viernes, 9 de marzo de 2012

Gerardo Pennini




Él Está Escribiendo

Al costado de la mesa de madera hay una radio a válvulas. Grande, solemne y misteriosa transmite los conciertos del domingo a la tarde. Su padre escucha esa música, una vez que nunca olvidará lo llevó al Teatro Colón a ver y escuchar una ópera, pero a él lo que le interesa es desarmar alguna vez la radio, destriparla y ver qué hace salir sonidos de un objeto tan preciado, tanto que su padre la lustra de vez en cuando, a pesar de que la mujer refunfuña insistiendo en que hay que comprar una nueva, más chica y de plástico. Un coscorrón interrumpe estas divagaciones y debe concentrarse en lo que hay sobre la mesa. Un libro de color incierto que huele a humedad y años, donde están impresas con elaborada caligrafía páginas de escritores que él debería copiar. Páginas en la letra original de Guido Spano, Juan de Dios Peza, Sarmiento y otros tipos con nombre de calles y avenidas.
Se le ha repetido mucho que debe aprender el estilo y la caligrafía casi ornamental de aquella letra “inglesa” o “española” porque sus cuadernos de clase son casi ilegibles, un desastre le dicen al padre. Perderse en lo que está escrito y distraerse leyendo le acarrea algún otro coscorrón.
Despliega el cuaderno Rivadavia para tal fin, enarbola la plumafuente, concesión a los tiempos modernos, y escribe en una habitación soleada por la luz de una ventana enrejada que llega casi de techo a piso, calentándose los pies con un brasero y escuchando cacarear las gallinas desganadas mientras se acerca la puesta de sol. Desde la Catedral llega el toque de ángelus, dentro de poco tendrá que encender el candil. Un carro pasa repicando el empedrado.
Moja la pluma de ganso dentro de las páginas desdibujadas y comienza con cuidadosa caligrafía española.
Escribe que escribe un niño bien alimentado, en un ambiente no muy preciso pero calentito y luminoso, enmarcado en un ventanal de vidrio como un mar quieto. Y escribe que hay calles entrecruzadas que desde el ventanal se perciben como ríos de insectos donde ruedan peñascos de metal colorido, ruidosos y amenazantes.
Entre las palabras de aquél que escribe rompiendo la pluma de ave y seguramente recibiendo un coscorrón por ello, escribe escuchando violines, violas y violoncelos,  escribe viendo surgir las palabras sin caligrafía, sin tinta, sin calidez ni frío de otoño desde una pantalla brillante. Cuadrada, gris. Está escribiendo esto y desde debajo de la pantalla que se parece a la radio de plástico que nunca comprarán sale un insecto verdadero, de largas antenas, sinuoso, con cientos de patas casi invisibles, y la mirada sigue el zizagueo plateado, los oídos confunden las gallinas con trompetas y sirenas de alarma y nunca alcanzará la letra de Juan de Dios Peza.
Un coscorrón más fuerte lo vuelve a la mesa de madera y a la plumafuente, es inútil perder el tiempo, que guarde todo y vaya en penitencia a su habitación fría, sin brasero porque ensucia, ya no se usa.
Al día siguiente, no sabe de dónde, le vendrán los zapaticos de rosa, pero la maestra no entiende la letra. Alguna vez leerá a Ray Bradbury, que vaya a saber qué caligrafía habrá tenido.  ■



5 comentarios:

  1. La mala letra, un problema de mi generación que se extinguió junto con el ta-te-ti y los cuadernos Rivadavia. Hermoso recuerdo, bellamente narrado.

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  2. Siguiendo el comentario de Nurit, qué suerte que también se extinguieron los coscorrones, el texto atrapa y el giro del final pone al lector en clave literaria, Carlos Arturo Trinelli

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    1. Agradezco las siempre profundas lectura amigo Carlos

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  3. No me parece . En este siglo hay todavía coscorrones y exigencias por la caligrafía. Lo he visto, "aunque Ud no lo crea"
    Hermosa narración. Saludos -
    amelia

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  4. Es indudable que Gerardo, el hombre de teatro y habitante de la Patagonia, evoca; evoca momentos de un pasado deglutido por la modernidad, con la superhetrodino de caja de madera, la caligrafía castradora y los coscorrones que son una rémora de "la letra con sangre entra" y está probado que entra asimismo sin coscorrones y sin sangre. Magnifica prosa donde la nostalgia se despliega para el autor y el lector.

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