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sábado, 24 de septiembre de 2011

AMELIA ARELLANO




Sindrome De Estocolmo *

Fue en el mes de diciembre, más precisamente, el 8 de diciembre, día  de la virgen. La cooperadora de la escuela “Hijas de María” había organizado una cena a beneficio. La policía Federal  apadrinaba el establecimiento.
Cuando Emilio llegó con su uniforme de gala y su mujer de largo llamaron la atención, la reunión no daba para tal abolengo
Los  ubicaron en una mesa alargada, dispuesta para seis personas, estaban sentadas dos señoras, una en la cabecera y otra al lado, iban a ocupar los lugares vacíos cuándo el movimiento del hombre quedó interrumpido, quedando en una ridícula posición, con sus piernas flexionadas  y la cabeza, erguida, semejaba el juego de la mancha congelada. Una pareja se ubicó al frente, el hombre saludó, no así la mujer. La reconoció inmediatamente,  Emilio intento controlarse y comenzó con la señora ubicada a su izquierda  una de esas tontas charlas sobre el calor, la lluvia, el tiempo. Frente a él quedo el recién llegado y la mujer quedó situada al lado de la dama que ocupaba la cabecera, la cual parecía tener mucho calor; movía enérgicamente  un abanico con coloridos motivos españoles.
Quería dejar de mirarla pero no podía, intentaba simular a mirando  la ventana que estaba a espaldas de la pareja, La Negra no había cambiado, por el contrario, los años le habían acentuado su belleza y sensualidad. Por suerte ocuparon los lugares vacíos una pareja mayor, con el hombre que con su locuacidad  se  convirtió en el líder de la conversación. Se presentó como artista plástico .La conversación  estaba a cargo, casi exclusivamente de tres personas. El artista plástico  que defendía acaloradamente  su postura  contra de la globalización, el acompañante de la Negra, que adhería a la postura y a la señora del abanico, que encendidamente trababa de demostrarles cuales eran los beneficios de la misma.
Percibió la tensión en el rostro de su esposa, no le importó; nada; la larga cabellera de la Negra, su boca sensual y su encendida mirada oscura lo llamaban en un grito sordo.
¿Cuánto años tendría Ya?  Debe andar en los cuarenta largos.
Nervioso y conciente se que era imposible manejar su comportamiento, balbuceó una excusa y se fue a fumar un cigarrillo, el  uno de los grandes ventanales que daban al parque.
¿Cuánto años hacia? Debe haber sido por el 76, ella era muy joven. Cuando la conoció estaba sentada en una silla, el pelo negro adherido a su cabeza, chorreando agua, un foco de luz intensa iluminaba su cuerpo encogido .Él se acercó para continuar el interrogatorio y un sorpresivo escupitajo en la cara fue la respuesta de la muchacha. La sorpresa y la bronca lo anonadaron, luego le dio un feroz puñetazo en la boca que hizo que se le saltaran dos dientes, ella  con el rostro contraído por el dolor y la ira volvió a escupir. Se levanto y erguida se dirigió hacia la única ventanilla del cuarto. Se le vino a  la cabeza la imagen de su padrastro y sintió náuseas.
 Su caminar sensual, la redondez de sus nalgas rotundas, su cintura breve y muy especialmente su actitud de desafío provocaron en el hombre una sensación súbita y urgente de posesión .No solo la posesión física, era mucho mas, apoderarse  de sus deseos, de sus pensamientos, de su voluntad, de su vida.
Al otro día le llevó hielo que ella recibió con rostro inexpresivo y se lo puso en la boca. Su expresión no cambió cuando el besó suavemente su boca helada.
Y así siguieron las cosas, los interrogatorios, el castigo y luego la reparación. Al principio ella tenía la misma mirada luego comenzó a cambiar.
Siente que el tiempo no ha pasado, la urgencia y lo súbito  del deseo están igual. El oleaje  de calor en el rostro y la erección fueron simultáneos

