domingo, 8 de mayo de 2011

- Ernest Hemingway ª


Los asesinos


La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Vos qué tenés ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.
-Todavía no está listo.
-¿Entonces por qué carajo lo ponés en la carta?
-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.
George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.
-Son las cinco.
-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.
-Adelanta veinte minutos.
-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tenés para comer?
-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sánguches -dijo George-, jamón con huevos, tocino con huevos, hígado y tocino, o un bife.
-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.
-Esa es la cena.
-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?
-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocino con huevos, hígado...
-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.
-Dame tocino con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.
-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.
-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol, y otras bebidas gaseosas -enumeró George.
-Dije si tenés algo para tomar.
-Sólo lo que nombré.
-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?
-Summit.
-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.
-No -le contestó éste.
-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.
-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.
-Así es -dijo George.
-¿Así que creés que así es? -Al le preguntó a George.
-Seguro.
-Así que sos un chico vivo, ¿no?
-Seguro -respondió George.
-Pues no lo sos -dijo el otro hombrecito-. ¿No cierto, Al?
-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó: -¿Cómo te llamás?
-Adams.
-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No, Max, que es vivo?
-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.
George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocino con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.
-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.
-¿No te acordás?
-Jamón con huevos.
-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.
-¿Qué mirás? -dijo Max mirando a George.
-Nada.
-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.
-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.
George se rió.
-Vos no te rías -lo cortó Max-. No tenés nada de qué reírte, ¿entendés?
-Está bien -dijo George.
-Así que pensás que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.
-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.
-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.
-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, andá con tu amigo del otro lado del mostrador.
-¿Por? -preguntó Nick.
-Porque sí.
-Mejor pasá del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.
-¿Qué se proponen? -preguntó George.
-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?
-El negro.
-¿El negro? ¿Cómo el negro?
-El negro que cocina.
-Decile que venga.
-¿Qué se proponen?
-Decile que venga.
-¿Dónde se creen que están?
-Sabemos muy bien donde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?
-Por lo que decís, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tenés que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George- Escuchá, decile al negro que venga acá.
-¿Qué le van a hacer?
-Nada. Pensá un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?
George abrió la portezuela de la cocina y llamó: -Sam, vení un minutito.
El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
-Muy bien, negro -dijo Al-. Quedate ahí.
El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.
-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Volvé a la cocina, negro. Vos también, chico vivo.
El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, lo de Henry había sido una taberna.
-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no decís algo?
-¿De qué se trata todo esto?
-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.
-¿Por qué no le contás? -se oyó la voz de Al desde la cocina.
-¿De qué creés que se trata?
-No sé.
-¿Qué pensás?
Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.
-No lo diría.
-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.
-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escuchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, alejate de la barra. Vos, Max, correte un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
-Decime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué pensás que va a pasar?
George no respondió.
-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conocés a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?
-Sí.
-Viene a comer todas las noches, ¿no?
-A veces.
-A las seis en punto, ¿no?
-Si viene.
-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?
-De vez en cuando.
-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como vos, está bueno ir al cine.
-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.
-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.
-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.
-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.
-Callate -dijo Al desde la cocina-. Hablás demasiado.
-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?
-Hablás demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.
-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?
-Uno nunca sabe.
-En un convento judío. Ahí estuviste vos.
George miró el reloj.
-Si viene alguien, decile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le decís que cocinás vos. ¿Entendés, chico vivo?
-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?
-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.
George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías.
-Hola, George -saludó-. ¿Me servís la cena?
-Sam salió -dijo George-. Volverá alrededor de una hora y media.
-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.
-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Sos un verdadero caballero.
-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.
-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.
A las siete menos cinco George habló: -Ya no viene.
Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sánguche de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en sus bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó, el cliente pagó y salió.
-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.
-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.
Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.
-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.
-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.
En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.
-¿Por qué carajo no conseguís otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.
-Vamos, Al -insistió Max.
-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?
-No va a haber problemas con ellos.
-¿Estás seguro?
-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.
-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, vos hablás demasiado.
-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?
-Igual hablás demasiado -insistió Al. Este salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con sus manos enguantadas.
-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad que tuviste suerte.
-Es cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.
Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.
-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme.
Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en su boca.
-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.
-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.
-¿A Ole Andreson?
-Sí, a él.
El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.
-¿Ya se fueron? -preguntó.
-Sí -respondió George-, ya se fueron.
-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.
-Escuchá -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.
-Está bien.
-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.
-Si no querés no vayas -dijo George.
-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantenete al margen.
-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?
El cocinero se alejó.
-Los jóvenes siempre saben que es lo que quieren hacer -dijo.
-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.
-Voy para allá.
Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada. -¿Está Ole Andreson?
-¿Querés verlo?
-Sí, si está.
Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.
-¿Quién es?
-Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson -respondió la mujer.
-Soy Nick Adams.
-Pasá.
Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.
-¿Qué pasó? -preguntó.
-Estaba en lo de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.
Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.
-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.
-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.
-Le voy a decir cómo eran.
-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.
-No es nada.
Nick miró al grandote que yacía en la cama.
-¿No quiere que vaya a la policía?
-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.
-¿No hay nada que yo pudiera hacer?
-No. No hay nada que hacer.
-Tal vez no lo dijeran en serio.
-No. Lo decían en serio.
Ole Andreson volteó hacia la pared.
-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.
-¿No podría escapar de la ciudad?
-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.
Seguía mirando a la pared.
-Ya no hay nada que hacer.
-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?
-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.
-Mejor vuelvo a lo de George -dijo Nick.
-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.
Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.
-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.
-No quiere salir.
-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?
-Sí, ya sabía.
-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.
-Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch -saludó Nick.
-Yo no soy la Sra. Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Sra. Bell.
-Bueno, buenas noches, Sra. Bell -dijo Nick.
-Buenas noches -dijo la mujer.
Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.
-¿Viste a Ole?
-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.
El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.
-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.
-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.
-¿Qué va a hacer?
-Nada.
-Lo van a matar.
-Supongo que sí.
-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.
-Supongo -dijo Nick.
-Es terrible.
-Horrible -dijo Nick.
Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.
-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.
-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.
-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que podés hacer.
-No soporto pensar en él esperando en su cuarto sabiendo lo que le va a pasar. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor dejá de pensar en eso.  

JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ - Para navidad



Nació en Tucumán en 1932. Tradujo a Tennesse Williams y a Paul Verlaine. Publicó, entre otros, los siguientes libros de poemas: Negada permanencia / La siesta y la naranja (1952), Claridad vencida (1957), Otro verano (1966); y de cuentos: El inocente (1965), La ciudad de los sueños (1971), La favorita (1971) y la antología Así es mamá, que recoge sus cuentos hasta  el '96. Obtuvo varios premios literarios, entre ellos la Beca Guggenheim
    

