miércoles, 4 de junio de 2014

Alejandro Bovino Maciel


                  

   Fragmento de la novela "Culpa de los muertos" 
sobre la dictadura militar argentina del '76 en la ciudad de Corrientes.
Editado en español: Rubeo Ediciones, Barcelona, 2007 en francés: les faute des morts, ediciones la derniére goutte, estrasburgo, 2013

Mi otra hermana se desquitó: desovaba cada año con la
puntualidad de un salmón. Coleccionaba hijos mientras el
marido seguía alardeando de ser el dueño de casa arrastrando
los ojos como un faro centinela, cuidando que cada cosa estuviera
en su sitio, ni un milímetro más ni uno menos. No sé si
por casualidad o por las leyes estadísticas, gracias a la salmona
paridora tuve a Camila. Y cada sábado descansaba recostada
en mi pecho cansado. Estoy harto de la vida, Agop. Sueño
con ellos: Ingrid, Juanca, Loisa, y César. ¿Por qué sigo vivo?,
me preguntan. Lo mismo que yo le preguntaba a Lía pero las
preguntas sobre la vida y la muerte no son verdaderas ni falsas:
son impropias, decía Hume.
¿Hume también?
Una cosa lleva a la otra mi ingenuo ingeniero Agop. Leer
a Proudhon, leer a Marx, leer a Hegel, leer a Kant y no se pueden
quedar atrás Locke, el obispo Berkeley y Hume por el
camino.
Camino a la facultad cada uno leía un filósofo y compará-
bamos. Apenas nos quedaban grabadas las relaciones del
hígado con los órganos del vecindario pero las ideas de estos
fulanos entraban como flechas y siempre daban en el blanco.
Estábamos perdidos, tendríamos que haber seguido sociología
o algo así, pero la anatomía humana topográfica y funcional
ejercía sobre nosotros la dialéctica del amo y del esclavo,
como decía Juanca. Yo tenía mi horario para cuidar a Lía
y casi siempre alguno de los cuatro me acompañaba en mi
turno del velatorio de quince años. Leíamos embriología
junto al feto muerto que no se decidía si estaba en el cielo o
la tierra. Era irónico leer cómo se iban formando los tejidos
y los órganos en un embrión mientras al lado mi hermana se
deshacía con la lentitud de una pluma que cae desde la cima
de una montaña. Leyendo el desarrollo del ectodermo Ingrid
me dio un beso en la boca una noche. Cuando me disponía a
explicarle por qué las glándulas endocrinas no son todas
endodérmicas, Juanca me dio otro, también en la boca.
"Queríamos saber si te gustan los hombres o las mujeres", me
dijo Loisa después en el pasillo de la cátedra de Histología.
No me gusta nada, creo que soy andrógino, frígido, eunuco o
algo así. Un híbrido asexuado y sin alma. ¿Cómo podía seguir
creyendo en el espíritu si mi hermana por un puto émbolo o
un aneurisma, que da igual, se quedó en "off" para siempre?
¿Adónde se fue el espíritu? ¿Se fue con el coágulo de mierda?
Otra vez haciendo preguntas impropias, perdón querido
Hume, aunque su peluca me disguste, sus ideas me interesan.
Nunca estamos demasiado cerca de la verdad, Agop;
nunca estamos demasiado lejos tampoco. Somos lo que hacemos
y yo no amo en ningún tiempo verbal; tampoco odio,
casi todo me resulta indiferente desde que me enfrenté a la
muerte. Quise verla cara a cara pero ella se puso la máscara de
la justicia que es fácil de confundir porque nadie conoce de
verdad lo que es justo y me engañó esa vez. El error es más
nocivo cuanta más dosis de verdad contiene y allí estaban los
caballeros del orden queriendo arrancar ideas subversivas de
las mentes juveniles. Mal es lo que nos priva de algo pero a
mí, privarme me hace bien.
No me gusta nada, Agop, ni siquiera yo. Desde esa noche
estoy purgando todas mis faltas, todo lo que dejé de hacer. He
pecado por omisión. Estoy asándome en cuatro capillas
ardientes. Cinco, con la de Lía que seguía muriendo y no se
decidía pero yo ya la consideraba difunta y hasta le llevaba flores
los viernes.
Menos mal que cada sábado Camila me devolvía a la vida.
¿Y ella también lo quería así?
Me querría tanto como decir que era su principio, Agop
Niemeyer. Ella buscará su propio fin porque el mío ya llegó.
Pero antes de irme para siempre vivo esta agonía de ideas. Y
se la dono a quien más quiero en este mundo mudo e inmundo.
Yo voy a desaparecer en cualquier momento, pero de una
vez por todas, no como Lía que vivía en el agonidero.


          Alejandro Bovino Maciel
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1 comentario:

  1. Otra vez me pasa lo mismo. quisiera leer tus libros completos pero dudo que los consiga en una librería de Tel Aviv. Tal vez están en la red? Avisame si es posible conseguirlos en estas latitudes.

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