No podía dejar de recordar los apasionados encuentros de amor en los que se entregaban con tal violencia que alguno de los dos salía marcado.
Nunca la violó. Cuando ella estaba muy dolorida o cansada por los interrogatorios él no insistía.
Fue terrible cuando lo cambiaron de seccional
-.Esto es lo mejor que te puede pasar, arriesgaste no solo el puesto sino el pellejo. Huevón-
Cuando pasó el quibombo intento buscarla pero no se encontraron datos. Intentó utilizar las conexiones de un amigo, pero el le dijo que si bien   tenía muchas vinculaciones en el ejército que se dejara de joder y diera vuelta la página...
Pasaron los años y ni rastros de la Negra.
Hasta ahora.
Fantaseó con ella mil veces, pero al pasar el tiempo casi se había convencido de que su reino no era el de los sobrevivientes. Él había cerrado la puerta  al pasado.
Ubicarla fue fácil. También convencerla de dejar el hombre y él a su mujer.
Se fueron a vivir juntos a un departamento cerca del Parque Central
Se encontró que la Negra había cambiado. Había prendido en ella el modelo consumista que antes despreciaba. Se compraba de todo. Empezó a mentirle y el se dio cuenta:” que era una remera vieja, que los zapatos parecían nuevos porque los había lustrado” Una vez salió a pagar la luz y volvió estrenando sonrisa y una remera naranja muy escotada y ajustada. Sus pechos estallaban. Se apoderaron de él viejas sensaciones de deseo, excitación y rabia al mismo tiempo.
Comenzaron a pelear con tal violencia, que los vecinos se quejaron y le pidieron el departamento. Se resistieron pero cuando el dueño amenazo con denunciarlos a la policía abandonaron el lugar.
Emilio había quedado solo con su sueldo de retirado. El monto que  tenía que pasar a su ex mujer mas la cuota de una refinanciación del Banco por un préstamo que sacó la Negrahizo que tuvieran que conformarse con una habitación de una vieja casona estilo colonial.
Las habitaciones estaban una al lado de otra, tipo” chorizo”, daban a una galería angosta que enmarcaba un patio cubierto como una carpa con un frondoso y alto parral, debajo del mismo, el patio era de tierra.
Los inquilinos no tenían acceso por la puerta principal, ingresaban por un pasillo lateral que  daba al patio, atravesándolo se llegaba a la habitación que era la última, ubicada hacia el norte. Al lado un pequeño baño.
La Negra se sentía asfixiada  y empezó a salir con más asiduidad. Las peleas se intensificaron. Se amenazaban mutuamente con la separación, pero alguno cedía, se iba uno u otro pero siempre volvía. Mientras que a ella no le importaba rasguñarlo en la cara o dejarle huellas en el rostro o en el cuerpo, él sofistificaba sus métodos. No le golpeaba  en la cara, si en los brazos, en la espalda o le torcía los brazos hasta hacerla gritar.
Cuando uno de los dos se iba el otro se sentía morir, hasta que los pasos familiares le anunciaban el regreso.
Las reconciliaciones eran tan apasionadas y violentas como las peleas.
Un día pelearon de tal modo que ella, se resbaló y cayó perdiendo la conciencia. Tuvieron que internarla, por supuesto, en causa de ingreso figuró lesiones provocada por caída. Emilio, en la clínica sintió que se odiaba, pero odiaba más la Negra por el poder que tenía para descontrolarlo. Las cosas así no podían seguir
