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miércoles, 8 de febrero de 2012

Ruth Patricia Rodríguez

Lógica de Baltasar                             

Ruth Patricia Rodríguez: Escritora y profesora universitaria (Universidad San Francisco de Quito. Escuela Politécnica Nacional). Ganadora de concursos nacionales de cuento infantil (Círculo de Lectores) y de cuento juvenil (Pablo Palacio). Representante del Ecuador ante la Asamblea Mundial de Jóvenes Artistas por la Paz, en la República de Bulgaria. Miembro del Taller de Literatura Pablo Palacio y de la Sociedad Ecuatoriana de Escritores. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al búlgaro y publicados en varias revistas literarias del país. En 2005 obtuvo la Condecoración Pablo Palacio al Mérito Literario, otorgada por el Consejo Provincial de Loja. Entre sus obras se cuentan:Algo más que un sueño (1978, cuento), Desde el barro azul (1988, prosa poética y cuento). El balcón de los colores (1990, cuento), Lengua de siervo (Poesía). Al filo de Clepsidra (1995, novela).  Deseábulos (1998, libro colectivo de la Red Cultural Imaginar). Impúdica (2007, poesía). Putas de Cristal (novela inédita).  Escribir es Formidable (2008,  texto de estudio para el área de composición escrita).

Habla solo en medio de la calle, tiene las piernas mutiladas y ríe cuando los conductores le echan monedas. Los voceadores de periódicos lo conocen bien, dicen que se llama Baltasar y que vive muy lejos de su esquina de trabajo.  El mendigo negro no se da cuenta que mendiga; piensa que es normal recibir dinero de los conductores. Tampoco se inmuta frente a las miradas desviadas de quienes se avergüenzan al verlo, porque la risa de Baltasar humilla, es casi una afrenta al sentido común pues lo que menos se espera es que un pobre pueda reír.  Melchor, quien está cansado de vender loterías y revistas, piensa que su amigo está loco, de lo contrario no se burlaría de tantos seres irreales que parecen merodear su diestra y siniestra e insistirle sobre algo que él acaba por refutar a carcajadas. 
               Hace pocos días, una institución de beneficencia pretendió recoger y salvar de una vez y para siempre a Baltasar, le pidieron papeles y él les entregó a cambio un libro de lógica que curiosamente le estaba molestando debajo de la axila. No, no queremos libros, queremos papeles, cédula de identidad, partida de bautizo, libreta militar… ¿me entiende, señor?   Ah, pues, claro que tengo, en el bolsillo trasero, sólo que estoy sudado, sabe, así que tendrá que disculpar los trazados húmedos de mi fotografía. Baltasar Homero Tomalá Alegre, treinta y tres años, nacido un veinticuatro de Diciembre bajo las luces perezosas de Chone, Manabí, pueblo de perros vagabundos que ladran asustados por el polvo que levantan los fantasmas.
       Sí, je, je, como ve nací en Navidad, je, je, soy un hombre de suerte. Ahora déjeme en paz, que mal no estoy, je, je. Mire, si quiere pregunte a mis vecinos, ellos saben mi historia.

