miércoles, 4 de junio de 2014

Pedro Mairal



Tocar a Gimena


Lo primero que me trae a la mente la palabra “tocar” es mi amiga Gimena, compañera de colegio, en el viaje de egresados, el último año de la secundaria. Y más específicamente el ómnibus que nos llevaba de vuelta al hotel, después de una excursión al Cerro Catedral. Mientras los demás se habían deslizado montaña abajo en unos trineos de plástico, los varones más escépticos nos habíamos escondido a fumar y a mear en la nieve, detrás de una cabaña de troncos. Yo fumaba y hacía como que vigilaba que no viniera un profesor, pero en realidad la miraba a Gimena que estaba con un suéter violeta, riéndose y sacándose fotos con las otras chicas.

Cuando nos hicieron subir de vuelta al ómnibus, logré sentarme en el fondo. No la vi venir. La vi cuando me pasó por arriba de las rodillas y se sentó a mi lado, contra la ventana. Me pasó por arriba, de frente, agarrándome fuerte del pelo, con saña y con cariño. Acá tengo que aclarar que Gimena había estado de novia con uno de mis amigos y por eso mismo estaba prohibida para mí. Nos tocábamos muy casualmente, sólo como amigos, pasándonos un brazo sobre el hombro alguna vez, cuando caminábamos todos juntos. Y uno de los últimos días de clase, cuando varones y mujeres cambiamos ropa para salir travestidos al patio, yo cambié ropa con ella. Mis pantalones grises le marcaban el culo redondo y mi corbata le caía en diagonal por la pendiente de sus tetas.

Gimena se desplomó a mi lado. El cotorreo en el ómnibus duró poco. Ya estaba oscureciendo y nadie había dormido más de cuatro horas la noche anterior. Los sacudones del camino de montaña empezaron a arrullarnos. Gimena dijo “¿Me puedo poner así?” y, sin esperar que yo le contestara, recostó su cabeza sobre mi muslo izquierdo. Me quedó el brazo de ese lado en el aire; no sabía dónde apoyarlo. Todo era demasiado comprometedor: su cadera, su panza, hasta su hombro, porque para poner mi mano en su hombro tenía que posar mi antebrazo sobre sus tetas. Así que, alarmado, puse mi mano sobre el apoyabrazos de adelante, pero quedaba tan ridículo que traté de apoyarme en la ventana hacia un costado y entonces Gimena me agarró la mano y me la hizo apoyar, con toda la naturalidad del mundo, sobre la lana violeta de su suéter.

“Tenés las manos calientes”, dijo bajito. Y acurrucó sus dedos fríos en el hueco de mi mano. Yo le envolví la mano dándole calor. De golpe entrelazamos los dedos y, de a poco, las manos empezaron casi a tener vida propia, como dos animales que se estudiaban y se recorrían, como dos perros en la plaza, arrojándose uno encima del otro. Yo no sabía que se podía sentir tanto, solo con la mano. Nuestras manos se buscaban, se apretaban. De pronto era todo muy suave; yo le acariciaba el centro de la palma con el pulgar, o ella me hacía estirar la mano y me recorría los dedos; y de pronto era todo muy fuerte casi como una pulseada, un forcejeo.

Nadie nos veía. Yo miraba hacia el pasillo. De vez en cuando se levantaba alguien que cambiaba de asiento. Me acuerdo de la sensación de estar como cogiendo, pero solo con una mano, mientras el resto del cuerpo simulaba estar vestido, discreto y sentado entre los amigos del colegio. Era todo tacto, encendiéndome el cuerpo entero de los pies hasta la nuca. Yo no sabía que cabían tantos besos en una mano. El roce mínimo de sus dedos era la mariposa que del otro lado del mundo provoca el terremoto. Todas mis terminaciones nerviosas parecían estar alertas. El bulto en mi pantalón había crecido hacia un costado. El pelo de Gimena estaba derramado en catarata sobre mi pierna. Entonces, con la otra mano le pasé los dedos por el pelo. Le toqué suavecito la cabeza.

Las manos entrelazadas se calmaron un poco. Quedaron apoyadas exhaustas en la panza de Gimena. Parece una exageración pero fue así. Faltaba que cada mano se fumara un cigarrillo en la oscuridad del ómnibus. Pero el envión exploratorio seguía en mí. Le toqué el suéter, le recorrí la cintura por fuera del jean, esas costuras y remaches y bolsillos. Le busqué con el dedo índice la piel de la cintura entre el suéter y el jean, apartando capas de ropa. El suéter, y abajo un buzo creo (iba adivinando como un ciego), y abajo una remera que a esa altura estaba metida en el pantalón. Un poco más cerca de la panza, la remera estaba fuera y por fin le encontré la piel. Con dos de mis dedos acaricié un centímetro cuadrado de la panza de Gimena, que se hacía la dormida.

