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lunes, 26 de septiembre de 2011

Cartas de Charles Bukowski a John William Corrington



A John William Corrington
Enero 17, 1961

Hola, Sr. Corrington:

Bien, a veces ayuda recibir cartas como la tuya.Ya son dos. Un joven de San Francisco escribió diciendome que algún día habrá quien escriba libros

acerca de mi, si esto podra ayudar en algo. Bueno, no estoy en busca de ayuda, o praise tampoco,y no estoy tratando de ser pesado. Pero yo solía jugar un juego conmigo mismo un juego llamado isla desierta, y mientras estaba tirado en la carcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dolares en las carreras, me preguntaba, Bukowsky, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y nunca ser encontrado excepto por pájarros y gusanos,tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? Yo tenía que decir no, y por un rato esto resolvía un montón de cosas, y me dejaba seguir adelante y hacer un montón de cosas que yo no quería hacer,y me alejaba de la máquina de escribir y me ponía en el pabellón de caridad del hospital municipal, la sangre corriendo fuera de mis oidos, de mi boca y de mi culo, y ellos ahí esperando a que yo muriese, pero nada pasaba. Y cuado salía me preguntaba otra vez, Bukowsky, ¿si estuviertas en una isla desierta? y etc; y sabes, pienso que era que la sangre había abandonado mi cerebro, o algo, y yo decía sí, sí, yo tomaría una vara y rascaría palabras sobre la arena. Bueno, esto solucionaba un montón de cosas porque me permitía seguir adelante y hacer las cosas, todas las cosas que no quería hacer,y me dejaba tener la máquina de escribir también; y desde que ellos me dijeron que un trago más me mataría, ahora le he bajado a dos galones de cerveza al día.

Pero la escritura, por supuesto, cómo el matrimonio, la caída de la nieve o las llantas de los autos, no siempre perdura. Tú puedes ir a la cama el miercoles en la noche siendo un escritor y despertar el jueves por la mañana y ser otra cosa totalmente diferente. O puedes irte a la cama el miercoles por la noche siendo un plomero y despertar el jueves por la mañana siendo un escritor. Este es el mejor tipo de escritores... Muchos de ellos mueren. Claro. Por sus arduos intentos; o por otro lado, porque se vuelven famosos y todo lo que escriben es publicado y ya no tienen que buscar más. La muerte tiene muchas avenidas. Y si a pesar de todo tú dices que mi material te gusta, quiero que sepas que si se vuelve roto, no será porque trate demasiado duro o muy poco, será porque me quedado o sin cervezas o sin sanagre. Para lo que sirva, puedo permitirme esperar: Tengo mi vara y tengo mi arena.

Charles Bukowski

El escritor y poeta Charles Bukowski escribió esta carta a John William Corrington, un guionista de cine y televisión, además de novelista, poeta y abogado.

