sábado, 28 de diciembre de 2013

Sonia Figueras




LUNFARDO QUE HICISTE BIEN…

 - Seño, usted me preguntó por qué hablo en lunfardo. Yo no sé si hablo en ¿cómo me dijo? ah, lunfardo ¿Como yo hablo se llama lunfardo?
- Sí, fijate que decís palabras que otros chicos no las saben o no te entienden.
-  Y cuáles ¿a ver?
La señorita Dora se sonrojó. El lunfardo le sonaba tan antiestético. Ella no se animaba a hablar así. Pero siente la obligación de explicarle a Daniel qué significa el término lunfardo.
- Daniel, ¿cómo te puedo aclarar. El lunfardo no es un idioma, ni un dialecto Por ejemplo, idiomas son el español, el francés, el alemán y dialectos son los que se hablan en diferentes provincias o pueblos de algunos países ¿Me entendés algo? La seño continúa, el lunfardo aparece en Buenos Aires y en Uruguay cuando vinieron a colonizar estas tierras y con la mezcla del español, el italiano y también el portugués se forma esta forma de lenguaje. ¿Más o menos te queda claro?
El niño la miró dudoso en tanto ella trata de demostrarle la diferencia con el hablar suyo y de los otros alumnos.
 - El lunfardo, sigue la maestra, lo hablaban, aún lo hacen las personas… bueno…las personas de un ambiente raro.  Entre ellos algunos entonces, robaban…no quiero decirte con eso que vos o tu familia lo hagan. Pero vos te expresás, hablás como esa gente.
Es evidente que la señorita Dora se queda con el tema en el medio de un naufragio y no conoce bien que el lunfardo resulta ser uno de los rasgos lingüísticos del dialecto rioplatense y con gran implicancia en la poesía, las letras, especialmente en las de los autores de tangos. Le es difícil hacerle una buena aclaración al pequeño.
Suena el timbre de recreo y la cuestión queda allí. En la siguiente de gimnasia que termina con el timbre correspondiente y Daniel se va a su casa.
Al llegar deja la mochila, se saca el delantal que chiquito le quedaba y se hace un mate cocido. Por suerte queda garrafa, dijo. Se asoma por la ventanita de la cocina y ve pasar al “punga”. Quiere preguntarle si van a jugar, pero el punga pasa corriendo. Grita, pero el punga no lo oye.
Toma su mate cocido, lava la taza presuroso y sale en busca de los chicos. ¡Tan apurado  se olvida el barrilete! Vuelve a buscarlo no fuera cosa que los otros lo tuvieran hecho. Su papá el domingo le había ayudado a hacerlo y tenía una cola bien lunga.