Fue lo más suave que toqué en mi vida, como mármol blando, como hielo caliente, la panza plana, abajo del ombligo, los cinco dedos tocando su piel, hasta el límite del elástico de la bombacha, un límite infranqueable, el hueso de su cadera, la pelusa casi imperceptible de la piel a lo largo de esa línea, y mi dedo que empujó el elástico, un poco, un dedo debajo de la tensión del elástico, dos dedos, más allá, avanzando, unos pelos más gruesos y ella de golpe se puso de costado, se ovilló acercando las rodillas al pecho. Dejé la mano del delito sobre su suéter, asustado, casi pidiéndole perdón y Gimena me la agarró y se la llevó a la boca. Se metió mi dedo en la boca. La boca mojada, la lengua, los dientes. Me chupó dos dedos, me dio como unos mordisquitos primero, hasta que me mordió fuerte. Me hizo doler. Y me siguió mordiendo despacio el pulgar, el borde de la mano. Después me volvió a agarrar la mano y la apretó contra ella, como cerrando el asunto, hasta que encendieron las luces del interior del ómnibus y hubo unas quejas de los encandilados y nos soltamos.

Cuando llegamos al hotel, ella me volvió a pasar por arriba y al oído me dijo “¡shh!", para que todo quedara en secreto entre nosotros. Yo cumplí, porque esta es la primera vez que lo cuento. Lo demás fue tristeza. Gimena se arregló con mi amigo antes de que terminara el viaje.
*

         Pedro Mairal          

Gerardo Penini

ASUNTOS COTIDIANOS

No sé si se puede considerar un cuento, pero el hilván de recuerdos que llega bien vale el relato, tal vez una crónica. Son recuerdos felices, no esperaremos entonces la tensión dramática que exige un cuento. Ustedes dirán.
Todo sucede hace años en un pueblo muy pequeño entre las montañas de la cordillera patagónica. Tiempos en que llegaba un colectivo cada tres días, y cada tres días volvía de madrugada a la ciudad más cercana, más de ciento cincuenta kilómetros haciendo un camino zizgagueante entre cerros. En otoño y primavera, mientras subía la empinada cuesta del Rahue se veía allá abajo la masa de nubes que cubría el río, contraste del agua helada que viene de las nieves con el sol que comienza a entibiar el ambiente. Allí se instaló la segunda radio frecuencia modulada de la región, una iniciativa audaz de locos soñadores.
Comenzamos en el cuartito que había sido leñera de la Municipalidad, estrecho y dividido en dos, sin calefacción, techo de chapas y una puerta de tablas clavadas por donde entraba todo el invierno. Una sucursal del infierno en verano. Pero valía la pena. Todo el pueblo se hizo inmediatamente parte de esa humilde radio, la primera voz argentina en ese lugar de frontera.
Todo el pueblo podría ser protagonista del relato, pero vamos a empezar por Pedrito.
No tenía más de siete años cuando se hizo habitué de la radio, vino un sábado al programa “Gusanito Musical” y con cualquier excusa volvía y se quedaba parado en ese lugar frío, deslumbrado por algo tan misterioso como la máquina de sonidos. Corría hasta su casa, escuchaba un rato el receptor y volvía otra vez corriendo, con los ojos grandotes. Comprobé por mi propia hija que a los chicos les parecía mágico, e inclusive le respondían a la voz de la cajita con perillas. Porque la radio se escuchaba en radios que tenían un lugar importante en la casa.
Una mañana abrí la transmisión con los habituales saludos y comentarios mientras preparaba el mate. Lo de siempre, hora, temperatura, vientos y humedad. Con notable atraso los últimos datos, porque eran del diario que se hacía en la capital. De repente la desgracia, se me cayó el mate y se rompió, lo que también comenté al aire. A los pocos minutos apareció Pedrito con un mate y bombilla. Entró, estiró la mano y dijo: “Lo manda mamá”. Y listo.
Media hora después teníamos tres mates y bombillas en el “estudio”, regalo de los oyentes. Pedrito muy contento porque el único que usamos fue el que nos trajo él.
Aclaro que hablo en plural porque el personal de la radio lo componíamos dos personas, pero con el correr de los meses se incorporaron colaboradores. Victoria apareció un par de veces en las mañanas porque las vecinas siempre le pedían consejos y recetas de cocina. Terminó quedándose con un espacio fijo dedicado a las amas de casa que nos desbordaba con llamados telefónicos.
Para lo demás, quien les habla hacía las voces del “Profesor Lechuzo” en los horóscopos y del “Gusanito Musical” en dicho programa para niños. Programa con premios para los chicos que se animaban a enfrentar el micrófono; porque todos los comercios colaboraban con golosinas, pequeños juguetes o cualquier cosa de poco valor que estimulara a los participantes. Y dije todos los comercios. Pueblo chico.
Pedrito siempre ahí, paradito, ni una palabra. Los sábados llegaba temprano para estar como dueño de casa cuando empezaban a llegar los pequeños visitantes. Creo que debe haberse sentido hinchado de orgullo con ese sentido de pertenencia. Pero de hablar… ¡nada!
Pasó todo un verano, hicimos el programa “Vainilla y Chocolate” producido y llevado al aire por un grupo de chicas que comenzaban la escuela secundaria. Karina, Chefi y Gaby habían elegido el nombre de un helado, elegían la música y las notas y arrancaban a la tardecita después de la playa en el río. Ruidosas y entusiasmadas.
Un viento refrescante para mí, con cuatro horas bajo el techo de lata.
Pedrito no vino ese verano. Un día lo echamos de menos y comentamos que seguramente estaba celoso.
Comenzaron las clases, retomamos los programas invernales y retornó Pedrito con las tortafritas que mandaba mamá.
Hasta que un sábado, promediando el “Gusanito…” se acercó al temido artefacto. Cuando lo vimos, ya estaba dispuesto a enfrentar el micrófono como un corredor en la largada.
-          Hola amiguito. ¿Vamos a decir tu nombre para los oyentes?
-          Pedrito
-          ¿No será Pedro?
-          Pedrito
-          Bueno Pedrito, gracias por venir ¿A quien querés mandarle saludos?
-          A mi mamá
-          Un beso para la mamá entonces. Te está escuchando todo el pueblo Pedrito ¿Alguien más para saludar?
-          Mi abuelita
-          Un beso grande para la abuela de Pedrito.
De repente lo tomé por sorpresa al chico, que ya estaba entrando en confianza:
-          ¿Y cómo se llama tu mamá Pedrito?
Pensó unos segundos…y se alzó de hombros
-          ¡Mamá!


