Mostrando entradas con la etiqueta ERNESTO RAMÍREZ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ERNESTO RAMÍREZ. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de febrero de 2014

Ernesto Ramírez




Lobizón sin norte I

Dicen que se bebió mil lunas y despertó borracho de amaneceres. Aseguran que en las tabernas, tras apurar el vino, vomitó amores de lastimoso desconsuelo. Lo ubican una noche en el horizonte y a la misma hora de polizonte en un bergantín corsario. Lo han visto aullando en la jungla a la luz de diamantes no hallados y durmiendo en el medio oriente a orillas del mediterráneo. Afirman que cuando cumple años muere y resucita al otro día hasta diecisiete veces. Sabe de reinas melosas, de obreras embarradas, y de putas hastiadas de los espejos. Plantó un árbol, tuvo un hijo, lloró bajo la lluvia, y se insoló en el desierto. Carga un saco con desaciertos que cada tanto acierta en acomodar. Habla algunas lenguas que luego perfecciona en clítoris y es cleptómano de tristezas. Ya hizo el amor y ya lo compró hecho, ya cosechó pisos luego de sembrar techos. Ya derribó muros y fue su propio presidio, donde en rayas apuró la cuenta de los días.
Lo han visto ascender entre el humo y derrumbarse entre botellas. Algunos dicen que en ocasiones ha llorado y otros alegan que a reír nadie lo supera. Dicen que tuvo mujeres como aceitunas pero que amó tan sólo a una. Que invirtió en la bolsa en acciones de soledad y se hizo rico. Se presume que fue niño aunque perdió la sonrisa y especulan que de seguro no ha de morir de anciano. Hay días que se le hacen eternos y noches que nunca llegan. Dicen que siente rabia y hasta odio y tiene la ilusión anémica, que enceguece de ver y lo inhiben los rebaños de ciegos.
Cuentan que cuando comulgó blasfemó de alegría y conmovido apostató al otro día. Ya besó a la muerte y soportó a la vida. Ya fue hombre y bestia ha sido. Ya perdió vuelos y llegó tarde al futuro. También remontó el pasado en una piragua de presente. Dicen que no tiene norte pero no es seguro, ya que el sur le fue adverso, el este oscuro y el oEste incierto. Dicen que se lo puede ver en noches de luna llena despeñando estrellas con certeros aullidos de silencio. Dicen que no tiene norte pero no es cierto, es sólo que un dios simbionte le adultera las coordenadas.



Lobizón sin norte II


Dicen que dijeron que consuelo no pudo hallar tras comprobar que su más encumbrado vuelo, por superar no supero, del suelo la propia altura. Que de tanto apurar la vida acabo embriagado de inercia y que ninguna ciencia lo ha descifrado en esencia. Por decir y ya que hablar no cuesta nada, vaticinaron sin dudar que en lugar de alma tener apenas un ente es y en lugar de corazón tiene un ánfora áfona. Lo vieron según dicen los que siempre dijeron deshacerse entre la bruma de amaneceres de invierno y al mismo tiempo, pero en otro hemisferio, caminar como un fauno sediento bajo un sol rabiosamente en celo. De las santas conserva siempre las ligas y la marca roja de sus labios y de las putas guarda los benditos halos. Blasfema en voz alta y sueña en voz casi imperceptible, en su currículum vitae apunta sólo los defectos y de todos los sabores, por mejor conocerlos, prefiere los sin. En cuanto a los colores no duda y por los ocre se decanta que de la policromía, a ojos vista, lo mediocre ha tomado cuenta. Los que tildan por tildar y olvidan aflorar lo suyo enfatizan el adjetivo raro, mas qué hacer si lo común, que parece el objetivo, florecido de idiotez prolifera como yuyos. Ahora que la vista trapacea, la audición vacila y el habla se llena de sesudos silencios, no para de mirar su conciencia, de escuchar sus sentencias y monologar teoremas. Dos notas han marcado el ritmo en la melodía de su vida: el Si (´) a las musas, etéreas y corpóreas; y el Do de doble escoces con hielo hasta aplacar la sed y el desconsuelo. A su edad sabe estar seguro únicamente de lo indispensable pues tiene claro que la ignorancia, cíclope implacable, enceguece de tanta seguridad. Por juntar como quien junta piedritas ha juntado un manojo de años, un racimo de recuerdos y una ristra de desengaños. Y como con los años vienen las nanas esconder ya no consigue que le duele el lado izquierdo de la melancolía, casi tanto como el amor en su día supo doler. Se ha empeñado en cosas que nunca prosperaron mientras otros lograron prosperar con lo que iba dejando pignorado. Tiene amigos titanes que en la distancia se han agigantado y enemigos que gruñen como grizzlis pero apenas si son gnomos cuando pasan a su lado. Reza de pie para un dios más apócrifo del dios que hace arrodillar al fiel y de rodillas se rinde a la fe del hombre que lucha por no caer. Así las cosas su norte puede nunca aparecer, puede hallarse en lo abisal de la mar o camino a Marte estar. Mas y aunque nunca lo encuentre, como dice la canción:” ¡si yo he vivido parado, ay que me entierren parado!”; afirman va tarareando mientras muta entre el montón. 
                                                                             Ernesto Ramírez 12/13