-Cualquier día me mando una cagada-
Decidió y juró por la virgen de Luján que jamás volvería a tocarla, se aferró tanto a su promesas  que las relaciones se enfriaron, la Negra salía cada vez mas .Optó por callarse y cuando ella lo provocaba  no respondía
-Milico hijo de puta, cobarde-
Se iba a conversar con el kiosquero de la esquina o bajo el parral a fumarse un pucho. Emilio era muy querido, por ser sereno y afable. A ella no la querían.
Veía que estaba arruinado el espejo le devolvía una imagen desaliñada, triste, avejentada.
Pensó seriamente en separarse pero sabía que no podría vivir sin ella. Optó por no darle bola, y cuando se iba se decía
-Total, siempre regresa-
Pasaron dos semanas. Pensó que la situación estaba controlada, hasta cierto punto porque dependía del estado de ánimo con que llegara la Negra, a veces venía con el ceño fruncido y no decía una palabra. Otras regresaba mimosa y se le colgaba del cuello .En esos momentos Emilio sentía que la necesitaba tanto y el ansia de posesión, lo llevaba a poseer lo único que ella permitía: su cuerpo
Esa noche salió contenta. Estaba cada vez más hermosa, Emilio se imaginaba como la  mirarían los hombres en la calle.
-Vengo temprano-
Y lo miró con un guiño prometedor
-Te espero con un champusito-
Cuando la Negra llegó venía apurada, tensa .Emilio preguntó si descorchaba el champagne.
-En otra oportunidad, estoy apurada y tengo que viajar-
Emilio la miró, no dijo nada, tomó un vaso con vino y mientras ella ponía la mesa se fue a beber debajo del parral.
El había comprado comida en la rosticería para ahorrarle trabajo.
Comieron en silencio, ella apenas probó la comida, levantó los platos, los amontonó a un costado de la mesa y luego se fue al baño.
Volvió envuelta en un tallón gris.
-Me embola tener que cruzar el patio desnuda-
Emilio no se había levantado y desde allí la miró.
La Negra, desnuda, de espaldas, le trajo una imagen antigua.
Se colocó una pollera hindú. Una remera blanca muy escotada, peinó rápidamente, con las manos su larga cabellera. La Negra no se pintaba, no lo necesitaba tampoco, su belleza era agreste, salvaje...
Se colocó unas sandalias rojas y tomando con apuro un bolso con lentejuelas de colores, se dirigió a la puerta
-Chau no se que hora vuelvo-
El hombre no contestó, parecía sereno. Volvió a llenar de vino el vaso vacío y se dirigió hacia el patio con él en la mano.    
Caminó unos pasos y se detuvo. Calmosamente volvió sus pasos. Abrió el cajón de la cómoda, que estaba al lado de la puerta y extrajo la pistola reglamentaria.
 La mujer pareció advertir algo porque se dio vuelta. El disparo le dio en el pecho. Cayó de espaldas y una rosa carmín tiño su pecho y coloreó su remera blanca.
La Negra tenía los ojos abiertos, parecía mirarlo, la luz del foco que colgaba del parral emitía destellos violetas  y daban a su cabellera reflejos azulinos.
 Emilio, la miró, introdujo el caño del arma en su boca y la sensación helada le recordó una escena, los labios fríos de la Negra por el hielo. ■

