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sábado, 22 de septiembre de 2012

Silvia Cuevas-Morales

El Asilo




Al entrar sentí un frío intenso, las paredes emitían un olor agrio de humedad y abandono. Paredes viejas, cansadas de ver decrepitud y soledad; era un hogar de ancianos pobres en un rincón antiguo de una ciudad latinoamericana.

Cuando  abrí la puerta  me saludó un largo pasillo de baldosas grises. Comencé a caminar con paso tembloroso, con miedo de abrir la gran puerta de madera que se extendía enfrente de mis ojos adolescentes. Miedo de ver a aquellos ancianos que sólo parecían esperar a que llegara su hora. Me aterraba la idea, el sólo pensamiento que yo también llegaría a ser como ellos, sola, sin ningún familiar alrededor mío.

Abrí la puerta lentamente y me encontré dentro de una habitación. Ante mi vista se extendían dos largas hileras de camas blancas y muchas ancianas. Algunas me miraron con asombro, otras con una sonrisa arrugada; otras ni se percataron de mi presencia; ausentes, con los ojos fijos quién sabe en qué lugar.

Repentinamente sentí que una viejecita me llamaba y me invitaba a conversar con ella. Me acerqué tímidamente y me guió hacia un pequeño jardín al final de la sala. No sabía que decir bajo su mirada. Ella seguía mis movimientos con unos ojos pequeñitos y húmedos que se hundían en su piel rugosa, una piel que seguramente años atrás era suave y tersa.

Después de unos minutos se levantó del asiento y entró en la habitación. A los pocos minutos volvió con una pequeña bolsita de crochet. Se sentó con dificultad y extrajo un sobre que me extendió con manos temblorosas. Abrí el sobre y saqué una fotografía amarillenta. La anciana, con los ojos húmedos y brillantes observó la fotografía. Después, con una mano áspera y temblorosa, me señaló a la joven que salía en el retrato y habló con una voz baja y gentil:

"Esta era yo muchos años atrás, cuando tenía tu edad, cuando tenía sueños, amigos, familia. Todo. Lo tenía todo y ahora no tengo nada, sólo recuerdos y fotografías descoloridas..." No supe qué decir, sólo atiné a tomarle la mano y la miré a los ojos; aquellas pupilas fatigadas que me miraban con tristeza y con sabiduría.

Se acercaba el mediodía y más ancianas desfilaron enfrente de nosotras de camino al comedor. Algunas caminaban apoyándose en bastones o muletas, otras permanecían inmóviles en sus camas, mudas, con la mirada perdida en los recuerdos. Otras caminaban lentamente arrastrando los pies, pasos cansados de tanto andar por la vida. Nadie hablaba; una anciana alta tosía ronca y brevemente al compás de cada paso.

La anciana de la fotografía se levantó con su cuerpo encorvado, como si le pesaran los años que la habían ido dejando atrás. Me miró tiernamente y sonrió acentuando más sus notorias arrugas. Hasta luego me dijo,  pero antes de que me vaya, un consejo:
"Cásate y ten muchos hijos y nietos, para que no termines sola abandonada en uno de estos lugares.." Dejando la foto en mis manos se alejó de mí lentamente. Tomé la fotografía y la guardé furtivamente en mi bolso, me levanté del asiento y salí de aquel lugar como si llevara un gran tesoro. Adiós abuelita, pensé para mis adentros, sintiendo un gran peso de culpabilidad por haberla abandonado a su suerte en tan triste hogar.

Publicado en el periódico “El Español en Australia”, 1994.

lunes, 26 de marzo de 2012

Silvia Cuevas-Morales


 

