser de las personas, reflejan mi modo de ver las cosas", decía, en 1994, el director de Hard labour (1973), Meantime (1983), Naked (1993), El secreto de Vera Drake (2004), y otras tantas extraordinarias películas. Cuarenta años poniéndonos delante del espejo.


domingo, 23 de octubre de 2011

CINE: Riesgo autocomplaciente



Javier Ocaña 

Cine - 14-10-2011

¿Puede una película ser arriesgada y autocomplaciente al mismo tiempo? ¿Los experimentos cinematográficos, a fuerza de repetición, se pueden convertir en una oda a la obviedad? ¿Puede una película resultar hermosa y cansina a partes iguales? Estas y otras preguntas se acumulan en el espectador acostumbrado a los productos festivaleros, al cine en versión original, al antiguamente llamado de arte y ensayo, al ver Las acacias,película argentina dirigida por el debutante Pablo Giorgelli, de 44 años, que quizá hubiese sido osada hace una década y media, pero que por culpa de (o gracias a) la reiteración de esquemas, ahora no es más que otra de las docenas de películas que, cada año en todo el mundo, invitan a la audiencia a sumergirse en el minucioso recorrido físico y moral de unos personajes a la deriva que, gracias al encuentro con el otro, con una persona en las antípodas, encuentran el camino hacia la esperanza a través de diálogos y acción mínimos (Somewhere, de Sofia Coppola, es la penúltima).
Un huraño camionero, mirada de pasado y dolor, debe transportar en su camión a una madre y a su bebé, miradas de futuro y esperanza, desde Asunción, en Paraguay, hasta Buenos Aires. Mil quinientos kilómetros a golpe de pisadas de embrague que invitan a la reflexión. Pero, ¿qué hacer ante una película en la que se sabe exactamente lo que va a ocurrir desde el primer minuto hasta el último? Quedarse con lo bueno: con el escrupuloso mantenimiento del punto de vista (ni una sola vez se ve el camión desde fuera), con el mérito de filmar una historia casi exclusivamente a bordo de una cabina, con las preciosas reacciones del bebé... De todos modos, para llevar la contraria al crítico, el riesgo autocomplaciente aún parece tener crédito en ciertos sectores: Las acacias ganó la Cámara de Oro a la mejor ópera prima del Festival de Cannes este año 2011.

CINE: La saeta de las vencidas



El entusiasmo casi general con que fue recibida Pa negre no solo tenía que ver con la excelencia de la propia película: con ella, Agustí Villaronga había roto también una inercia, había impugnado un imaginario fosilizado, regido por el maniqueísmo, y, sobre todo, se había preguntado cómo representar un periodo histórico -la inmediata posguerra- haciendo tábula rasa de toda una tradición. Bajo la mirada de Villaronga, el paisaje de esa resaca del horror estaba dominado por una infección moral que alcanzaba a todos y difuminaba fronteras de integridad entre vencedores y vencidos.
Sería, probablemente, injusto dar por hecho que Benito Zambrano no ha querido plantearse el mismo tipo de preguntas. La voz dormida, adaptación de la novela de Dulce Chacón, también quiere aportar su toque de distinción, focalizar la mirada en algo que, si bien no ha estado siempre fuera de plano, quizá no había ocupado con tanta generosidad el centro del escenario: el sufrimiento de las vencidas. En suma, una cuestión de género: la represalia sobre los derrotados encarnada en una galería de rostros femeninos dolientes que, inevitablemente -y, en gran parte, gracias al tratamiento fotográfico de ecos goyescos de Álex Catalán-, remite a la estética de madres dolorosas de una Semana Santa sevillana.
Las mejores alianzas que ha encontrado Zambrano en su propuesta están en el reparto femenino que recoge la patata caliente de encarnar ese dolor bajo una dramaturgia que parece luchar en su contra: la magnética María León logra que su personaje viva, respire y conmueva a pesar de tener que bregar, en todo el metraje, con una mirada sobre la que parece haberse estrujado un manojo de cebollas. No habría que pasar por alto a Inma Cuesta -obligada a desfilar sobre la cuerda floja de dos secuencias musicales al borde del exceso melodramático y a tener extemporáneos estallidos de conciencia de la Memoria Histórica-, ni a Ana Wagener, la única figura del bando vencedor a la que se permite mostrar algo de fibra humana más allá del arquetipo: una fibra humana que el guion verbaliza en exceso. Hay otras presencias secundarias (femeninas, vencidas) capaces de transmitir algo: para los héroes resistentes y para los villanos fascistas solo ha quedado un generoso almacén de expresividad acartonada.