Del libro “SIN CUENTA CARAS DE LA MONEDA” ganado en concurso, jurado: TUNUNA MERCADO


jueves, 2 de junio de 2011

AMELIA ARELLANO - EL INQUISIDOR (Tercera Instancia Psíquica)


31 de agosto de 2003
Querido y respetado Padre José:
Me dirijo a usted para que me reciba en confesión.

Dos son las razones que me mueven a escribirle,  una, que no quiero robarle su valioso tiempo con una descripción tan extensa de lo que pasó; otra, la principal, creo,  es que no sé si tendré el valor para hacerlo personalmente.
 Estoy sentada en el banco que está bajo la glorieta de las glicinas, mi única compañía es el rosario que usted me trajo de Lourdes. Créame Padre, no es fácil esta decisión  pero como usted es mi confesor creo que debe conocer esa parte de mi historia que ignora. Recién se va  mi sobrino Juan. Usted  lo conoce Padre, el de ojos desafiantes, y pelo largo y oscuro. Es el más osado de mis sobrinos, los otros me guardan un afecto más distante y respetuoso. Al irse me dijo: “¡Chau, Sor Rita!”, con “rr” Padre. Nuestras miradas pícaras se encontraron en el recuerdo. En una oportunidad, ante la mirada escandalizada de su madre,  me dijo con la irreverencia que le dan sus años, que no era casual que yo fuera “Sor Rita”. No sé si usted sabe que mi nombre es Magdalena y que acá se me adjudicó Rita. Dijo que yo era sor-rita (zorrita, Padre, y ahora perdóneme usted la irreverencia) que había elegido la seguridad que da el convento y que era además, una forma de tomar buen vino gratis. Creo que el muchacho tiene mucho mío. ¿Recuerda lo que mi hermana siempre cuenta que yo era la más atrevida de las tres hermanas? Pero no quiero dispersarme estimado Padre José, él recién se va, como le decía y no sé qué clic me ha tocado que me decidí a escribirle.
Han pasado tres años y la que usted conoce no tiene nada que ver con la que ingresó a este lugar. Soy una asesina frustrada, Padre José. Usted que conoce las miserias humanas sabrá que se asesina por varios motivos: por celos, por codicia, por omisión, por amor o por odio que es la otra cara del amor. Ese fue mi caso. (Adivino la sorpresa en su benévolo rostro) Siempre lo odié. Desde niña. Y cada día más. Pero no crea usted que era porque sí, ¡no! El odio fue gestándose lentamente. A veces sentía que lo tenía adherido como mi propia piel pero que no podía vivir sin él.
Su presencia era insoportable, como una mosca en un día húmedo o como en esas tardes gloriosas de verano en las que uno se sienta en un banco del parque dispuesta a disfrutar del verdor que declina y de pronto aparece un mosquito, sutil, insidioso, esquivo y se establece una pequeña guerra entre uno mismo y el mosquito. (¿Habrá pequeñas guerras, Padre?)
Y aquí me viene a la memoria una fábula que leí en mi infancia, no recuerdo el libro ni el autor, pero a usted le puede servir para los sermones. (Perdone Padre si soy impertinente) Se llamaba “Don Segismundo cara de loro” y se trataba de un hombre que era tan cruel que los animales del bosque decidieron matarlo, pero además de cruel era sagaz y poderoso. Uno a uno, los animales más fuertes fueron fracasando en el intento. En una reunión se debatía sobre ese tema y cuando el mosquito levantó la mano ofreciéndose como voluntario, generó gran hilaridad. Si no habían podido animales mucho más fuertes ¿cómo podría hacerlo el chiquitín?, pero decidieron, escépticos darle una oportunidad. El mosquito empezó a perseguirlo día y noche. El viejo tenía los ojos enrojecidos de no dormir y estaba cada día más loco. Un día al borde de la desesperación tomó una barreta de hierro para matarlo. Este, pacientemente, se posó muy tranquilo en la cabeza del viejo que asestó un feroz golpe y... ¡Chau, Don Segismundo! Esto quiere decir que no siempre ganan los poderosos, ¿no Padre José?
Pero sigo con mi tema, tengo anécdotas como para hacer un libro pero solo le contaré las más relevantes para que usted entienda la situación. El primer recuerdo se remonta a cuando era muy pequeña. Me robé una manzana roja, muy perfumada y hermosa como debió ser la que tentó a Blancanieves. (No es para justificarme Padre, pero ¿qué niño no ha robado pequeñas cosas?) Íbamos saliendo del negocio, yo ya la saboreaba y ¿puede creer que el alcahuete se lo sopló a mi madre? Mi mamá pagó la manzana y le cuento que ya ni recuerdo si era rica o fea.
Otra vez fue en una librería, tomé “Las mil y una noches” y lo mezclé con los libros que llevaba bajo el brazo. Cuando bajé la escalera la mirada del librero me hizo desviar mi curso hacia la salida, comprendí que había sido advertido y me dirigí a la caja; fue un papelón porque no tenía plata y dejé el libro con una excusa.
 Otra vez quise vengarme de una mala jugada de mi vecina y cuando estaba a punto de echarle agua hirviendo a la hortensia florecida, él advirtió a mi vecina y mi mano se detuvo al escuchar  los pasos (Le juro Padre que después lo confesé).

