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lunes, 6 de diciembre de 2010

ANDRÉS ALDAO (Cartas)

                                                                          
 


EN EL RECODO  (I)

Quiero escribirte sobre el tema de tu enfermedad: me resulta más accesible hacerlo de este modo. ¿Te preocupa...? En aquellos años de combates siempre pensaba que vos eras inmortal. Te veía extraer los Particulares livianos ¹, prender el cigarrillo sin demasiado ansiedad, y eso agregaba puntos a tu personalidad. Era como sentirme protegida, mimada por la suerte: sólo me bastaba tenerte cerca. O saber que ese día podría estar a tu lado, acariciar tus cabellos encanecidos, siempre largos, aspirar la colonia con reminiscencias de hebras de tabaco que destacaban el aroma fuerte y varonil de tu cuerpo.
Pasó tanto tiempo. Y siempre recuerdo tu fortaleza, el humor ácido con que apabullabas a los otros. Tal vez por vivir a la sombra de tu fuerza y poder yo me sentía más débil y algo sumisa. A veces pienso que era un disfraz, una manera tonta de gratificarme a tu lado. Y de todas maneras no nos perdimos, seguimos juntos cinchando en otro país, exiliados a nuestro pesar.
Fueron los años duros. Ahora los percibo fugaces, distantes e irrecuperables. Es como ocurre siempre. Vivís sumergido en el ritmo que te imponen los otros, parece que aprendés de todas las macanas y lecciones que te da eso que llaman vida… Y sin embargo te pasan de largo, no les prestás demasiada atención. Quedan sumergidas en algún recoveco de la memoria, aunque yo fui incapaz de resumirlas, de no volver a pecar. Hoy ya sé que es ridículo pensar que toda esta sabiduría que acumulamos la hubiésemos podido aprovechar entonces. La experiencia no se aparea con el momento en que la hacés. Hay una maldita asincronía que siempre excluye lo que te enseña la vida. Como una ley que determina que lo que aprendés, y tu existencia, son dos líneas paralelas que podrían encontrarse – quién sabe, tal vez –en el infinito. Y claro, para uno es tarde. El infinito es la edad en que todo lo que acumulaste te puede servir para darles consejos a los demás. Y a los otros, caro amigo, tu sabiduría les importa un rábano.  No creas que pretendo hacer un ajuste de cuentas con el ayer. Pasó bastante tiempo y al enterarnos de tu enfermedad diversos recuerdos retornaron a mí. Ya te lo dije: pensaba entonces que vos eras inmortal y ahora, al saber de tu enfermedad, pareciera que llegó el momento de cuestionar el axioma. Y cuestionarme un mito que quedó adherido a los recuerdos, la nostalgia, la memoria. Naturalmente, esa idea es un punto entre otros. Siempre vinculamos los recuerdos a personas, momentos, anécdotas. Además, una madura y cambia de perfil. Y te cuento cosas de las que no hablamos...
Me acuerdo, por ejemplo, del día en que murió tu padre. No te ví derramar una sola lágrima. Eran tus tiempos de poseso; siempre ido. Incluso llegué a creer que eras un personaje insensible, una especie de máquina sin corazón que vivía ajeno a las angustias del prójimo si es que no tenían relación con los temas que te alienaban. Hasta ese punto. Fue entonces cuando se me ocurrió que eras una especie de deidad. Aquéllos eran los tiempos en que te percibía, y me pareciste, inmortal. Sin embargo intuía que además del carisma tenías – tenés – la calidez de conmoverte por el dolor de la gente: y eras capaz de enternecerte pese a todo. Me sentí dichosa: eras, pues, de carne y hueso. Me acuerdo de una noche en el Pipo de la calle Montevideo.² Estábamos hablando con aquel compañero de tu sindicato, Emilio Jáuregui (me enteré después que lo habían matado ³). Estabas muy pálido; gotas que parecían lágrimas heladas resbalaban por tu frente. Te levantaste encaminándote hacia los baños. Luego de un rato regresaste. El flaco aquél ya no estaba. Y me confesaste que habías perdido el conocimiento. Que al abrir los ojos te encontraste tirado en el piso del mingitorio…
No cambié de opinión. Incluso se me ocurrió que otro tipo se habría muerto y en cambio vos, aunque algo pálido, regresaste, volviste a mí. Eso fue lo que deduje. Y para festejarlo, pediste otro medio de la casa. ¿Querías impresionarme? Lo lograste. Suena ridículo, ¿no? Lo ocurrido esa noche me confirmó de que eras un tipo inmortal.

