viernes, 21 de mayo de 2010


ESTEBAN DE ORTIZ (Santiago, Chile)

Luna del Netart 8

La luz final

Eran las diez quince en el reloj y la gente se empezaba a inquietar. Al cabo de unos segundos, algunos pasajeros decidieron estar en pie y mirar por las ventanas, con las cejas fruncidas, perturbados; seguido esto de murmullos y comentarios inaudibles; entrecruzando miradas confundidas sin atinar a hablarse.
— ¿Qué quieres? —me dijo.
—Solo hablar un poco.
—No queda nada más que hablar.
Y su silueta se perdía por el corredor .
Es mejor que te vayas —observó atinadamente la otra mujer del mostrador, esquivando cabezas para poder visualizarme entre voces de descontento y recetas indescifrables.
Tenía la cabeza apegada al asiento de adelante, despreocupado de que finalmente el tipo de atrás haya podido entablar conversación con la mujer de negro.
—No te preocupes, todo saldrá bien.
Ella notablemente nerviosa no le prestó mucha atención.
Al salir del lugar sentí como si se cayesen las entrañas. Abrí el paraguas ya dados unos pasos; en realidad me sentía como flotando, mientras, seguían las voces y las recetas en las manos. Los pies andaban por sí solos. Caminaba por entre la muchedumbre que arrancaba de los automóviles que les mojaban las ropas.
La manecilla larga iba a mitad de camino para llegar a la parte de arriba y el niño del lado cantaba felizmente.
No decidía a que lugar ir (si es que podía pensar en forma clara), sólo caminaba; cruzaba calles, esquinas, semáforos, mendigos, sin tener rumbo fijo.
— ¿Qué pasa?
—Nada, tranquilito.
Y después de una mirada despreocupada el niño seguía cantando. La manecilla llegó finalmente a su destino, eran las diez y dieciséis, todos estaban de pie. Entre el murmullo una voz ronca.
— ¿Se puede ayudar en algo?
El gordo chofer, adelante, no respondió y seguía moviendo los pies impulsivamente.
No era para que todo terminara así. Me presioné las sienes con los dedos, apretaba las mandíbulas, inspiraba por la nariz violentamente. Apareció a lo lejos un autobús.
—Es el que necesito —dije.
“No era para terminar”, pensaba. El gordo recibió las monedas sin despegar la vista del camino. Seguí por el pasillo, todo mojado, exhausto. El niño cantaba y me miraba. Su madre lo tomó en brazos para darme el último asiento que quedaba. El tipo de atrás comentaba el mal tiempo y la chica del lado no le prestaba atención.
De pronto el autobús se detuvo, eran las diez y catorce. Nadie sabía en qué parte estábamos ya que los vidrios se encontraban empañados. La mujer corre la cortina:
—Justo en la línea —reclama.
Un lapso quizás de cuánto, abstraído en pensamientos. Los gritos de todos me despertaron (no sé de qué). Unos se tiraron por las ventanas, otros trataban de abrir las puertas. Qué importaba todo; el gordo seguía pataleando desesperado, el niño cantaba, el tipo de atrás se lanzó por la ventana empujando a la rubia de al lado, escuché su quejido al golpear la cabeza en el suelo. Las ventanas eran chicas, algunos no cabían, peleaban. La mujer abrazaba a su hijo que seguía cantando la noche triste la noche triste. Del abrigo saqué el frasco mortal que compré en la farmacia. La amiga de Alicia fue muy amable. “Es para una tía, no te preocupes”. Lo hice rodar por el piso. La luz del fondo seguía un febril camino, acercándose como relámpago. Se remecía el suelo, todo era un caos, la noche triste la noche triste, le ayudé a cantar al niño, y miraba la máquina monstruosa que se acercaba chillando con su ojo de cristal. ●

(Publicado por Luis E. Aguilera) 

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