Era verano. Mercedes afilaba la hoja del cuchillo en la piedra del umbral de la cocina mientras las moscas se amontonaban sobre el papel manchado de sangre donde había estado envuelta la carne. El olor a lejía de la ropa blanca puesta a secar, el olor a estiércol del gallinero, entraban por la persiana. Mercedes volvió la cabeza: Lila movía la cola, los ojos clavados en la carne. La perra caminaba con dificultad; seguramente tenía cachorros antes de fin de mes. "Otra vez con hambre, desgraciada," dijo Mercedes, y le arrojó un pedazo de carne que Lila se apresuró a devorar.
    Los animales contagiaban sarna y otras enfermedades; Mercedes no simpatizaba con ellos. Sin embargo, para justificar la presencia de la perra en la casa, decía que Lila era recatada y limpia como una señorita. Ahora no podía seguir diciendo que fuese una señorita. "Como para no estar hambrienta. Por lo menos, son ocho los críos que lleva adentro, y tan feliz la zonza. Como nosotras: nunca aprenden ni escarmientan."
    Removió las brazas en la hornalla, puso la sartén al fuego y salió un momento al patio. La violenta claridad del mediodía la encegueció. Con una mano en la frente, a modo de visera, escudriñó los árboles. Por la sombra redonda de un naranjo pensó que sería la una. José, su marido, iba a llegar de un momento a otro. Salía temprano de la casa a buscar trabajo, pero encontraba siempre en las obras el mismo letrero: "No hay vacantes", y debía resignarse a las consabidas changas: descargar ladrillos de un camión, pegar azulejos o arreglar las goteras de algún techo. José llegaría sediento. Era necesario que Víctor fuese a buscar al almacén un sifón de soda fresca. Mercedes cruzó el patio; las baldosas recalentadas le quemaban las plantas de los pies. Se detuvo a metros de la higuera. "¡Víctor!", gritó. Un higo picoteado por los pájaros cayó en la lata de dulce de membrillo llena de agua donde bebían las gallinas. Ágilmente, el chico bajó de la higuera y caminó en dirección a su madre.
    Después del desayuno, Víctor había trepado a la higuera; a horcajadas en una rama, curvando los dedos de ambas manos sobre un ojo para simular un catalejo, recorría el horizonte en busca de piratas. El follaje del árbol, mecido por el viento, era una carabela en medio del océano. Víctor jugaba solo, forzosamente. Mario, su amigo preferido, estaba internado en una colonia de menores; al Negro no lo veía desde que Mercedes supo que tenía piojos y lo echó de la casa: "Es lo único que falta. En un barrio asfaltado, chicos con piojos", y por si acaso lo hizo rapar a Víctor con la máquina cero.
    También a Mario, en la Colonia de Menores, lo habían rapado como a los conscriptos. Estar allí, pensaba Víctor, debe ser algo semejante a un castigo o a una penitencia, porque bastaba que él cometiera la menor travesura para que su madre le dijera en tono de amenaza: "Cuando vuelva tu padre le cuento para que te envíe a la Colonia".
    Sin embargo, de un tiempo a esta parte, su madre empleaba con él otro argumento para que la obedeciera: "¿Cómo, Víctor, vas a portarte así cuando venga tu hermanito?". El hermanito nacería para Navidad. Al principio, Víctor temió que lo engañaran; esa fecha servía frecuentemente a sus padres para eludir el cumplimiento de una promesa: regalarle un juguete, o llevarlo al parque a dar vueltas en calesita. Si Víctor se ponía cargoso y preguntaba por décima vez: "¿Cuándo van a comprarme el mecano?", el pre o la madre le respondían invariablemente: "Para Navidad".
    Pero el nacimiento del hermanito parecía seguro. Recordaba que un mes antes, durante el almuerzo, su madre arriesgó la posibilidad de que fuera mujer. El padre dijo que ni por broma; que ya había hecho una apuesta (un cajón de cerveza) con el capataz de la obra y que tenía la absoluta certidumbre de que sería varón. "Lo llamaremos Joaquín."
    Joaquín, el padre de Mercedes, había muerto el verano pasado, en la misma casa donde ellos vivían ahora. "El abuelo se fue al cielo", le explicaron, pero Víctor, aunque sabía que era mentira, simuló creer, como simulaba creer en los Reyes Magos.
    Desde entonces, su padre empleaba un tono respetuoso cada vez que se refería al abuelo muerto. Antes era frecuente oírlo decir con fastidio: "No me explico por qué don Joaquín desperdicia tanto terreno. Es un avaro. Bien podría darnos un pedazo del fondo: haríamos allí una casita de material para vivir como Dios manda".
    En aquel tiempo Víctor y sus padres vivían en dos piezas de madera construidas sobre el terreno de un antiguo basural que una empresa, contratada por el gobierno, había rellenado y parcelado para vender en lotes.
    José compró un lote cerca del camino de tierra donde un cartel anunciaba: "Aquí se levantará el gran barrio Las Rosas". Un año después el lugar estaba colmado de viviendas, la mayoría de paredes de tablas y techo de zinc; otras, las más pobres, de quincha, con una arpillera para cubrir la entrada. En el nuevo barrio abundaban las matas de tártago y las ortigas; a menudo, los chaparrones ponían al descubierto huesos de vaca y residuos enterrados en el basural, por lo cual el nombre de barrio Las Rosas fue reemplazado por el de Barrio Puchero.
    "No será un paraíso -decía el padre-, pero quién sabe si de aquí a unos años, cuando pavimenten el camino, el lotecito no adquiere valor." Mercedes, incrédula, alzaba las cejas; soportaba en silencio las incomodidades del barrio: cada mañana tenía que hacer cola en la fila de mujeres que sacaban agua de una bomba de mano comprada gracias al dinero reunido por las familias de los lotes vecinos; el calor resecaba la tierra, volvía rancios los alimentos guardados en la fiambrera; por todas partes se abrían las enormes bocas de los hormigueros. Los días feriados, si su marido no estaba en casa, ella cerraba con tranca la puerta por temor a los borrachos que pasaban con una botella de vino en la mano, la otra aferrada al manubrio de la bicicleta, en un alarde de equilibrio, como podía demostrarlo el complicado zigzag dibujado por las ruedas en el camino de tierra. A veces un hombre caía pesadamente de su bicicleta; intentaba incorporarse, pero volvía a caer. Los perros acudían a olfatearle la ropa, a pasarle la lengua por la cara; entonces el borracho comenzaba a insultarlos, a maldecir de su suerte y después a llorar, hasta que acababa por dormirse en el mismo sitio donde había caído.
    Un día Víctor se enteró de que su abuelo Joaquín estaba enfermo.
    -Fui a ver a papá -le dijo Mercedes a su marido, que se limpiaba la pintura de los dedos con un trapo embebido en aguarrás-. El pobre anda muy mal de salud.
    -Nadie es eterno -contestó José con indiferencia, pero al advertir que su mujer se cubría los ojos con las manos, se acercó a ella y la abrazó-. No te pongas así. El viejo tiene para rato; es de quebracho.
    Luego salieron a caminar. Anochecía. Con las últimas luces de la tarde comenzó a oírse el canto de los coyuyos, ronco primero, melodioso después, hasta que las voces unidas, en sucesivas etapas ascendentes, alcanzaron el tono más agudo: un solo aullido vibrante y melancólico que prolongó a lo lejos el incendio del cielo.
    Víctor, solo en la casa, pensó en su abuelo enfermo. No lo quería, a pesar de que el viejo le regalaba caramelos. Llegaba de visita cuando su padre trabajaba en la obra. Al escuchar la voz del abuelo, Víctor corría a esconderse debajo de la cama. No le gustaba que lo acariciaran aquellas manos temblorosas, con manchas del color de la herrumbre. El abuelo lo obligaba a salir del escondite. Aunque Víctor daba gritos y patadas para escabullirse, el viejo lo sujetaba con fuerza, y él no podía zafarse ni eludir los besos en las mejillas ni los tirones de orejas. Terminaba llorando, mientras el abuelo reía a carcajadas. "Déjelo, papá; es un necio -exclamaba Mercedes-. Ahí tiene su botella de cerveza."