 

viernes, 27 de diciembre de 2013

Ernesto Ramírez




1
peaje                                                                                  
el tiempo,
impávido mas consciente
de la obsesión por su longitud y de que solo en nosotros
halla protagonismo su caudal inamovible,
persiste en debitarnos peaje.
controla nuestro pasar cercándonos al nacer
luego, como a un lebrel, nos lanza tras su cebo de futuro
en tanto arbitrario ajusta el cerco
e invierte el collar de púas,
marcándonos en la travesía
con furia variada según su criterio antojadizo;
condescendiente con unos
con otros vil, en ocasiones precoz en su afán
imperturbable siempre
ubicuo y vasto
siempre tiempo, el mismo tiempo
desde el mar a la montaña y del pañal al sudario                       
en carreta o en avión, tiempo, sólo tiempo
roca y oleaje, manantial y sicario                                                       
desde la placenta
  hasta el obituario. 



2


flores de espuma                                                                       
por muelles desprovistos de gaviotas
arrastramos las vísceras del amor
que inútiles
se pudren tras nosotros
no hay barcos que atraquen
ni velas que se inflamen
no quedan bancos de coral
tampoco sueños
-ni faros que los orienten-
la marea apenas rompe en olas sin aliento
el viento ha perdido el rumbo
y sus brújulas el mar,
ni neptuno era tan dios ni el tiempo tan sabio.
un colibrí adivina una flor en la corriente
batiendo alas se ofrece
fue sólo una ilusión de espuma

sobre la boca pragmática de un escualo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Ernesto Ramírez


vértigo de las páginas amarillas

en la tarde luminosa
reluce el parque
moteado de sombras primaverales
espacioso y vital escenario
donde se exhibe
una obra 
variopinta en actores:
decadentes
alimentando palomas
neófitos
comiéndose a besos
plenos
que satisfechos de sí
entre diálogos y gestos
vigilan a sus brotes,
como la madre de fiama
incrédula en su afán
de que pasara ya año y medio
-cálculo mío aproximado-
se que así se llama
pues la mujer lo vocea
fiama es linda
vivaracha
y en la barbilla babeada
ríe un vívido lunar
dando más brillo al parque
corre tras los gorriones
abre los bracitos acopiando sol
vuelve y se abraza
a las piernas maternas
se suelta y viene hacia mi
me otea por sobre La vida breve 
sonríe y baja la mirada
extasiada
contempla la grava
el sol la recorta a un lado
se aparta sin quitarse la vista
voltea y se busca detrás
gira y se observa boquiabierta
salir de sus pies
y sin rasgos tenderse
-cual duendecito siamés-
sobre la grama
corre a pasitos tartajosos
se detiene a comprobar si le sigue
reanuda su corta prisa plena de novedad
y a la madre emocionada
su dedito aventurero
el maravilloso hallazgo señala,
sonrío enternecido
se marchan
retomo a onetti
no fueron más de 20 páginas
25 tal vez
o eso me pareció,
al levantar la vista
un anciano de rostro familiar
irrumpe en las pupilas perplejas de un pequeño 
que señala a su sombra
dibujada por un anémico sol de invierno
un poco a la derecha
desde una lozana plenitud
   sonriente,
la mujer de espléndido lunar en el mentón
da voces al niño.




