miércoles, 16 de diciembre de 2009

NARRATIVA: HISTORIA INCONCLUSA - CARLOS ARTURO TRINELLI

NARRATIVA: HISTORIA INCONCLUSA

Carlos Arturo Trinelli

A riesgo de que sólo lean los siguientes cuatro renglones, les cuento el final. Gabriel murió de varios disparos pero uno certero y entre todos le tejieron una alfombra roja que formó un barro morado bajo el cuerpo sobre el camino de tierra. Toda una vida derramada en ese desierto. Nadie lo sabría. Nadie reclamaría. Llegó a casa una noche de invierno. Me di cuenta enseguida de que no estaba sobrio. Su indumentaria desmentía el frío brumoso de la calle. Carmen y yo estábamos a punto de acostarnos para ver desde la cama una película de Fassbinder titulada Lili Marleen que a mi mujer le encantaba por lo azaroso que a veces se presenta el éxito. Lo hicimos pasar a la cocina. Carmen nos dio la espalda para preparar café y noté como él le miraba el trasero remarcado por la liviandad del camisón. No me molestó, había pasado los últimos veinte años ponderando ese atributo de mi compañera.-Ay Carlitos, flaquito querido por fin lo conseguí, exclamó con tono confidencial.-A ver con que gilipollada nos sorprende hoy nuestro artista, dijo Carmen con el resabio español que le quedaba después de veinticinco años en Argentina.-¡Callate gallega! No sea que te alce el camisón y te toque el culo. Carmen se rió y la risa en cascada pareció jalarle el pelo hacia atrás en tanto el sonido rebotaba en el techo.-A mi un carajillo. Puse la botella de coñac sobre la mesa.-Voy a escribir la gran novela épico-lírica jamás escrita. Mejor aún, una epopeya pre-novela, y, como tal, tan transgresora del género que va a marcar un antes y un después. Carmen le sugirió que para tamaña noticia podría haber aguardado que fuera de día y no irrumpir en medio de una pareja madura preparada para hacer sus cosas.-Creo que Carmen tiene razón Gabriel.-La razón es un instrumento de servidumbre según Adorno y yo los necesito. Seremos los personajes, algo así como Edna, Butch y Sundance pero vernáculos.-Yo soy española. Reprimí a Carmen con la mirada. Él pareció no haberla oído y explicó el proyecto. Para cuando finalizó, la botella de coñac estaba transparente. La madrugada nos había desvelado y Gabriel cabeceaba la reparación de un sueño satisfecho por la tarea cumplida. Lo ayudamos a acostarse en un sillón y nos fuimos a la cama. Carmen me abrazó y cruzó una de sus piernas sobre mi cuerpo. La miré y un beso húmedo nos atrajo en un comienzo igual pero siempre distinto. Cuando me desperté el día era una realidad luminosa que se colaba por la persiana. Carmen dormía y me quedé quieto para no despertarla y recordé cómo nos habíamos conocido. Un tal Álvarez, homosexual y drogón, guitarrista de música flamenca, tocaba en un colmado del barrio de Almagro. Nunca le pregunté, no correspondía, pero creo que Gabriel había intimado con él. Sobrevivientes de una revolución solo imaginada creíamos merecer las experiencias no menos violentas del abandono. La música y el baile flamenco nos tenían sin cuidado, pero por algún extraño compromiso Gabriel insistió y allí fuimos como podríamos haber ido a cualquier otro sitio. La sorpresa fue la bailarina. Tal vez bailaba bien, no me importó, pero quedé impresionado por su presencia. El pelo negro revuelto en ondas, la blancura de la piel, un físico rotundo y la sensualidad que emanaba me hicieron pensar cómo podía hacer para poseerla. Los comentarios de Gabriel demostraron que pensaba igual. Cuando Álvarez y Carmen se sentaron con nosotros la vi de cerca: pómulos altos, nariz perfecta, ojos ambarinos, labios gruesos realzados de carmín. Al oírla hablar, con una ronquera susurrante y el gracejo español, noté que me faltaba el aire. Comencé a ir todos los días. A la semana nos fuimos juntos y al mes ya convivíamos.La primera vez no, pero a la segunda o tercera que hicimos el amor creí subirme a una nube y desde allí ver el mundo. Es cierto