sábado, 21 de abril de 2012


Andrés Aldao

Jossip Stalin; las dos caras de Jano

El escritor y periodista ruso Vasili Grosman (Berdichev, 1905-Moscú, 1964) protagonizó una proeza de las que sólo son capaces los héroes: se revolvió contra la mentira cuando hacerlo costaba la vida. Durante la Segunda Guerra Mundial pateó los campos de batalla desde la primera fila: escribía para Estrella Roja, el periódico del  ejército soviético. Sus crónicas fueron las primeras sobre el infierno de Treblinka y los tribunales de Nuremberg las utilizaron como pruebas contra los criminales nazis. Grossman fue un observador atento y sagaz y durante unos años su valía fue apreciada por los gerifaltes de la URSS y sus escritos sorteaban con aprobación las trampas de la censura; incluso ganó el Premio Stalin con su obra El pueblo es inmortal, publicada por entregas en 1942. Pero no quiso quedarse ahí, en la denuncia de las tropelías nazis en la guerra o en el ensalzamiento y las loas al estalinismo. Vasili Grossman optó por la verdad sabiendo que aquello tenía un alto precio. Dedicó casi diez años de su vida a la redacción de un monumento de la literatura, su obra Vida y Destino, donde relata la verdad con forma de novela, donde  cuenta las injusticias y las situaciones absurdas que se daban en el bando de los soviéticos y donde hace unas analogías inolvidables de ambos totalitarismos, el de Hitler y el de Stalin. La respuesta de los censores fue fulminante: no se publicaría ni en doscientos años, le dijeron. Los agentes del KGB le arrebataron el manuscrito, el papel carbón y hasta la cinta de la máquina de escribir. Y lo lanzaron al pozo del ostracismo. Pero él, como los valientes, siguió aferrado a la verdad, y de nuevo la llevó a las páginas de un libro. A pesar del abatimiento y la enfermedad, a pesar de empuñar la pluma con el alma encogida, esperando la temida llegada de la furgoneta del KGB, escribió Todo fluye, donde cuenta, entre otros espantos, cómo Stalin condenó a morir por hambre a millones de rusos inocentes. No vivió lo suficiente para verlo publicado. Vasili Grossman murió en 1964 creyendo que había gritado en el desierto. Afortunadamente se equivocó. Un grupo de héroes se encargó de esconder (en los forros de ropa), microfilmar y sacar de Rusia el manuscrito de Vida y Destino. La primera edición salió en Francia en 1983 y provocó una incontenible oleada de entusiasta admiración. A España llegó un año después, pero pasó sin pena ni gloria. Como ha reconocido Antonio Muñoz Molina, todavía entonces los intelectuales europeos desdeñaban todo lo que criticara el estalinismo e inmediatamente  lo calificaban de fascismo resentido. (Fátima Uríbarri - Madrid).


El libro Vida y Destino de Vasily Grossman apasiona, conmueve, despierta una curiosidad que aumenta con cada fragmento de la obra, genera evocaciones muy lejanas en el tiempo. La atención, atrapada por la aptitud narrativa del autor, va in crescendo, no decae, se renueva en cada fragmento. Esta obra es como una mancha roja que  fluye en la memoria, se incrusta en ella, cobija los recuerdos y exalta y despliega sentimientos que no se han borrado, que reposan en el dolor de lo perdido, la angustia de lo irrecobrable.

Más que novela es la historia de la URSS, más que historia es un cuadro completo del imperio ruso y su gente, de las relaciones sociales y humanas. En un fresco impresionante, transmite imágenes de la gran guerra patria, la batalla de Stalingrado, el devenir cotidiano de millones de ciudadanos rusos en las condiciones de la guerra, del exilio y los desplazamientos internos, el hambre y el frío en medio de la ofensiva alemana cuyo objetivo era apoderarse del trigo de Ucrania y el petróleo del Cáucaso para afrontar, equipada y solvente, el futuro de la invasión a Rusia.

Al comienzo de de la invasión nazi —el 22 de junio de 1941— la ineptitud militar deStalin provocó el rápido avance de los tanques nazis hacia Moscú y Ucrania. Fue cuando el famoso general invierno colaboró en el descalabro de la ofensiva hitlerista. Millones de rusos murieron por las penurias de la guerra y la ocupación germana.
El trasfondo cruento del sitio de Stalingrado le permite a Vassily Grossman pintar con trazos intensos, y tiernos a veces, las vicisitudes, el amor, la envidia, los celos, las penurias y muertes, el amor y la frustración, actos de solidaridad y compañerismo, las denigrantes suspicacias suscitadas entre las criaturas que aparecen en las historias que jalonan esta odisea de padecimientos. Describe el clima de sospecha y delación estalinistas, menciona las purgas de 1937 en las que fueron eliminados todos los revolucionarios bolcheviques compañeros de Lenin: Trosky y la vieja guardia, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Tomski, y un largo etcétera. La paranoia estalinista decapitó, asimismo, a los talentosos mariscales del ejército Rojo con Tujachevsky a la cabeza, todo esto en leves insinuaciones y alusiones tangenciales de los personajes.
 Las peripecias de todos los personajes y las anécdotas de sus vidas resaltan los rasgos de la condición humana, pero el círculo del terror y las suspicacias que la burocracia expandía entre los supuestos disidentes  (los ejemplos del profesor Shtrum, y el arresto del antiguo bolchevique Krímov en la Liubianka), matizan y le dan ese toque surrealista al mundo represivo de la Unión Soviética en tiempos de Stalin.
Una obra de historia y literatura traída de la pluma prodigiosa de Grossman, en la que no falta ningún ingrediente. Escrita con solvencia, firmeza, cariño por sus personajes y el rigor de los hechos que boceta, la ficción semeja la realidad y la realidad parece una obra de ficción: se trata de la crónica objetiva y subjetiva de un mundo que semejaba el paraíso proletario y socialista  y acabó desmoronándose, convertido en una caricatura monstruosa plagada de gulags y esclavos manipulados por el sistema instaurado por Stalin y sus burócratas.
Su lectura es imperativa para aquéllos que saben algo, suponen, se les ocurre o imaginan. O para los millones de idealistas que presumían que estaban combatiendo por el socialismo y por un mundo nuevo  y ahora quieren saber mucho más a fondo sobre la otra gran tragedia del siglo XX, la paralela a la barbarie nacionalsocialista hitleriana. ■