                                                                                                                                                 Encuentra al Mario, al Pepe y al tano en el baldío de la esquina. El barrilete del tano es el mejor… los otros dos está bien, pero el mío, dice compungido,  el mío está el peor ¿Por qué mi viejo no sabe hacer un barrilete mejor? Cuando había ido al quiosco la chica le aseguró que el pelpa era del mejor. ¡Les había dado un trabajo! Azul y amarillo, como Boquita, no de otros colores, no.
Se le pasa la tarde en el baldío con los chicos que dicen viejo, mina, engrupir y a él no le cambia en nada. Los entiende Está acostumbrado, en poco tiempo se ha adecuado a hablar como ellos.
El padre viene esa noche más tarde que otras. Le cuenta que cuando sale del trabajo busca otro que le prometieron. Así pasan unos días. La seño lo llama aparte otra mañana.
– ¿Tu carpeta Daniel? La seño bastante seria le llama la atención por la falta de las tareas.
Se quiere morir. Está re atrasado. Desde hace una semana que no hace los deberes por culpa del barrilete. Las tardes las pasa aprendiendo a manejar el piolín, que levantara muy alto, mantenerlo en el aire, que no coleara, ¡a ver si se caía el primero!
Esa noche, al llegar su papá, toma la sopa en un santiamén, se baña y duerme muy pronto. No quiere que el padre le preguntara por la escuela! Se salva. Por suerte.
El padre, (semidormido lo ve desde su camita), está con unos papeles sobre la mesa y tiene los anteojos puestos.
El lunes se reitera un buen reto y un “quiero hablar con tu mamá”. Baja su cabecita primero.  Un movimiento de su cuerpo lo delata. Está llorando.
 - Daniel, ¿llorás porque tenés miedo a tu mamá?
La maestra se acerca a él, levanta esa cabeza gacha, ve lágrimas en sus ojitos de niño acongojado y lo abraza con ternura.
-¿Te va a castigar? Vení Daniel, vamos al escritorio le dice, mientas con su pañuelo seca los ojos y las mejillas pálidas y mojadas. ¿No me podés decir a qué le tenés miedo? De su boca, niño triste, apenas surge entrecortado…no tengo mamá. Dora, conmovida lo conforma como puede. Ternura y cariño a ella le sobran. En calidad de nueva en el colegio desconoce aún los casos particulares de los alumnos, por lo tanto el de Daniel.
Concierta con la Directora una cita con al padre y ese día confirma la ausencia de su mamá  fallecida en el parto del pequeño y que son nuevecitos del barrio.
 Desde la citación pasa un mes. Roberto Fontana pide una mañana en la Dirección de una de las cátedras en que dictaba Lengua para presentarse en la escuela. En ese encuentro habla sobre la orfandad de su hijo, el tema de la soledad y el uso común del lunfardo, que es conversado de la manera correspondiente. Llegan a la conclusión que Daniel lo utiliza en las clases de lengua, justamente en las que dicta su papá en la Universidad. Quedan en ver que el niño equilibre su uso.
 Algo pasa allí dicha mañana porque Roberto regresa más temprano a su casa las noches siguientes.
Dos domingos después le pide a Daniel que se prepare para ir Zoológico con él.
Por segunda vez, de asombro, el niño casi muere del susto,. En la puerta del Zoo, parada, sin delantal, está la seño Dora.
Hoy Daniel está en séptimo preparando el viaje de egresados mientras la seño cocina, espera a Roberto que llega de la cátedra y ya en la cena, el jovencito trata de explicarle a su hermanito menor, en pequeños trazos, qué es el lunfardo.
Yo soy la maestra de segundo grado de Rodrigo el hijo de Dora y Roberto que forman una espléndida familia.
¿No les parece que el lunfardo, nuestro decir popular, hizo bien su obra?

                                                                                                                   


                                                                                                      

Xafier Leib´s

Javier Ben Ari Leibiusky
Moscas

