lunes, 20 de octubre de 2014

INDICE



DESDE EL OJO DE LA CERRADURA DE LA CIUDAD  HÚMEDA, ATROZ E IRREPETIBLE…

Mejor que decir es estar: mejor que estar es recorrer las calles y las veredas de la urbe porteña, respirar su aire viciado y gris y hacer una gran festichola en su honor. ¿O sí síiiiiii?



INDICE DEL 20 DE OCTUBRE DE 2014
  
(DESDE BUENOS  AIRES!!!)



Andrés Aldao



Sueños en el altillo                                                                                         


Estoy en contral de los terminos"fantasía", "simbolismo". Todo nuestro mundo interior, es realidad, tal vez más real que el mundo manifiesto.                                                Mark  Chagall
                                                          


Fue como perder la sensación de realidad. No estaba seguro de nada. Le pareció que trastabillaba, que iba recorriendo el camino inverso. Que ese camino era una rampa empinada. Una rampa y un camino en los que se duplicaba su personalidad. Así comenzaron sus dudas, el desgano, esa compulsión por hallar su identidad. Tuvo miedo. La incertidumbre le provocaba pánico. Sentía que resbalaba en un vacío astral. Que penetraba en una dimensión en la cual rigen otras leyes cósmicas. Un mundo esotérico que linda con la desesperanza. Una visión onírica involucrada en la tragedia humana. Demiurgo de pesadillas que azotan las mentes neuróticas...
Percibía las palpitaciones, semejantes a la vibración del universo. Ensoñaciones eróticas le empapaban el cuerpo con un sudor viscoso. La barba de días le provocaba picazón y notaba las manos pegajosas. Horrorizado, se le ocurrió que la materia de su cuerpo había comenzado a disolverse.

El tipo de delantal blanco era un sádico insoportable que ejecutaba las órdenes de aquella mujer, elegante y atractiva, pero cruel. Igual que una rata de alcantarilla.

Se iniciaba un nuevo día.  Escuchaba a través de la claraboya del altillo las voces de los caminantes: “Es un día radiante”, decía uno; “Apropiado para pasear”, agregaba otro. No entendía. Cerraba los ojos y sacudía la cabeza, el cuerpo temblaba. Bajó del catre: no recordaba haber dormido. Tenía las manos frías; carecía de la noción “antes”. Era una sensación inexplicable, sin saber dónde estuvo si estuvo- y qué había hecho si hizo– durante la cuenta regresiva. Por las noches, dichoso, trepaba sobre las tinieblas del sueño. No era fácil, pero le inundaba un gozo inusual, como si flotara en una oquedad sin realidad ni materia. Semejante al placer de un feto –suponía– desplazándose en la cobija del lago materno. El mundo real se desvanecía y él no se inquietaba. Luego, al abrir los ojos, le asombrababa la quietud, la parquedad de los sonidos y el movimiento, atrapado en una secuencia inmutable; el éxtasis de una realidad estática cuya traslación ocurría fuera del espacio de sus sueños. Tal vez en otra esfera del universo. Sus percepciones eran contradictorias. Como si la existencia y la realidad fueran dos dimensiones distintas, y la vida una etapa de los sueños. La vigilia, tal vez, era el sueño; y la realidad sólo una ficción. El sueño, quizás, un eufemismo de la nada, y la realidad un disfraz de esa misma nada. Merodeaba alrededor de una diabólica entelequia que no podía resolver. Un teorema intrincado, abstruso, ilógico.
Caminaba alrededor del altillo, las manos hacia atrás, contemplando el vacío mientras imaginaba que átomos con sus núcleos de protones y neutrones giraban en un vértigo satánico e iban conquistando los espacios del altillo, convirtiéndolos en campos magnéticos..

El tipo del delantal blanco le confesó: “No sé de qué me habla, perdóneme. Le sería más útil aplicar su imaginación creativa a las obras que usted talla en madera. Abandone esas obsesiones de sueño y realidad. ¡Recupere su yo, Berquely: usted es un artista, posee manos prodigiosas!”.