 ir

sábado, 19 de octubre de 2013

Ernesto Ramírez


Veni, vidi, vici

se arrastra la sangre
tras los intentos desmemoriados de ser feliz
se inhibe la sombra
evitando las ruinas que ya no serán hombre
copula el azar con el sino quebrado
que sólo goza cuando el espejo estalla en ira inútil
hay un vendaval asonando los miedos y un ejército de miradas canallas
una jauría con traje de hombre y el hombre aperrado en la calle
en cada esquina se venden retazos de vida
en cada cuadra se hunde la inocencia en la mierda
a cada instante somos menos simios pero más nimios
y en cada momento menos nos queda a rescatar
vacíos nos revolcamos tanto en la opulencia como en la miseria
enfermos de histrionismo y locura buscamos una catarsis que nunca llega;
somos apenas una infantería de soldaditos de mazapán
aplastados por el peso brutal del sin sentido
la historia es un libro demasiado grueso del que nadie quiere aprender nada
y el futuro un mercado libre lleno de liebres desenfrenadas,
¡mas no desesperar! aún nos queda prisa para arrollar la cordura
risas tontas para someter al llanto
bisturíes y falsedades con que desfigurar lo auténtico
¡nos queda y cuanta! hipocresía para conquistar el cielo
santuarios de vanidades
oleadas de indiferencia
en la cresta del goce unos pocos equilibran delirando de placer
mientras el resto surfea en la ola invertida
el hombre al que creímos libre nace engrillado
y si logra liberarse lo detestamos,
cual dioses inclementes de un paraíso profano
con lengua afilada amputamos alas a las vírgenes y el himen a los ángeles
esnifamos poder y fumamos alquimia para huir de nosotros mismos
y cuando por error nos reconocemos, ateridos de horror y auto desprecio,
simplemente nos perdonamos por ser imperfectos
somos el eslabón hallado de la estupidez, el Pi de un círculo flácido y sin eje
entregados al absurdo agitamos banderines de viveza
como diminutos estandartes del privilegio
y sí, pertenecemos al mástil que enarbola la superioridad
sólo que hipotecamos la brisa
y la ilusión se hundió en la desesperanza de una especie a media asta
mas seguimos andando sin miramientos
enceguecidos por la incandescencia del basural de lo superfluo
aferrados los escépticos al poder divino… del alcohol
mientras esperamos, irredentos y torpes,
que al próximo brindis adosen cicuta.

                                                                Ernesto Ramírez 

martes, 27 de agosto de 2013

Ernesto Ramírez


Historias


Poema número 11

muchas preguntas
quedan
respuestas                                                                                
otras tantas han sido ignoradas
y de todas duelen
las no formuladas en su momento,
el muchacho sabía que hacerse mayor
implica hacer cosas de adulto
que hay una madre más grande que la que nos parió
y el recuerdo lo sabía lleno de primos con gloria
a tal punto gloriosos
que seduce la idea de emularlos
el niño ni bien hombre cargó las vituallas
besó a la madre de entrecasa
y candoroso se aventuró en la gran patraña,
ahora, cuando es objeto del poema, el hombre niño
camuflado de bosque con el vientre abierto a jirones
hundido en la trinchera junto a su arma insatisfecha se formula,
con un dolor brutal de niño sin hombre, las preguntas
que el paroxismo calló:
por qué la madre grande despilfarra a sus hijos                                        12
por qué las madres que los parieron se ahogan en el dolor
por qué los infames son siempre los otros
por qué es tan importante la gloria
y sobre todo
por qué los tíos grandilocuentes,
esos que nunca caen atónitos de humedad roja,

la exaltan mas no se mojan.