                                                      Gerardo Penini

Sonia Figueras


             



                    ETERNIDAD PARA UNA DIOSA

                                                             “La mejor herencia que se le puede dar
a un niño para que pueda hacer su propio camino,
es permitir  que camine por sí mismo".
“En la medida en que el sufrimiento de los niños es
permitido, no existe verdadero amor en el mundo”.
                                                    Isadora Duncan

Veo el mar. Puede ser que hoy me visite. - ¿Ya estás aquí,  Mary Dora?...hay otro sillón como el mío de forma que estés cómoda. Pienso mucho en tí en estos días. Nuestras pláticas nos ennoblecen. Despiertan lo que aún pretende estar aún dormido. Estos encuentros nos retrotraen a la infancia, a nuestra vida toda. No. No hace falta que insistas en que adopté Isadora en lugar de Dora o Ángela .¿Acaso no  apruebas Isadora todavía? Quiero creer que sí, a pesar que tu gesto infiere lo contrario.
En su entresueño Isadora retiene un pálido beso con dulzura y continúa  - ¿quiénes soy? ¿ soy  Isadora, Angela, Dora o acaso Isabel? La” otra “responde tras un velo difuso confundido en el cielo profundo y la arena mansa - tu signo es mi signo, tu destino el mío.
Isadora, acomodada en la poltrona envuelta en su chalina bordada que la circunda con su halo de magia, seductora,  tan revolucionaria, tan cansada. Ella, la diosa, se ensueña….Mozart…Schuman…Schubert…Se transporta al mundo de la infancia, a aquella soledad en movimientos fluidos en que emanaba en libertad sus emociones de niña en la búsqueda y agrega displicente  - Estoy cansada, mas no vencida. Esa

busca de la libertad que alcanzamos es el soplo del aire puro que nos llega a las dos -  Isabel, ¿ estás a mi lado ante la majestuosidad de este mar infinito?
 En el ensueño recita una, ¿cuál de ellas? - “mi pobre cerebro ha enloquecido más de lo que nadie puede saber”. ¿No es mío eso? exclama, y deja que la brisa marina acaricie sus cabellos y con los brazos al cielo, juntas,  todas, irrumpan en las olas que del abismo vienen.
-  ¿Acaso el romper con los cánones, el descubrimiento del dolor y la muerte en oposición a la danza de los héroes, duendes y brujas no fue nuestro destino? Su voz resuena alta en el espacio. -  Hemos sido libres, libres de toda libertad. 
Los héroes, duendes y brujas en su boca provocan letargo de túnicas vaporosas, cuerpos apenas cubiertos, pies piernas desnudos en voluptuosidades alucinadas.
  -Corre, corre, corramos, vuelen hermanas amigas gemelas mi sombra. Corramos. Juntas con las seis núbiles Isadorables “Duncan”, ¿las recuerdan? Rememoremos esta vida única irrepetible. Corre. Vuela, volemos ¿oyen a Schubert?

