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lunes, 20 de octubre de 2014

Ester Mann



¿PODRA SOBREVIVIR EL HOMBRE?

Me despertó el fono. Miré el circulito iluminado, las siete de la mañana... Era Paco...¿Qué podría ser tan importante para despertarme a esta hora? El sabía que yo hacía horario nocturno...
 –¡Hey! Paco, ¿qué pasa a estas horas?
-Buen día Fermín, estoy en una de las ciudades abandonadas del siglo XXI, tengo algo muy interesante para vos. No pude contenerme y te desperté.                    
- Te voy a perdonar si es algo muy bueno... ¡escucho!
- Encontramos montones de CD, la mayoría con etiquetas de conjuntos u orquestas, nada especial, como siempre... Pero también habían varias decenas de CD personales, diarios íntimos y cosas por el estilo. Creo que te interesará, ¿qué decís?
- ¡Que sí!! ¿Cuándo podré tenerlos?
- Bueno, estoy un poco lejos, pero te los mandé esta mañana por correo, en cualquier momento te los entregan. No olvides la diferencia de horario!

Me lavé -el agua tenía hoy un olor a desinfectante un poco más fuerte que de costumbre (¿otra filtración de las cloacas? ¿Quién lo sabrá?). Saqué una hamburguesa de la refrigeradora, le agregué queso y la puse en el microondas. El café hoy debía ser bien fuerte, había dormido sólo tres horas...Y bien, con la cantidad de proteínas, glucosa y cafeína que estaba por ingerir, mi organismo se sentiría cien por ciento y podría funcionar.
Mientras comía miré las noticias por TV: lo habitual, accidentes de tránsito, envenenamientos por comida en mal estado, polución ambiental, investigaciones sobre el cáncer, nada nuevo. Como siempre, decidí no prestar atención a las malas nuevas. En el diario tenía acceso a muchas más desgracias de las que se publicaban. ¿y para qué me servía en la vida diaria? No  cambiaría mi dieta, no renunciaría al fono-pulsera, no me privaría de mi auto ni de la TV. Y aunque lo hiciera y me fuera a vivir al campo cultivando mi propia comida, como aconsejaban los ecologistas, ¿eso cambiaría al mundo? Millones de personas seguirían fumando, bebiendo, consumiendo...
En ese momento, llegó el correo expreso y tuve en  mis manos  esos antiguos discos de computadora. Comencé a insertarlos en mi PC uno por uno, podía revisar rapidamente su contenido: diario de un adolescente, cuentos de ciencia ficción (¡ja! ¡Qué ingenuos!), cartas privadas, cartas oficiales, resúmenes de cuenta de distintos bancos.
Nada de interés, ¿para eso me despertó Paco? ¿Por qué no los revisó antes de llamar?
Me preparé otro café, calenté en el micro un trozo de torta de queso congelada - creo que me estoy pasando con el azúcar- pero bueno, necesito azúcar para que me funcione el cerebro.. Continué con la inspección: ¿una carta? No, otro tipo que se despierta con dolor de cabeza. ¡Un momento! ¿qué es esto...?