Los dos sabemos, pues, que estás con un problema. Fijate qué cosa, ¿no? Me han vuelto esos recuerdos y recién ahora cobro conciencia, incorporo una cosa tan absurda y simple.
Te escribo estas líneas luego de algunas dudas. No es un cumplido: pero tu imagen tiene tanta fuerza que a pesar del tiempo transcurrido no puedo evadirme; aún conservo la impresión de que estás metido dentro mío. De algún modo percibo una sensación de lejanía, de tiempo pretérito, y al mismo tiempo quise escribirte, confidenciarme con vos, confesarte algo tan íntimo y arcaico.
En fin, no eras, no sos inmortal. De cualquier modo, querido y viejo amigo,  cuidate, porque la aventura de vivir es maravillosa… Aunque nosotros, y todos los que nos rodean, comprobaremos nuestra lacónica finitud al dar la vuelta en el recodo.                 
                                                   Tuya, Ana (2002)
                                                                                        
¹ Cigarrillos de tabaco negro muy populares en la Argentina.
² Restorán muy famoso de las décadas del sesenta y setenta sito en la calle Montevideo de Buenos Aires. Luego se abrieron nuevos locales en la zona céntrica. Todavía existe, aunque ya no es igual.
³ Se trata del periodista y hombre de izquierda Emilio Jáuregui, fusilado por un comando policial en las calles del barrio de Once.


EN EL RECODO (II)


Es la maldita naturaleza humana la que tiende las trampas y nosotros, querida amiga, no necesitábamos entonces de muchos estímulos para inmiscuirnos en aquéllo con todo. Estuve releyendo una de las cartas que me escribiste en 1974, cuando estábamos en Devoto. En esos remotos tiempos no nos dimos la oportunidad de vivir, como tantos otros, atrapados por la diabólica sensación de que estábamos en la gesta de cambiar al mundo de raíz y darle al hombre la tremenda posibilidad de concretar los sueños de un mundo justo, modificar su naturaleza unívoca y transformarse en un ser justo y solidario.
Mientras tanto, no supimos disfrutar en plenitud cada segundo de nuestra existencia, de amar lo que debíamos y no supimos hacer. Desaprovechamos irremisiblemente los años, los meses, las horas y minutos que estaban a nuestra disposición: consagramos nuestra vida a un objetivo, y la malgastamos. No lo sabíamos… Es una de las lecciones que aprendimos mucho después. Pero luego, asimismo, proseguí con las lamentaciones. Y el objetivo sigue pendiente. No deseo filosofar pero tu misiva me causó placer, dicha y amargura. Y debo confesar que también sorpresa.
En aquel remoto primer encuentro en tu departamento de la calle Yerbal ya habíamos decidido nuestro futuro: nos echamos una mirada y nos enamoramos. Sin saberlo aún. Iniciamos la travesía a través del puente tendido entre nuestros sentimientos y necesidades más profundas. Como una apuesta del destino en la cual nosotros dos deberíamos encontrarnos como alternativa única; sin posibilidad de faltar a la cita. Como dos líneas paralelas que convergieron en el mismo punto y en el mismo instante, mucho antes del infinito. Luego, todo se hizo fácil y cómodo. Y mientras vos me suponías inmortal, yo te llevaba prendida en mis sentimientos soñando tus ojos color verde, añorando tu sonrisa tan llena de ternura y tus carcajadas suaves y dichosas. Aunque no te lo hacía saber. Me hice a la idea de que carecía de tiempo mientras dejaba pasar la oportunidad,  fragmentado en ocupaciones alienantes.
Reaccionaste mucho antes que yo: hoy lo fantaseo como si hubieses volcado un balde de detritus sobre los espejismos, sobre la ilusión salpicada de sangre y lodo. Las utopías no te deslumbrarían y los cantos de sirenas no pudieron ya embelesarte. Embaucarte diría más bien. Y te fuiste marginando: truncaste el sueño antes de que el sueño nos truncara a los dos. Por eso afirmaba que vos no abandonaste la acción pero ya no creías. Y no te lo reprochaba: Sabía como vos que todo estaba terminado pero entendí que yo no podía alejarme, abandonar todo abruptamente. Lo que te escribo, en realidad, es una especie de confesión aunque en estas líneas deseaba descubrirte ciertos secretos como vos hiciste con los tuyos.
 Ahora quiero referirme a tu ocurrencia, ¡qué ocurrencia! Pensar en mi inmortalidad fue una típica expresión de tu candidez, de ternura, de la inocencia que te hacía creer en mis invenciones estrafalarias; descabelladas casi siempre. Nunca me lo hiciste saber. Pero no, querida amiga: te consta que no era, no soy inmortal...
 Y al pasar te acordaste de Emilio. Emilio Jáuregui. Me conmoviste. Ese era el nombre de aquel flaco que estuvo con nosotros en el Pipo. Sí, lo mataron en una emboscada en el barrio de Once. Sigo cavilando: ¿porqué te acordaste de Emilio? El Flaco me había dado una carta del Sindicato de Prensa para nuestros colegas chinos (fue antes de que viajase a China en 1965, ¿te acordás?). Tal vez como un hito de referencia: Emilio no era inmortal, es cierto, pero tampoco yo. Es cuestión de espacio, tiempo; y la maldita oportunidad y el destino, querida amiga.
Ya lo expresaste en tu síntesis (lacónica, sencilla): nos pasó el cuarto de hora y ser más sabios hoy no nos remonta hacia las corrientes adversas del tiempo transcurrido. Es cierto que hay una perversa asincronía entre lo que aprendés como individuo y tu existencia social. Para uno es tarde –escribiste–. Y a los otros, amigo, tu sabiduría les importa un rábano.
Al enterarte de mi enfermedad decidiste, pues, mandarme esas líneas confesándome tu creencia (rocambolesca, diría Arlt) en mi inmortalidad. Esto me obliga a ser cuidadoso con mi salud y justificar tu juicio. Y prometo cuidarme, querida y consecuente amiga, porque como vos lo enfatizás, es tan maravillosa la aventura de vivir que uno nunca desea dar la vuelta en el intrigante y desconocido recodo que mencionás al final de tu carta. Aunque llegaremos. Sin falta .                                                                                 
                                  Tuyo, Federico (2002)