Las cosas siguieron así, se entrometía en pequeños sucesos y nimiedades, parecía que se había convertido en el abanderado de la ética, en el gran inquisidor. Cuando por ejemplo, tenía ganas de putear a alguien (¡discúlpeme Padre!) aparecía él y cambiaba mi insulto por una sonrisa impostada.
Lo peor es que lo odiaba pero sentía que era en parte responsable de mi precario equilibrio. Por ejemplo, una vez que iba a la heladera, dispuesta de atiborrarme de dulces (usted sabe que padezco una diabetes controlada) el se encargo de amohosarlos.
 Ya no era vida la que pasaba, cuando tenía sueños placenteros y al despertar intentaba recrearlos, él bajaba una compuerta de olvido y no recordaba nada.
El detonante de mi acción fue cuando empezamos a flirtear con un chofer del colectivo  que me trasladaba todos los  días (sí, Padre, aunque usted no lo crea de mí, puedo adivinar el asombro en sus ojos). Yo me daba cuenta que era gorda, poco agraciada y con anteojos con vidrios tan gruesos que no permitían ver mis ojos, (ahora tengo vidrios de contacto, Padre José) pero bueno, pensaba : “Algo me habrá visto el muchacho”
Al principio empezó a rozarme la mano con un contacto casi casual, después se le sumó el intercambio de miradas, luego no me cobró el boleto y me reservó el primer asiento. A veces yo me hacía la que miraba por la ventana, pero sentía sus ojos fijos en mí. Me había dado cuenta que si me hacía la desinteresada aumentaba su asedio y para que voy a mentirle Padre, a mí me gustaba esa situación. A todo esto, ni le cuento la lucha que se había establecido con el inquisidor Le cuento mas o menos el tenor del diálogo
 “¡Que es casado, te digo!”,
 “¡Que yo no lo quiero para casarme!”.
 “¿Te parece que se va a fijar en vos, con las chicas lindas que hay?”.
 “¿Y por qué no?”
 contestaba yo aunque me sentía tocada, él sabía pegar donde más dolía.
“¿Te parece que es de mujer seria lo que hacés?”. “
¿Y quién te dijo que quería ser  seria?” (Perdone Padre, me da pudor, pero tengo que contarle la verdad. Toda.)
No solo él me atormentaba sino que la cosa había provocado un revuelo en las chismosas de mis vecinas, se  dieron cuenta porque el chofer no me dejaba en la esquina sino en la puerta de mi casa. En ese momento no me importó, le juro Padre José que no me importó. Entre las que hablaban estaba la rubia teñida esposa del diputado, primero tomaba el colectivo como yo y luego empezó a moverse en una  4x4. Otra era la mujer del comisario que en menos de un año cambió los chicos de una escuela estatal a una privada, se compraron un campo y un auto para cada uno. Por suerte también se cambió de vecindario al comprar una casa en un barrio residencial. Y esas eran las primeras que estaban en la iglesia golpeándose  el pecho. (Padre, entre nosotros, usted sabe de esto más que yo ¿no es así?)
Era un martes, recuerdo,  cuando me bajé del colectivo y el chofer me entregó un papel. El corazón se me salía del pecho, el mensaje era breve: “Te espero hoy a las 22 en el bar  frente a la terminal”. Fue tan feroz la lucha esa tarde que me tomé un ansiolítico y me dormí. Cuando me levanté puse a todo volumen música de Serrat para acallar las voces del inquisidor y me aboqué a mi persona. Me hice un baño de crema, rasuré mis axilas que parecían arañas peludas, (Perdone Padre que sea tan burda) A las 21 me puse el vestido que había comprado para el casamiento de mi amiga Cora, me puse  perfume francés, trucho, y hasta me pinté la boca de rojo. Me dispuse a partir ¿Y que cree usted que sucedió? ¡El canalla  había escondido la llave de la reja de la calle! La busqué por toda la casa y no la encontré.
No recuerdo en la hora que abandoné la búsqueda. Me senté en el sillón de cuerina, frente a la ventana y fue ahí cuando tomé la decisión  de exterminarlo, matarlo, asesinarlo, masacrarlo.
 Tenía que tomarlo de sorpresa y debía ser pronto, muy pronto, antes de que se diera cuenta del plan. Me acosté pero no podía dormir. En la madrugada me levanté, fui al baño y cuando salí, lo vi. Creo que él no se dio cuenta, lo vi de espalda reflejado en unos de los dos espejos del pasillo. Tomé el perchero de hierro y le di un golpe con todas mis fuerzas. El ruido fue atroz. Quedó desparramado sobre el piso. Paralizada observé la pared que mostraba un rectángulo mas claro. Ya no estaba. Me debatía entre la felicidad y el horror mas prevalecía una sensación nítida, la de alivio. Me di vuelta para dirigirme al teléfono  y llamar al cerrajero que abriría mis puertas y lo vi. Estaba allí al frente mío. Observándome. Inmortal.