(La ilustración es una tinta de Liliana Lucki)

sábado, 6 de julio de 2013

ERNESTO RAMÍREZ


mujer paralela

vespertina y total
como la yema del horizonte
tu sonrisa me abarca
en el atardecer rojizo y sin fe
ilusiona en sacudir el sopor nocturno
de hombre menguando el ángulo de sus días,
y estás ahí tan real y tardía
que duele la distancia de una mesa
y de éste océano gregoriano
donde naufraga el bergantín de lo posible
la espuma de la cerveza embelesa al lamer tus labios
augurando a tu boca nuevas certezas
y en la mía el vino se demora
cual placebo inútil de tu saliva viva,
mas el goce de mirarte
tangente mujer nueva y despreocupada
en algo la pena mitiga
que acumula el tacto en su agenda de pieles esquivas
tu aroma no anidará en mi almohada
ni tu carne entre mis huesos
y tus besos, bálsamos de luna llena
eclipsaran de placer a una epidermis menos invernada
pero mientras tanto estás ahí
hipotenusa reticente, musa plástica
implacable hembra en flor,
irreal de tan verdadera a la vera de mi destino
y no atino a otra cosa sino verte
verte sonreír y compartir la voluptuosa luz de tus ojos
y en la victoria de tu camisa, tus pechos
llenándose rítmicamente de vida y de pupilas furtivas
¡y tu pelo y tu boca y tus gestos!
mas no encuentro pretexto ni contexto
donde amalgamar tu reflejo atardecido y este atardecer mío
¡y te vas, claro te vas!
te levantas y te vas mujer paralela
ahuecando de sensualidad la calma de la tarde
exigiendo rienda a la vida para derrocharla desde tu cuerpo
te marchas apagando el día tras de ti
haciendo convexo mi anochecer
urgente mi destino
segando mi hez
agriando mi vino
dejándome a merced de las fauces de la noche
famélico de ti/harto de mí
con el hálito irreversiblemente rancio
y esa suerte de desgano
que siempre
sobreviene al desatino.

viernes, 14 de junio de 2013

Ernesto Ramírez




Fiama: interludio entre sombras


Es una mañana luminosa. El parque reluce moteado de sombras. Sombras que la primavera esparce con esmero. Escenario espacioso, vital, donde se exhiben escenas de una obra cuyos roles, bien definidos y ensayados hasta el hartazgo, se reinventan para perdurar en cartelera. Hay actores decadentes alimentando a las palomas, están los neófitos iniciándose en el inveterado arte de la antropofagia mutua y los que él llamaría-llamaríamos- plenos, que satisfechos de sí, entre diálogos y gestos vigilan a sus brotes. Como la mamá de Fiama, incrédula en su afán maternal de que pasara ya año y medio –cálculo aproximado del hombre con el que concordamos plenamente.
Sabe –sabemos- que la niña así se llama pues la madre no para de vocearlo. Fiama es linda, vivaracha, y en la barbilla babeada ríe un vívido lunar, dando más brillo al parque. Corre por el sendero tras los gorriones, -una carrera breve e infructuosa de no más de tres metros que a pesar de ello inquieta a la madre, sentada frente al hombre, nuestro hombre, a la que el recorrido se le hace insufriblemente mayor- abre los bracitos acopiando sol, sonríe a los viandantes, vuelve y se abraza a las aliviadas piernas maternas. Extremidades éstas que han llamado la atención del hombre y que define como bien torneadas y supone elegantes al andar desplazando ese cuerpo a ojos vistas bien formado coronado por un rostro atractivo. No ve el hombre ningún lunar en la cara de la mujer por lo que atribuye el de la niña a los genes paternos y aquí piensa en lo afortunado de ese hombre. Fiama se suelta de esas piernas, cruza la senda y se detiene junto al hombre que está leyendo.
Porque nuestro hombre lee. Lo hace sentado en el banco de un parque de una ciudad mediterránea, a la media mañana de un día de un quinto mes del año solar. A su frente hay una gran fuente y está rodeado de árboles y de gente entre la que pasa desapercibido con su libro, su barba, y sus ropas baratas y gastadas por el uso. Su aspecto es desalineado, aunque no llega a ser sucio, y diríamos que tiene la aguja del indicador de la ilusión bajo la línea de reserva. Lo decimos por haberlo observado otras veces en otros días y a horarios diferentes aferrado a la lectura pero al mismo tiempo al parque, como si ese espacio fuera una patria, un mundo, o un universo en sí donde  leer, ser, pensar, durar… para un hombre que ha dejado de ser joven sin llegar aún a ser viejo. Lee ensimismado bajo el mismo sol que le ha entibado la piel durante las cincuenta y pocas páginas giradas de su libreto personal –arriesgamos esta apreciación basados en lo antes dicho.


