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domingo, 24 de octubre de 2010

ANDRÉS ALDAO

Aserrín... Aserrán... (5)


4. Cajitas de música

Y entonces, cuando el vecindario ya estaba sustituyen­do
su capacidad de asombro y de leyenda por la resigna­ción
y el olvido, y el asfalto ya había enterrado
para siempre el castigado mapa de nuestros juegos
de navaja en el arroyo de tierra apelmazada,
y algunos coches, en las aceras ya empezaban a desplazar
a los mayores que se sen­taban a tomar el fresco por la noche...
Juan Marsé


L
a cosa comenzó de repente. Como pasar de un sí a un no. Del frío al calor. O de todo a nada. Pues me puse a chamuyar con la “Nostalgia”. No, no es el nombre de alguna mina. Es.la nostalgia, no sé como explicarte. Mirá, es algo que te cacha cuando empezás a arrugarte. A ponerte viejo. Cuando tenés que preparar tus cosas para el último paseo Son pedazos de la vida; son cosas que vi, que escuché, que recuerdo, que generaron mi  heliotropismo hacia el Febo Buenos Aires.  Son vivencias e impresiones que están metidas muy adentro. Prendidas en los sentimientos como una hiedra melancólica. ¿Entendés?

Vivía en Caballito. Un largo pasillo con seis “derpas” separados por unas paredes tísicas.  Sucuchos sórdidos disfrazados de viviendas, con el piletón en el patiecito, dos piezas, el baño y la cocinita. A cielo abierto. Horizontales; como una planicie medio gibosa, agrietada. No voy a engrupirte: era un conventillo con medianeras. Un corralón venido a menos, jubilado, aún con el olor a bosta y alfalfa; y las cucarachas, que compartían nuestras casas sin pagar el alquiler.
Te explico: eran como cajitas de música. En cada una tocaban una melodía distinta. Pero se oían al unísono. También los olores y aromas. Allí se mezclaban el puchero con coliflor y el guiso insolente de repollo; no faltaban el humo “cantito de sirena” del asado al carbón, y la corrosiva saladez de los arenques con cebolla y aceitunas al por mayor. Gallegos, tanos, judíos y toda la cofradía internacional, metidos en aquellas latas de sardinas de ladrillo y revoque.
¿Pero sabés una cosa? En esos tiempos levantabas la cabeza y allí, en el cenit, bien de noche, las estrellas se deslizaban por la pasarela del cielo exhibiendo cenefas fascinantes. Hoy, para ver las estrellas tenés que alquilar un helicóptero o treparte a una torre de treinta pisos.
Todo era abierto, simple. Los ladridos de perros a la luna, como dice el tango; el trino de los pájaros, las broncas de las parejas y las biabas que recibíamos de nuestros viejos. La vida era otra cosa. Más linda, pucha digo. ¿La verdad? Te estoy macaneando: es nostalgia por los días de la infancia, por el pasado que se fue; por la pérdida de nuestros viejos. Y ahora, cuando ya somos veteranos de la vida, nos duele lo que no pudimos, no supimos o no alcanzamos a decirles. Lo que tal vez nuestros hijos querrán decirnos cuando ya no estemos para oírlos.

