domingo, 5 de diciembre de 2010

ESTELA SMANIA

 

EL ELEUTERIO Y LA LUCINDA
II Capítulo  de “Los Malaventurados”


¡Date presa de amor, mi carcelera!
Miguel Hernández

          Cuando doña Sacramento le miró el alma a través de los ojos, supo enseguida que aquella palidez, aquella flacura que le permitía conocer palmo a palmo su esqueleto, aquellas lágrimas que brotaban sin cesar como manantial de la montaña, eran síntomas de un amor no correspondido.
          Eleuterio se lo confirmó. Pateando una piedra, con la mirada gacha, le contó de la Lucinda, la hija del payador más inspirado que se había conocido por aquellos pagos. Le contó del desdén con que ella lo trataba o destrataba, según se viera. Charlaba con todos la Lucinda, porque era de palabra fácil como su padre. Para todos tenía un decir, una sonrisa, una mirada. Para todos menos para él. Y no faltó el día en que por descuido o por desprecio, lo salteara de la rueda del  mate amargo que cebaba tarde a tarde en la galería del rancho, entre coplas y contrapuntos. El Eleuterio, a fuerza de ser desatendido e ignorado, llegó a dudar de su presencia. Se miraba la sombra, temeroso de haber sido abandonado por ella, hacía de vez en cuando un despliegue de ademanes y levantaba la voz, sólo para convencerse de que seguía allí. Estos arranques, que alteraban su condición de mozo serio y de pocas palabras, solamente le valieron alguna que otra sonrisa mal disimulada y la fama, no del todo mal ganada de “algo tocado”.
          La vieja lo escuchaba con preocupación, presentía que la muerte rondaba los pensamientos del muchacho, como la forma más segura de poner fin a tanta pena de amor. Y si bien la muerte no la asustaba, más aún, la andaba buscando y la muy majadera no le daba la cara, le escocía imaginarla adueñándose de un cuerpo tan joven, apenas florecido, como el del Eleuterio.
          Como la cosa venía con urgencias, ahí nomás le desprendió los tres primeros botones de la camisa y le friccionó el pecho a la altura del corazón con un ungüento de mala apariencia, pero que olía a flores.  Cerró los ojos que se le quedaron mirando para adentro y musitó las consabidas oraciones.
          El Eleuterio sintió que la pena se le disolvía y le goteaba por dentro con la blandura de la grasa derretida. Las entrañas parecían habérsele puesto al rojo vivo y necesitó aspirar con fuerza el aire fresco de las sierras, para aplacar el ardor. Sus mejillas se colorearon y se tanteó entero, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, increíblemente vivo.
          La vieja dejó ver sus pocos dientes a través de una sonrisa apenas dibujada, y le ofreció, por las dudas, unas plumitas de caburé para adornar el apero.
-Es de balde, la tristeza espanta el amor. El amor es hijo de la vida y hermano de la alegría – alcanzó a decir mientras Eleuterio se alejaba con pasos firmes, sabedor de que sus alpargatas dejaban una huella sobre la tierra y de que su sombra lo seguía como perro fiel.
          Esa misma tarde, tarde de viernes, entre coplas y contrapuntos, la Lucinda le ofreció el primer mate al Eleuterio, el más espumoso, mientras bajaba los ojos sin poder soportar la fuerza de aquella mirada llena de promesas, de aquella presencia que llenaba toda la galería y la invadía de un persistente olor a flores. Y un día cualquiera, viernes también según los dichos, la Lucinda, llevando apenas un atadito de ropas, se subió a la grupa de su yegua zaina y recorrió las pocas leguas que la separaban del Eleuterio, para que le cobijara el cuerpo y el alma.

ESTELA SMANIA

                                            

6 comentarios:

  1. DISFRUTO MUCHO DE ESTAS HISTORIAS QUE ME TRAEN COSAS DEL MONTE, BIEN ENTRANDO...COMO DICEN.
    GUALICHOS, CREENCIAS, Y A LA VEZ LA NARRATIVA DE ESTELA TIENE MUCHA TERNURA Y ES MUY POETICA.
    FELICITACIONES!ENTRERRIANA NO?

    EDGAR BUSTOS

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  2. Leí la primera,vamos por la secuencia.Cautivante texto, como el anterior. Es una estupenda autora.

    Eugenio

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  3. Qué increíble, me asombran las creencias que se dan en el campo, tengo una amiga que es muy especial para soluciar todo con hierbas o recomendaciones caseras.Siempre está hablando de que su abuela curaba el mal de ojo, el empacho, la culebrilla. Hermoso relato.

    María Elena Vilches

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  4. A quienes sabemos de lo que habla Estela esta narrativa es especial, hace sonreir, enternece.Gracias Estela!

    Andrea Casas

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  5. También pienso como Andrea. Mi narrativa es de la línea de Estela, que es siempre muy profunda, deja un mensaje, no hablo específicamente de este trabajo, sino de cuentos más largos que la han hecho muy conocida en el medio. Y como poeta es extraordinaria, entonces me sumo a todo lo que han dicho y la felicito de corazón.
    Quiero mucho a Teli Smania y ella lo sabe.

    Lily Chavez

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  6. Perdón, cuando releí el mensaje me reía sola. Quise decir que mi narrativa sigue su línea en cuanto a las cosas del campo o del lugar donde uno ha vivido. Lo de la profundidad y dejar mensajes me refería al trabajo de ella.

    Lily Chavez

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