Fiama se ha colocado delante de él y lo contempla por sobre La vida breve. Busca sus ojos y le sonríe pero algo le hace bajar la mirada. Al instante queda extasiada examinando la grava durante un longevo, y a la vez, efímero minuto. El sol la recorta a un lado, se aparta sin quitarse la vista, voltea y se busca detrás. Gira de nuevo y se observa boquiabierta salir de sus pies y sin rasgos tenderse sobre la grama cual duendecito siamés. Vuelve a mirar al hombre como interrogándole ¿Ves “eso” que me sigue, qué es, tal vez un truco tuyo? ¿Por qué lo haces, acaso buscas confundirme, no entiendes que estoy descubriendo, aprendiendo, forjando mi ilusión? Reacciona y sale corriendo a pasitos tartajosos, se detiene a comprobar si “eso” sigue pegado a ella. Sigue. Reanuda su corta prisa plena de novedad y a la madre emocionada, su dedito aventurero, señala el misterioso hallazgo.
Vemos al hombre sonreír enternecido mientras se –nos- dice: “Sí, sí, ya sé que todo es nuevo para ti y que todo lo quieres, mas justamente eso no es nuevo. Todos quisimos todo alguna vez, hasta comprender que incluso todo el todo es insuficiente para tantos. No sé, acaso tu tengas suerte y consigas un algo del todo, un algo que sea auténtico y te haga ser feliz de verdad.” Mientras tanto la hermosa mujer ha tomado de la mano a la niña y adaptando el paso al ritmo e intereses de su hijita, se van alejando de la escena.
Retoma entonces el hombre –nuestro hombre- la lectura de Onetti.

En tanto está entretenido con la novela, aprovechamos a dejar constancia de que no lo llamamos “nuestro hombre” por haberlo comprado, o porque nos haya sido regalado, y mucho menos por presumir que sea un producto de nuestra imaginación. Si no por lo invariablemente común de su historia personal; de la que no vienen al caso detalles porque poco aporta que sea albañil o informático, casado o viudo, de Aries o de Piscis. Y que lo sitúa en ese inmenso limbo de intranscendencia donde transcurre la vida de infinidad de personas. Creemos y diremos sí, que al parecer tiene un amigo en algún lugar con el que intercambia correspondencia. Un amigo con el que comparte vivencias y puntos de vista, ambiciones, decepciones y excepciones. A veces, por sobre su hombro, el hombro del hombre, hemos husmeado en las cartas –lo reconocemos no sin cierto empacho- e incluso recordamos párrafos y pasajes tanto de las escritas, como de las leídas por él en las incontables horas pasadas en el parque. A modo de ejemplo, para saber algo más del hombre, a continuación citamos dos de ellos. No sabemos cuál es de quien -damos fe de que ambas caligrafías son muy parecidas- por lo que no podemos afirmar si era la misma epístola que fisgoneamos cuando el hombre la escribía y después decidió releer, o era la respuesta de su enigmático amigo. 


