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domingo, 19 de octubre de 2014

Cristina Pailos



La nostalgia es peligrosa

Por Cristina Pailos

“La vejez es un estado de ánimo. Si se alimenta bien, señora,  se mantiene activa, y no piensa en que hay placeres prohibidos para usted, verá como se prolonga la juventud. Cante , baile, no le tema al amor, viaje y eso sí : cuide su estética “

Cada vez que escucho a las charlatanas de los programas femeninos, me vuelvo un erizo. Es fácil decir no le tema al amor, son absurdas, si no se trata de miedo sino que le echas el ojo a alguno  y te contesta: Debio ser linda usted cuando era joven. ¿Quiere que la ayude a cruzar la calle?
Ayer un grupo de amigas comentaba uno de esos programas y lo que agregué  no cayó muy bien:
Hacé todo lo que quieras pero la vejez es contundente, autoritaria, antipática e impredecible.  Tenés achaques y límites .¿O no? Cuantas veces escuchaste: ¿Murió? ¿Cuándo? Si ayer la ví y estaba regia.
No es cuestión de hacerse la piba ni tampoco de estar pensando siempre en el final .  Si no podemos aceptar nuestros límites y movernos con alegría y naturalidad dentro de ellos, entonces seamos pacientes, no nos apresuremos: la vejez es patética pero por suerte pasa pronto. 
Una amiga del grupo, Elsita, es la que peor aceptar la vejez. Nunca fue muy lúcida pero ahora está insoportable. Es mayor que nosotras. Cuando yo estaba en primer año , ella ya estaba en quinto. Después que enviudó la vimos tan tirada, que pensamos ésta va a ir detrás del marido en cualquier momento.  Lo peor es que ni siquiera lo haría por amor, sino por nostalgia de cuando él le decía : que bien que cocinás el pescado, que mugre que hay en otras casas; no son todas como vos. Me acuerdo un día en la peluquería. Ella pensó que como yo estaba en el secador no escuchaba así que contó  barbaridades del marido al insectito chusma del peluquero que revolvía y revolvía el caldero de deshechos matrimoniales para sacar cucharones de chismes.   Después que enviudó empezó a hablar bien  del pobre.  Reconozco que fueron otras del grupo las que se propusieron integrarla. Para mí, con decirle hola que tal cuando la encontraba era suficiente. Creo que la vejez no te transforma, sólo magnifica deficiencias ; quien fue idiota toda la vida se vuelve idiotísimo, a quien le gustó el dinero se vuelve avaro, quien fue crítico se vuelve lengua de víbora,( éste último es mi caso)
Elsita vive envidiando a los jóvenes. Cuando ve una bandada de chicos y chicas riendo y en moto o en bicicleta, siempre dice: como quisiera volver a esa edad. Me encantaba andar en bicicleta. Si mira un programa donde hay gente bailando , empieza : eso no es bailar, yo sí que bailaba… En nuestra época se bailaba, bueno la música era otra también. ¿Se acuerdan cuando gané un trofeo en un concurso de rock and roll? Yo amaba a Elvis Prestley , a Bill Halley y por supuesto a Little Richard. Después de esos genios, para mí, se terminó la música, excepto algún tango de la Guardia Vieja, como Leguizamo o Madreselva.
Llegué a la conclusión de que se le terminó hasta la ciudad porque seguía nombrando calles con nombres que ya nadie conoce o negocios en cuyo terreno hubo tres o más demoliciones desde aquel tiempo que ella llama “ mi época”
Le pregunté, al estilo del insectito peluquero : -¿Tenés discos de Elvis?--Claro- me contestó – y no sólo los escucho sino que dentro de lo que me permite este cuerpo viejo como de madera, también lo bailo. Sola, claro , pero lo bailo y me imagino que estoy en otros tiempos.

En dos días organizaría la fiesta que ella denominó: Cuando el mundo era una fiesta, y yo la imaginaba como de sonidos de postguerra que llegaban retrasados al Atlántico sur.

Cuando nos abrió la puerta , no lo podía creer. Se había puesto una pollera acampanada que entonces se la llamaba pollera plato , con enorme vuelo, unos zapatos de taco aguja altísimos y arriba una blusa con mangas abuchonadísimas, tipo plato, también. Maquillaje blanco , los ojos bien pintados de negro al estilo Cleopatra, o mejor dicho, Elizabeth Taylor en la película Cleopatra, una peluca negra, y una gargantilla dorada pegada al cuello que representaba a un aspid con la lenguita afuera para cleopatizarse aún más al estilo Hollywood. No calculó que la orografía del cuerpo de entonces ahora, había sufrido todo tipo de embates hasta modificarlo . Donde ayer había montañas erguidas con orgullosos picos, ahora había mesetas y hasta valles y hondonadas. Se notaban hundimientos y hasta deslizamientos de algunas superficies. Al salirse todo de su asentamiento original, algunos rincones habían quedado con sobrantes de otros lados en forma de rollos. Todo el mapa se había bajado. De manera que la pollera plato no encontró la cintura de avispa de entonces y  ella tuvo que hacerle algunos añadidos y calzársela  como de tiro bajo, hasta donde pudo subir. Las pinzas de la blusa que señalaban y daban forma al busto habían quedado arriba del verdadero busto, de manera que parecía un doble busto: dos tazas chatas arriba y dos tazas chatas abajo.

Había sándwiches y mucho Cuba Libre (fernet con coca cola, creo) . Sacó los discos y un viejo winconphone que según nos explicó lo había hecho arreglar hacía poco y fue trayendo los discos. Volvió a repetir que cantaría y bailaría y yo miraba los tacos aguja y pensaba: otra operada de cadera. Puso un disco de Elvis y cantó al unísono.
Love me tender
Love me sweet.
Never let me go
You’ve made my life complete
And I love you so.