Crucero de verano, de Capote


Ardor pasional neoyorquino en Crucero de verano, de Capote


Por:Winston Manrique Sabogal22/08/2011

Continúo con el rescate de algunos de los pasajes veraniegos clave en la obra de destacados escritores. Periodos estivales que nos sirven para conocer o visitar veranos de otras épocas y lugares de la mano de narradores de todos los tiempos. Vamos, pues, al Verano literario de hoy, de Truman Capote y su verdadera ópera prima, Crucero de verano:
"-Grady, ¿por qué demonios quieres quedarte en Nueva York en pleno verano?
Grady quería que la dejasen tranquila; seguían insistiendo, la mañana misma en que zarpaba el barco: ¿quedaba por decir algo más de lo que ya había dicho? Después de aquello sólo quedaba la verdad, y no tenía del todo la intención de decirla.
- Nunca he pasado un verano aquí -dijo, eludiendo los ojos de ellas, y miró por la ventana: el resplandor del tráfico realzaba el silencio de la mañan de junio en Central Park, y el sol, lleno de joven verano que seca la corteza verde de la primavera, atravesó los árboles que había delante de la plaza, donde estaban desayunando-. Soy terca; haced lo que queráis. (...)
A Grady le ascendía por dentro una risa incontenible, una agitación feliz que convertía el verano blanco extendido ante ella en un lienzo desenrrollado donde dibujar esos primero trazos, puros y toscos, que son libres".
Era su primer verano, de ella y para ella. Sola. Una chica de 17 años que quiere dar rienda suelta a sus impulsos para alcanzar la felicidad, saber qué es eso que llaman dicha, y en cuya carrera descubrirá las diferentes gamas del amor y la pasión, hasta desviarla por rutas insospechadas. Pocos comoTruman Capote (1924-1984) para contarnos esa historia de iniciación en el Nueva York de los años cuarenta bajo el título de Crucero de verano. Iniciación en variados ámbitos de la vida de una muchacha rica y sola en la Gran Ciudad. Pero mucho más allá de esas arandelas que encantaban a Capote, el valor de este relato no es sólo que se trata de una obra póstuma del periodista y escritor estadounidense, sino que es su ópera prima, el relato que empezó a escribir antes de su emblemático y oficial y autobiográfico debut de 1948 con Otras voces, otros ámbitos. Pues este Crucero de verano lo empezó a escribir en 1943 en unos cuadernos escolares y lo continuó puliendo hasta mediados de los años sesenta donde ya eran cuatro cuadernos que al final se extraviaron en unas cajas que reaparecieron en 2004. Unas páginas que constituyen el nido, el relicario creativo, el big bang de lo que habrá de ser el universo Truman Capote, autor de obras como A sangre fría, Música para camaleones y Los perros ladran
Volvamos a Grady, y empecemos a descubrir por qué no quiere ir con sus padres en un crucero por Europa. Y no puede ser por otra cosa que el amor: ella está enamorada, y nada más y nada menos que de un muchacho mayor que ella, de 23 años, que trabaja en un parking y está a unos cuantos escalones sociales por debajo de ella. Eso es lo de menos, si se siente correspondida y puede hacer realidad su felicidad:
"Él estaba dormido en el asiento trasero del coche. Aunque la capota estaba bajada, no le había visto porque estaba hecho un ovillo y quedaba oculto. En la radio sonaba el débil zumbido del noticiario, y Clyde tenía en las rodillas una novela policiaca abierta. Una de las muchas magias que existen es la de observar cómo duerme alguien a quien amamos: sin ojos e inconsciente, por un momento te adueñas de su corazón; indefenso, es entonces, por irracional que sea, todo lo que esperabas que fuese: puro como un hombre, tierno como un niño. (...)
El tiempo estaba descomponiéndose en Lexington Avenue, y sobre todo porque habían salido de un cine con aire acondicionado; a cada paso que daban, el rancio soplo de calor les barría la cara. Un cielo nocturno sin estrellas se había cerrado como la tapa de un féretro, y la avenida, con sus quioscos de prensa anunciando catástrofes y el sonido del neón parpadeante, semejante al zumbido de una mosca, parecía un cadáver extendido y estancado. Una lluvia de un color eléctrico había mojado la acera; los transeúntes, salpicados por aquellos resplandores húmedos, cambiaban de color con una rapidez camaleónica: los labios de Grady se volvieron verdes y después violeta. (...)
La agarró de la mano, tiró de ella y corrieron hasta una callejuela más silenciosa y engalanada de árboles. Encorvados, jadeantes, él le puso en la mano un ramo de violetas y ella supo, como si lo hubiera visto con sus propios ojos, que las había robado".
Y aquella gloria de Grady no es más que el comienzo de una tragedia. Es Truman Capote con solo 19 años. Dudaba si incluir este episodio veraniego o alguno de Otra voces, otros ámbitos, donde aparece la recreación de su vida en el campo del sur estadounidense, con pasajes maravillosos; pero al final opté por este porque me parece más sorprendente, menos conocido y, claro, por contener su mundo primigenio. Ahí están los acordes iniciales de su prosa musical, su sarcástica mirada sobre sus congéneres y sus juicios inclementes, su debilidad por la vida glamurosa, sus metáforas y trazos sobre el paisaje real, el abismo que circunda a la realidad, su baile narrativo entre la comedia y la tragedia, su tendencia a la aventura y dejarse llevar por las emociones, hasta poner el freno de mano; ahí nace, incluso, la Holly Goligtly de Desayuno  en Tiffany's. Trazos de un verano y un ardor pasional que a él mismo le hubiera gustado vivir, hasta el penúltimo episodio.
Crucero de verano, de Truman Capote, en la traducción de Jaime Zulaika (Anagrama) - Imagen: Mañana en la ciudad, de Hopper.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

RODOLFO WALSH.