CINE: Las miserias de la supervivencia



Carlos Boyero 


La necesidad de descubrir nuevos lenguajes expresivos, un cine distinto hablando de realidades desconocidas para los occidentales, logra que los festivales se inventen y abusen de modas exóticas que siempre tienen fecha de caducidad. Ocurrió con el cine chino, con el tailandés, con el iraní y actualmente está disfrutando de tan golosa plataforma cultural todo lo que lleve señas de identidad coreanas y filipinas. Y sabes que durante varios años van a intentar venderte como arte extraordinario todo lo que exhiban de esa moda que pretenden imponerte, que los organizadores y programadores de esos culturalistas certámenes pierdan el sueño buscando incansablemente nuevos genios del cine oriental.
Al parecer, los asistentes a los festivales disfrutan interminablemente con el ritmo, el tono y la narrativa de esas películas, les dedican tesis, aseguran que estas contienen el único ozono en medio de la contaminación y la trivialidad que aqueja al cine convencional, o sea, el que consume mayoritariamente el embrutecido público occidental. Para mi desgracia, no suelo captar ese irresistible encanto, mi sensibilidad o la ausencia de ella conecta pocas veces con esos universos presuntamente fascinantes. Después de infinitas aunque nada memorables horas consumiendo cine oriental, alimento razonados prejuicios.
Pero como no soy absolutamente ciego, tonto y maniqueo, no he perdido la facultad y el placer de reconocer una gran película venga de donde venga. Es lo que sentí al ver en el último festival de Berlín Nader y Simin, una separación. Sensación renovada al revisarla fuera de los agobios de un festival. La dirige Asghar Farghadi, del que tuve grata noticia en su A propósito de Elly, dotada de un suspense notable y un conocimiento perturbador de la naturaleza humana.
En esta confirma esas apasionantes características narrando con pulso hitchcockiano (la trama y el lenguaje me hacen recordar Falso culpable) la inmersión de un hombre legal y esforzado en un infierno psicológico y judicial que le puede despojar de todo lo que valora. Farghadi describe modélicamente la angustia progresiva de un padre, hijo y marido ejemplar desde que su mujer le pide el divorcio por negarse a exiliarse de ese Irán presuntamente asfixiante en compañía de ella y de la hija común (eso supondría abandonar el cuidado de un padre anciano y enfermo de alzhéimer) hasta que la denuncia por agresión de una mujer embarazada que ha contratado para que le ayude en la casa y atienda al enfermo transforma la realidad en una pesadilla. Es un retrato sombrío y profundamente humano del acorralamiento y el miedo, del sentido de culpa y la mala conciencia, de la mentira y el chantaje moral, del despertar de las miserias cuando la supervivencia aprieta, la violencia subterránea en una sociedad atemorizada, en la que casi todo desprende mal rollo.
Farghadi te introduce con enorme talento, con matices, con tensión y complejidad en esa atmósfera angustiosa, no juzga a sus personajes sino que expone sus razones para actuar como actúan, te hace partícipe de su incertidumbre y su tormento, logra que todo sea creíble y perturbador, dirige admirablemente a los actores, incluida una niña tan adulta como extraordinaria. Es una película que te conmueve al verla, también al recordarla.