Atravesó el zaguán y se asomó a la puerta de calle. Vio una hilera de sombras irregulares cubriendo los bordes de las veredas. Parecían vigilar las calles en vísperas de un desfile de espectros y trasgos. Y otra vez esas palpitaciones. Como si el corazón, prisionero en una jaula blindada, pugnara por abrirse paso al exterior abandonando su cuerpo. Escuchó los frescos gorjeos de un grupo de adolescentes. Sonaban como el tintineo de cascabeles escoltando una insoportable algarabía. Una vez más se entramó en un vacío despótico.  Cerró los ojos y secó con el dorso de la mano lágrimas que resbalaban con lentitud. Hacía tiempo que estaba confundido. ¿Cuál, qué y cómo es la realidad? Le pareció una pregunta fútil, aviesa incluso. Las carcajadas, ecos que rebotaban en un vacío abovedado, se esparcían como anillas sónicas que giraban en una esfera constelada a la velocidad de la luz, y cuyas explosiones parecían el delirio de un mecanismo de alta precisión.
Retornó al altillo. Allí podría seguir barruntando sus dudas, desplazarse morbosamente en derredor de los hechos -o tal vez los sueños– de su vida. Y admitir que el sueño era la vida, la realidad, las vivencias que lo conducían al pasado o profecías que lo transportaban al mañana. Los demás suponen que los sueños son las horas del reposo. Una especie de pausa ingrávida para reponer fuerzas o, acaso, para levitar pensamientos. Entonces vociferaba colérico: “¡Imbéciles! ¡imbéciles!”. Pero dudaba, fondeado en el escepticismo. Respiraba con dificultad mientras los cuadros que colgaban de las paredes –máscaras inanimadas– lo contemplaban con una petulancia provocativa que lo irritaba. Huía del trato con los otros. Eremita y misántropo, no quería escuchar delirios estúpidos de estúpidos delirantes, lugares comunes de gente común. Tenía una certeza casi mística: Los otros conspiraban contra él sonriéndose, clavándole sus miradas, atisbando en su intimidad como gusanos que le invadían el cuerpo dispuestos al placer de una danza macabra. Humillándolo como a Cristo clavado en la cruz: debía resolver su ecuación existencial. Sin falta.
¿La realidad es una fantasía? ¿Los sueños son lo que definen la vida? ¿Él es único e indivisible? ¿O se ha duplicado y vive en dos dimensiones? Los sueños y la vigilia, pensaba, eran dos planos superpuestos. O el anverso y reverso de una fantasía imbricada en las emociones. Hacía tiempo que vivía en una paradoja críptica. Consideraba la realidad como una sensación de los sentidos, que los otros no advertían o juzgaban de modo distinto. Pero esos otros: ¿tenían vida y percepción fuera de su conciencia? Dedujo que esa era una incógnita compleja. Tan maldita e intrincada, que ningún teólogo, filósofo o sacerdote podría resolver. Las criaturas humanas que se desplazaban en su imaginación, ¿pueden decidir qué y cuál es la realidad, qué y cuáles son las sensaciones, los pensamientos, la materia sólida y la evanescencia espiritual? Juzgó que las definiciones semánticas son mezquinas. Como los sermones apocalípticos pero huecos que declaman hasta el hartazgo los presbíteros de aldea.
Abrió los ojos confundido, sin recordar cuándo había penetrado en el espacio de la inconsciencia. Se acercó a la ventana. Contempló las sombras que proyectaban los árboles dentro del área de su visión. Vio en la calle a una mujer enjuta, estática, algo encorvada y vestida con una prenda barata, flexionando las piernas como si caminara, pero sin avanzar... como un maniquí accionado a cuerda, mientras los frondosos árboles, la calle, los edificios y la mujer se desplazaban en una curiosa progresión generada por un mecanismo fantástico. Parecía la puesta en escena de una obra de teatro vanguardista. La acompañaba un niño de cara ajada y piel tirante, como si un torniquete invisible fuera aprisionándole la cabeza hasta convertirla en una estructura descarnada. La piel rígida daba a esa cara una cobertura piadosa. Parecía una horrible muestra de artesanía jíbara. Se conmovió. Permanecía perplejo con los sentimientos degradados. Dudó: no podía concebir esas escenas como elementos de la realidad. Temblaba, colérico y atemorizado.

“Soy portador de un mensaje divino”, le dijo ese día. “El mundo se desploma, no hay sentimientos, se ha perdido la sensibilidad. Al principio fueron las tinieblas”, gritó, “volvemos a la oscuridad anterior a la creación”. Y el tipo de delantal blanco, que no prestaba atención a sus palabras, contemplaba aburrido el revoloteo absurdo de una mosca tsetsé.

