Corrías pequeña, rubia alborotada, detrás nuestro. La hamaca se balanceaba como si recién la hubiese abandonado un ángel. Suspendido el columpio hacía un ruido anacrónico por falta de aceite ¿quizás? No, eran dos sogas colgando del eucaliptus más bajo y un tablón de albañil que nos sostenía a las tres. ¿Serían las sogas las que se quejaban o la piel del árbol? Después en carrera hacia el puentecito de madera sobre el arrollo, el que se llenaba de suspiros niños y de juegos, donde acordábamos milagros.
Milagro era zafar de su chancleta que volaba por los aires ante nuestra
triple picardía, hasta llegar al suelo del eucaliptus, donde, desde sus frutos, brotaban collares, pulseras de nuestras manos niñas. No hay final
mas cercano a un principio de felicidad que un arroyo donde se platea la luna
por las noches que mirábamos tras un tejido, pero el tejido no
protegía a la gallina y sus pollitos y allí estaban ellos
perdiéndose entre verdes y el barro de los bordes del canal. ¿Volverás a tiempo
para encontrarlos papá? Lloro.
Ella todo el tiempo ronda la casa, la rodea, nos rodea y en su recorrido
surgen las palabras esfuerzo, trabajo, responsabilidad, estudio.
Dentro amasa, estrangula gallinas, cocina para cinco, borda bellos vestidos,
tres iguales, color y diseños, está triste, casi siempre, añora las simplezas de
su pueblo, se sostiene de su máquina de costuras. ¿Qué espera, qué milagro
podrá brotar de los eucaliptus, qué siente?
Llora.
Me acerco a la máquina, la miro, no entiendo, solo tengo seis.
Lloro.
Los eucaliptus migran tras la inundación