En aquellos tiempos las mismas circunstancias te llevaban a asociar tu vida con la de los demás; los juegos eran compartidos. No había “legos” ni computadoras. La televisión y el video no existían, no se escuchaban wokmen’s, ni transistores ni teléfonos celulares. ¿Te das cuenta? Hoy los pibes pueden arreglarse solos dentro de sus cuatro paredes. Con la computadora y los play station no necesitan amigos.
En los 30 y los 40 los pibes éramos tirifilos gilunes, nos entreteníamos con la pelota de goma, y si no teníamos las chirolas, fabricábamos la de trapo atada con piolín. Cuando pienso en aquellos juegos de antaño, la escondida, el rango, el vigi−ladrón, las bolitas, el balero, el tinenti, te juro que me digo: ¡qué inocentes que éramos, madre mía! ¡Un asco de giles!
¡Ah, eso sí!. ¿Sabés para qué éramos vivos, piolas, pasados de revoluciones? Para jugar con las nenas al “doctor y la enfermera”. Claro, las viejas no eran chitrulas y minga de dejarlas “toquetearse” con los varones: “Que las nenas jueguen a las figuritas, a la rayuela, a la ‘mamá’. pero con las muñecas solamente”. ¿Sabés qué? Uno ya debe nacer con esa ligereza de manos, con ese manejo crapuliento de los deditos hurgando en esas cositas chiquititas que tienen las nenas; y esas ganas locas que teníamos de violarlas, como si nos vinieran “desde el fondo de la historia”; como un ancestro heredado de nuestros abuelitos antropopitecos.
Tené paciencia; tengo para contarte más historias que las de “Las mil y una noches”. Por ejemplo, las chácharas mañaneras que ocupaban a las matronas de aquellos años. Las mujeres de Caballito eran inagotables. Los secretos, voceados de casa a casa, parecían el código Morse vecinal; o burbujas que atravesaban el éter y llegaban a todo el barrio. Como globos de muchos colores y tamaños, que volaban y volaban y luego se desinflaban solitos. Aquellas cajitas de música, resonancia del pasado y veta de tantos recuerdos guardados en el arcón de la vida.

Jugaba a menudo en el patiecito de mi casa. Recuerdo una vez que presté atención al parloteo de las cotorras: “Eh, doña Rosa, ¿qué va a cocinar hoy?”. Y la doña Rosa esa, mientras arrastraba sus pesadas piernas varicosas, respondió con abulia mañanera: “Hoy no tengo ganas de hacer nada, doña Tita, tengo una fiaca”. Y bajando la voz (aunque todas las chusmas escuchaban), añadió: “Es que anoche tuvimos ‘guerra’ con el Juan. ¡Qué le va a hacer, de vez en cuando hay que darles el gusto a los hombres! ¿no le parece?” Al decir esto se rió como una bataraza, y supongo que sus pechos, pródigos y desaforados, debieron vibrar en un floreo convulsivo.
El coloquio continuó imperturbable: “¿Se enteró, doña Rosa? la hermana más chica del Cholo está... mmm, como le diría. un poco gordita, ¿usted lo notó?”, anunció la Tita con su vozarrón desafinado de contralto venida a menos. “¿También usted se dió cuenta? Qué me dice de esa mocosa, revolcándose por ahí. Y bueno, cuando falta la madre esto es lo que pasa.”, aprobó la Rosa regocijada. De tanto en tanto, groseras y concupiscentes, las dos mujeres se reían a carcajadas. Sus cabecitas aburridas llevaban un relevamiento completo del barrio. Una especie de archivo vecinal que renovaban día tras día..
Tiempo después, cuando la inocencia se me fue quedando en el camino, empecé a descifrar aquellas imágenes ingenuas y esópicas; a recordarlas con melancolía, enternecido por el candor de aquellas minas. ¡Vaya a saber por qué!