Me llaman...

Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó.
    Nací en Choele Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres.
    Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humilde: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía volear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos dejó como única herencia. Éste se llamaba "Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
    Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
    Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en letras.
    Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
    La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.

Además de esta pequeña maravilla, Walsh escribió: Variaciones en rojo (1953), Operación Masacre (1957), La granada (1965, teatro), La batalla (1965, teatro), Los oficios terrestres (1965, cuentos), Un kilo de oro (1967, cuentos), ¿Quién mató a Rosendo? (1969), Un oscuro día de justicia (1973) y El caso Satanovsky (1973). Fue asesinado por los militares de la última dictadura el 24 de marzo de 1977, después de mandar la "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar". Póstumamente, se publicaron El violento oficio de escribir, que reúne su obra periodística de 1953-1977, y Ese hombre y otros papeles personales, de donde sacamos el texto anterior.


domingo, 5 de diciembre de 2010

Cristina Villanueva  

 
BUDAPEST

La de la bohardilla

Entre yo y yo  la extraña, la que no se coaguló en eso que me  nombra. Entre yo y yo las ruinas de la certeza. Entre yo y yo, miro por la ventana de mi casa de la infancia una calle tranquila. Las señoras buenas con cara de malas. Las malas sonrien desde la enredadera por la que se suben a los  sueños. Unos hombres hermosos llegados de una guerra lejana, de un país que ahora no existe. La barrera de la lengua o alguna  otra pone en  la escena algo de lo prohibido.Cerca, una fábrica de chocolate, no  una niña que come chocolates, el  lugar donde nacen los chocolates.  Esa cierta desmesura que guarda lo contenido. La calle, las veredas limpiadas con la fuerza de un verdugo que decapita al  erótismo. Hay vecinas que hablan de las otras, con la escoba y la lengua como armas.
Entre yo y yo, veo en la ventana una de mi. La imágen  se desgana, se deshace, aparece la protagonista de un cuento que todavía no leí,  que me arrastra al Danubio .
Una en Pest la otra en Buda
Una en la vereda, la otra  mira desde su alta buhardilla-cárcel
En la calle hay vida, vendedores, romances, juegos.
 Por suerte la ventana se inclina a la vida, sin cables. Ningún botón podrá oscurecer la grieta en la cabeza ventana.Los golpes dejan sangre, pelos, abren fisuras en el muro. Por los libros se escapa la escritura.La grieta  se abre, en la herida de lo establecido un brillo resplandece.

Entre yo y yo, la palabra

Cristina Villanueva  .

miércoles, 20 de octubre de 2010

Cristina Villanueva


La de la bohardilla


Entre yo y yo  la extraña, la que no se coaguló en eso que me nombra. Entre yo y yo las ruinas de la certeza. Entre yo y yo, miro por la ventana de mi casa de la infancia una calle tranquila. Las señoras buenas con cara de malas. Las malas sonrien desde la enredadera por la que se suben a los  sueños. Unos hombres hermosos llegados de una guerra lejana, de un país que ahora no existe. La barrera de la lengua o alguna  otra pone en  la escena algo de lo prohibido.Cerca, una fábrica de chocolate, no  una niña que come chocolates, el  lugar donde nacen los chocolates.  Esa cierta desmesura que guarda lo contenido. La calle, las veredas limpiadas con la fuerza de un verdugo que decapita al  erótismo. Hay vecinas que hablan de las otras, con la escoba y la lengua como armas.
Entre yo y yo, veo en la ventana una de mí. La imágen  se desgana, se deshace, aparece la protagonista de un cuento que todavía no leí,  que me arrastra al Danubio .
Una en Pest la otra en Buda
Una en la vereda, la otra  mira desde su alta buhardilla-cárcel
En la calle hay vida, vendedores, romances, juegos.
Por suerte la ventana se inclina a la vida, sin cables. Ningún botón podrá oscurecer la grieta en la cabeza ventana.Los golpes dejan sangre, pelos, abren fisuras en el muro. Por los libros se escapa la escritura.La grieta  se abre, en la herida de lo establecido un brillo resplandece.

