jueves, 3 de noviembre de 2011

Aproximaciones a Juan Antonio Vasco


                           

Por Clara Fernández Moreno
      
Esa doma de entre las olas y la arena diamantina de Chichiriviche, esas nubes olímpicas salpicando el mar de aguas calientes del trópico, ese sol quebrando el parabrisas de su Valiant celeste que un amigo le perdió, esas negras que caminaban por el borde de la selva, delgadas como las cuerdas de esparto, esos triunfales creadores de dólares y yates que compartían con él las montañas inseparables que signaban cada día de Caracas, esa publicidad que le roía los huesos y lo llevó a ser especialista en comunicaciones, esa hija de ojos celestes como sus antepasados españoles de los Cántabros, vasco-franceses y escoceses que poblaron el campo argentino haciendo los escoceses plum-pudding cada generación. Esa hija venezolana que viajó allá para nacerla, ese negro ciego que por las tardes esperaba su salida de la Cámara e Comercio para su comida de la noche, esa mujer que tiró el televisor por la ventana para que se comportase, para que dejara de regalar “many” a sus amigos poetas viajeros, ese antiguo pueblo de la provincia de Buenos Aires, Chascomús, donde se quedó solo cuando murió su padre, salió adelante tres hermanos. Ese acá y allá, en la laguna, en las calles de Chacao, Chacaito, Petare, Caracas Venezuela, donde bebían ron o whisky, según el dinero existente, con sus amigos de “El techo de la ballena” hasta que una noche Adriano González León tomó toda la botella de Campari, mientras Juan Antonio leía el poema “Chatarra” de Lawrence Ferlinghetti, y grabé sus ronquidos a las cinco de la mañana, en nuestro departamento que daba al campo de golf. Y a las seis el sol levantaba a muertos y vivos y Vasco se iba a trabajar. Igual que en la Argentina cuando esperaba el amanecer sentado en un banco de la plaza Lavalle, después de una noche con sus correligionarios surrealistas. Ese sol en la vereda de la casa donde los chicos y yo le dimos de probar mangos, con sólo llevar el brazo hasta las ramas, ese sol de hambre que vio por toda América, desde San Telmo natal hasta la aldehuela de Cariaco: hicieron al Vasco ejecutivo, agresivo, conquistador del oro, hirviente caldero. ¿Hicieron al Vasco poeta, conquistador de la vida, de Afrodita? Quizás si. Seguramente. O, y hablando más objetivamente, será que Vasco nació creador. Fue visto a los 16 años en busca de la perfección con sus sonetos a la rosa; a los 26 formando parte del movimiento surrealista argentino, junto a Pellegrini, Madariaga, Latorre, Llinás y otros creadores de la revista “A partir de cero”, que empezaba todo de nuevo; fue visto desde los 37 y durante trece años que vivió en Venezuela acompañando a “El Techo de la ballena”, tal vez el movimiento socio-político-artístico más importante de América Latina, y tal vez el más fugaz. Se lo ve hoy, cumpliendo sesenta años, inválido de hombros hacia abajo, recibiendo el sobre que le trae el reportaje de una página que le hace Juan Calzadilla en “El Nacional” de Caracas, ya no como surrealista sino como poeta en libertad signado por su patria americana.

      Y cada vez que uno entra a su cuarto hay que anotarle un verso, tres versos, quince versos, que pensó durante la noche o la obligada siesta. Entonces sus hijas o su mujer fijan en el papel esa poesía que proviene de su vida, cada vez más concentrada y que lo inunda hasta la médula.
Texto originalmente publicado
en la revista Barataria # 9/10/11
(año 5, Buenos Aires, diciembre de 2003)
DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS
      Juan Antonio Vasco nace en noviembre de 1924 en la ciudad de Buenos Aires, donde vive los años de la infancia. Tras la muerte de su padre, alrededor de 1936, Juan Antonio y sus hermanos van a vivir con familiares a la pequeña ciudad de Chascomús, mientras su madre trabaja por momentos en Buenos Aires para sostenerlos económicamente, y a su vez ellos también comienzan muy temprano la vida laboral.

      En su adolescencia escribe poesía ajustándose a las normas clásicas. En esa primera época de su creación literaria Vasco considera su maestro a Baldomero Fernández Moreno, por quien siente gran afecto y admiración, y quien por temporadas reside en Chascomús.

      Al terminar sus estudios secundarios se recibe de Maestro Rural y ejerce como tal durante un tiempo en la ciudad de Dolores, en 1941. Allí conoce a Mary Luz Luna, quien fuera luego la esposa de Carlos Latorre. Éste es probablemente el primer encuentro con el surrealismo, que se instalaría en su vida poética unos diez años después.

