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miércoles, 27 de junio de 2012

Arturo Trinelli


                                                                                                                              

                                                   
                                                                           de mujeres  (III)

     El valle viraba al gris bajo un cielo acorralado por las nubes. La llovizna persistía despareja llevada por el viento cuando me fui de El Bolsón rumbo a Bariloche.
     A mitad de camino y luego de superar el caserío de General Villegas, a medida que trepaba la cuesta del Cañadón de la Mosca las nubes bajas envolvieron al auto y apenas intuía la ruta.. En plena subida la dirección tiró hacia la derecha y me di cuenta que había pinchado una cubierta. Entré despacio en la banquina de grava; por el desnivel formado, entre la pared montañosa y la banquina, corría el agua apurada por la pendiente. Miré hacia arriba la montaña sembrada de cascajos sueltos y decidí apurar el reemplazo de la cubierta. Tenía las manos ateridas y la cabeza mojada. Los tornillos de la llanta estaban demasiado ajustados y debí pararme sobre la llave cruz para aflojarlos.
     Cuando intentaba colocar el auxilio un ruido me sobresaltó y enseguida vi a mi costado unos pies enormes que se detenían.
-No te asustes, dijo una voz femenina.
     Recién colocado el auxilio me incorporé y la vi dentro de un camperón que solo permitía entrever un rostro oval de ojos claros y algún mechón pelirrojo escapado de la capucha. Con un hablar modulado me contó que viajaba a dedo a Villa Mascardi y que el auto que la había alzado se había desviado en Villegas. Confieso que no pensé en lo ilógico que se suponía comenzar a caminar en pendiente y no esperar en el llano por otro auto que la aupara.
-Me llamo Dulcinea Ciprión y me dicen Dulce, se presentó y me miró fijo con sus ojos de un azul intenso en donde el izquierdo refulgía con tonos ambarinos.
     La invité a subir, en mi camino estaba pasar por Villa Mascardi.
     Cuando arrancamos echó hacia atrás la capucha y derramó sobre los hombros unos rulos rojos que parecieron incendiarle la campera. Era una bella mujer de unos 35 años. Yo todavía tenía la esperanza que los zapatos no fueran suyos y que debajo de la campera siguiera la magnificencia de lo que mostraba. Toda una definición si consideraba que la tal Dulcinea lo único que pretendía era llegar unos 80 kilómetros más adelante pero la fantasía es humana.
     La lluvia arreció y el encanto en la voz de Dulcinea parecía el de las sirenas que perdieron a los Argonautas. Otra definición ya que circulábamos bajo una cortina de agua.
     Contó una historia, al fin menos extraña que la mía, que cuando estaba aburrida salía a la ruta y hacía dedo, o para Bariloche, o para El Bolsón y así viajaba sin prisa y conocía gente. Hubo un silencio abisal y reflexionó con voz de mezzosoprano como en la ópera Carmen:-La Patagonia no es más esa tierra legendaria donde las estaciones de servicio aguardaban en vano entre el polvo que  un auto se detenga.
     De nuevo el silencio y en mi cabeza los acordes de la ópera taramtamtam y continuó:
-Los viejos olvidaron sus propósitos y los jóvenes ya no aprenden la sabiduría con la que marchaban a la tumba decodificando el lenguaje de las piedras y de los locos.
     Terminó la frase, concluyó la ópera y yo no supe que decir.
     Cuando a nuestra derecha apareció el lago Mascardi volvió a hablar:-Me bajo en la estación del Automóvil Club.
-Si queres te llevo a Bariloche.
-No, voy a casa pero si vos queres te invito a tomar algo.
     No respondí tironeado por la duda. Ella pareció leer mis pensamientos.
-Vivo sola.
     Como yo no me decidía agregó:-Tengo acendrados los principios patagónicos, hacer y devolver favores y ser hospitalario.
-¿Dónde vivís?
     Me indicó. Subimos un camino de tierra resbaloso por la lluvia el que después de unos cien metros y una curva pronunciada se angostó de tal manera que los ñires achaparrados tocaban el auto. Llegamos hasta una tranquera y todavía no se veía la casa. Se bajó, la abrió y esperó que pasara el auto, la cerró y volvió a subir. Trepamos un poco más y cuando el terreno se aplanó avisté la casa. Una cabaña con cimientos de piedra y troncos encastrados. Detuve el auto en la puerta y descendimos. La lluvia había amainado y el cielo comenzaba a escampar festoneado con dibujos que formaban las nubes.
     Después de superar dos puertas entramos en un ambiente austero y Dulcinea trabajó para encender los leños del hogar. Yo me senté a un costado de una biblioteca y comencé a recorrer los lomos de los libros, Bradbury, Asimov,  Scott Card, Adámov, Gromov, Wells y libros sobre Egipto, aztecas, mayas, Incas y una biografía de Tupac Amaru. Desde la cocina me llegaban los ruidos y el olor de los preparativos del convite.
     Regresó con una bandeja en donde además de los pocillos con café traía unos platos con delicadezas.
     Comencé a contarle el argumento de la novela que pensaba escribir y que transcurría en la Patagonia. Como todo mal escritor me resultó más sencillo narrarla oralmente que transformarla en escritura pero hablar era mejor que manejar el silencio que ella imprimía de a ratos. Conseguí que se riera con la trama y me enseñara unos dientes pequeños, separados y blancos, raros como su ojo bicolor y sus pies enormes.
-¿Te gusta la ciencia ficción? Pregunté y señalé los libros
-Me divierte la fantasía humana como decís vos.
     En realidad no recordaba haberlo dicho pero allí estaban sus ojos extraños fijos en mí y volví a preguntar:-¿Estudias civilizaciones antiguas?
-Me sorprende el desarrollo de la mente en el fondo de los tiempos, hoy es más sencillo, hay más estímulos.
     El fuego comenzó a entibiar y me invitó a quitarme la campera. Ella hizo lo propio y siempre con el detalle incómodo de los pies que desentonaban aprecié un cuerpo de mujer rotundo con pechos hemisféricos que resaltaban bajo unos hombros erguidos. Cuando pasó por delante de mí para colgar las camperas de un perchero no pude evitar mirarle el culo turgente que surgía luego de que la espalda recta formara una concavidad en la cintura.
     De regreso del perchero me preguntó:-¿Cómo te llamas?
-Enrique.
-¿Más café?
-No gracias, ya me voy quiero llegar con tiempo para buscar alojamiento.
-Podes dormir aquí, dijo, me pareció, con sugestiva picardía.
-No de veras me voy.
     Me paré y nos enfrentamos. Se acercó hasta rozarme con sus pechos. Las manos de ella treparon por mi espalda al tiempo que entornaba los ojos y la besé. Fue un beso de una humedad tibia, con una ternura que inmovilizó mis párpados en la posición de cerrado. Entonces siguió otro apasionado y ella retorció en mi boca una lengua ágil que enlazaba a la mía y la apretaba con vigor. Luego comprobé que era una lengua bífida, otra rareza que se sumaba al ojo bicolor, los dientes de nena y los pies grandes pero no sería la última sorpresa. Cuando se quitó la ropa en la habitación y el pelo rojo contrastó sobre la desnudez observé que los pezones eran de un amarillo intenso. Los pies al fin no eran tan grandes como anchos y con una membrana marrón que le separaba los dedos. Simulé no darme cuenta y ser daltónico ante el festival de colores.
     Penetrarla fue acceder a otra dimensión y me pareció levitar. Todo duró como el sexo practicado por gorriones, una epifanía de placer que, a pesar de repetirla, no logré que se extendiera. Después nos quedamos abrazados. No me atreví a preguntar por las diferencias.
Antes de dormirnos Dulcinea Ciprión dijo:-Hoy es día de ovulación en Júpiter.■

