domingo, 23 de octubre de 2011

El acuarelista en el matadero


'Nadadora' (1934), de Aleksandr Deineka
Nadadora (1934), de Aleksandr Deineka, una de las obras que se exhibe en la Fundación Juan March.



ANTONIO MUÑOZ MOLINA 

Cuando las palabras mienten la estética dice la verdad. En los años veinte, en los treinta, el comunismo y el fascismo parecían cada uno la antítesis del otro, pero mucho antes de que algunas mentes lúcidas se fijaran en las similitudes profundas que los unían ya estaban declarándolas las opciones estéticas de cada uno. Las máquinas, las multitudes, los cuerpos desnudos, el deporte. El hombre nuevo soviético se parece extraordinariamente en su físico al hombre nuevo nazi o fascista, igual que se parecen las escalas arquitectónicas y la propensión a eliminar a millones de seres humanos. La misma demencia constructiva arrebataba casi simultáneamente a los matarifes de Moscú y a los de Roma o Berlín. Albert Speer proyectó para Hitler la cúpula más desaforada del mundo. En 1937, al pintor Aleksandr Deineka le encargaron unos murales gigantescos para el nuevo palacio de los soviets de Moscú, que iba a tener una altura de 415 metros, y que estaría coronado por una estatua de Lenin de 100 metros. Los deportistas desnudos a los que pintaba o dibujaba Deineka en sus momentos de más disciplinada imaginación habrían entusiasmado al doctor Goebbels. Y cuando un cuadro suyo de corredoras atléticas se expuso en 1934 en la Bienal de Venecia lo compró de inmediato el Ministerio de Educación de Mussolini. En la extraordinaria exposición dedicada a Deineka en la Juan March, junto a sus cuadros y sus dibujos de deportes, hay auriculares colgados en la pared en los que pueden oírse himnos políticos y deportivos soviéticos. No hay la menor diferencia entre los unos y los otros, y su contundencia marcial es idéntica a la de los himnos italianos o alemanes de entonces.
Aleksandr Deineka es ese artista desconocido que de un día para otro se le vuelve a uno imprescindible. No me sonaba de nada su nombre, pero al llegar a la exposición recordé que ya había visto algunos de sus cuadros, que me intrigaron mucho, hace unos años, cuando los vi en el Guggenheim de Nueva York, en una antológica de arte ruso del siglo XX. Reconocí uno, sobre todo. Una mujer en bicicleta, con el pelo recogido a la manera de los años treinta, con un vestido rojo y calcetines rojos y zapatos deportivos, su silueta con algo de Bonnard y de Matisse perfilándose contra un fondo de bosques y campos cultivados, con un tractor al fondo, con sombras azules de verano. La sensación de Arcadia la cancelaba de golpe la fecha: un koljós en 1935. En 1935 la colectivización forzosa de la agricultura soviética se había completado dejando tan solo en Ucrania más de tres millones de muertos por hambre. En 1935 Kirov ya había sido asesinado en Leningrado y Stalin preparaba su gran plan quinquenal de deportaciones y matanzas. Aleksandr Deineka era un artista soviético ejemplar, pero en esa época ni los más leales estaban a salvo y a él también le rozó la nuca la cuchilla del miedo. Su primera esposa fue detenida en el curso de las grandes purgas de 1938 y ejecutada al poco tiempo en la cárcel. De vez en cuando los burócratas del arte publicaban sermones condenatorios de lo que llamaban ellos Formalismo, vicio burgués que podía atraer irreparables consecuencias. Por la época en la que Shostakóvich temblaba de miedo después de aquella diatriba contra su música publicada de manera anónima en Pravda el nombre de Deineka aparecía de vez en cuando en las listas de sospechosos de formalismo.