…así es querido amigo, somos manejados y ultrajados por la misma sociedad canalla y voraz que nos contiene, y que, paradoja brutal si las hay, nosotros mismos hemos forjado en nuestro afán de tener más y más. Con esa necesidad de poder y reconocimiento que nos atormenta. Sociedad que nos obliga a hacernos un hueco a codazo limpio –codazos en la mejor y más honesta de las hipótesis- para no ser fracasados que el resto ignora y olvida. Una historia repetida hasta la hartura de generación en generación. Con todos esos hombres que a pesar de las apariencias, en verdad no son más que un cúmulo enorme de fracasos al cubo revolcados en el gran fracaso, alelados por esa novela canallesca escrita por un loco*. Porque, te aseguro amigo mío y esto con total conocimiento de causa, no hay nada más ficticio, más vano, que el triunfo.    


…debo decirte que hoy acepto esta suerte de intranscendencia, de marginación, como algo lógico, no como un acto de resignación, aunque a veces sienta la necesidad de intentar revertirlo. De salir a codazo limpio, y más si fuera necesario, a reclamar mi cuota de todo sin importarme si eso implica que alguien, en algún lugar cercano o distante, se quede sin nada. Pero son apenas dicotomías propias del hombre. Además entiendo que ya no soy el mismo, que las fuerzas no son las mismas y ni siquiera las necesidades los son. Que ha pasado mucha agua desde la primera vez que me asombró mi sombra – ya te he dicho creer que la consciencia de nosotros mismos, de nuestra existencia, se da a partir del momento en que descubrimos nuestra propia sombra, por lo que no resulta un contrasentido que acabemos siendo una sombra de lo que fuimos- y se hoy que tras cada hombre hay otra sombra, una que el sol no evidencia. Una sombra que la gran mayoría no se detiene a desentrañar, que incluso suele ignorar. En mi libro de cabecera, que también leíste y ya hemos comentado, el personaje, Braussen, busca de continuo huir de ella. Para ello crea heterónimos a los que imagina toda clase de avatares para intentar arrojar algo de luz a su desgastado espacio. Siempre tan llano, gris, reiterativo. Y seguro en las calles, en los parques, y en todas esas casas, y en todos esos nichos que se superponen hasta tapar el sol con sus espaldas de cemento, entre todas esas personas que se mueven, transcurren y habitan;  hay muchos Braussen que ni siquiera saben que viven vidas recreadas, tan enamorados que están de sí mismos, tan ciegos ante la realidad, tan enajenados por sus ínfimos y deformantes triunfos.


Una ráfaga bulliciosa de colores aparta a nuestro hombre de la lectura haciéndole levantar la vista. Ve pasar, risueñas y acaloradas, unas escolares corriendo tras un niño que, según parece, las ha incordiado. El niño es más rápido y el esfuerzo hace que las futuras mujeres transpiren copiosamente a pesar de vestir ropas livianas y cortas. Lo fugaz de la imagen no le deja detalles vívidos exceptuando las mejillas. Una bandada de mejillas enrojecidas por el calor y el afán, semejando redondas e inocentes manzanas ignorantes todavía del eufemismo asignado a esa fruta. La que hace rato no se ve es Fiama. La última vez que la vio –que la vimos- por el rabillo del ojo, se alejaba del lugar tomada de la mano de la madre. El hombre no sabe exactamente cuánto tiempo ha pasado desde eso, absorto como está en la historia. Ocupado en las peripecias, en las frustraciones y en el inevitable fin del personaje. Porque en la novela como en la realidad, piensa y estamos de acuerdo, el final es un lento, pesado, y ajado sobretodo que se nos pega a la piel y nos enlentece haciéndonos aparcar la osamenta durante largas horas en el banco de un paseo, de un patio o de alguna plaza; para simplemente sentir al tibio sol calentarlo, mientras leemos o recordamos, o embarcamos al intelecto en ambas actividades para evadir la realidad. Y al elucubrar esto rescata las realidades del personaje y piensa, evocando a Calderón, en lo voluble de ese término. De inmediato recuerda un amor intenso y absoluto que vivió hace años. Ella se llamaba Adelina y era una mujer increíble que estaba locamente enamorada de él y a la que él amó mucho. Era además una escritora de relevancia, alguien que según la prensa especializada estaba revolucionando la poesía contemporánea. Él también escribía mas lo suyo no era relevante ni mucho menos. Se conocieron en una velada literaria a la que no estaba invitado y literalmente se coló. La relación, la de ellos, si no la primera ni la única de las aludidas en voz baja –ambos estaban casados cuando se enamoraron- acabó naufragando en ese contexto social donde los prejuicios se imponían a toda revolución. Acosada por una enfermedad que le robo la mitad de su esplendor y por la censura con que la hipocresía les humillaba, desesperada, Adelina se internará en una decisión drástica y profunda que los separará para siempre. No sabe porque motivo en el recuerdo, Adelina lo llama por otro nombre, uno que ahora, no reconoce como suyo.