      Alrededor de 1944 vuelve a Buenos Aires, donde trabaja y estudia Humanidades. Entre 1943 y 1948 publica sus primeras colecciones de poemas, de estilo clásico: El Ojo de la Cerradura y Cuatro Poemas con Rosas.

      El mismo año de la muerte de Baldomero Fernández Moreno, 1950, Vasco incursiona en la escritura automática. En 1954 publica Cambio de Horario, que ya desde el título indica el cambio de orientación en su poesía. Para ese momento, Vasco estaba casado con su primera esposa y trabajaba en publicidad.

      Emigra a Venezuela en 1954, donde se desempeña como vendedor y publicista. Durante los años siguientes, dedica gran parte de su tiempo y energía a su trabajo, para afirmar su posición en el país. Sin embargo, no deja de escribir, e inclusive siendo recién llegado, publica en la sección literaria de “El Nacional” un artículo sobre Gérard de Nerval.

      En Venezuela, por la impronta de la geografía del lugar y sus habitantes, su estilo surrealista se aleja del francés para acercarse a su identidad americana.

      En 1958 conoce al grupo de la revista Sardio, y luego se une al movimiento surrealista venezolano, el “El techo de la ballena”.

      El libro Destino Común se publica en 1959, reuniendo poemas escritos desde 1955.

      Habiendo terminado su primer matrimonio, en 1964 Juan Antonio Vasco se reencuentra con Clara Fernández Moreno, hija de Baldomero, a quien conociera en su juventud. Se casan en Venezuela y al poco tiempo Vasco es trasladado por McCann Erickson, la empresa de publicidad donde ocupó cargos directivos, a Montevideo.

      Vasco comienza a escribir los poemas que se publicarían mucho después en 1982, en el libro Pasen a Ver. También continúa el trabajo de traducciones de poesía, iniciado en Venezuela.

      En 1966, la familia regresa a Caracas, donde nace su hija Clara en 1967.

      Al año siguiente, los cuatro vuelven definitivamente a Buenos Aires.

      A Vasco se le habían presentado los primeros síntomas de una enfermedad que pasado bastante tiempo se sabría que era esclerosis múltiple.

      A medida que la enfermedad avanzaba, nuestro poeta continuó incansablemente su trabajo, escribiendo cuentos, colaboraciones en revistas literarias, ensayos y traducciones, y todo tipo de actividad intelectual que le permitiera ganar su subsistencia y la de su familia. Es importante mencionar la intensa correspondencia que mantuvo con otros poetas y amigos hasta poco antes de morir, porque esas cartas dan cuenta también de su permanente estado creativo.

      Cuando ya no solamente no puede caminar sino tampoco mover los brazos ni las manos, dicta sus palabras a un grabador, mediante un palito que maneja con la boca para apretar las teclas o dar vuelta las páginas de los libros. Además de haber tenido siempre la ayuda de su familia en su labor, y la de algunas personas que oficiaron como secretarias.

      Al margen de los poemas de Pasen a Ver y las traducciones (de Cecco Angiolieri, Gottfried Benn, e. e. cummings), Vasco escribió un libro de cuentos para niños, Historias del Reino de Pí, publicado en 1976, y una serie de narraciones reunidas en El Monigote y Otros Relatos, 1981. También trabaja incesantemente en su largo poema “Parranda y Funeral”, con un estilo diferente al de los anteriores, donde pone énfasis en la denuncia social además de la creación artística, con incontables años de elaboración y correcciones. Es publicado póstumamente por algunas revistas y luego en el libroParranda y Funeral, en 1992, bajo el cuidado del poeta venezolano Juan Calzadilla, donde están incluidos sus aforismos y otros poemas inéditos hasta ese momento.

El último libro que se publica en vida, en 1984, es Conversación con la Esfinge, estudio sobre la poesía de Octavio Armand.

Apenas cumplidos los sesenta años, Juan Antonio Vasco muere en noviembre de 1984, habiéndose mantenido activo hasta muy pocos meses antes de su fallecimiento.
Libros publicados
  • Cambio de horario, Letra y Línea, Buenos Aires, 1954
  • Destino común, A Partir de Cero, Buenos Aires, 1959
  • Historias del reino de Pi, Librería Huemul, Buenos Aires, 1976
  • Con mucho gusto e. e. cummings (traducciones), Breves 16, Caracas, 1978
  • El monigote y otros relatos, Fundarte, Caracas, 1981
  • Conversación con la esfinge – una lectura de la obra de Octavio Armand, Editorial Fraterna, Buenos Aires, 1984
  • Pasen a ver, Universidad de Los Andes, Mérida, 1982
  • Introducción a “El Techo de la Ballena, Ediciones de la Universidad de Carabobo, Venezuela, 1971
  • Déjame pasar, Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1988
  • Parranda y funeral, Fondo Editorial Tropykos, Caracas, 1992
Datos biobibliográficos preparados por Carmen Vasco y Clara Vasco, en base al ensayo de Ricardo Herrera,
prólogo del libro Déjame Pasar
Ediciones Ultimo Reino. Buenos Aires. 1988



POEMAS



CLARA ES UN ROBOT FRENÉTICO

Se disfraza de mujer con misteriosa habilidad pero es un robot de la peor especie. 
 