Era un mediodía caluroso de verano y solo se oía el insoportable zumbido que producían las alas de las moscas. El sol castigaba con toda su fuerza a los tres hombres de mediana edad que se encontraban sentados a la sombra de un toldo viejo, roído por el tiempo, sirviéndose vino barato de una damajuana polvorienta. Cientos de moscas - molestas, pegajosas, sucias – revoloteaban sin cesar, posándose sin vergüenza alguna sobre brazos, frentes, labios y cuellos. Los hombres las espantaban con movimientos lentos, casi sin ganas. Una mosca cayó dentro de un vaso de vino. El dueño del recipiente introdujo un dedo áspero, sucio, quitó el insecto y luego sorbió del vino como si nada.
De vez en cuando alguno de los tres soltaba una palabra, onomatopeyas, monosílabos en el mejor de los casos. Hacía demasiado calor para seguir más allá, para articular, terminar una oración. Del suelo se levantaba un extraño vaho, como si la mismísima tierra se estuviera evaporando y pronto los tres hombres quedarían suspendidos de la nada, rodeados de cientos de moscas pegajosas. En el aire reinaba aquel silencio tan particular que impone el calor, ese tedio solo quebrado por el sonido opaco de los vasos mugrientos, las onomatopeyas – monosílabos en el mejor de los casos -, y aquel terrible zumbido de cientos de alas. Alas de moscas. Insectos que se alimentan de muerte, seres cuya función es deshacer la materia, aquella que no sirve más. Y los hombres cual cresas en pleno desarrollo, a punto de estallar y dar nacimiento a algo oscuro, algo que viene preparándose subrepticiamente. Esperaban con la paciencia de aquellos que se alimentan de la morbosidad, como las moscas. Y ellas, iban en aumento. Como si el calor hiciera que se multipliquen. En su saliva, en sus patas, traían adheridas partículas de muerte, suciedad de otros lados, de un pueblo cercano. De allí tal vez provenían las moscas que hacían del calor un fenómeno más insoportable aun para los tres hombres allí sentados. Uno de ellos aun tenía los dedos manchados de sangre.
La sangre no era propia del hombre que bebía lánguidamente su vino tibio. Provenía, como las moscas, del pueblo. El cuerpo al cual aquella sangre pertenecía aun yacía en la puerta de un rancho, una expresión de horror impresa en su rostro sin vida. A su alrededor otros cuerpos en posiciones parecidas, tendidos en medio de humaredas provenientes de las casas calcinadas. Y allí también, las moscas estaban en todo, dándose un festín de muerte, carne chamuscada y sangre fresca, deshaciendo desesperadamente la materia, llenando sus diminutos vientres hasta reventar.
No muy lejos de allí, los hombres bebiendo aquel vino mediocre, uno de ellos con las manos aun ensangrentadas; otro mirando fijamente la nada, encandilado por el sol, repasando en su mente una escena que se había llevado a cabo unas horas antes de la llegada de las moscas al pueblo - atraídas por la cantidad de materia inerte que estaba comenzando su descomposición.
Los tres habían sido enviados para liquidar un asunto que tenía que ver con un pago retrasado y de nada sirvieron las súplicas de los habitantes. La cosa degeneró rápido y, cumpliendo las órdenes que habían recibido, arrasaron con todo, hasta el último de los aldeanos. Con la llegada de las primeras moscas ellos dejaron el lugar y se detuvieron en las afueras. Sentados bajo el toldo viejo de una casa en ruinas, decidieron vaciar una damajuana de vino mientras esperaban que amaine el calor. Uno de ellos llevaba las manos manchadas de sangre; otro repasaba en su mente una y otra vez cómo le quitó por la fuerza la virginidad a una jovencita de unos dieciséis años. Tal vez diecisiete. El tercer hombre, algo perplejo, se rascaba la cabeza. Posiblemente era el jefe de la pandilla. Intentaba recordar el instante en el que había recibido las órdenes del presidente del condado. Estaba comenzando a dudar si había registrado correctamente el nombre de la aldea que debían liquidar. Resulta muy difícil diferenciar una aldea de otra en aquella remota región. Tomó la damajuana en su mano, llenó por quinta vez su vaso mugriento y siguió observando cansadamente el revoloteo nervioso de las moscas.