No salí de la casa hasta el viernes, cuando lo hice había tomado esta nueva decisión, que por fin  me liberó de él. A veces, solo a veces, aparece en sueños pero al otro día comprendo, feliz y resignada que este lugar esta vedado para él y que la guerra entre el quiero y el debo ha terminado.
El resto usted lo conoce Padre José, desde que cambié mi nombre profano por el de Rita, comprendí que para ella nada es imposible
Espero no haber abusado de su precioso tiempo y descuento confiada su absolución.
Las bendiciones del Señor recaigan sobre usted,

Sor Rita



miércoles, 26 de enero de 2011

AMELIA ARELLANO - DESTIEMPO



LE ESCRIBO esto por las santas dudas, pero mi denuncia está hecha y ya estoy más tranquila
Nunca se lo dije a nadie pero mi odio por los relojes empezó a los 16 o 17 años. Si por mí fuera, los haría desaparecer de la faz de la tierra.
Pero a todos, ¿Si? Los de arena, los de sol, las clepsidras, en fin, todos.
Cuando cumplí quince años me regalaron un absurdo regalo para una niña tan joven: un reloj con malla de oro, la trama era de un entretejido muy vistoso. Me decía que en cualquier momento, por él, los chorros me cortaban la mano.
Me las ingeniaba para no ponérmelo, me parecían grilletes o esposas.
Me casé muy joven, quizá no fue casual, pareciera que una fuerza infernal hizo que me casara con un hombre que colecciona relojes.
Están por todas partes y los hay de todos tipos, de madera, de piedra, de porcelana, de distintos colores y diferentes formas y sonidos. Es increíble lo que puede hacer un hombre obsesionado por los relojes: en el quincho había un gran tronco e incrustado en él un reloj!
Nos sentábamos en la mesa del comedor y al frente el famoso reloj.
Íbamos al living y lo que podría haber sido una hermosa caja de madera tallada estaba arruinada por ese círculo ridículo con dos varillas tiesas que parecen flacas patas de arañas.
Usted dirá que es cosa de locos, pero ¡hasta en el baño había un reloj! Había, así, en pretérito imperfecto. Por supuesto imperfecto, no podía ser de otra forma. Era de porcelana blanca con flores rosas y estaba en la repisa de vidrio frente al inodoro. ¡Pavada de vigilante en nuestra intimidad! ¿No? Cuando me disponía a hacer palabras cruzadas, como era mi costumbre, me anunciaba que ya habían pasado diez minutos, con lo que no podía hacer otra cosa que levantarme y salir del lugar.
Estaban por todas partes y todos los años aumentaban, claro, como también la manía de mi marido.
Cualquier ocasión era buena para regalar un reloj. Hasta en nuestro aniversario nos regalaron uno de mármol negro. Muchas veces dejé de tomar mate en la cocina al sentir en la nuca la presencia de ese alcahuete con cara de sol. Mirando retrospectivamente, creo que el pobre de mi marido primero intentó avisarme, pero yo no me di cuenta.
Un día se levantó cantando esa canción tan vieja que casi no recuerdo:
“...reloj no marques las horas...”
Otra vez insistió que viéramos esa película cuyo género él sabe que no me agrada, “La hora señalada”. Otras veces me mandaba a discar el 113... ¡Y cuando me regaló el libro de la Bullrich “¿A qué hora murió el enfermo?”!
Recién empecé a sospechar cuando mi cumpleaños me regaló otro reloj de oro. Las mallas eran dos serpientes que se entrecruzaban y en ambos ojos tenían piedrecillas rojas. ¡Casi me muero cuando me encontré con la mirada de... esas bichas!, mire, no me atrevo ni a nombrarlas.
Desde allí comenzó una persecución implacable. Los relojes se ingeniaban para estar donde yo estaba, me perseguían. No podía escapar a su control.
Recuerdo cuando una tarde fresquita de abril me senté en un banco de la plaza, pensaba que por fin había logrado eludirlos, cuando el reloj de la torre del campanario dio las 11 hs. Me estremecí, y no de frío, puedo asegurarle.
El escalofrío se acentuó cuando una mujer se sentó a mi lado ostentando un reloj en la mano derecha y si quedaba alguna duda se encargó de disiparla mirando a cada momento la hora. Se debe haber dado cuento que yo la miraba porque disimuló diciendo:
“¿Qué le habrá pasado a mi prima que tarda tanto?
”. ¡Si usted hubiera escuchado la voz!, metálica, de ultratumba. Pegué un salto y me fui a casa. Cuándo estaba abriendo la puerta de calle, un hombre con anteojos me preguntó la hora. Adiviné que él sabía que no llevaba reloj, es más, percibí una velada amenaza en su... ¿Tiene hora señora?”.
No me salió ni una palabra por lo que negué con la cabeza. El hombre se alejó con una sonrisa sarcástica.
La cosa se complicó cuando sentí que me miraban y que la mirada me perseguía por toda la casa. Empecé a cubrir los relojes. Paradójicamente, estaba pendiente de la hora en que se iba mi marido para comenzar con la tarea. Un día noté algo raro en su mirada (claro, ahora me doy cuenta, pobrecito, ya lo habrían metido en la conspiración): al irse miró la hora y me preguntó con expresión helada “¿Te sentís bien?”.