«Me desperté  con un terrible dolor de cabeza. ¿Cuántas horas habré dormido? Fui  al baño, me miré la cara en el espejo: en apariencia todo estaba bien, color normal, los ojos un poco hinchados por el sueño, pero no rojos o brillantes de fiebre. Me lavé con cuidado ya que el botellón estaba casi vacío. Mientras le mandaba el correo eléctronico al proveedor del agua escuché las acostumbradas letanías de otro entierro... ¿Quién sería esta vez? Me acerqué a la ventana y vi a la familia del dueño del supermercado de la otra cuadra..¿Qué habrá ocurrido? Tal vez muerte natural... ¡Esto de vivir justo en el camino al cementerio nuevo ya me tiene harto!
«No tenía nada en la heladera, así que mandé otro correo a “Granjas Orgánicas” con mi pedido habitual. Con un poco de suerte, en dos horas tendría todo en casa... Ahora  ya no había embotellamientos, ni miles de pedidos que impidieran la entrega inmediata.
 «Así es, todo tiene sus ventajas: mientras no fuera yo el muerto podría disfrutar de la drástica disminución del hacinamiento urbano. En realidad, mi cuadra estaba practicamente deshabitada. En mi edificio, los diez pisos estaban desocupados, el ascensor ya no funcionaba y no se pagaban gastos de mantenimiento. Por suerte, en las pocas oportunidades en que salía a  la calle todavía podía subir los  tres pisos hasta mi departamento. Podría haberme mudado al primero, pero era engorroso. Legalmente era complicado, a pesar de que nadie reclama hoy en día las propiedades, las otras viviendas no me pertenecen y quién sabe si dentro de un año  o un mes, cuando todo esto acabe –¿acabará algún día?- no aparecerá un heredero y tendré que volver a mudarme...
«¡¡Mudarse!! Esta es una de las pocas fantasías que nos quedan a los sobrevivientes. Dos tercios de la ciudad están vacíos: hermosas casas con jardines y muebles nuevos, cocinas modernas, bañeras redondas o triangulares, jacuzzi, duchas masajeadoras y todo el confort de nuestro siglo... Pero nadie entre los vivos se atreve a ocuparlas: descartando a los religiosos que consideran que este es el nuevo invento de Dios para castigar nuestra iniquidad, una especie de nueva Sodoma y Gomorra, los otros, entre los que me cuento, no sabemos con certeza si los famosos virus intestinales o las bacterias pulmonares están latentes en esos lugares en que la gente fue destruida por ellos.
«De todas maneras, todos los edificios cercanos a las antenas deben ser desechados Aunque no esta “científicamente” demostrado que ellas provocaron todos los tipos de cáncer que mató a sus ocupantes, sabemos que las empresas de celulares, el ejército, las emisoras de radio y TV impiden que ese tema se investigue.
«Y debo recordarme a mí mismo, una y otra vez, que esa fue la razón que me impulsó a comprar este departamento. Fuera del centro de la ciudad, en el camino al cementerio nuevo, no había concentración de antenas gigantes ni fábricas, el aire era más limpio y las probabilidades de contagiarse menores .
«De todas maneras, salir a la calle no es seguro: los gases venenosos siguen existiendo y, aunque por ahora la máscara es efectiva, no sé con seguridad cuánto tiempo más van a seguir fabricando los filtros. Esa es una de las grandes desventajas de la dramática mengua en la población: ya hay poca gente que trabaje en fábricas, agricultura, servicios. Todo el que como yo puede trabajar desde su casa, lo hace.
« Hay miedo de salir al aire libre. Decir aire libre no es, como hace 50 años, decir aire puro. Los pesimistas informes de las organizaciones verdes que nos hacían reír en los primeros años del siglo XXI se concretaron...Ni las propias organizaciones creían  que en un porvenir tan cercano llegaríamos a la reducción de la población mundial en un 50%. Si dejamos de lado las pequeñas localidades y el campo, tomando en cuenta sólo las grandes ciudades, la disminución llega al 75%. 
«Con el cierre de los edificios bancarios, toda la actividad se trasladó a las computadoras  y gracias a esto puedo sobrevivir y trabajar en mi casa. Pero, ¿cuánto tiempo podremos seguir con este tipo de vida? ¿Qué ocurrirá si las empresas de agua pura dejan de funcionar? ¿Cuántos siglos pasarán antes que las fuentes naturales de agua se depuren de los restos químicos y radiactivos? ¿Cuántos hasta que el bosque de antenas ralee y desaparezca? ¿Cuántos hasta que se pueda comer pescado no contaminado? Aunque casi no se extrae petróleo, todavía sufrimos las consecuencias de su uso intensivo e indiscriminado.
«Es absurdo, pero la muerte masiva de la población mundial produjo la desaparición de una parte de los factores de contaminación: las fábricas de fertilizantes, desinfectantes, desodorantes y otros miles de productos que envenenaban el  ambiente, ralean y van desapareciendo...O sea, que lo que las protestas y manifestaciones no han logrado en dos siglos, lo consiguió la implacable realidad. No hay para quién fabricar esos productos, no hay suficientes celulares y televisores para justificar el bosque de antenas sobre los techos, no hay bastantes consumidores de petróleo para extraerlo en grandes cantidades.
«Los primeros en sucumbir, como siempre, fueron los pobres. Ellos no podían comprar agua pura, comer sólo productos orgánicos, no tocar la carne contaminada de los animales  criados industrialmente, instalar en sus hogares purificadores del aire, etc. etc. Luego murieron los cínicos, los que se reían de todas las precauciones, los que pensaban “a mi no me pasará” y seguían consumiendo productos insalubres. En tercer lugar desaparecieron los que ya no querían vivir, los débiles que carecían de fuerza para luchar por cada gota de agua y cada soplo de aire... Y, por último, los niños, muchos de ellos huérfanos, sin capacidad para cuidar de su salud, sin defensas orgánicas, sin dinero, sin hogar...
«Los que permanecemos, los que aún luchamos, este 25% que vive aislado, alejado uno del otro, mantenidos por los pocos empleos que nos permiten subsistir, tenemos unos pocos años - los que nos resta de vida-  para reconstruir, reparar y recomponer  la raza humana. Pero esto, ¿tiene sentido? Si logramos reproducirnos, traer nuevos seres al mundo, formar nuevas familias, repoblar el planeta, en unas pocas decenas de años todo volverá a ser como antes. La calesita seguirá girando con la vieja música y nadie querrá cambiar el disco...
«Otra vez las grandes empresas levantarán cabeza, el viejo orden resurgirá, nuevas organizaciones de verdes se formarán y proclamarán sus advertencias, pero nadie prestará oídos.  Y  la vorágine del consumo girará sin freno hasta la catástrofe final.

El café se había enfriado, la torta de queso era un mazacote incomible y mi pecho, oprimido como si tuviera un ladrillo encima, me impedía respirar. Sí, la calesita seguía girando, todo lo que llevó a la destrucción de la sociedad humana, tal como era en el siglo XX, se renovó ahora, cinco siglos más tarde. ¿Y en cuál de las categorías que describía ese desconocido encajaba yo? Sin lugar a dudas yo era el cínico, el consumidor típico, el que no quiere pensar en las consecuencias de su conducta...
 Ahora podía imaginar el motivo de que las ciudades fueran abandonadas, de la decadencia de la industria y de toda actividad humana en el siglo XXI. Era muy sugestivo que no se hubieran publicado esas conclusiones. Era obvio que el gobierno lo sabía pero prefería callar, ocultar.. Mi interés por los siglos pasados − que era sólo un pasatiempo −, me desveló el presunto misterio de las ciudades deshabitadas. Ellos habían llegado a un punto desde donde  no había marcha atrás... Y nosotros, ¿a qué distancia estamos de ese mismo punto?
Es como si cada vez que su existencia es amenazada, el planeta corcoveara como un caballo salvaje y arrojara a los hombres de su lomo: inundaciones, terremotos, sequías se suman a las causas de muerte provocadas por  el hombre. Guerras, accidentes y polución no alcanzan para eliminar la población que envenena el planeta pero junto con las catástrofes de la naturaleza, nos llevan al mismo punto que describió ese desconocido en el siglo XXI. La Tierra nos acepta mientras no la devastemos; cuando, cada tantos siglos, el peligro de destrucción es inminente, ella nos arrasa a nosotros.