Gaspar, el mudo que vive de la venta de fundas de basura, alza la mano para dar de ello testimonio. En su mirada clama la verdad. Yo lo conozco parece decir; pero no les puedo contar ni media palabra. A lo mejor podría escribirlo, si me lo permiten. Saben, yo estudié hasta la mitad del primer año de universidad, les dice en señas, pero nadie lo entiende.
A la tarde, cuando el peligro ha pasado y Baltasar sigue en medio de la calle, libre, Gaspar comienza a escribir la historia sobre los márgenes de un diario no vendido que Melchor ha dejado olvidado en el parterre: 
Si le cuento que allá, en ese pueblo, siendo época de Navidad, la cantidad de fantasmas aumenta… Estos van en busca de la tibieza que  da ilusión de hogar y que permite, aunque sea de forma pasajera, ser dueños de alguna realidad. A los fantasmas les interesa vivir, es sin duda  su único y más tormentoso objetivo, y qué mejor si lo pueden hacer a través de la imaginación que derrochan los hombres. Pero aquella vez, cuando Baltasar nació, la imaginación no era posible porque estaba instalada en las guirnaldas de luces que serpenteaban el contorno de las ventanas y en un pino seco, carente de estrella; la imaginación se había convertido en realidad, y aquel niño venía sin piernas, a aumentar el número de hijos hambrientos de una familia a punto de romperse.
            Ha nacido un niño partido por la mitad. - Comentaron los fantasmas a la salida de la misa de  domingo.
            Sí, y es demasiado feo.  Dicen que tiene un risco de nariz y una pronunciada quijada; que es parecido a Belcebú.  Yo le he visto: es peludo, de cola corta, lo único que le falta es que sea tonto.
     Como si fuera poco, la certeza de que los presagios de las ánimas son temibles se cumplió, pues Baltasar heredó de su tatarabuelo todo: la fealdad, la locura, dos muñones y aquella garrafal miopía que desde pequeño le hizo ver los objetos a su modo, con increíble accesibilidad, hasta tal punto que no le era difícil subirse a los árboles o  correr cien leguas hasta lograr  descubrir la naturaleza de sus pies escondidos. Era tan reacio a utilizar lentes, que muy pronto logró encontrar en las sombras a verdaderos seres con quienes hablar de asuntos incomprensibles para la visión humana.
     No se peinaba, su cabello era una fiesta de enredos encendidos por las chispas de su propia oscuridad, y su camisa, siempre de revés, se convertía en el sonrojo de las tías que evitaban su saludo en media calle. Tampoco le gustaba estar quieto, aunque sí, atender. Fue por esto que ninguna escuela soportó sus intempestivas salidas de la clase y Baltasar tuvo que conformarse con decenas de fugitivos profesores, que tarde o temprano le asestaban un golpe, desistiendo de su indomable curiosidad.
     Cuando Baltasar cumplió los diez pensó: “ya sé lo suficiente para poder marcharme” y se marchó, robándose un libro de lógica que hasta ahora trata de entender; tenía para entonces su cabeza repleta de ideas y el presentimiento de que aquel libro contenía los secretos de la felicidad. Ya sea en medio de un parque o debajo de los puentes, el pequeño mendigo aprendía a descifrar preceptos lógicos para obtener respuestas falsas o verdaderas a los problemas que le confería el mundo: si la lluvia que se confunde en el agua deja de ser fría, y yo soy agua y llueve, entonces tengo la capacidad de soportarlo todo incluso el frío y la lluvia, se decía.
               Cuando Baltasar conoció el mar quiso dibujarlo y no encontró otro sitio para hacerlo que la arena. Vio el más allá del mar y supo que el horizonte no era la muerte sino la creación. Con la brisa sobre el rostro, distinguió el soplo de sus fantasmas vivos: Khro, Shmra, Visvará y Gaudí. Con ellos va conversando y se detiene para indicarles con el índice sus implicaciones deductivas según sea el  fenómeno. Baltasar tiene la convicción de que no hay nada más valioso que los relámpagos, los truenos y la vida, por eso no desperdicia el tiempo pensando en normas de conducta, simplemente hace lo que le gusta hacer; sus daños nunca han sido atroces, pero sus excentricidades le hicieron ganar un alias de loco y a la vez, le hicieron perder amigos que no eran amigos de verdad. Si la premisa antecedente dice que un amigo es quien está contigo en todos los momentos, y la premisa consecuente supone que hay momentos de silencio, entonces un amigo puede soportar que no se hable; pero todos quieren hablar, decir tonterías, desperdiciar el silencio, y se van. La implicación lógica es simple: quien se va hablando no es un amigo.
Por eso Khro, Shmra, Visvará y Gaudí, aunque fantasmas, son amigos. Están para reírse cuando un pájaro se defeca en la cabeza de un príncipe de piedra. Luego callan, hasta que de nuevo una hoja seca rompe la quietud  del paisaje que se tiene al frente. ¿La viste?  No, la agarré justo antes de que tope el suelo. ¿Quién dijo eso? ¿Fuiste tú Khro? Déjala ver. ¡Es una hoja, una hoja, una hoja! 
En otra ocasión, Baltasar dijo: “Shmra ha venido a abrazarme y soy tan feliz”. Los demás se rieron:

   -¿Abrazar a alguien como tú, que eres tan feo?
   -Y... ¿quién es Shmra?... ¿Existe acaso?
   - Claro cómo no va existir si me ha abrazado. También ustedes existen, me hablan.
   - No, sólo somos producto de tu ansiedad de silencio. ¿No te das cuenta que eres tú el que habla demás? Sólo te callas cuando hablamos.
Baltasar se rió, se repitió: ergo, me callo porque existen.
Baltasar escucha música, baila; pero no tiene sonidos ni walkman de verdad. Es feliz cuando la gente le lanza monedas, piensa que es afortunado en entender la lógica de la simple felicidad y que esta cae del cielo.  No se baña, no está enamorado. No sufre. Y las personas se sienten avergonzadas ante él por tener que aceptar sus formas imperfectas. Baltasar tiene el poder de bajar la mirada de los transeúntes. Baltasar es un dios que ríe y todos lo escuchan sin verlo.
Baltasar tiene ases en los bolsillos, son objetitos inútiles y desgastados que ha encontrado al azar: tornillos, cerillas, hojas verdes, hojas secas, lápices enanos, mariposas muertas, reflejos, monedas, restos de huesos  y hasta cauchos. Todos son como él: están echados a la suerte.
     Baltasar pinta con su índice. Es un pájaro en el cielo del asfalto, y no es feo. ¿Cómo puede ser feo un pájaro? No lo admite, no se enoja, se ríe, a carcajadas.
     A media noche, llegan los demás. Khro es un fantasma hablantín, de recocidos parches alrededor de su boca; Gaudí, un filibustero que se ingenia para ponerle la cara de mendigo y darle de comer;  Visvará, el lógico serio y callado que siempre sabe qué hacer y no se preocupa. Baltasar es feliz con esta clase de amigos. No importa que nadie los vea. Ver es una manifestación del sentido de la vista, si uno ve, ve lo que se manifiesta, por lo tanto lo que se manifiesta tiene sentido, él no está loco si los ve, razona Baltasar.
               Los conductores lo ven asentir, piensan que él asiente ante los centavos. La verdad es que asiente ante lo bien que ha entendido de la vieja asignatura de lógica. 
       Yo sé, señora, que usted no me cree. Yo sé que a usted le parecerá que estoy inventando porque no tengo nada más que hacer que vender fundas de basura, -me dice Gaspar. Pero sepa usted que yo soy un mulato que lee. Ya ve como he podido contarle lo que sé de Baltasar. Puede fallarme mi hortografia, y sin embargo, le puedo asegurar que no me fallan las fuerzas para impedir que a mi amigo se lo lleven los psiquiatras. Si usted supiera que a Baltasar solo le gusta vivir a su manera… y si yo lo supiera siempre como ahora que le escribo. Mire, un loco es libre, siempre es libre.
       Bueno, no es nada cuerdo aceptar que un vendedor de fundas de basura pueda escribir este cuento, pero se da. Nada puedo hacer para que sea diferente. - Le digo desde afuera, queriendo entender su letra apretujada en los bordes del diario.
       Ah, sí que lo puede hacer!  Nomás mírele a Melchor ondeando la revista “Soho”  hasta tal punto que a la mujer de la portada casi que se le vuelan los senos. Sólo diga, más allá de mí, que soy uno de sus personajes, que Melchor logró vender esa revista.
       Melchor logró vender con éxito ésa y todas las revistas.
       Gracias, aunque usted sabe que eso no se da. Usted  me está ayudando a fantasear dentro de este cuento. Nos estamos dando un buen día. Hasta podríamos decir, que luego de esta magnánima venta, nos daremos un festín.
       Pues somos libres,  podemos decir lo que sea.
       Todos los escritores son libres.
       Todos los locos son libres.
       Ergo: todos los escritores están locos. –Aduce Baltasar y se ríe.
       Oiga, su novio me compró una revista Soho hoy, se burla de mí Melchor. Sí, ese novio que no se aparecía desde hace tiempo. Ese mismo.
       Oiga Melchor, de cuándo a acá yo tengo que aceptar sus chismes- le reprocho.
Baltasar vuelve a reírse. Hoy ha ganado el doble que ayer y ha visto caer una pluma sobre un parabrisas. La vida es leve. Baltasar baila sobre el pavimento, pita, lo escuchamos, bajamos los ojos mientras adentro cenamos y comentamos las noticias.  