Alejandro Bovino Maciel


LUPANAR EN LLAMAS 

Mi nombre es Alejandro Bovino Maciel, soy argentino, Médico Psiquiatra, nacido en Corrientes en 1956, egresado de la U.B.A (Univ. de Buenos Aires)

Cuando Amado me contó lo del quilombo de Pedro Juan Caballero empecé a soñar, Juan Mujica.
¿Pedro Juan es una ciudadela en Paraguay, verdad?
Sí, frontera seca con Brasil donde una calle de arena separa dos países.
¿Y qué pasaba ahí, Alecito?
Uff… Amado contaba riéndose que una tarde se incendió el quilombo de Pedro Juan y la Madama, que era un travesti gordo y pelado llamado Mamá Jacinta que diz que había sido querida de jeques árabes cuando vivió en Monmartre, gritaba pidiendo socorro en medio de las llamas.
No es para menos.
Envuelta en gasas y plumas desde el balcón llamaba a los bomberos mientras las pupilas arrojaban palanganadas de aguas servidas a la calle; también estaba un periodista alcohólico al que le decían “Carroña” tratando de investigar lo que él llamaba ‘el origen del siniestro’ mientras la policía buscaba pistas en una pelea binacional.
¿Me estás metiendo geopolítica en el burdel? Alejandro, presiento que este es otro de tus fraudes.
Te juro que no miento Juancho, según Amado en el quilombo tenían pupilas paraguayas y brasileras pero los clientes querían excesos y las locales muy modositas no aceptaban besos de boca ni sexo anal. Imagináte zona de frontera donde la gente se vuelve fiera. Entran dos arrieros al prostíbulo a buscar lo que en la casa no le dan sus mujeres. Las brasileras eran todo lujuria desenfrenada: hacían fellatios por caridad, se rapaban el monte de Venus dejándolo tan depilado como la testa de la matrona a la que no en vano llamaban ‘la Cantante Calva’, hacían todo tipo de trapisondas y por sobre todo aullaban como lobas en estro con el sexo anal. Las paraguayitas llenas de recatos no permitían besos, penetraciones anales ni peluquerías vaginales.
Ahora entiendo Alecito adónde lleva todo esto.
Si tu lógica aristotélica no te falla ya te habrás dado cuenta que los servicios extranjeros cotizaban en alza mientras las paraguayas se pasaban en huelga tomando tereré en la puerta de sus tabucos. Las rapaices, sobre todo una que se llamaba Melisa, no daban abasto a la clientela; en el colchón de la Melisa ya se había formado un socavón a fuerza de hundir el cuerpo de tanto arriero que desfilaban a toda hora a refocilar a sus anchas con la pupila. Esta Melisa y dos colegas, una venezolana y una argentina, iban de vacaciones a Uruguayana.
No parece un sitio turístico.
No Juancho, qué va con tanto turismo, las ‘tres manolas’ iban al cine porno a ver los últimos avances de la moda coyundal como quien hace una pasantía para especializarse en técnicas eróticas.
Lo que se dice, putas de vocación.
¡Profesas, Juancho! Verdaderas profesionales y una de las prédicas de Melisa hincaba el diente en esa cuestión, que las putas obligadas, aquellas depres como las paraguayitas que recitaban a cada cliente la salmodia del “yo hago esto por necesidad a mí co me gustaría casarme con un hombre y tener hijitos y una casa” le sonaba tan patético como un capítulo de la Familia Ingalls. Melisa predicaba seriedad en el negocio y asumir las obligaciones con gusto y vocación, no buscando la compasión del prójimo en un quilombo. La rapai la tenía clara pero una de las rencorosas guaraníes buscó el modo de malquistarla con Mamá Jacinta, la Cantante Calva que era algo tartamuda. La pupila guaraní encendió velas y chucherías frente a una imagen de palo, según las investigaciones del periodista dipsómano.
¿Un periodista metido en las intrigas quilomberas?
En Pedro Juan Caballero el crimen ya no es noticia, Juancho. Cuando alguien estorba en el sistema montado alrededor de la marihuana los sicarios que matan en Brasil se cruzan al Paraguay y viceversa querido Juan Mujica, ¿entendés las trampas de la ley? ¿Para qué mandaría una corresponsalía desde Pedro Juan anunciando que acribillaron otro arriero en la calle que separa los dos países? Carroña sabe bien que en Asunción eso no es noticia pero el incendio de un quilombo  se convierte en el tema del día y más cuando el comisario, ahijado del caudillo opositor, cierra el caso rotulándolo de “accidental”. Melisa juraba que no se dedicaba a la macumba que apenas ofrecía frutas a Xangó los viernes y que nada tenía que ver con gallos degollados, velas negras y santos de palo.
La Cantante Calva lloraba viendo la quemazón de su casa y por sobre todo del gallinero donde la doña criaba faisanes.
¿Faisanes en Paraguay?
No te olvides que la Cantante Calva vivió seis meses en París y desde entonces se creía bretona en usos y costumbres Juan Mujica incrédulo. Sólo se perfumaba con Chanel Nº 5 y tomaba agua Perrier.
¡A la puta que era fina!
Puta fina, bien lo has dicho. ¡Pa-pa-parece que las pu-pu-putas se me hi-hi-cieron mo-mo-monjas!, clamaba desde el balcón la doña, tan llena de gasas, boas de plumas y sedas que la amenaza de las llamas la sitiaba con hambre. De nuevo la exasperación terminó en desesperación, la envidia rencorosa de las paraguayitas desató el fuego y una vez que la fiera salió de la jaula no hubo forma de sujetarla, ardió un depósito de camas desvencijadas que había en planta baja y de ahí trepaban las llamas furiosas al primer piso donde estaban las habitaciones de las pupilas, Melisa lloraba cuando Carroña la interrogaba.
¿No era periodista?
En la campaña las funciones son vagas, alguien le encomendó la investigación del asunto y por una botella de cerveza Carroña es capaz de indagar al propio juez.
¿Qué averiguó, Alecito?
Nada, ¡qué querés que descubra semejante coso! La Cantante Calva hizo una relación de los bienes perdidos, empezando por sus faisanes totalmente carbonizados. En eso apareció una de las locales acusando a Melisa de hacer macumba y, dijo, eso ocasionó la furia de la Virgen que causó la fogata.
¿La Virgen terminó implicada?, seguí, Alejandro, esto se pone bueno, ya tenemos la reyerta de las pupilas, el reportero-fiscal, una Virgen pirómana…
No bien la mencionaron, alguien muy oficioso fue a llamar al cura.
¡Don paí, vaya urgente, están diciendo que la Virgencita quemó el quilombo!
¿Te das cuenta? En cuestión de horas todo el mundo y su representación estuvo involucrado en el caso. Ahí quería llegar, Juancho: todo está íntimamente relacionado en la realidad en la que vivimos.
¿Cómo es eso?
Este asunto que empezó como una simple disputa entre putas por cuestiones de índole comercial, rápidamente se convirtió en un caso periodístico,  policial, judicial si contamos ese remedo de juicio; después se volvió espiritual cuando interviene el cura y teológico cuando invocan a la Virgen. Nada “pertenece a los otros” cuando se agitan las pasiones, Juancho.
¿Cómo terminó?
El dipsómano le dio la vuelta de tuerca que faltaba: denunció una conspiración opositora en la actitud del comisario reticente; en la capital se transformó en un claro caso político.
Lo que faltaba: del puterío volvimos a otro puterío.
No existen hechos de una sola dimensión, Juancho. Todos los actos humanos se parecen al dios Proteo de los griegos: tiene mil caras, mil formas que van de una a otra gradualmente y hasta una cuestión burdelesca puede terminar en la catedral como sucedió con el incendio.
¿Te acordás de lo que discutíamos con Berti en la Biblioteca Mariño?
Sí, él decía que según Proclo todas las cosas en principio fueron parte de la Unidad que les dio origen diversificándose en la materia del Mundo.
Exacto. Eso mismo Alecito.
El burdel también es parte de Dios que originó todo.
Amén.