Estaba convencido de que era un ser justo y piadoso, y el universo una imagen que existía sólo en su mente. Que amor, odio, celos, envidia, concupiscencia, avaricia, gula, corrupción, pecado o egoísmo, eran reflejos de su pensamiento. Una herencia de sentimientos que lo habían atormentado en el pasado, adjetivados ahora en otras criaturas del género humano, y fruto de ideas transformadas en imágenes físicas.

Prendió la lámpara del lavatorio y contempló al individuo deforme proyectado en el espejo. “Esta no es una imagen ni una ilusión refractada”, pensó: “soy yo, estoy ahí, dentro de un mundo paralelo en el que me deslicé por descuido, penetrando en ese cosmos ignoto a través de un insterticio invisible”. Había cruzado los límites físicos y espirituales de su espacio extraviándose en otra dimensión, en un universo convexo y cóncavo. De allí, discurrió, la imagen grotesca que le devuelve el espejo: barbudo, esmirriado y envejecido: pero es él. Cerró los ojos con suavidad. Sentió náuseas y el cuerpo tiritaba. Parpadeó. Una bruma alteraba la nitidez de la figura proyectada. Fijó la vista en las sombras que titilaban alrededor de la imagen: se le antojaron efigies humanas, testaferros de visiones pretéritas. El gesto de rechazo alejaba a los seres extraños que danzaban entre las láminas de fuego de su mente. Lagrimeaba mientras pretendía ahuyentarlas con las palmas de las manos. Y seguía decepcionado porque permanecía fuera de esa constelación en la que sueños, ficción y realidad eran planos superpuestos que desafiaban su cordura. Escuchaba ronroneos, como cánticos a capella de monjes de la edad media. Otras veces estallaban bramidos que parecían astillarle los tímpanos. Obturaba los oídos con los dedos y sacudía la cabeza con furiosos vaivenes. Luego se echaba a reír, neurótico y exhausto. La visión perdió nitidez y desapareció, como el efecto de una lente zoom que acerca el objeto y luego lo difumina fuera de foco. Había logrado retornar al otro mundo, al planeta paralelo, replegarse, recuperar su vida. Desplazándose sin rumbo en ese laberinto halló la rendija que le había confundido.

A tientas va llegando al altillo. Encandilado, libera el largo espejo que pende de la pared y lo apoya sobre el dintel de la ventana. Desea que la luz matinal que atraviesa la claraboya le ilumine. Retrocede unos pasos, distiende los párpados y reconoce en ese ser refractado el yo duplicado. Ríe a carcajadas. Protagoniza un acto de alucinación. O reencarnación. Se vuelve, contempla el altillo deforme, las paredes retraídas, el piso invisible cubierto de hojas repletas de cálculos, parábolas y sentencias. Nadie puede impedir que retorne a su mundo. Desea resolver el enigma de su alter ego, del yo duplicado, de la doble personalidad que enmaraña su filiación. Va a conocer, por fin, su verdadera identidad; pondrá a prueba su fortaleza espiritual y la relación con el Todopoderoso. Y dentro de ese mundo, ahora lo sabe, no hay lugar para un ser dividido en dos. Tendrá una alternativa hacia la inmortalidad, la eternidad, el infinito. Con los labios crispados, tiritando, murmura: «Alea jacta est»*. Se acerca al alter ego reflejado en el espejo y sonríe. Impaciente, apunta hacia el corazón mientras el dedo índice va presionando con calculada suavidad el gatillo y...¡pum! ■

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Relatado a Andrés Aldao por un  paciente de la sala 20 del Hospital Borda en el año 1999

* La suerte está echada                                                  




Ester Mann



¿PODRA SOBREVIVIR EL HOMBRE?

Me despertó el fono. Miré el circulito iluminado, las siete de la mañana... Era Paco...¿Qué podría ser tan importante para despertarme a esta hora? El sabía que yo hacía horario nocturno...
 –¡Hey! Paco, ¿qué pasa a estas horas?
-Buen día Fermín, estoy en una de las ciudades abandonadas del siglo XXI, tengo algo muy interesante para vos. No pude contenerme y te desperté.                    
- Te voy a perdonar si es algo muy bueno... ¡escucho!
- Encontramos montones de CD, la mayoría con etiquetas de conjuntos u orquestas, nada especial, como siempre... Pero también habían varias decenas de CD personales, diarios íntimos y cosas por el estilo. Creo que te interesará, ¿qué decís?
- ¡Que sí!! ¿Cuándo podré tenerlos?
- Bueno, estoy un poco lejos, pero te los mandé esta mañana por correo, en cualquier momento te los entregan. No olvides la diferencia de horario!