sábado, 8 de octubre de 2011

RUTH PATRICIA RODRÍGUEZ




(Ecuador, 1966). Escritora y catedrática universitaria (Universidad San Francisco de Quito. Escuela Politécnica Nacional). Master en Estudios Humanísticos por el Instituto tecnológico de Monterrey. Master en Educación por la Universidad de Loja, Ecuador. Ganadora de concursos nacionales de cuento infantil (Círculo de Lectores) y de cuento juvenil (Pablo Palacio). Representante del Ecuador ante la Asamblea Mundial de Jóvenes Artistas por la Paz, en la República de Bulgaria. Miembro del Taller de Literatura Pablo Palacio y de la Sociedad Ecuatoriana de Escritores. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al búlgaro y publicados en varias revistas literarias del país.
En 2005 obtuvo la Condecoración Pablo Palacio al Mérito Literario, otorgada por el Consejo Provincial de Loja. Entre sus obras se cuentan: Algo más que un sueño (1978, cuento), Desde el barro azul (1988, prosa poética y cuento). El balcón de los colores (1990, cuento), Lengua de siervo (Poesía). Al filo de Clepsidra (1995, novela).  Deseábulos (1998, libro colectivo de la Red Cultural Imaginar). Impúdica (2007, poesía). Escribir es Formidable (2008),  (texto de estudio para el área de composición escrita).Putas de Cristal (2010). Los fantasmas de Odín (novela inédita).
Su obra ha sido valorada por la crítica nacional en los estudios de Miguel Donoso Pareja, Antología de Narradoras ecuatorianas (Quito, Libresa, 1997), y de Raúl Pérez Torres Índice de la narrativa ecuatoriana (Quito, Editora Nacional). Apoyos internacionales a su obra le han sido ofrecidos por los escritores Luis Goytisolo (España), Enrique Anderson Imbert (Argentina), Emir Rodríguez Monegal (Venezuela), Alvaro Mutis  (Colombia), Carlos Eduardo Jaramillo (Ecuador).


Los Tempranos Llegan Tarde. Historia Para Dementes.