 Me asomé a la ventana, respiré hondo el aire libre pero impuro de la ciudad. La maraña de antenas en los techos estaba inmóvil. Todo estaba en calma, no había viento. La vorágine oculta continuaba su giro mortal.   ■


 Ester Mann






miércoles, 4 de junio de 2014

Ester Mann


TERCERA EDAD

Vivo en una sociedad, en un país y en una época en que se idolatra a la juventud, a la juventud que trabaja, gana y consume, sí, consume. En las propagandas de la televisión emplean a viejos para recomendar médicos, seguros, hogares para la tercera edad (¿cuál será la cuarta, la de los pañales o la de la tumba?) o artículos que demostraron su bondad a lo largo de decenios, porque se acepta que los viejos son rectos, no mienten, si ellos lo dicen así será.  Nadie piensa en que un hombre mentiroso se convertirá con los años en un viejo mentiroso, que una mujer tramposa seguirá siendolo también a los 90 años.
Este prólogo viene a cuento porque hace un tiempo una chica muy mona me chocó el auto por detrás,  en una calle en la que no había ningún otro vehículo.  ¿no estaba atenta al guiño de mi coche que indicaba que iba a doblar? ¿No sabía el significado del guiño? ¿Estaba hablando por teléfono? No lo sé. Pero de la nada aparecieron dos testigos entrados en años, 50 o más, tipos que pasaban por la calle y que aseguraban que ella no era culpable.  Aunque la ley es clara con respecto a estos casos, pues se debe guardar distancia del vehículo que va adelante, ellos trataron de convencerme de que no me convenía exigir una reparación. ¿Porqué? ¿qué iban a obtener al ponerse de su lado? ¡¡¡nada!!!! Solo que era más agradable apoyar a una mujer linda y joven y ganar su sonrisa que discutir con ella y apoyarme a mi, una vulgar vieja que seguramente ya ni sabe manejar un auto….
La indignación que experimenté venía de lejos y nada tuvo que ver con ese incidente: en definitiva yo tenía razón y la niña tuvo que pagar el arreglo. Mi rabia por la deslealtad de esos dos desconocidos que no volví a ver,  surge en fantasías de venganza incluso en mis sueños.

Tengo muchos ejemplos de la injusticia que se comete a diario: cuando voy a comprar algo y sin respetar mi lugar en la cola,  atienden primero a las mujeres jóvenes, siento deseos de abofetear al vendedor.
En el consultorio médico he observado con frecuencia que si un joven acompaña a su abuelo, tío o padre, el profesional se dirije al joven, como si el viejo, que es el que se presentó a la consulta, fuera mudo, tonto o no existiera.
También me saca de quicio cuando por ejemplo en la plaza  me trepo al tobogán para ayudar a mi nieto, o corro con él para jugar, las madres jóvenes me miran admiradas y suelen expresar su asombro con un: "Qué bien!" O sea: para ellas yo ya estoy fuera de circulación, no puedo hacer gimnasia, correr, treparme o sentarme en el suelo. Debo tejer y quedarme quietita en mi silla de ruedas pizpeando de reojo la telenovela…
Muchos dirán que no es más que envidia; y tal vez tengan razón. Pero por lo menos en el nivel consciente no añoro mis 30 o 40 años. Tuve mis satisfacciones y ahora tengo otras, tuve mis tristezas y ahora  las angustias asumen otra vestidura.

Tal vez esto haya ocurrido siempre y no sea una novedad, aunque  lo es para mí porque llegué a esa edad en que uno desaparece, no existe, no tiene voz ni intereses ni capacidades.  Al fin y al cabo nunca fui de las que se callan y por eso, siendo toda mi vida una mujer metereta y cargosa, me he convertido ahora en una vieja insoportable…

                         Ester Mann

domingo, 27 de abril de 2014

Ester Mann


Las oscuras golondrinas 
                                             
Cuando empecé a llegar todos los días a la vieja Estación Central de Tel Aviv, me llamó la atención la fila de árabes en una de las plazoletas. Casi siempre me paraba enfrente, y mientras me tomaba un café, los observaba. Nunca había visto gente así: resignados, los ojos bajos y las manos caídas, sosteniendo un bolso o un abrigo. A veces llegaba justo cuando los estaban cacheando. Aunque mi familia procede de Marruecos y no tuvo relación con el Holocausto, a mis diecinueve años las asociaciones eran obvias.
En un extremo de la hilera de cuarenta o cincuenta personas siempre veía al mismo muchacho, más o menos de mi edad, tenía ojos claros y después de algunos días comprobé que él tambien me atisbaba. A diferencia de sus compañeros, él observaba todo a su alrededor y así captó mi mirada.
Una vez osé preguntarle al dueño del café quiénes eran y qué hacían esos hombres parados en la calle.
-Ah! Son arabitos! Esperan que los contratistas los vengan a buscar para el trabajo...
-¿Y por qué los cachean?
-¡Pero niña! ¿En qué mundo vivís? Pueden llevar armas o explosivos. Es por nuestra seguridad...
No le respondí. Pagué y continué mi camino hacia la Universidad.

“El mundo es un pañuelo”, dice mi abuela, y a las pocas semanas pude comprobarlo. Entre dos clases, en el recreo, mientras paseaba por los jardines de la Facultad, lo vi. Estaba trabajando en la empresa de jardinería. En forma natural, como si fuéramos viejos amigos me acerqué y empezamos a charlar.
A partir de ese día nuestra amistad se fue haciendo cada vez más profunda. Fuad no tenía nada que ver con la imagen del árabe que yo me había formado en mi casa y en la escuela. Era parecido a los marroquíes de los cuentos de mi abuela: orgulloso, ingenuo y apasionado. Le tomé cariño, como si fuera un pariente cercano. Pero guardé el secreto de nuestra amistad. No quería contaminarla con preguntas capciosas ni discutir con mis padres.
Fuad nunca estuvo en mi casa ni yo en la suya. Pero ese día todo iba a cambiar. Ese día, vestida como siempre, vaqueros y remera de algodón, con un vestido largo en el bolso, viajaba en el colectivo con destino a Ariel. Allí me esperaría Fuad para llevarme a su pueblo.
¿Por qué estaba dando este paso? ¿Qué necesidad tenía de arriesgarme a visitar un pueblo palestino en un territorio ocupado por mis compatriotas? ¿Qué sabía yo del odio que sentían los amigos y parientes de Fuad, y tal vez, Fuad mismo?
No tenía una respuesta clara para esas preguntas. Creo que a la inversa de lo que creyó la gente y de lo que publicaron los diarios, era por orgullo patriótico que me exponía: quería demostrarle a Fuad y a toda su parentela que no todos los israelíes éramos ciegos y sordos. Que no todos éramos sanguinarios y vengativos, como nos consideraban ellos.
Que si los políticos de ambos bandos nos daban una oportunidad, viviríamos en paz  trabajando codo a codo.
¿Cómo podía saber que habría un allanamiento?¿Cómo adivinar que Fuad era jefe de un grupo de lucha clandestino y que encontrarían documentos en su casa? Cómo presentir que el ejército me detendría y me iniciaría un proceso?
Hoy, despues de dos años de cárcel, cuando salí a la calle recibí, una vez más, los escupitajos de la gente y sus insultos. Para la mayoría soy una traidora y merecería un castigo mayor.
Pero hay otros, siempre demasiado pocos, que sí nos atrevemos: somos como golondrinas solitarias perdidas en un largo invierno...
Algún día llegará el verano y la calidez del sol nos rodeará, la brisa nos acunará y cubriremos la tierra y el mar con nuestras alas. Amén.

