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sábado, 31 de agosto de 2013

Marta Comelli de Audano





LA MUDANZA DE LOS EUCALIPTUS


Corrías pequeña, rubia alborotada,  detrás nuestro. La hamaca se  balanceaba como si recién la hubiese abandonado un ángel.  Suspendido el columpio hacía un ruido anacrónico por falta de aceite ¿quizás? No, eran dos sogas colgando del eucaliptus más bajo y un tablón de albañil que nos sostenía a las tres. ¿Serían las sogas las que se quejaban o la piel del árbol? Después en carrera hacia el puentecito de madera sobre el arrollo, el que se llenaba de suspiros niños y de juegos, donde acordábamos milagros. 
Milagro era zafar de su chancleta que volaba por los aires ante nuestra triple picardía, hasta llegar al suelo del eucaliptus, donde, desde sus frutos, brotaban collares, pulseras de nuestras manos niñas.  No hay final mas cercano a un principio de felicidad que un arroyo donde se platea la luna por las noches que mirábamos tras un tejido,  pero el tejido no protegía a la gallina y sus  pollitos y allí estaban ellos perdiéndose entre verdes y el barro de los bordes del canal. ¿Volverás a tiempo para encontrarlos papá? Lloro.
Ella todo el tiempo ronda la casa, la rodea, nos rodea y en su recorrido surgen las palabras esfuerzo, trabajo, responsabilidad, estudio. Dentro amasa, estrangula gallinas, cocina para cinco, borda bellos vestidos, tres iguales, color y diseños, está triste, casi siempre, añora las simplezas de su pueblo, se sostiene de su máquina de costuras. ¿Qué espera, qué milagro podrá brotar de los eucaliptus, qué siente?
Llora.
Me acerco a la máquina, la miro, no entiendo, solo tengo seis.
Lloro.                  
Los eucaliptus migran  tras la inundación

domingo, 25 de marzo de 2012

Marta Comelli de Audano

MARTA COMELLI



Niños civilizados

‘’…debajo de sus pies
los cimientos de una civilización
que se despliegan sobre un mar de pulpos…’’
Martín Prieto

‘’Al menos
una hora al día
deberíamos ser infelices
a la manera de los niños’’
Alejandra Correa

Un bocinazo estridente parte el oído.
Un carro cruza a un niño que no mira hacia el cielo,
no escucha el bocinazo.
Un caballo gastado de tiempo y de humanos.
Un palo borracho, borracho de flores rosas-blancas en sus gajos,
sobre la tierra seca.
Una ciudad que hostiga, no perdona, rueda.
Rueda un niño solo con un caballo solo, hambrientos.

Solo, el niño no escucha el bocinazo.
Solo, el niño no mira.
Solos los demás.
No escuchamos las bocinas, no miramos los niños, los caballos hambrientos, los carros que cruzan a niños que no miran hacia el cielo, no escuchan bocinazos.
Ya no miran. Ya no escuchan.

Marta Comelli