 IDA Y VUELTA

Ese chispazo

"Una de las maravillas de vivir en estos tiempos es la posibilidad de asistir a la confluencia entre la poesía y el conocimiento"

 
 De pronto hay algo donde antes no había nada. De un momento a otro la desolación se ha convertido en fervor y la esterilidad en deslumbramiento. En la conciencia vacía o en la hoja o en la pantalla en blanco ahora hay una primera frase o un verso completo. En la imaginación ha surgido una música llegada de no se sabe dónde. Las horas o días de trabajo tedioso quedan cancelados por una súbita sensación de ligereza. Lo imposible ahora se ha alcanzado sin apariencia de empeño. Lo que era difícil se ha vuelto fácil o ha resultado ser difícil y fácil a la vez. El esfuerzo consciente se ha revelado superfluo porque alguien que no parece exactamente uno mismo ha susurrado una solución. A partir de ahora el trabajo no será menos exigente, pero sí más fluido y más grato.
La palabra susurrar es adecuada: la inspiración es un soplo. Las imágenes que aluden a esa experiencia contienen el aliento y también la luz: la claridad súbita que revela lo hasta entonces oculto. En el querido vocabulario de los cómics la idea súbita es una bombilla que se enciende en el cerebro o encima de él, quizás derivada de las lenguas de fuego que señalaron la presencia del Espíritu Santo sobre las cabezas de los apóstoles. Los símbolos evolucionan con la tecnología: la inspiración es una llama cuando la noche se iluminaba con candelas de aceite y una bombilla en la era de la electricidad.
Cualquiera que haga tareas que requieren algún tipo de invención conoce tales momentos, pero elude mencionarlos, por miedo a los malentendidos: a no ser tomado en serio, a ser tomado por un místico o un romántico, a que se piense que si todo depende de una ocurrencia súbita no hay mayor mérito en el logro, o cualquiera puede aspirar a él. El problema se agrava en sociedades ásperas que desconfían de la inteligencia y consideran parásitos o estafadores a quienes de un modo u otro dedican sus vidas a trabajos relacionados con ella.
Para que los profesores lo miren con la adecuada seriedad y para que sus paisanos no lo apedreen o al menos no lo miren como a un payaso el escritor, el artista o el músico engolan la voz al hablar de sus oficios, y resaltan con razón la parte que hay en ellos, siempre, de entrega y disciplina, de tesón y control, de revisión permanente. Pero rara vez hablan, hablamos, de aquello sin lo cual todo el esfuerzo y toda la perseverancia no sirven para nada y no llevan a ninguna parte, esa revelación súbita de la que nace muchas veces una canción, una historia, un poema, el prodigio inexplicable de lo que no es el resultado del pensamiento racional, ni del propósito consciente, sino del más puro azar, lo que llega no cuando se lo busca y se lo espera, sino precisamente cuando se ha dejado de buscar, cuando se estaba buscando con obstinación otra cosa.
Un libro, en mi experiencia, no es la realización de un proyecto, un edificio que deriva exactamente del trazado de los planos. Es algo que llega de pronto y que uno sigue medio a tientas, guiado como máximo por algo parecido a esa brújula de la que habla Javier Marías; una brújula, en cualquier caso, de eficacia incierta, de movimientos caprichosos de aguja: quizás una brújula que hay que consultar de noche a la luz de una llama que en cualquier momento puede apagarse. Uno no escribe para contar lo que sabe, sino para saber lo que cuenta. El plano, cuando llega a existir, existe como un fogonazo, y lo que ilumina son casi siempre conexiones inesperadas entre cosas que hasta ese mismo momento parecían muy alejadas entre sí. Marcel Proust creyó que estaba escribiendo un ensayo sobre el crítico Sainte-Beuve que a él mismo le parecía tedioso y en el que había trabajado con desgana durante años: de pronto, una tarde, instigado por el sabor más célebre de la literatura, el tedio se convirtió en arrebato y la dificultad de inventar en un casi delirio de imágenes y situaciones. En el duermevela del despertar Richard Wagner escuchó el acorde del que derivaría todo el inmenso edificio sonoro del Anillo del Nibelungo. El máximo desaliento había precedido a la mayor enajenación creadora.
Desde los griegos la inspiración inventiva se asoció a lo sobrenatural: en la etimología de la palabra entusiasmo está la idea de la posesión por un dios. Una de las maravillas de vivir en estos tiempos es la posibilidad de asistir a la confluencia entre la poesía y el conocimiento científico. Escáneres e imágenes magnéticas están favoreciendo una precisión cada vez mayor en el estudio de los procesos cerebrales, al mismo tiempo que la biología molecular permite conocer el sustento físico de la imaginación y la memoria. Jonah Lehrer, un divulgador de éxito especializado en la neurociencia, acaba de publicar Imagine: How Creativity Works, un libro sobre los descubrimientos en ese campo que parecía el más escurridizo y misterioso de todos: de dónde viene lo que parece surgido instantáneamente de la nada; lo intuido, lo medio soñado, lo que se escribe o se toca en un estado como de sonambulismo, la ocurrencia de un poema o de una melodía y también la de una de esas modestas invenciones que en seguida se vuelven obvias pero en las que nunca había pensado nadie: la cinta adhesiva, por ejemplo, el post-it, la canción Like a Rolling Stone de Bob Dylan, la mopa desechable, un poema de Auden, el eslogan I Love New York con el corazón rojo en el centro, el velcro, los primeros dramas históricos de Shakespeare; tantas de las cosas que implican el que según Lehrer es el más importante de nuestros talentos: la capacidad de imaginar lo que nunca antes ha existido.
En todos estos hallazgos dispares hay un cierto número de elementos comunes. Hay una mezcla de tozudez y capitulación: justo cuando se abandona después de un largo esfuerzo que no ha tenido fruto es cuando aparece lo que ya no se buscaba. Hay disciplina pero también hay jubiloso abandono: después de haberse adiestrado durante muchos años en el control absoluto de su instrumento un músico de jazz puede permitirse improvisar en un estado en el que el flujo de la electricidad y de la sangre en su cerebro se parece mucho al de la mente que sueña. Hay una memoria operativa que puede trabajar al mismo tiempo con una rica variedad de ideas e imágenes y hallar conexiones y similitudes sorprendentes. El inventor del velcro pensó de pronto en esas semillas pinchudas que se le quedaban adheridas en el lomo a su perro lanudo. El del post-it, un hombre muy religioso, perdía siempre los papelitos con los que separaba las páginas de su libro de himnos, y se acordó de un pegamento muy débil del que había oído hablar distraídamente hacía algún tiempo. Joyce conectó el mito de Ulises y el del Judío Errante con un día en la vida de un pobre hombre cualquiera de Dublín.
Chispazos así llegan de tarde en tarde, si llegan. Uno trabaja a diario con la esperanza, con la superstición de merecerlos.
Corrección: la semana pasada escribí que no hay una buena biografía de Luis Cernuda. Jordi Doce y otros lectores se han apresurado a corregir mi inexcusable ignorancia: Tusquets ha publicado una gran biografía de Cernuda escrita por Antonio Rivero Taravillo.
Imagine: How Creativity Works. Jonah Lehrer. Houghton Mifflin Harcourt, 2012. 279 páginas.