que ella coqueteó con los dos y es cierto que me eligió a mí, aunque nunca supe por qué. Nunca le pregunté, conforme como estaba de tenerla conmigo. Una cosa que me llevaría de éste mundo: haber conocido el amor. No es poco. Gabriel vendió todas sus pertenencias de hombre solo. Lo más valioso, un auto del 92 bastante arruinado. Nosotros hicimos lo propio con excepción de algunos libros que consideramos emblemáticos. ¿Qué estábamos locos? No. Solo éramos grandes. Escépticos y con el horizonte de la vida al alcance de un brazo extendido. Nuestras vidas, tal como estaban, ofrecían seguir con las pautas de la rutina. La seguridad de la rutina, la vejez social. Por fuera, un mundo que se derrumbaba sobre sus cimientos de ideologías banales. Nada ganaríamos, nada perderíamos, a veces, la vida transcurre en un lugar neutro. Compramos un viejo colectivo Mercedes Benz frontal devenido en casa rodante, pusimos parte del dinero y firmamos pagarés por la diferencia que no pensábamos pagar. Partimos un día de agosto del 2009 hacia el Norte con la paciencia como aliada y con la sensación de que algo, irremediablemente nuevo, nos sucedería. Una serie de ideas vagas componían el argumento principal de la supuesta novela. En Formosa cambiaríamos de identidad y nacionalidad ayudados por un contacto paraguayo. El motivo no estaba claro y obedecía más a las reglas de la ficción que a un sentido práctico. Otro desatino consistía en comprar al menos tres pistolas y sus cargas. A la consulta de por qué no comprar algo más contundente Gabriel nos enseñó el contenido de un cajón de madera repleto de granadas de cotillón de distintos colores y nos sugirió, como entretenimiento, que las fuéramos pintando de negro.-Son intimidantes, lo vi en varias películas, remató convencido. La cucheta que ocupábamos con Carmen al fondo del colectivo apenas nos contenía. Gabriel bebía afuera en la noche cálida poblada de ruidos desconocidos. Una claridad argenta se colaba dentro del micro y me permitía observar las gotas de sudor que recorrían el cuello de Carmen y se afirmaban como un collar en derredor de sus arrugas. La abracé y nuestros cuerpos pegajosos se unieron como una sopapa en el agua. Su lengua ácida me recorría la boca como una víbora herida.-Che, quieren venir a fumar un caño. Nos separamos confundidos.-Perdón, perdón, repitió Gabriel desde las penumbras de la entrada. Se dio vuelta para descender del colectivo y Carmen lo detuvo: -Ven, que al fin siempre me has tenido ganas.-No, gracias, los espero afuera.-Anda, dícelo tú, dijo ella y yo, resignado, le hice caso. Se acercó dubitativo al borde de la cama. Ella lo rodeó por el cuello con los brazos y lo besó en la boca. Luego le tomó las manos y se las hizo apoyar en las tetas. Él pareció ponerlas en el fuego y ella debió asirlas con fuerza. Lo que siguió después fue todo fracaso. Un fracaso torpe del que solo puedo recordar los olores. Un grotesco que no pudo superar los prejuicios. Los códigos los llamó luego Gabriel cuando una vez afuera ella se echaba agua con un balde para después sentarse desnuda entre los dos. El cigarrillo pasaba de mano en mano, la fogata crepitaba delante nuestro y fuera del alcance mínimo de su resplandor la oquedad de la noche era impenetrable. Entonces, entre los primeros efectos del canabis me reí con ganas de nuestra decadencia. Cuando me enteré que el croata Ostrovich había sido quien nos recomendara al contacto paraguayo tuve miedo y con el miedo el dolor de recordar a Ostrovich. El ahora viejo Ostrovich, buchón de la policía a cambio de licencia para reducir artículos robados y poder revenderlos, había sido miembro de la triple A, luego de su paso por la juventud sindical peronista. Nosotros lo habíamos conocido a fines de los 80 cuando era mano de obra desocupada. Bebía solo en la barra del bar que frecuentábamos y se nos arrimaba sin poder esquivarlo. Nos contaba historias atroces que según él le dictaba el demonio