Las sillas de paja y los banquitos de madera, con las asentaderas redondas ornamentando la puerta de calle, preanunciaban la asamblea de la tarde. Era la sesión preparatoria, el vermú sin platitos, los chismes de apuro que se cuchicheaban al pasar. La escena aún perdura en mi retina...
Por lo general, las mujeres de la casa (Rosa, Tita, la Chocha, doña Angela, Porota, la Morocha, la Cocó y otras cuyos nombres se me borraron), eran las principales animadoras de los eventos. Luego de la cena ya no había localidades para la tertulia. Sólo quedaba el “gallinero”. Las rezagadas tenían que ir corriéndose hacia el cordón. Desde allí escuchaban mal y veían peor. Además, por la orilla de la calle adoquinada corrían las aguas malolientes. El zumbido infernal de los mosquitos y sus picadas letales, dejaban una ronchas en las piernas y brazos, que provocaban la furiosa rascada de los participantes.
Los vecinos estaban sentados en semicírculo, con el primus, la pava y un par de porongos que pasaban de mano en mano. Nosotros, que merodeábamos sin hacernos notar, esperábamos el dichoso momento de rajarnos y armar un picadito. Los chismes iban y venían. Historias de adulterios; de hijos bastardos; de amores prohibidos o de jovencitas “haciendo eso” a espaldas de los padres; de fulana y mengana que le debían guita al carnicero; de zutana que siempre se vestía como una atorranta; o comentando que el marido de la modista desapareció; o que hacía mucho que no veían a la mujer del vigilante: (“¿Qué habrá pasado?” insinuaban con malicia). Los hombres, agotados y con algunos vinitos encima, cabeceaban. Los párpados parecían la Torre de Pisa a punto de confirmar la ley de Newton. Los más exhaustos roncaban. El calor húmedo, la brisa caliente, el sudor pringoso, no hacían mella en la energía vocal de las ñatas.
Nosotros, aprovechábamos los blablás de las mujeres y la modorra de los hombres para entretenernos  con la redonda de trapo. Pero no perdíamos una sola palabra: algo pescábamos y lo que no, lo fuimos aprendiendo en el tiovivo de la vida. Nunca faltaba la lechuza buchona que daba la alarma: ”¡Pero estos chicos! ¿Qué hacen levantados a estas horas?” Y el coro de gordas y flacas nos amenazaba con los dedazos estropeados de tanto jabón pinche y lavandina: “¡A la cama, a dormir!” Aterrizábamos en los catres y al rato soñábamos con Pedernera y Cherrito, o con la vecinita del cinco, desnuda, la piel suavecita y blanca −como las sábanas que nuestras viejas lavaban con “azul y lavandina”− invitándonos a compartir su cueva encantada.
Al poco tiempo, también cansadas, las cotorras se ensobraban en los lechos de matrimonio mientras oían a los  maridos albañiles, carpinteros, peones o sastres roncar, gemir, soñar. La noche les abría sus brazos y ellas, maltrechas, ataviadas con aquellos camisones baratieri, mofletudas y pegadas al cuerpo de los “bellos durmientes” (que no querían saber nada de guerras nocturnas), se entregaban en los brazos de Eros y Morfeo. También ellas tenían su  pedigrí: que las compras, la cocina, la limpieza, el cuidado de los críos, el lavado y planchado de la ropa. Y el cotorreo ¡Minas guapas, ¡te lo juro!

*****
En todos los inviernos, de marzo a septiembre, las tertulias gozaban de unas largas vacaciones.. Con el verano pisándole los talones, se reiniciaban los coloquios vecinales. Las cotorras ensayaban el nuevo repertorio, coleccionaban flamantes habladurías. Las campanas de las comadres tocaban a rebato; se refaccionaban las sillas y todo se ponía a punto: las funciones asomaban en levante, todo listo para la cercana temporada.                                       

Casorios, velorios, bautismos, noviazgos, traiciones, peleas, enojos, mudanzas, abuelos, bebés, biógrafo, radio, milonga, mishiadura, quiniela: fueron parte de la vida que pasaba y se iba yendo. En ese mundo nací yo, che. Allí me crié, me embebí de este porteñismo que penetró en mi caracú encandilado de tango y Buenos Aires, bardo y colifa; casa grande, patria chica.                                                  

Cajitas de música tan distantes en el tiempo. Refugio de gringos, taperas ciudadanas de aquel Buenos Aires medio urbe y medio campaña. Aún se las ve por ahí cayéndose a pedazos; o recicladas por algún arquitecto irrespetuoso y medio canalla. Pinceladas del Buenos Aires que era. Viñetas del Caballito que fue. Reino maravilloso de los purretes... donde todo fue magia, estupor y éxtasis; en el que descubrimos los primeros códigos de la candidez y la amistad. ¿Ahora me podés entender, gurrumín?