Decide volver a la historia –a pesar de saberla casi de memoria- y dejarse de recuerdos. El personaje está tan trastornado a causa de sus invenciones que ya no distingue la ficción de lo real…Está sentado en una plaza de la ciudad en la que transcurre su acontecer, mas no es seguro que esos escenarios sean auténticos. Como tampoco lo es que él sea quien piensa que es, ni siquiera que sea lo audaz, lo suficiente y bien sucedido que, al parecer, está siendo. Ni lo gris, sin suceso, y falto de ilusión que se nos antoja. Ni tampoco todo lo renovado que, por momentos, se siente, ni lo viejo que, por pasajes, nos parece. En ese lugar está viviendo una aventura amorosa de tal intensidad y entrega que acaba superado por el poder de la relación. Llegaron al punto en que no hay más por alcanzar ni como retroceder por lo que nada tiene ya sentido. Es cuando decide matar a la mujer para que la vida –y aquí no sabemos si se refiere a la vida misma o a la de ensueño- vuelva a tenerlo. Una carcajada desaforada lo distrae -distrae a nuestro hombre- y busca en el horizonte inmediato al responsable. Son dos atractivas adolescentes que caminan del brazo levantando con los pies las hojas secas que acolchonan el sendero. Supone se cuentan cosas muy divertidas: precoces intimidades, cotilleos del instituto, o picardías propias de la edad. Ambas coquetean con un joven bien formado, de bellas facciones y ensortijada cabellera rubia, que pasa en sentido contrario. El chico se detiene y dice algo a una de ellas. Los dos acortan distancias hasta encontrarse y en su agenda, la vida, marca un nuevo comienzo, una nueva realidad o ensoñación. La cabeza del muchacho se interpone entre el hombre y la muchacha, por lo que no puede ver –aunque no precisa verla para saberlo- la triunfal sonrisa que le ilumina el rostro. En tanto la no elegida, la perdedora, se aleja dando la espalda a ese potencial futuro del cual fue excluida. Pero sólo el tiempo dirá si en verdad la favorecida logró hacerse con una porción valiosa del todo o si por el contrario, la que verdaderamente ha salido beneficiada es la que se marchó. Lo mismo vale para el joven. Aprovecha el hombre y mira a su rededor a ver si Fiama anda por allí, pero no, no la ve, ni rastro de ellas. Y al percibir que recurrió al plural se sorprende a sí mismo intentando evaluar si la madre de Fiama es feliz en su matrimonio, si en verdad el padre de la niña es su “algo valioso” del todo, o si acaso la relación navega en la desdicha y lo único rescatable sea justamente el bello e inocente retoño de ambos.


