En otro cuerpo perdí.
En otro cuerpo perdería
las fresas de mi juventud.
Tú no habías nacido todavía.
Las guirnaldas del otoño acarreaban
sal marina desde los puertos
remotos de la soledad.
Yo escribía en el margen de los libros
ligeras reflexiones instantáneas:
Escribí, por ejemplo, amor
mío, en la página
veintisiete
de un poemario de Blanca Andréu...
luego gemí, lloré voluntarioso
como sólo los exégetas lo hacen,
como un chelo tañido por un párvulo.
Era otra manera de ser felices:
emigrar sin rumbo, beber sin tino
en los muros de la banalidad,
subrayar matices en los manuales
que enseñan a Neruda.
En aquel tiempo las bufandas
colegiales volaban con la brisa.
Conocí las cuencas románticas
del miedo y del fracaso propios.
Se abrió la ventana que daba al puerto
y entraron sesenta millones
de gaviotas. Claro, cerré el postigo,
- qué otra cosa podía hacer -,
y desde entonces sólo me dedico
a perseguir, a perseguir gaviotas...
Cavafis
Cavafis, el otro esteta que
escupía mandrágora
en el puchero del druida,
se colaba en las alcobas de
las niñas dieciochescas
con refinados propósitos de
hacerlas felices.
Sólo que las madres
atrancaban los conductos filiales
con algodón en rama y
pólvora en el trabuco.
Las señoritingas lloraban
granos de café tostados
y ensuciaban la cama con
carmín como su sangre
para ahuyentar la soledad,
los vampiros, su niñez,
o qué sé yo lo que
ahuyentaban.
Diciembre venía
con su frío
y les ponía los vellos de
punta y las aréolas;
pero el pobre Cavafis no
llegaba,
con el deseo convertido en
amatista,
a tiempo para el maleficio,
con la hora justa del beso
desatrancador de conductos;
y las niñas se morían de
pábilo en sus lechos
sin haber agotado todos los
recursos del placer
que sus cuerpos ofrecían.
Y él se quedaba otra noche
más en el ayuno,
escupiendo en los pucheros
la pólvora mojada, su
silencio, el desamor,
o qué sé yo lo que escupía
Cavafis...