Lo adviertes cuando se acomoda los rizos con tubos de cartón tripas de rollo de papel toilette.
 


Si se traba chirría y hasta que no le quitas de la máquina el cuerpo extraño no vuelve a sus modales de ameba servicial.
 

 
 
Se sabe que cultiva lábiles intenciones contra cualquier sistema y eso le proporciona su ternura de rosada mucosa que no permite escapatoria.
 

 
 
Si la amas chapúzala en la vida para verla alborotar peinarse y arrojarse como un calamar herido por sobre casi todo lo que existe
1964

ººººº

CHANSON
Para Lucienne

Ojalá te hubieras llamado Luciana como quien dice luciérnaga o luz de ciénaga

 
Ojalá te hubieras venido a América

 
Comeríamos una choucroute au champagne cada lustro

 
Y entre semana guiso y puchero

cartas de amigos y facturas de electricidad

 
pero no llegamos a nada mi amor

Tus poemas todavía me llenan de pesadumbre

tus sostenes con las cintas ajadas aparecen en mis maletas

 
Y no termina de salir el sol en Green Hill con aquel polizonte de la madrugada

 
Esto ocurrió hace mucho tiempo

antes de que enmudecieras mon petit singe

cuando yo te compraba naranjas en el Soho

curries en Hampstead

y alquilábamos dos sillas bajo los castaños por cuarenta francos

porque tú eras mi mujer


Risa en  tierra firme

Todo ese fuego negro te subió como pelo hasta la nuca
te levantabas a reír
con peinado de guerra te levantabas a reír
y aquellos largos dedos de curare atraparon los labios de tus dientes
bella como una estola hecha de pájaros
como la música del güiro
como el pantano de las nubes
bella con los ojos de sudor de petróleo y camisa de palma real
como una cicatriz
bella como la papa brotada
máscara de meseta sólo dejas pasar el alarido de la tierra

Me has mostrado tu múcura de donde salen las hormigas blancas
                     con tu vello y los hongos de tufo marino que atan a los
                     hombres en las islas

yo te miro con ojos de glaciar desde los mares que esconden su
                     ballena durante toda una generación
listo  para el fulgor de tus mejillas con un pequeño sacrificio de
                     arroz blanco
mientras asciende el sol barbado
sobre esta tierra donde el hombre sube y sube  para amarrar su
                     hambre lampiña como enseña de náufrago en las palmas  

No dejes de reír
dispárame tu risa con punta envenenada
tu risa de guarapo para el sediento del amor
minero ensombrecido por el cobre
tu risa de guajira resonando entre los muros encerrados de una
                    orgullosa capital
derrama sobre mí tu fogata de pelo
suelta tu risa de curiara
de pólvora y café
de pastizal
dientes de blanco armiño en la tapara de tu boca
tus dientes de culebra 
suelta esa máscara de hierbas
el faldellín de arena
suelta
vientre de avispas
tus jirones y el humo que ciñe tu garganta
ven desnuda
desde lo alto de la sierra se ve el mar.

                                                   (1963)

 

LA CABAÑA DE LA PLAYA


 Vuela el viento en el mar
arde como el pelo de mi amor cuando sonríe el mar
como el verdín de sus pestañas en el mar
el humo de sus manos en el mar

Y allí estaba mojada y pelinegra
con las piernas cruzadas
con los pechos chiquitos
y la risa en la cara
El mar entró por la puerta
yo salí por la ventana
me corrió por la arena
y me alcanzó en el agua
Un jirón de su piel daba la vuelta al mundo
el agua la desnudaba

Un cesto lleno de ropa negra
una copita
llena de ropa blanca

Cabeza blanca cabeza rota
vamos a cantar
Echó una bola de agua
y nada más

Yo que me tapo de arena
y ella que no me dejaba
ni a la sombra de la teja
ni bajo la palma
ni en el manglar
ni en el uvero de playa
ni para taparse el pecho con la mano
ni para mirarse los dientes en el agua
ni para sentarse en una silla
desnuda
ni para nada

A cara o cruz
la suerte estaba echada
salía la misma cabeza rota
blanca
vomitando la misma bola de agua