de la bebida. Aseguraba que no eran ciertas, eran historias impuestas a su mente y que solo podía acallarlas diciéndolas. En los 90 se hizo de una secta evangélica y con ello, las voces menguaron contenidas por fenómenos paranormales de índole religioso. Tal vez estaba loco o siempre lo estuvo. Arsenio Rosa Rodríguez vivía en la localidad de San Martín II a poco menos de trescientos kilómetros de Clorinda hacia el Oeste. Un local rotulado como Gestoría Integral fue el sitio hacia donde nos dirigimos. Arsenio aparentaba menos edad que Ostrovich y que nosotros. Afectado en los modos no podía disimular ser un pillo de cuarta. La presencia de Carmen en el trío desnudó todavía más sus modales contenidos. Ella, acostumbrada a una vida de embates masculinos manejó la situación con una picardía seductora que pareció allanarnos el camino. Nos hizo unas fotos con una vieja Polaroid para los documentos. Se permitió bromear con los nombres que nos pondría y sugirió uno de flor para Carmen. Luego nos indicó un lugar para acampar a la espera de su visita con las nuevas identidades y las tres armas de puño.-Les dije que Ostrovich la tenía clara, dijo Gabriel a la salida.-El viejo es un baboso, aseguró Carmen. Yo no dije nada. El atardecer teñía de naranja los reflejos de las orillas del río Bermejo. Bajo el parasol de la casa rodante transpirábamos ayudados por unas cervezas. Carmen puso un CD de música flamenca, se soltó el cabello arrebujado con una vincha y comenzó a bailar de espalda al río. Los pechos grandes se translucían bajo la blusa de bambula y llevaban su propio ritmo. El sudor impregnado en la prenda remarcaba los pezones que en el devenir de la danza, a veces, nos apuntaban. Ella siempre había asegurado y nunca supe si en broma, ser la campeona del mejor pezón 1979, forma y color insuperables. Podía ser una exageración de su parte pero yo le creía, ansiaba creerlo como a un dogma de fe, aunque ahora, que los años los habían separado y apuntado hacía abajo, no se apreciaban sus aureolas color de fresa. Se alzaba la falda y nos exhibía las pantorrillas firmes, el taconeo de las zapatillas en el piso de tierra colorada despedían partículas polvorientas que veíamos también danzar al trasluz como lentejuelas minúsculas. Los últimos compases la hallaron en plena cadencia del traste delante de nuestros ojos. Terminó a las risas, nos besó en los labios y se fue a la carrera hacia el río. La vimos desnudarse y entrar agitando el agua que ya perdía el resplandor de la hora. El horizonte se enturbió con una nube de polvo que opacó los colores con un tono ocre. La camioneta se detuvo y por un instante quedó envuelta en la tierra. Arsenio descendió con una sonrisa que le fruncía el bigote. Vestido de blanco de pies a cabeza parecía bajado del cielo. Colocó su cabeza en un sombrero gris de ala ancha, se adelantó con los brazos extendidos y nos esquivó para abrazar a Carmen. Nos refugiamos al amparo del toldo que se extendía de uno de los laterales del micro. Gabriel resultó ser Justo Roque Mendía; yo, Jacinto Luis Cruz Cruz y Carmen, Margarita Azucena Restrepo.-Apréndanse los nuevos nombres porque de nada valen si no los aplican, dijo Arsenio con aire doctoral. Luego se volvió hacia la camioneta y regresó con una bolsa de tela.-Acá están las armas, dos 38 para los caballeros y una 6.35 para la dama con seguro de empuñadura. Enseguida comenzó a explicarle a la flamante Margarita el uso de la pistola.-Les traje munición suficiente como para que practiquen, dijo y colocó varias cajas sobre la mesa.-¿Cuánto le debemos Arsenio? Interrogó Gabriel. El hombre alzó las manos hasta la mitad del cuerpo y con las palmas hacia delante hizo la seña de esperar.