VIOLETA PARRA EN EL RECUERDO (1917-1967) *

Pero, pensándolo bien, y haciendo juicio a mi hermano, tomé la pluma en la mano y fui llenando el papel. Luego vine a comprender que la escritura da calma a los tormentos del alma, y en la mía que hay sobrantes; hoy cantaré lo bastante pa' dar el grito de alarma. 
Violeta Parra nació un 4 de octubre de 1917, en la pequeña ciudad de San Carlos (Ñuble). Su padre era profesor de música y su madre, además de ser costurera, tocaba la guitarra y cantaba, y según diversas biografías, Violeta comenzó a tocar la guitarra a los nueve años y a los doce ya componía sus propias canciones.
En Chile son tiempos difíciles y Violeta sufre, a muy temprana edad, las penurias del desempleo y de la escasez de recursos. Agobiada por la situación, la familia se traslada a Lautaro en busca de trabajo y diez años más tarde regresa a Chillán. Durante el gobierno de Carlos Ibáñez, cientos de empleados pierden sus puestos de trabajo y su padre, desesperado por la falta de empleo, se refugia en el alcohol mientras su madre cose, lava la ropa ajena y vende todo lo que puede para mantener la familia a flote.
Violeta completa sus estudios primarios y tras un año en la escuela normal los abandona para trabajar en el campo y ayudar a la familia. Para complementar los ingresos familiares, junto a sus hermanos, sale a cantar en trenes, pueblos, restaurantes y circos. Angustiada por la situación económica y tras la muerte de su padre en 1929, Violeta se traslada a Santiago gracias a una invitación de su hermano, el poeta Nicanor Parra. En la capital retoma sus estudios pero los vuelve a abandonar por la música, su pasión verdadera. Junto a su hermana Hilda forman el dúo de Música folclórica "Las hermanas Parra" y comienzan a cantar en bares y en pequeñas salas. En 1935 su madre y sus hermanos también se trasladan a Santiago. Tres años más tarde contrae matrimonio con Luis Cereceda, con quien tiene a sus dos hijos Isabel y Ángel Parra, herederos de su tradición musical. En 1948 se separa de su marido y al año siguiente se casa con Luis Arce. De este nuevo matrimonio nacen dos hijas: Carmen Luisa y Rosita Clara.
En la década de los cincuenta graba sus primeros discos en los que recupera canciones populares como "El Caleuche", "Qué pena siente el alma", "La viudita" y "La cueca del payaso", entre otras. Violeta, además de ser una gran compositora quizás haya sido una de las principales investigadoras del folclor chileno. Junto a su dos hijos, Ángel e Isabel, recorre el país de norte a sur ofreciendo recitales y grabando las canciones populares que encuentra en su camino e incorporándolas a su repertorio. En estos peregrinajes conoce a Pablo de Rokha y a Pablo Neruda. El año 1953, tras un recital en casa de Neruda, Radio Chile la invita a colaborar en una serie de programas que introducirán el genio de esta gran artista en miles de hogares chilenos. Al año siguiente gana el premio Caupolicán que la reconoce como la mejor folclorista del año y recibe una invitación para participar en el Festival de la Juventud, en Polonia. Aprovechando este viaje recorre la Unión Soviética y parte de Europa, especialmente Francia.
Durante dos años reside en París y allí graba su primer disco de larga duración: "Guitare et Chant: Chants et Danses du Chili", editado en 1956. Tras la muerte de su hija Rosita Clara, Violeta regresa a Chile y se vuelca en la música y la investigación. La Universidad de Concepción la contrata para dirigir el Museo de Arte Popular, labor que compagina con sus recitales y su infatigable recopilación folclórica. Durante este periodo graba "Canto y Guitarra" (1957), "Acompañada de Guitarra" (1958), "La Tonada" (1958), "La Cueca" (1958), y "Toda Violeta Parra" (1960).