domingo, 10 de junio de 2012

Arturo Trinelli



Fidel, Trinelli y más atrás Arafat
 vidas desconchadas

     La mujer de mi padre se suicidó en el baño. Fue ingeniosa, evitó el clásico corte de venas en la bañera. Se colgó de la cortina de la ducha la que, con un nudo corredizo, afirmó de unos barrotes cruzados bajo la claraboya. Según la policía, la occisa (me quedó esa palabra) se subió al borde de la bañera y con el palo de la cortina la pasó entre los barrotes, hizo el primer nudo, luego el segundo y saltó al vacio cóncavo de la bañadera. Allí la descubrí yo aquella tarde de verano como un monigote tieso y la clásica expresión de burla de los ahorcados. Creo que no grité, tomé el teléfono y llamé a mi padre, él hizo lo propio con la policía y en un rato la casa bullía de gente y los vecinos atisbaban desde afuera. Era una buena mujer y según mi padre nada hacía prever tamaña decisión. Hubo trámites que demoraron la cremación y por supuesto no hubo velorio, solo un sombrío hermano de la suicida, mi padre y yo fuimos al cementerio, después mi padre se encargó de retirar las cenizas que anduvieron un tiempo sin destino por la casa hasta que no sé que hizo con ellas. Yo tenía 21 años.
     Hoy todavía siento temor al abrir la puerta del baño y más si consumí ácido porque sé que va a estar allí y que me va a hablar con la lengua afuera y no le voy a entender nada y la meada se me va a escapar del inodoro en el apuro por irme pero esa adrenalina es parte del juego del LSD y me digo vamos a ver a la occisa y siento que ella lo revive como un acto de amor que quizá le faltó en la etapa en que era una viva.
     Mi hermano se mató con la moto cuando tenía 18 años, 4 más que yo, atropelló a un caballo suelto en la niebla de una autopista. Rodri era un buen chabón . El accidente puso en evidencia que era el preferido de mi madre. Sostengo esto porque después del accidente ella nos abandonó a los dos, a mi padre y a mí. El argumento fue que si mi padre no le hubiera salido de fiador Rodrigo no hubiera podido comprar la moto ¿y yo? Qué tenía que ver. Tal vez se fue de manera preventiva para protegerme del peligro de las motos si fue por ello, fracasó, desde ese momento no he dejado de andar en moto y hoy es mi medio de ganarme la vida, soy motoquero.
     Mi viejo cayó en una depresión o eso creí porque abandonó el trabajo y se dedicó unos meses a intentar enviciarse con la bebida y a llorar las ausencias sin percatarse de la presencia. “Juampi”, me decía,” por qué tuvo Rodrí que matarse”. “Qué sé yo, no me parece que lo haya hecho a propósito”. “Y tu madre, por qué nos abandonó”. “Qué sé yo, ella está viva.” Así transcurría nuestra vida y encima, el perro y yo nos cagábamos de hambre. Más yo que el perro al que por las noches soltaba para que pudiera husmear en las bolsas de basura y hallar algo apetitoso. La bebida no logró que mi padre se aficionara a ese vértigo y en unos meses volvió a trabajar en su profesión de ingeniero. Nuestra vida desflecada pareció empezar a ser normal. Una mujer venía de lunes a viernes a cocinar, lavar  y limpiar. Yo regresé al colegio. Así pasaron unos años hasta que llegó la suicida y se hizo cargo de la maestranza en un remedo de familia ideal pero mi hermano seguía muerto, mi madre ausente y el perro más gordo. De todas maneras para mí no fue del todo una mala época todavía no se me había opacado la inocencia y en la niebla narcótica de algún porro reía con mi hermano amoratado por los golpes (atropellar un caballo en el siglo XXI ¡a quién se le ocurre!).
     En esos tiempos fue que tuve una novia a la que no pude retener cosa lógica si se tiene en cuenta que en mi familia nadie retenía a nadie y alguno tampoco la vida.
     Se trató de una vecina, una mujer de mi edad de formas delicadas, carácter afable y una dulzura administrada en dosis de seducción pero como los astros tenía dos caras y yo conocí la oculta, la que lejos de decepcionarme terminó por afirmar mi dependencia.