En las fotos de aquellos años, y en las que le tomaron durante el resto de su vida, Shostakóvich es un hombre encogido, de mirada huidiza detrás de las gafas, de gesto entre cauteloso y servil. En algún momento Deineka pudo haber tenido tanto miedo como él, pero al menos no lo manifestaba. Era fornido, de cabeza grande y quijada sólida, aficionado a la gimnasia, al fútbol, a los automóviles y los aviones, al espectáculo de la tecnología y de la vida moderna. El hombre de las fotos y el de ese autorretrato en el que parece un boxeador es el de los grandes murales, el de los cuadros de militares o de obreros estajanovistas, el del portero de fútbol que se tira horizontalmente para recoger una pelota. Pero dentro de él había otro artista más secreto, y también más delicado, que trabajaba no con las grandes extensiones murales de óleo o de mosaico sino con el lápiz y el papel, la tinta, los colores rápidamente desleídos de la acuarela.
Inevitablemente se fue haciendo más pomposo con los años. La continua sumisión a una ortodoxia sin fisuras debió de aliarse a las rutinas de la edad para hacer de él una especie de Norman Rockwell de la felicidad estalinista. Pero en su juventud, en su primera madurez, hay un talento de rápidos trazos fulminantes, una inventiva visual que está lo mismo en la inmediatez de un boceto que en los saberes tipográficos de la ilustración de un libro. En medio de la cacofonía abrumadora de la propaganda, Deineka tiene de pronto una simpleza poética de cuento infantil o de viñeta callejera, como de un Beckmann o un Grosz no exasperados. Su trabajo exige escalas gigantes, musculaturas, armazones metálicas, interjecciones agresivas. Él parece abstraerse de todo dibujando mundos en miniatura: la nube alargada de una avioneta de fumigación se cruza diagonalmente con los surcos de un campo cultivado; un dirigible surca el cielo mientras una locomotora suelta humo en el horizonte, y los vagones no parecen los de un belicoso tren soviético sino los de un tren de juguete; la utopía cuartelaria de la revolución se resume en unas cuantas formas invocadas por la acuarela sobre una hoja de papel: un campo, una granja, una vaca, un tendido eléctrico en el que se posan los pájaros igual que notas en un pentagrama.
Y algunas veces, como si bajara la guardia, también la pintura al óleo adquiere una ligereza de acuarela o de dibujo al pastel: una mujer desnuda, joven, a contraluz, delgada pero no gimnástica, en un balcón ante unos azules marítimos que podrían ser los que se veían desde las ventanas de Matisse.
Fue viendo ese balcón cuando confirmé una hipótesis que había intuido delante del cuadro de la ciclista vestida de rojo. Deineka, en los primeros años treinta, había viajado por Estados Unidos, y luego por Francia e Italia. Sutilmente, cuando la atmósfera en la Unión Soviética se estaba volviendo más claustrofóbica, buscó refugio en esos paraísos a pequeña escala de sus ilustraciones casi infantiles, o en el recuerdo de los paisajes abiertos de América y del sur de Europa que no tenía ninguna seguridad de volver a ver. El balcón ante el cual posaba la mujer desnuda se abría en su estudio pero daba de par en par sobre el Mediterráneo. Y esos campos recién arados en una mañana de finales de verano, esos bosques que se ondulan hacia la lejanía no pertenecen al koljós que da título al cuadro de 1935, el de la propaganda obligatoria, sino a un paisaje secretamente recordado de Nueva Inglaterra.  