De puntillas
empezó a girar
las vendas se le soltaban
Detrás de la duna
la manta mojada
 Las palmeras huyen detrás de nosotros como los refugiados del frente de guerra vistos desde el tren de prisioneros
 Estaba amaneciendo en la cabaña
 Y vino el tractor vino el café de la madrugada vino el capitán del puerto vino el arpista con el arpa trajeron   pan pan-pan pan flauta pan de redondas nalgas partieron el cogollo de palma asaron el cangrejo tocaron el arpa se terminó el café se terminó el pan el mar se llevó la casa
[1963]


RAFAEL ESPEJO



Poeta y crítico literario español nacido en Palma del Río, Córdoba, en 1975. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada,  fue profesor de español para extranjeros,  y actualmente colabora como crítico literario en diferentes medios periodísticos y como lector para la editorial Pre-textos. Su obra poética se inició en 1995 con "El círculo vicioso"  finalista del «Premio Federico García Lorca». 
Posteriormente publicó "Con" en 1999, "El vino de los amantes" ganador ex aequo del Premio Hiperión en 2001 y finalista del premio «Ojo Crítico» en el mismo año. Con su último libro  "Nos han dejado solos", obtuvo el «IX Premio Internacional de Poesía Emilio Prados» en el año 2008. 
Ha sido incluido en algunas antologías y parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués e  italiano.   
       ©

Aire viciado

Cuando nos falta fe para cremar la tarde
sostengo con el índice la llama de una vela;
y a esa luz palpitamos
de sombra en la pared,
pero no nos abriga.
Como no hacen hogar las mecedoras
(por más que ralenticen el tiempo de tenernos),
ni la mesa camilla, ni el frufrú de las manos,
los libros, la quietud, los días por venir.

¿Qué poso del amor no quiere aquí asentarse?

Ven,
vamos a abrir la puerta.
No precisamos techo para hacer pie,
míralo así:
tampoco tienen un lugar las nubes
pero pasan.
Y cuando acaso alguna se equivoca,
o queda rezagada,
o el viento la desvía,
no importa, también pasa.

De "Nos han dejado solos" Pre-textos, 2009


  
Amour Fou

Apaguemos la vela y en silencio
hagamos el amor palpando sombras.
Que crujan de placer nuestros desnudos.

Que las ondas de aliento entrecortado
te rocen el fulgor de los pezones.
Probemos de esta miel la noche toda.

Luego me marcharé sin despertarte:
no dejaré ningún beso dormido
sobre tus labios blandos y entreabiertos.
 

Y olvidaré las calles que desande,
por si vuelve a surgirnos la ocasión
de querernos como desconocidos.

De "El vino de los amantes" Hiperión, 2001

ººººººººººººººººººº

MARTA PIZZO: Muchacha de barrio, poeta y letrista de tangos (autoentrevista)


