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viernes, 16 de diciembre de 2011

Claudio Simiz


Los pájaros

          El hombre se distrajo un instante en el vuelo espiralado del cóndor, casi incalculable en la distancia. Bajó los ojos y sacó sus cuentas. Tenía que llegar al otro lado del Cerro Bayo. Así visto, no parecía tan lejano, allá, en el segundo cordón, como una pirámide algo más clara que su entorno pardo con manchones verdosos. Pero en el medio corría, más desatado que nunca, el Huayra, y había que cruzarlo. “Voy caminando en la tierra…”
          Y había que llegar con los remedios cuanto antes, porque la fiebre se estaba devorando, uno a uno, a los changos del caserío. Acababa de repechar la cuesta más empinada, y se dijo que tenía derecho a un pequeño descanso; desde la altura todo era más pequeño, más al alcance de la mano, como en un mapa. El hombre fue dibujando, acompañándose con el índice, el camino más corto, buscando el vado más tolerante del torrente. Nada fácil, no.
          El cóndor, remontando otra corriente de aire, reapareció a su izquierda, como parido por el lomo del cerro. El hombre bebió el último sorbo de agua sin quitar la vista de la majestuosa ave oscura. Reparó, a su izquierda, en una mancha clara, de forma extraña. Le llamó la atención y decidió invertir un centenar de pasos cansinos para ver de qué se trataba. Era un improvisado refugio, tres cañas medio desbaratadas que habían intentado, en su momento, dar forma de carpa a una tela gruesa, de espaldas a una gran roca. “Habrá hecho noche el hombre”, pensó, revolviendo los restos del minúsculo fogón…quién sabe de dónde vendría…a dónde iría…por qué lo había abandonado…las ataduras de cáñamo habían ido aflojándose; el hombre maniobró unos instantes hasta devolverle al cobertizo algo de su hidalguía original…no vendría mal un rato de sombra…sobre todo para pensar lo del cruce…”Voy caminando en la tierra/ lo miro al cóndor volar…”
          No podía demorar más de un día. Los remedios serían vanos si llegaba retrasado. La sombra le cayó bien, como un jarro de agua fresca. Se detuvo unos instantes en la consideración del improvisado toldo: caña resistente, de otra región…no estaría mal para intentar pasarle por encima al Huayra, que en ningún punto dejaba la esperanza de un vado…tal vez las dos cañas más cortas… comenzó a desatar las tiras de cáñamo, que fueron cediendo de a poco, Pudo usar su cuchillo, pero algo le dijo que tratase de conservar esas cuerdas resistentes pese a la sequedad. Sí, usaría de pértiga o bastones las cañas para tratar de pasar el río en la zona más angosta, media legua hacia la naciente. Nunca había hecho nada parecido, pero…los dedos agarrotados por el esfuerzo le respondían torpemente, no así su cabeza que intentaba dibujar el paso salvador sobre el hilo de plata que se desperezaba allá abajo.
          Finalmente las cañas quedaron a un lado, la soga enrollada en pequeños manojos y la tela hecha un bollo desdibujado y tieso. Comparada con el cóndor que se cernía desde la hilera de cerros, parecía un torpe remedo de la sombra del pájaro gigante. El hombre las contempló a ambas, tan lejanas y distintas…pensó en su pueblito, abrochado a la falda del cerro…se inclinó, tomó la caña mayor, luego las otras dos y dibujó un triángulo con ellas; luego, con ritmo calmosamente decidido, desplegó la tela , tomó una distancia apreciativa y comenzó a desenrollar el cáñamo “… lo miro al cóndor volar/ bienhaiga bicho dichoso…”
          Varias horas le llevó el aparejo, el sol ya comenzaba a despedirse alargando las sombras de los cerros. El hombre, finalmente, elevó en sus brazos su criatura, como ofreciéndola a los dioses. El ala de caña y tela parecía responderle con un estremecimiento.  Como un gesto postrero, el hombre arrojó su sombrero al aire, sus pausados, cada vez más lejanos giros, acompañaron la carrera  hacia la sima: de cualquier modo, ya no le haría falta. “…bienhaiga, bicho dichoso/ tus alas me habías de dar”

 Claudio Simiz

martes, 15 de noviembre de 2011

Claudio Simiz



(Buenos Aires,1960) Es profesor y licenciado en letras, realiza su doctorado en literatura en la Universidad de Buenos Aires, donde se desempeña como investigador. Ejerce la docencia en el Nivel Superior. Ha sido becario investigador del Fondo Nacional de las Artes y dicta seminarios, conferencias y charlas en universidades y otros centros culturales y académicos de Argentina.
Con los grupos “Poetas Conversos”y “Antes que venga ella” recorrió numerosas ciudades brindando recitales y espectáculos poético-musicales entre 1998 y 2005.Coordina el espacio de lectura y debate sobre poesía“Cruce de palabras” desde 2007 y dirige la colección de poesía “Runa”.Ha colaborado en numerosas publicaciones literarias impresas y electrónicas de Argentina y Latinoamérica.
Ha obtenido premios en el país y el exterior por su obra poética y cuentística; tiene en prensa el libro El Franco (1º premio Concurso Identidad Bonaerense, Poesía, 2007, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación).
Ha publicado los poemarios Celda (1980, 3º premio poesía juvenil Concurso Internacional Revista Aquario, 1977), Evangelio de bolsillo (1981, 1º premio Concurso Nacional Universidad Nacional del Sur), Los míos (1985), La mala palabra (1997), De pura chapa y otros versos (2000), Antes que venga ella (colectivo, 2003) y No es nada (2005).