Entre yo y yo, la palabra

Cristina Villanueva  .

sábado, 28 de agosto de 2010

Cristina Villanueva

 

Pecados vegetales*

                                         a León Ferrari

Los pétalos forman una alfombra, casi una piel, con poros entreabiertos penetrados por hebras de pasto, aire casi. Sobre la tela-flor ella puso textos, sobre los textos la voz, que atrajo a otra voz  que hizo lugar a un cuerpo. El se montó sobre la piel vegetal por extraños caminos del lenguaje. Abrazó a las encabritadas flores carnosas, con su sonrisa verde, su olor a madera, su peso de árbol. Ellas le dieron a tomar savia del centro dador doble-corolas-pechos. El hombre y la mujer semiescondidos en la selva continua, estambres, hojas, ojos. La mirada del sol abre la cúpula de ramas para entrarles tatuajes de luz en la desnuda sombra de los cuerpos.
Ellos descansan entrelazados, escuchando el murmullo suave de insectos,
pájaros y mariposas.
Sonríen, han escapado a los pecados de la carne que los amenazaban con fuegos desde la infancia.

*de Cristina Villanuevalibera@arnet.com.ar

lunes, 16 de agosto de 2010

PRIMERO ESTÁ EL ÉXITO, SEÑORES

Por Cristina Pailos

Al ver pasar a una actriz, el señor K. comentó:
-Es hermosa
Su acompañante dijo:
-Ha tenido éxito últimamente gracias a su belleza.
-Es hermosa gracias a que ha tenido éxito –replicó, irritado, el señor K.
 Fragmento de Historias del señor Keuner. de Bertold Brecht


 Al leer el fragmento me acordé de la señora R. cuyos libros se vendían en la Feria del Libro como si fueran comestibles en tiempos de escasez o de inflaciones galopantes. Yo también compré uno. Y es que a veces da una especie de culpa estar fuera del rebaño y también miedo de parecerse a algunos elitistas que huyen despavoridos ante todo lo que huele a popular y hasta rechazaron por un tiempo a Wimpi, Eduardo Soriano o a Fontanarrosa.
Después se congregaron en homenajes tardíos o aún peor: en escatológicas escenografías póstumas.
La señora R. fue en su momento una escritora original tanto en su temática como en recursos. Su estilo era inconfundible. Algunos de sus cuentos breves, u observaciones de viajera que volcaba en notas periodísticas semanales podrían figurar como excelentes ejemplos en algún libro sobre el arte del buen decir. Trabajaba bastante bien los conflictos individuales pero los temas sociales los tocaba apenas, y sólo cuando eran ineludibles para crear una atmósfera, pero que se encargaba de realzar con alguna frase altisonante para no quedar demasiado a contra mano de las demandas sociales en alza. (Después de todo, hasta el Presidente de la Sociedad Rural expresa su sentida preocupación por los pobres).
Los premios y distinciones que obtuvo, estuvieron bien ganados en su momento. Después de su novela premiada y que la lanzó con fuerza  al canon literario, al menos, local, escribió dos novelas más. Mucho no puedo contar porque la primera la leí toda, la segunda no llegué a la mitad y la tercera me la regalaron y todavía no la abrí.
Esta tercera novela fue llevada al cine .A partir de ahí, y con la critica cada vez más enfervorizada de su parte, escribió tanto cuentos, tantas autobiografías ficcionalizadas y novelas que cualquier fábrica de productos en serie la hubiera envidiado.
Su figura también se volvió familiar en los medios: presentaciones muy perfomáticas de sus libros en librerías de moda, entrevistas televisivas que la mostraban muy “producida” en un mullido sillón con una biblioteca de fondo y aire de niña mimada y caprichosa  o bien en el estudio disfrazado de  living-room  compartiendo el mismo entrevistador  con alguna  nueva estrellita del espectáculo que dejó la escuela primaria para sumergirse día y noche en el gimnasio, algún diseñador de ropa que trata de convencer que mientras más cara es la ropa, mejor, y que fuera de él, todos sus colegas estropean la verdadera elegancia femenina, y alguna actriz en decadencia que presenta al público su nueva cirugía plástica y que también repite una vez más su larguísima trayectoria .
          La señora R. hace mucho tiempo que se agotó. Me parece muy humano, pero las editoriales y los medios hacen proezas  para atraer la atención de nuevos lectores incautos y algunos viejos cuya artritis les impide bajarla del pedestal.
          Por un tiempo todavía, cualquier estupidez que diga será festejada con exclamaciones - ¡Que bueno! ¡Que grande es siempre Doña R.! ¡Que idea original!
En similares circunstancias, siempre pienso lo mismo: si yo dijera tal cosa, dirían, que estúpida, que antigua, que ridícula.
Cuando las editoriales y los medios se percaten de que ya no la pueden resucitar y sus libros quedan en los estantes, la dejarán enterrada viva.
Y sí, la señora R es hasta ahora grande porque tuvo éxito.