JUAN MARSÉ

Juan Marsé


Ayudante de laboratorio

Cierro los ojos. Intento rescatar, entre la vorágine de 66 veranos vividos, el peor verano de mi vida. Casi no conservo recuerdos de los cuatro o cinco primeros, lamentablemente. Pero estoy totalmente seguro de que mi peor verano no se cuenta entre ellos. Cierro los ojos para ver si entre ese cegador laberinto de veranos distingo el más penoso, el que se torció, y para mi sorpresa, la primera pulsión de aquel negrísimo estío me llega a través de los sentidos. De repente, me invade una ola de calor sofocante y pegajoso, un calor más próximo y real que cualquiera de los recuerdos que arrastra el sofoco reconocido. Sin ninguna duda estoy en París, en julio de 1961. Vivo en un hotelucho de pomposo nombre, en el 19 de la Rue du Pont-Neuf, Hotel Duc de Bourgogne, enfrente de Les Halles, el vientre de París hoy convertido en delirante galimatías comercial.
Todos los días cruzo el legendario puente y almuerzo en algún restaurante barato del barrio latino o en el self-service del Foyer des Etudiants, o simplemente me compro un cucurucho de patatas fritas. El verano en París está resultando una pesadilla a ambos lados del Sena, pero estoy dispuesto a aguantar como sea en espera de un golpe de suerte. Malvivo con algunos francos que me gano dando clases de español a la bellísima Teresa Casadesus, hija del pianista Robert Casadesus (ella me inspirará el título de la novela que ya tengo en mente, Últimas tardes con Teresa) y también al poeta Pierre Emmanuel, que gentilmente se deja enseñar para echarme una mano: Emmanuel habla español casi a la perfección. El poeta preside el llamado Congrès pour la Liberté de lal Culture en el 104 del Boulevard Hausmann, organismo que, por recomendación de Josep Mª Castellet y Carlos Barral, me otorgó una bolsa de viaje de 1.000 nuevos francos para visitar París. Pero la bolsa se vació enseguida. Ahora busco un trabajo con horario regular que me deje tiempo libre para escribir. Busco y busco, pero no encuentro. Frecuento la Librería Española de Soriano, en Rue de la Seine, donde a menudo contertulian Tuñón de Lara, Juan Goytisolo, los pintores Díaz y Ortega, Corrales Egea, Manolo Ballesteros, mi amigo Antonio Pérez, etc.
Algunas noches ceno en casa de Monique Lange y Juan Goytisolo, pero más frecuentemente me dejo caer por casa de María y Alejo Lluhansí, un joven y animoso matrimonio de Girona, casi siempre en compañía de Antonio Pérez y Enric Marqués, el pintor, también de Girona. Rue des Canettes 16, entre Saint Germain des Près y la Place Saint Sulpice. Formidable su ayuda, y su compañía, pero el tiempo pasa y sigo sin encontrar trabajo. Me angustia la idea de verme obligado a rendirme y tener que regresar a Barcelona. Alejo o Antonio, no recuerdo cuál de los dos, me aconseja acercarme al Institut Pasteur, 25 Rue du Docteur Roux. Al parecer, allí siempre hay trabajo para desesperados como yo. En efecto, necesitan un garçon de laboratoire. Me recibe el jefe de pesonal y seguidamente me envía al mismísimo Jacques Monod, el eminente biólogo, para que me examine y apruebe mi ingreso, o no lo apruebe... Entro en su despacho de la planta baja del Institut con el alma en vilo. Monod, que dirige el departamento de Biochimie Celulaire, es futuro premio Nobel y autor de un libro, "El azar y la necesidad", que años después la casualidad querrá que en España lo publique mi propio editor, Carlos Barral.
Secretamente esperanzado, confiando en que Jacques Monod -un hombre con un gran encanto personal, muy culto y de mirada inteligente, muy atractivo y seductor- me acepte sin exigir demasiados requisitos como garçon de laboratoire, una especie de chico de los recados en los laboratorios, me presto encantado a contestar a sus preguntas: ¿De dónde vengo? De Barcelona. ¿A qué me dedicaba en Barcelona? Fui operario de joyería, ahora soy, o mejor, quiero ser, escritor... He publicado mi primera novela en España hace muy poco (aquí, el ilustre biólogo empieza a mirarme con verdadera curiosidad, y yo diría que también con cierta admiración, o eso me parece) y Maurice Edgar Coindreau, el famoso introductor de William Faulkner y de John Dos Passos en Francia me la está traduciendo al francés y se publicará en chez Gallimard y bla bla bla. Tan asombrado e interesante se muestra Monod, que me digo: "Ya es mío. Soy el nuevo garçon de laboratoire". Sigue una larga entrevista que no hace más que aumentar mi confiánza y mi euforia: el puesto es mío. Monod, por su parte, no acaba de entender que un joven novelista que acaba de publicar su primer libro esté tan firmemente dispuesto a trabajar de garçon. Le explico que, bueno, yo no vivo precisamente de rentas, monsieur, aquí en París no tengo trabajo, ni