domingo, 25 de septiembre de 2011

Dos aceptables retratos del mundo infantil



59ª edición del Festival de San Sebastián 

escena de Le Skylab
                                                                             
CARLOS BOYERO 

El rostro y la personalidad inequívocamente francesa de esa actriz eficiente llamada Julie Delpy les sonará por haber aparecido en numerosas películas firmadas por directores europeos de prestigio pero la cinefilia la asociará siempre a esa mujer parisina que conoce a un norteamericano en Viena, pasan un día y una noche hablando y seduciéndose, se separan y se reencuentran diez años más tarde. Ocurría en Antes del amanecery Antes del atardecer, un insólito y arriesgado experimento del director Richard Linklater que le salió bien, con morbo, misterio y sentimiento. Julie Delpy también se ha colocado detrás de la cámara con resultado irregular en cuatro ocasiones. Le Skylab se titula la última. El enunciado no es caprichoso, tampoco el argumento está centrado en la carrera espacial. Pensaban que aquel desintegrado cohete de la NASA iba a caer sobre Bretaña el 11 de julio de 1979. Una cría de 10 años que en la ficción se llama Albertine, pero que resulta transparente que en la realidad su nombre era Julie Delpy, pasaba ese momento que se preveía catastrófico en la casa campestre de su abuela, celebrando el cumpleaños de ésta, en compañía de sus libertarios padres y de pintorescos e infinitos primos, tías y tíos, incluyendo entre éstos a un traumado paracaidista que vivió su plenitud vital y profesional masacrando civiles en las guerras de Vietnam y de Argelia y que no puede acostumbrarse a la vida cotidiana.
Julie Delpy, además de privilegiada memoria de esos momentos trascendentes de la infancia, está en posesión de un notable sentido del humor y de la comedia para describir las problemáticas relaciones, el gozo, los enfrentamientos, las complicidades y las miserias que aparecen cuando una familia numerosa tiene que reencontrarse durante un fin de semana para celebrar un obligado ritual. Delpy cuenta todo esto con gracia, prefiriendo la calidez a la mala leche (aunque existe algún apunte de ella), describiendo con frescura y conocimiento el universo infantil, los descubrimientos y las inseguridades, los enigmas y las certidumbres, los anhelos y los primeros fracasos. Es una película amable y tierna, lo cual no equivale a decir empalagosa y blandengue, bien interpretada por adultos y críos, con habilidad para captar el tono de una época, grata de ver y de oír.
Cuando se refieren al director japonés Hirokazu Kore-eda, los iniciados siempre anteponen el título de maestro, el Ozu de los tiempos modernos. Yo le reconozco una sensibilidad especial y he disfrutado bastante con algunas de sus películas, como la angustiosa Nadie sabe, una dura historia de supervivencia protagonizada por niños que quedan a la intemperie, y la compleja y lírica Still Walking, retrato más agrio que dulce de una reunión familiar. En otras, me he aburrido moderadamente. Con Milagro Kore-eda vuelve a sumergirse en el mundo infantil, pero a diferencia de los festivos críos de Julie Delpy estos lo pasan peor. Son dos hermanos que están separados a causa del divorcio de sus padres, que se añoran y se necesitan, que a pesar de su bisoñez comprenden demasiado bien la infelicidad de sus progenitores y han decidido protegerlos. También harán posible el milagro de volver a verse, hablarse, tocarse, gracias a la inauguración de un tren bala que uniría sus lejanos domicilios. Lo mejor de esta película es el penetrante retrato de la sensibilidad infantil y la interpretación abarrotada de naturalidad, matices y veracidad de los niños. Hay momentos en los que tienes la sensación de que éstos abandonan el guion y van por libre en sus diálogos. También que ignoran o desdeñan que les esté filmando una cámara. Pero el ritmo es demasiado moroso y el desenlace está innecesariamente alargado. Hago varias veces el ademán de levantarme de la butaca ya que creo que ha llegado el final, pero no es así. Igualmente, he mirado el reloj en un par de ocasiones, síntoma inequívoco de que me están contando de forma espesa algo que en algún momento me había conmovido.


