martes, 9 de octubre de 2012

Griselda Rulfo

griselda rulfo



No asomó el
                   olvido
en tu piel
                   ni serpenteó
                   la vida
                            estéril.
Ni mis ojos pudieron
encender
                   la pasión
                   que el silencio
no apaga
                   ni condena.
No pudo
         ni quiso
                   ni sintió
el doblez de tu ombligo
el calor
         de mi lengua.
Nunca
el silbido
se coló
entre los cuerpos,
ni el sudor
evaporó su éxtasis.
No fue
ni quiso
ni actuó.
Nunca fue más
que un sueño
este amor.


Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez




SANTA MARÍA

                                                    “Por eso fabriqué Santa María
                                                      fruto de la nostalgia de mi ciudad”.
                                                                              Juan Carlos Onetti

Ficción dentro de la ficción.

Un sauce se arquea
para beber en el río de aguas café.

Santa María,
inmune al desgaste
de las horas y los elementos.

Santa María,
inventario del olvido
a lo largo de la costa.

Santa María,
intrincado mundo interior
cubierto de tinieblas
blanquicientas como espuma

Santa María,
mirada fija y circular
el cuerpo ante un espejo
reflejando vergüenzas
e infamias olvidadas
que son gotas de vida.

Santa María,
el silencio sobrevive a las palabras,
la muerte de la noche te hace dormir
adiós al insomnio.

Riachuelos de estrellas
caen sobre el astillero
y el “Dios Brausen”
desde su ventana ve difuminarse la ciudad.


                             


Cristina Villanueva

cristina villanueva


       Las Dos                                                             



                                                     Madre, no me enseñaste nunca a        ordenar mis pedazos
                                                              Paulina Vinderman


  Una mujer derivándose río.
              
 En Buda otra mujer rescata una muñeca

ni muerta, ni virgen como las que languidecen en las salas.

Una muñeca que resuena de bordados  y flores

con el arte de los vendedores de colectivos.

.En Pest, abierta hemorragia en la ventana del río

  gotea flujo cerebral, insocorridas imágenes escoltada de peces .

Se encontraran o no.                                                 

Una tapándose el ojo violado de palabras.

La otra subiendo nubosa-selva-tren

con su muñeca como si estuviera por venir

buscando los quetzales y los jugos que la otra arroja en la orilla de la cita.

Se encontrarán o no

única cabellera que salta, la cárcel de ceniza




Carmen Passano




El vivir o el morir, son nuestro sino
De la vida, que pasa indiferente
Amar y amanecer, son suficientes
Motivos para andar algún camino

Llorar por amor, es solo desatino
Que puede dejar arrugas en la frente
Pensar en el porvenir y ser valiente
Es la forma de cumplir nuestro destino.

El amor es un fuego en la memoria
Que intuimos, tal vez en un espejo
Al mirar los otros ojos, desde lejos

Construimos de amor otras historias
Que marcan solamente el fiel reflejo
De algunos sueños las pasadas glorias.


Fabiana León





PARAISO

¿Y si el corazón del hombre es
finalmente
una suela de zapatos?
Marcada por la huella de otros
Tatuado al ardor del desamparo
Embriagado por un confín de decepciones
¿Un corazón de suela 
de un hombre sin zapatos?
Huella tardía de un adiós sin pausa
Corazón del hombre ¿cobertizo?
Cimbrador
Mutante
Corazón del hombre
¿paraíso?


MATRIZ

Miro desde la gran matriz
el paraíso
el sitio donde mis huesos
fueron alas y mis manos
cántaros ardientes.
Modelé allí
ambiciones y esperanzas.
Pero ya no la habito.
Después de la luz 
hubo silencio
y en el silencio
hastío.
Añoro el fuego y el viento
sobre mis asperezas.
Confío en el orden superior
en la restitución del equilibrio
que me exilie la pena.


LA PLAZA

Sobre este lodazal equidistante
Edifico la esencia y la paciencia
¿Sembrar a pesar de los excesos?
¿Confiar a pleno en el equilibrio?
Después del mediodía se instala la selva
Soy amenazada por voraces sierpes
Más tarde 
Desde el escalón de la confianza
Busco 
Indago 
Diseño nuevos escenarios
Entonces recuerdo la plaza
Sí, donde nadie pasa
Sólo la palma de tu mano 
Perfecta
Cartografía de un amor sin sombras.

Esteban Torres Sagra





En otro cuerpo perdí.

En otro cuerpo perdería
las fresas de mi juventud.
Tú no habías nacido todavía.
Las guirnaldas del otoño acarreaban
sal marina desde los puertos
remotos de la soledad.
Yo escribía en el margen de los libros
ligeras reflexiones instantáneas:
Escribí, por ejemplo, amor
mío, en la página veintisiete
de un poemario de Blanca Andréu...
luego gemí, lloré voluntarioso
como sólo los exégetas lo hacen,
como un chelo tañido por un párvulo.
Era otra manera de ser felices:
emigrar sin rumbo, beber sin tino
en los muros de la banalidad,
subrayar matices en los manuales
que enseñan a Neruda.
En aquel tiempo las bufandas
colegiales volaban con la brisa.
Conocí las cuencas románticas
del miedo y del fracaso propios.
Se abrió la ventana que daba al puerto
y entraron sesenta millones
de gaviotas. Claro, cerré el postigo,
- qué otra cosa podía hacer -,
y desde entonces sólo me dedico
a perseguir, a perseguir gaviotas...


Cavafis

Cavafis, el otro esteta que escupía mandrágora
en el puchero del druida,
se colaba en las alcobas de las niñas dieciochescas
con refinados propósitos de hacerlas felices.
Sólo que las madres atrancaban los conductos filiales
con algodón en rama y pólvora en el trabuco.
Las señoritingas lloraban granos de café tostados
y ensuciaban la cama con carmín como su sangre
para ahuyentar la soledad, los vampiros, su niñez,
o qué sé yo lo que ahuyentaban.

Diciembre venía con su frío
y les ponía los vellos de punta y las aréolas;
pero el pobre Cavafis no llegaba,
con el deseo convertido en amatista,
a tiempo para el maleficio,
con la hora justa del beso desatrancador de conductos;
y las niñas se morían de pábilo en sus lechos
sin haber agotado todos los recursos del placer
que sus cuerpos ofrecían.
Y él se quedaba otra noche más en el ayuno,
escupiendo en los pucheros
la pólvora mojada, su silencio, el desamor,
o qué sé yo lo que escupía Cavafis...

Canción De que callada manera / Pablo Milanes