Autobiografía desesperanzada




J. Ernesto Ayala-Dip 
BABELIA - 22-10-2011

En un reciente texto del periodista y escritor Jesús Marchamalo sobre la biblioteca de novelistas y poetas españoles, se nos informa sobre los libros que guarda Arturo Pérez-Reverte, entre otros autores, en la suya como tesoros irrenunciables. No faltan Dumas, Scott, Stevenson, Balzac, Dickens, Eugène Sue y Galdós, etcétera. Nombres ilustres en sus diversas tendencias (desde la novela romántica, pasando por el folletín y llegando al realismo). Referencias sustanciales con las que Pérez-Reverte ha forjado las líneas maestras de su literatura. Hay autores españoles del siglo XVII, algunos de los cuales salen con programática puntualidad en su serie del capitán Alatriste, como Quevedo, Lope de Vega o Cervantes. Comparten territorio Conrad, Ortega, Chandler, Vidas paralelas de Plutarco, Patricia Highsmith y Thomas Mann, una lista ecléctica, como si constituyeran el paradigma de nuestro tiempo. Pero luego hay otros autores que, leídos o no, están condenados a su más severa indiferencia u olvido, como él mismo reconoce: se trata de nombres como Perec, Auster y Bolaño. No registro esta circunstancia para reconvenir al autor de El maestro de esgrima, sino para indicar que las filosofías compositivas de algunos autores se hacen con los que se admira y también con los que se condena al desván de los repudiados. Así ha armado Pérez-Reverte su literatura. Hospitalario con los que considera de su raza narrativa y hostil con los que no consigue congeniar. De hecho, el autor de Cartagena comienza a construir un discurso literario muy pegado a la tendencia predominante de la novela española de los años ochenta y noventa: la narración pura, la construcción de tramas muy decimonónicas, y muchas de ellas en el sentido más posmoderno del término. No es casual que por esos mismos años, un teórico de los discursos literarios como Umberto Eco publicase El nombre de la rosa, un texto de ficción a todas luces posmoderno. El club Dumas (1993) es una novela en esa estela, irónicamente intertextual (que diría el mismo Eco), incluso con líneas acusadamente metaliterarias que se cruzan para producir un texto abierto a público diverso (entre ellos la critica), cuando no incluso antagónico.
Volviendo al libro de Marchamalo, cada autor debe, después de desgranar su biblioteca, elegir, de su propia obra, su libro preferido. Pérez-Reverte elige la serie de 'Aventuras del capitán Alatriste'. Argumenta su elección con estas palabras: "Los libros de Alatriste son, quizás, los que me hagan sentir más orgulloso como escritor. Están en los colegios, los leen los jóvenes y muchas personas han entrado en el siglo XVII a través de ellos. Sé que si estoy en la Academia es por Alatriste". Nada que objetar al respecto. Pero también no es menos cierto que si la serie de Alatriste constituye para su autor lo más valioso de su obra es porque en ella expresa su visión quevediana del siglo XVII español, la amargura, la desilusión, la crisis del barroco, para decirlo con palabras del añorado maestro José Antonio Maravall.
Se publica ahora un nuevo título de la serie de Alatriste, El puente de los asesinos. Como en anteriores, el relato recae en Íñigo Balboa, el joven espadachín que en el momento de las peripecias junto a su "viejo amo" y otros personajes que vuelven a aparecer tiene dieciocho años. Ya sabemos que Balboa escribe desde un presente muy distante de los hechos que nos cuenta. Las coordenadas históricas son las del reinado de Felipe IV, durante una España en franca decadencia. En esta nueva entrega, que se desarrolla en Venecia, sobresale uno de los aspectos que yo más valoro en ella, además de su tono lúcidamente crepuscular: el punto de vista de la narración, su desdoblamiento en autobiografía desesperanzada (de Balboa) y en su relato admirativo del capitán Alatriste, la descripción pormenorizada del atrezzo, la fiesta y el humor del lenguaje canalla de la época, el diagnóstico sociológico. Y ese aire de novela de iniciación que esconde la novela. En medio, el fragor de las escaramuzas, la traición avizorada. En el capítulo de los recursos narratológicos, la recurrente mención a la muerte de Alatriste en una batalla por venir parece más la firma retórica del autor que un asunto de la trama, como esos cuadros barrocos donde siempre encontramos en una de sus esquinas una hoja en blanco u otro rasgo enigmático. En El puente de los asesinos reaparece el peligroso Gualterio Malatesta. Con él se enfrenta Alatriste para saldar una vieja deuda. Se cruzan las espadas y los cuchillos hieren la carne de los dos espadachines. Y ahí acaba todo. Una mutua piedad se impone. Como si perdonando al otro, se perdonaran a sí mismos. No me gustó en su momento el comienzo de El capitán Alatriste ("No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente"). Me gustó ahora el nuevo libro de Pérez-Reverte. Y me gustó sobre todo su final.

CINE: Riesgo autocomplaciente



Javier Ocaña 

Cine - 14-10-2011

¿Puede una película ser arriesgada y autocomplaciente al mismo tiempo? ¿Los experimentos cinematográficos, a fuerza de repetición, se pueden convertir en una oda a la obviedad? ¿Puede una película resultar hermosa y cansina a partes iguales? Estas y otras preguntas se acumulan en el espectador acostumbrado a los productos festivaleros, al cine en versión original, al antiguamente llamado de arte y ensayo, al ver Las acacias,película argentina dirigida por el debutante Pablo Giorgelli, de 44 años, que quizá hubiese sido osada hace una década y media, pero que por culpa de (o gracias a) la reiteración de esquemas, ahora no es más que otra de las docenas de películas que, cada año en todo el mundo, invitan a la audiencia a sumergirse en el minucioso recorrido físico y moral de unos personajes a la deriva que, gracias al encuentro con el otro, con una persona en las antípodas, encuentran el camino hacia la esperanza a través de diálogos y acción mínimos (Somewhere, de Sofia Coppola, es la penúltima).
Un huraño camionero, mirada de pasado y dolor, debe transportar en su camión a una madre y a su bebé, miradas de futuro y esperanza, desde Asunción, en Paraguay, hasta Buenos Aires. Mil quinientos kilómetros a golpe de pisadas de embrague que invitan a la reflexión. Pero, ¿qué hacer ante una película en la que se sabe exactamente lo que va a ocurrir desde el primer minuto hasta el último? Quedarse con lo bueno: con el escrupuloso mantenimiento del punto de vista (ni una sola vez se ve el camión desde fuera), con el mérito de filmar una historia casi exclusivamente a bordo de una cabina, con las preciosas reacciones del bebé... De todos modos, para llevar la contraria al crítico, el riesgo autocomplaciente aún parece tener crédito en ciertos sectores: Las acacias ganó la Cámara de Oro a la mejor ópera prima del Festival de Cannes este año 2011.