Me lavé -el agua tenía hoy un olor a desinfectante un poco más fuerte que de costumbre (¿otra filtración de las cloacas? ¿Quién lo sabrá?). Saqué una hamburguesa de la refrigeradora, le agregué queso y la puse en el microondas. El café hoy debía ser bien fuerte, había dormido sólo tres horas...Y bien, con la cantidad de proteínas, glucosa y cafeína que estaba por ingerir, mi organismo se sentiría cien por ciento y podría funcionar.
Mientras comía miré las noticias por TV: lo habitual, accidentes de tránsito, envenenamientos por comida en mal estado, polución ambiental, investigaciones sobre el cáncer, nada nuevo. Como siempre, decidí no prestar atención a las malas nuevas. En el diario tenía acceso a muchas más desgracias de las que se publicaban. ¿y para qué me servía en la vida diaria? No  cambiaría mi dieta, no renunciaría al fono-pulsera, no me privaría de mi auto ni de la TV. Y aunque lo hiciera y me fuera a vivir al campo cultivando mi propia comida, como aconsejaban los ecologistas, ¿eso cambiaría al mundo? Millones de personas seguirían fumando, bebiendo, consumiendo...
En ese momento, llegó el correo expreso y tuve en  mis manos  esos antiguos discos de computadora. Comencé a insertarlos en mi PC uno por uno, podía revisar rapidamente su contenido: diario de un adolescente, cuentos de ciencia ficción (¡ja! ¡Qué ingenuos!), cartas privadas, cartas oficiales, resúmenes de cuenta de distintos bancos.
Nada de interés, ¿para eso me despertó Paco? ¿Por qué no los revisó antes de llamar?
Me preparé otro café, calenté en el micro un trozo de torta de queso congelada - creo que me estoy pasando con el azúcar- pero bueno, necesito azúcar para que me funcione el cerebro.. Continué con la inspección: ¿una carta? No, otro tipo que se despierta con dolor de cabeza. ¡Un momento! ¿qué es esto...?