En Inés convivían ángeles y demonios unos para ceremonias corrientes y los otros para ceremonias secretas (sexo, drogas y demasiado rock and roll). Juntos hicimos cosas demasiado malas para narrar y que harían de este relato una pura ficción inverosímil. Los padres de Inés no me querían. Una conducta sensata porque ellos solo conocían la cara expuesta de su hija y cualquier equívoco debía ser atribuible a su compañero quien portaba una historia difícil es decir, yo. La sobornaron con estudiar en Canadá, donde vivía la hermana mayor, entre la opción de seguir rockanrolleando con un futuro que se angostaba día a día y la esperanza de joder en otro idioma no lo dudó y un día se fue, todos contentos, menos yo pero no se lo dije.
     Poco menos de un año después que la mujer de mi padre se suicidara él también se fue pero al menos lo hizo con vida. Intentó convencerme para que me fuera con él. La empresa abrió una sucursal en Córdoba y tuvo la oportunidad de irse a vivir allí como principal responsable.
     A los 22 años me quedé solo con el perro en una casa habitada por dos buenos fantasmas y el recuerdo de unos vivos que con el tiempo se fueron convirtiendo en desconocidos o yo lo hice para ellos.
     Un día apareció mi madre que no era el recuerdo que yo tenía de mi madre y en consecuencia era solo una mujer que por supuesto igual reconocí cuando abrí la puerta.
     Entró decidida como recién llegada del mercado, se dirigió a la cocina y se sentó a la cabecera como hacía cuando estábamos todos y ella era madre. Estuvimos un rato en silencio, le serví un té en mi taza y yo abrí una lata de cerveza. De pronto se tapó la cara con las manos y la convulsión de un sollozo escapó entre sus dedos. Un ansia irrefrenable de abrazarla me tensó el cuerpo. Me quedé quieto, se recompuso para decir “está todo igual” al tiempo que observaba la decadencia, “los distintos somos nosotros” agregué distante. Llegaron las preguntas que respondí con fingida neutralidad. Siguieron las justificaciones que no cuestioné entretenido en recordar imágenes de situaciones en la mesa familiar. No quise que la ternura desplazara al desamparo y regresé al presente para enterarme dónde vivía y con quien, a qué se dedicaba y a guardar un papel con su dirección y teléfono. Después la acompañé hasta la puerta y cuando me besó reconocí su olor y a punto estuve de quebrarme y llamarla mamá.
     Listo, todo siguió adelante como siempre sucede.
     Cada tantos meses mi padre me visitaba, salíamos a comer, íbamos a la cancha, me compraba alguna ropa, la pasábamos bien pero se volvía a Córdoba. Dejaba una estela de planes que invariablemente no se cumplirían. Tampoco rehizo su vida en el sentido tradicional del término pero mantenía un buen porte y cultivaba una vida atlética por lo que supuse que seguiría siendo un hunter de damas a la deriva.
     Llegó el año en que se murió el perro, enfermo de vejez perruna una mañana no se levantó y entonces sucedió, lloré sin consuelo (nadie podía hacerlo), hasta grité y terminé a los hipos con el valeroso Viruta en brazos, (ese era su nombre completo pero lo llamaba Viru), lo enterré en el jardín, envuelto en su manta, la que usaba para dormir.
     Fue más que un perro, fue mi confidente y el único que siempre supo qué me sucedía. Con su sabiduría atávica aguardó por los buenos tiempos los que nunca nos llegaron del todo y sin embargo nunca me perdió la confianza. Fue mi amigo.
     Un fantasma más para la casa y un compañero de rutas alucinadas que en estas nuevas circunstancias de ausencias ha logrado superar el ladrido, ahora me habla y dice cosas graciosas o mejor dicho, dice cosas importantes de manera graciosa o solo son importantes y el cannabis las hace graciosas.
     Un día cualquiera, el bueno de mi padre se puso la gorra y me bardeó mal, “sos un fumón, un alcohólico, un drogón”. Todas verdades que negué con énfasis sin dejar de reconocer que a veces…”Tenes que ir a un psiquiatra”, aseguró desde una supuesta experiencia el muy caretón.
     Le hice caso. El tipo es un viejo engolado que se me hace el amigote y yo le digo lo que quiere escuchar. Me sugirió llevar un diario, como si fuera una minita, entre sesión y sesión donde anote lo que hago y mis sensaciones.
     Escribo al amparo de un sol displicente de otoño que dibuja, a través de la ventana, formas extrañas en la pared desconchada. Intento descifrarlas quizá haya allí un mensaje algo que no logro entrever y que al fin, no me importa. Tal vez el sol del verano lo haga explícito. Falta mucho, debo seguir adelante.
     Así comienza mi diario.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Arturo Trinelli