    La última tarde que los visitó, en vez de mortificarlo, o de leer en voz alta las noticias policiales de La Gaceta, don Joaquín permaneció sentado, con la mirada absorta y la boca hundida, que entreabría levemente para dejar escapar de vez en cuando un apagado quejido. "Si no se sentía bien, papá, debió quedarse acostado", le dijo Mercedes al ver que rechazaba la cerveza y el plato de aceitunas negras.
    Al cabo de un mes, se trasladaron a casa del abuelo. A Víctor le agradó la nueva vivienda porque en el barrio Las Rosas su madre le prohibía tener amigos. "Sólo malas mañas podrás aprender de esos gitanos", le decía, repitiendo las palabras de don Joaquín, que así llamaba a los chicos que vendían naranjas y huevos frescos.
    La casa del abuelo era de material: tres habitaciones con puertas altas y estrechas que daban a la galería, un patio de baldosas y en el fondo unos pocos árboles frutales y un gallinero. Víctor examinó cuidadosamente los cuartos; halló en un baúl un manojo de llaves, una linterna y una gorra de ferroviario. Se trepó a los árboles. La mujer del almacenero le regaló un perro recién nacido que después resultó perra y que su madre bautizó con el nombre de Lila. También hizo amistad con Mario, el hijo de la lavandera. Pero la salud del abuelo empeoró durante el invierno. Aconsejados por el médico, los padres decidieron llevarlo a la capital para que lo examinara un especialista. Víctor, que había quedado en casa de unos vecinos mientras ellos estuvieron ausentes, oyó comentar a los mayores en la rueda del mate: "¡Qué ganas de tirar la plata! El viejo no tiene remedio". Cuando volvieron de la capital, el abuelo no se levantó más de la cama; con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza hundida en la almohada, dejaba oír un continuo lamento. A veces, la enfermedad lo sacaba de quicio; entonces insultaba al enfermero y de un manotazo arrojaba al suelo las cajas de inyecciones y los frascos ordenados sobre la mesa de luz.
    Desde su cuarto, Víctor escuchaba por las noches la respiración anhelante del abuelo; después la respiración se convirtió en un ronquido sordo, y de nuevo sus padres lo enviaron a pasar unos días con los vecinos. Fue entonces cuando Mario le dijo que don Joaquín estaba agonizando.
    De vuelta a su casa, el cuarto del abuelo se había transformado en comedor. Pasó el tiempo, nadie habló más del muerto. Ahora el tema favorito era el nacimiento de su hermano, que se llamaría Joaquín. Víctor hubiera preferido cualquier otro nombre; el de su abuelo lo aterrorizaba.
    El padre volvió de la calle y preguntó por Víctor.
    -Salió a buscar un sifón de soda -dijo Mercedes-. No tardará en volver.
    Sirvió la comida y se sentó frente a su marido. Después, en voz baja:
    -José, me parece que debemos decírselo. No es justo engañarlo. Está tan ilusionado...
    -¿Para qué? -respondió el padre encogiéndose de hombros-. Son ocurrencias tuyas. Dentro de unos días Víctor no pensará más en el asunto. Así son los chicos.
    Siguió comiendo despreocupadamente; el movimiento de las mandíbulas era lento y acompasado; tenía la cara encendida, la frente empapada de sudor. De pronto, a Mercedes la invadió un sentimiento de humillación rencorosa. "¿Para qué hablar? Cuando le anuncié que había resuelto hacérmelo sacar con la partera, me contestó que esas eran cosas de mujeres, como si yo estuviera preñada del aire. Así son todos. Como traen dinero a la casa, una tiene que prepararles la comida y echarse en la cama cada vez que se les antoja."
    -A Víctor no se lo puede engañar -insistió-. Ya es bastante grandecito.
    Momentos antes de ir a buscar el sifón, Víctor le había dicho: "Yo sé dónde está el hermanito". Ella lo miró sorprendida. Entonces Víctor alargó el brazo y le apoyó la palma de la mano sobre el vientre. "Está ahí adentro. Mario me lo contó." "¿Qué sabe Mario? -exclamó Mercedes-. Es un atrevido. Por eso lo mandaron a la Colonia de Menores. A vos te pasará lo mismo si seguís repitiendo tonterías."
    La madre de Mario no tenía recursos para educar a su hijo. Lavaba ropa, pero una eczema rebelde en las manos le impidió continuar trabajando. Entonces tuve que resignarse a mandar a su hijo a la Colonia. Para conseguir que lo admitieran le fue necesario solicitar a los vecinos, de casa en casa, el testimonio firmado de su absoluta indigencia. "Usted es una mujer con suerte -le había dicho a Mercedes-. Tiene un solo hijo, un marido que trabaja y una casa heredada de su padre, que en paz descanse."
    Pero la casa estaba hipotecada. Ellos tomaron esa medida para cubrir los gastos ocasionados por la enfermedad de don Joaquín.
    -Los médicos fueron unos canallas -le dijo José a su mujer al poco tiempo de morir el viejo-. Suerte que no vendí las casita de Las Rosas. En todo caso, nos vamos de nuevo para allá.
    -Nunca volveré a ese barrio -contestó Mercedes-. Antes prefiero emplearme de sirvienta para ayudarte a pagar la hipoteca. No es por mí, sino por Víctor. Pronto habrá que matricularlo en una escuela.
    Después la situación se complicó más aún: su marido no encontraba trabajo. Y también sus sospechas se confirmaron: ella estaba embarazada. "¿Qué sentido tiene traer al mundo un hijo y darle una vida de tristeza?", se dijo Mercedes. Ella no quería correr la suerte de las mujeres del barrio Las Rosas, que tenían un hijo todos los años, chicos que parecían gitanos, como decía su difunto padre, con el pantalón sujeto a la cintura por un piolín. Era la imagen de la miseria: criaturas enclenques y sucias, aguardando el jarro de mate cocido para mojar en él un pedazo de pan duro; mujeres descalzas, caminando por las calles soleadas con una toalla en la cabeza, o inclinadas sobre el cuerpo de un borracho para levantarlo del suelo y arrastrarlo al hogar. El hogar significaba la acumulación de objetos a lo largo de años y años de pobreza: la cama matrimonial de bronce reluciente, único lujo en la pieza de piso de tierra, la olla enlozada, el Sagrado Corazón de yeso pintado, el jarrón de vidrio azul con azucenas de celuloide. Y todo aquello no tenía sentido si faltaba el hombre de la casa, el marido a quien se perdonan la borrachera, los insultos, los golpes y hasta la infidelidad conyugal porque su sola presencia las justifica ante sí mismas y ante el mundo cuando dicen: "Esta pulsera es un regalo de mi esposo", o bien: "No puedo atenderlo, señor, mi esposo ha salido", con vos en que la ternura se mezcla al desamparo.
    "Quizá José tenga razón -pensó Mercedes-. Víctor se olvidará. Le prometeremos cualquier cosa: un triciclo, por ejemplo, para Navidad."
    Mercedes despertó sobresaltada al sentir en sus pies un leve cosquilleo. Por las noches, a causa del calor, ella y su marido dormían en un colchón sobre el piso de la galería. También José abrió los ojos.
    -No es nada -dijo Mercedes-. Es Lila, pobrecita.
    La perra había apoyado las patas delanteras en el colchón y gemía suplicante.
    -No sé para qué sirve tener la perra en la casa -exclamó José malhumorado-. Nunca debimos permitirle a Víctor que la aceptara. Las perras son inmundas.
    Mercedes se levantó y tomó a Lila en brazos. Luego puso una sábana vieja, que usaba para planchar, dentro de un cajón de manzanas vacío, y en él acostó a la perra. Empezaba a clarear. Mercedes permaneció al lado del cajón, con las rodillas entumecidas. "Son seis -murmuró, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas-, seis y no ocho, como yo pensaba. Desgraciada. Igual a nosotras: nunca aprenden ni escarmientan."
■