«Me desperté  con un terrible dolor de cabeza. ¿Cuántas horas habré dormido? Fui  al baño, me miré la cara en el espejo: en apariencia todo estaba bien, color normal, los ojos un poco hinchados por el sueño, pero no rojos o brillantes de fiebre. Me lavé con cuidado ya que el botellón estaba casi vacío. Mientras le mandaba el correo eléctronico al proveedor del agua escuché las acostumbradas letanías de otro entierro... ¿Quién sería esta vez? Me acerqué a la ventana y vi a la familia del dueño del supermercado de la otra cuadra..¿Qué habrá ocurrido? Tal vez muerte natural... ¡Esto de vivir justo en el camino al cementerio nuevo ya me tiene harto!
«No tenía nada en la heladera, así que mandé otro correo a “Granjas Orgánicas” con mi pedido habitual. Con un poco de suerte, en dos horas tendría todo en casa... Ahora  ya no había embotellamientos, ni miles de pedidos que impidieran la entrega inmediata.
 «Así es, todo tiene sus ventajas: mientras no fuera yo el muerto podría disfrutar de la drástica disminución del hacinamiento urbano. En realidad, mi cuadra estaba practicamente deshabitada. En mi edificio, los diez pisos estaban desocupados, el ascensor ya no funcionaba y no se pagaban gastos de mantenimiento. Por suerte, en las pocas oportunidades en que salía a  la calle todavía podía subir los  tres pisos hasta mi departamento. Podría haberme mudado al primero, pero era engorroso. Legalmente era complicado, a pesar de que nadie reclama hoy en día las propiedades, las otras viviendas no me pertenecen y quién sabe si dentro de un año  o un mes, cuando todo esto acabe –¿acabará algún día?- no aparecerá un heredero y tendré que volver a mudarme...
«¡¡Mudarse!! Esta es una de las pocas fantasías que nos quedan a los sobrevivientes. Dos tercios de la ciudad están vacíos: hermosas casas con jardines y muebles nuevos, cocinas modernas, bañeras redondas o triangulares, jacuzzi, duchas masajeadoras y todo el confort de nuestro siglo... Pero nadie entre los vivos se atreve a ocuparlas: descartando a los religiosos que consideran que este es el nuevo invento de Dios para castigar nuestra iniquidad, una especie de nueva Sodoma y Gomorra, los otros, entre los que me cuento, no sabemos con certeza si los famosos virus intestinales o las bacterias pulmonares están latentes en esos lugares en que la gente fue destruida por ellos.
«De todas maneras, todos los edificios cercanos a las antenas deben ser desechados Aunque no esta “científicamente” demostrado que ellas provocaron todos los tipos de cáncer que mató a sus ocupantes, sabemos que las empresas de celulares, el ejército, las emisoras de radio y TV impiden que ese tema se investigue.
«Y debo recordarme a mí mismo, una y otra vez, que esa fue la razón que me impulsó a comprar este departamento. Fuera del centro de la ciudad, en el camino al cementerio nuevo, no había concentración de antenas gigantes ni fábricas, el aire era más limpio y las probabilidades de contagiarse menores .
«De todas maneras, salir a la calle no es seguro: los gases venenosos siguen existiendo y, aunque por ahora la máscara es efectiva, no sé con seguridad cuánto tiempo más van a seguir fabricando los filtros. Esa es una de las grandes desventajas de la dramática mengua en la población: ya hay poca gente que trabaje en fábricas, agricultura, servicios. Todo el que como yo puede trabajar desde su casa, lo hace.
« Hay miedo de salir al aire libre. Decir aire libre no es, como hace 50 años, decir aire puro. Los pesimistas informes de las organizaciones verdes que nos hacían reír en los primeros años del siglo XXI se concretaron...Ni las propias organizaciones creían  que en un porvenir tan cercano llegaríamos a la reducción de la población mundial en un 50%. Si dejamos de lado las pequeñas localidades y el campo, tomando en cuenta sólo las grandes ciudades, la disminución llega al 75%. 
«Con el cierre de los edificios bancarios, toda la actividad se trasladó a las computadoras  y gracias a esto puedo sobrevivir y trabajar en mi casa. Pero, ¿cuánto tiempo podremos seguir con este tipo de vida? ¿Qué ocurrirá si las empresas de agua pura dejan de funcionar? ¿Cuántos siglos pasarán antes que las fuentes naturales de agua se depuren de los restos químicos y radiactivos? ¿Cuántos hasta que el bosque de antenas ralee y desaparezca? ¿Cuántos hasta que se pueda comer pescado no contaminado? Aunque casi no se extrae petróleo, todavía sufrimos las consecuencias de su uso intensivo e indiscriminado.
«Es absurdo, pero la muerte masiva de la población mundial produjo la desaparición de una parte de los factores de contaminación: las fábricas de fertilizantes, desinfectantes, desodorantes y otros miles de productos que envenenaban el  ambiente, ralean y van desapareciendo...O sea, que lo que las protestas y manifestaciones no han logrado en dos siglos, lo consiguió la implacable realidad. No hay para quién fabricar esos productos, no hay suficientes celulares y televisores para justificar el bosque de antenas sobre los techos, no hay bastantes consumidores de petróleo para extraerlo en grandes cantidades.
«Los primeros en sucumbir, como siempre, fueron los pobres. Ellos no podían comprar agua pura, comer sólo productos orgánicos, no tocar la carne contaminada de los animales  criados industrialmente, instalar en sus hogares purificadores del aire, etc. etc. Luego murieron los cínicos, los que se reían de todas las precauciones, los que pensaban “a mi no me pasará” y seguían consumiendo productos insalubres. En tercer lugar desaparecieron los que ya no querían vivir, los débiles que carecían de fuerza para luchar por cada gota de agua y cada soplo de aire... Y, por último, los niños, muchos de ellos huérfanos, sin capacidad para cuidar de su salud, sin defensas orgánicas, sin dinero, sin hogar...
«Los que permanecemos, los que aún luchamos, este 25% que vive aislado, alejado uno del otro, mantenidos por los pocos empleos que nos permiten subsistir, tenemos unos pocos años - los que nos resta de vida-  para reconstruir, reparar y recomponer  la raza humana. Pero esto, ¿tiene sentido? Si logramos reproducirnos, traer nuevos seres al mundo, formar nuevas familias, repoblar el planeta, en unas pocas decenas de años todo volverá a ser como antes. La calesita seguirá girando con la vieja música y nadie querrá cambiar el disco...
«Otra vez las grandes empresas levantarán cabeza, el viejo orden resurgirá, nuevas organizaciones de verdes se formarán y proclamarán sus advertencias, pero nadie prestará oídos.  Y  la vorágine del consumo girará sin freno hasta la catástrofe final.