                                                                                  Ester Mann




lunes, 17 de febrero de 2014

Ester Mann

 


 Un Vivo De Todos Los  Tiempos

Subió al primer colectivo que iba en esa dirección, pagó y se sentó atrás, lejos del conductor, donde no había otros pasajeros, para no ceder a esa necesidad de hablar, de reírse, de recibir simpatía humana.   
Cuando el vehículo dobló, se bajó por la puerta trasera y se dispuso a caminar las siete u ocho cuadras que lo separaban de la pensión. La piecita la había alquilado hacía ya dos semanas y tenía allí algunas pocas cosas que pensaba llevar.
Era capaz de callar y de caminar normalmente como cualquiera de las personas que andaban a a su alrededor, pero no podía evitar pensar y repensar en lo que había pasado.
Tenía que tener cuidado, en estos casos siempre el amigo, el novio o el marido son los primeros sospechosos. No pudo reprimir una carcajada y la mujer que caminaba atrás suyo apuró el paso para mirarle la cara. El le hizo una mueca y la mujer –bastante joven- miró para otro lado y lo adelantó. Es que era cómico que el cliché de las psicólogas, trabajadoras sociales y  feministas de todo tipo fuera cierto: el culpable, el violador, golpeador e incluso asesino siempre era alguien conocido, el marido, el novio, el amigo. –"Yo entro en la categoría de amante amigo", pensó, -"pero bueno, por lo menos no la maté, sólo unos golpecitos, unos dientitos perdidos, un ojito negro, ja, ja, tal vez hasta le rompí algun huesito a mi amor".
Entró a la pieza y se cambió, guardó el dinero que esa misma mañana había retirado del banco,  puso en el bolso la ropa más nueva, sus documentos, pasaporte incluído –qué inteligente había sido al renovar el pasaporte hacia unos meses, se dijo- y ya estaba listo. La ropa que había usado la puso en una bolsita de nylon para tirarla.
Se sentía bien consigo mismo, había actuado como un lince, todo previsto y solucionado y a iniciar una nueva vida en cualquier lugar del planeta. Brasil por ahora estaba bien; ya había reflexionado en el asunto, nada de grandes ciudades, alguno de los pueblitos perdidos en el que se necesite un maestro. No le importaba volver a enseñar a leer y escribir. De todas formas la literatura lo tenía podrido, le había traído solo malasangre. Y todo por esas guachitas que lo provocaban…Pero ésta pagó por todas, no era tan necio como para matarla, pero la paliza no se la olvidaría asi nomás, toda la vida la recordaría, y cada vez que conociera a un tipo se preguntaría si tambien resultaría pegador. ¡Mocosa imbécil, pretendió arrastrar a un hombre de 40 años de la nariz!¡Creyó que ella con sus 16 inocentes añitos iba a estipular las reglas del juego…!
No era la primera mocita que él se tiraba ni sería la última, ya las tenía caladas desde el primer día de clase. Iba tejiendo su red y para semana santa ya había volteado a la elegida de ese año. Ah! Eso sí, tenía una norma: nunca más de una por curso, había que cuidarse de los chimentos como del diablo.
Pero ésta le salió rebelde, la muy estúpida quería casarse con él. Y no quería atender razones, lo amenazó con denunciarlo. ¡ Necia, gansa, chiquilina!
Primero, mientras preparaba el camino de la huída, le siguió la corriente y hoy, cuando ya tenía todo preparado, le dijo que no pensaba casarse ni con ella ni con nadie. Que si creía que esta relación había sido algo serio para él, estaba loca. Y cuando se puso pesada la empezó a cascar, no con rabia ni odio, sino con método, rápido y contundente, hasta que la nena perdió el conocimiento. La dejó en la pieza del hotel y se fue. Por lo menos dos horas le llevará recuperarse, pero hasta que pueda hablar él estará volando sobre Buenos Aires.
Así eran las mujeres, era parte de su herencia genética: atrapar un macho para que las fecunde y repetirse  hasta el infinito. Pero no con él, que se buscaran a otro tarado…
Salió y cerró con llave. Aunque no había dejado adentro casi nada, no quería facilitarle las cosas al gallego roñoso que dirigía la pensión.
Se abstuvo de viajar en taxi, y en cambio tomó el colectivo a Nuñez, primero volaría a Montevideo, después de allí a donde la inspiración lo llevara.  Seguramente sería Brasil, pero también podría viajar a Venezuela, Peru…Toda America latina estaba ante él, la veía como en una maqueta, desplegándose ante sus ojos. El dinero que hace unos años había comenzado a ahorrar, sin saber exactamente con qué finalidad, ahora se revelaba como una pegada, otro de sus aciertos, sonrió y pensó con satisfacción que entre sus cualidades no figuraba la modestia, no.
Se puso en la cola para comprar el boleto, había un avión dentro de 80 minutos, ¡otro golpe de suerte! Mientras esperaba se sentó en la confiteria, comió con gusto un triple tostado y se tomó una cervecita. Bueno, hora de abrir las alas y empezar a volar.
No vió a los dos policías que entraron en el recinto en ese momento, ni se dio cuenta que estaban pidiendo documentos a los  dos o tres hombres jóvenes que esperaban el vuelo, como él.
Cuando ya estaban a su lado y uno le extendía la mano pidiendo los documentos, logró ignorar el frío que le atenazaba la columna vertebral, y sin pronunciar una palabra extendió el documento.
En su cabeza se desplegó el otro guión viable, el que había descartado por improbable: que la puta hubiera logrado llamar a la policía, que ya hubieran llegado  a la pensión, que lo hubieran localizado…
Mientras los pensamientos se arremolinaban en su cabeza, el policía le devolvía el pasaporte, él lo guardaba en el bolsillo y contestaba con voz mecánica un "gracias" a los deseos de "buen viaje" del agente. 