                                          VIDA DE PERROS

     

Un portón ciego y un muro impedían que la casa se viera desde afuera, pulsé el timbre y esperé hasta que, una empleada con uniforme, abrió la puerta incorporada en el portón. Entonces la vi., al fondo de un parque la mansión abarcaba el horizonte.
     Caminé detrás de la fámula hacia el encuentro del hombre que aguardaba de pie al reparo de una galería. A su lado, sentados inmóviles, los dos doberman que debería cuidar por espacio de diez días.
     Cuando Molissé me habló de un trabajo pensé que se trataría de algo relacionado con la escritura. No le costó convencerme, la necesidad por un lado y la paga por otro resignaron toda resistencia.
     Allí estaba estrechando la diestra de mi empleador.
-Joaquín Arbeniz.
-Enrique Lotriski.
-Éstos son los chicos, Sumit, señaló uno de los perros,-y Jezo. Los perros se incorporaron y al instante no supe cuál era cada uno.
     Tomamos asiento en unos sillones de ratán. Los perros hicieron lo propio sobre sus culos. Intenté reconocerlos y fijé la vista en uno  que me sostuvo la mirada y alzó los belfos que desnudaron unos colmillos blancos, recordé a Jack London.
     El hombre lo reprendió y dijo algo así como ¡qué Sumit este!
     Enseguida me contó que los animales eran hermanos y comenzó con una retahíla de prevenciones y recomendaciones rematadas con la sugerencia de que los acariciara.
     Jezo se mostró amistoso, Sumit no dejó de gruñir cuando mi mano corría riesgo de ser amputada en tanto rascaba la cabeza de la bestia.
-Muy bien Enrique, lo principal es que se gane la confianza de a poco. Sumit es bueno aunque algo irascible.
     La empleada se hizo presente y Joaquín detalló una lista de convites, elegí café.
     La idea era que asistiera por las tardes para que los perros se familiarizaran conmigo y yo con ellos. Luego el hombre se ausentaría y yo me quedaría a vivir en la casa para cuidar de los hermanos. Fue en esos días que mediaron en que fui instruido de horarios, hábitos, comidas, juegos, nada difícil de cumplir. Hubo sí algunas extravagancias, por ejemplo, poner los perros frente a la computadora para que vean a su amo en el monitor todos los días a la misma hora en que él les hablaría y los podría ver. Otra rareza consistía en ponerle el despertador a Sumit a las siete de la mañana para que el perro entrara en la habitación y ladrara hasta que yo me despertara. El hombre usaba ese truco para levantarse y temía que el perro, si no lo practicaba, lo olvidara.
     Los perros disponían cada uno de un sillón en un cuarto de servicio donde dormían, andaban a su antojo por la planta baja de la casa y por el parque. Entraban y salían por una puerta trampa en la cocina. Solo les estaba vedado subir a la planta alta y a mí también. Tema este que no me mortificó ya que abajo había un mundo confortable, biblioteca, cocina, heladera de dos cuerpos (que supuse llena), una televisión gigante, computadora, sillones, una habitación con baño propio, la del dueño que yo ocuparía y el servicio doméstico.
     También había una mujer en la planta alta que me fue presentada el día antes de que el hombre emprendiera el viaje.
     Nos hallábamos sentados en el living. No sabía si la insistencia en que repasáramos los detalles se debía a que yo no le inspiraba confianza u obedecía nada más que a la obsesión de que el orden no se viera alterado.
     Los perros permitían que los tocara en todo momento y ya había descubierto la manera de neutralizar los rezongos de Sumit. Le hacía cariños y enseguida Jezo comenzaba a darle hocicazos o a intentar fijarle la cabeza entre sus mandíbulas o a ahogarlo mordiéndole la garganta.
     El señor Arbeniz los contemplaba arrobado cuando esto sucedía y pienso que lo tranquilizaba saber que yo les tenía paciencia.
     La mujer bajó las escaleras con paso firme pero sin dejar de deslizar una mano por el barandal. El pelo negro con algunos brotes de canas lucía como al descuido hasta los hombros. La espalda erguida mantenía expectantes unos pechos centrífugos. Fui presentado:-Araceli, mi esposa, dijo Joaquín.
     Ella, antes de extender la mano, saludó a los perros que la rodearon:-Hola chicos.
     Después me dedicó una mirada intensa pero opaca en sus ojos marrones. Conocí esa mirada, ese abandono, el andar desangelado de aquél que nada sabe ni le interesa pero es consciente de ello.
-Voy a fumar afuera, dijo luego.
     Apenas hubo dejado la casa el hombre dijo:-Mi esposa es una alcohólica en recuperación por eso le voy a pedir que por favor no consuma alcohol en lo que dure su estadía. Ah, y fumar puede hacerlo afuera.