NATHANIEL HAWTHORNE - La ambición del forastero





Este suceso se inició al caer la tarde de un día de septiembre. En aquel momento se hallaba la familia congregada alrededor de la lumbre del hogar, mantenido con piñas secas, maderos robados por las torrenteras de las montañas y troncos de los árboles tronchados por el viento. Los padres de aquella familia reflejaban en sus rostros una alegría serena; los niños reían; la hija mayor, a los diecisiete años, era una imagen viva de la felicidad, y la abuela, acomodada en el mejor lugar, y aplicada a su calceta, era, como la hija mayor, una imagen repetida de la felicidad, sólo que en el invierno de la vida. Todos los allí reunidos habían llegado a puerto de reposo en el lugar más horrible de Nueva Inglaterra. La familia vivía en el Tajo de las Montañas Blancas, donde el viento corría con violencia los 365 días del año y llevaban en su entraña, en el invierno, un frío de acero que descargaba despiadado sobre la casa de madera en su paso al valle del Saco. El lugar donde la familia había construido su hogar era frío, y, además de frío, amenazado por un constante peligro. Por encima de sus cabezas se alzaba, en efecto, una enorme montaña tan escarpada y agreste, que las piedras se desprendían con frecuencia, y rodando con estrépito desde lo alto, los sobresaltaban en la noche.
La muchacha acababa de decir algo chistoso, que había provocado la risa de toda la familia, cuando el viento que corría a través del Tajo pareció detenerse ante la casa, sacudiendo la puerta con un lamento i extraordinario representaba aquella violencia, la familia se sintió un momento sobrecogida. Ya volvía a resurgir la alegría en sus rostros, cuando pudieron oír que el picaporte de la puerta de entrada era alzado desde fuera, tal vez por algún transeúnte, cuyos pasos hubieran sido ahogados por el bramido del viento coincidente con su llegada.

Aunque vivían en aquella soledad, los miembros de la familia tenían ocasión de relacionarse a diario con el mundo exterior. El romántico paso del Tajo es una gran arteria a través de la cual discurre constantemente la sangre y la vida del comercio interior entre Maine, por un lado, y las Montañas Verdes y las orillas del San Lorenzo por el otro. La diligencia pasaba habitualmente por la puerta de la casa, y los caminantes, sin más compañía que su bastón, se detenían aquí para cambiar algunas palabras, a fin de que el sentimiento de la soledad no les acobardase antes de atravesar el desfiladero o alcanzar la primera casa del valle. También el tratante en camino hacia el mercado de Portland hacía un alto allí para pernoctar, y se sentaba al calor de la lumbre algún rato más de lo corriente, si era soltero, con la esperanza de robar un beso a la hija de la casa al partir. La morada de la familia era, en efecto, una de aquellas posadas primitivas en las que el viajero pagaba sólo por la comida y la cama, recibiendo, a cambio, una acogida imposible de pagar con todo el oro del mundo. Por eso, cuando se oyeron los pasos del desconocido entre la puerta de fuera y la de la habitación, toda la familia se puso en pie, la abuela, los niños y todos los demás, como si se dispusieran a dar la bienvenida a alguien de la familia, a cuyo destino se hallara vinculado el suyo propio.

La puerta se abrió y dio paso a un hombre joven. Al principio, su rostro se hallaba cubierto por la expresión de melancolía y casi desesperación del que camina solo y al oscurecer por un lugar abrupto y siniestro, pero pronto sus rasgos cobraron brillo y serenidad al comprobar la cordial acogida con que se le recibía. Su corazón parecía querer saltarle del pecho hacia todos los allí reunidos, desde la anciana que secaba una silla con su delantal, hasta el niño que le tendía los brazos. Una mirada y una sonrisa colocaron en seguida al desconocido en un pie de inocente familiaridad con la mayor de las hijas.

-¡No hay nada mejor que un fuego así! -exclamó-. ¡Sobre todo cuando se forma a su alrededor un círculo tan amable! Estoy completamente aterido. El Tajo es algo así como un tubo por el que soplan dos fuelles gigantescos; desde Barlett me viene azotando la cara un viento huracanado.

-¿Se dirige usted a Vermont? -preguntó el dueño de la casa, mientras ayudaba al joven a descargarse del morral que llevaba a las espaldas.

-Sí, voy a Burlington, y aún más allá -replicó éste-. Mi intención hubiese sido haber llegado esta noche a la casa de Ethan Crawford, pero en una ruta como ésta un hombre a pie tarda siempre más de lo calculado. Pero mi decisión está ya tomada, porque cuando veo arder esta lumbre y contemplo los rostros alegres de todos ustedes, me parece que lo han encendido precisamente para mí, y que la familia entera estaba esperando mi llegada. Así, pues, me sentaré, si me lo permiten, entre ustedes y me instalaré aquí por esta noche.

El recién llegado acababa de aproximar su silla al fuego, cuando se oyó afuera algo así como un pisar de gigante que se repetía por la escarpadura de la montaña acercándose con estrépito y pasando a grandes zancadas al lado de la casa. La familia entera detuvo el aliento mientras duró el ruido, conociendo como conocían lo que significaba, y el forastero hizo lo mismo instintivamente.

-La vieja montaña nos ha lanzado una piedra, para recordarnos que la tenemos aquí, sobre nuestras cabezas -dijo el padre serenándose en seguida-. Algunas veces mueve la cabeza y nos amenaza con desplomarse sobre nosotros, pero somos antiguos vecinos y, en el fondo, mantenemos buenas relaciones. Además, disponemos de un refugio seguro aquí, al lado de la casa, para el caso de que decidiera llevar a efecto sus amenazas.

Y ahora observemos que el viajero ha terminado su cena de carne de oso, y que sus maneras francas y abiertas lo han llevado a un plano de amistad con la familia, de suerte que la conversación entre todos se ha hecho tan sincera como si el recién llegado perteneciera a aquel hogar agreste. El joven a quien el azar había traído aquella noche a la casa era de carácter altivo aunque dúctil y amable; altanero y reservado entre los ricos y poderosos, pero siempre dispuesto a bajar su cabeza en la puerta de una choza y a sentarse al fuego con los desposeídos como un hermano o un hijo. En el hogar del Tajo encontró cordialidad y sencillez de ánimo, la penetrante y aguda inteligencia de Nueva Inglaterra y una poesía originaria y auténtica que los habitantes de la casa habían aprendido de los picachos y las quebradas y del mismo umbral de su pobre morada. El forastero había viajado mucho y siempre solo; su vida entera había sido, podía asegurarse, un sendero solitario, pues la altiva reserva de su naturaleza la había hecho apartarse siempre de aquellos que, de otra suerte, hubieran sido sus camaradas. También la familia, tan amable y hospitalaria como era, llevaba en sí esa conciencia de unidad entre todos sus miembros y de separación del resto del mundo, que convierte el hogar en un recinto sagrado en el que no tiene cabida ningún extraño. Aquella noche, no obstante, una simpatía profética llevó al joven instruido y de hábitos refinados a descubrir su corazón a aquellos rudos habitantes de las montañas, y su franqueza hizo que éstos se confiaran a él con la misma espontaneidad. ¿No es más fuerte, en efecto, el lazo de un destino común, que los que crea el mismo nacimiento?

El secreto del carácter del joven era una ambición altísima y abstracta. Era posible que hubiera nacido para vivir una vida oscura, pero no para ser olvidado en la tumba. Su ardiente anhelo se había transformado en esperanza, y esta esperanza, largo tiempo mantenida, se había convertido en la certeza de que, por insignificante que fuese su vida en el presente, el brillo de la gloria iluminaría su camino para la posteridad, aunque tal vez no mientras él lo recorriera. Cuando las generaciones venideras dirigiesen la mirada hacia la oscuridad que era entonces su presente, echarían de ver claramente el resplandor de sus pisadas, y se confesarían que un hombre de altas dotes había ido de la cuna a la tumba, sin que nadie hubiera sabido comprenderlo.