Orlandito

          Una sorpresa. Podría decir “una gran sorpresa”. Encontrar mi cabeza apoyada en la almohada, mi cuerpo cubierto por la frazada a cuadros que me cobijó anoche…no, no es que al tocarme el rostro fuese a percibir una quitinosa máscara de insecto, como el pobre Gregorio, ese pariente ignoto, no. Es que anoche me acosté con ese escozor, ese preludio de estremecimiento que viene a ser algo así como la sala de partos de otra vida. Era el temblor, la respiración jadeante, el ensordecimiento gradual…bueno, pero estoy aquí, el mismo que ayer, o sea, hombre, Orlandito, y no jilguero, marimonia, o lenguado…claro, cada uno perfecto en su medio y con los instintos y la inteligencia afilados para la supervivencia, pero igual…estas mudanzas, que a los otros, estoy seguro, no les acaecen, o si les pasa no recuerdan lo que antes fueron, ya me cansan…además…me gusta Orlandito…joven todavía, bien…un poco de pancita, pero ellas la encuentran sensual…la acarician…y bueno, uno no tuvo infancia, eso afecta un poco cuando se es persona…es como si faltaran unas piezas del rompecabezas… los salmones también la buscan, y dejan la vida en eso, pero sin saberlo del todo…bueno, ahora Orlandito se va a afeitar, hay que estar presentable delante del Maestro…hay que aprovechar estos días de plena inteligencia para aprender…la única ventaja de esta vida trashumante es que algo queda de lo que se vivió…un caso, este aromita a lavanda de cuando fui cantero, que a ellas las pone tiernas…a propósito, esa morocha que hace como de asistente o algo así del maestro…tiene unos ojazos…y del cuello para abajo…mamita mía…bah… mamita solo, porque yo no tuve…¿o sí? Pensándolo bien, no vendrían mal, después, unos añitos parsimoniosos de tortuga, para descansar de toda esta agitación…ahora, la verdad, me siento como si siempre hubiera sido hombre...no sé, es como un sueño la lista de cosas (perdón, seres) que fui…¿y si tuviera hijos? ¿Qué historia le contarían cuando yo fuese un jabalí o una petunia? Pobre…qué trauma…¿O sería igual que yo? A lo mejor mi voluble existencia es hereditaria…ma…aprovechá, Orlandito, afilá ese pico de halcón, que la morocha del Maestro te está mirando con cariño…y a lo mejor el tipo sabe en serio y puede parar esta rueda sin freno…


          No sé, no sé…¿qué es lo que le pasa a este Orlandito?…es tan raro…mis votos y mis principios me impiden negarle mi ayuda…pero si pudiera apartarlo…o apartarme, me sentiría más tranquilo. Al principio me pareció ver en él un destello de la Luz, pero a veces es tan común…casi vulgar…esos adornos rumbosos…tal vez venga sólo por la asistente y yo imagine toda estas historias…no sé, no sé… hace dos días, cuando me pidió la entrevista personal, sentí como un ramalazo de la Sombra…y en el Libro algunos indicios encontré…ese desenfado de los que se saben impunes de antemano…además…ese aura que inquieta a mi gato y atrae a los insectos cuando se acerca…es como si hubiese otra cosa en él, detrás de él, de esa apariencia de excesiva confianza y olores…nunca me encontré tan inquieto en todos estos años…después de la última consagración, pensé que ya nada me perturbaría demasiado…ahora recuerdo, sí, ese libro apócrifo hace tantos, tantos años…el más poderoso de los espíritus del mal, el que todo lo es sin ser nada…el que no puede ser destruido ni ignorado…a propósito, hoy la asistente se ha perfumado de manera especial…¿lo habrá hecho a propósito?...hablaré con ella, pero no ahora…no, no, esos viejos libros para supersticiosos, sí, ahora recuerdo, el fagocitador, el que se acerca y te lleva consigo en su insaciable rueda hacia el Caos…!ah,! a veces pienso que no deberían existir los libros, salvo el Libro…no, no, no llegué hasta aquí para sumirme en estas cavilaciones fantasiosas y tristes…ya recuerdo…ah…allí está ella…es el perfume que traía el día que se acercó por primera vez a mí…bello, pero demasiado sensual para estos sitios…Hay que mantener la calma ¿qué puede pasar? Nada hay fuera de control…calma, calma…el gato se fue detrás de la puerta y las moscas comienzan a formar una nube en la puerta…debe ser él…mejor orar… ■