º º º º º

sábado, 14 de agosto de 2010

NÉLIDA MAGDALENA GONZALEZ DE TAPIA

 
El día que el fuego secó el mar

Al barrio lo llamaban La Realidad, tenía un letrero hecho con un pedazo de madera mal cortada y escrito con pintura en aerosol. En él vivían cuatro o cinco familias y algunos jóvenes que ocupaban uno de los vagones, porque en realidad el barrio estaba en una estación de trenes abandonada y las viviendas eran los vagones de un tren que había quedado plantado en el lugar luego de querer disponerlo para el arranque y no tener ninguna respuesta.
La familia de Marquitos ocupaba uno de esos vagones, la madre trabajaba cuando la llamaban en las casas del barrio “Los Rosales” que quedaba a unas cuadras de la estación. Era un barrio de clase media, allí la gente vivía cómodamente.
De noche Marquitos y su padre Andrés salían a juntar los desperdicios que sacaban a los cestos de basura, donde más de una vez encontraban ropa, zapatillas o juguetes que los chicos del lugar ya no usaban. Como conocían la situación de los habitantes de “La Realidad”, no les era incómodo dejar todo en buen estado para que se lo lleven.
El carro con el que trabajaban el niño con su padre estaba tirado por un caballo al que él le había llamado Granadero, por los granaderos del libertador de la Patria. En realidad no sabía el nombre del caballo de San Martín, porque la idea era llamarlo como su caballo. Su madre que tenía sólo el estudio básico le hablaba mucho de historia y aunque nunca había ido a la escuela, Marquitos sabía contar y leer porque ella le había enseñado.
Tenía otras opciones para nombrar a su caballo ya que podía haberlo llamado Bucéfalo como el caballo de Alejandro Magno o Babieca como el del Cid Campeador, muchos otros nombres más que le había propuesto su madre que sabía de historia, pero él prefirió llamarlo Granadero.
Soñaba con conocer el mar, lo había visto en las revistas que encontraba y se había propuesto que de alguna manera lo iba a conocer. Salía por las noches a trabajar con su padre en el carrito, él se quedaba arriba sosteniendo las riendas del caballo mientras su papá juntaba las cosas de los cestos. Separaba el cartón en una parte, las botellas de vidrio en otra y las de plástico las compactaban y las tiraba en una gran bolsa que colgaba en la parte trasera del carro para que no ocupen tanto lugar.
Una noche encontró entre las revistas que habían tirado, un álbum de figuritas de las que estaban de moda, era el furor entre los varones del barrio. Fue tanta su alegría que su padre le prometió que le compraría un paquete todos los días en recompensa a su trabajo -más no podía regalarle, sacaban lo justo para comer.
Fue así como todas las tardes  Marquitos se acercaba al barrio Los Rosales y aunque lo miraban de reojo porque sabían que era de La Realidad, igual le cambiaban las figus y jugaban un rato a la pelota.
Una noche de mucha tormenta él y su padre se mojaron mucho, lo que trajo como de regalo para Andrés una gripe que terminó en la sala de primeros auxilios del barrio. El médico le recetó un antibiótico y un remedio para la fiebre que no cedía. No tenían manera de comprarlos lo que incitó al pequeño a salir a buscar trabajo entre los negociantes de Los Rosales para poder comprar los medicamentos. No consiguió nada ya que a los menores no les daban trabajo y él tenía sólo diez años. Había averiguado en las farmacias, pero el costo de los remedios era muy alto para él, cuarenta pesos  era demasiado.
Mientras iba de regreso a su casa se acordó que tenía las figuritas que se había olvidado de pegar en el álbum y como le quedaba de paso se acercó a los niños que estaban jugando  y comenzaron a hacer el intercambio.
Cuando Marqui mostró las de él, los otros niños quedaron atónitos.- ¡Tiene la difícil!- gritaron todos al mismo tiempo.
-¡Te ganaste un viaje para toda tu familia!- gritó uno de ellos.
-¿Qué viaje?- preguntó Marquitos.
- A Mar del Plata- le contestaron.
Se imaginó en el mar con sus padres y su hermanita, rozando la arena con sus pies descalzos y juntando caracoles, probar el agua salada, salada, salada… Pero se imaginó también con su ropa andrajosa su padre enfermo…Entonces se le ocurrió una idea.
-Se la  vendo al mejor postor- dijo casi lloroso.
Entonces comenzó el remate, cinco pesos, diez pesos, veinte, treinta, cuarenta. -¡Vendida!-gritó. Al canje por el dinero la entregó y se fue directamente a la farmacia.
Luego de unas semanas su padre se alivió con los remedios que Marqui consiguió. Ya salían a trabajar nuevamente cuando una noche muy fría su padre quiso encender un fuego para calentar el vagón.
          El pequeño miró el álbum y lo tiró para que avivara el fuego y se quemase. Se acercó a la lata donde lo habían encendido y dos gotas saladas como el mar cayeron en las llamas quemándose.
Secándose las mejillas, Marqui corrió junto a su papá que lo estaba llamando porque se hacía tarde para empezar el trabajo. ■