Apenas se iba parecía que me acometía un acceso de fiebre. Transpiraba, tenía calor y frío al mismo tiempo. Comenzaba a cubrir los relojes con toallas, repasadores, con cuanto trapo tuviera a mano. Pero no había caso, podía tapar los relojes pero el tic-tac exasperante y diabólico me perseguía.
Prendía la radio y los locutores, todos, de cualquier radio, me anunciaban la hora. Prendía la tele y lo primero que aparecía en la pantalla, en su costado superior derecho, era la hora.
Un día, lo recuerdo como si fuera hoy, había tapado los aparatos y estaba sentada, sin saber qué hacer, cuando el sonido del timbre me alertó. Miré por la mirilla (ya no contestaba el portero, por las dudas que alguien viniera y viera los relojes tapados) y horrorizada vi a un hombre con un portafolios en la mano que miraba atentamente su reloj. Cuando nuestras miradas se encontraron, mirilla mediante, ahí me asusté realmente. Sentía que el hombre me miraba a través de la puerta. Esperé un ratito paralizada, tocó nuevamente el timbre y se fue, no sin antes dirigirme una mirada indescifrable.
Creo que fue ese mismo día cuando mi marido llamó por teléfono (para saber cómo estaba, dijo...) me preguntó si había salido a realizar las compras y cuando le respondí que no, dijo
¿ Sabés la hora que es?
Casi me desmayo. Allí comprendí, confirmé, lo que venía sospechando: él estaba en la conspiración.
También a mi pobre vieja la metieron.
Ella me decía que me encontraba cada día más pálida, más demacrada, más silenciosa, insistió que fuera al médico de la familia, es más, me acompañó. ¿Puede creerme que hasta él estaba metido? Pasó por el pasillo y mirando su reloj le dijo a mí vieja:
“ Esperen un minuto, ya las atiendo.”
Los enfermeros igual, pendientes del reloj y del teléfono. Al darme cuenta que eran parte del complot, por supuesto no entré al consultorio y volví a casa con mi madre que me miraba con cara medio rara. En ese tiempo aún no me daba cuenta que ella no había podido zafar. Por otra parte, ¿cómo creerlo?. Mi madre... ¿Entiende usted? ¡Mi madre! Fue otro día cuando me avivé, me dijo que eran ideas mías, que estaba enferma, que tenía que descansar. Como no le contestaba, (imagine usted como me sentía, uno puede esperar cualquier cosa de cualquier persona pero…¡de su madre!) Se volvió loca, tipo exorcista, pero en vez de tener una cruz en la mano levantaba un reloj.
“No hacen nada, ¿ves?. ¡Es solo un reloj!”
No sé cuanto tiempo me quedé quieta, acurrucada en el sofá, en posición fetal. Después me di cuenta que le había contado a mi marido por qué él suspendió sus eternos ¿qué hora es? A veces jugaba conmigo, mire usted qué cruel, comenzaba con la frase: ¿qué...? y se interrumpía o cambiaba el sentido de la frase.
Ya no sabía qué hacer, sentía que no había ningún lugar en el mundo en donde descansar, para colmo un día mi marido volvió de sorpresa y cuando vio los relojes tapados, no dijo nada, me miró con ojos inescrutables y se fue sin saludar. Me sentí descubierta, expuesta.
¡Ay! ¿Y mi suegra? Esa viejecita de apariencia dulce y de cabellera cana ¿quién lo hubiera creído? Comencé a sospechar de ella el domingo. Estábamos los tres comiendo cuando el horrendo pajarraco saltó para dar la hora, me asusté tanto que de un manotazo derramé la copa de agua. Cuando levanté la vista, descubrí una mirada cómplice entre ambos. Otro día, en misa, me agarró un acceso de tos y me ofreció un caramelo al desenvolverlo lo dejé caer con horror. En el envoltorio rezaba “Caramelos media hora”. La vieja me miraba con ojos burlones. Salí de la Iglesia y regresé a casa sola.
Desde allí, el hombre con el que nos habíamos jurado amor eterno, no se preocupó por fingir más. Me miraba hosco. A veces su amenaza era explícita, aunque no verbalizada. Miraba al reloj y a mí simultáneamente. En una oportunidad me invitó a dar un paseo en auto, no sé cuanto tiempo hacía que no salíamos por que él “no tenía tiempo para nada”. Por supuesto el reloj del tablero me acechaba con un guiño maligno, cuando no aguanté más le pedí regresar.
Una noche que pasaba al lado del piano, sobre él observé algo que fue una revelación. Un portarretratos, en el costado izquierdo, mi fotografía; en el derecho, la suya. En medio, una mujer desnuda sosteniendo una manzana, a sus pies una serpiente. Alrededor, el círculo maligno. Cuando daba la hora la serpiente iniciaba un movimiento hacia la manzana. Lo que hasta ese momento era una curiosidad pasó a ser una amenaza siniestra. ¡Y allí tomó sentido todo! “Menage a trois”, dije en voz alta, casi resignada.