Alice Munro, Nobel de Literatura 2013




«Mi vida querida»


En mi juventud parecía no haber nunca un parto, o un apéndice reventado, o cualquier otro incidente drástico de salud que no ocurriera mientras arreciaba una tormenta de nieve. Las carreteras estarían cortadas, así que de todos modos no se podría pensar en sacar un coche, y habría que enganchar varios caballos para llegar al pueblo e ir al hospital. Por suerte aún había caballos: en circunstancias normales la gente se habría deshecho de ellos, pero con la guerra y el racionamiento de combustible las cosas habían cambiado, al menos por el momento.Por eso cuando me empezó el dolor en el costado tenían que ser las once de la noche, y soplaba una ventisca y, como en ese momento en nuestro establo no había caballos, tuvimos que pedir el tiro de los vecinos para llevarme al hospital. Un trayecto de apenas una milla y media, pero aun así una aventura. El médico estaba esperando, y nadie se sorprendió cuando se preparó para extirparme el apéndice.¿Se extirpaban más apéndices entonces? Sé que todavía se hace, y que es necesario, incluso sé de alguien que murió por no intervenirlo a tiempo, pero en mi memoria ha quedado como una especie de rito al que pocas personas de mi edad debían someterse, o por lo menos no muchas, y no todas tan de improviso, o quizá sin tanta pena, porque signifi caba unas vacaciones de la escuela y daba cierta categoría: haber sido tocado por el ala de la mortalidad distinguía, aun fugazmente, del resto, en una época de la vida en que tal cosa podía llegar a ser grata.Así que, ya sin apéndice, pasé varios días viendo por la ventana del hospital la nieve cernirse lóbregamente a través de unos árboles de hoja perenne. No creo que se me pasara por la cabeza pensar cómo iba a pagar mi padre esta distinción. (Creo que tuvo que desprenderse de una parcela de bosque que había conservado al vender la granja de su padre. Quizá esperaba utilizarla para poner trampas, o elaborar jarabe de arce. O quizá sentía una nostalgia innombrable.)Luego volví a la escuela, y disfruté de que me dispensaran de educación física más tiempo del necesario, y un sábado por la mañana que mi madre y yo estábamos solas en la cocina, me contó que en el hospital me habían extirpado el apéndice, tal y como yo pensaba, pero no fue lo único que me quitaron. Al médico le había parecido conveniente extirparlo, ya que estaba metido en faena, pero lo que más le preocupó fue un tumor. Un tumor, dijo mi madre, del tamaño de un huevo de pava. Pero no te preocupes, dijo, ahora ya ha pasado todo. La idea del cáncer en ningún momento se me ocurrió, y mi madre tampoco la mencionó nunca. No creo que hoy en día pueda hacerse una revelación como esa sin alguna clase de pregunta, alguna tentativa de esclarecer si lo era o no lo era. Maligno o benigno, querríamos saber inmediatamente. La única razón que se me ocurre para que no hablásemos de ello es que la palabra debía de estar envuelta en un halo de misterio, similar al que envolvía la mención del sexo. O incluso peor.
El sexo era vergonzoso, pero sin duda encerraba algunas satisfacciones; desde luego nosotros las conocíamos, aunque nuestras madres no estuvieran al corriente. En cambio, la mera palabra cáncer evocaba una criatura oscura, putrefacta y hedionda, a la que no se miraba ni siquiera al quitarla de en medio de una patada. De modo que no pregunté, ni nadie me dijo nada, y solo puedo suponer que era benigno o que lo extirparon con mucha destreza, porque aquí estoy. Y tan poco pienso en ello que toda la vida, cuando me piden que enumere las intervenciones quirúrgicas que me han hecho, automáticamente digo o escribo solo «Apendicitis».Esta conversación con mi madre probablemente tuvo lugar en las vacaciones de Semana Santa, cuando las ventiscas y la nieve de las montañas habían desaparecido y los arroyos se desbordaban agarrándose a todo lo que encontraran a su paso, y el broncíneo verano estaba ya a la vuelta de la esquina. Nuestro clima no se andaba con devaneos, nada de clemencias. En los primeros días calurosos de junio terminé la escuela, después de librarme de los exámenes finales con notas bastante buenas. Tenía un aspecto saludable, hacía las tareas de la casa, leía libros como de costumbre, nadie creía que me pasara nada raro.