sábado, 16 de octubre de 2010

ANDRÉS ALDAO


Aserrín...Aserrán... (4)


3. Entreacto

Porque la infancia había terminado tan
prematuramente para ellos, que luego casi
no recordaban haberla conocido...
Antonio Muñoz Molina



Salgo desde Madrid; la etapa final de mi periplo. El aerobus llega a horario y sale en punto. Repaso los borradores... Su lectura me traslada a los años de la niñez. Este relato es sobre otro Buenos Aires, concernido a un país de inmigrantes que cambió a la sociedad colonial por la metrópoli primitiva de barro y casas bajas, y conventillos que albergaban a los millones de inmigrantes, la ciudad fundada dos veces en el mismo pozo húmedo y reumático.

Mis padres, los rusos de la historia, se adaptaron a la América de la pobreza, a la del lenguaje tan incomparable con el propio, hablado como la jerigonza del ancestro y los modismos del idioma del país de origen. Pero todos alcanzaron las orillas del mate, la carne asada, los ñoquis y los tallarines, las ensaladitas, la música y las letras del tango, el  Diario y El Mundo (este último cinco guitas después de las once de la mañana).
En 1936 finaliza mi etapa de pequeñín de la familia del sastre inmigrante, y empiezo el futuro de escolar en los finales de la década infame.
La escuela más próxima está a la vuelta de casa, sobre la calle Luis Viale. La conspiración familiar, aprovechando que vivo en mis burbujas, me da una sorpresa que debí bancarme algunos años... Era una escuela “mixta” en la que los mixtos éramos unos pocos giles sobreprotegidos. Mi hermana la pelirroja cursaba el 4º grado y con ese  comedido pretexto me anotaron allí. Tenía que convivir entre las nenas que jugaban a las figuritas, cuchicheaban y retozaban en los recreos con sus esparcimientos femeninos. De todas maneras, en esa escuela fui un ave de paso. Los deberes, si los hacía, era cinco minutos antes de salir. Las lecciones las aprendia memorizando mientras la maestra dictaba.. Mi tarea escolar preferida era leer el libro de lectura, luego el de mi hermana en los primeros días de clase, y a lo largo del año. Historietas, novelitas de Sexton Blake, Edgar Wallace: el mundo urbano que, conjeturaba, existía fuera de mi reino interior... Todo el resto rutina y vida propio. A mi hermana la vieja le concedió el privilegio de cuidar del hermanito en las horas de la escuela, no fuese que las nenas decidieran violarlo... Y el flamante escolar se introducía, perpetuo móbile, en el universo rioplatense, en la lengua, los gestos, la conducta, el “modelo”... 

La historia es un sueño, discurro hoy, una fugacidad, un texto de estudio, una rareza o una elegante curiosidad para quien no la ha vivido o fue su protagonista. Buenos Aires siempre fue la ciudad puerto, el eje, el vampiro cruel que succionó las riquezas y la sangre del resto del país, la que disfrutó de todos los privilegios.

Pasé mis años felices en Caballito (1936 a 1940). Infancia, arroyo Maldonado, la calle Gaona (que brillaba de día y se opacaba al atardecer), los primeros pasos en la escuela, referidos en cuentos que aparecen en este libro... Durante mi travesía por el reino de la infancia ocurrieron hechos históricos que tuvieron consecuencias  para el futuro del país y del mundo. Estábamos en los estertores de la década infame. En 1939 la República española fue derrotada, comenzó la 2da. Guerra Mundial, Alemania ocupó casi toda Europa y la Argentina debió abastecerse con sus propios medios de producción.
El modelo agroexportador estaba agotado: allí empezó la nueva historia. Mientras la guerra echaba sombras sobre el futuro, hubo un repunte económico, la década infame y la desocupación iban cediendo... Mi viejo comenzó a trabajar como obrero a domicilio. Nuevos vientos soplaban en la Argentina oligárquica y conservadora. Esa mejoría económica me desclavó del barrio encantado (volvería victorioso meses después). La nueva dársena fue Villa del Parque, a 30 cuadras de Caballito. Un derpa de dos ambientes y un cuarto en la terraza, patio, baño y cocina. Nazca y Jonte, frente a las casitas baratas, el bar Punta Brava y el cine Sol de Mayo. Barrio sin conventillos...