Era la primera vez que se atrevía a estar sin alguien. Hasta entonces había sorteado la soledad, aferrándose a la presencia de cualquier ser existente que pasaba por su vereda. Desde los mendigos hasta los voceadores de periódicos, todos la conocían en el barrio; su conversación era fluida con los perros y canarios o con los geranios que colgaban de su balcón. No aparentaba cincuenta años, pues su carácter era alegre y hasta cierto punto caprichoso si el silencio se hacía insoportable y exigía asirse de las paredes con tal de no encontrarse a solas.  La música siempre salía hacia afuera por algún resquicio de las ventanas. Pero ese día, el mundo se paró y, aunque cerró los ojos para no ver, sintió que todos los cuerpos salieron despedidos, no había inercia y sus huesos se estremecían al contarle un secreto bajo la piel. De pie y sin nadie, apenas con un poco de sí que sostenía su columna madura, advertía que era tiempo de encontrarse. El miedo a lo desconocido era una frase hecha para las películas de ciencia ficción, pero en ese instante empujaba patética, avergonzaba, le imprimía una huella de orfandad. Tan solo el eco de la ciudad le llegaba como aviso de que allá afuera había un rostro que la esperaba; quizá algún doble suyo que necesitaba ser rescatado para empezar a ser.
Entonces salió, dio el paso hacia las calles frías de la noche. La epidermis del mundo era ahora tan real; no se inmutaba por el tránsito de aquella mujer que deseaba volver a caminar; nadie advertía la indefensión de su desnudez; su fantasma liviano besaba la mirada distraída de los transeúntes y  se apiadaba de las cargas de tristeza: los seres humanos eran hermosos y no lo sabían; avanzaban sonámbulos, acarreando el bulto del cuerpo y extendiéndose hacia el auxilio de un horizonte jamás prometido. Todos regresaban de sus fábricas de sobrevivencia.  Ella también, a su modo, resistía al sueño de querer despertarse; simulaba hacerlo, pero al rato se sentía apegada a las sábanas de la imaginación: ¿dónde estaba, en qué lugar de la vigilia se encontraba perdida?
Apareció un hombre al final de la avenida con actitud de espera. Ella llegaba puntual sin haberse sentido llamada, aunque por esas cosas raras de la intuición sabía que el universo había acertado con un abrazo matemático. ¡Qué hermoso era! Tenía en su mirada fugitiva la incomprensión del dolor y por añadidura una sonrisa de muchacho que apostaba todo por besar. Eran, pues, seres desiguales que intentaban una ecuación perfecta y se daban la mano: él y su pudor, ella y su arrebato.  Estoy cerca de casa, te invito a descansar un rato, le dijo. El joven, aunque ruborizado, aceptó perder su virginidad. Para entonces, ella ya no estaba soñando; él, sí.
El día siguiente fue un mágico despertar junto al candor, un desahogado sueño después del desafío a la tempestad de media noche. Ella y él, vestidos de jardín sobre la alfombra de una vida que amenazaba inoportuna, pero que en esos momentos no parecía importar. Sólo al cabo de un año, Sofía se dio cuenta del error, cuando las preguntas del adolescente fueron en aumento: ¿de verdad me amas?, ¿cómo lo sé, si es la primera vez que me han amado? Ella pasaba su mano de vieja ternura por su cabeza endurecida de  celos;  dentro de ésta acechaban canciones y telenovelas de traición; pruebas suficientes para no creer en nadie, ni siquiera en el primer amor.
Veo las cosas como son, yo las siento, tú mientes, insistía Mateo, mientras lanzaba un dardo a su pupila negra. Entonces ella recordaba los pasos cuando era tan indemne como él y cuando presentía que había mucho por doler en adelante; por eso lo escuchaba con ternura de madre y se golpeaba el pecho entre el humor de un destiempo que, sin embargo, le retiraba todas las culpas.
       ¿Serás tú a quien yo entregue para ser subastada a los mercenarios de mi miedo? ¿Serás tú quien de verdad dices que me amas? ¿Cómo puedes amarme si todavía no soy yo?
       Seré la primera fusilada por tus manos, Mateo.

El destino, ese ser de caminos atravesados, se reía otra vez poniéndose en fila para dar la orden de avanzar hacia aquel miocardio femenino.  Era justo acabar con la insensata mujer que había decidido ser feliz en el momento equivocado; era razonable olvidar a la minúscula solitaria que osaba burlar las leyes de la reparación, y enseñarle a su querubín a ser seguro. Pero el rayo venía implacable y mataba. Ella moría y por desgracia seguía respirando sin recordar cuál era su nombre;  apenas una brizna venida de los árboles parecía soplarlo. Desde el centro del patio del antiguo manicomio, el viento susurró “Sofía” y ella regresó a ver.
Hasta aquí le han sucedido tantas muertes; ahora, una diagnosticada resurrección anuncia una paz definitiva.  Sofía se incorpora y ve al cielo. Una nube choca contra otra que tiene forma de querubín. Cada encuentro conlleva inevitablemente una despedida, dice. Ella logra palparse, sigue viva. La pubertad de ese amor continúa doliendo en su vientre; sus estropeados amores, en cambio, tienen lápida. Camina y ya no quiere entender por pereza o incredulidad. Es mejor y no sabe si es mejor respirar los olores entremezclados de la cocina y del cuarto de enfermería. Cientos de ojos que ella ve pasar se esquivan por los corredores, no se detienen frente a ella, no la tocan, tienen su propia historia que dejar en los expedientes. Un encuentro es realmente un encuentro y no hay muchos, repite incesantemente. Ella lo sabe, pero él, Mateo, tendrá que descubrirlo por sí sólo, yendo al panteón varias veces. Quizá a esta altura haya tenido suerte, tal vez haya encontrado una joven virgen, haya tenido muchos hijos y haya sido feliz. Sofía arquea las cejas, inclina la cabeza y comprende que no todos los príncipes son bondadosos y acuden a visitar a las locas. ■