Ahora el calor amenazaba con reventarle la cabeza, por un pelo se había salvado, le decía la vocecita infame que aparecía en esos momentos, si hasta tenía la voz de su ex.…
Pero, macho, ¿qué te pasa? La otra, la que reconocía como propia lo reprendió…¿Te olvidaste ya de todo lo que sabés, de tu experiencia de tantos años? ¿Acaso las pibitas esas no están desesperadas por tener una aventurita con el profe? Si lo sabré yo, que nunca lo intenté con una de esas modositas que son capaces de ir con el cuento a la Asistente social ….No se qué me pasó, la policía me hizo perder la cordura, me olvidé de toda mi experiencia, qué boludo.

Mientras acomodaba su bolso en el portaequipajes y se ajustaba el cinturón, los otros pasajeros se iban sentando y el varón ejemplar, profesor de literatura y solterito sin apuro, respiró hondo y se dispuso a iniciar una nueva vida….



sábado, 28 de diciembre de 2013

Ester Mann


Reflexiones sobre el tiempo

Sacudió la cabeza, las palabras que había desechado y las que intentaba conservar para escribirlas más tarde, se entremezclaron, se estrellaron unas contra otras y perdieron su singularidad. Ya no sabía por qué había elegido unas y no las otras. Ya no recordaba qué era lo que pretendía contar.
¿Era tan importante o tan interesante lo que ella podía contar? ¿Por qué valía la pena escribirlo?
Siguió caminando y aceleró el ritmo. Como era habitual, no había prestado atención a las calles, los jardines, la gente -escasa a esa hora... Siempre admiró  y tambien  envidió a los escritores que describían en detalle un paisaje, una persona, el estado del tiempo. Ella, en cambio, no era capaz de describir nada, no vivía en el instante que transcurría, los pensamientos se le iban hacia el pasado y no podía controlarlos. Alguna vez, si es que llegaba a vieja, recordaría con nostalgia estos tiempos en que caminaba por las calles mirando la gente, las casas, los jardines. En ese dudoso futuro ya habría olvidado que ahora no estaba viendo lo que tenía ante sus ojos y que caminaba inmersa en un pasado más lejano aún, y tambien dudoso.
Caminaba de memoria, todos los días el mismo camino: la calle Jerusalem. De kilómetro y medio de largo rodeaba el barrio, comenzando en la esquina de su casa y finalizando a 200 metros.
La pequeña ciudad serrana se caracterizaba por esas calles circulares que al principio, cuando recién se habían mudado, los enloquecían porque caminaban y caminaban llegando siempre al mismo lugar. 
Para Delia y Lola esa era la cuota diaria de actividad física aunque Lola se
 impacientaba por la lentitud con que Delia cumplía ahora el recorrido. Cuarenta minutos para mil setecientos metros, cuando hace algunos años el recorrido le llevaba sólo veinte…
Ahí tenía una prueba de que el tiempo existía, ịvaya si existía! Con sorpresa descubrió Delia que esa iluminación no le reportaba ninguna alegría…Mas bien se sentía desanimada. Se vió dentro de algunos años transitando por esa misma calle con un bastón durante una hora o tal vez más; claro, sin Lola.

Se hablaba mucho de vivir en el aquí y ahora, pero, ¿cómo se lograba? Y además este ahora, este aquí... ¿eran tan interesantes? Sólo el presente existe, afirman los filósofos, el pasado ya se fue y el futuro aún no llegó. Si, puede ser, pero no para Delia. Planes ya hacía pocos, pero evocar los años de su adolescencia, de su primera juventud era su ocupación preferida.
Recordaba que cuando sus hijos eran pequeños y el cansancio la hacía desplomarse en la cama se consolaba pensando cómo descansaría cuando crecieran. Bueno, ahora ya eran grandes, tenían sus propias familias, ella podía descansar cuanto quisiera y, sin embargo, pasaba horas recordando esos tiempos...

La perra, pese a todo, la obligaba a prestar atención y ”aquí y ahora” olía con entusiasmo el trasero de un perro callejero. “¡Lola!” le gritó, tratando de continuar con su caminata, pero un movimiento inesperado de Lola la hizo caer y soltar la correa.
Gritó por el dolor, intenso y agudo, dos o tres personas se acercaron a ayudarla y Lola, con su trote equino, dio vuelta la esquina y desapareció arrastrando su cinto.
No podía incorporarse, todo movimiento acrecentaba el dolor de la espalda y un comedido ya había pedido una ambulancia. En cuestión de minutos dos camilleros la acostaban en una camilla e iba camino al hospital.
Todas las disquisiciones filosóficas, las fantasías sobre el pasado o el futuro, el relato que pensaba escribir, todo quedó suprimido por el dolor de la espalda.

Tres días después, cuando volvió a casa vestida con el chaleco de yeso blanco, Lola estaba esperando al lado de la puerta, con su cabeza sobre las patas delanteras.
La perra, con su sabiduría animal, había vivido durante tres días y tres noches en un presente sin interrogantes, sin pasado y sin futuro, sin dudas y sin anhelos. Intensa y total, como su paciencia, le apoyó las patas en el pecho de yeso y le lamió con ternura la cara, recordándole que esa alegría era el hoy y el aquí.