-Traje además unos costillares y unos vinos para almorzar, habrá tiempo para lo demás. La temperatura comenzaba a subir y la selva a nuestro alrededor estaba quieta, como dibujada en el silencio. Arsenio asó la carne sin perder de vista los movimientos de Carmen. Además de demostrar ser un espía libidinoso se lució con la comida y bebió sin alterarse. Todavía a los postres nos sorprendió con la guitarra y el rumiar de boleros melosos que, por momentos, todos entonábamos; él lo hacía con los ojos entornados y con un abandono del que regresaba en partes referidas al amor para dedicarle sonrisas de sapo a mi mujer. En algunas canciones se me ocurrió pensar que parecíamos Eydie Gorme y Los Panchos extraídos de una memoria añosa. A veces, el sueño me vencía y despertaba entre aplausos o tonos desmedidos. Las botellas de vino vacías parecían soldados caídos en una batalla. Carmen se fue a acostar con el atardecer todavía alto. Arsenio fue de nuevo hasta la camioneta y regresó con dos botellas de Glenlivet.-Son genuinas entre tanta falsedad, aseguró con la voz arrastrada y se sirvió un vaso generoso, chasqueó los labios y preguntó:-¿Qué piensan hacer? La pregunta ameritaba una respuesta seria. Para ganar tiempo repregunté: -Hacer con qué.-Las armas, las identidades. Tuve temor de que Gabriel recreara el argumento de la novela y dije con suficiencia: -Algo que nos permita ir tirando y moviéndonos por el país, divertirnos, vivir cosas nuevas.-Con Ostrovich y otros compañeros siempre pensamos que los que son como ustedes son unos pendejos. Gabriel permaneció con la mirada fija hacia el río que se iba apagando frente a nosotros. Me di cuenta que estaba ausente, embotado por el alcohol.-López Rega los tenía bien calados ¡pendejos! Arsenio le hablaba también al río y bebía de a grandes sorbos.-A Perón lo engañaron ¡pobre viejo! Menos mal que estaba Lopecito...¿y la señora? Preguntó con los ojos vidriosos dirigidos hacia mi. Pensé que se refería a Isabel y me encogí de hombros.-Vaya a buscarla, me ordenó y sacudió a Gabriel,-y vos, andá a lavarte la cara que les quiero decir algo. Pasó un rato y llegó la noche. Arsenio bebía solo y la botella muda parecía darle argumentos.-No hay memoria para el paso de los hombres sobre ésta tierra ¡carajo! Con las giladas de éstos perejiles.-Cálmese don Arsenio. Qué le anda pasando, le dijo Carmen. El hombre pareció volver. Todos nos servimos una ronda de güisqui.-Acá hay dos bandas, comenzó a hablar, nosotros los bautizamos los montos y los erpios.-¿Quiénes son los nosotros? Preguntó Carmen.-La tercera posición, una banda casi legal formada por gendarmes y ex combatientes de los 70. Los erpios cosechan y trafican marihuana, los montos contrabandean y nosotros regulamos el mercado y velamos por un equilibrio... digamos ecológico. Crecen los erpios apostamos por los montos y así, mantenemos las fuerzas parejas. Ellos lo saben e intentan evitarlo y ése es el juego. Aquí entran ustedes, tres citadinos con un negocio que venimos preparando con nuestro infiltrado. Como le hacíamos a los pendejos en los 70, siempre fuimos superiores. Vació su vaso de un trago.-La derecha fue siempre superior porque es práctica ¿entendieron? Hubo un instante de duda que Carmen rompió:-No-Es fácil y se ganan diez mil verdes para boludear por el país. Supe que esperaba la pregunta, Gabriel me miró y dejé caer mis párpados en la vieja seña de ciego. Carmen se movió incómoda y sugirió prender el fuego. Arsenio deslizó un cumplido:-Usted lo prende con su presencia. Ella se rió y el hombre, vacilante, comenzó los preparativos. En pocos minutos el fuego se contorneaba frente a nosotros e iluminaba las caras embelesadas ante el ritual de las llamas. Ahora Arsenio le hablaba al fuego:-Mañana regreso con dos amigos y una plata, ustedes cruzan el río con mis amigos, caminan un par de kilómetros y en un abra antes del río Monte Lindo se produce el intercambio, unos panes de blanca, unos ladrillos de yerba. Fácil, regresan, cobran su parte y se van ¿De acuerdo? Nos miramos iluminados por el resplandor.