CARLOS BOYERO 59ª edición del Festival de San Sebastián


MARÍA LEÓN

'La voz dormida:' cartón piedra sentimental de Benito Zambrano 


Encuentro legítimo que se hagan muchas películas sobre temáticas que convulsionaron el mundo, una época o un país, que marcaron el presente y el futuro de la gente. ¿Cómo no entender que alguien tenga la necesidad de volver a contar historias sobre las guerras mundiales, o el infinito sufrimiento, acoso, ausencia de libertad, injusticia, torturas, asesinatos y humillación que padecieron tantas personas bajo individuos que protagonizan la historia universal de la infamia en el siglo XX como Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Pol Pot, Pinochet, Videla y Franco? La inapelable condición para esas variaciones sobre el horror es que estén realizadas con arte, que resulten apasionantes y creíbles, que la vocación de reconstruir pasados atroces esté acompañada de personalidad y talento. A partir de esa premisa, no me causaría fatiga ver todos los años una decena de películas sobre los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias de la guerra civil española. El problema es que la memoria tiene que hacer esfuerzos proteicos para recordar unas cuantas sobre ese inagotable tema que hayan logrado su interés, su conmoción, su admiración o su amor. Lamentablemente, La voz dormida tampoco va a lograr, en mi caso, que la asocie a la identificación emocional y el estremecimiento. Alguien me comenta con regocijo que es una película muy oportuna por la solidaridad que van a encontrar en ella las víctimas de la memoria histórica y la bilis que va a provocar en los reciclados bárbaros que están seguros de conquistar el poder absoluto en breve tiempo. Cada uno se consuela como quiere o como puede. Yo preferiría que fuera una película excelente. Incluso buena a secas. No me lo parece. Tampoco lo era Las 13 rosas. La memoria histórica sigue sin encontrar su poeta en el cine español.
El director Benito Zambrano demostró en Solas una enorme capacidad de comunicación para hablar con sentimiento y credibilidad de la soledad y el desgarro de gente común en circunstancias trágicas, del conocimiento, la comprensión y la ayuda que pueden establecer los heridos y los náufragos. Se supone que conoce el lenguaje para transmitir con sensación de verdad la situación de gente machacada que está esperando ese paseo sin retorno que sus carceleros les dan al amanecer. Los personajes de La voz dormida, un grupo de presas en la España sombría y atroz de la posguerra inmediata, sobreviven entre el terror y la esperanza, se otorgan mutuamente calor, intentan mantener la ilusión de que no las van matar y de que sus seres amados del exterior van a tener la oportunidad de huir de sus perseguidores. Este universo infame, con verdugos despiadados y victimas pletóricas de dignidad y coraje, está retratado con aroma de teatro rancio, con personajes y sentimientos descritos a brochazos en vez de con pinceladas, cuidando grotescamente el maquillaje de la embarazada protagonista en medio de sus lógicamente desgreñadas colegas de infortunio. Casi todo resulta previsible, enfático y forzado en una trama que no te deja pensar por ti mismo, que intenta manipularte torpemente. No es un problema de maniqueísmo (imagino que en la realidad esas monjas, curas, carceleras, policías y militares podían ser incluso más abyectos y crueles que los que aparecen aquí) sino de que el director logre hacerte creer e implicarte en lo que está narrando. Pero la sensación de encorsetamiento, de recitado, de frases y lugares comunes, solo se esfuma cuando entra en escena el personaje que interpreta admirablemente María León. En esos momentos esta película de fórmula logra respirar, adquiere cierta vida, te conmueve el presente y el futuro de esa mujer, te hace gracia en medio de los espantos que padece, existen los matices, la entiendes y la quieres.
Flowers, dirigida por el chino Wang Xiaoshuai, también habla de un mundo habitado por el miedo y la intimidación. En este caso la dictadura no la ejerce el fascismo sino el comunismo, los estertores de la Revolución Cultural (el eufemismo de esa definición roza el dadaísmo) del presidente Mao. Y esa geografía de la delación, la apología del líder, el miedo, la sumisión, la verdad única, está observada a través de los ojos de un niño. Su mirada no aporta una obra de arte, pero sí una película que narra de forma inteligente y comprensible el indeseable estado de las cosas. ■


59ª edición del Festival de San Sebastián



 
El cine transgresor de Isaki Lacuesta logra la Concha de Oro


María León gana el premio a la mejor actriz por su papel en 'La voz dormida'


R. GARCÍA/G. BELINCHÓN | San Sebastián 24/09/2011

En una decisión arriesgada, Los pasos dobles, dirigida por Isaki Lacuesta, ha obtenido esta noche la Concha de Oro en la 59º edición del Festival de Cine de San Sebastián. El filme del cineasta catalán, la historia de un viaje por África en torno a un sueño del pintor Miquel Barceló, ha sido recibida con una clara división de opiniones desde el mismo día de su proyección el pasado lunes. No ha sido el único premio con acento español: la Concha de Plata a la mejor actriz recayó en la debutante sevillana María León por su desgarradora Pepita en La voz dormida, de Benito Zambrano. Ha sido uno de los momentos emotivos de la noche: en el momento de recibir su premio, León, con lágrimas, ha recordado a su compañera de reparto, Inma Cuesta. Entre sollozos, ha sacado un papel y ha podido articular un listado de agradecimientos que incluía a su familia. "No solo he sentido princesa el día de mi primera comunión, sino también hoy".