MARTA PIZZO


Malena cantaba el tango y Marta compone sus letras


EL TANGO Y YO (Marta cuenta su historia)
Se ve que estuvo siempre ahí, tan presente, acariciándome desde la mismísima cuna… Y ya sabemos que lo que se mama no se desprende. Su melodía convivió conmigo en innumerables ocasiones, pero si hay algo que tengo impregnado en la parte más memoriosa de mi alma, son las tardes previas a la nochebuena en las que, ya desde temprano, se escuchaba sonar en el tocadiscos de mi casa mientras estábamos de preparativos (también guardo en mi olfato el olorcito a carne asada que emanaba de nuestra parrilla o de la de algún vecino).
Mi viejo fue un chapista que laburaba en La Corporación, y a fines de los años 50 dejó su Boedo natal para mudarse con su mujer y sus dos primeras hijas a la Provincia de Buenos Aires, más específicamente a San Justo. Allí tuvo acceso a la vivienda, un chalet que se construyó con el crédito Eva Perón, a pagar en 30 años, y se puso un almacén en un mercadito del barrio. Una verdadera locura irse al “campo”, según su familia paterna. Con el tiempo, Don Humberto levantó un galponcito en el fondo de la casa y allí, en el horario de la siesta, se dedicaba al cuidado de sus canarios y a la reparación de paraguas (increíble, ahora se tiran!!!!). Gran compañía era la radio, cuyo dial estaba “clavado” en su programa favorito a esa hora “La danza de la fortuna”. Se entretenía con la quiniela y –sobre todo– con los tangos. Y ahí es donde entro yo (su tercera nena, gestada en esa casa), que siempre feliz le hacía de peón, y lo miraba trabajar. Ese germen quedó instalado.
Los tangos para mí eran algo cotidiano. En esa época no me preguntaba por qué me gustaba o no una música; escuchaba, memorizaba, bailaba. No les prestaba especial atención a las letras pero las aprendía y me encantaba hacer mímica (así se le decía). Ponía la radio y con una escoba jugando de micrófono, actuaba frente al espejo. Cantaba como si fuera Julio Sosa (mi preferido), Jorge Sobral, Enrique Dumas, Raúl Berón… y obviamente Tita Merello y Nelly Omar. También me gustaban mucho Lolita Torres y Violeta Rivas.   Así fue que mis padres decidieron regalarme una guitarra (de Antigua Casa Nuñez) que aún conservo. Hasta hoy retengo el perfume de la madera dorada, hermosa, brillante… Estudié música unos 5 años. La profesora, Lidia, los sábados que teníamos ensayo con “Las pequeñas guitarras del alma” grupo instrumental, me hacía ir más temprano que mis compañeros para afinar todas las guitarras (éramos como 15). Decía que yo tenía un muy buen oído. Nos enseñaba bastante folklore, y participábamos en concursos que organizaba la Municipalidad. También formaba parte de un dúo “Marta y Nora”, con mi amiga Nora Goijman, en el que cantábamos folklore y nos acompañábamos.  El tango no estaba muy presente allí, y menos en la escuela.
Ya en la adolescencia la teoría y el solfeo me aburrían bastante, y dejé, porque además la profesora se mudó de barrio.  En la escuela secundaria el tango directamente no existía.  Principio de los ´70, comencé a escuchar Sui Géneris, Spinetta, Moris, Vox Dei, Pedro y Pablo, Raúl Porchetto, Litto Nebbia, Pappo…  Al terminar los estudios tuve que salir a trabajar ya que mi papá falleció cuando yo tenía 15 y entonces había que ayudar en casa. En ése momento  fue cuando comencé a escribir mis primeras letras; a los 18 hacía coros en un conjunto de rock y ya cantaba algunas canciones propias.  ¡Nada de tango!
Luego vinieron tiempos difíciles para mí en lo personal, de mayor responsabilidad, en un país de seres que cometían atrocidades desde del Estado y hubo quienes casi ni nos enteramos. La música que sonaba en las radios venía de otros lares. Fines de los ´70 y casi hasta 1981 es como que tengo un paréntesis musical, en el que circunstancias como el trabajo, problemas familiares, y el hecho de ignorar muchas de los horrores que estaban ocurriendo, siento que hicieron que me aleje un poco de la música nacional. Pero ahí entró en mi vida, con todo lo que eso significó y significa para mí, Joan Manuel Serrat. Yo creo que él fue también nexo entre la música, la poesía, el tango y yo. Porque a pesar de que él es catalán… el Nano ¡¡¡tiene actitud tanguera!!!
Mediados de los ´80, ya casada, habiéndome mudado unos años a Bariloche, con mi primer hijo, entre pañales y nostalgias, yo seguía escribiendo poemas, cantaba canciones de María Elena Walsh, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez… y escuchando mucho rock nacional. La guerra de Malvinas y el retorno a la democracia habían hecho lo suyo. En tango, me llamaban la atención las letras de Eladia Blázquez; sentía que me representaban.
Ya de regreso a Buenos Aires, años ´90, uno de esos poemas, que fotocopiaba y daba a conocer a mis amigos, llegó a manos de Quique Rassetto, un guitarrista, compositor, que había trabajado conmigo en el Banco Provincia. Recuerdo siempre sus palabras: “Esto es un tango –dijo–. ¿Me permitís que intente ponerle una música? Era la letra de “A mi calle”, originalmente llamada “A mi calle Bermúdez”, dedicada a la calle de aquél chalecito de Villa Luzuriaga en que me crié. Ese fue mi primer tango.
De ahí en adelante no paro. Reconozco con honestidad que no sé mucho de historia del tango, ni de sus orquestas, autores, compositores… Yo siento que entré a él por otra puerta, por la puerta natural de una nena que vivió su infancia escuchándolo, en esos años donde las radios lo pasaban cotidianamente. Y encontré, sin buscarlo, en su melodía, un maravilloso “envase” donde dibujar mi impronta con las letras. Las causalidades de la vida hicieron y hacen lo suyo.
Espero seguir aprendiendo de los maestros poetas de otras épocas y de los contemporáneos, seguir pudiendo expresar lo que veo a mi alrededor, seguir conociendo intérpretes, músicos, tan talentosos!!!  y –sobre todo– continuar disfrutando mientras esto ocurre. Yo me considero una escritora de poemas que hablan de lo que nos pasa, desde lo cotidiano y sencillo. ■
Marta Pizzo Octubre 30 de 2011

ºººººººººººººººººº




TRES TANGOS, letra de Marta Pizzo

De gusano a mariposa (tango)


Letra: Marta Pizzo – Música: Quique Rassetto

Debajo del felpudo de la angustia
en que nos revolcamos con prisa y sin piedad.
Girando en arreboles de nostalgia,
fracasos y pesares que da la soledad.