    Parece que a último momento se le prendió una lucesita  porque dijo: para contonearme , prefiero estar descalza .
Preguntó quien se animaría a bailar con ella, y la más ágil de todas, Magda, profesora de gimnasia jubilada , se ofreció.
Desde el principio, se notó que los cuerpos, sobre todo el de Elsita, parecían de gente divirtiéndose en un cumpleaños de geriátrico, y Magda se posesionó, la levantó para después pasarla entre las piernas pero el peso de Elsita pudo más y el cuerpo retumbó en el suelo como madera.
Magda también quedó con bastante dolor pero Elsita se desmayó y no reaccionaba. Vino el portero asustado y atraído por  ese ruido seco a mueble pesado al que se le vencieron las patas y cuando vio el cuadro , se persignó. Vino la ambulancia y se la llevaron. Llamamos a la hija y en un rato nos encontramos todos en el sanatorio.
La hija primero se preocupó mucho pero cuando la vio dijo: ¿Y ese espantoso disfraz que quiere decir?. Ella sola estaba disfrazada. ¿Qué está pasando? Diganme la verdad, ¿Está para internar en un neuropsiquiátrico, como yo creo? Es difícil de aceptar.  A veces tengo nostalgia de cuando ella era joven y hermosa y nosotros éramos chiquitos.
Alcancé a decirle: guarda querida con la nostalgia . Es peligrosa.