dinero, y mi intención es quedarme a vivir un par de años en la ciudad y aprender bien el idioma, etc. Le hablo del famoso pianista Robert Casadesus y del poeta Pierre Emmanuel, del hispanista Jean Cassou y de su hija Isabel, todos ellos buenos amigos (su asombro va en aumento, también mi convicción de que el puesto ya es mío) que me han ayudado amablemente hasta hoy, le digo, pero ahora quiero ganarme la vida por mi cuenta. Monsieur Monod lo comprende, es más, le parece muy bien. Finalmente decide dar por terminada la entrevista y me anuncia que va a presentarme al personal de su departamento. En el pasillo nos cruzamos con el biólogo François Jacob, que andando el tiempo será también premio Nobel y director del Pasteur. Monod me introduce en lo que parece una cocina muy amplia y llena de vapor, donde unas 30 muchachas vestidas con uniforme blanco impoluto esterilizan toda clase de cachivaches de cristal, sobre todo probetas y tubos de ensayo y jeringuillas metidas en grandes cazuelas donde hierve el agua. Nada más entrar el gran jefe Monod, las mujeres suspenden en el acto sus labores y se alinean hombro con hombro al lado de las calderas. Monod, muy ceremonioso y circunspecto, con ese ritual tan exquisitamente francés, las saluda con una elegante inclinación de cabeza. "Va a presentarme, ya está hecho", me digo. Pero lo que sale de los labios de Monod no es exactamente lo que yo espero. Dice con su bella y parsimoniosa dicción: "Madame, je vous presente le candidat a garçon de laboratoire". ¡¿He oído bien?! ¡¿Ha dicho le candidat?! ¡El candidato! ¡De modo que después de todo, no soy más que un candidato! ¿0 no es más que otra cortesía verbal típicamente francesa, una, digamos, licencia poética? Me hundo en una depresión que me dura hasta el día que me llaman para informarme que, finalmente, el candidato catalán ha sido aceptado. Han sido siete días de pesadilla, pero al octavo ya estoy trabajando en el Pasteur con Jacques Monod y François Jacob; me levanto temprano y trabajo duro, pero antes de las cinco de la tarde ya estoy libre y de vuelta al barrio latino. Me pagan 640 nuevos francos con 17 céntimos al mes, y tengo tiempo libre para leer y escribir el primer esbozo de lo que será Últimas tardes con Teresa. Es septiembre y ya no siento calor. Creo que ha terminado el peor verano de mi vida.

Juan Marsé (Barcelona, 1933) es un novelista español, tal vez el más importante. Su visión lúcidamente crítica de la posguerra lo sitúa entre los autores más notables de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX. De formación autodidacta, trabajó en un taller de joyería hasta 1960, año en que decidió dedicarse de lleno a la literatura. En el marco de las tendencias del realismo social, sus primeras novelas, Encerrados con un solo juguete, de 1960 y Esta cara de la luna (1962), tratan asuntos relacionados con las consecuencias de la guerra civil sobre la juventud. De 1961 a 1963 vivió en París y escribió algunos guiones para el cine. Consiguió un resonante éxito con Últimas tardes con Teresa (1965), obra ganadora del premio Biblioteca Breve, en la que construye una brillante sátira de la burguesía barcelonesa sirviéndose de la atractiva figura del Pijoaparte, joven trepador que intenta seducir a una muchacha rica haciéndose pasar por un militante político. Su intención testimonial y de denuncia se plasma en un realismo de corte clásico magistralmente armonizado con nuevas técnicas narrativas y complementado con un empleo de la parodia y la ironía que ha creado escuela entre las nuevas generaciones de escritores. Posteriormente apareció La oscura historia de la prima Montse (1970), implacable análisis de los sectores tradicionales de la sociedad catalana y su relación con la emigración, y Si te dicen que caí (1973), que tuvo que publicar en México a causa de la censura franquista. En esta novela lleva a cabo una hábil caricatura de la España de posguerra utilizando las "aventis", historias inventadas por sus personajes a partir de hechos realmente acontecidos. La muchacha de las bragas de oro (1978), que obtuvo el premio Planeta, trata de un escritor falangista que retoca incansablemente su pasado sirviéndose de unas memorias, mientras que en El amante bilingüe(1991) juega con la idea del doble a través del personaje de Marés, que intenta reconquistar a su mujer transformándose en el charnego Faneca.
La recuperación de la infancia es el tema principal de algunos de sus libros siguientes, como El embrujo de Shangai (1993) y Rabos de lagartija (2000). También ha escrito la novela Un día volveré (1982), los relatos de Teniente Bravo (1987) y los artículos reunidos enConfidencias de un chorizo (1977), y Señoras y señores(dos series, 1977 y 1988).