Allí, donde el prejuicio no perdona,
sin fe, sin fantasía, con pura realidad.
Allí, donde la muerte y la locura
inundan y circulan con toda libertad.

En este nuevo siglo que parece
ser cosa del demonio, te digo la verdad:
ya sé que no es tan fácil pero dale,
si vos querés, metele... la vida se nos va.

Estribillo

Tal vez valga la pena un nuevo intento
armate de coraje y dignidad,
salite del carril de la derrota,
vení, rompé las reglas... también voy para allá.
Mirá, lo simple de las cosas...
jugate, total ¡qué más te da!
Pasate de gusano a mariposa
dejá culpas miedos... y volá.
repite Estribillo



Que se me ocurra (tango 2010)
Música: Ariel Ascheri – Letra: Marta Pizzo

Que se me ocurra ser mejor
en la estación del despertar,
cuando algún sueño se apagó
y otro me viene a acariciar.

Que se me ocurra compartir
lo necesario y lo ideal,
lo que me cuesta y lo que no,
lo que me alegra y me hace mal.

Que se me ocurra sin porqué
sentir que el hoy será mi ayer
y andar así, con lo que soy,
sin antifaz, sin un tamiz
en que se esconda algo de mí
por entregar, por admitir,
si en cada luna, en cada sol
va mi ilusión por ser feliz.

Que se me ocurra recordar,
manifestar, agradecer
el agua, el aire y el olor
de alguna flor por florecer.

Que se me ocurra valorar
lo cotidiano, lo inusual,
la voz amiga y el amor
que se me cruce, hasta el final.

Cada espera es un adiós (tango)


Letra: Marta Pizzo – Música: Emilio de la Peña
Ganador del Certamen SADAIC 2007

Siento que respiras en mis brazos,
voy danzando en el perfume,
hago puerto entre tus labios.
Breve pasajero de mi tímida inquietud,
loco corazón en plenitud.

Pálida sentencia de una luna
que nos niega la fortuna
de entregarse a pleno día.
Grito cerrado de la entraña,
juego tan difícil de mentir.

Déjame abrir la ventana,
dame tu fresco rocío.
Este amor, tesoro sólo mío
sueña anclado en mí.
Duele este amor sin mañana,
daña el fulgor del hastío…
No es vivir estar sin vos;
cada espera es un adiós.

Vuelves y mi nube se hace estrella,
que retoña la esperanza
y despeja tantos miedos.
Cálido horizonte con mil pájaros en flor,
íntimo ladrón de mi dolor.

Canto, lloro, añoro, desespero,
me resguardo en el certero
palpitar de tus caricias.
Corto pasaje a media historia,
trama que me cuesta descubrir.

ººººººººººººººººº



MANUEL CASTILLA


MANUEL  CASTILLA


Manuel Castilla nació en Salta, Argentina en 1918. Es autor de los libros de poesía Agua de lluvia (1941), Luna muerta (1943), La niebla y el árbol (1946), Copajira(1949), La tierra de uno (1951), Norte adentro (1954), El cielo lejos (1959), Bajo las lentas nubes, (1963), Posesión entre pájaros (1966), Andenes del ocaso (1967), El verde vuelve (1970), Cantos del gozante (1972), y Triste de la lluvia  (1977). En prosa publicó De solo estar (1957). Póstumamente se publicaron dos libros  inéditos: Campo del cielo (poesía) y ¿Cómo era?(prosa). Entre otros galardones obtuvo el Primer Premio Nacional de Poesía 1975 y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores 1974. Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Salta. Sus obras fueron traducidas al inglés, francés y alemán. Fue autor de innumerables canciones del folklore argentino, que iniciaron una renovación del género en los años ’50, junto a compositores como Eduardo Falú, Rolando Valladares y Gustavo Leguizamón. La obra de Manuel Castilla es un canto a su tierra  e inicia la incursión de la poesía argentina en el mundo latinoamericano. El poeta murió el 19 de julio de 1980.

/Me dejo estar sobre la arena porque soy el gozante…
Claramente se refiere Castilla al acto contemplativo, el dejarse estar del poeta, desprendido de todo utilitarismo. Lo definen la quietud y el goce. También al silencio, que es previo a la palabra, y agrega: Si alguien me tocara las manos se iría enloquecido de eternidad, húmedo de astros lilas relucientes. (…) Sabe el poeta que ese acto lo sustrae del tiempo (…) La eternidad lo invade, colma su cuerpo (…)

 (Graciela Maturo, Seminario La generación del Cuarenta; Buenos Aires  Septiembre-octubre 2011)