-Y, sin embargo -exclamó el forastero, con las mejillas ardientes y los ojos radiantes de luz-, todavía no he realizado nada. Si mañana desapareciera de la tierra, nadie sabría más de mí que ustedes: que un joven desconocido llegó un día al anochecer, procedente del Valle del Saco, que les abrió el corazón por la noche y que se marchó al amanecer del día siguiente por el Tajo, sin que volvieran a verlo. Ni una sola persona les preguntaría quién era este joven ni de dónde venía... ¡Pero no! ¡Yo no puedo morir hasta que haya cumplido mi destino! Después, sí; después, puede ya venir la muerte. ¡Yo mismo me habré edificado mi monumento para la posteridad!

Había un impulso tal de emoción espontánea bullendo constante en medio de fantasías abstractas, que la familia llegó a comprender los sentimientos del joven forastero, aun siendo como eran tan lejanos a los suyos propios. Dándose rápidamente cuenta de lo ridículo de su actitud, el joven enrojeció de la vehemencia hacia la que había sido arrastrado por sus mismas palabras.

-Ustedes se reirán de mí sin duda -dijo, cogiendo la mano de la hija mayor y riéndose él mismo-. Seguramente piensan que mi ambición es tan absurda como si subiera al Monte Washington y me dejara convertir allí en un trozo de hielo, sólo para que la gente de la comarca pudiera admirarme desde el llano... Y, sin embargo, doy fe de que querría un noble pedestal para la estatua de un hombre...

-A mí me parece -respondió la hija mayor, enrojeciendo- que es mejor estar sentados aquí al calor de la lumbre, contentos y serenos, aunque nadie piense en nosotros.

-Yo creo, sin embargo -dijo su padre, tras unos momentos de meditación-, que hay algo natural en lo que el joven ha dicho: y es posible que, si mi cerebro hubiera seguido este camino, yo también habría pensado lo mismo. Es raro, hasta qué punto sus palabras han despertado en mi pobre cabeza cosas que es bien seguro que no han de ocurrir nunca.

-¿Cómo sabes tú que no han de suceder? -respondió el ama de la casa-. ¿Puede el hombre saber lo que hará si llega a enviudar?

-¡No, no! -exclamó el padre, rechazando la idea con un tono de cariñosa protesta-. Cuando pienso en tu muerte, Ester, pienso siempre a la vez en la mía. Lo que estaba imaginando era otra cosa. Pensaba que teníamos una bonita granja en Barlett, en Betlehem, en Littleton o en cualquier otra ciudad en las vertientes de las Montañas Blancas, pero no donde éstas estuvieran constantemente amenazando derrumbarse sobre nuestras cabezas. Me hallaría en buenas relaciones con mis convecinos, y sería nombrado juez municipal del lugar y enviado a la Asamblea General por una o dos legislaturas, pues aquí hay mucho que hacer para un hombre sencillo y honrado. Y cuando llegara a viejo, y tú también, podría morir tranquilo dejándolos a todos llorando en torno a mí. Una sencilla lápida de pizarra me bastaría tanto como una de mármol, sobre la cual se grabaría simplemente mi nombre, mi edad y un versículo de los salmos, y quizá algunas palabras que dijeran a la gente que había vivido como un hombre honrado y había muerto como un cristiano.

-¿Lo ven ustedes? -dijo el forastero-. Es consustancial a la naturaleza humana ambicionar un monumento, ya sea de pizarra, o de mármol, o un pilar de granito o sólo un recuerdo glorioso en el corazón de las gentes.

-¡Qué cosas más especiales nos vienen esta noche a la imaginación! -dijo la esposa, con lágrimas en los ojos-. Suele creerse que es señal de que va a ocurrir algo cuando los hombres empiezan a pensar y a hablar así. ¡Escuchen a los niños!

Todos los reunidos prestaron, en silencio, atención. Los niños más pequeños se hallaban acostados en otro cuarto, pero la puerta medianera permanecía entreabierta, de suerte que se les podía oír hablar afanosamente entre sí. También ellos parecían afectados por las fantasmagorías que habían hecho presa en el círculo de personas mayores sentadas al fuego, y disputaban acaloradamente sobrepujándose los unos a los otros en deseos y ambiciones infantiles para cuando fueran hombres. Por fin, uno de los pequeños, en lugar de dirigirse a sus hermanos, llamó a su madre.

-Voy a decirte, mamá -dijo- lo que yo deseo. Quiero que tú y papá, y la abuela, y todos nosotros, sin prescindir del forastero, nos levantemos y nos dirijamos a beber un trago de agua en el Flume.

Ninguno de los presentes pudo reprimir una sonrisa al oír que el mayor deseo del niño era abandonar su cama bien caliente y arrancar a los demás del calor del fuego para visitar el Flume, una torrentera que se precipitaba desde lo alto de la montaña a las profundidades del Tajo. Apenas había acabado el niño de pronunciar sus últimas palabras, cuando se oyó el ruido intermitente de un carruaje que se acercaba y que, al fin, se detuvo de pronto delante de la puerta de la casa. En él parecían ir dos o tres hombres, que alegraban el camino con una canción cantada a coro, el eco de cuyas notas rebotaba entre las peñas, mientras que los viajeros dudaban de si proseguir su viaje o detenerse en la casa para pasar la noche.

-Padre -dijo la muchacha-, lo están llamando por su nombre.

Pero el dueño de la casa no estaba seguro de que efectivamente lo hubieran llamado, y no quería mostrarse demasiado ansioso por la ganancia invitando a los viajeros a pernoctar bajo su techo. Por eso, no se apresuró a acudir a la puerta, y, mientras tanto, se oyó restallar el látigo y los viajeros siguieron camino por el Tajo, siempre cantando y riendo, aunque su música y su alegría parecía provenir del corazón de la montaña.

-¡Mira, mira, mamá! -insistió el niño que había hablado antes-; también ellos se van hacia el Flume.

De nuevo los reunidos rompieron a reír ante la manía del niño de hacer una excursión en plena noche. De repente. sin embargo una nube pasó sobre el espíritu de la hija mayor; durante unos instantes sus ojos se fijaron persistentemente en el fuego, y respiró con tal intensidad que su aliento se convirtió casi en un suspiro. Sobresaltada y con rubor en el rostro, la joven miró rápidamente en derredor suyo, como si temiera que todos los que allí se hallaban hubieran penetrado con la mirada en el interior de su pecho. El forastero le preguntó qué era lo que había estado pensando.

-Nada -respondió-; solamente que precisamente en estos momentos me he sentido infinitamente sola.

-Yo siempre he tenido un don especial para percibir lo que otras personas llevan en el corazón -dijo el desconocido, medio en broma y medio en serio-. ¿Quiere usted que le adivine también los secretos del suyo? Sé perfectamente, sobre todo, lo que hay que pensar cuando una muchacha tirita, sentada al lado de la lumbre, y se queja de soledad estando presente su madre. ¿He de expresar todo ello en palabras?

-No serían ya sentimientos de una muchacha, si, efectivamente. pudieran ser expresados en palabras -dijo la ninfa de los montes riéndose, pero apartando los ojos.