Elmer Mendoza

Nacido en 1949 en Culiacán, México. Después de sus estudios de literatura española, publicó sus primeros cuentos y obras de teatro. En 1999, publicó su primera novela, »Un asesino solitario" (»Lone asesino»).En 2007, ganó el Premio Tusquets de Novela por su novela negra »Balas de Plata" (Silver Bullets), en el que analiza las influencias de la economía de la droga en la sociedad mexicana. Mendoza es profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Sinaloa.

El espejo

En verano dejo la puerta abierta. Permito que el clima invada los rincones y me diga que sufro y estoy vivo. Me recuesto en el cuarto de la tele en un sillón mullido que respira. Duermo. Sssshh, desperté ayer. Uno no sueña esas cosas: una mujer se quitaba la blusa y la dejaba caer, luego me lanzaba el sostén y danzaba. No es vecina no es amiga o comadre, ¿quién es? Uno no se pregunta esas minucias. Su falda a la rodilla se hallaba en el piso y un minuto más su tanga se posaba en mi cara y tenía ese olor que es tierra, viento, fuego y esclaviza. Pretendí incorporarme y con el dedo denegó. Mi cuerpo ahora era un corazón desbordado. Continuó el baile: como mulata como negra como blanca. Sus nalgas delineaban círculos breves, lentos, nacarados; sus tetas eran fruta roja y de su abdomen no me acuerdo porque no se afeitaba y su pubis refulgía de negrura mulatura blancura. Su entremuslo ofrecía una sombra con alas y delirio, y de nuevo quise moverme, uno no resiste esos estímulos, pero ella flamigereó calmado señor tranquilo y continuó su danza de silencioso estrépito, y yo veía ese trasero, esas zonas oscuras, esos labios abiertos, ese pelo y mi miembro bullía en busca de abertura vulva o de algún roce perdido de sus dedos rosados negreados mulatados. Uno no evita su sexuamilitud.
Su tanga se posaba en mi cara y tenía ese olor que es tierra, viento, fuego esclaviza
Fue cuando se acercó sin dejar de menearse y descubrí su férvido lunar en su muslo enviando llamaradas, llamadas, llamas, lla. Me arrancó la playera y fue a mis pectorales con su lengua de crema al tiempo que su mano hurgaba bajo mi bermuda. Intenté llegar a sus tetas de pezones erectos pero una vez más me rechazó, uno no está para eso; sin embargo, no quise violentar la sensación de ese cuerpo que olía a gentileza y a nave de los tiempos mientras conquistaba mi desnudez atragantante y me acercaba a la fuente dúctil de su acrobacia. Luego lamí sus pies para satisfacer esa necesidad elemental y en ruta de su vello empapado me detuvo de nuevo y dejé que sus labios hicieran su verano.
Entonces descubrí el espejo donde unas manos estrujaban sus pechos, sus caderas, su espalda y sus dedos visitaban los sitios reservados y ella gemía y era piedra, nuez y gelatina y su pelo encendía el azogue y apagaba las luces y sentía su aroma que rugía y su humedad que me secaba y su piel que se cimbraba en su danza de pequeños quejidos. Volví al espejo, uno es curioso a veces, y notaba su perfil sus heridas, su pubis digiriendo su lunar de lechera y aquel cristal que se revolvía con paroxismo humano y quedaba más pálido que un muerto. Ah, uno no está para sonrisas, mucho menos para preguntas. Dejé que se vistiera, decir adiós es pésima costumbre, que desapareciera por la puerta, cargando el espejo de bisel que tal vez ofrecía en varios pagos.