miércoles, 30 de junio de 2010

ONETTI SOBRE CORTÁZAR*




[CARTA Nº 21]

[Sin fecha) aunque fue escrita, es de presumir, en los primeros días de septiembre de 1938 de acuerdo al orden las cartas (nota del editor)

Querido Julio*:

Su carta me llega en mitad de las vacaciones. Playa. árboles y lago. Me alegra que le haya gustado el chiste de la reiteración. En cuanto a lo que me dice sobre Cortázar and Co., estamos de acuerdo y es un problema que me preocupa. Tengo miedo a una literatura o a cualquier arte que requiere una clave para su comprensión. clave que amenaza ser secreta y la empresa se reserva el derecho de admisión.98  Recuerdo anécdotas y letreros que vi en U.S.A. ;99  así llegaríamos aparentemente a una segregación intelectual. Y digo aparentemente porque en muchos casos innominables no se trata de diferencias mentales entre el escritor y sus lectores sino en la tan vieja tontería de buscar con deliberación y empeño aquello a que estamos condenados y los disimulos no bastan: la originalidad. Es una paradoja. pero no la hago yo. A mi provecta edad es creíble que jóvenes y no tanto me pregunten, por caminos que suponen desviados y astutos, «como hay que escribir’. (En general, mienten, ya traen la intocable obra maestra bajo100 el sobaco). Como soy paciente y —usted recordará— muy bien educado, digo no joder con pavadas, aconsejo escribir como y que salga del forro del estómago. Pcro es dificil: dificil el estado de pureza y desnudez, el total abandono. Y sin embargo uno lo hace sin esfuerzo cada vez que se enamora para siempre.
Bueno, para vacaciones charlé bastante. Pero no me despido sin decirle que sería una buena receta el retorno al alfa y al abc. Mas el suscrito descree de la validez de todo propósito en materia literaria. Adoquinan plausiblemente los caminos diversos que llevan al limbo. Estoy seguro que sentiría de inmediato un suave olor a 1~rsa y a po¬drido en la obra de cualquiera que se levantara un mediodía (seamos tolerantes) con la implacable resolución de hacer una literatura tan simple como la simpleza. No, no hay recetas y se me acaba la hoja. Lo único que se puede hacer es entregarse; sin miedo a usar figurines pasados de moda, sin miedo a la cursilería, al melodrama, a la pasajera incomprensión.


98 En 1938, Cortázar publica Presencia, con el pseudónimo Julio Denis.

99 En la trilogía U.S.A. (1937), ,John Dos Passos combina fragmentos de diálogos yacciones con letreros, noticiarios, recortes de periódicos y anuncios comerciales para recrear las experiencias eclécticas de la vida urbana.


100 Corrige: tacha bajo y escribe contra -

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* Pertenece al libro Cartas de un joven escritor, donde aparecen 67 cartas escritas por Onetti a su amigo julio E. Payró. Este libro fue un obsequio invalorable de la querida amiga Mercedes María Sáenz.