Todas estas frases habían sido cruzadas en un aparte de los dos jóvenes. Acaso comenzaba a brotar en sus corazones un germen de amor, tan puro, como más acorde para florecer en el paraíso que en el polvo de este mundo. Las mujeres, en efecto, amaban la noble dignidad que distinguía al forastero, y el alma arrogante y contemplativa se siente siempre atraída por una simplicidad de espíritu pareja a la suya propia. Mientras ambos hablaban quedamente, y mientras el desconocido observaba la dulce melancolía, las sombras luminosas y los tímidos anhelos de una naturaleza de mujer, el viento que soplaba encajonado en el Tajo aumentaba por momentos su tono profundo y fragoroso. Como decía el imaginativo forastero, parecía una melodía cantada a coro por los espíritus del viento, los cuales, según el mito de los indios, habitaban en aquellas montañas, haciendo de sus cimas y de sus precipicios una región sagrada. También a lo largo del camino resonaba un lamento agudo, como si pasara por él un cortejo fúnebre. Para espantar la melancolía que se había apoderado de todos, la familia arrojó al fuego un montón de ramas de pino, hasta que las hojas secas comenzaron a crepitar y pronto surgieron vivas llamas iluminando de nuevo una escena de paz y de dicha humilde. La luz extendía su claridad sobre las cabezas de todos los allí reunidos, acariciándolos suavemente. Podían verse los rostros menudos de los niños husmeando desde el cuarto vecino, y, al lado del hogar, la silueta enérgica del padre, la fisonomía dulce y fatigada de la madre, el perfil altivo de los jóvenes, y la figura encorvada de la abuela, que seguía haciendo calceta en el lugar más recogido de toda la habitación. La anciana levantó un momento los ojos de su labor, y, mientras sus dedos continuaban moviéndose sin descanso, comenzó a hablar lentamente.

-Los viejos tienen sus ideas, de igual manera que también los jóvenes tienen las suyas. Han estado trazando deseos y proyectos, y haciendo correr la fantasía de una cosa a la otra, hasta que han logrado empujar mi pobre cabeza lanzándola por los mismos derroteros. ¿Qué puede, sin embargo, desear una vieja, que se halla a escasos pasos de la tumba? No obstante, voy a decirlo, porque me temo que si no lo hago así la idea me va a perseguir día y noche sin descanso.

-Sí, sí, dínoslo- exclamaron a la vez el marido y la mujer.

La anciana adoptó un aire de misterio, que hizo que el círculo de personas se estrechara más en torno al fuego, y comenzó a hablar, diciendo que, desde hacía años, venía preocupándose por las vestiduras con las que deseaba ser enterrada: una mortaja muy simple de hilo y una cofia de muselina. Esta noche, sin embargo, una extraña superstición la apresaba. En su juventud había oído contar que si, al enterrar a una persona, algo de su atavío quedaba desordenado, aunque fuera una simple arruga en el cuello de la mortaja o una mala colocación de la cofia, el cadáver se revolvía en el ataúd bajo tierra tratando de disponer de sus frías manos, para arreglar con ellas lo que no lo estuviera. La simple suposición de que pudiera acontecerle algo semejante a ella, la ponía nerviosa.

-¡Por Dios, abuela! -exclamó la nieta estremeciéndose-. ¡No creas esas cosas!

-Pues bien -prosiguió la abuela sin hacer caso, y con gran seriedad, aunque iluminado el rostro por una sonrisa-. Lo que deseo de ustedes, hijos míos, es que cuando me encuentre en el ataúd, me coloquen ante el rostro un espejo. ¿Quién sabe? Quizá me sea posible echar una mirada y ver si no está desarreglado nada de lo que llevo puesto.

-Todos, lo mismo jóvenes que viejos, no acertamos a hablar más que de tumbas y monumentos -observó el forastero-. Me gustaría saber qué es lo que sienten los marineros cuando el barco se hunde y todos se hallan en trance de ser sepultados a una en la inmensa y anónima sepultura del mar.

La fúnebre ocurrencia de la anciana había impresionado de tal forma durante unos momentos el cerebro de los allí reunidos, que nadie se había percatado de que afuera, en las tinieblas de la noche, un ruido semejante al bramar de cien gigantes había ido creciendo hasta alcanzar tonos profundos y terribles. La casa y todo lo que en ella había se estremeció; los mismos cimientos de la tierra parecían hallarse sacudidos como si el estruendo cada vez más próximo fuera el aviso de las trompetas del juicio final. Jóvenes y viejos cruzaron entre sí una mirada instintiva de pavor, y permanecieron inmóviles, lívidos, aterrorizados, sin fuerza para pronunciar una palabra ni para hacer un movimiento. Después un solo grito sonó en todas las gargantas.

-¡El alud!, ¡el alud!

Las palabras más elocuentes pueden sugerir, pero no describir el horror inexpresable de la catástrofe. Las víctimas se precipitaron fuera de la casa, buscando amparo en lo que ellas tenían por un lugar seguro, allí donde, pensando en aquella posibilidad, se había construido un muro de contención o barrera. ¡Ay! Los desgraciados habían renunciado a su salvación al hacerlo así, lanzándose inconscientemente en el seno del más fatal de todos los destinos. Toda una ladera de la montaña se vino abajo en una verdadera catarata de piedras y ruinas. Y precisamente pocos metros antes de llegar a la casa, aquella avalancha de muerte y destrucción se abrió en dos brazos, dejando en medio, casi intacta, la casa y arrasando en sus alrededores cuanto se oponía a su paso. Mucho antes de que se hubiera extinguido entre las montañas el estruendo del alud, había terminado ya la agonía de las víctimas y todas ellas gozaban de la paz. Sus cuerpos no fueron hallados jamás.

Al día siguiente una tenue columna de humo se elevaba todavía de la chimenea de la casa. Dentro el fuego ardía, a medio apagar, en el hogar, y las sillas se hallaban colocadas a su alrededor, como si los allí reunidos hubieran salido un momento a examinar los destrozos causados por el alud, y fueran a volver de un momento a otro para dar gracias a Dios por su milagrosa salvación. La historia recorrió todos los rincones de la comarca, y perdura eternizada en estas montañas como una leyenda. También los poetas han cantado el triste fin de la familia del Tajo.

Ciertos detalles parecían delatar que en la noche fatal un forastero se había acogido a la casa y había resultado víctima de la catástrofe con toda la familia. Otros negaban, en cambio, que hubiera indicios concluyentes para llegar a tal afirmación. ¡Triste fin para aquella juventud exaltada, con sus sueños de inmortalidad terrena! Su nombre y su persona han quedado absolutamente desconocidos; su historia, su camino en la vida y sus planes y proyectos permanecerán siempre perdidos en el misterio. Su misma muerte y su previa existencia son hechos que han quedado en duda.

sábado, 7 de mayo de 2011

DELFINA ACOSTA - primo cruel




Cuando Narcisa Ibáñez enviudó, y luego de una breve enfermedad sus  ojos asustados se  cerraron, en una tarde en que  un jilguero picoteaba nerviosamente los vidrios de  la ventana de su habitación, Clementina, su hermana, supo que debía traer a sus sobrinos Juan, Marta y Manuela, a vivir en su casa.
Eran mellizos de siete años Juan y Marta; la niña, con una cara que parecía robada de una muñeca pues  sus pecas abundantes, sus bucles rubiáceos,  sus ojos como  botones azules, y su rubor encendido cual brasa, resultaban   parecidos  a la colección de juguetes “mami, mami”, que desde los escaparates conseguían que las niñas aplastaran sus narices, sus caritas enfermas de amor maternal  contra el vidrio.  Juan era ligeramente distinto a su hermana. Las pecas no cubrían su rostro. Una pizca de bondad, propia todavía de una edad desconcertada, cruzaba su rostro, en especial, cuando parpadeaba.  Ambos coincidían en las  ganas de jugar sin fatigarse.
Manuela, la mayor, sufría de alergia. El polvo de las cortinas, la cubertería de los aparadores, el hollín de los quinqués, los ácaros de las enciclopedias,  la errante fragancia de las rosas que delineaban con raya  de tiza roja, donde terminaba el jardín, y donde comenzaban los hierbajos que rodeaban una pequeña naciente de agua, le hacían daño. Sin embargo, le gustaba ser la “enfermiza” de los tres, debido a una confusa idea de santidad que tenía sobre su persona desde la primera crisis de asma.