CINE: La saeta de las vencidas



El entusiasmo casi general con que fue recibida Pa negre no solo tenía que ver con la excelencia de la propia película: con ella, Agustí Villaronga había roto también una inercia, había impugnado un imaginario fosilizado, regido por el maniqueísmo, y, sobre todo, se había preguntado cómo representar un periodo histórico -la inmediata posguerra- haciendo tábula rasa de toda una tradición. Bajo la mirada de Villaronga, el paisaje de esa resaca del horror estaba dominado por una infección moral que alcanzaba a todos y difuminaba fronteras de integridad entre vencedores y vencidos.
Sería, probablemente, injusto dar por hecho que Benito Zambrano no ha querido plantearse el mismo tipo de preguntas. La voz dormida, adaptación de la novela de Dulce Chacón, también quiere aportar su toque de distinción, focalizar la mirada en algo que, si bien no ha estado siempre fuera de plano, quizá no había ocupado con tanta generosidad el centro del escenario: el sufrimiento de las vencidas. En suma, una cuestión de género: la represalia sobre los derrotados encarnada en una galería de rostros femeninos dolientes que, inevitablemente -y, en gran parte, gracias al tratamiento fotográfico de ecos goyescos de Álex Catalán-, remite a la estética de madres dolorosas de una Semana Santa sevillana.
Las mejores alianzas que ha encontrado Zambrano en su propuesta están en el reparto femenino que recoge la patata caliente de encarnar ese dolor bajo una dramaturgia que parece luchar en su contra: la magnética María León logra que su personaje viva, respire y conmueva a pesar de tener que bregar, en todo el metraje, con una mirada sobre la que parece haberse estrujado un manojo de cebollas. No habría que pasar por alto a Inma Cuesta -obligada a desfilar sobre la cuerda floja de dos secuencias musicales al borde del exceso melodramático y a tener extemporáneos estallidos de conciencia de la Memoria Histórica-, ni a Ana Wagener, la única figura del bando vencedor a la que se permite mostrar algo de fibra humana más allá del arquetipo: una fibra humana que el guion verbaliza en exceso. Hay otras presencias secundarias (femeninas, vencidas) capaces de transmitir algo: para los héroes resistentes y para los villanos fascistas solo ha quedado un generoso almacén de expresividad acartonada.

CINE: Las miserias de la supervivencia



Carlos Boyero 


La necesidad de descubrir nuevos lenguajes expresivos, un cine distinto hablando de realidades desconocidas para los occidentales, logra que los festivales se inventen y abusen de modas exóticas que siempre tienen fecha de caducidad. Ocurrió con el cine chino, con el tailandés, con el iraní y actualmente está disfrutando de tan golosa plataforma cultural todo lo que lleve señas de identidad coreanas y filipinas. Y sabes que durante varios años van a intentar venderte como arte extraordinario todo lo que exhiban de esa moda que pretenden imponerte, que los organizadores y programadores de esos culturalistas certámenes pierdan el sueño buscando incansablemente nuevos genios del cine oriental.
Al parecer, los asistentes a los festivales disfrutan interminablemente con el ritmo, el tono y la narrativa de esas películas, les dedican tesis, aseguran que estas contienen el único ozono en medio de la contaminación y la trivialidad que aqueja al cine convencional, o sea, el que consume mayoritariamente el embrutecido público occidental. Para mi desgracia, no suelo captar ese irresistible encanto, mi sensibilidad o la ausencia de ella conecta pocas veces con esos universos presuntamente fascinantes. Después de infinitas aunque nada memorables horas consumiendo cine oriental, alimento razonados prejuicios.
Pero como no soy absolutamente ciego, tonto y maniqueo, no he perdido la facultad y el placer de reconocer una gran película venga de donde venga. Es lo que sentí al ver en el último festival de Berlín Nader y Simin, una separación. Sensación renovada al revisarla fuera de los agobios de un festival. La dirige Asghar Farghadi, del que tuve grata noticia en su A propósito de Elly, dotada de un suspense notable y un conocimiento perturbador de la naturaleza humana.
En esta confirma esas apasionantes características narrando con pulso hitchcockiano (la trama y el lenguaje me hacen recordar Falso culpable) la inmersión de un hombre legal y esforzado en un infierno psicológico y judicial que le puede despojar de todo lo que valora. Farghadi describe modélicamente la angustia progresiva de un padre, hijo y marido ejemplar desde que su mujer le pide el divorcio por negarse a exiliarse de ese Irán presuntamente asfixiante en compañía de ella y de la hija común (eso supondría abandonar el cuidado de un padre anciano y enfermo de alzhéimer) hasta que la denuncia por agresión de una mujer embarazada que ha contratado para que le ayude en la casa y atienda al enfermo transforma la realidad en una pesadilla. Es un retrato sombrío y profundamente humano del acorralamiento y el miedo, del sentido de culpa y la mala conciencia, de la mentira y el chantaje moral, del despertar de las miserias cuando la supervivencia aprieta, la violencia subterránea en una sociedad atemorizada, en la que casi todo desprende mal rollo.
Farghadi te introduce con enorme talento, con matices, con tensión y complejidad en esa atmósfera angustiosa, no juzga a sus personajes sino que expone sus razones para actuar como actúan, te hace partícipe de su incertidumbre y su tormento, logra que todo sea creíble y perturbador, dirige admirablemente a los actores, incluida una niña tan adulta como extraordinaria. Es una película que te conmueve al verla, también al recordarla.