El café se había enfriado, la torta de queso era un mazacote incomible y mi pecho, oprimido como si tuviera un ladrillo encima, me impedía respirar. Sí, la calesita seguía girando, todo lo que llevó a la destrucción de la sociedad humana, tal como era en el siglo XX, se renovó ahora, cinco siglos más tarde. ¿Y en cuál de las categorías que describía ese desconocido encajaba yo? Sin lugar a dudas yo era el cínico, el consumidor típico, el que no quiere pensar en las consecuencias de su conducta...
 Ahora podía imaginar el motivo de que las ciudades fueran abandonadas, de la decadencia de la industria y de toda actividad humana en el siglo XXI. Era muy sugestivo que no se hubieran publicado esas conclusiones. Era obvio que el gobierno lo sabía pero prefería callar, ocultar.. Mi interés por los siglos pasados − que era sólo un pasatiempo −, me desveló el presunto misterio de las ciudades deshabitadas. Ellos habían llegado a un punto desde donde  no había marcha atrás... Y nosotros, ¿a qué distancia estamos de ese mismo punto?
Es como si cada vez que su existencia es amenazada, el planeta corcoveara como un caballo salvaje y arrojara a los hombres de su lomo: inundaciones, terremotos, sequías se suman a las causas de muerte provocadas por  el hombre. Guerras, accidentes y polución no alcanzan para eliminar la población que envenena el planeta pero junto con las catástrofes de la naturaleza, nos llevan al mismo punto que describió ese desconocido en el siglo XXI. La Tierra nos acepta mientras no la devastemos; cuando, cada tantos siglos, el peligro de destrucción es inminente, ella nos arrasa a nosotros.

 Me asomé a la ventana, respiré hondo el aire libre pero impuro de la ciudad. La maraña de antenas en los techos estaba inmóvil. Todo estaba en calma, no había viento. La vorágine oculta continuaba su giro mortal.   ■


 Ester Mann






Carlos Arturo Trinelli




                                                                                 OKUPAS

                                                              Una casa vive únicamente de hombres,
                                                                       como una tumba. Enrique Prochazca.


                                 
      
     La casa estuvo años deshabitada y nos instalamos multiplicándonos como verdaderos pobres. Cada uno ocupando sus espacios. Por supuesto han ocurrido conflictos producto de distintas maneras de adecuarse a la situación. Mi familia y yo pasamos bastante desapercibidos y es que no ocupamos demasiado espacio y también nos arreglamos con poco. Llevamos una vida metódica, salimos de a ratos, no hacemos ruido. Otros en cambio gritan de noche o tienen relaciones sexuales a la vista de todos con una moral que al menos podríamos calificar como amplia. Existen los pasajeros de tránsito, gente que se queda una noche y se va u otros que roban lo que pueden, o lo que queda, caños, cables, aberturas y escapan ante nuestra mirada neutra.
     Alrededor de la casa el tiempo desbordó el progreso y quedamos sumergidos en el fondo del cielo. De los edificios linderos caen diversos objetos inútiles y pocos pedazos de sol. Un día llegó la demolición. No pocos murieron. Algunos escapamos.
     Yo logré hacerlo camuflado en un volquete y mi destino de araña seguirá a salvo en otro sitio.   


                      