Desde 'Los lunes al sol', de Fernando León, no había habido una Concha de Oro para España

El griego Antonis Kafetzopoulos, protagonista deMundo injusto, ha obtenido el de mejor actor, filme que también ha conseguido el galardón para su director Filippos Tsitos. Ha sido una de las sorpresas de la noche con dos premios, el máximo posible en un certamen de serie A. Lacuesta ha leído una nota de Barceló, que recordó al pueblo dogón, "que como los cineastas y los artistas son microminorías". En su propio nombre, el catalán ha recordado las dificultades del rodaje. "Este premio incentiva la vida de las películas pequeñas". Desde Los lunes al sol, de Fernando León, no había habido una Concha de Oro para España. "Si mañana leen en las críticas que mi película es ininteligible, no es verdad. Confíen en su sensibilidad, confíen en este jurado maravilloso", ha rematado Lacuesta.
El jurado, presidido por una combativa y dominante Frances McDormand, ha decidido conceder el premio especial a la comedia francesaLe Skylab, cuarto largometraje dirigido por la también actriz Julie Delpy una verborrea andante a la hora de agradecer. El palmarés del certamen, primera edición que dirige José Luis Rebordinos (uno de los nombres más repetidos en los agradecimientos de los premiados), se ha completado con el premio a mejor guión para el japonés Hirokazu Kore-eda por ese disfrute de excursión al mundo de la infancia en Kiseki(Milagro) y a la mejor fotografía para la película sueca Happy end. Por cierto, Kore-eda ha aparecido con traje, pero sin zapatos: su traje negro chocaba con sus zapatillas deportivas grises.
Esta ha sido la primera vez en este festival que los galardones se dieron a conocer durante la gala de clausura, celebrada en el Kursaal y presentada por las actrices donostiarras Marta Etura y Bárbara Goenaga. No han debido de ser fáciles las reuniones entre los miembros del jurado, entre los que estaban el español Álex de la Iglesia y el mexicano Guillermo Arriaga. Durante dos horas se discutió la posibilidad de otorgar la Concha de Plata a José Coronado por su Santos Trinidad en No habrá paz para los malvados que, dirigida por Enrique Urbizu, era uno de los pesos pesados del concurso. La decisión casi unánime de conceder al premio a mejor a intérprete femenino a una española, María León, desbancó de algún modo el galardón a Coronado.

Palmarés del 59ª Festival de Cine de San Sebastián

Concha de Oro: Los pasos dobles, de Isaki Lacuesta.
Premio especial del jurado: Le Skylab, de Julie Delpy.
Concha de Plata a la mejor actriz: María León, porLa voz dormida.
Concha de Plata al mejor actor: Antonis Kafetzopoulos, por Mundo injusto.
Mejor director: Filippos Tsitos, por Mundo injusto.
Mejor guion: Hirokazu Kore-eda por Kiseki (Milagro).
Mejor fotografía: Ulf Brantàs, por Happy end.
Premio del público: El artista.
Premio de la Juventud: Wild Bill.
Premio nuevo director:The river used to be a man.
Premio Horizontes latinos: Las acacias (Argentina).