     La noticia de la adicción de la mujer no me sorprendió, la había presentido acostumbrado como estaba en tratar con fantasmas. Lo lamentable era que la abstinencia me abarcaba y desde ese momento comencé a pensar en cómo violar la ley seca impuesta por este Elliot Ness redivivo.
     Una pregunta me sacó de mis cavilaciones: _ ¿Oyó hablar de Denis Yulov?
     Mentí:-No.
-Soy yo y Molissé es mi corrector, mintió él. Yo sabía que Molissé escribía sus libros de autoayuda.
     Yulov o Arbeniz siguió:-Parece que Molissé tiene intención de retirarse y me contó que usted también escribe y muy bien, a mi regreso hablaremos de ello.
     Un buen gesto de Molissé que lo redimía de la recomendación para cuida perros.
     Regresé al día siguiente con un bolso en donde, envueltas en mi ropa, viajaban botellas de Malbec y una de Jack Daniels para hablar con Sumit y Jezo por las noches.
     Asistí a la despedida de Joaquín Arbeniz y los perros. En realidad a la de él, los perros parecieron no darse cuenta. Cuando subió al auto que lo trasladaría al aeropuerto, el bueno de Jezo lo miraba sentado entre mis piernas y Sumit parado por delante y es que a veces un perro también mira con ese peso intransmisible del alma en los ojos pero, sin tiempo, inquietos y con la sabiduría instintiva que los caracteriza, buscaron mi afecto en la certeza de que solo el amor los puede contener.
     Esa primera noche les expliqué que eran libres de ser perros, nada de reglas estrictas, nada de despertador le dije a Sumit. Parecieron contentos con la novedad y se fueron a ladrar a la noche del jardín. Yo abrí un libro y la botella de whisky, me respaldé en la cama y comencé a leer.
-Ajá, me sobresaltó Araceli enmarcada en el vano de la puerta,-transgrediendo las reglas.
-Creo que para ello se hacen, respondí con fastidio.
     Se acercó y tomó el vaso de la mesa de noche y lo vació como en las películas del viejo Oeste.
-No siempre fue así, dijo y se estremeció cuando la bebida hizo tope en algún punto de su organismo, enseguida agregó:-La vida no siempre fue así.
-Todos fuimos mejores antes, sentencié con prejuicio.
-Es probable, concluyó y siguió,-traé la botella que tengo un caño paraguayo para fumar, vamos a la galería que la noche está linda.
     Salimos a la noche y los perros entusiastas nos rodearon:-Hola chicos ¿están contentos que se fue? Les preguntó en alusión al marido y ella misma se respondió:-Sí, están contentos y yo también.
     Después me advirtió que el porro era dinamita y que por las dudas, me convenía fumar sentado en el piso. Dócil como los doberman le hice caso. Ella corrió la silla hasta que el respaldo tocó la pared y yo, como un perro más, quedé a su lado en el suelo. No nos mirábamos, compartíamos el vaso y el cigarro gordo y contrahecho.
     Ella hablaba con la mirada puesta en la noche mal alumbrada del jardín.
-Antes fuimos una familia, hasta que murió nuestro hijo. Calada al cigarro que brillaba como un ascua y trago de whisky. El cigarro iba, el whisky venía, los perros también iban y venían y la vida parecía comenzar a tener un sentido.
-Entonces se produjo una brecha entre nosotros y cada uno la llenó como pudo, él, con el verso de la autoayuda y la vida sana. Yo con la indiferencia y ahora es el después que ya jamás podrá unirse al antes porque en el medio cada uno construyó lo suyo.
-¡Qué desgracia! Exclamé yo y no pude contener una risa cannábica.
-La culpa de estar vivos, dijo ella y se rió con la cabeza hacia atrás.
     Primero me apoyé en un codo, enseguida extendí el brazo y la cabeza, sin gobierno, buscó el reparo de algo mullido que apenas logré acertar y parte de ella golpeó en el piso. Dediqué mi último sentido al olor salvaje de la marihuana.
     Desperté en plena transición de la noche al día, descubrí que estaba tapado con una manta y que un almohadón contenía mi cabeza y parte del cuerpo de Jezo que dormía con su espalda negra rozando mi cara. Sumit descansaba hecho un bollo a mis pies.
     Alcé la cabeza con precaución y Sumit me miró con su cara de perro. Me senté y los dos se pararon y practicaron sus desperezos. Luego Jezo aprovechó para lamerme la cara. El mareo era tenue pero supe que no podía confiarme. Esperé antes de ponerme de pie. Abandoné la galería con las palmas de la mano contra la pared como asidas a una baranda invisible. Los perros fueron a piyar a un ligustro y los imité recomendándolos que se alejaran por su empeño en olfatear. Después entramos en la casa y les dije:-Vieron qué mierda es la libertad.
     No dijeron nada y entraron en su habitación.