Ahora tengo que describir el dormitorio que ocupábamos mi hermana y yo. Era un cuarto pequeño en el que no cabían dos camas individuales, una al lado de la otra, de manera que la solución fue poner literas y colocar una escalerilla por la que trepaba la que dormía en la cama de arriba. Que era yo. Cuando estaba en la edad de las tomaduras de pelo, levantaba una de las esquinas del fino colchón y amenazaba con escupirle a mi hermana pequeña, indefensa en la litera de abajo. Claro que mi hermana, que se llamaba Catherine, no estaba indefensa del todo. Podía esconderse bajo las mantas; pero mi juego consistía en acecharla hasta que la asfixia o la curiosidad la hacían salir de nuevo, y en ese momento escupirle en plena cara, o fingir que lo hacía y conseguir el efecto deseado, enfurecerla.A esas alturas ya era mayor para esas tonterías; demasiado mayor, desde luego. Mi hermana tenía nueve años y yo catorce. La relación entre nosotras siempre fue desigual. Cuando no estaba atormentándola, fastidiándola con alguna necedad, adoptaba el papel de sofisticada consejera o le contaba historias espeluznantes. La disfrazaba con la ropa vieja que se guardaba en el arcón del ajuar de mi madre, prendas demasiado buenas para cortarlas y hacer edredones, y demasiado anticuadas para que nadie las usara. Le ponía el carmín endurecido de mi madre en los labios, le empolvaba la cara y le decía que estaba preciosa. Era preciosa, sin asomo de duda, pero cuando terminaba de maquillarla parecía una muñeca extranjera estrafalaria.
No pretendo decir que ejercía sobre ella un control total, ni siquiera que nuestras vidas se entrelazaran constantemente. Ella tenía sus propios amigos, sus propios juegos. Juegos que tendían más a la domesticidad que al glamour. Sacar de paseo a las muñecas en sus carricoches, o a veces, en lugar de las muñecas, a algún gatito disfrazado que siempre desesperaba por escapar. Además había sesiones de juego en las que alguien era la maestra y podía pegar al resto en los antebrazos con una vara y hacerlos llorar de mentirijillas, por infracciones y estupideces varias.
En el mes de junio, como he dicho, quedé libre de ir a la escuela y me dejaron a mi aire, como no recuerdo haberlo estado en ninguna otra época de mi juventud. Hacía algunas tareas de la casa, pero mi madre aún debía de encontrarse con las fuerzas necesarias para ocuparse de la mayor parte de ellas. O quizá entonces teníamos dinero para contratar a alguna mujer a quien mi madre llamaría sirvienta, aunque todo el mundo las llamara empleadas.
En cualquier caso no recuerdo haberme enfrentado a ninguno de los trabajos que se me amontonaron los veranos siguientes, cuando luché de buena gana por mantener la dignidad de nuestra casa. Por lo visto el misterioso huevo de pava me concedía cierta condición de inválida, así que a ratos podía pasearme por ahí como alguien de visita. Aunque sin darme aires de ser especial. Nadie en nuestra familia se hubiera salido con la suya en eso. Iban por dentro, la inutilidad y la extrañeza que sentía. Y tampoco era una inutilidad constante. Recuerdo haberme agachado a entresacar los brotes de zanahorias, igual que todas las primaveras, para que las raíces alcanzaran un tamaño decente.
Debió de ser simplemente que no había cosas por hacer a todas horas, como ocurrió los veranos de antes y después. Así que quizá por eso me empezó a costar conciliar el sueño. Al principio creo que simplemente me quedaba despierta en la cama hasta alrededor de medianoche, extrañada de notarme tan despabilada, mientras el resto de la casa dormía. Había leído, me cansaba como de costumbre, apagaba la luz y esperaba. Nadie había venido a decirme que apagara la luz y me durmiera.
Por primera vez en la vida (y eso también debió de marcar un estatus especial) dejaban que yo decidiera cuándo hacerlo. La casa mudaba paulatinamente de la luz del día hasta que las luces de la casa se encendían a última hora de la tarde. Al dejar atrás el trajín general de las cosas por hacer, por tender y por terminar, se convertía en un lugar más extraño, en el que las personas y el trabajo que gobernaba sus vidas languidecían, las necesidades de cuanto les rodeaba languidecían, y los muebles se retraían, al no depender de que nadie les prestara atención.Podría pensarse que era un alivio. Al principio tal vez lo fuera. La libertad. La novedad. Sin embargo, a medida que mi difi cultad para conciliar el sueño se prolongaba y fi nalmente se apoderaba completamente de mí hasta el amanecer, se convirtió en una creciente preocupación. Empecé a recitar rimas, luego poesía de verdad, primero para obligarme a perder la conciencia, y ya después al margen de mi voluntad. La actividad me frustraba. O era yo quien me frustraba a medida que las palabras terminaban en el absurdo, en un discurso tonto sin pies ni cabeza. No era yo.