miércoles, 4 de junio de 2014

Cristina Pailos


EL GOTICO PORTEÑO


Aquel jueves fui al Banco y deposité dinero por caja. Iba a viajar en dos días y no me entusiasmaba dejar en mi casa dinero en efectivo ni llevarlo puesto. Pero no calculé bien y ahora me quedaba demasiado poco dinero en efectivo. Me detuve en el cajero automático antes de salir y saqué  lo que me pareció suficiente. De pronto advertí que me faltaba la tarjeta. La mañana venía mal.
           Cuando una tarjeta queda enganchada, la máquina la retiene pero esta vez no hubo caso, la tarjeta no apareció. En el Banco se preocuparon. Bloquearon mi cuenta porque podía haberla sustraído el cliente que me seguía en la fila. Ese día ya no se podía hacer más nada por una cuestión de horario. De no tener que viajar, no hubiera sido problema porque en diez días tendría otra tarjeta, pero les expliqué que todo tendría que estar arreglado el día siguiente .
          Me redactaron una nota para el Tesorero o el Gerente de cualquier sucursal en Buenos Aires del mismo Banco y ahora todo dependía de la actitud de dichos funcionarios. Viajé el sábado temprano y pasé un fin de semana con gran incertidumbre. El lunes en la mañana todo se resolvió en quince minutos en una sucursal del barrio de Congreso.
          Era la primera vez que me hospedaba en ese hotel. Lo elegí por Internet porque a una cuadra de Corrientes y Callao  tenía cerca todos los lugares que me interesaban para esos pocos días: los teatros, centros culturales, librerías, casas de música y El Gato Negro, mi lugar preferido para encontrarme con viejos amigos. Llamé a todos y en pocas horas estaba feliz tomando café con semillas de cardamomo que perfuman la boca y una atmósfera aromatizada con especias del mundo.
          No me imaginaba que pronto comenzaría la peripecia y que no me reiría más, o por lo menos por un largo tiempo de los supersticiosos, cabalísticos , creyentes en el mal de ojo, o en el ensañamiento del Maligno. Ellos hubieran advertido que el incidente de la tarjeta en el Banco ya era una señal que yo no estaba capacitada para percibir.
          No pude ver ninguna de las obras de teatro que había seleccionado : o las entradas estaban agotadas o las compañías no trabajaban en los días de mi estadía. Abundaban los espectáculos de stand-up y la publicidad de los mismos cubrían ambas paredes a la entrada del Paseo de la Plaza. Más de lo mismo. Cuando hay tanta repetición , la creatividad no existe. No dudo de que alguno podrá ser bueno, pero por lo general se trata de alguien que se sube al escenario como quien sube una foto en facebook y repite las mismas idioteces que nos tienen acostumbrados los animadores de la Televisión. El tema es exhibirse. Es una producción barata: no hay escenografía, chicos que están estudiando o son simples “facilistas”, ni idea de arte. En la calle había  muchos chicos y chicas que repartían publicidad para tales espectáculos. Una de esas jóvenes, rubiecita con cara de ingenua o de ignorante (a veces resulta difícil captar la diferencia), no sé por qué me confundió con turista extranjera y me dijo: -: kam and jav de gud están ap. Me quedé mirándola un instante, callada y con pena , entonces ella , en su desenvoltura de aspirante a actriz, creyó comprenderme: La obra es en español, también, no sé si entiende. Hablamos español también. Largué la carcajada y la contagié. Las dos nos pusimos a reír a carcajadas  y agregué: En ningún momento pensé que hablarías otro idioma además del porteño.
-Yo sabía que ésto me podía llegar a pasar- le comentó al muchachito que cumplía la misma  función que ella a sólo unos pocos pasos. En un rato dejarían la publicidad y actuarían en el estan ap.
          La Feria del Libro no me atrajo mucho. Hace años que me viene defraudando, salvo alguna charla o actividad importante. Esta vez, le dediqué más tiempo  a las provincias argentinas. Leí tantos retazos de historia que no conozco, escuché poesía tan buena como desconocida  y me detuve un buen rato frente a un maestro santiagueño que enseñaba al público el acompañamiento del bombo para chacarera: pa-pá y ma-má, pa-pá y ma-má y su didáctica tan clara y tierna tuvo una respuesta inmediata : cuando los dejé ya tocaban muy bien niños, jóvenes y ancianos. . El público no era mucho pero de sus rasgos y del recogimiento afloraba una identidad de siglos. ¡Que flojo es nuestro federalismo! Es demasiado lo que desconocemos.
          Tenía el antojo de escuchar a Coetzee pero una amiga me desanimó: esta Feria sigue mal organizada como siempre, te vas a tragar una cola kilométrica , te hacés bolsa la columna y después sale en la Revista Ñ o en algún artículo de Silvina Friera en Página Doce. Mejor , lo escuchamos mañana en la librería Eterna Cadencia. Me pareció raro que todo el público que arrastra  semejante personaje pudiera entrar en ese bolichito, pero no dije nada. Efectivamente, era para invitados especiales. No pudimos entrar. Conclusión: no lo escuché ni en la Feria ni en este boliche de  cultos snobs , fashion, o como más me gusta llamarlos: los tilingos de siempre, amantes de puertas angostas . Ese día terminé furiosa.
          El MALBA era una visita que no podía  fallar. Allí se presentaría el libro Dora Maar , prisionera de la mirada , una fotógrafa argentina que fue amante de Picaso y terminó loca. La autora es mi amiga Alicia Dujovne Ortiz.  Ella vive en Francia y esta biografía salió en francés hace mucho pero ésta sería su primera edición en castellano. .Además, sabía que la investigación que realizó Alicia sobre varios personajes de esa vanguardia tan talentosa como trastornada le llevó bastante tiempo, lecturas y viajes para localizar documentos o personas. Eduardo Cosarinsky y Alicia dialogaron sobre la obra y fue una presentación muy buena. Tengo la impresión de que el público quedó atrapado para leerlo.  Fui al lobby a comprar el libro para que Alicia me lo firmara.  Reultó caro , como todo lo que se  compra en el Malba y una mujer bastante mayor y muy elegante me pidió que se lo prestara para ver las fotos. “El libro no tiene fotos” le dije.” La única foto es la de la tapa y es la misma que fue fondo de escenario durante la presentación”. Los gestos de la mujer se volvieron agresivos y tironeaba el libro para su lado y yo con fuerza lo retenía y tironeaba también para el mío. En un momento, azorada, miré a mi amiga Juanita y le dije: “Esta vieja me lo quiere robar”. “Sí” dijo mi amiga “voy a llamar a la guardia o a la policía”.  Ahí aflojó.
Nos quedamos un momento pensativas o reiterando alguno de nuestros comentarios sobre la decadencia y salimos. Ya estaba oscuro y la silueta de la mujer alejándose de prisa  se perdió entre las ramas desnudas y troncos retorcidos de las arboledas otoñales veladas por la niebla. Esa noche cené con  amigos en un lugar muy lindo y vimos una exposición fotográfica .La charla fue animada con muchos chismes que no se pueden comunicar por mail. El día siguiente lo dediqué a hacer compras, caminar por rincones de Buenos Aires donde se amontonan muchos de mis recuerdos. De regreso, me acordé de la tradicional Pizzería La Americana, a una cuadra del Congreso.
 Iba por Callao en esa dirección y al pasar por uno de los contenedores de basura,  altos y de color verde oscuro, vi que a su alrededor estaban sentados en el suelo, o contra la persiana de un negocio cerrado, unos cuantos jóvenes de la calle de aspecto poco amigable o al menos, nada expresivos. Justo al pasar frente al contenedor, sale de atrás del mismo, un hombre joven con un ojo y parte de la cara tapada por un parche negro, además de un tajo que abarcaba la mitad de la otra mejilla. Me impresioné. No sé, pero reculé asustada. Él se cruzó frente a mí y se sentó con los otros contra la persiana del  negocio cerrado. Desde allí , en voz bien alta y feísima expresión de odio me señaló: -“Usted me ofendió. Si, me ofendió. Me discriminó. Vaya tranquila que hoy no tengo ganas ni de robarle ni matarla pero cuídese . ¿Me oye? Cuídese”
          Entré en la pizzería reprimiendo todo el miedo que llevaba para no parecer una fugitiva perseguida por la policía o por chorros rivales y que algún comensal se le ocurriera lincharme. Me senté en una mesa del fondo desde la cual podía ver la puerta y toda la vidriera. Las empanadas estaba ricas  pero en ningún momento dejé de pensar: ¿Y ahora como salgo? Al fin me largué por Rodriguez Peña. No volví por Callao.
          No dejé de  dar una vuelta por lo que fue mi barrio durante casi cuarenta años: la zona del Hospital Alemán. Siempre que voy por allí siento que todavía el lugar me pertenece y me dan ganas de quedarme aunque fuera en la cucha de un perro, pero esta vez, fue un poco distinto. Algunos negocios de antes se mantienen : Quebec, la panadería y confitería frente al Hospital y más adelante, Karen , donde de vez en cuando iba a comprar la Sachentorte, la famosa torta austríaca. También se mantienen por la Avendia Salta Fe algunos rasgos característicos : El Ateneo, la Farola, Babieca y la funeraria Lazaro Costa. Las casas de moda están invadidas por chatarra repetida para chicas plásticas que  no entiendo. Visité al portero de mi ex edificio y me pareció que ese sí  debe tener algún pacto con el Maligno porque lo encontré más joven que antes. Me dieron ganas de pedirle  el dato, porque yo quería también hacer algún pacto con ese personaje que tanto me estaba cargoseando.
           Al mediodía almorzé con un amigo en Babieca de Santa Fe y Riobamba y por no meterme en el hotel, fui a tomar un café en un Bonafide , a unos pasos del Palacio del Congreso. De pronto apareció entre las mesas , uno de los negros africanos, creo que la mayoría son de Senegal, y que venden chucherías .Ofrecía carteras y cinturones. Se acercó a mi mesa y le dije: -no gracias; fue a la mesa de al lado y el hombre que estaba allí dijo lo mismo- no gracias-  Empezó a gritarnos –puteadas o maldiciones en su idioma-  con un odio y agresividad en la mirada que me volví a asustar de tal forma que dije en voz alta la estupidez más increíble - pero éste también, ¿que tienen conmigo, que les pasa en esta ciudad que todos me insultan? Me quiero ir- Entre tanto, había llegado el mozo y comentó que por lo general, esos muchachos senegaleses son buenísimos, no roban, no matan, no quieren tener problemas con nadie pero éste es una maldición, vive echándolo pero vuelve. Le dijeron que es muy malo y además está loco. Por supuesto que el mozo se dirigía más al señor de la mesa de al lado que a mí, porque después de haber oído mis palabras, habrá pensado : el africano no está bien de la cabeza pero ésta no parece estar mucho mejor. Decidí regresar por Callao pero por supuesto sin cruzar la calle porque no me olvidaba del tuerto con parche y cara cortada que andaba por la otra cuadra pero por la vereda de enfrente. Seguí tranquila: con un ojo solo, con tanto tráfico y gente caminando , más alcohol y quizás paco, no me iba a ver. Hice media cuadra cuando veo que junto a un contenedor se asomaba el parche negro, -por suerte estaba ocupado con algo , mirando el suelo-pasé rápido, me metí entre un grupo de mujeres que iban en patota y me apuré : él también había cambiado de vereda.
 Por momentos me parecía increíble . Este viaje parecía un disparate de ficción. 
El último día fue húmedo y con una amiga decidimos ir a ver Betibú en un cine de Palermo. A la salida llovía bastante. Tomé un micro que me dejó en Uruguay y Corrientes. Cuando llegamos a la parada, y yo ya estaba bajando los escaloncitos, no podía acceder a la vereda. Había mucha gente alterada que pedía ayuda: policía, bomberos, SAME porque allí se había tirado una mujer desde el cuarto piso de un edificio y estaba tirada en la vereda. “Pensé : basta , Maligno , hijo de puta, ahora me tirás cadáveres en la cabeza” pero  por suerte, no lo dije en voz alta. Sólo pregunté : ¿y donde está la señora?
Allí, dijo uno señalando a la izquierda, y enfilé para la derecha sin mirar. Doblé en la esquina de Corrientes  y al llegar a la entrada del Patio de la Plaza había otra muchedumbre mirando para arriba y varios camiones policiales. Entre la multitud estaba la rubiecita con la publicidad del stand up, me reconoció, nos dimos un beso, me presentó a su amigo: “Esta es la señora de la cual te hablé” Nadie sabía decir que pasaba ni por qué miraban para arriba. Miré a uno de los camiones policiales y observé que decía Tanatorio y le dije a la rubiecita: “Si dice Tanatorio es porque debe de haber algún cadáver y la rubiecita empieza a gritar: “Chicos, chicos, dice la señora, mi amiga, que hay un cadáver”. Me fui, porque lo único que me faltaba era que me llevaran a la comisaría a declarar.  
          No podía ser. ¿No sería que el Maligno fabricó esta historia y en realidad el viaje nunca existió? Y de pronto me acordé: Cuanta razón tenía Carson McCullers al presentar lo aberrante y lo ridículo como sublime imagen de la decadencia. Se produjo la epifanía. En la habitación del hotel descubrí que con ayuda o no del Maligno este viaje era original y único como nunca hubiera imaginado. No hay Agencias de turismo que vendan el paquete  Buenos Aires gótica. Había que disfrutar lo siniestro. . “La Balada del Café Tristre” y tantas imágenes del gótico sureño estadounidense me aparecían ahora desteñidas y distantes Se me ocurrió seguir metida en esa decadencia hasta el fondo, hasta el momento de partir.  Era mi mini vacación gótica. Empecé a reírme ante una originalidad no buscada.
          A  partir de la una de la mañana, quizás, y especialmente entre las dos y las cuatro, llegan a  la  Avenida Callao, y supongo que también a otras calles, los personajes de la noche . Apagué todas las luces de la habitación y me quedé en la ventana. Me convertí al voyerismo más fanático. Los cartoneros apuraban su trabajo para irse pronto. No soportaban  la cercanía de los habitantes del averno  que el Maligno arrojaba en la zona  todas las noches. Un camión los esperaba y allí arrojaban sus cajas, cartones y residuos clasificados. Mientras tanto veía parejitas que mientras se abrazaban tranquilos , otros, tres o cuatro jóvenes detrás de ellos, apuraban el paso: volaba la cartera,  plata suelta , los celulares. La parejita quedaba gritando y ellos ya habían desaparecido.
           Cerca había un boliche, así que ya fin de semana, se veía bajar de taxis chicas casi desnudas y cargadas con  bebidas alcohólicas. Una pareja hacía el amor, parados en la esquina. Tenían como público un grupo de muchachos tirados en la vereda fumando y tomando mientras los contemplaban. El muchacho, protagonista de la escena de amor, miraba por el hombro de la pobre ninfa, para  ver si su público estaba satisfecho con el espectáculo.