sábado, 31 de julio de 2010

SUSANA ZAZZETTI



OMAR KHAYYAM:
de una hoja encontrada entre los apuntes del poeta. ( a S.Z)


Apareció el sol en el oriente. ¿ya es de mañana? he bebido hasta el amanecer y, entre sorbo y sorbo, busco a Dios y no lo encuentro. Soy el hijo de Khayyam, el carpintero. Mi padre es mi dios. Nadie lo comprende. Me siguen, me persiguen, me encarcelan, me gritan borracho, hereje, hombre sin fe. No saben lo que siento, no saben de esta soledad tan sola, tajamar de mis días, tan numérica como este día de 1099 en que envejezco.

..........

Hoy sopla un viento fuerte. Me siento sobre la piedra, siempre la misma. ¿Qué misterio encerrará? Silencio. Soledad. Silencio. No hay nadie cerca. A veces, como ahora, una muchacha pasa a mis espaldas y cree que no la veo. Si me vuelvo a mirarla, ella baja su cabeza y oculta entre los velos su rostro. No conozco sus ojos, sólo su figura delgada, menuda, y esa manera sigilosa y envolvente de andar, como si caminara solamente con sus caderas. Al verla me pregunto ¿ qué pensará de Dios? ¿creerá en el amor? ¿lo estará sintiendo?. Creo que las mujeres exigen demasiado del hombre, se desilucionan pronto y buscan lo que no se les ofrece.
Ahora anochece en todo Persia. Surgen peligros ocultos. Tal vez debiera conversar con ella, pero tal vez no me conoce, tal vez no reparó nunca en mi presencia, no sabe de mí.
..............

¿Qué hora será? se va el tiempo entre mis dedos. Estoy solo como siempre, bajo un árbol. Hay un pájaro que tiene su nido en esta rama. Yo le pediría que me regalara su libertad que es tan libre, le daría mis versos, éstos ,los que leo a media voz. Al paso, algunos caminantes se acercaron, por sus rostros y por las expresiones de sus rostros están espantados de lo que digo: "Bebe vino a la luz de la luna que tal vez mañana la luna te busque y será en vano" la finitud de la vida, la evanescencia del amor. Este es mi pensamiento, la temporalidad de las cosas, el definitivo correr de los días, el poder que encierra este vaso, la inseguridad de Dios. Busco el origen, la esencia del ser y la materia. Nadie entiende pero todos fingen entender, fingen una felicidad que en lo más profundo sé y saben que no existe. Falsos profetas. Seres atormentados
. Como yo. l

...........