sábado, 22 de octubre de 2011

CARLOS ARTURO TRINELLI - El Hombre Que Tosía Moscas


por Carlos Arturo Trinelli                             

     El problema comenzó una mañana de invierno en que,  de pie frente al espejo, intentaba reconocer al que hasta el día anterior había sido yo. Los pelos parados, la barba crecida, los ojos hinchados, todo igual a todos los días a excepción de un estornudo que retumbó con vehemencia en el espacio cerrado del baño.
-¡Salud! Escuché la voz de mi esposa desde la cocina.
     Abrí los ojos y vi a una mosca aplastada contra la luna del espejo. Supe que no estaba allí desde antes, sin embargo, como toda persona expuesta a algo sin explicación, busqué la manera de justificar aquel cadáver. En un intento por reanimarla la toqué con un dedo y se desprendió del vidrio definitivamente muerta.
     Tomé mi ducha matinal y me afeité convencido de que el cadáver habría pasado desapercibido en la primera inspección ocular antes del estornudo.
     En la cocina le pregunté a mi esposa si por casualidad ella no había matado a la mosca antes que yo entrara en el baño.
-Tu esposa, querido, es incapaz de matar una mosca, respondió con humor y los dos nos reímos.
     De la risa pasé a la tos sin tiempo a cubrirme y dos moscas salieron despedidas de mi boca a todo volar.
-¿Viste eso?
-¿Qué?
-Las moscas que salieron volando.
-Y qué querés que hagan, hasta yo ahora me voy volando para no llegar tarde, dijo ella y se fue (lógico sin volar, usó una metáfora para el apuro) y agregó:-Me parece que te resfriaste.
     Cuando estuve solo corrí al baño, frente al espejo forcé una tos. Una mosca salió de mi boca. La abrí lo más que pude, solo estaban la dentadura y la lengua. Me lavé los dientes e hice unas gárgaras.
     Al llegar al trabajo sentí la nariz cargada de mucosidad, tomé el pañuelo y me soné con energía, percibí una vibración en la mano, miré, allí estaban pegoteadas pero vivas dos moscas. Estrujé el pañuelo y lo tiré en un cesto. Enseguida llamé al médico y le pedí una consulta urgente por algo difícil de explicar por teléfono.
-Venite que te intercalo en el primer hueco que tenga, dijo el doctor Tesebú.
     Llegué con toses y estornudos contenidos. Aguardé con el temor de provocar el pánico si algunas de mis moscas escapaban de forma atolondrada.
-¿Qué te anda pasando José? Se te ve bien, dijo el doctor con ese entusiasmo médico tan común.
-Mirá, dije y tosí por fin.
     Esta vez no pude contarlas pero fueron varias las expulsadas.
-¡No! Exclamó el doctor, sentate en la camilla, ordenó.
     Me auscultó la espalda y el pecho.
-Por suerte, comenzó a decir,-están en los bronquios, podría ser peor si hubieran llegado a los pulmones.
-¿Por? pegunté con timidez.
-De los pulmones pueden caer a los intestinos y allí encuentran… ¿te imaginas, no?
     No me imaginaba y él agregó:-¡Alimento! La ventaja es que dejarían de salir por arriba, lo harían por la puerta de atrás que siempre resulta más discreto ¿entendés? Remató la pregunta con un guiño de ojo. Siguió:-¿Vos dormís con la boca abierta?
-No sé.
-Es que en boca cerrada no entran moscas, es un axioma en medicina.
     Luego me escribió en una receta una recomendación para un especialista, el único en América, el doctor Carlo Moscatel.
-¿Qué puedo hacer hasta que me atienda?
-Solo puedo recomendarte tres placebos, ir a natación, eso abre los bronquios y es probable que puedan fugar. Créeme, ellas no quieren estar allí pero se hallan retenidas por tus flemas. Lo segundo, fumar mucho, no menos de treinta cigarrillos diarios.
-Pero si vos mismo hiciste que dejara de fumar.