Pero Violeta Parra no sólo se dedica a la música, y a finales de la década de los cincuenta comienza a centrarse en su obra pictórica, así como en la escultura, la cerámica y sus famosos tapices de arpillera. Entre 1961 y 1964, Violeta viaja por Argentina, Europa, la Unión Soviética, y vuelve a vivir en París. Continúa ofreciendo recitales, exponiendo su obra y grabando sus composiciones. Esta pequeña gran mujer logra triunfar no sólo a través de su música en Francia, es además la primera artista sudamericana que exhibe su obra en una exposición en solitario en el Museo del Louvre. Durante estos años (junto a Isabel y Ángel), edita "Recordando a Chile (Una Chilena en París)", que incluye dos canciones cantadas y compuestas en francés. También escribe el libro "Poesía Popular de Los Andes" y la televisión Suiza graba un documental sobre su trabajo. Es también en esta época (1962), cuando compone su famosa canción "La carta". A París le llega una misiva en la que le informan que su hermano Roberto Parra ha sido detenido tras la matanza de la población José María Caro, bajo el gobierno de Jorge Alessandri(1).
Desde niña Violeta no es ajena a las diferencias sociales y a las luchas de la clase obrera, y aunque al comienzo sus canciones suelen rescatar el folclor campesino, con el paso del tiempo comienza a componer temas de denuncia que hasta el día de hoy siguen conmoviendo a quienes los escuchan: "Qué dirá el Santo Padre", "Miren cómo sonríen", "Según el favor del viento" o "Arauco tiene una pena", canciones que formarán la base de la Nueva Canción Chilena.
En 1964 Ángel e Isabel regresan a Santiago e inauguran la famosa "Peña de los Parras". Aún recuerdo cuando de pequeña acompañaba a mi madre, que era modista, a entregar sus vestidos a Isabel y a la entonces esposa de Ángel, Marta Orrego. Recuerdo con gran emoción un sitio pequeñito, con sólo una tarima de madera como escenario en el que desfilaban músicos desconocidos para mí. Cantautores de la talla de Rolando Alarcón, Patricio Manns, los Quilapayún y Víctor Jara. Recuerdo un ambiente lleno de humo, la gente sentada en bancas y en el suelo sobre cojines, las redes, las botellas antiguas y las velas que adornaban la salita...
En 1965 Violeta regresa a Chile y se instala en una gran carpa a las afueras de Santiago, la "Carpa de la Reina", donde intenta crear un centro de cultura folclórica. En la Carpa, vive Violeta, allí prepara comidas criollas y atiende a los visitantes, organiza encuentros y sigue dedicándose a sus canciones y arte pero los tiempos que corren en Chile no son propicios para su labor. La Democracia Cristiana gobierna y muy pronto la canción comprometida con la lucha de los trabajadores comienza a ser un incordio. Muchas emisoras excluyen de su programación a determinados intérpretes, a las discográficas no les interesa grabar a los exponentes de la canción de protesta, y los pocos programas que se interesan por esta música ven como les retiran los auspicios. Los comentaristas prefieren los temas extranjeros que no introducen el dedo en la llaga del orden establecido.
Ante este panorama de marginación "La Peña" goza de un público cada vez más numeroso pero "La Carpa" no logra salir adelante. Angustiada por esta situación, por los problemas amorosos con el músico suizo Gilbert Favre, y por las recurrentes crisis de soledad, Violeta intenta suicidarse cortándose las venas en 1966. Esta vez no consigue acabar su vida pero al año siguiente, el 5 de febrero de 1967, Violeta lo logra en la Carpa de la Reina, no sin antes componer algunas de sus más famosas canciones "Gracias a la Vida" y "Volver a los 17".
Así termina la vida de la madre del canto nuevo chileno, la mujer singular que dio vida y reconocimiento a nuestro propio folclore, que nos inspiró a sentir orgullo por nuestras raíces e instrumentos autóctonos, dejando de lado la invasión extranjera de ritmos imperialistas que acosaban nuestro continente. Gracias a la vida por habernos brindado a esta mujer inolvidable – gracias Violeta Parra.
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*Este texto de Silvia Cuevas-Morales forma parte de la Antología Tributo a Violeta Parra, Canadá, Ediciones Monsieur James y Red de Escritores de Coquimbo, 2011.