Con sorpresa comprendió que también ella, en el hospital, había vivido en un continuo presente. Como la alegría, tambien el dolor exige vivir el instante. Instantes que subsisten un segundo o toda la eternidad.

© Ester Mann




martes, 26 de noviembre de 2013

Ester Mann


Reflexiones íntimas de un gato...


El mundo es extraño. Cuando abrí los ojos a la luz del primer día, en ésta, mi vida actual, comprendí inmediatamente que era un gato...

Siendo humana, creía que la nuestra era la raza superior entre los seres de la creación. Sin embargo, en ese entonces no tenía ningún recuerdo de vidas pasadas.

Ahora que soy un simple gato y no poseo el don de la palabra, puedo recordar que fui una mujer, que nací en Austria en 1920, y que fallecí  37 años después en un pueblo perdido de Sud América.

A pesar de recordar ese lejano pasado, no sé en que lugar del globo me encuentro ni puedo entender la lengua de los humanos. Desconozco la razón. ¿No comprendo este idioma en particular, o es una incapacidad más general?

Creo que mi fino oído, que puede captar el más mínimo ruido, no es capaz de descifrar los sonidos que surgen de las gargantas humanas. Veo a las personas gesticular y oigo sonidos guturales, más parecidos a un gramófono descompuesto que a una voz humana, tal como la recuerdo.

Los observo todo lo posible. El recuerdo de mi vida pasada me permite verlos con una profundidad que no tuve siendo mujer. Ahora no son mis semejantes: los estudio como un naturalista que observa la vida de los osos o monos. Desde afuera veo los gestos, los movimientos y ademanes, escucho eses sonidos ininteligibles en los que sólo puedo descifrar los sentimientos: la ira, la vergüenza, el amor, la falsedad, la alegría. Puedo oler los sentimientos y los estados de ánimo. ¡Es extraordinario saber qué siente una persona sin que tenga importancia lo que dice!!

¡Qué poca cosa me parece ahora la capacidad intelectual sin este talento para comprender el alma!


Me devano los pequeños sesos que tengo para entender la razón por la cual sólo un animal que no tiene la capacidad de hablar, pueda recordar su encarnación anterior, y una persona que podría transmitirlo no posea tal memoria. Quisiera averiguar si otros animales también fueron hombres alguna vez...Pero eso es imposible: no entiendo el lenguaje de los animales, ni siquiera el de los gatos. Sus maullidos expresan cosas concretas, como hambre, miedo, advertencias, etc. No hay una real comunicación.

Observo a la gente ocupada en sus quehaceres diarios, esos trabajos que la humanidad inventó y se impuso a sí misma. Están tan arraigados que se consideran leyes naturales, como la lluvia o el sol!

Yo no poseo ningún bien material fuera de este cuerpo de gato: alimentarlo, darle calor y descanso son mis únicas ocupaciones. ¿Y acaso no sería esa la exclusiva tarea de todo ser vivo?



La humanidad se hambrea, trabaja sin descanso, pasa frío y privaciones, hace guerras, en pos de objetos que ella misma creó, buscando alimento que le es vedado sino tiene dinero para pagarlo, usando vestidos, no para proteger su frágil y endeble cuerpo, sino para impresionar y gustar al resto de sus semejantes.



El mundo es hermoso, rico, generoso... nos brinda gratuitamente alimento para el alma y para el cuerpo. Hay más belleza en el sol poniente, que en cualquier cuadro pintado por una mano humana; una fruta arrancada del árbol es más sabrosa que cualquiera de los manjares envasados y expuestos en los estantes de los negocios.¿Cuál es el sentido de esta civilización humana, que no podría subsistir un solo día sin la esclavitud y la miseria de millones de individuos? ¿Por qué la mente de la gente es tan limitada que le impide mirar a su alrededor con los ojos limpios y comprender la verdad...? Estos pensamientos que me ocupan son demasiado profundos para un gato que no puede escribirlos y publicarlos para enriquecer el espiritu de la humanidad. Si pudiera expresarlos, seguramente los hombres, asombrados, se detendrían en su loca carrera y prestarían atención a esta filosofía gatuna.

¿Y si todos los gatos vieran las cosas como las veo yo? ¿Y si todos los gatos fueran humanos reencarnados? Tal vez eso explique la fascinación de los humanos por los gatos a lo largo de la historia...Bueno, no puedo escribir mis reflexiones ni publicarlas pero creo que he llegado a un descubrimiento crucial en la historia de la población gatuna!!!



                                                                                                    Ester Mann





sábado, 19 de octubre de 2013

Ester Mann


HACIENDO LA CALLE
          
La basura no me molesta para nada. No sólo no me afecta, sino que me complazco en hurgar dentro de esos inmensos contenedores para buscar mi comida...
Lo más extraño es que el olor no me disgusta...Y eso que ahora mi olfato es muy fino... Puedo encontrar entre la masa de bolsas de plástico, papeles y cartones, el paquete que tiene los mejores restos comestibles.
En fin, evidentemente no es sólo mi forma lo que cambió, también mis gustos, mis costumbres, la calidad de mis sentidos, mi sexo...
Sin embargo, hay algo que conservo de mi vida pasada: mi andar rítmico y elegante, mi piel sedosa, mis ojos grandes y verdes...Perdí en cambio mi grácil cintura, mis largas piernas, mi negra mata de pelo. Los hombres se volvían locos por mí, y yo, ¡Dios me salve! los aproveché...
Empleé mi talento para atrapar a los hombres en mis redes, para conseguir su dinero, sus regalos de joyas, pieles, ropa...Ellos me mantuvieron durante trés décadas al nivel de una mujer rica. Luego vino la enfermedad, que rápidamente me llevó a la muerte.
Mi vida anterior fue corta, es verdad, pero la disfruté por entero. Me placía el poder de mi belleza, y aunque era muy inteligente, y podría haber estudiado para bien de mis semejantes y del mío propio, preferí ser una "mantenida", ejercer mi poder y mi inteligencia entre las sombras de los dormitorios, en la penumbra de los bares con la complicidad de los camareros.
También mi cultura y mi sensibilidad eran la mercancía que atraía a los mejores postores. Los pobrecitos podían encontrar en mi regazo comprensión, consuelo y un contrincante apropiado para sus veleidades intelectuales.
Nunca amé: en la soledad de mi cuarto... despreciaba y me mofaba de los amantes ocasionales. Me alejé de mi familia; mis padres y hermanos no podían entender el sentido de esa vida mía. Mis padres se culpaban de haberme dado demasiada libertad y no haberme insuflado ideales, responsabilidad, un objetivo...¡¡Pobres! Una vez que se prueba el sabor del poder, todo el resto es insulso. Si hubiera dedicado mi vida a una carrera política, me hubieran aplaudido. No sospecharon que realmente fui una política, aunque no me presenté nunca a elecciones...
Sí, esta vida es mi castigo. Ahora estoy solo, sin hogar, sin una mano amiga, huyendo constantemente de chicos y piedras, refugiándome entre los tachos cuando arrecia la lluvia.
Si tenía que aprender que la vida tiene el sentido que uno le da, y que la búsqueda de poder desnaturaliza ese sentido, pues lo he aprendido...
Nada mejor que ser un gato callejero para saberlo....