-Esto es una emergencia, siempre se puede dejar de nuevo y en medicina nos manejamos con la teoría del mal menor. El humo las va a obligar a salir y sino cada vez que expectores saldrán muertas. La nicotina es un veneno útil para estos casos y lo podés reforzar con el tercer placebo, un vaso de whisky por las noches, el alcohol les quema las alas y saldrían caminando lo que te daría, si estás sobrio, tiempo para matarlas. De todas maneras, es mejor que consultes al especialista lo antes posible.
-¿Cómo se llama lo que tengo?
-En la jerga se lo llama síndrome del moscovita. Hacé lo que te digo, al salir de aquí te comprás cigarrillos.
-¿Rubios o negros?
     Pensó un instante y dijo:-Mejor rubios, son más tóxicos. Después llamame para saber que dijo Moscatel. Ah, no tengas relaciones sexuales.
-¿Es contagioso?
     Meneó la cabeza y dijo:-Preguntale al especialista.
     En la calle el tránsito era un caos. Dos absurdos comenzaron una riña delante de mi que fumaba con impaciencia. De buen grado les hubiera tosido unas moscas pero esperé a que se calmaran y el tránsito retomó el andar. Había decidido ir al especialista sin anunciarme.
-Traigo una recomendación para consultar al doctor Moscatel.
     Me hicieron pasar. La secretaria del doctor tomó mi carta y golpeó a una puerta que supuse sería el despacho de Moscatel. Estaba solo en el recibidor, por un lado me alegré y por otro me preocupé por la rareza de la afección. La mujer regresó y aseguró con gesto severo que el doctor me llamaría en breve.
     Un hombre de cabellos blancos, barba blanca y guardapolvo blanco contrastó en el vano oscuro de la puerta.
-Señor José Stubenfliege, dijo con alguna dificultad con la carta de mi médico en la mano. Esperó a que acortara distancia y extendió su diestra.
     Ocupó su sitio detrás del escritorio y yo hice lo propio frente a él. Noté que me estudiaba con ojos exagerados detrás de las gafas.
-Síndrome del moscovita ¿no?
-Eso creo.
-¿Puede toser?
     Allí fueron unas moscas. El hombre atrapó una en el aire y dijo:-Aquila non capit muscas pero Moscatel sí, luego la manipuló con pericia hasta quitarle las alas. El insecto quedó girando sobre la mesa. La ató con un sedal y con la mosca a la rastra se dirigió a un microscopio que se hallaba en un estante. La observó y dijo:-Por suerte son machos por eso las expectora, caso contrario…no terminó la frase.
-¿Qué le dijo el doctor…?
-Tesebú, lo ayudé con el apellido y le conté de los placebos.
     Moscatel se rió en sordina, es decir, hizo el gesto pero la risa no salió como lo hacían mis moscas.
     Comenzó a decir:-Nadar es la fobia moderna que todos mis colegas recomiendan pero en este caso la solución sería que lo hiciera en el mar y en lo posible ahogándose. Estas moscas son de agua dulce. La enfermedad comenzó en el río Moscovia. Allí, las fuerzas napoleónicas vencieron a las rusas ¿sabe por qué? Porque estaban papando moscas. Lo de fumar está bien, las puede confundir más si fuma cannabis, eso sí, no fume opio, se aburrirían y se echarían a dormir y lo de beber es bueno para aletargarlas si la intención suya fuera aplastarlas al salir o tener una tropa de sapos hambrientos a su alrededor.
     Hizo una pausa como cansado del análisis de los placebos y aprovechó para colocar la mosca cautiva en el piso y proceder con el taco de un zapato a exterminarla.
     Luego agregó:-En los veinte o treinta grados bajo cero del invierno moscovita las moscas mueren si uno anda por ahí en camiseta. Se desprenden de los bronquios y son con facilidad defecadas. En nuestro clima húmedo es difícil, por ello, la fundación que presido, Fly Death, posee cabañas en el Paso Garibaldi en Tierra del Fuego, allí conviven pacientes de todo el mundo, le aconsejó tomar una reserva.
     Nos pusimos de acuerdo en el precio y contraté una estadía terapéutica por una quincena. Dejé satisfecho a Moscatel y salí a toser mis moscas sin remordimiento, entonces comprobé que, nadie, nunca, percibió mis mosco-esputos.  ■