   Clementina instaló a los mellizos  y a Manuela, en la habitación de Carlos, su único hijo.
Era el mes de agosto.
En el patio, junto a la muralla pintada con cal, un sauce cabeceaba sobre su silencio, pero su sombra, regada por migas de pan, parecía volar ruidosamente cuando los gorriones, una vez saciados, emprendían el vuelo hacia el viejo  alambrado de los postes del telégrafo.
Carlos sacó del armario, para dispersar la tristeza y la penosa desorientación de sus nuevos compañeros de cuarto,   sus mariposas, las   doncellas de la centaurea y las blancas  del majuelo, clavadas en un cartón. No les contó que las cortejaba, celoso de su amor,  primeramente,  hasta que ellas entraban en confianza y caían  en sus manos para ser llevadas - entonces -  a su “sitio de trabajo”. O “el laboratorio” instalado en el altillo. Allí, a la hora en que la luz del día se filtraba por la ventana despertando una vida  fingida en el  polvo del aire,   las contemplaba en la belleza de su sufrimiento, en su inútil pero heroico esfuerzo por recuperar su libertad atravesada por alfileres. Se preguntaba entonces, qué sería de grande. Nunca abogado, por supuesto, como su padre pretendió cierta vez cuando leyó una composición escolar suya “La inocencia  de la criminalidad”.     Acaso, si viajaba al extranjero, sería científico como el tío Miguel, quien cada vez que aparecía con su olor  a formol por la casa, mortificaba  a sus padres cuando contaba, víctima de su pasión, aquellas  historias sobre las disecciones de los  batracios y de los calamares, historias que a  él le sumían en la necesidad de saber alguna página más, algún capítulo todavía  oscuro o desconocido  sobre el dolor. Lástima  las vacilaciones,  la vuelta a la cordura, el repentino  respeto  del hombre de ciencia  a la mesa familiar  donde los pocillos exhalaban sus vapores de té verde, que llevaban al tío  a cambiar de conversación   y a él lo dejaban maldiciendo por dentro.
   Un pájaro cantó tres veces. Luego guardó silencio.
Carlos, con el cartón de mariposas en las manos,  aguardaba  exclamaciones y preguntas cruzadas   de sus primos, pero ellos estaban muy cansados, y  por otra parte, sólo entendían del sufrimiento las palizas  que su madre les daba cuando no aprendían   las lecciones de catecismo. Así pues, se quedaron callados. Y su silencio se sumó al del ave.
Parpadeaba bastante  Manuela; para disimular su tic, buscó una tos que no le vino como hubiera deseado, sin embargo no se desanimó, y pidiendo perdón al primo, siguió tosiendo, tosiendo, entre amagues de suspiros. 
 - Esto me va a matar - dijo, mientras hundía su pecho como si el aire se le hacía difícil.
Los mellizos se cruzaron miradas sombrías, pero luego de que la cuerda del juego  se hubiera activado mecánicamente  en ellos, se reclinaron en un lecho cubierto por un edredón de plumones,  y jugaron a piedra, papel y tijera. Era tan previsible que Juan sacaría la tijera, pero Marta no caía en la intención, y le mostraba, con los dientes apretados, su puño cerrado, y así seguía esa ñoñería, que era una función obligada  para  Manuela.  Después  de un rato ella  se hartó, y  colocó en el piso la lámina con la casa en forma de hongo pintada con crayola marrón, y el camino rectilíneo que llevaba a la puerta cerrada,  y las tres golondrinas perdiéndose en el cielo mitad tormentoso y mitad soleado.  De cuando en cuando  volvía los ojos en dirección a Carlos, aguardando una actitud que equivaliera a un interés, y él se la daba, pero juraba vengarse cuando ella, complacida, sonreía con sus dientes desparejos.

 El viento movía las hojas de los árboles callejeros. Agosto transcurría a paso de animal desnutrido.
El primo hubiera querido que se largaran ya de su habitación, que  se fueran a jugar con  Toby, total ese perro pulgoso también tenía su diablo aparte, y no tanto porque giraba sobre la idea fija de querer morder   su  cola, sino porque además pasaba la pata y hacía otros fingimientos, pero allí estaban los mellizos, rostro contra rostro, jugando a mirarse fijamente y no reír, porque el primero que reía - la regla era la regla -  perdía. Y ambos perdían y reían hasta toser mientras Manuela se las daba de víctima  con su voz catarrosa llamándolos a silencio.
 - Chicos..., la tía se va a enojar, miren... - decía y traía una tos que no existía.
Ah... si lo dejaran solo, para mirar a gusto ese lejano punto verde en la colina, donde comenzaba un bosque en que la vegetación de cañas, cipreses,  fresnos y árboles espinosos, cuyos troncos parecían querer desprenderse de su rebaño de hormigas rojas al caer el viento,  se erguía desafiante. Ese bosque le daba de comer a él de sus propias manos. Aquel sitio    alimentaba  su imaginación de implacable cazador de animales desde muy pequeño.
El bosque  era peligroso, lo sabía. Pero iba día tras día  a él, con sólo cerrar los ojos, y  se sentía  irremediablemente destinado  a morir bajo las garras de un hermoso tigre salido  de un  telón verdoso del follaje, hasta que recuperaba el facón con mango de guampa  caído sobre una piedra, y lo clavaba  en el vientre, revolviendo sus vísceras.

 Ahora los mellizos jugaban a pegarse, y Manuela les pedía que se quedaran quietos, que dejaran de gritar, pues no podía concentrarse en su arco iris.
- ¿Cuántos son los colores, primo?
- Siete - contestó, y  nada más porque era una prima huérfana le pidió que le mostrara el dibujo.
- ¿Está quedando bien? Fíjate en el pasto...
- Pues sí, es muy bonito. Y las aguas... - contestó. Esas palabras alegraron a Manuela quien redobló el esfuerzo por afirmar  el color amarillo del arco y  terminó rompiendo la crayola. Una  gran risa entonces  le vino a la boca, pues creyó muy graciosa la situación.
El  domingo se presentó gris.
El viejo Mariano Álvarez, que solía caer por la casa en ausencia de los “señores”, apareció a las diez de la mañana con su botella de vino bajo el brazo. Como sus pasos no eran firmes, Toby le gruñía. Estaba a punto de dar una patada al animal, cuando apareció Adelfa, la cocinera, y lo llevó muy enojada  hasta el comedor.
En algunas ocasiones, cuando  estaba de buen humor, ella le preparaba un café rápido con turrones, y sentaba a escuchar sus historias.
El viejo decidió contar, con la  resignación de los que  dicen sus secretos porque saben que van  a morir, aquella verdad que desde hace tiempo deseaba que supiera Adelfa, por lo menos. Y ella, después de pedir perdón por sonarse  las narices, juró ser toda oídos.
Y él dijo:
Veníamos caminando horas y horas. Éramos seis. Siete, contando con un pájaro negro, que venía saltando, de rama en rama, adelantándose a nuestros pasos. Se pasaba chistando el infeliz.  Un sol abrasador nos sumía en vértigos y la sed nos devoraba. Los árboles de troncos rugosos y resecos   eran trajinados por  hormigas rojas  y el hormigueo en nuestras cabezas no nos dejaba pensar. Mario Vargas se sentó en la tierra, y nosotros hicimos lo mismo. Era el líder natural. Y cuando  hizo girar una botella vacía  sobre el piso y el cuello de la misma  apuntó hacia Horacio, entendimos la decisión fatal de aquel juego que negociaba nuestras vidas, pero la verdad es que ya nos daba igual. Así fue como cada uno de los que nos salvamos  bebió un poco de la cantimplora, y Horacio, maldiciéndonos, nos advirtió que no llegaríamos lejos. El pájaro chistó. Después de un instante  de furia, nos rogó que le diéramos una ración, la mitad siquiera de la nuestra, pero ya no lo escuchábamos. Nos sentíamos miserables.
Yo tenía miedo de que la suerte no me acompañara en la próxima estación, cuando nos sentáramos a observar, temblando,  a quién mandaría al infierno aquella  botella vacía. Pero ya ves, aquí estoy. Y el pájaro negro...
Carlos, detrás de la puerta, se comía las uñas, oyendo.
Imaginó la escena y su corazón empezó a latir con fuerza.
Había  barullo en la habitación de arriba.
 Una bronca fingida de la hermana mayor, quien llamaba a la paz, encendió repentinamente su ira, y subiendo los escalones de dos en dos, se presentó ante ellos.
Los rayos del sol dominguero  hacían que las más delicadas flores del jardín agacharan las cabezas. Un colibrí se entregaba al placer de libar con su trompa el néctar de las flores.
Los primos lo observaron  durante un largo rato. Y él les dijo, con una voz inflada por el entusiasmo, que estuvieran listos rápidamente pues irían  a dar un paseo. Mientras escuchaba  al mellizo dar gritos de Tarzán  (aquella  alegría lo llevó  al paroxismo de imitar al rey de la selva)  sentía en su interior el llamado misterioso de una última aventura.
Cuando los cuatro emprendieron  la caminata en dirección al bosque, Carlos sólo llevaba en su mochila dos cantimploras con agua y una botella 
■