Toda la vida había oído ese comentario sobre otra gente, sin pensar qué podía signifi car. Entonces, ¿quién te crees que eres? También había oído decir eso, sin atribuirle una verdadera amenaza al comentario, tomándolo simplemente como una especie de mofa rutinaria. Piénsalo de nuevo. A esas alturas ya no era dormir lo que quería. Sabía que de todos modos lo más probable era que no me durmiera. Quizá dormir ni siquiera era deseable. Algo se estaba apoderando de mí y tenía la obligación, la esperanza, de vencerlo. No me faltaba sentido común para lograrlo, aunque al parecer tampoco me sobraba.

Amelia Arellano


EL VALLE DE LOS LIRIOS

La conocí en un orfanato, acaso en un hospicio.
Un sepulcro inconcluso. Arenas movedizas.
Un serpentario. Un prostíbulo. Una iglesia.
Musitó serenamente, en voz azur, silente.
Susurró  de ausencia y  niños disecados.
De la soledad del gusano, padre nuestro.
Me habló quedamente. Al oído.
Me subyugó, al instante. Como en aquel enero.

Yo contesté llorando:
Ven, amada, embriágame la boca.
Pon en ella el color de los lirios.
Hunde mis ojos en tus oquedades.
Apriétame. Amárrame. Agriétame.   
No dejes que me escape, soy la mujer de Loth.
Ya todos han partido. Las madreselvas negras.
Los perros flacos, los azules potros.
Han huido las aldeas despobladas de peces.
Ven, no ceses, degüéllame los fresnos.
Márcame con tus dientes, dulcemente.

Estoy cansada amor. De bocas agrias.
De dardos pestilentes. De hospitales.
De la morfina y de  drogas de oro.
Llévame a la tierra de cipreses.
Todo lo que se me ha legado lo he cumplido.
La norma, la ley, la regla y  los relojes.
He mamado de los pechos de la loba.
He besado con ardor, los labios helados del Bautista.
He bebido cicuta y miel con Judas.
Barrabas ha yacido en mi lecho.

He buscado, agua, solo agua.
En los parapetos de mi sangre.
En pilas bautismales. En artesas.
Y no hay dioses, ni demonios, ni ángeles caídos.
Hasta el Río de Heráclito está frígido.
Tampoco está la niña, ni las trenzas, ni pechos desangrados.
 Ni líneas circulares. Ni el semen de los soles negros.

No, no te detenga mi humana, mi vulgar tristeza.
Ven amada, bésame en la boca.
Pon en ella el valle de los lirios.
De los lirios, el valle.