ANDRÉS ALDAO - El Turquito Baltasar



por Andrés Aldao


 Albures del destino, casualidades de la historia, maquinaciones del Zodíaco. La noche en que moría el viejo Juan Domingo, el primero de julio de 1974, nacía, triunfal y vociferante, Juan Domingo Baltasar Abdala con cuatro kilitos, pelambre enroscada y morocha, piel tono yerba mate. La madre de Baltasar era boliviana. Y el padre, hijo de sirios tenderos chupadores de mate y caña, la llamaba, con simulacro de cariño, coya rafañosa.
El  Juan Domingo se fue quedando en el camino, y ya desde pequeño lo conocían  como Baltasar, el Turquito. Lindo nombre para verdulero o mafioso, ¿no? Y apropiado, como se comprobó luego, para la época tenebrosa que se abría en el país.
A los seis años ya exhibía sus garfios premonitorios en las calles de Balvanera y San Cristóbal.. Rápido para las piñas, el petit turco no dejó pibe de la barriada sin expropiarle las chirolas, los juguetes, la bici, las golosinas. Y, además. romperles los dientes. 
      Un día, la madre lo fue a buscar a la escuela, Baltasar  la vio y disparó para el lado contrario. Ya en la pieza–letrina donde vivían, tendido en la pringosa otomana digna de un príncipe rufián, al ver llegar a la madre le advirtió: ¡No te aparezcas nunca más por la escuela o te rompo la jeta de un palazo! Seis años, y la procacidad desdentada en su máximo esplendor.
La escuela lo aburría y frustraba. Y la mañana aquella, en que por haberle pegado a un compañero la señorita Ruiz lo puso en el rincón, al volver al aula luego del recreo encontraron un largo y pestilente reguero de orín. La maestra lo mandó a la dirección, y el Turquito se mandó a mudar. Para siempre.

La calle terminó por confiscarle la personalidad y modelarlo para una vida inquieta, preñada de aventuras y retos. Horas y horas vagabundeaba el Turquito por los alrededores del Once, prendido en pequeñas chorrerías junto a otras lumbreras del achaque pedestre y oportunista. En la octava ya lo tenían fichado como mano larga y sprinter de primera. El turco padre estaba arreglado con un oficialito amante de la cometa liviana, quien le abría la jaulita y el angelito volaba. No al cielo, precisamente.
Al llegar a la edad púber, el Turquito Baltasar encontró una ocupación marginal no exenta de riesgos: apretar en zaguanes tenebrosos del Once a las pobres minas que ejercían una noble y veterana profesión, birlándoles parte de las entradas.  No siempre con final exitoso, pues las más cancheras lo biababan a carterazos. Lo que rastrillaba de las carteritas le alcanzaba para los fasos, el café con leche y tres medialunas de grasa con las que iniciaba la mañana, y otros vicios semejantes incluida la entrada al cine y otras joditas menos cándidas.
Todo marchaba como sobre un riel aceitado. Pero una noche algo ventosa, en un oscuro paraje de la calle Catamarca lo frenó, inculto y descortés,  un tipo bajito y morrudo, pinta de orangután, con traje de sarga y olor a loción baratieri, quien lo agarró de la chomba, lo alzó como una bolsa de viruta, le pegó un mamporro en la napia y, sin bajarlo, le dio un gancho en la oreja que lo dejó sordelli.
–La prósima vez que le chaqués guita a las chicas –le profetizó el mono mientras lo sacudía– te hago un barbijo que ni tu vieja te va a reconocer. ¿Me entendiste, guacho?
Aunque era pibe, y la biaba fue seria, el turquito no soltó una lágrima, pero asintió con el morro. En la lona, pero no nockaut, se consoló. El tipo lo dejó caer, refregó sus manos en el pantalón, se dio media vuelta y enfiló para Rivadavia no sin advertirle que la próxima lo estrangularía: Como a una gallina bataraza, che hijo e’puta.

Cuando cumplió los quince, otro Turco fue elegido presidente de la nación. Papá Abdala, fiel a sus orígenes, se incorporó a la unidad básica del barrio y entró en la política como matón de un puntero de Balvanera.
El Turquito hijo, a su vez, se fue transformando en el Turco Baltasar (lindo nombre para verdulero o mafioso, ¿no?). Era buen mozo y vivía apoltronado y protegido en bulines de hetairas de pedigrí. Aunque ganas no le faltaban, no se atrevía a irlas de cafishio. Tenía frescas las piñas que le abasteció, alevoso, el orangután trajeado de la calle Catamarca.
 Mientras hacía mandados para los lacayos del Patilludo cajetilla de la Rosada, el Turquito pipiolo ampliaba sus faenas. Se arrimó a los prestamistas de guita gris, esmerándose en cobros de insolventes, apretes telefónicos e intimidación a las familias de los deudores.
El destino lo invocaba con sus cantos de sirena: el Turco estaba predestinado para el laburo fácil y la ganancia rápida. Era la época de buenos fatos, plata azucarada, encumbramiento de hampones a los altos destinos de la patria del régimen turquesa.