EL GOZANTE
Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.
El que bajo las nubes se queda silencioso.
Pienso: si alguno me tocara las manos
se iría enloquecido de eternidad,
húmedo de astros lilas, relucientes.
Estoy solo de espaldas transformándome.
En este mismo instante un saurio me envejece y soy
leña
y miro por los ojos de las alas de las mariposas
un ocaso vinoso y transparente.
En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.
De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego con rocío.
Sé que en este momento, dentro de mí,
nace el viento como un enardecido río de uñas y de
agua.
Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.
A veces un lapacho me corona con flores blancas
y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo
de la tierra.
De cara al infinito
siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.
Si se me antoja, digo, si esperase un momento,
puedo dejar que encima de mis ingles
amamante la luna sus colmillos pequeños.
Zorros la cola como cortaderas,
gualacates rocosos,
corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,
garzas meditabundas
yararás despielándose,
acatancas rodando la bosta de su mundo,
todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste
nada y mi alegría.
Después, si ya estoy muerto,
échenme arena y agua. Así regreso.

(del libro Cantos del gozante  1972 )

ºººººººººººººººººº

TUMBAS DE POETAS Y PENSADORES – Cees Nooteboom


PAUL CELAN



Joseph Roth
     
Paul Celan 1920-1970

Joseph Roth 1894-1939


He llegado al último de todos los cementerios, que es al mismo tiempo, como si así hubiera de ser, el más triste. Primero un largo viaje en Metro hasta la estación de Villejuif, después otro largo trayecto de autobús, en la línea 285, a la banlieu. Restaurantes marroquíes, oasis y palmeras pintados sobre la entrada, mucho más alegres que todo lo demás que uno puede ver en estos pagos. Cimetière de Thiais, ahí deben de estar Celan y Joseph Roth, dos exiliados al final de su viaje.
Las anchas cancelas de color cemento esperan, poco amigables, al otro lado del bulevar. Apenas hemos empezado a buscar cuando sale del edificio del cementerio una joven negra como una exhalación, señala las cámaras de Simone y nos informa de que aquí no está permitido hacer fotografías en ningún caso. Su insistencia nos deja claro que toda discusión sería inútil. Al poco rato envía al cementerio a dos caballeros en bicicleta, un curioso dúo que vemos repetidamente pasando por detrás de las lápidas, dos espías que nos han puesto. Hay que hacer las fotos entre estas escenas de película. Los dos difuntos, que tenían mucho y poco en común, reposan muy apartados el uno del otro. Cuerpos de color de arena. No hay tierra a la que uno pueda “volver”, no hay campo negro y fecundo, más bien una playa sucia al final del verano, llena de terrones y piedras; un terreno que, a todas luces, no ha visto un rastrillo desde hace mucho tiempo. En febrero de 1933, Roth escribió a Stefan Zweig una carta que pone bien de manifiesto que no albergaba falsas esperanzas: “Entretanto le habrá quedado a usted claro que vamos camino de grandes catástrofes. Con independencia de las de carácter privado -nuestra experiencia literaria y material está ya aniquilada-, todo conduce a una nueva guerra. No doy un céntimo por nuestras vidas. La barbarie ha conseguido gobernar. No se haga ilusiones. El infierno gobierna”.
Hasta qué punto tenía razón sin duda lo experimentaron en sus propias carnes muchos de los muertos de este libro, cada uno a su manera, Benjamin, Bobe, Nabokov, Montale, Machado: exiliados, condenados, víctimas, como también lo fue Stefan Zweig. No es una expresión muy correcta, pero no acierto a decirlo de otra manera: la historia se practica con personas, para ella hacen falta cuerpos y destinos, es preciso revestir la abstracción una y otra vez de nuevo. Roth, de cuya obra la mitad consiste en periodismo clarividente, ya no puede escribir para los periódicos en los que durante los turbulentos años de Weimar, había informado sobre el desempleo, la inflación surreal, el aburguesamiento de la Revolución rusa, las bandas hitlerianas y el fascismo meridional de Mussolini. Vagabundea por ahí mientras todavía se puede, está a menudo en Amsterdam, donde Fritz Landshoff aún puede editar sus libros en Querido, bebe, viaja y escribe, escribe, viaja y bebe, hasta que muere en París en 1939. Para el hombre que aún, en una colaboración por el Wiener Sonnund Montagezseitung del 27 de mayo de 1935, había escrito en tono nostálgico sobre el entierro de su “su” emperador Francisco José y, también, en este artículo, había soñado con una renovación del viejo Reich imperial y real, la anexión de Austria debió de constituir, al igual que las escenas que tuvieron lugar entonces, cuando se obligó a los judíos a limpiar las aceras con cepillos de dientes, una dura humillación. Él fue, como Auden dijo de Freud, an important Jew who died in exilio [un judío importante que murió en el exilio]. Austria debió de llavárselo de este desolado y tedioso rincón que todavía hiede a destierro. Todo lo que Roth había predicho con tanta claridad se cumplió en la vida de Celan, sólo que luego no hubo sitio para la claridad. La lengua en la que Celan quiso escribir sus poemas se vio corrompida como instrumento, fue sumida en la confusión por la mendacidad criminal hasta tal extremo que en su poesía se presenta como una mezcla de silencio y tiniebla, cifrada, en fragmentos que poseen la belleza de las ruinas, como un himno de duelo y despedida. Mientras estoy al lado de su tumba no puedo dejar de pensar en su conversación con Heidegger, que había leído meticulosamente su obra y con el que ya mantenía correspondencia, una conversación que tuvo lugar en su refugio de montaña cerca de Todtnauberg, sobre el cual escribe Rüdiger Safranski en su libro Un maestro en Alemania. Martin Heidegger y su tiempo. Una conversación sin catarsis ni reconciliación, pero de ella surgió un enigmático poema que busca una abertura pero no la encuentra:
Todtanuberg
Árnica, eufrasia, el
trago del pozo coronado
por un dado con una estrella,