Notas:
El 19 de Noviembre de 1962, la CUT (Central Unitaria de Trabajadores), había llamado a un paro Nacional, en medio de un conflictivo clima de rebajas salariales y de un incremento de precios general. Muchos pobladores de la Población José María Caro (ubicada en la Comuna de Lo Espejo) se sumaron a la movilización, y comenzaron a bloquear la línea del tren. Los Carabineros no fueron capaces de frenar el descontento popular y acudieron en su ayuda los militares. El saldo de aquel 'lunes rojo', fue de 5 personas asesinadas por balas de guerra provenientes de uniformados de la Fuerza Área.


jueves, 8 de marzo de 2012

Silvia Cuevas-Morales

 


Descansé mis huesos


Descansé mis huesos
reposé mis párpados
Apoyé mi cerebro en la almohada
acosté mis pasos polvorientos
Yacieron inertes los pensamientos
el corazón latió horizontal
y escondí mis dientes
Liberé la lágrima frustrada
y mi cuello se quejó
con un crac de huesos
y la serpiente vertebral
se enroscó sobre sí como un feto
Navegué en un mar soñoliento
con el "id" suelto al no estar
despierto el "ego"
El polvo del día cansado
descendió e hizo su nido en mi cabello.

martes, 7 de febrero de 2012

Silvia Cuevas-Morales


Silvia Cuevas-Morales

 El tren del miedo *


Estación de Barcelona, 1980

21:20 
Llueve y los pasajeros y sus familiares se refugian bajo los paraguas. Algunas personas fuman antes de subirse al tren. Otras, con ojos llorosos, se despiden de sus seres queridos. Yo soy una extranjera en el exilio, o una extranjera exiliada en un país ajeno... No hay nadie que me abrace o me desee un buen viaje, pero los adioses ajenos despiertan otras despedidas en mi memoria. Recuerdos borrosos de las miradas acongojadas de mis seres queridos, que me hacen retroceder una década. Recuerdo la majestuosa cordillera como telón de fondo, los abrazos apresurados, contenidos, las esperanzas en búsqueda de un futuro mejor. Lejos de los uniformados, el miedo, el silencio. Recuerdo la tristeza de mi madre, el abatimiento de mi padre, los ojitos ilusionados de mi hermana...

21:30
¿Me puedes leer el billete? No sé leer.

Un hombre joven de unos treinta años se me aproxima. Es alto, fuerte, moreno, con unas profundas cicatrices en un lado del rostro, y una mirada penetrante que me hace retroceder cuando se acerca. Miro su billete y resulta que viajamos en el mismo compartimiento.

Llega la hora de la partida y nos sentamos en silencio uno frente al otro. Yo espero ansiosa que entre algún pasajero. Él cierra la puerta y corre las cortinas en cuanto el tren se pone en movimiento. Saca una bolsita y se lía un cigarrillo. Habla y fuma compulsivamente, sin importarle mi aparente desinterés. Yo me escabullo en mi libro.

-        Me tienes miedo. Mi esposa también me temía. Murió de un susto...
Le contesto que no, para demostrarle que no me intimida, pero rápidamente me arrepiento. O está jugando conmigo o está totalmente desquiciado. Me dice que es Jesús y que el encuentro no es ninguna coincidencia. Ha venido a salvar mi vida. Que se casará conmigo y tendremos doce hijos que llevarán los nombres de los apóstoles... Intento mantener la calma pero noto como se me eriza el vello del miedo que voy sintiendo.
El tren se detiene en una estación y él se levanta para cerrar la puerta cuando un pasajero intenta entrar. Le dice que se vaya a otro sitio y ante mi mirada atónita la gente ignora mis gestos y mis ojos que les ruegan que entren.

El tren continúa su marcha y decido ir al servicio. Tal vez pueda encontrar al revisor y pedirle que me de otro asiento en otro compartimiento. No quiero dejar mis pertenencias con él tampoco. ¿Y si me roba todo lo que llevo?. Decido esperar un momento apropiado.

Seguimos hablando, a pesar de mi miedo siento curiosidad por saber lo que piensa. Se pone más efusivo e insiste en cuánto le gusto. Las connotaciones sexuales surgen en la conversación como pequeños dardos que me irritan. Me enfado y me encuentro con su ira. Siento que se me ha acabado la suerte y que ha llegado mi hora. Él camina irritado en el angosto espacio entre los asientos.
-        Yo te voy a mostrar a Jesús.
Me paralizo. En cuestión de segundos se medio desviste. Me muestra su espalda desnuda donde tiene un enorme tatuaje del rostro de Jesucristo. Le cubre toda la espalda y el detalle es increíble. Respiro aliviada. Se vuelve a poner la camisa y me pregunta si me gusta. No quiero mentir, tampoco quiero seguirle el juego con todo lo que dice.
-        No me gustan mucho los tatuajes, pero si a ti te gusta eso es lo que importa...
Eso le gusta y se tranquiliza. Sigue hablando y vuelve a hacer preguntas personales de índole sexual.
-        Quiero estar contigo en Madrid...
Le digo que mi novio, Antonio, me esperará en la estación.
-        Nos vamos a casar cuando regresemos a casa...
Se vuelve a enfadar y alza la voz para decirme que no puedo casarme con este tal Antonio, que estoy destinada a ser su mujer, que pariré sus doce hijos... Mira constantemente su reloj pero me pregunta la hora. Balancea el pie con impaciencia, sigue fumando y me mira con los ojos brillantes de deseo.