El Baltasar ese ya cargaba un espléndido prontuario en la Federal. Lesiones leves y graves, intento de violación a una vecina, estupro a la sobrina de la madre, portación de armas y robo de automotor más falsificación de documentos. Los mayordomos de la mafia Rosada le advirtieron: Cuidate, Turquito, no te metás en jodas grandes porque no te las bancamos.
Nueve meses en Devoto completaron el aprendizaje. No más violencia ni riesgos estúpidos, resolvió en un arranque de pecador arrepentido que quiere ascender en la escala del delito. Sólo enganches fáciles y rápidos, se dijo esbozando una sonrisa estúpida.
Empezó a colaborar con un viejo canalla de aspecto respetable, el doctor, que entraba y salía de la Rosada cuando se le cantaba. Desplegó, entonces, su virtuosa tarea de merchant: sobrecitos y pastillas, pildoritas multicolores, cosas livianitas. Y vento, mucho vento.
El turcacho empilchaba de primera; y cada vez que se complicaba, una llamada telefónica desde arriba arreglaba el asuntito. O un abogado de traje cruzado y chaleco resguardando el abdomen bien alimentado, cigarro cubano entre los dientes postizos y reloj de oro en la manito regordeta, cambiaba unas frases con el juez de instrucción, chasqueaba los deditos y, ¡¡segundos afuera!

Una noche rastrera Abdala padre fajó a la mujer abandonándola en el tugurio. Alquiló un departamentito en la calle Jujuy esquina Belgrano. Allí vivieron juntos y dichosos Papá Abdala y el Turco Baltasar. Cada uno en su negocio. Autos nuevos, billetes con la efigie de San Martín,  y prolijos paquetes de papel verde made in USA.
El Turco cavilaba, sudaba, meditaba, envidiaba. La codicia lo estragaba con perversa puntualidad. Él, que era tan piola, rápido y pertinaz, ¿por qué debía ser un asalariado, un sirviente, el criado del doctor? preguntábase compungido y envidioso.
Una mañana de agosto, luego de pasar la noche desvelado, tomó la gran decisión de su turca vida: iba a trabajar como autónomo sin tener que dar cuenta de sus pasos. Había llegado el momento de progresar. Comenzó por distraer sobres de falopa de primera que mezclaba con talco y los vendía por su cuenta. El Turco corría de día, hacía negocios fulgurantes, y los billetes se aglomeraban en los bolsillos del twed ojo de perdiz que guardaba sus espaldas de Charles Atlas. Acabó por engrupirse: se sentía el Padrino, Lucky Luciano, Yabrán.

El doctor recibió el aviso de la sucursal del correo y lo mandó a buscar un paquete. El Turquito se apropió de la encomienda, chupándosela él solito. Ganó la plata loca. La encomienda no llegó, le adujo al doctor: burdo, grosero, pendejo. El viejo lo trompeó de bronca, y, mala pata, esto sucedió cuando el Turco grande perdía las elecciones. La conexión turco–siria se desmoronó y al Turco chico le pidieron la doble captura: la cana y los narcos.
Lo fue a buscar la Federal pero desapareció a tiempo. Andaba sin afeitar; las pilas de todos los timbres que apretaba estaban secas; los amigos, que se cotizaron en las buenas, en la mala lo largaron duro. Y el vento volaba como las hojas del calendario, mientras juraba y rejuraba que él no tenía nada que ver con la mejicaneada a la turca.
        Al tiempo, el doctor le mandó decir que si le hacía una gran gauchada lo perdonaría y cerraban cuentas. Y todo conmovido, le dio un dato de oro: El Patilla vuelve, Turco. Como Perón. Te necesito, Turquito. Lo citó en Garay y General Urquiza a la medianoche, sobre la ochava, en diagonal al bar. Quiso creerle. 
        El Turco Baltasar regresó a su bulín. Se afeitó, sumergió su corpachón hediondo en la bañera impregnada de sales aromáticas, se empilchó con una camisa verde botella, estrenó los timbos nuevos y se perfumó con una loción Aroma del Riachuelo. Llamó por teléfono a Nancy y le dijo que esa noche iría a visitarla, que estuviese preparada para la gran joda.

Llegó a la medianoche en punto. Tomó de un saque dos ginebras con hielo en el bar de la esquina. El calor de febrero lo hizo transpirar y tenía la sensación de que sus testículos se fritaban dentro de una sartén con aceite hirviendo. Esperaba al doctor escudriñando Garay hacia el lado que subía desde el río.
Un auto negro azabache venía por General Urquiza cruzando displicente la avenida. El forense anotó diez y siete orificios de bala dentro de ese corpachón tirado en la ochava, de pelambre enroscada y piel tono yerba mate,.
Un cartel medio ojeroso con la efigie sonriente del Patilla y la consigna: Menem 2003, fue la última imagen terrenal que captaron los ojos abiertos e inmóviles de Baltasar antes de ascender  al pódium celestial. Y así terminó sus días, solo y agujereado, el Turquito de esta crónica. Albures del destino, casualidades de la historia, maquinaciones del Zodíaco