Esa noche no dormí. Creo que era de madrugada cuando una premonición me alertó. Me di vuelta y en la oscuridad, los ojos de mi marido, convertidos en círculos pendulares fosforescentes me observaban. Me volví de nuevo y me quedé tan quieta que las piernas se me acalambraron. Fue una noche eterna hasta que sonó la famosa musiquita. Cuando él me tocó, me hice la dormida, pero quizá se dio cuenta por que no pude evitar estremecerme. Sentí en el brazo la viscosidad y el hielo de la serpiente.
Las cosas se complicaban cada vez más, los relojes comenzaron a robarme los pensamientos e iban conmigo a todas partes. Un día no pude más. Demasiado me controlaba para no estallar, ¿sabe? Cuando él burlándose me preguntó: “¿Qué hora es?” sentí que el calor me subía a la cara. Me levanté con violencia de la silla de algarrobo que cayó estrepitosamente y, parada, con las dos manos apoyadas en la mesa, le espeté en un arrebato: “¿Por qué, tenés algo qué hacer?”
. Me miró sintiéndose descubierto y balbuceó:
“nada, preguntaba, no más...”
Sentía que ya estaba al límite de mis fuerzas.
La mañana del miércoles (¿o era el lunes?) descubrí cuando desperté que me habían puesto un reloj dentro del cuerpo, en el costado superior izquierdo. Su tic-tac acompasado me seguía a todas partes.
Al otro día me pusieron dos más. Uno en cada oído, por lo que casi no podía escuchar. Ese día estaba en el baño, tomé el reloj de porcelana y lo tiré con todas mis fuerzas al piso, los fragmentos se desparramaron y cuando escuche el tic-tac infernal que seguía sonando, supe que no podía hacer nada. Me parecía que era como haber matado a alguien y que el corazón le saltara del pecho y le siguiera palpitando. En ese momento descarté el suicidio que venía planificando ¿para qué si estaba segura que me seguirían en el más allá?
Nadie dijo nada, ni mi madre, ni mi marido, ni esa mujer que habían contratado supuestamente para que me ayudaran. A la tarde el baño lucía impecable. Del reloj, ni rastros. Desde el primer momento dudé de la mujer, busqué en su bolso y encontré una credencial de enfermera y un reloj colgante. Me perseguía con su cantinela: “señora, es la hora de su medicamento señora, es la hora de su té”,”
etc. , etc. Una mañana, por el reflejo de la puerta, observé que ponía algo en mi taza. No dije nada. Nadie supo por qué se secaron los geranios del ventanal.
El jardín era uno de los pocos lugares donde los relojes me dejaban en paz. Sentada en la reposera observaba al jardinero que con cuidado cortaba los gajos de un rosal. Parecía no importarle la hora de llegada, ni de partida por lo que se acordó pagarle por la tarea realizada. Al principio desconfié de él, decían que era un alcohólico recuperado, después pasó a formar parte del parque, como el cedro, por ejemplo.
La enfermera llegó sigilosamente trayéndome una taza de té. Dirigiéndose al hombre le dijo: “Don Pedro, son las cuatro y usted no ha almorzado”
. El viejo estaba inclinado, se paró y dijo solemnemente:
“Yo ya he escapado de la esclavitud del tiempo”.
Cuando la mujer se alejó, tiré el té en la maceta de los pobres geranios. Fui donde el hombre y le pregunté cómo había hecho para escaparle al tiempo y esperé con una esperanza nuevita y pequeña la respuesta:
“Me ayudó el doctor Enrique”.
Lo demás fue fácil, conseguir la dirección, salir de casa con una excusa. Cuando llegué al lugar me tranquilizó no ver placas ni carteles. Entré al consultorio, me llamó la atención el desorden que reinaba en el cuarto, papeles dispersos, libros aquí y allá. Busqué en el desorden un reloj, no lo encontré. Ni en las paredes ni en las manos del hombre. Alto y flaco. Su barba terminada en punta, me recordó al Quijote.
Me dije “no tengo otra alternativa” y le conté toda la verdad. Toda. Por primera vez conté todo. Le hablé de la persecución de los relojes, de cómo los cubría, de mi marido, la enfermera, de cómo tiraba la medicación, de los relojes que tenía adentro del cuerpo. Todo. Absolutamente todo.
A medida que hablaba intentaba descifrar en su expresión, sorpresa, estupor o incredulidad. Pero el hombre, cuya pipa se había apagado, me devolvió una imagen serena y una escucha con afecto y respeto.
Asintió con la cabeza y cuando me dijo que éramos dos para luchar, sentí que había encontrado la punta del otro ovillo, el de la contraconspiración.
Cuando salí del consultorio me sentí otra. Me miré en una vidriera y mis ojos opacos ya habían recuperado el brillo. Detrás de la misma, una remera colorada me cautivó. Entré y me la compré. Ya no me preocupó la persecución, esa muchacha con el reloj colgante no me importó. La denuncia estaba hecha y alguien ya la había receptado. No sabía que vendría ahora pero, confiada, me entregué a la sensación tibia de no estar sola. Caminé descansada disfrutando la brisa fresca que venia del este...

(Del libro “Sin cuenta caras de la moneda”)

Amelia Arellano