La palabra rastro lo retrotrae a su juventud. Entusiasmado por las películas de espionaje que veía sin cesar, decidió apuntarse a un curso de detective privado. El curso fue muy provechoso y aprobó con las mejores notas. Luego montó una pequeña oficina y comenzó a trabajar. Claro, al principio nada fue como en los filmes. Sólo casos pequeños, la mayoría de ellos domésticos, sin ninguna emoción. Pero al cabo de un par de años fue contactado por un señor mayor poseedor de una gran fortuna. El acaudalado empresario lo contrató para desenmascarar a un socio sospechoso de estafarlo. Estuvo casi un año investigando y haciéndose pasar por ornitólogo –lo que lo obligó a leer mucho sobre el tema –pues el defraudador era un apasionado de las aves. Así pudo establecer una relación e incluso entrar en su casa, donde colocó micrófonos y reviso cuanta gaveta había hasta recabar las pruebas necesarias. Esto le reportó una importante cantidad de dinero, además de prestigio, que fueron la base, el punto de partida, de la fortuna y el renombre consolidados en los años siguientes...Lo raro es que también en este recuerdo su nombre, el que consta grabado en la chapa junto a la entrada de la oficina, no concuerda con el suyo. Con ese nombre que aunque ignoramos, es el que identifica al hombre, a nuestro hombre del parque.


Paulatinamente el parque ha ido tomado un cariz antojadizo como si el tiempo y la rutina diaria entretejieran un entramado brumoso en el que las personas se superponen a los elementos y la fuente, las farolas y los árboles se pueblan de rostros y risas y miradas girando sobre él en un frenesí silencioso y lejano, como si el principio y el fin de las cosas se hubieran dado cita en ese parque de esa ciudad mediterránea. Como si la historia que lee y su historia y la de todos acabaran de ser mezcladas en una batidora gigantesca. Y él, junto a Braussen y sus alter egos, a Fiama y su bella progenitora, a él amando a Adelina, a él desenmascarando al socio timador, a él cuando vestía ropas elegantes, a él cuándo usaba la barba bien recortada, a él cuando todavía daba codazos, a él cuando tenía todo un futuro por delante; no pudieran diferenciarse en esa aleación en la que sucumbió el entorno, en ese engrudo de roles, en esa realidad efímera, en esa ficción rotunda. El chillido de unos gorriones o jilgueros -el hombre no sabe diferenciarlo y a nosotros no nos interesa esclarecerlo- enfrascados en una revuelta sobre las ramas peladas de los árboles y un remolino de viento frío que le cachetea las mejillas de ida y vuelta, lo sustrae de sus cavilaciones. Vemos entonces como una gran consternación se va plasmando en su semblante:      

“No fueron más de veinte páginas, acaso veinticinco…” Piensa al levantar la vista del libro tras el dedo que lo incordia y descubrir ese rostro, grotesco y derrengado, que lo mira incrédulo desde unos brillantes y hambrientos pececitos varados bajo una porrada de sortijas de sol, a pocos palmos del suelo. ¿Acaso le conoce? El hombre lo observa fijamente, inspecciona esa barba descolorida y llena de greñas, la gorra raida, las facciones atroces atrapadas en esas dos ojivas de vida nueva y aunque calla, sabemos que esa cara le resulta tan familiar como a nosotros. Sacude la cabeza y observa a su alrededor. “Está todo o casi todo: la fuente, la gente, los árboles, aunque no queda ni resto…” y creemos comprender a pesar de no concluir la frase. El chiquillo, embargado de sorpresa, sin apartar su mirada luminosa de los ojos de nuestro hombre, reclama su atención. Le está señalando con el dedo la sombra que ha descubierto. Sombra proyectada por su pequeña talla bajo el anémico sol del invierno. Un poco a su derecha, desde una plenitud que irradia lozanía, sonriente; la joven mujer, de espléndido lunar en el mentón, da voces al niño.
                                                                Ernesto Ramírez 


*Frase acuñada por Alfredo Zitarrosa en su composición “Guitarra Negra” y que alude a la televisión.