Se ha puesto rojiza la tarde. De nuevo la muchacha, siempre sola. No es sacerdotisa, estoy seguro, pero tiene un halo de dulzura. ¿Le gustará el vino?Tal vez escriba poemas. ¿Por qué vagará siempre por aquí? A lo mejor le gusta este árbol, el pájaro en su nido. ¿No teme de mí? Sabe que no hay nadie a su alrededor, debería tener cuidado, al menos, de los hombres. Ahora se lo diré. ¡Ah! no, no pude, ya se ha ido.

...........

Hoy, nuevamente, escuché sus pasos sobre las hojas. Rumor de otoño alterado. Volví mi rostro y ella estaba ahí, aquí, de pie, quieta, a mi espalda.
Ondulaciones de fuego en mi cuerpo.
Me levanté y dejé la copa sobre la piedra. Me acerqué, puse mis manos sobre su mentón y levanté su rostro. Ondulaciones de fuego en mi cuerpo. Pude ver sus ojos verdes, luminosos, con ansias. Me vi detrás de su mirada y comprendí. El silencio trajo un gramo de luz en la furia de mi sangre. El silencio habló por los dos. Como si tuviera un gorrión herido entre mis brazos, suavemente le quité su liviano ropaje. La túnica cayó a mis pies. Se oía el galopar al unísono de los dos corazones. Me desnudé también. Bajo la colgadura del ocaso entendí que me estaba esperando, esperando, y de pronto, todo el color gualda del día me embriagó más que cualquier vino y en la espesura de su piel me perdí, me confundí con su cuerpo y ni siquiera tapados por la hojarasca amarilla que le sonreía a la luna. Ondulaciones de fuego en los dos cuerpos. Soy Omar Khayyam, un hombre común.

Susana Zazzetti 

miércoles, 21 de julio de 2010

MERCEDES SÁENZ

Una Madrugada


       
Es la hora de los duendes y las hadas. No hay luz todavía, todo es color de plata, pintado por la llovizna que acaricia lo que toca. Hamaca la copa de un árbol liviano y deja sus hojas, con un beso de sabia.
        La llovizna no hace ruido, cuando es blanda como la luz y se desparrama sobre los cordones de las veredas, las piedras y las plantas.
       No le importan los techos, con que la mires le basta.
        Es la hora en que las luces se quiebran en mil fragmentos, tan pequeños que intimidan al soberano. No tiene por donde salir al mundo, sólo por los relojes de ventana, alguno que transparente le diga que es hora de dejar el oeste y subir por la montaña.
Es la  hora de los silencios que han muerto, hace pequeños segundos, por que los primeros pájaros ya cantan, entibian la garganta, ya que se mojan sus alas.
Es la hora, entre la vigilia y el sueño del que recién se levanta
El sol intenta subir por el río, pero también allí hay una tranquera de nubes que no deja pasar a nadie.
La llovizna persiste, parece un llanto de niño sin su nodriza.
¿Por qué llora si conoce el mundo, si le es permitido acariciar cuanto existe?
¿Por qué se enoja de pronto, y de niña se convierte en un ejército celta?
Y arranca su territorio, el propio, porque todo su planeta es agua y quiere sacar de cuajo los árboles y las casas. Cosas que no hubieran crecido si ella no estuviese cerca.
Qué sucede esta madrugada… Habla la lluvia, llora la llovizna.
Hace un rato, lenta se paseaba pintando color de brillo cualquier cosa que tocara.
Esta mañana era una música que en el medio del silencio, oía caer de una hoja la gota y se la veía rodar hasta donde llegara, como una lágrima anónima ¡porque son tantas!
Las voy a contar una por una, porque algunas son mías y otras de quien me las guarda...

º º º º º º º º º º º