en la
cabaña,
la línea escrita en el libro
-¿qué nombre acogió
antes que el mío?-
la lína escrita en
el libro, sobre
una esperanza, hoy,
en la futura (in-
minente)
palabra
del corazón
de un pensador
césped húmedo del bosque, desnivelado,
orquídea y orquídea,
aisladas
lo crudo, más tarde, durante el viaje,
claro,
quien nos conduce,
el hombre
que escucha lo que se habla

los a medias
recorridos senderos
de estacas en la tubera alta,
humedad,
mucha.
Tres años después, la noche del 19 al 20 de abril de 1970, Paul Celan se lanza al Sena y se ahoga.
La última tumba, nuestro camino, que han decidido la intención y el azar, ha llegado a su fin, pero los muertos no nos dejan en paz. Me he sentado a una mesa en Le Tournon, un café del VI Arrondissement, no lejos de los Jardines de Luxemburgo y del Senado. De pronto, Simone ve una placa detrás de mí: “Aquí venía siempre el escritor austríaco Joseph Roth”. Y, debajo, leo en francés estos versos, que escribió sentado ante esta mesa:
Una hora en el lago,
un día en un mar,
la noche una eternidad,
el despertar, el grito del infierno,
el levantar, una lucha por la claridad

Tres años después sufriría un colapso en esta misma mesa y moriría al cabo de cuatro días.
Creo que tal vez este último muerto quería decirnos algo más.
FIN
Cees Nooteboom. Amar la vida es también hablar de la muerte

Cees Nooteboom poeta



A lo largo de su trayectoria, el escritor holandé, quien nació en La Haya en el año 1933 y en la actualidad alterna su lugar de residencia entre su país natal, España y Alemania, se ha convertido en un reconocido autor de libros de viaje, novelas, poesías y ensayos.
Ya desde su primera obra, que se publicó en 1954 bajo el título de “Philip en de anderen” y estaba inspirada en un viaje en auto-stop (“a dedo”) que realizó por territorio europeo, Nooteboom dejó en evidencia una clara postura europeísta y cosmopolita.
“Rituales”, “¡Mokusei! El buda tras la empalizada”, “Cómo ser europeos”, “Hotel nómada”, “En las montañas de Holanda”, “El desvío a Santiago” y “Allerzielen, el día de todas las ánimas” son otros de los títulos que componen la obra literaria de este escritor viajero que también ha traducido poesía española, catalana, francesa y alemana.
En materia de reconocimientos, cabe destacar que este admirador de Pedro Calderón de la Barca y deMiguel de Cervantes ha sido galardonado con premios como el Borderwijz, el Pegasus, elGrinzane Cavour de Narrativa.

Cebo
La poesía nunca puede hablar de mí,
ni yo de la poesía.
Yo estoy solo, el poema está solo,
y el resto es de los gusanos.
Me detuve en las calles donde viven las palabras,
libros, cartas, informes,
y esperé.
Siempre supe esperar.
Las palabras, con sus formas claras u oscuras,
me volvieron más oscuro o más claro.
Los poemas me alcanzaron
y se reconocieron como objetos.
Yo pude verlo y verme.
No tiene fin esta adicción.
Escuadrones de poemas están buscando sus poetas.
Vagan sin mando por el amplio
territorio de las palabras
y aguardan el cebo de su perfecta,
hermética, condensada, acabada
e irreductible
forma.






Aníbal Troilo con Roberto Goyeneche; SUR

PARA ESCUCHAR: PINTÁ EL ENLACE Y PRESIONÁ.

http://youtu.be/UtYfE83T86o