  LA SOLEDAD ES UN REVÓLVER ARDIENTE


     La música aturdía, el cantor desafinaba al amparo de la impunidad sonora. La cerveza estaba caliente y el precio exorbitante. Miré a la morocha que reía y acompañaba el ritmo de la cumbia. Ella me vio, abandonó la sonrisa y el meneo de caderas. Se mordió el labio inferior. Me acerqué y le dije lo que pensaba del lugar, de la música, del cantante, de la birra. Nos fuimos. Afuera hacía frío. Ella encerró a las tetas bajo el cierre de la campera de cuero. Le di opciones, mi casa, un telo o un bar. Se jugó por el telo. Paré un taxi. En el calor del ambiente calefaccionado volvieron las tetas. Hubo tiempo para algunas mentiras, después la acción, después el tedio. Para vencerlo se mostró activa pero solo lo logramos al quedarnos dormidos. Cuando despertamos era domingo igual que cuando habíamos entrado nada más que ahora se había corporizado con la luz de un sol pálido. Ella se bañó, yo no. Nos fuimos. La invité a desayunar. Ella un mate cocido con leche y dos medialunas de manteca. Yo un café con una de grasa. No hablamos mucho. Nadie lo hacía demasiado, leían el diario. Resistimos poco sin fumar. La acompañé a tomar el colectivo. En la parada nos abrazamos con distancia y rozamos nuestros labios. Caminé unos metros y regresé para preguntarle el nombre. Me lo dijo con una sonrisa y el brazo extendido para detener al bondi. Subió, no me preguntó el mío pero se lo grité. Pareció no escucharme. Tampoco tuvo importancia. Me di vuelta y me fui con medio domingo encima.


Gerardo Penini



QUIÉN LO IBA A PENSAR…

Le juro, pero que se mató, se mató. Así, no sé si de repente o fue poco a poco, sólo le puedo decir que nadie, pero nadie iba a pensar que terminaría como terminó.
Todos lo admirábamos un poco, fíjese que ser escritor y en esta ciudad. Casi un héroe. O casi todos lo admirábamos, la verdad ahora que lo pienso es que para algunos era un perdedor, un iluso. Para otros nada más que un tipo pintoresco.
Tal vez empezó hace tiempo, cuando un día que lo fui a visitar estaba charlando sentado al fresco, bajo el gran damasco del fondo. Hablaba muy animado y en eso vi cómo caían damascos maduros. Le juro, caían y caían sobre él, que seguía conversando con alguien que yo no pude ver. Cosa muy rara, porque la fruta por más que esté madura no cae así, toda en una tarde. Pero los damascos no paraban de caer. Cuando él estaba tapado por esa pila fragante empezaron a llegar abejas, saludé nomás desde la galería y salí a la calle.
No, ya le dije que no pude ver con quién hablaba. Después salió publicado ese cuento tan lindo sobre las abejas que llevaban néctar de los damascos a la abuelita que hacía dulce y la planta que hablaba. No sé para qué se lo cuento, usted lo debe haber leído.
Ahora le digo que susto grande me llevé cuando lo vi con unas gotas de sangre en la camisa. En ese momento fue tal la impresión que no reparé en que era una camisa cuello duro ni en que tenía un moño de seda desarmado bamboleándose sobre el pecho. Aparte de las gotas rojas me llamó la atención una larga pluma como de águila que esgrimía en el aire y una música que llenaba toda la casa. Pero no tenía radio ni tocadiscos ahora que lo pienso. Le juro que esa vez le grité… ¿Qué te pasó? Le dije mientras trataba de verle alguna herida. “Nada – me dijo- estoy escribiendo palabras de amor, tal vez un poema o tal vez no”. Me quedé parado sin saber qué hacer y él se trepó a la vieja escalera de hierro haciendo ademanes, como dirigiendo la orquesta que ya no tocaba, y tampoco tenía ya la pluma en la mano. La risa de un chico que pasaba en bicicleta cortó todo, ni supe en qué momento desapareció dentro de la casa.
Después de publicado el libro de poesías lo vi más flaco…no sé, quizá tendría que haber sospechado, estaba más pálido. Pensé alejarme pero no pude, éramos muy amigos desde la infancia. Para colmo me dijo lleno de entusiasmo: ¡Ahora a meterme de cabeza a escribir una novela! ¡Será mi novela! Tendría que haberlo acompañado más, pero le juro que nadie iba a pensar.
Aunque no, ahora creo que no, no se mató. Fue ese día que le preguntaron ¿Y para qué sirve escribir? ¿Para qué leer tanto? Aunque no me acuerdo si lo escuché o lo leí en su libro.
No señor, ahora por fin es el dueño inmortal de su propia novela, esa que termina con un pobre tipo sentado con los ojos muy abiertos, evaporándose con el humo el día que quemaron todos sus libros, los libros que él leía a lo largo de la novela.