El extrañamiento, comenzar de nuevo. Año 1941, voy a la escuela de San Blas, al lado de la cancha de Argentinos Juniors. Pero Caballito es el tam tam de la jungla, el tablado, la llamada que llega, misteriosa, etérea, impalpable... hasta la profudidad del alma...
Los viejos laburan duro. Allí termino la primaria con el maestro Piccardo cuyo nombre −seis décadas largas−, recuerdo con un agradecimiento que acabé de entender muchos años después, cuando comencé a borronear cuentos y relatos en el exilio. Fin de la infancia, tránsito a la pubertad, la edad de los conflictos y dramas existenciales que se toleran como la gripe, el empacho o el acné.
En esa casa cumplo, en 1942, los trece años. Mi cuerpo se estira, crece y se desgarba. El día de los trece años pasa de largo, común y sin pompas. Ninguna ceremonia; el viejo es ateo, bolchevique, proletario y antifascista.Ya soy ateo y descreído.

En diciembre de 1942 la guerra no pinta muy bien. Crítica trae los mapas de los lugares donde se combate. Hitler avanza y el ejército rojo, con sus amomiados mariscales al frente, detiene con la nieve y el invierno los avances de la blitzkrig. Nombres de lugares, batallas, mariscales germanos y rusos que se graban y no se olvidan.
La prensa de Buenos Aires apoya a los “aliados”, nombre eufemístico de dos países derrotados, Inglaterra y media Francia conquistada, y la otra, la vasalla, Vichy, presidida por el anciano colaboracionista, Petain.
Las conversaciones de la familia con los vecinos y paisanos son pesimistas, pero el voluntarismo ciego del viejo no cree en (ni acepta) la derrota. 
Me contagia, me educa en la quimera sin saberlo, sin proponérselo. Me da una meta y un camino. Me embebe en sueños de combate y redención. Yo lo ignoro, entonces, pero a mediados de ese último mes del año 1942 me acerco a un local sobre la calle Jonte y Helguera de Buenos aires... Fue el inicio de la larga marcha, como el de una locomotora que se pone en movimiento con lentitud y sus émbolos van cobrando fuerza, ímpetu y velocidad. Así consagro mi vida por la causa. Y no paro (me paran!) el 1º de noviembre de 1974, en que la Triple A y coordina me derrotan. Inicio pues la ruta hacia el destierro. Al ostracismo.

Termino el entreacto. No retomo la escritura, pero mis recuerdos vibran en la memoria. Tengo que resolver: continuar o dar fin a mis evocaciones.
«Aquel rusito republicano” fue una tarea de historiador, biógrafo y relator, con muchos elementos personales que me involucrarían en los hechos.
Apuesto: el tema me seduce. Es retornar a la infancia y la adolescencia, revivir un pasado que, aun en su pequeñez, forma parte de la historia argentina a través de personajes muy cercanos a mi vida. Otros se han perdido en el silencio, en la oquedad del olvido. Yo seré el pretexto, el eje, el relator. Casi siempre partícipe o testigo. Las evocaciones superarán la sordidez de la omisión. la displicencia del entorno. Entonces me decido...

Todo el resto fue (y será) escrito y está rescatado por el que fui. Aquel rusito republicano de las calles de Caballito. ■