Heinrich Böll

Heinrich Böll

La amada no enumerada

Ellos han remendado mis piernas y me han dado un puesto en que puedo estar sentado: cuento las gentes que pasan por el nuevo puente. Les da gusto atestiguar con número su habilidad, se embriagan con esa nada sin sentido de un par de cifras, y todo el día, todo el día, marcha mi boca muda como la maquinaria de un reloj, amontonando cifras sobre cifras, para regalarles por la noche el triunfo de un número. Sus rostros resplandecen cuando les comunico el resultado de mi turno de trabajo; cuanto más alto es el número, tanto más resplandecen sus rostros y tienen motivo para acostarse satisfechos en la cama, pues muchos miles pasan diariamente por su nuevo puente... Pero sus estadísticas no están bien. Me da mucha pena, pero no están bien. Soy un hombre en quien no se puede confiar, aunque entiendo que despierto la impresión de lealtad.
En secreto me produce alegría quitarles uno de vez en cuando, y luego también, cuando siento compasión, regalarles un par de más. Su felicidad está en mi mano. Cuando estoy furioso, cuando no tengo nada que fumar, indico solamente el término medio, algunas veces por debajo del término medio, y cuando mi corazón late, cuando estoy contento, dejo que mi generosidad fluya en un número de cinco cifras. ¡Son tan felices! Me arrancan en cada ocasión el resultado de mi mano y sus ojos se iluminan y me dan palmaditas en el hombro. ¡No sospechan nada! Y luego empiezan a multiplicar, dividir, porcentualizar, yo no sé qué. Calculan cuántos pasarán hoy cada minuto por el puente y cuántos pasarán en diez años por el puente. Aman el segundo futuro; el segundo futuro es su especialidad y, sin embargo, me da mucha pena, todo eso no concuerda...
Cuando mi pequeña amada pasa por el puente -y pasa dos veces por día- mi corazón simplemente se detiene. El incansable latir de mi corazón sencillamente se detiene, hasta que ella dobla hacia la avenida y desaparece. Y todos los que pasan en ese tiempo, los silencio. Esos dos minutos me pertenecen a mí, a mí solo, y no dejo que me los quiten. Y aun cuando ella al atardecer regresa de su heladería -yo he sabido entretanto que trabaja en unaheladería- cuando pasa por el otro lado de la acera frente a mi boca muda, que tiene que contar, contar, mi corazón se detiene de nuevo y comienzo de nuevo a contar, cuando ya no la veo a ella. Y todos los que tienen la suerte de desfilar en esos minutos ante mis ojos ciegos, no entran en la eternidad de las estadísticas: hombres de sombra, mujeres de sombra, seres de la nada, que no marcharán con los demás en el segundo futuro de las estadísticas...
Está claro que la amo. Pero ella no sabe nada de esto y no quiero tampoco que lo sepa. No debe sospechar de qué modo tan increíble ella anula todos los cálculos, y ella debe ser inocente y no sospechar nada, y con sus largos cabellos castaños y sus tiernos pies marchar a su heladería, y ha de recibir muchas propinas. La amo. Está clarísimo que la amo.
Recientemente me han supervisado. El camarada, que está sentado al otro lado y tiene que contar los autos, me advirtió ya muy pronto y yo hice maldito el caso. He contado como un loco; un cuentakilómetros no puede contar mejor. El superestadístico en persona se colocó allá enfrente, al otro lado, y ha comparado después el resultado de una hora con el resultado de mi hora. Yo sólo tenía uno menos que él. Mi pequeña amada había pasado y jamás en la vida hubiera hecho yo transportar a esa hermosa criatura al segundo futuro; esa mi pequeña amada no debe ser multiplicada y dividida y ser transformada en una nada porcentual. Mi corazón sangraba de tenerla que contar, sin poderla seguir mirando, y al amigo de allá, el que tiene que contar los autos, le estoy muy agradecido.
El superestadístico me ha dado palmaditas en el hombro y ha dicho que soy bueno, confiable y fiel. "Errar uno en una hora", ha dicho, "no es mucho. Sin embargo, tenemos en cuenta un cierto desgaste porcentual. Solicitaré que sea usted trasladado a contar carros de caballos".
Carros de caballos es naturalmente una suerte.
Carros de caballos es una alegría como nunca antes.
Carros de caballos hay todo lo más veinticinco por día, y hacer que cada media hora caiga el siguiente número en el cerebro, ¡es una alegría! Carros de caballos sería magnífico. Entre cuatro y ocho no puede pasar ningún carro de caballos por el puente, y podría ir a pasear o apresurarme a la heladería, podría mirarla largamente o podría quizás llevarla un rato hacia casa, a mi pequeña amada no numerada...


Ester Mann

Un novio “bien varón”

Abrió despacio la persiana y se metió en la habitación. Ya varias veces había entrado por la ventana del departamento de planta baja. Pero solo cuando ella  lo había invitado. Esta vez era otra cosa: la mosquita muerta lo quería dejar… Y él no permitiría que lo pongan en ridículo, que toda la escuela se enterara que él, Uriel Tedesco, quedó pagando por culpa de esa bobita.

Se quedó quieto hasta que sus ojos pudieron vislumbrar las sombras más tupidas de la cama, la cómoda y las dos sillas. El cuerpo de Nina, bajo las cobijas, subía y bajaba con el ritmo de su respiración.
Después de esta noche él la dejaría, pero primero tenía que enseñarle quién decide, quién es el hombre, tenía que recordarle que él era Uriel y decidiría qué historia contarían al día siguiente en el colegio.
Sin vacilación se acostó a su lado y empezó a besarla. Nina se despertó y cuando entendió lo que pasaba lo empujó con violencia. El rió y continuó, mientras le decía: ¿qué? ¿Ya no me querés más? ¿Era una broma, no es cierto? ¡Mandarme un papelito a mí!  ¿Porqué no me lo dijiste personalmente?

Nina susurraba, no se atrevía a gritar, en la casa todos dormían y además ella tenía la culpa. ¿Cuántas veces le había permitido o invitado a entrar? Hasta le había enseñado cómo abrir la persiana anti robo… Si su madre o su abuela se despertaban habría un escándalo, descubrirían que Uriel había estado entrando en la casa, que ella fumaba, que les había mentido infinidad de veces y tantas otras cosas que ni recordaba. ¡Cuántas estupideces que había hecho! Y además, ¿qué podrían hacer contra Uriel?
Su familia era influyente, tenían contactos en todos lados, el padre era abogado y no de los honestos. En cambio, la familia de Nina… Mejor callar, serían solo unos momentos, que obtenga lo que quiere una vez más y que se vaya...
Nina no quiso recordarle que se ponga un condón, no quiso hablarle ni demostrarle ninguna colaboración. No luchó contra Uriel, estaba como muerta, no sentía su cuerpo. Se veía a si misma desde arriba: tiesa, los miembros estirados, los ojos cerrados, los labios apretados. En su cabeza martilleaba solo una frase:
¡Diosquenoquedeembarazada! ¡Diosquenoquedeembarazada! ¡Diosquenoquede embarazada!
Uriel acabó su faena, riéndose se subió el pantalón,  le tiró sobre el pecho una moneda de 10 pesos y se fue por la ventana diciéndole: ¡eso es lo que sos y eso es lo que valés!