AGOS – Elige tu propia aventura *








En agradecimiento a las palabras de Javier y Mariano, que con certeza calificaron de inconmensurable el trabajo de quienes "no claudican ante la siempre borrascosa aventura de enfrentar la hoja en blanco".
A todos ellos les deseo más y más creatividad. Por un 2011 colmado de ideas y de poesía, y porque Soles Digital y Traducir Argentina ―dos espacios de expresión y periodismo independiente― sigan creciendo.



Estás frente al abismo de la hoja en blanco. Es sólo una hoja en blanco o luces que se reproducen en un monitor mientras otra luz está apagada y la televisión basura no dispara ideas sino insultos, guiones paradójicos, pocos chistes y menos emoción. Apagala, encendé otra cosa. Quizás música, quizás es mejor la bruma de la oscuridad. El humo en la oscuridad amaga con llevarte a un lugar ―aunque común― que huele a proyecciones en un cine viejo y a puros sobre cuero. Metete ahí, seguí esa pista. Alguien que fuma Chesterfield y firma raro sus cartas. Que escribe historias de amor tristes y te ilusiona con la misma fuerza que te decepciona. Alguien que se obsesionó con tus tetas tanto como con castillos escoceses y te regaló una foto especial. Seguí por ahí que quizás encontrás una historia. No será autobiográfica pero será real. No te pierdas con estímulos visuales, preservá esa oscuridad, la del cine. Él tomaba whisky y te amaba. Pensaba más en tu voz que en vos, y de noche, ―mientras quemaba tabaco y quemaba hojas― te escribía. No siempre cartas, no siempre canciones, no siempre poesía. A veces el sueño lo vencía y no llegaba a escribir “te quiero”. Pero te quería. Y más que a vos, se quería a él enamorado de vos: de una mujer que tuviese tu nombre, de alguien que lo despertara siempre con sonrisas. Tu sonrisa blanca, incrédula y adolescente que solo podía compararla con la de su madre. Vos eras luz para él. Apagá esa música que te acelera el pulso y te pone de buen humor, y volvé al rock de los noventa. Dejate absorber por la paranoia, seguí por ahí que alguna historia va a aparecer. Bueno, quizás no sea real, pero puede ser fatal. Puede ser una historia de amor y de sangre. No tengas miedo en escribir, todo ya está dicho. Esos recuerdos murieron en un muelle, cerca del río y no del mar. Dejaste tu ropa, tu perfume y dejaste tu piel en el piso frío de una cabaña sucia. El humo del sahumerio te recuerda al humo que del hogar escupían las piedras nórdicas que ardían junto con las páginas de un libro de Rubén Darío. En aquel castillo, subiendo la colina, una princesa se murió: de un sueño nunca despertó. Se veía como un arcoíris, era la princesa que él quería ver. “¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Esta presa en sus oros, esta presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real…”. Podés salvarla. Escribí otra cosa, cambia la historia y que no sea fatal. Forzá una historia de amor color rosa, un cuento de hadas. Donde princesas y príncipes solo se mueren de amor y el resto de los mortales solo viven para verlos. Donde candelabros y teteras te agasajan y no hay castillos sino góndolas, o alfombras borravinas que saben planear. Donde no se hace el amor cogiendo, sino volando, o regalándose flores o apretándose fuerte las manos; donde los animales hablan y los objetos se animan, y las brujas son malas pero mueren; mueren por que el mundo es ideal, donde el mal no va a triunfar porque un sentimiento divino, una fabulosa visión se apoderan de vos y de tu príncipe; donde no importa lo que sentís, lo que decís ni lo que pueden decir tus labios, sino que triunfa algo establecido, un orden ancestral, un destino imperturbable. Serán felices porque nacieron para serlo. Porque no habrá ninguna posibilidad ―por más obstáculos y por más traiciones― de que ellos no sean felices. Como si el mundo hubiese existido solo para que un príncipe y una princesa se besen e inventen el séptimo arte. Y sonreís y pensás que tenés la historia pero no la tenés. Tenés aún la hoja en blanco, que perturba como un goteo sobre la nuca. Y mirás para todos lados y no hay nada, sigue habiendo humo, solo humo que iluminado por el mismo cigarrillo refleja un manto rojizo en el terciopelo de las cortinas. Te acordás de James Dean y de su forma de fumar, del confuso, sensible y desorientado rebelde del que te enamoraste cuando ya se había muerto. Y querés un vestido y querés un sombrero, y te gustaría tirarte al piso, sobre el asfalto de los cincuenta y jugar con el tiempo y los reflejos, y provocar al peligro, y dejar que te besen mientras las palpitaciones te dan calor y te calientan. Pero no hay más que humo y no tenés la historia, y pensás que encender la luz puede encenderte la cabeza, pero la humareda te marea y no podés moverte. Los caminos creativos son intransitables como tu inconsciente que no te deja respirar, y pensás que hay una sola historia de amor que podrías escribir, y es la que viviste durante diez años, que te sacó el alma y te llenó de vida, que te enseñó a llorar y reírte con los ojos; te acordás de algunos abrazos insuperables y de otros encuentros imborrables. La tristeza ya se volvió nostalgia, y su risa es lo más lindo que tenés. Y empezás a reírte a carcajadas y no podés escribir. Y te duele la cabeza de tanto pensar. Y con ese dolor ―propio del umbral bajo que rige dolores y sensaciones― no podés hacer otra cosa más que acostarte. Mejor no escribir más, mejor olvidar ―pensás―, mejor sería escribir sin pensar, “¡sin pensar!” ―volvés a gritar―. Tomás pastillas para no soñar. Por cobarde, por no querer pensar. Por no querer preguntarte ni preguntarle a nadie nada más. Y cuando te despertás tu cuerpo no siente nada, tus brazos son papeles y tus piernas son de algodón. Abrís los ojos y la luz te lastima en lo más profundo de tus pupilas. Perdiste la memoria, pero te acordás que buscabas una historia. Con un paso sigiloso, flotando, te movés como un cisne. Y la hoja está ahí, en blanco. Nuevamente en blanco. Apagás la luz, prendés un cigarrillo, y, desnuda, te sentás frente a la hoja en blanco. Y volvés a pensar, irremediablemente volvés a pensar y a recordar. ■

jueves, 5 de mayo de 2011