          Siempre me subyugó el gótico sureño en la literatura de los Estados Unidos pero ahora descubro que todas las decadencias  tienen su gótico. Horizontes velados por niebla muy densa, soledades profundas e incertidumbres conforman un cementerio de  ridículos o trágicos hartos de vivir en un lugar y  desconocen la salida.
                                     Cristina Pailos
                                  

martes, 26 de noviembre de 2013

Cristina Pailos



La Barca de Caronte

Abandonamos la vida social. Nuestros amigos se extrañaban y al principio se sucedían los llamados telefónicos todos los días, después se fueron espaciando y con el tiempo, sólo unos pocos siguieron llamando de vez en cuando. Con  discreción, les decía que Cesar estaba muy agotado y parecía que la recuperación le llevaría un tiempo. Necesitaba reposo.
                Lo cierto era que mi intención era evitar las miradas de asombro de los demás. Él no parecía consciente de su transformación. Las secuelas de la enfermedad o de la operación, no estoy muy segura,  habían sido devastadoras. Su apariencia era normal. Seguía elegante y cordial pero en cuanto  intentaba construir una frase, o llamar a alguien por su nombre o nombrar cosas o situaciones, el daño no se podía ocultar. Entendía el uso de los objetos y quienes eran  las personas pero se confundía al nombrarlas.
El médico me habló bastante y quizás por mi nerviosismo o  porque las explicaciones me resultaron difíciles, no entendí nada.  Consulté con otro especialista y creo que me dijo más o menos lo mismo. Ambos coincidieron en que había que esperar días o meses para que fuera saliendo de la confusión verbal.  Mi  desconcierto crecía día a día.  El tiempo seguía corriendo aunque se lo sintiera pesado e inmóvil, sin cambios. Llegamos al año.  ¿Por qué me engañan? ¿Por qué me dicen que se curará si  está siempre igual? Era una pesadilla insoportable.
Lo miraba, lo escuchaba y lo confrontaba con su imagen anterior. Abogado de profesión y dedicado desde el colegio secundario a la actividad política, la oratoria era su fuerte y aquellas alocuciones precisas y convincentes fueron los principales recursos que le permitieron llegar a ser intendente, después legislador provincial y por último, nacional. Se destacó también en la cátedra universitaria. Ahora, la conciencia del lenguaje lo había abandonado, y las palabras parecían querer imponerse con una libertad absoluta,  quizás resentidas por haber abusado de ellas y hasta en más de una ocasión, vaciado de contenido.
 A la cama la llamaba mesada, a la mesita de luz, inodoro y a nuestra habitación comité central; los otros dormitorios eran las regionales, por enumerar algunos ejemplos.
 No me podía descuidar. Una mañana, al llegar de hacer las compras, escuché que le decía al pintor: -empiece por pintar las regionales que dan al potrero (el jardín)-. El muchacho miraba para todos lados hasta que me vio y me demostró su alivio con un saludo exagerado de bienvenida. Con disimulo lo llevé hacia las habitaciones que César  le había indicado y sin ahondar en detalles, le dije que para todo se dirigiera a mí.
Yo ya no soy petisa, negra, diosa . Soy la cumpa o la bataclana. No sé de que depende el cambio de apelativo.
Al despertador lo llamaba recreo : .-por favor bataclana-pará el recreo que está sobre tu inodoro. Dejá que me quede un rato más en la mesada. Mañana no lo quiero escuchar.
La mesa empezó a llamarse cama. Hace unas semanas le dijo a la mucama: -por favor, pongase ya a preparar la cama. Mi bataclana y yo queremos zambullirnos en la cama porque tenemos un hambre que usted no se imagina. La chica conocía muy bien la situación pero se le escapó la risotada.
Después que se levanta de la mesada, va al retrete , abre las manivelas y se da un enjuague . Como imaginan ,eso significa que se levantó , fue al baño y se dio una ducha. Luego salió al atrio (porch) o al potrero ( jardín) para leer el mangrullo ( diario). Aunque a veces lo leía en el Ayuntamiento, palabra que antes nunca usó salvo, cuando se refería a alguna noticia de España, pero que ahora designaba al Bar de la esquina. De pronto me decía: -Andá al chusmiadero  (ventana) y fijate si paró de joder/llover) porque tengo ganas de salir.
Una noche llamó mi amiga Elsa para invitarnos a tomar un café en su casa y él le contestó: -gracias, vos siempre tan melosa (quiso decir amable), pero mejor lo dejamos para otro evento (oportunidad) . Según el pronóstico se viene una  feroz tos convulsa (tormenta). Después llamé a Elsa para disculparlo. Ella no lo podía creer.  Había quedado muy angustiada pero admitió que en primer momento lo de melosa le había caído pésimo.
Un fin de semana nos visitó Pedro Inocenti, un amigo de César de toda la vida, a quien yo algo le había advertido sobre la sorpresa que encontraría. Quedó  azorado y por momentos no podía disimular su incomodidad . Ya cuando se había puesto de pie para irse, preguntó: - ¿Hace mucho que no van al cine?  Cesar con toda naturalidad le contestó: - Sí, hace bastante que no vamos al bolígrafo.
Y ese es otro ejemplo de rareza. Entendía qué quiere decir cine  pero él tenía que llamarlo  bolígrafo, ni siquiera la antigua palabra biógrafo  que con seguridad usó hace mucho tiempo su abuelo .
A los taxis les decía barcas y a los taxistas Carontes. La mitología siempre fue su debilidad y por lo visto la siguió recordando muy bien, pero la elección de esas espectrales imágenes bien podía ser una sombra de terror, según mi análisis precario.
La nómina de palabras y expresiones es tan extensa  que opté por escribir un glosario, aunque como ocurre en todas las casas bilingües me daba igual decir tormenta o tos convulsa.
Mi furia contra las mentiras de los médicos me causaba miedo de mi misma. ¿Para qué mentir? ¿Qué es todo esto? Hasta fantaseaba a veces que César podría haber planeado esta puesta en escena con la complicidad de los médicos para volverme loca…y si fuera así, un día los mato a todos. La idea me asustó. Repasaba toda la historia para ver si encontraba algún indicio de farsa y de tanto en tanto se me aparecían entrecruzamientos de miradas entre César y el médico que podían interpretarse como sospechosas. Descartaba inmediatamente la idea. No. Algo en mí ya no andaba bien.
Pero una mañana:  la gran sorpresa. Desayunó en silencio y al terminar ,  me dijo: : -Voy a salir un rato -y le pregunté: -¿Vas a ir a leer el Mangrullo en el Ayuntamiento? Mirá que está por joder y se viene una tos convulsa brava, según el pronóstico.
Se dio media vuelta como espantado y con fastidio me dijo: ¿Estás bien? ¿Qué te ocurre? Hay que llamar un médico urgente. ¿Te diste algún golpe en la cabeza? No tiene sentido nada de lo que decís. ¿No me estarás cargando? Espero que no te hayas vuelto loca porque me partís por el medio, me arruinás la vida. Ni se te ocurra. Se curó abruptamente y sin preaviso.
Yo quedé con la mente en blanco. No sabía que hacer pero me sentí en peligro. Siempre recordé esas palabras de Edgar Allan Poe que cuando los locos parecen curados es cuando están peor y le pedí que llamara al médico que lo había atendido a él durante todo este tiempo. Que no viniera uno cualquiera de emergencia . Tenía que ser el médico que conocía la situación que habíamos vivido.