Nina no lloró; despacio, tratando de no hacer ruido se dio una ducha y volvió a la cama. No pudo dormir, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas y ella repetía bajito, como una plegaria: mamá, mamita…
Pero la madre no se despertó ni vino a darle consuelo. La madre dormía, agotada por el día de trabajo. Había que luchar por un peso más, para pagar la ropa, la comida, los impuestos. La realidad la superaba y aunque vivía en la casa, sus pensamientos siempre estaban en otro lado.

Nina estaba sola con sus problemas de adolescente quinceañera.¿Y si ese animal la había embarazado?. Cuando se acercó a él le gustaron sus maneras bruscas, su fuerza, su poder entre los compañeros. Empezaron a salir juntos, ya eran novios. Tarde se dio cuenta que era un simple matón y que le sería difícil dejarlo.  Si en verdad había quedado embarazada, todo saldría a la luz, todos sabrían lo poquito que ella valía, lo tonta que era.
Al día siguiente no fue a la escuela, dijo que no se sentía bien. Por suerte su madre se fue al trabajo y el padre dormía después del horario nocturno. Sus hermanos tampoco estaban y a su abuela la podía mantener alejada.

A media mañana Rita la llamó. Le dijo que en la escuela todos comentaban que Uriel la había dejado y que Nina no valía nada. Detrás de la linda carita no hay nada, es un mal polvo, eso es todo, proclamaba Uriel a todo el que lo quisiera escuchar. A pesar de que hacía meses que ellas  no se hablaban, desde que Uriel había abandonado a Rita, Nina escuchó con atención. Cuando largó a Rita  él pregonó por  toda la escuela que era una puta calentona. También a Rita la violó para hacerla callar.
Las dos quedaron en encontrarse tarde, esa noche, en la esquina de la escuela. Cada una llevaría lo que pudiera.

Al día siguiente todos los alumnos vieron las pintadas URIEL TEDESCO VIOLADOR/CHICAS, CUIDENSE DE URIEL TEDESCO/BOYCOT FEMENINO A URIEL TEDESCO.
Rita y Nina entraron a clase erguidas y orgullosas. El único que sabría quién pintó las consignas no podía denunciarlas. No era mucho, pero de todas maneras las dos saborearon el agridulce sabor de la venganza.
Dos meses después Nina, acompañada por sus padres, abortó en el hospital.

                                                     ***                          

Durante años, casi todas las noches, de hecho hasta que Nina se casó y tuvo su primer hijo, el padre tenía un sueño que corregía y cambiaba los hechos:
Nina abría los ojos, alguien prendía la luz del cuarto, en la puerta él y Silvia miraban a Uriel sin hablar. Silvia, su mujer, intentaba detenerlo tirándole de la manga del piyama, pero él se acercaba, sujetaba a Uriel por el cuello de la camisa y la cintura del pantalón y lo arrojaba contra la pared. Uriel no se defendía, ni siquiera se cerraba el pantalón, salía corriendo hacia la puerta de la casa y se iba... En el sueño el padre encargaba rejas para todas las ventanas. Aunque la angustia ya se había adueñado de su alma. 


Andrés Aldao

Crónica del Planeta Tierra (cuento de... ¿ciencia ficción?)
                                                 

Esta Crónica del Planeta Tierra fue escrita hace 12 años por el autor, heredero de las hambrunas de la década infame en la Argentina (1930 / 1943). La historia de la sociedad capitalista imbrica un relativo bienestar seguido de una infame crisis económica que genera desocupación, hambre, enfermedades y miseria como ocurre en estos días en España, Italia, Portuga, las naciones africanasl y el resto de los países que reciben los beneficios del FMI y el BCE.


Las tinieblas de la noche se desvanecen. Delicados resplandores carminosos despuntan en el horizonte allí, donde confluyen, como dos constelaciones antagónicas, la noche que fenece y la aurora del nuevo día.
Una silenciosa muchedumbre, indiferente a la majestuosidad de la aurora, se pone en marcha. Recorre cotidianamente callejuelas y sinuosas cortadas en los suburbios del planeta. No tiene prisa; tampoco destino. Marcha impávida, sin alterarse. Multitud sombría, taciturna, de ojos apáticos que miran al vacío. Es una procesión de rostros carentes de identidad, imprecisos, grises.
El singular gentío no parece tener nociones de tiempo y lugar. Se desplaza ausente e ingrávido como suspendido en una extraña dimensión. Como si transitara por una autopista astral, etérea, bocetada en el espacio mediante líneas impalpables y figuras geométricas cuneiformes y raras, fuera de los límites del planeta.,, Allí donde reinan la oquedad eterna, las tinieblas, la nada.
Y más allá, en la galaxia de la cordura, languidecen los signos y símbolos de la existencia humana, síntomas inequívocos que presagian la evanescencia del tiempo, el espacio y la vida.

Las columnas se alargan. Día a día son engrosadas por ancianos, mujeres y hombres jóvenes. También niños con sus piernas rígidas, como estacas. Todos avanzan con un andar peculiar: casi no flexionan las rodillas y golpean  los pies contra el suelo . Muchos, por hambre o agotamiento, pierden el equilibrio, caen y vuelven a levantarse: como si se deslizaran por una inmensa pista de patinaje.
El silencio cóncavo, reflecta por contraste la estridencia ensordecedora de la muchedumbre que marcha. El onomatopéyico trram. trram. trram resuena sobre el asfalto como un eco estereofónico, brutal, exaltado e insolente.
Algunos transeúntes contemplan a la gente con curiosidad; otros, con pena. O lástima. El mutismo, fantasmal y macabro, boceta un cuadro de alucinación.
Alguien de la multitud susurra una pregunta: ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es nuestro rumbo?...No tenemos metas, hijo. excepto sobrevivir, musita, como en un rezo, un anciano de hirsutos cabellos blancos y una nariz en forma de gancho.