-Nos permite un minuto, dije yo y los tres nos incorporamos para entrar en el micro y discutir una decisión. Carmen estaba convencida en participar. Yo, parafraseando a Carlos Fuentes, pensaba que conocíamos la historia pero ignorábamos la verdad. Gabriel se abstuvo de opinar; solo aseguró que haría lo que hubiera que hacer. Conclusión, regresamos con Arsenio y aceptamos la propuesta. Lo interrogamos con preguntas llenas de incertidumbre y el hombre aseguró que las dos o tres cosas que deberíamos saber no las diría antes de cruzar y que no nos hiciéramos problemas. Sirvió más bebida y retomó el hilo de sus recuerdos que eran como un reflejo denso que se hizo oscuro cuando el fuego se consumió del todo.-Pendejos de mierda ¡para morir en vano no necesitaban de la voluntad! En el páramo impenetrable de luz se dejaban oír ruidos de animales que como fantasmas sin nombre parecían responder a los dichos de Arsenio.-Créanme, salvamos al país y ahora somos los asesinos de una generación maravillosa que si hubieran tomado el poder se hubrían matado entre ellos, así son las revoluciones pendejas. Se rió y tosió hasta ahogarse y fue lo último que hizo en ese instante. Al siguiente tronó el silencio con un resplandor mezcla de rojo y plata que le voló parte de la cabeza, salpicó de sangre la oscuridad y lo hizo caer hacia adelante.-Me tenía podrido este hijo de puta, dijo Gabriel. Apenas lo oí aturdido por el disparo. Me di cuenta que Carmen gritaba por la expresión de la boca demasiada abierta y las manos sobre las orejas.-Pero ¿qué hiciste? Grite yo también.-No aguantaba más, hice justicia, dijo calmo y convencido. Abracé a Carmen. Consolé a Carmen. Acosté a Carmen. Comenzamos a pasarnos la botella inconclusa. Así estuvimos en silencio, como ausentes. Solo fijar la vista en el cuerpo exangüe del hombre nos hacía regresar pero lo evitábamos como si el bulto que estaba allí tirado fuera una cosa más de las que nos rodeaban y formara parte indivisible del paisaje. El amanecer puso todo en su sitio. Le vaciamos los bolsillos, lo arrastramos hasta la orilla del río y nos metimos en el agua. Lo soltamos, amagó girar hacia nosotros y la corriente lo enderezó y lo llevó hacia el este. Revisamos la camioneta, encontramos una pistola en la guantera, luego la pusimos en marcha y la clavamos en la vegetación que no alcanzó a devorarla. Con las llaves que supusimos de la oficina en nuestro poder decidimos pasar por allí y ver si había algún dinero. Carmen dormía cuando nos pusimos en marcha. Poco fue lo que hallamos en el lugar. Un botín mezcla de euros, dólares, pesos y guaraníes fue el producto de nuestro primer y último golpe. Era el mes de diciembre y el dinero se acababa a la par de los ánimos. Hablábamos poco y de Arsenio nada, pero las cosas vuelven como lo hace el frío, el calor, la lluvia o lo más común, la noche, cuando es de día. Lo que narré al comienzo de ésta historia sucedió en un camino angosto de ripio en un lugar de la Patagonia. El micro pinchó un neumático y Gabriel se quedó a cambiarlo. Carmen y yo cargamos una mochila y salimos a caminar por una senda que un cartel indicaba a El Saltillo 3 kms. El camino ascendía hasta una pampita que entraba en un bosque de cohiués en donde a mitad de camino hacia el salto de agua descendía tumultuoso un arroyo Al regresar oímos los disparos. Dejé a Carmen en el arroyo y en vez de volver por la senda di un rodeo por un roquedal y vi a los gendarmes que cortaban el camino y cuatro hombres de civil de aspecto mayor que enfrentaban a Gabriel que los azuzaba con las granadas de plástico. Desde mi posición parecían ensayar una coreografía hasta que comenzaron los disparos. Luego de un concilíabulo entre los viejos de civil y los uniformados, cargaron el cuerpo de Gabriel en el micro, subieron y se marcharon escoltados por los gendarmes. Cuando el miedo, emoción genuina y dolorosa, se extinga, tal vez, me atreva a continuar la historia que al fin será lo único que nos sobreviva convirtiéndonos en inmortales. ■

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