jueves, 8 de septiembre de 2011

CINE: Clooney hace un retrato demoledor de la clase política


Clooney hace un retrato demoledor de la clase política


CRÍTICA: 68ª edición de la Mostra de Venecia


CARLOS BOYERO 01/09/2011

Aparecen sensaciones insólitas al constatar la programación de esta Mostra. Existen las expectativas con causa, la ilusión ante las últimas obras de directores con talento contrastado y que muchas veces te han hecho feliz. La sorpresa es absoluta ya que este festival se había convertido durante los años en que lo ha dirigido el siniestro Marco Müller en el refugio de las autorías más patéticas, en la acumulación de un cine mayoritaria y comprensiblemente inestrenable. En las hamletianas dudas sobre su continuidad de responsable de la Mostra, imagino que ha pretendido dejar un recuerdo grato de la última edición que dirigió. Si así fuera, eso tampoco le eximiría de su culpabilidad en haber provocado impunemente durante su mandato el abusivo esplendor de ese gesto tan indeseable llamado bostezo.
El arranque de la sección oficial con la espléndida The Ides of March ha estado a la altura de esa calidad que imaginamos. La dirige un tipo dotado de infinitas cualidades, incluida la inteligencia. Su nombre es George Clooney, alguien que desprende tanta brillantez y magnetismo que el cotilleo hepático necesita adjudicarle una doble vida, intentando escarbar en la presunta homosexualidad y la negativa a salir del armario del hombre que enamora a todas las mujeres en posesión de buen gusto. Si eso fuera cierto, Clooney tiene el sagrado derecho a hacer lo que le dé la gana con su privacidad, pero como resulta transparente que su arte y su personalidad son inatacables urge encontrarle algún fallo, demostrar que la gran estrella del cine actual utiliza cotidianamente la hipocresía para acorazar su imagen del galán al que aman las hembras.
Y precisamente su película The Ides of March es un retrato implacable de la hipocresía, de lo que esconden las apariencias, de la inevitable corrupción y el cinismo arrogante que alimenta a la maquinaria política. Basada en una obra teatral, describe la batalla entre los dos candidatos del Partido Demócrata durante la campaña por las elecciones primarias en el Estado de Ohio, y cuyo resultado, debido a su trascendencia estratégica, puede ser indicativo de quién va a alcanzar en el futuro la presidencia de Estados Unidos.
Cuentan que en la carrera de Obama hacia la jefatura del imperio fue fundamental el imaginativo y poderoso cerebro de un chaval de 25 años que le escribía los discursos, creaba eslóganes dotados de inmensa capacidad de comunicación, manejaba con credibilidad las ideas que se pretendían vender a los futuros votantes. El protagonista de The Ides of March reúne inicialmente las características de aquel personaje. También es idealista, cree en el mensaje que predica y mantiene una lealtad inquebrantable hacia el político para el que trabaja. Progresivamente este hombre descubrirá con estupefacción y terror que nada es lo que parece, que los comportamientos no guardan relación con las palabras, que la maquinaria electoral se rige por una farsa abyecta que utiliza la mentira, la ocultación, los pactos más turbios y la traición con el único y sagrado objetivo de ganar, de tomar el poder. También percibirá cómo su pretendida integridad moral no es inmune a esa cloaca, que sus principios se resquebrajan, que para continuar pisando firme en ese universo se exige una conducta artera, hacer irreparables renuncias, especializarse en el chantaje, dominar las obscenas reglas del juego.
Clooney retrata ese temible mundo con lucidez feroz, sin apelar al maniqueísmo, haciendo creíble la desvergüenza y las contradicciones sin sentido de culpa de los profesionales de la política, un mundo en el que el único pecado es fracasar en la toma del poder. Si en Buenas noches y buena suerte Clooney exaltaba la imagen del periodismo independiente enfrentándose a los abusos y las persecuciones del Gobierno, aquí solo existe desolación ante la falta de escrúpulos de los que controlan el tinglado. Vuelve a demostrar que es un poderoso narrador de historias. Siendo un actor deslumbrante en comedia y en drama, conoce los secretos para extraer lo mejor de los de su gremio. Ofrece el protagonismo al inquietante actor joven Ryan Gosling, pero se encarga de que esté arropado por los mejores pesos pesados del mercado. Él se reserva un papel sabroso y logra el milagro de que veamos actuar juntos a la crema de su profesión, a los extraordinarios Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti y Marisa Tomei. Esta película deja una sensación tan amarga como necesaria.  ■

CINE: FRANCES MCDORMAND PRESIDIRÁ EL JURADO DEL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN



La actriz, que posee una dilatada carrera, ganó un oscar por su papel como mujer policía en 'Fargo'