Una jovencita los ve pasar. Está vestida con elegancia. Una gargantilla le acaricia el delicado cuello, y los pendientes de oro parecen causarle un extraño placer. Encara al mozo del bar y lo sondea con un tono ingenuo que encrespa:
−¿Quiénes son estas personas? ¿Contra quién protestan? ¿Están de huelga, qué es lo que quieren?
−Perdóneme, señorita, ¿usted no lee el diarionet, no mira nunca su digitele portátil? —inquiere el mozo, fastidiado.                                                                  
El sol trepa entre los confines celestes y brumosos del horizonte. Ahora parece un deslumbrante círculo de fuego. Su rubor anaranjada se destaca contra el cielo tiernamente azulado.

Cómodos vehículos con motor de energía solar se desplazan veloces, silenciosos y seguros por las avenidas y autopistas. Grupos familiares, en la habitual pausa de la alienación hebdomedaria, se dirigen a sus placenteros fines de semana en las zonas verdes, alejadas de las urbes superpobladas.
El transporte público, los colecópteros, vuela por las rutas aéreas asignadas a cada línea. No hay  muchos pasajeros. Los que viajan prestan atención al matiz escarlata del  promisorio crepúsculo. Y en el lado oeste contemplan las columnas de la desesperanza que se mueven con ese ritmo tristón, monocorde e indolente.
Nuevas muchedumbres grises surgen por los bulevares y suburbios urbanos. Las piernas parecen enmohecidas, los ojos sin expresión. Los tacos martillan sobre las calles y restallan el silencio. Otros restriegan sus gastadas suelas contra el empedrado; muchos caminan sin calzado.
De vez en cuando se escuchan llantos de bebés escuálidos. Hambrientos y exhaustos; succionan pechos estériles de madres agotadas. Los niños imploran lo imposible; finalmente callan y duermen. Algunos agonizan mansos, ya sin fuerzas para los gemidos que preceden el fin.
Las columnas no se detienen. A veces se lanzan a la conquista de residuos de comida, volcados indolentemente en los recipientes de desperdicios de los restoranes y bares. No hay para todos: rige la ley del más fuerte. Los débiles van cediendo. Se tambalean pero prosiguen. Como último acto se desploman. Los que tienen familiares reciben ayuda; sobreviven a pesar de todo. Otros, acurrucados, quietos, esperan que la caridad pública los traslade a algún hospital. Los demás agonizan, aguardando resignados que la muerte se apiade y los libere.

Año 2020, siglo XXI. Ocurre en todo el orbe; en el primer mundo o en el tercero. En todas las áreas del planeta se multiplica el número de convictos sin condena, cuyo único y terrible delito es haber nacido en el siglo XX, el siglo del robot, la computadora y la telecomunicación; el siglo en el que el amor devino en maldición, el odio en virtud, la mentira en fuerza, el soborno en gratificación.
Las columnas de menesterosos se han convertido en el estiércol marginado de la sociedad de la opulencia. Es la masa gris que marcha por los arrabales de la democracia, informe en su esperanza y uniforme en sus carencias. Desde hace años, la muchedumbre retoma cotidianamente su calvario, su peregrinación al Gólgota de la sociedad de la abundancia, en la que es crucificada sin que sepa el por qué.

Van desplegándose las sombras; una oscuridad huraña envuelve a las muchedumbres. Los espectros se desconcentran;  buscan refugio en los umbrales, en viviendas abandonadas o en construcción, en las bocas de los subterráneos y estaciones de trenes y colecópteros Hay quienes se albergan debajo de los puentes o en las banquinas de las autopistas. Hasta el día siguiente, en que nuevos marginados se sumarán a la tétrica procesión. Otros, sin embargo, faltarán a la cita.El CCM (Crematorio Central de Menesterosos) funciona durante las veinticuatro horas. Con las primeras sombras de la noche salen a recoger los cadáveres las Cuadrillas de Voluntarios de Rifkin, llamadas así en homenaje a Jeremy Rifkin, el sociólogo utopista americano del siglo XX, autor de un opúsculo titulado curiosamente El fin del trabajo.

En los centros de producción del planeta tierra, raudos, sofisticados y sigilosos equipos automáticos producen, a velocidades siderales, todo lo necesario para vivir y disfrutar.
En las fábricas casi no hay trabajadores. unos pocos técnicos atienden las ordenadoras de producción y contabilidad. Algunos científicos se dedican a experimentar nuevos programas de desarrollo. Diariamente, camiones con acoplados descargan en gigantescos depósitos las mercaderías que no se consumen en el mercado de la libre competencia. En los “shopping’s”, entre tanto, se exponen sofisticados aparatos computerizados y digitales, delicados alimentos, confituras deliciosas y atractivas indumentarias. Muchedumbres famélicas, depósitos abarrotados. No para los marginados.

¿Existen? ¿Sueñan acaso? ¿ Perciben aún el amor? ¿O son figuras de cera, muñecos de escaparate, títeres en el proscenio cruel y humillante de la existencia humana? El mundo que se autoproclama serio no les presta atención: hace tiempo que dejaron de ser noticia.  Ellos no son parte del universo de colores y bienestar.                                                        
Esto acaece en el planeta tierra, año 2020, siglo XXI

Andrés Aldao