     Transcurrieron unos días en que Araceli no me dirigió la palabra. En la mañana bajaba a deambular por el jardín y desaparecía en el resto del día. Una de esas mañanas coincidimos en el parque. Yo jugaba con los perros a la pelota, lo clásico, tirarla y que la trajeran, hasta en ello eran distintos los hermanos. Cuando Jezo la capturaba la traía y la abandonaba a mis pies. En vez Sumit no la soltaba y costaba sacársela de entre las fauces.
     El jardinero en su día de visita adornaba los canteros con distintas flores y Araceli parecía interesarse en el trabajo. El hombre era un calvo fibroso y atlético a pesar de aparentar más de cincuenta. Observé que se retiraban juntos para los fondos en donde había un obrador que era una réplica en pequeño de la casa principal. No le di importancia y cuando los perros se cansaron entré en la casa y me puse a hablar con la cocinera.
     Era este mi trabajo de cuidador de perros un verdadero hallazgo. La pasaba bien, estaba cómodo, comía siempre sin ocuparme de nada. Salvo las monótonas conferencias por la computadora a la que los perros, no podía ser de otra manera, no prestaban atención y terminaba yo, humano al fin, dando los detalles de las idénticas actividades que habían desarrollado desde la anterior conferencia ¿Qué más podían hacer que no fueran cosas de perros? Luego y para terminar debía tomarlos del pescuezo para enfrentar sus cabezas a la cámara y que Arbeniz pudiera despedirse.
     La cocinera era una señora sin forma alguna, un amasijo de carnes donde cuello, tetas y barriga era una sola cosa. En las manos, la piel lucía un color distinto, manos ajadas de trabajadora. Todos los mediodías, después de subirle la comida a Araceli, me servía a mi y comíamos juntos.
     Ese día se animó y dijo en un tono quedo:-Antes esto era distinto.
-Antes de qué, pregunté con fingida indiferencia.
-Antes de que falleciera Julito.
-¿Quién?
-El hijo de los señores.
-Qué le pasó.
-Nunca se supo bien, creo que el señor consiguió con sus contactos que pasara por un suicidio pero yo no lo creo, discutían mucho…
     Hizo silencio y sorbió un trago de soda. Yo no quise indagar en la presunción de escuchar una teoría sin asidero. Lo concreto era el dolor, un dolor que no podía extinguirse a pesar de que quisieran ignorarlo.
     Después hablamos de la comida para la noche y la del otro día en que ella no vendría por ser su día franco y en el tema comidas la mujer era creíble.
     Tampoco asistiría la mucama, sobrina de la cocinera, por lo que el día se presentaría propicio para reponer vinos y eliminar de mi bolso las botellas vacías.
     Esa noche reapareció Araceli. Estaba sentado en el umbral de la galería y me sobresalté cuando habló detrás de mí:-Acá estabas, te busqué en la habitación.
-Devolveme el whisky que no tengo nada para tomar.
     Dejó atrás una estela de risas y se paró delante de mí. La luz débil del jardín iluminó su espalda y de su cara a oscuras escuché:-Vení que te voy a mostrar algo.
     Giró y cuando estuvo de perfil la luz denunció que no llevaba puesto corpiño. La seguí a ella y los perros a mí. Fuimos hasta el galpón del fondo. Entramos, encendió la luz, apartó unas herramientas y un tesoro de botellas con elixires de variados colores aparecieron ante mi vista.
-¿Qué querés tomar?
     Me aferré a una botella de Lagavulin y ella sacó una de vodka y preguntó:-¿Te llama la atención?
     Quizá me la llamaba pero no me importaba ya que un buen humor invadía mis neuronas fusiformes.
-Corrompí al jardinero, empezó a decir,-todas las semanas le doy el dinero para que renueve el stock y se lleve las botellas vacías. Cuando me muestra la mercadería, lo franeleo un poco, lo masturbo o le hago una fellatio y así cada semana.
     Yo la miraba de manera neutra con mi botella de whisky en la mano. Ella tuvo la necesidad de justificarse:-Al principio le daba una propina pero luego prefirió que le pagara en especies y eso es más barato, concluyó con sarcasmo.
     Volvimos a la casa y tomamos asiento en la galería.
-Traete unos vasos y unos hielos, ordenó como si yo fuera su mulo pero no lo tomé a mal, fui y vine con el mandado. Comenzamos a beber.
-Podemos estar así más de un día, reflexionó para sí y siguió:-bebiendo en silencio pero juntos. Enseguida preguntó:-¿Querés una pepa? Me las da el psiquiatra, y se paró para introducir la mano en uno de los bolsillos del pantalón ajustado.
     No acepté y dije:-Gracias, no quiero pasar otra noche a la intemperie.
     Los dos nos reímos.
-¿Quién sos Enrique?
-Creo que nadie, salvo alguna ilusión ¿y vos?
-Yo no soy, fui, ahora soy el fantasma de la planta alta.
-Un fantasma bueno o malo.
-Malísimo, dijo y cuando comencé a decir algo me llamó a silencio.
-Vamos a hacer correr los perros, dijo y tomó la pelota,-ponete allá en el farol, ordenó.
     Los perros captaron enseguida lo que iba a suceder y se aprontaron en medio de los dos. El juego se tornó aburrido porque ella no atinaba con la pelota, ni a tomarla cuando la recibía, ni a pasarla con puntería. Le pedí que se acercara y vino hasta mi, tiró la pelota a un costado y me besó con pasión sobreactuada. Una pasión cruel.
     Después dijo:-Vamos a la cama y me tiró de un brazo.
     Los perros renegaban entre sí por la pelota hasta que advirtieron que ella, ahora a mi espalda, intentaba empujarme. Los animales se acercaron y comenzaron a tirarnos tarascones. Ella me abrazó y los incitaba para que salten hasta que debí retarlos y la aparté con rudeza. Clavó sus ojos sin brillo en los míos y triste preguntó:-¿No me querés coger?