Tras una eterna e incómoda pausa comienza a relatarme sus visiones.
-        He visto a Dios, a los apóstoles, al Cristo. He visto cadáveres... cientos de cuerpos sin nombres...
La muerte parece fascinarle y me dice que él vivirá hasta llegar  a los ciento veinte años de edad. Yo también puedo cuando me case con él. Me refugio en las páginas de mi libro otra vez. Su mirada me da pavor pero no quiero que lo note. Busco desesperadamente cómo reaccionar y no perder el control de la situación. Esta vez yo le hago las preguntas.
-        ¿Dónde trabajas? ¿Estás de vacaciones?
Me responde que tiene un permiso hasta dentro de unos días en que tiene que regresar al sanatorio donde trabaja. Extrae unos papeles del bolsillo y me los muestra para que los lea:
Jesús José Martínez Álvarez
Sanatorio Psiquiátrico Penitenciario de Alicante

Mi corazón late con fuerza. No trabaja allí, es uno de los reclusos. Me siento al borde de mi asiento, al borde del precipicio. Coge los papeles y se los guarda y continúa relatándome sus visiones:
Está en el mar, respira y camina por el fondo del mar. Miles de cadáveres  lo acosan, le tiran dardos, rocas, clavos... me pregunta si le creo y yo digo lo que quiere oír. Con el miedo miento, me invento un mundo de fantasía. Tal vez lo pueda conmover si le cuento una historia triste...

Jesús cree que él es la reencarnación de Jesucristo y que su propósito es casarse conmigo para salvarme y luego procrear para salvar la tierra con nuestros vástagos. Yo le digo que creo que nuestro encuentro es significativo. Que yo me encuentro de viaje porque no me queda mucho tiempo de vida. Amo a mi novio y quiero casarme con él antes de morir. Me pregunta sobre mi tratamiento, posibles curas. Yo miento, radiación, quimioterapia, efectos. Su rostro refleja tristeza y una lágrima solitaria aparece en su mirada.
-        Te esperaré, sanarás. Nos hemos conocimos para que puedas salvar tu vida. Es la divina providencia...

2:30
Por fin otra estación, con un poco de suerte alguien entrará. Miro a través del cristal sucio de la puerta y sólo veo mi mirada aterrada. Dos personas entran en el compartimiento. Un hombre y una mujer. Otras dos mujeres miran y yo les ruego que entren pero me ignoran y desaparecen. Yo intento no mirar a Jesús que respira airado. Pretende que viaja conmigo y sitúa su mochila encima de la mía. Él aparenta familiaridad y me trata como si me conociera hace años. Comienza a llamarme Remedios y me pregunta dónde deberíamos desayunar cuando lleguemos a Madrid. Intento hacerles saber a la pareja que no viajo con él.
- Te dije que mi novio me estará esperando en la estación. Y mi nombre no es remedios.

Se enfurruña y por fin se duerme. La pareja me mira con curiosidad. Tengo demasiado miedo para hablarles pero encuentro mi bolígrafo y les paso una nota: “Por favor déjenme bajar del tren con ustedes. Está LOCO.”

Jesús duerme pero a pesar de tener los ojos cerrados siento su mirada. Su pie descansa en el borde de mi asiento. Me siento atrapada y cuando intento levantarme me habla sin abrir los ojos
-        Remedios, ¿estás bien? Deberías dormir un poco.
Por suerte no tengo sueño. El miedo me mantiene alerta. La mujer parece percatarse de lo que sucede y comienza a charlar para rebajar la tensión. Se acaba de divorciar y también anda de viaje. Su primera vez en Europa. Su amabilidad dura unos minutos y pronto se olvida de mí, centrando toda su atención en el hombre que va sentado a su lado. Éste sonríe y juega con su alianza. Ella dice que tiene frío y él, de forma galante, la cubre con su abrigo. Jesús abre los ojos e intenta continuar con “nuestros” planes.