sábado, 31 de agosto de 2013

Ester Mann


Historias de muñecas       

Por segunda vez en pocas semanas mis nietas me piden que les cuente algún recuerdo de la infancia.
Ya en la primera oportunidad la tarea se presentó muy difícil...Busco y rebusco sin encontrar nada que merezca ser contado. Sólo recuerdos tristes e incompletos: retazos de memorias que no estoy segura si son mías o son las evocaciones de anécdotas que me contaron a lo largo de los años.

Trato de recordar mi historia, repaso los cumpleaños, me veo sentada en el sofá-cama a los nueve o diez años, comiendo aceitunas y leyendo uno de los libros que había recibido de regalo; más atrás, a los siete u ocho años, el teatro de títeres al que me llevaron mis padres y el libro con figuras en relieve que reproducía obra representada en escena. Más atrás, a los tres años, cuando me regalaron un enorme muñeco de celuloide por la operación de las amígdalas....
Y así podría seguir...muchos sucesos, una sucesión de hechos exteriores en los cuales no consigo retomar el hilo afectivo que los une, que les da el aliento de vida.

Miro las fotos: una nena limpita, con tirabuzones que la mamá le hizo con mucho cuidado, vestidito blanco y almidonado, muy seria.... Otra, trencitas, vestido marinero, con papá y mamá, ¿seis años? No sonríe...
¿Qué pensaba, qué sentía esa nena que fui? Qué valor pueden tener esos presuntos recuerdos descoloridos, neutros...? ¿Son realmente mis recuerdos?

Esa linda nena debía pensar, sentir... Pero todo está olvidado, muerto, sepultado junto con esa infancia que debió ser feliz....

De pronto surge algo, un recuerdo verdadero y no la memoria de algo que me contaron: Nos veo en la calle,  mi papá,  mi mamá y yo caminando por las calles del barrio. Era verano y casi todos los días antes de la cena íbamos a dar una vuelta. Ese día pasamos por la juguetería de la calle Córdoba.

Era un local angosto con un mostrador pequeño; a lo largo de las paredes tenía estantes altos hasta el techo cubiertos de cajas multicolores y de juguetes: trenes, cochecitos, muñecas, instrumentos musicales. Había también muchos ordenados en el suelo: mesas con sus sillitas, pizarrones, utensilios de cocina. Todo de lata o madera, el plástico no existía (¿pueden imaginarlo? ¡El plástico no existía!!).
En el negocio había un aroma especial, distinto. Un olor a carpintería mezclado con pintura y polvo. Es que esos juguetes quedaban mucho tiempo en los estantes. No los cambiaban una vez por semana, eran juguetes para toda la vida, para los hijos y los nietos después. ¡Todos los utensilios y los trencitos de lata, los camiones y los trompos de madera y las muñecas de trapo podían durar hasta la eternidad!
Mamá y papá se pusieron a hablar con el dueño y enseguida ví la muñeca y la levanté.
-¡Eh! ¡Nena, dejá la muñeca, mirá que es de porcelana y se puede romper!
La voz del hombre me sobresaltó: se me cayó la muñeca… y se le rompió una pierna…¡qué susto! La levanté rápido y la estreché  como si quisiera ocultar la rotura con mis brazos. No me atreví a mirar a mis padres y me quedé con los ojos clavados en el piso.
Como desde una gran distancia escuché al dueño que discutía con mi mamá: - no, señora, yo pongo los juguetes donde me parece, ¡lo que pasa es que su hija es una atrevida y una  malcriada!
 El hombre le gritaba a mi mamá y mi mamá le contestaba también a los gritos. Ella aducía que una muñeca tan frágil debía estar en un sitio más alto y no al alcance de la mano de una nena de seis años. Por supuesto que los mejores argumentos no resolverían la situación y así lo debe haber entendido mi padre. Sacando la billetera del bolsillo de sus pantalones, preguntó –entonces, ¿cuánto cuesta una muñeca de porcelana rota?
En el camino a casa, mis padres siguieron imaginando lo que podrían haber dicho y lo que les podría haber contestado el dueño de la juguetería, pero yo no escuchaba. Sostenía con fuerza mi nueva muñeca y las dos ya estábamos inmersas en el juego.
Al día siguiente mi papá arregló la pierna de la muñeca, la rotura no se notaba. La vecina del departamento de al lado me cosió muchísimos vestidos para la muñeca, un extenso guardarropa que incluía un tapado, pantalones y soleros, y por varios años muchos juguetes quedaron arrumbados en un rincón: el bebote de celuloide con sus bombachones y su camisita, grande como un bebé verdadero, el pizarrón con el borrador hecho a mano por mi mamá –una tablita, forrada con varias capas de una vieja camiseta de mi padre-, y varias muñecas que se intercambiaban en mis juegos. Pero la mesita con sillas de madera y el juego de té recobraron su magia cuando jugaba a las visitas con mi muñeca de porcelana. Me veo entre brumas sentada en el patio, sola, frente a la mesita plegadiza de tablas blancas y verdes, las tacitas y platos del juego de té ya preparados, leyendo un libro en voz alta con mi muñeca en la falda. Esas eran mis horas íntimas de hija única que sabía jugar y entretenerse sola, sin necesitar a nadie. Pero cuando quiero llamar a mi muñeca por su nombre, quiero evocarme hablándole, no logro recordar qué nombre le puse y qué se hizo de ella cuando crecí.
Rememoro , ahora si, esas épocas de la niñez temprana en que aprendí a vivir y a no temer la soledad, a disfrutar de la compañía pero también de mí misma. La muñeca cuyo nombre no recuerdo fue mi mejor amiga, la que modelé y creé a mi gusto y voluntad. Por unos meses o años inventé un mundo adaptado a mi capricho, en el que fui feliz. Quién piense que ese mundo no existía se equivoca. La prueba es que aún hoy lo sigo evocando y puedo ver con claridad a la nena de las trencitas sonriéndole a la muñeca sin nombre.