     Me desperté y allí estaba de nuevo el mundo. No estaba solo. A mi lado Araceli desnuda aún no regresaba. Tardé en ubicarme si estaba despierto o en un sueño. Intenté incorporarme y supe que no podría hacerlo. Volví a mi posición. Si me levantaba sería inevitable un vómito. La habitación desconocida se empeñaba en girar y debí aferrar una de mis manos al larguero de la cama. Cerré los ojos, todo se desvanecía sin dejar de girar. Con un atisbo de conciencia recordé que debía comparecer en la computadora con los hermanos doberman y no tenía noción de la hora. Abrí los ojos, busqué un reloj, faltaban quince minutos para la conferencia.
     Cuando hallé mi ropa me vi en la panza una leyenda escrita con marcador, con centro en mi ombligo una flor desplegaba las palabras te amo. Tuve ánimo para sonreír pero deduje que ella me había vencido ya que no recordaba cuándo me había pintado. La preocupación me llevó a zamarrearla para confirmar si estaba viva. No se despertó aunque respiraba y yo no tenía tiempo. Bajé las escaleras apurado pero con precaución de no rodar. Los perros me esperaban abajo. Encendí la máquina en el preciso momento en que Joaquín Arbeniz hizo lo de siempre, hablarles a los perros en ese tono estúpido con que algunos adultos se dirigen a los niños. También como siempre los perros se aburrieron y se fueron. Yo intentaba simular entereza.
     El hombre me preguntó por su esposa y le respondí que el día anterior, por la mañana, la había visto en el jardín, omití decirle que quizá ahora estaba muerta o en un coma alcohólico.
-Por favor Enrique, si la ve le dice que vuelvo mañana, adelanté el viaje porque aquí ya no tengo qué hacer. Usted no se preocupe que le voy a reconocer la paga completa.
     No me preocupaba pero los ricos sí lo hacen.
     En referencia a la mujer siguió:-Le he enviado mensajes de texto y no me los respondió, no es que sea importante ya que su conducta es errática pero quería avisarle que a la tarde estaré por allí. Ahora póngame a los perros que me quiero despedir.
     Los llamé y de a uno los puse en cámara.
     Cuando cortó la comunicación subí de nuevo al cuarto de Araceli. Seguía en la misma posición. Abrí las ventanas y me senté a su lado. Respiraba como en un sueño profundo. La contemplé desnuda, sentí ternura de saberla tan indefensa y me pregunté si en realidad habíamos tenido sexo. Le corrí el cabello de la cara, le di un beso en la mejilla y le hablé al oído:-Araceli ¿estás bien? Varias veces repetí la pregunta hasta que con vehemencia respondió:-¡Andate! ¡dejame en paz!
     Estaba bien. Cuando me iba observé un retrato en una repisa. Me acerqué, un joven sonreía en una foto posada. A un lado del retrato una flor agonizaba y al otro, una urna de madera con una placa de bronce “Julio Eduardo Arbeniz” “1976-1997”

     Los perros me acompañaron hasta el portón de salida. Conservaban su perenne buen humor perruno. Antes de abrir la puerta me acuclillé en el pasto y se me vinieron encima, perdí el equilibrio y caí de costado. Jezo aprovechó para lamerme la cara y hacerme un cariño que estilaba, un mordisquito en la oreja similar al que usaba para rascarse. En tanto Sumit me daba hocicazos en la espalda. Los abracé y les dije que algún día volvería a visitarlos. Cuando me incorporé discutieron entre ellos. Alcé una mano para saludar a Arbeniz y observé en la ventana del cuarto de Araceli que la mujer me estaba mirando, volví a alzar la mano y solo el hombre reiteró el saludo.
     Fin, salí sin darme vuelta.  ■