Aceptó. Cuando llegó el médico y habló unas palabras con él, obviamente lo encontró normal. Se acercó a mí y muy sonriente me dijo: -¿Vio que en poco tiempo se le iba a pasar la confusión lingüística? Me puse nerviosa, no sé que sentí. Con enorme esfuerzo le contesté: - Discúlpeme. Está sonando el recreo sobre mi inodoro al lado de la mesada.
 Hace dos meses que me instalaron en este Neuropsiquiátrico. 


sábado, 19 de octubre de 2013

Cristina Pailos



LA SORPRENDIDA

Llegué a la Clínica de Palermo con quebraduras y excoriaciones múltiples. Varias veces había estado internada allí con el mismo diagnóstico pero nunca antes sentí tanto temor como esta vez. Quizás influyó sobre mi estado de ánimo el hacinamiento de tantos heridos en la oscuridad del furgón durante un viaje que parecía interminable. Nos detuvimos muchas veces para retirar más y más pacientes de distintos domicilios. .  Las quejas y lamentos creaban una invisible atmósfera infernal. 
Al llegar nos depositaron en un lugar muy amplio con bolsas de materiales como de  construcción y herramientas de trabajo. Nos dejaron y se fueron. No sé cuanto tiempo estuvimos en esas condiciones porque nunca sé si pasan meses, años o siglos. Casi todos allí venimos de la calle y el encierro nos cubre de una pátina gris y amarga.
 Allí  esperábamos  nuestro turno mientras seguían llegando nuevos accidentados.  Escuché que un médico le decía a otro que reciben veinticinco o treinta accidentados por mes. A algunos les dieron el alta y al poco tiempo regresaron otra vez víctimas de ataques, como siempre. Son tan frecuentes los regresos a la Clínica que la mayoría se conoce y hasta se tratan como amigos, aunque provengan de distintos barrios de la ciudad.  Durante la internación  siempre comentamos situaciones personales, recuerdos, sueños o las rarezas que escuchamos en los parques o en las plazas. Somos los testigos de la calle que casi nadie advierte, salvo algún estudiante de arte o un japonés con cámara fotográfica.
Nos enteramos de secretos y conspiraciones que se traman en los bancos cercanos, nos hacen cómplices de pequeños robos que depositan en algún pliegue del manto de las damas o en la cabalgadura de los caballeros,  o se apoyan en nosotros para expresarse, a veces, amores tan violentos o cínicos que preanuncian una tragedia cercana.
Los médicos y enfermeros aquí tienen otro nombre que no recuerdo. Les tiene que gustar mucho la profesión porque se dedican con suma atención y paciencia a cada uno de nosotros, pero  son pocos  para tantos heridos y para las dificultades que presentan algunas cirugías reparadoras. Cuando llegó el turno a nuestro sector, a algunos los atendieron en el jardín porque el clima lo permitía.  Los envidiábamos  bastante mientras seguíamos esperando nuestro turno.
No entiendo por qué la violencia se empecina con nosotros aunque reconozco que no todos los pacientes me caen bien. Me contaron horrores que algunos han cometido en su otra vida y por eso, tienen sus detractores memoriosos que los atacan. Viejas cuentas pendientes con la historia, con los pueblos que algunos quieren cobrarse. Así dicen,  pero yo sigo siempre sorprendida: he visto a muchos que atacaban por atacar y entre risas y burlas parecían gozar  al medirse con una piedra.