 -Mamá toca el piano y vos y yo y todas, únicas inseparables hermosas bacantes, explayemos nuestras almas inmortales. Dejemos que la primavera sea el motor de nuestros movimientos. Sintamos “las Isadoras”, el placer  en un abrazo.
 Dora, Ángela, Isabel, Isadora, abandonan sus cuerpos con encanto inmortal y confirman al unísono - “danza es sentir, sentir es sufrir, sufrir es amar”. ¿Amas sufres sientes? entonces, danzas con el alma.
Declina la tarde. Isadora queda con la mirada a lo lejos. Dora, Isabel, Isadora, se han ido. Permanecen las imágenes. 
 Las voces de Dreide y Patrick desde el profundo Sena musitan en profundo susurro - mami… fuiste la más grande…Isadora con levedad de diosa responde cuáles  ¿ellas o yo?

        Cuello dúctil
        de seda
        no te muevas
        la anilla pretende lastimarte.
        El aura cruel aprieta más y más.
        Cuello tierno
        ha sido lastimada
        la dueña del espacio
        con alas en los pies.

“Adieu mes amis. Je vais à la gloire”                                                      

 Sonia Figueras

















                                                 

domingo, 1 de junio de 2014

Amelia Arellano

HAMBRE

                                                                       
En la más absoluta soledad me recuesto.
Prostituida virgen de los desamparos.
Pido tu clemencia de páramo, madre.
Yo, la no deseada. La que interrumpe la noche con su grito.
Yo, la rapaz. La procáz La vomitada por los dioses.
Yo, salmuera, concentración de escarias.

Estoy aquí en el Sur de tu sur.
Escondida bajo tu propia mesa.
Como un perro. Un pez. Una cucaracha.
Estoy muerta, lo sabes y lo niegas.
Tírame un hueso y moveré la cola.
Tengo hambre de arenas movedizas.
De pan, de cebolla, de cristales.
Me aprieta, hasta morir me aprieta el hambre.
Hambre de barriletes y corcheas.
No entiendo, madre, no entiendo.
Hambre de preguntas, tengo.

Y el mar me llama y el oasis.
Tristeza soy y mandrágora y telaraña.
Arrúllame madre así, así.
En la más absoluta soledad  me recuesto… entre tus brazos.
Quiero morir entre tus brazos, madre. Así, entre tus brazos.

     Amelia Arellano

Celmiro Koryto

 



MOMENTOS

con la lengua de la lluvia
escribe palabras abiertas al sol
y llega al origen del pantano
donde se acumula la tinta
que ha tirado en palabras
llamándola tantas cosas
en los poemas y en las paredes de sus ojos
allá donde graznan de olvido
los sueños locos de un hombre sabio
sentado en su soledad
el tiempo
viaja dentro de él
y la tierra
es una especie de palanca
que define el fin de enero
                ***

en memoria de cera
el dolor es vino
con los ojos llenos de miel
a través de los parpados
veo juguetes de niño
araño gotas de tristeza
cuando la rapidez de los relojes
empujan la oscuridad de la luz
sobre una playa de alfileres
allí estaba y estabas
y luego te ibas
carencia y olvido
tus alas me dejaron
las manos inalcanzables
para regresar
a casa cojeando
inválido y agradecido
               ***

navego un barco volante
asciendo temiendo la caída
la proa toma un azimut extraño
en tanto mis ansias
se atoran en el vacío
debajo la ciudad se apaga
huelo el miedo a equivocarme
la sangre que me ahogará al llegar
y todo lo que se atreve me arrastra
a espumas que levantan espumas
será un sueño pasajero

o seré el pasajero de la realidad

                                              Celmiro Koryto

Marita Ragozza de Mandrini.

          INCERTIDUMBRE

Ni hadas ni ángeles somos
y en el laberinto
ni siquiera un minotauro
o un indicio.

invisible
la incertidumbre
nos cerca y angustia
y con ella  divagamos
a nuestro albedrío.

no hay certeza que vuelvan los pájaros

el dolor y los sueños arden bajo el sol
y el corazón tiembla ante la luna menguante

pero alguien enciende poemas

en  las arenas de la noche

                                             Marita Ragozza de Mandrini.