domingo, 27 de febrero de 2011

CARLOS ARTURO TRINELLI - Un trolebús en el bar baviera*



Cuando comenzó a hablarme, Helmut, el dueño del bar, ubicado a su espalda, se estiraba el ojo hacia abajo con el dedo índice. Me avisaba de algo obvio a simple vista como si protegiera a un menor de un pedófilo.
A Helmut le incomodaba la presencia distinta del viejo trolo. Sin embargo, como cumplía las reglas de convivencia que imperaban en ese planeta de borrachos no hacía más que mirarlo de mala manera.
-Yo soy Santiago, me dicen Tiago como al hermano de Jesús ¿vos cómo te llamás?
Se presentó con la voz arrastrada en un seseo y con las manos anchas y gruesas como aspas en constante movimiento.
-Enrique, respondí con indiferencia.
-Como Enrique El Navegante.
-No, como Enrique Lotriski.
-¿Quién es?
-Yo.
Los ojos vivaces de un marrón apenas más claro que la piel cetrina le brillaron de gusto. Por las dudas, fiel a mi principio de que más vale ponerse colorado una vez que rojo para siempre, máxima que me fue inculcada de niño por una tía, dije:-Sí querés hablar, hablemos, si buscás otra cosa, seguí viaje.
-¡Ahhh! exclamó como buen maraca.
Yo miré la hora y bebí un sorbo de mi vaso.
-Es difícil que pase la hora cuando la estás mirando, es tímida, dijo él con afectación y siguió parado a mi lado.
Lo miré de soslayo, el labio inferior caído y más grueso que el superior, le daba el aspecto del no saber permanente. Era un puto feo.
-Quiero hablar Enrique, te prometo que me porto bien.
Me di vuelta y caminé detrás de él hacia una mesa. El traje, brilloso de planchados, caminaba delante. Nos sentamos frente a frente y pedimos una cerveza que, Tiago, se adelantó en pagar.
Lo observé bien. El aspecto era el de un tanguero de los cuarenta, pero trolo. El cuello de la camisa raído estaba surcado por líneas de mugre y el nudo de la corbata engrasado denunciaba que el dueño se la quitaba sin deshacerlo. El pelo teñido de negro azabache nacía blanco, alineado en una raya apenas encima de la oreja en el intento por disimular la calva.
-Puto y borracho las tenés todas en contra, dije no excento de agresividad.
-La sexualidad es jodida cuando viene cambiada, replicó y me hizo arrepentir de lo dicho.
Agregó que cansado de mendigar afecto en los baños de las estaciones, comenzó a frecuentar los bares. Nada lo saciaba ya que, al concluir, se hallaba más vacío que al principio. El único cambio que notaba era que un borracho era un individuo más sensible que cualquier sobrio. Yo no estaba tan seguro.
El truco era sencillo y no por viejo menos efectivo, jugaba a la copa vacía y él no terminaba la propia. Una vez quebrado el oponente, lo demás era fácil. Controlé los vasos con disimulo.
-Por suerte los años me aplacaron el deseo, dijo y pidió otra cerveza. Enseguida agregó:-Pero no las ganas de afecto y de compartir la soledad con alguién.
La soledad sobrevolaba todos los temas en el Baviera. Algunos hablaban solos y otros dialogaban entre sí con la intención de homogeneizar las soledades.
Afuera comenzaba a llover. Los parroquianos, como hinoptizados por el espectáculo, vaso en mano, se agolpaban en las ventanas como espectros de la tormenta.
Tiago agregaba:-Siempre estuve solo, y detalló las muertes,  que los que avanzamos en el tiempo, padecemos,-hasta el gato se me murió, hizo una pausa con la mirada puesta en el vaso y concluyó,-por supuesto que era un gato castrado.
Pedimos otra cerveza y la pagué yo, comenzamos a cortarla con gin.
-El problema mío, principió a decir con el seseo arrastrado,-es que siempre viví mi homosexualidad con culpa.
No supe qué decir, de hecho nunca había escuchado confesiones de un trolo.
-¡Qué vas a hacer! Cada uno hace lo que puede y es bastante, dije sin convicción. Me hubiera gustado decirle que no se aflija que todos tenemos culpas porque podríamos ser de otra forma. No dije nada. A veces lo mejor es no decir nada. Compartir era suficiente y lo hacíamos sin dejar de adorar a nuestra diosa, la bebida, libertaria de las culpas, heroína de las conciencias.
En la sexta cerveza con gin, me solté y narré algunas vaguedades. Él ya era un puto feliz que a todo le hallaba las partes graciosas. A mí, empezó a resultarme ingenioso.
-Nadie quiere a nadie, es mejor decir, nadie ama a nadie, soltó con la lengua pegada y la cabeza como esos perritos de adorno que se colocan en los autos. Siguió:-Jesús, el propio Jesús, aquí alzó la voz y Helmut lo chistó, -decía, el propio Jesús no amó  en particular a nadie, Él amaba en general, a la humanidad...
Comenzó a reirse tan fuerte que Helmut vino hasta nosotros.
-Señor, si no puede guardar las formas, tendrá que irse, dijo con todas las erres bien pronunciadas y la cara roja.
-Yo respondo Helmut, dije sin arrogancia. Me creyó y se fue de nuevo a su puesto de vigía detrás del mostrador.
-¡Qué disparate Enrique! amar a la humanidad. Yo, Tiago Jiménez sostengo que amar a todos es amar a ninguno, a ninguno, bajó el tono en la repetición, colgó aún más el labio inferior y los ojos rebasaron unas lágrimas. Me incorporé un poco y lo abracé ¡pobre puto desconsolado!
Lo ayudé a pararse, debíamos partir antes de ser echados.
Todavía lloviznaba cuando salimos abrazados. Era de noche, la calle estaba vacía y todo brillaba mojado bajo las luces. Quiso besarme y lo aparté con la palma de la mano en la cara. Se resbaló y debí sujetarlo para que no se golpeé contra el piso.
Nos apoyamos en un paredón y piyamos. Las meadas levantaban vapor en la vereda. Entonces sucedió, me distraje un momento en la sacudida de mi pájaro y alcancé justo a enjaularlo. Como un murciélago la manopla de Tiago se me vino encima en un intento por atraparlo. La intuición me hizo girar la cintura a la derecha y saqué un cruzado de izquierda. No fue mi mejor golpe pero se estrelló en su oreja, perdió pie y yo conseguí pararme con guardia de diestro. La derecha salió directa, se dirigía a la nariz pero el perder pie lo salvó y el golpe impactó en la frente. Cayó de culo con las piernas para arriba.
Comencé a caminar, todo estaba en su sitio. Atrás quedaba un puto farsante y pensé, ¡qué difícil era ayudarlo por más piedad que inspirara! ●

© Carlos Arturo Trinelli

*Este relato obtuvo un premio en el  certamente  de narrativa de Artesanías Literarias