Diana es una de las pacientes que traen a la Clínica con más  frecuencia. De líneas perfectas, su belleza es tan grande como su maldad, o para usar un lenguaje más actualizado, su neurosis, porque ahora ya no hay malos, sino psíquicamente perturbados.
 La historia de su  vida, según escuché a un profesor que estuvo aquí con sus alumnos, no me pareció fácil de entender. Por un lado, parece que se dedicó a cazar y a andar por los bosques, pero también tiene fama de vengativa y no soporta que la miren lascivamente, como ella dice, porque siempre odió a los hombres y decidió ser virgen. Aún hoy los exponentes del sexo opuesto  la esquivan por temor a su furia.  Según escuché, en su otra vida legendaria, al advertir un día que un joven la observaba extasiado mientras se bañaba desnuda, lo convirtió en ciervo.  Mucho no creo en tantas versiones que se escuchan acá. Pobre Diana, también parece ser blanco de múltiples historias inventadas. Me parece que ella ama  al ciervo que siempre la acompaña  y no como dicen algunos profesores que nos visitan con sus alumnos, que en realidad ese es el hombre al que ella convirtió.
A pesar de ser huraña e intratable, se interesa bastante por los chismes que escucha  por donde ella vive.
 -“Yo estoy aquí muy seguido- comentó Diana- En estos últimos tiempos, primero me rompieron las manos. Me recuperaron pero apenas estuve en mi lugar, vinieron los paseadores de perros y, como siempre, ataron sus manadas en los cuernos de mi  ciervo   mientras ellos descansaban; pronto, llegaron los padres de salida dominical forzada  y otra vez  empezaron  a ubicar a sus hijos sobre el ciervo para sacarles fotos mientras les decían arrre, arre caballito, ico, ico . Me descompone acordarme de esos aprendices de brutos con mofletes enrojecidos y chillidos taladrantes que tironeaban y tironeaban del cuerno. Los que hacen gimnasia, por su parte, están convencidos de que me acompaña el animal ideal para estiramientos con sólo atar el extremo de una soga al cuerno . Yo ya lo presentía: el ciervo tuvo que venir a la Clínica, otra vez, con el cuerno roto. Me daba pena verlo. Hace siglos que estamos juntos y esos ataques me afectan. Para completar la burla, me cubrieron de grafiti y me pintarrajearon, además de romperme un pie, como puede ver”.
Aquí la interrumpí para preguntarle cual era su domicilio aunque lo cierto es que lo mismo ocurre en todos los barrios.
 -“Usted pensará que por mi categoría estaré en un parque famoso, pues no, vivo en la plaza Agustín P. Justo que casi nadie ubica por su nombre. Está frente al edificio que le llaman Aduana, rodeada por las avenidas Paseo Colón, Belgrano y las calles Azopardo y  Moreno. Es un lindo lugar, pero esa Aduana…no sé, pero no me va. No sé que quiere decir ni para qué sirve.
 -¿Y usted quien es? Agregó Diana mientras me miraba de arriba abajo
_Yo soy La Sorprendida y mi lugar es Av. Sarmiento y Av. Casares. Mire como me estropearon la cara. Debería llamarme La Agredida, o “Violencia de género” como aprendí que se dice ahora por una manifestación que se realizó hace un tiempo cerca de mi lugar.
-¡Que buen nombre La Sorprendida! continuó La Cazadora de chismes – ¡Y que bien pega con su cara!! Además me encanta la gente que todavía se sorprende, aunque cuando se pasa de boca abierta, admito que me molesta porque ante cualquier injusticia se lavan las manos con la excusa de que no se dieron cuenta. . Le voy a comentar algo que le va a interesar.
  Usted sabe que el vandalismo  adopta miles de formas. ¿No sé si se acuerda de ese tiempo sobre el cual muchos hablan con tristeza : el  2001? ¡cómo despellejaron a las colegas de bronce!. Aunque parece que no sólo lo sufrieron nuestras hermanas bronceadas  porque los de carne y hueso también quedaron entonces metafóricamente despellejados, por lo que escuché.
Pero hay otra forma de desconsideración con nosotros: los traslados.  Hay estatuas que  han cambiado de lugar cientos de veces. Es una especie de desalojo. Nos quitan la identificación mutua que tenemos con los vecinos del barrio
Ahora hay planes de realizar el traslado más importante de la historia.  Dicen que a un famoso almirante que no tengo el gusto de conocer , llamado Cristóbal Colón, lo van a sacar de donde está, detrás de la Casa de Gobierno, para llevarlo a otra ciudad que se llama algo así como Mar de la Plata, a unos cuantos quilómetros de aquí. Es un monumento enorme y pesado así que parece que lo han rodeado de un corsé ortopédico tipo andamio y le están haciendo  las curaciones in situ– como comentan nuestros cirujanos plásticos. 
No lo van a traer a esta Clínica, claro.   Yo no conozco la historia de este país ni de ningún otro porque soy mitológica clásica, pero según me cuentan, en su vida de carne y hueso, este Almirante siempre fue medio distraído. Creyó que había llegado a un lugar y llegó a otro y no se dio cuenta que había descubierto un continente.  Ahora se siente más  confundido que nunca  porque no tiene la menor idea de que harán con él. Los preparativos a su alrededor lo tienen muy alterado, al borde de la demencia.
No era fácil interrumpir a Diana pero de manera abrupta aparecieron los camilleros y  la llevaron al quirófano.
No me sentí sola porque en ese mismo momento intervino un viejo vecino de Constitución: “El Cazador de águilas” que volvió a la Clínica otra vez, luego de una larga internación cuándo  casi lo destrozaron . Ahora está muy afectado psíquicamente porque le robaron los pichoncitos de águila, y creo que el nido también. Estaba claro que había escuchado nuestra conversación porque prosiguió:- No está claro  si Colón va a ser trasladado porque hay gente que lo quiere acá y en Mar del Plata hay gente que no lo quiere allá-. Los marplatenses no quieren que todo el país se ría de ellos por haberle encargado un hermanito al Colón que ya tienen.
Diana estuvo bastante tiempo en el lugar donde la curaron y repararon sus amputaciones.  Cuando regresó la tuvieron unos días en reposo y en cuanto se sintió mejor, volvió a interesarse por los chismes, ahora con más avidez porque sabía que pronto estaría nuevamente en su lugar frente a la Aduana y no quería perder el tiempo que le quedaba con nosotros.
Entre otras cosas, me preguntó por Cristóbal Colón, que según escuchó en el quirófano, fue una donación de la colectividad italiana .  
Le dije lo poco que había escuchado a unos médicos que habían estado inventando un nuevo nido con pichones de águila para ese pobre cazador  siempre maltrecho. Según lo que contaban,  quienes imparten las órdenes en el mundo de los de carne y hueso no parecen tener mayor sensibilidad con nosotros que quienes nos atacan a golpes.   Colón sigue en la misma plazoleta de la Rábida, ya no con el corsé ortopédico gigante porque lo desmontaron. Lo colocaron sobre tarimas de madera, creo que en posición horizontal. Y luego de tantas vueltas, parece que una especie de asamblea de representantes que no siempre se ponen de acuerdo , esta vez coincidieron en que Colón es un monumento cultural de la ciudad y en consecuencia no pueden transportarlo a ningún otro lado.
Yo le comenté a Diana que la estatua que querían ubicar en el lugar de Colón bien vale que se la enaltezca y se la admire en una buena obra de arte. Juana Azurduy fue una valiente y sacrificada luchadora por la Independencia. Una mujer patriota. Los médicos que comentaron este tema me parece que les caía mejor esta dama que el Almirante que llegó acá por equivocación y esa llegada  dio lugar a situaciones desagradables que no terminaban nunca de contar. Ellos decían que ella merecía un lugar preponderante pero  la forma en que plantearon el tema con un desalojo forzado,  enormes gastos de traslado y largas discusiones de bajo nivel condujeron a la banalización de la idea. 
Después de hablar con Diana me quedé pensando en todas las dificultades que tienen que vencer para buscarnos un domicilio adecuado, además del trabajo descomunal del artista que nos da forma para después estar a cada rato en la Clínica porque viven matándonos a golpes.   
Nosotros tendremos cara de piedra pero qué brutales o ridículos me parecen a veces los humanos.  Creo que seguiré eternamente Sorprendida.