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viernes, 14 de junio de 2013

Ester Mann






Debido a mi edad (nací en 1941), no puedo considerarme testigo fiel de los hechos históricos de mi niñez. Sólo a través de algunos, pocos, documentales basados en noticieros de la época y alguna película puedo dar fe que los hechos que recuerdo son verdaderos y no fruto de mi imaginación. Pero al margen de los sucesos documentados, apartados de sus figuras públicas, estaban los hombres y mujeres de la historia. ¿Qué sentían? ¿Cómo se veían a si mismos? Quise rendir homenaje a una mujer que existió, que fue pionera y ejemplo de su época pero desde una faceta que en este relato es producto de mi fantasía. Antecesora de las mujeres que decenas de años después serían estadistas, conductoras, ministras y presidentas. Un saludo para todas ellas!! (E.M.)

una mujer  

Si yo fuera hombre, si yo fuera hombre, otro gallo cantaría. La mierda! ¿Por qué seré mujer? Yo se que él, al final, me va a abandonar, al fin y al cabo, aunque distinto en muchas cosas, es un milico que razona y siente como ellos.

Su esencia de mujer, la que le hubiera permitido ser madre, comenzó a declinar.La enfermedad se ha despertado y se arrastra con sigilo por secretos canales.

A mi me quería para la cama, pero cuando despacito me fui corriendo de la cama al comedor y del comedor al despacho ya no estaba tan contento. Y los otros que le llenan la cabeza, lo hacen sentir poco macho si no me pone en mi lugar. Cómo  me va a devolver a la cama si la gente me reclama a mí. !Mi gente! Yo les devolví la dignidad y ellos me retribuyen con amor y fidelidad, y ese amor no se transfiere por una orden, sea de quien sea, es mío nada más… Si yo fuera hombre podría luchar con él cara a cara, sin tener que simular humildad y comprensión, sin necesidad de bajar la cabeza y asentir, sin renunciar a nada.

Sangra, ella sangra. La sangre se vierte sin interrupción  y la obliga a recordar su condición de mujer.

Este cuerpo que me trajo hasta donde estoy, que me hizo llegar tan alto, este cuerpo que visto y atavío con las joyas más deslumbrantes, los vestidos más caros, los cientos de pares de zapatos, este cuerpo que es venerado como el de una reina, ahora me quiere frenar, me quiere destruir.

Sus vísceras gimen, su cuerpo se rebela: préstame atención, le ordena, pero ella no quiere oir.

Me importuna porque me tengo que ocupar de él, me molesta porque quisiera que vean algo más que esta figura bonita. Me fastidia porque la admiración  de los hombres esconde su desprecio de machos.

Yo estoy aquí, dice su matriz, cuídame, cúrame, gritan sus ovarios y su estómago y su hígado y sus intestinos. Pero ella no escucha.

Aún insisto en cuidar mi aspecto: cremas, perfumes, peluqueros, los mejores modistos…Aunque  no es para mí, es para la gente: para la mía y para la otra, la que me odia y me quiere ver muerta.
Tengo que seguir siendo la mas bella, la más elegante, que todos sepan que puedo hacerlo, para eso estoy donde estoy y soy quien soy!!
Pero si yo fuera hombre tendría la manija del poder, no necesitaría pensar en qué puedo hacer, sino en lo que quiero.

Los dolores le queman el vientre y las entrañas, le quitan fuerza, pero no le importa, aprieta los dientes y sonríe con serenidad.

Me gustaría ver de cerca las caras de esas mujeres. Sé que quisieran verme muerta. No me pueden perdonar que le dé al pueblo no la limosna que ellas acostumbran a regalar, sino lo que le corresponde, lo que merece toda persona que trabaja y se rompe el lomo. Pero ellas tienen miedo de ver a la gente de cerca y toda junta. Ellas se atreven con sus sirvientas, sus jardineros, sus choferes, sus peones…

A pesar de las garras del sufrimiento su rostro no ha cambiado, renuncia con entereza a los honores pero no al amor de la gente.

Una vez más estoy sola, no hay madre ni hermanos ni marido que puedan acompañar mis anhelos. Todos son cobardes en el fondo. Calculan, hacen cuentas, qué les conviene, qué puede ocurrir, quién los apoyará, quién se convertirá en enemigo.

Ella se irá pero no será vencida, es sólo una mujer cuyo cuerpo sufrió los embates del poder.

No veré el final, ya lo sé, este fuego que siento en el vientre no se apaga con medicamentos. Nunca sabré si él siguió mi camino o se dejó vencer por las honorables señoras y sus excelsos maridos. Pero no me importa: a mí no me olvidarán, tengo la seguridad que decenas de años después de mi muerte ellos, los vencidos, los explotados  continuarán venerándome, bautizando a sus hijas con mi nombre, rogándome en sus plegarias como si yo fuera una santa. Que así sea.

Los vencidos, los explotados  continuaron venerándola, bautizando a sus hijas con su nombre, rogándole en sus plegarias como si fuera una santa.
Así fue…

 Ester Mann