5:30 am
Otra estación, dos jóvenes entran en el compartimiento a pesar de los comentarios de Jesús  de que ya están demasiado lleno. El resto los invitamos a pasar. Uno de los jóvenes es de La mancha. Bajito, moreno y es imposible no ver una profunda cicatriz en la frente. Su amigo es un joven tímido que tiene que regresar al cuartel tras un permiso de fin de semana. El manchego habla sin parar y cada dos palabras suelta un taco, pero es divertido y sus chistecitos que normalmente me irritarían ahora me alivian la tensión. Nos reímos y compartimos unos cacahuetes. Jesús no lo soporta más y me ordena que vuelva a mi lectura. Le digo que estoy cansada y él les dice a los demás que se callen porque necesito descansar. Todos acatan su orden, incluso el manchego. No leo y los animo a seguir charlando. Hablamos en voz baja y Jesús me mira con frialdad. Evito sus ojos. Siento una profunda rabia hacia él. Me acomodo de lado y apoyo la frente en mi mano, que me hace de visera. Ahora no puede verme el rostro. Oigo su respiración, sus bufidos de animal enfurecido. De repente me habla con una voz suave y me pregunta si me siento bien. Ignoro su pregunta.

Me siento muy cansada pero no pienso dormirme. Me enciendo un cigarrillo. Hace muchísimo frío y hay poca luz. El humo de los jóvenes y mío hacen que el aire sea casi irrespirable. Jesús se enfada y nos ordena que dejemos de fumar. Siento su ira como un fuego arrasador. Ninguno de los otros dice nada y se refugian en el silencio.

5:30 Madrid
El tren se detiene. Con desesperación intento pensar en qué hacer, en cómo deshacerme de Jesús. Al bajar hace mucho frío, aún está oscuro. Jesús está evidentemente de mal humor. Los dos jóvenes desaparecen rápidamente. Yo intento caminar al mismo ritmo que la mujer que ahora se cuelga del brazo de su acompañante. Jesús me pisa los talones. Siento su ira. Ahora sacará una navaja y me apuñalará. La mujer sigue coqueteando con su acompañante y se pierden en la fila de pasajeros que se mezcla con algunas personas que reciben con los brazos abiertos a sus familiares. Miro a mi alrededor intentando encontrar a algún hombre con aspecto respetable para lanzarme a sus brazos y decirle con rapidez lo que sucede. No puedo ver a nadie que encaje con lo que busco...
-Tengo que buscar a Antonio.
Hace frío y Jesús insiste en que tomemos un café juntos y que él me ayudará a encontrar a Antonio. Le explico que quiero verlo a solas. Mientras pasamos una cafetería veo dos policías. Lo noto inquieto. Es evidente que no quiere que nos acerquemos a ellos. Le digo que le escribiré, que tengo que buscar a Antonio. Al pasar al lado de los policías dejo caer mi bolso y ellos se alertan con el ruido. Se despide apresuradamente y me da un abrazo. Ya puedo sentir el cuchillo que penetra la tela de mi abrigo... me suelta y se aleja con paso rápido.

Me toco en búsqueda del navajazo. Nada. Me acerco a un bar y pretendo estar buscando a alguien con mi mirada. Siento que me observan desde la distancia. Sé que Jesús está vigilando mis movimientos. Me dirijo a una cabina y finjo que hago una llamada. Abatida me siento en un banco durante horas. No conozco a nadie en esta ciudad, todavía no he reservado alojamiento, y todavía está demasiado oscuro para aventurarme a salir. Pasan las horas y por fin me animo a abandonar la estación. El aire fresco me da fuerzas y me subo a un taxi. Le digo al taxista que me lleve a la Puerta del Sol, donde me han dicho que hay muchas pensiones y hostales económicos.
-        Puerta del Sol por favor.
El taxista pone el motor en marcha y abandonamos la estación. Le pregunto si puede recomendarme alguna pensión hasta que llame a una amiga.
- Por supuesto, para servirle, cualquier cosa que quiera sólo pregúntemelo... pregúntele a Jesús, él lo sabe todo...

* Relato finalista y publicado en el libro III Concurso Nacional Relatos de Mujeres Viajeras, 2011. Madrid, Ediciones Casiopea, 2011.