Nota: Datos obtenidos de nota en La Nación, sábado 03 de noviembre de 2012: “El “hospital” donde se recuperan las estatuas” firmada por Cynthia Palacios

Llegué a la Clínica de Palermo con quebraduras y excoriaciones múltiples. Varias veces había estado internada allí con el mismo diagnóstico pero nunca antes sentí tanto temor como esta vez. Quizás influyó sobre mi estado de ánimo el hacinamiento de tantos heridos en la oscuridad del furgón durante un viaje que parecía interminable. Nos detuvimos muchas veces para retirar más y más pacientes de distintos domicilios. .  Las quejas y lamentos creaban una invisible atmósfera infernal. 
Al llegar nos depositaron en un lugar muy amplio con bolsas de materiales como de  construcción y herramientas de trabajo. Nos dejaron y se fueron. No sé cuanto tiempo estuvimos en esas condiciones porque nunca sé si pasan meses, años o siglos. Casi todos allí venimos de la calle y el encierro nos cubre de una pátina gris y amarga.
 Allí  esperábamos  nuestro turno mientras seguían llegando nuevos accidentados.  Escuché que un médico le decía a otro que reciben veinticinco o treinta accidentados por mes. A algunos les dieron el alta y al poco tiempo regresaron otra vez víctimas de ataques, como siempre. Son tan frecuentes los regresos a la Clínica que la mayoría se conoce y hasta se tratan como amigos, aunque provengan de distintos barrios de la ciudad.  Durante la internación  siempre comentamos situaciones personales, recuerdos, sueños o las rarezas que escuchamos en los parques o en las plazas. Somos los testigos de la calle que casi nadie advierte, salvo algún estudiante de arte o un japonés con cámara fotográfica.
Nos enteramos de secretos y conspiraciones que se traman en los bancos cercanos, nos hacen cómplices de pequeños robos que depositan en algún pliegue del manto de las damas o en la cabalgadura de los caballeros,  o se apoyan en nosotros para expresarse, a veces, amores tan violentos o cínicos que preanuncian una tragedia cercana.
Los médicos y enfermeros aquí tienen otro nombre que no recuerdo. Les tiene que gustar mucho la profesión porque se dedican con suma atención y paciencia a cada uno de nosotros, pero  son pocos  para tantos heridos y para las dificultades que presentan algunas cirugías reparadoras. Cuando llegó el turno a nuestro sector, a algunos los atendieron en el jardín porque el clima lo permitía.  Los envidiábamos  bastante mientras seguíamos esperando nuestro turno.
No entiendo por qué la violencia se empecina con nosotros aunque reconozco que no todos los pacientes me caen bien. Me contaron horrores que algunos han cometido en su otra vida y por eso, tienen sus detractores memoriosos que los atacan. Viejas cuentas pendientes con la historia, con los pueblos que algunos quieren cobrarse. Así dicen,  pero yo sigo siempre sorprendida: he visto a muchos que atacaban por atacar y entre risas y burlas parecían gozar  al medirse con una piedra.