La actriz Frances McDormand presidirá el jurado de Sección Oficial de la 59 edición del Festival de San Sebastián que se celebrará del 12 al 24 de septiembre, según un comunicado de la organización.
Como ya se anunció el pasado viernes, el resto del jurado estará compuesto por: Guillermo Arriaga (escritor, guionista y director de cine), Álex de la Iglesia (director de cine), Bent Hamer (director de cine), Bai Ling (actriz), Sophie Maintigneux (directora de fotografía) y Sophie Okonedo (actriz).
Frances McDormand , que está casada con el director Joel Coen, tiene a sus espaldas una amplia filmografía que incluye entre otros los filmes Quemar después de leer (2008), El hombre que nunca estuvo allí (2001), Vidas cruzadas (1993), Agenda oculta (1990), Arizona Baby (1987), Sangre fácil(1984).
Ha ganado un Oscar por su interpretación de la policía Marge Gunderson en Fargo (1996), y ha sido nominada en otras tres ocasiones, por Arde Mississippi (1988), Casi famosos (2000) y En tierra de hombres (2005).

CINE:: TRUMAN CAPOTE - A SANGRE FRÍA


Philip Seymour Hoffman  -Catherine Keener 

TRUMAN CAPOTE



cartel
Dirección: Bennett Miller.
País:
 USA.Año: 2005.Duración: 110 min.Género: Biopic, drama.
Interpretación: Philip Seymour Hoffman (Truman Capote), Catherine Keener (Nelle Harper Lee), Clifton Collins Jr. (Perry Smith), Chris Cooper (Alvin Dewey), Bruce Greenwood (Jack Dunphy), Bob Balaban (William Shawn), Amy Ryan (Marie Dewey), Mark Pellegrino (Dick Hickock), Allie Mickelson (Laura Kinney), Marshall Bell (Alcaide Marshall Krutch).Guión: Dan Futterman; basado en el libro "Truman Capote. La biografía definitiva" de Gerald Clarke.Producción: Caroline Baron, William Vince y Michael Ohoven.Música: Mychael Danna.
Fotografía:
 Adam Kimmel.Montaje: Christopher Tellefsen.Diseño de producción: Jess Gonchor.Vestuario: Kasia Walicka Maimone.
Estreno en USA: 30 Septiembre 2005.
Estreno en España: 24 Febrero 2006.

SINOPSIS
En noviembre de 1959, Truman Capote (Philip Seymour Hoffman), el autor de "Desayuno en Tiffany’s" y un icono de lo que pronto se va a conocer como la jet set, lee un artículo en The New York Times. Relata los asesinatos de los cuatro miembros de una conocida familia granjera, los Clutter, en Holcomb, Kansas. Historias similares aparecen en los periódicos casi a diario, pero esta vez algo llama la atención de Capote. Es una oportunidad, según él, de demostrar una teoría que siempre ha sostenido: en las manos del escritor adecuado, la no ficción puede resultar tan apasionante como la ficción. ¿Qué impacto han tenido los asesinatos en ese pequeño pueblo en las llanuras azotadas por el viento? Argumentando que para su propósito era irrelevante el he-cho de que cogieran a los asesinos, convence a la revista The New Yorker de que lo mande para cubrir la noticia y se va a Kansas. Aunque su voz aniñada, su amaneramiento y su peculiar forma de vestir al principio despiertan la hostilidad de una zona del país que sigue considerándose parte del viejo Oeste, Capote rápidamente se gana la confianza de los lugareños, principalmente la de Alvin De-wey (Chris Cooper), el agente de la Oficina de Investigación de Kansas, que dirige la operación de captura de los asesinos. Tras detener en Las Vegas a los asesinos –Perry Smith (Clifton Collins Jr.) y Dick Hickock (Mark Pellegrino)– los llevan a Kansas, donde son juzgados, declarados culpables y condenados a la pena de muerte. Capote va a verlos a la cárcel. Conforme empieza a cono-cerlos, se da cuenta de que lo que había creído que iba a ser un ar-tículo para una revista se ha convertido en un libro, un libro que po-dría estar a la altura de las grandes obras de la literatura moderna. El tema es tan profundo como cualquier otro que haya podido tra-tarse en la literatura norteamericana. Se trata nada más y nada menos que del choque de dos Norteaméricas: el país seguro y pro-tegido que los Clutter conocían y el país amoral y desarraigado en el que vivían los asesinos.