Recién ahora lo pienso y creo que por fin está todo bien.
Gerardo Penini

Martha Goldin



                                                                                Para los sueños hay llaves
                                                                                 la realidad se abre sola 
                                                                                      Wislawa Szymborska



  Finalmente encontré un buen lugarcito. Es pequeño pero me  acomodé sin dificultad. Me preocupa que sea un invierno muy frío o lluvioso pero no sería el primer año difícil para mí. Otra vez pensando , siempre pensando . Prefiero dormir. Duermo mucho, casi todo el tiempo . Es que cuando estoy despierto pienso, pienso. ¿Cuándo perdí mi casa? ¿En qué momento me encontré en la calle con unas pocas pilchitas , estas frazadas, el mate y eso sí, mi termo. No sería yo sin mi termo. Pero ¿acaso soy yo durmiendo en la calle, agazapado en la noche oscura, con la memoria intacta?
Cierro los ojos y te veo. Veo la mesa familiar, escucho las risas , huelo la comida humeante
. Fueron los noventa, ya sé . Escucho a otros que, como yo, se quedaron así en esos días .
La familia se desintegró. Me alejé avergonzado, loco de dolor y de furia. No conseguía trabajo, rodaba de un lado a otro.
 Primero se fue Rosarito vaya a saber con quién, después Raúl que se metió en un grupo muy raro y un día vos,  con esa tos persistente, cerraste los ojos y me dejaste aquí.
 Solo.

·····


Martha Goldin 

domingo, 19 de octubre de 2014

Marta Comelli



AHOGOS VENECIANOS
II


Los delicados y fríos tonos de un Crucifijo del siglo XIV parecen ahogarse ante las ‘’Catorce Estaciones del Viacrucis ’’ de Tiépolo. Allí estoy y sobrevivo al paso del tiempo, al atropello humano, descarnado, a los colores tiernos y desfachatados de Venecia. ¿Sin Ti?
 Parada en San Paolo, luego de verlo sofisticadamente envuelto en su turbante de oros y amarillos, el Indú, me mira con recelo. Parece recordarme cuando Murano, Lido, los ahogos de entonces, como estos de una cruz que entregué hace un momento en manos de San Giácomo de Rialto. La bocanada de aire puro llega al bajar las escalinatas para acceder a su campo, donde  el ‘’gobbo’’ atrapa mi mirada, ese hombre fatal y arrodillado que la sostiene. Piedra de siglos, mito, allí están juntos, escalinata y jorobado del Rialto, fe, esperanza de misericordia en las velas encendidas al santo de la reconciliación.
¿Él me sigue o me persigue?

Rosas blancas, inmaculadas,  cuelgan sobre un puente  y se deshojan al roce de mis manos ávidas buscando, entregando caricias. Sutil descubrimiento de la tersura de esos pétalos, sensuales, aterciopelados. Me asfixio. Él me mira fijo ahora y enfrenta. Nos mezclamos, nos buscamos entre los frutos del mercado, entre las flores, sus perfumes. Tú, ¿ dónde estas?  Él, juega con su turbante, lo acaricia, Yo con los frutos.   El espacio se ilumina con un sol abrazador, las  conversaciones musicalizadas, el colorido coloquio de ese mundo matinal  al que nos sometemos, a sus sensaciones, sus delicias. Jugamos el juego de la caricia y el olvido,  de la lejanía y el casual rencuentro luego de años, cuando su mirada fue una llave al candado de mi angustia.

Entonces, Tú corrías puentes desde mis manos, brotabas palabras desde los ojos autómatas, desprolijos de incredulidad y miedo.
 ¿Él, dónde se gestaba, surgido de la imaginación de quién, en qué ocultas miradas o palabras?

Otro campo, es San Polo de imprevista austeridad ante los ojos. Me aquieto. Palacios que conservan con orgullo su belleza, y allí, Él se acerca, ya no me mira con miedo, en sus manos oscuras brilla un vaso rebosante de un líquido rojo, lo acerca a su boca, bebe, sensual bebe, me mira luego y lo eleva en un brindis. En sus ojos no hay desesperanza,  desamparo, ni en los míos. Ofrece con su mano una aceituna que bordeara el vaso, pasa y sigue, pasa y quedan, su aroma, su no voz, su mirada serena de tierras delicadamente oscuras, distantes.
Desde lejos, con la mano en alto, Tú  me reclamas. Otra vez el hueco del que me rescatas, y salto.                               

Venecia,  27 de octubre 2013, Marta Comelli