Diana es una de las pacientes que traen a la Clínica con más  frecuencia. De líneas perfectas, su belleza es tan grande como su maldad, o para usar un lenguaje más actualizado, su neurosis, porque ahora ya no hay malos, sino psíquicamente perturbados.
 La historia de su  vida, según escuché a un profesor que estuvo aquí con sus alumnos, no me pareció fácil de entender. Por un lado, parece que se dedicó a cazar y a andar por los bosques, pero también tiene fama de vengativa y no soporta que la miren lascivamente, como ella dice, porque siempre odió a los hombres y decidió ser virgen. Aún hoy los exponentes del sexo opuesto  la esquivan por temor a su furia.  Según escuché, en su otra vida legendaria, al advertir un día que un joven la observaba extasiado mientras se bañaba desnuda, lo convirtió en ciervo.  Mucho no creo en tantas versiones que se escuchan acá. Pobre Diana, también parece ser blanco de múltiples historias inventadas. Me parece que ella ama  al ciervo que siempre la acompaña  y no como dicen algunos profesores que nos visitan con sus alumnos, que en realidad ese es el hombre al que ella convirtió.
A pesar de ser huraña e intratable, se interesa bastante por los chismes que escucha  por donde ella vive.
 -“Yo estoy aquí muy seguido- comentó Diana- En estos últimos tiempos, primero me rompieron las manos. Me recuperaron pero apenas estuve en mi lugar, vinieron los paseadores de perros y, como siempre, ataron sus manadas en los cuernos de mi  ciervo   mientras ellos descansaban; pronto, llegaron los padres de salida dominical forzada  y otra vez  empezaron  a ubicar a sus hijos sobre el ciervo para sacarles fotos mientras les decían arrre, arre caballito, ico, ico . Me descompone acordarme de esos aprendices de brutos con mofletes enrojecidos y chillidos taladrantes que tironeaban y tironeaban del cuerno. Los que hacen gimnasia, por su parte, están convencidos de que me acompaña el animal ideal para estiramientos con sólo atar el extremo de una soga al cuerno . Yo ya lo presentía: el ciervo tuvo que venir a la Clínica, otra vez, con el cuerno roto. Me daba pena verlo. Hace siglos que estamos juntos y esos ataques me afectan. Para completar la burla, me cubrieron de grafiti y me pintarrajearon, además de romperme un pie, como puede ver”.
Aquí la interrumpí para preguntarle cual era su domicilio aunque lo cierto es que lo mismo ocurre en todos los barrios.
 -“Usted pensará que por mi categoría estaré en un parque famoso, pues no, vivo en la plaza Agustín P. Justo que casi nadie ubica por su nombre. Está frente al edificio que le llaman Aduana, rodeada por las avenidas Paseo Colón, Belgrano y las calles Azopardo y  Moreno. Es un lindo lugar, pero esa Aduana…no sé, pero no me va. No sé que quiere decir ni para qué sirve.
 -¿Y usted quien es? Agregó Diana mientras me miraba de arriba abajo
_Yo soy La Sorprendida y mi lugar es Av. Sarmiento y Av. Casares. Mire como me estropearon la cara. Debería llamarme La Agredida, o “Violencia de género” como aprendí que se dice ahora por una manifestación que se realizó hace un tiempo cerca de mi lugar.
-¡Que buen nombre La Sorprendida! continuó La Cazadora de chismes – ¡Y que bien pega con su cara!! Además me encanta la gente que todavía se sorprende, aunque cuando se pasa de boca abierta, admito que me molesta porque ante cualquier injusticia se lavan las manos con la excusa de que no se dieron cuenta. . Le voy a comentar algo que le va a interesar.
  Usted sabe que el vandalismo  adopta miles de formas. ¿No sé si se acuerda de ese tiempo sobre el cual muchos hablan con tristeza : el  2001? ¡cómo despellejaron a las colegas de bronce!. Aunque parece que no sólo lo sufrieron nuestras hermanas bronceadas  porque los de carne y hueso también quedaron entonces metafóricamente despellejados, por lo que escuché.
Pero hay otra forma de desconsideración con nosotros: los traslados.  Hay estatuas que  han cambiado de lugar cientos de veces. Es una especie de desalojo. Nos quitan la identificación mutua que tenemos con los vecinos del barrio
Ahora hay planes de realizar el traslado más importante de la historia.  Dicen que a un famoso almirante que no tengo el gusto de conocer , llamado Cristóbal Colón, lo van a sacar de donde está, detrás de la Casa de Gobierno, para llevarlo a otra ciudad que se llama algo así como Mar de la Plata, a unos cuantos quilómetros de aquí. Es un monumento enorme y pesado así que parece que lo han rodeado de un corsé ortopédico tipo andamio y le están haciendo  las curaciones in situ– como comentan nuestros cirujanos plásticos. 
No lo van a traer a esta Clínica, claro.   Yo no conozco la historia de este país ni de ningún otro porque soy mitológica clásica, pero según me cuentan, en su vida de carne y hueso, este Almirante siempre fue medio distraído. Creyó que había llegado a un lugar y llegó a otro y no se dio cuenta que había descubierto un continente.  Ahora se siente más  confundido que nunca  porque no tiene la menor idea de que harán con él. Los preparativos a su alrededor lo tienen muy alterado, al borde de la demencia.
No era fácil interrumpir a Diana pero de manera abrupta aparecieron los camilleros y  la llevaron al quirófano.
No me sentí sola porque en ese mismo momento intervino un viejo vecino de Constitución: “El Cazador de águilas” que volvió a la Clínica otra vez, luego de una larga internación cuándo  casi lo destrozaron . Ahora está muy afectado psíquicamente porque le robaron los pichoncitos de águila, y creo que el nido también. Estaba claro que había escuchado nuestra conversación porque prosiguió:- No está claro  si Colón va a ser trasladado porque hay gente que lo quiere acá y en Mar del Plata hay gente que no lo quiere allá-. Los marplatenses no quieren que todo el país se ría de ellos por haberle encargado un hermanito al Colón que ya tienen.
Diana estuvo bastante tiempo en el lugar donde la curaron y repararon sus amputaciones.  Cuando regresó la tuvieron unos días en reposo y en cuanto se sintió mejor, volvió a interesarse por los chismes, ahora con más avidez porque sabía que pronto estaría nuevamente en su lugar frente a la Aduana y no quería perder el tiempo que le quedaba con nosotros.
Entre otras cosas, me preguntó por Cristóbal Colón, que según escuchó en el quirófano, fue una donación de la colectividad italiana .  
Le dije lo poco que había escuchado a unos médicos que habían estado inventando un nuevo nido con pichones de águila para ese pobre cazador  siempre maltrecho. Según lo que contaban,  quienes imparten las órdenes en el mundo de los de carne y hueso no parecen tener mayor sensibilidad con nosotros que quienes nos atacan a golpes.   Colón sigue en la misma plazoleta de la Rábida, ya no con el corsé ortopédico gigante porque lo desmontaron. Lo colocaron sobre tarimas de madera, creo que en posición horizontal. Y luego de tantas vueltas, parece que una especie de asamblea de representantes que no siempre se ponen de acuerdo , esta vez coincidieron en que Colón es un monumento cultural de la ciudad y en consecuencia no pueden transportarlo a ningún otro lado.
Yo le comenté a Diana que la estatua que querían ubicar en el lugar de Colón bien vale que se la enaltezca y se la admire en una buena obra de arte. Juana Azurduy fue una valiente y sacrificada luchadora por la Independencia. Una mujer patriota. Los médicos que comentaron este tema me parece que les caía mejor esta dama que el Almirante que llegó acá por equivocación y esa llegada  dio lugar a situaciones desagradables que no terminaban nunca de contar. Ellos decían que ella merecía un lugar preponderante pero  la forma en que plantearon el tema con un desalojo forzado,  enormes gastos de traslado y largas discusiones de bajo nivel condujeron a la banalización de la idea. 
Después de hablar con Diana me quedé pensando en todas las dificultades que tienen que vencer para buscarnos un domicilio adecuado, además del trabajo descomunal del artista que nos da forma para después estar a cada rato en la Clínica porque viven matándonos a golpes.   
Nosotros tendremos cara de piedra pero qué brutales o ridículos me parecen a veces los humanos.  Creo que seguiré eternamente Sorprendida.



Nota: Datos obtenidos de nota en La Nación, sábado 03 de noviembre de 2012: “El “hospital” donde se recuperan las estatuas” firmada por Cynthia Palacios