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lunes, 3 de diciembre de 2012

Roberto Paniagua




                                               El Escritor
    


Aparentar que trabajo mientras escribo un cuento, se ha convertido en el deporte diario de mi vida. Jamás quise depender de un empleo fijo y,  un Banco, es el peor  lugar al que se pueda dedicar un aspirante a escritor como yo.
    Reviso cheques vencidos, cuentas y deudas de clientes que han dejado de venir a la entidad por más de un año. Fugitivos, evaporados del sistema que, por alguna razón particular, han decidido convertirse en un expediente de armarios oxidados.
     La cuestión es ficcionar mientras  “trabajo”. Pero para ello tengo que inventar el espacio necesario.  Abro los cajones en busca de algo que no me interesa encontrar. Muevo carpetas y expedientes de atrás para adelante. Cuando todos  ya están en sus tareas, prendo mi computadora y, haciendo que lleno documentos, comienzo a escribir un cuento. De reojo miro por dónde anda el encargado y si lo veo muy cerca, agito una carpeta en el aire solicitando su ayuda.  La reacción es siempre la misma: sale disparado para otra sección, de esta manera  puedo continuar libremente con mi deporte favorito: Escribir.
     Vivir tranquilo se puede, solo que, siempre habrá alguien para impedírtelo…    
     Siento golpecitos de uñas en el vidrio del mostrador, levanto la vista y noto la mano de una señora mayor que hace señas para que la atienda. Molesto, dejo mi escritorio y me acerco a la ventanilla.
     -Qué desea señora, pregunto sin ganas.
     -Buen día, es que hay mucha gente esperando y no quiero incomodar. Lo mío es solo una pregunta... Verá usted, prosigue, sin notar que yo miro unos papeles restándole importancia a sus palabras.
     -Es que mis hijos me han abierto una cuenta, o mejor dicho una caja de ahorros. No, no, perdón. Me dijeron que es una caja de seguridad. Aquí tengo la llave, dice, haciendo ruido con un montón de ellas dentro de una bolsita...
     -Señora usted verá que yo estoy muy ocupado con otros trámites. Tiene que dirigirse al final de las cajas y bajar por una escalera hasta el segundo subsuelo.  Ahí, un señor con uniforme tocará un timbre. Luego, un empleado abrirá una puerta de rejas que da a las cajas de seguridad. Una vez que usted le de sus datos y muestre la llave de su caja, le hará pasar. ¿Entendió?
     -Me podrías repetir hijo... Al mencionar  estas palabras, agranda sus ojos celestes y de su boca aparece una dulce sonrisa.
    ¡No, no! No puede ser que esta vieja loca y desubicada me saque del adorado ritmo de no hacer nada. Mis dedos golpean enloquecidos la madera del mostrador y una de mis piernas tiembla descontrolada. Me doy cuenta de que me va a dar un ataque de nervios y si no logro exteriorizar el ahogo, pronto seré víctima de un exceso de caspa que caerá sobre mi camisa azul, y, de ocurrir eso, el pelotudo de Raymonda comenzará con esa eterna cargada de que tengo que casarme y “mover ciertas glandulitas...” Cargadas a las que, seguramente, la gorda Pérez  sumará su ridículo chistecito de “es virgen, Jaimito es virgen…” 
     La anciana estira su mano y al tocar la mía, me sustrae de toda imaginación.
     -Joven, como usted verá yo con este bastón no puedo bajar escaleras sin ayuda. Me podría lastimar seriamente y sería muy engorroso para esta sucursal. De caerme, tendría que venir una ambulancia tocando la sirena y despejar el área para que  pueda ser atendida... Ahora, la que hace tamborilear los dedos sobre el mostrador es ella. Miro hacia mis costados y  veo cuatro compañeros con la cabeza metida entre sus papeles, haciéndose los ocupados. Los demás, siguen atendiendo desde sus ventanillas, largas colas de clientes.
     -Está bien señora, espere junto a esa columna, en unos segundos estoy con usted. 
     -¡Cómo harán las viejas para saber quién es el más boludo de la oficina! se mofa por lo bajo Méndez y los demás acompañan la ocurrencia, con tediosas carcajadas...
     Al acercarme la tomo del brazo y lentamente camino junto a ella.
     -¡Gran hombre, gran hombre! murmura la mujer y me dedica un suspiro que me llega al corazón.
     Mientras bajamos las escaleras, cuenta parte de su vida. Los nombres de sus hijos y nietos. Separaciones de alguno de ellos y los viajes a España e Italia que habían realizado en frustrados intentos de mejoras laborales. Sobre el final de las escaleras y ante su insistencia de querer saber algo de mí, le digo que en mis ratos libres me gusta escribir, sin mencionar que lo hago en horarios de oficina.
     Ya en el subsuelo, el Sargento Espina me cierra un ojo y, cuando paso cerca me dice: "¡Qué potra Jaime! después contame el método que usas, veo que es infalible" No lo puteo por respeto a la dama, a quién a esta altura, ya la estoy sintiendo como si fuese mi abuela.
     Toco el timbre junto a la reja y aparece Sosa, nos mira y se vuelve a meter detrás de unos armarios. Su risa llega nítida a mis oídos... ¡Hijo de puta, ya se las verá conmigo, a solas...! pienso.
     -Dale Sosa que no tengo todo el día, ¡abrí!, le digo en un grito que se ahoga en mi garganta.
     Regresa secándose las lágrimas con un pañuelo. No puede ni hablar, se le inflaban los cachetes conteniendo una carcajada.
     -Pase pase, dice, mientras abre la puerta y agrega entre dientes: "Los archivos de Gerontología están a la izquierda, caballero".
     La anciana se sienta en una silla y deja su cartera sobre la mesita que acompaña el mobiliario. Luego, saca un manojo de llaves sueltas (serán como veinte) y agrega:
     -¿Sabes tu hijo, cual de éstas es la que corresponde a mi caja? ¡Imposible! no puedo tener tanta paciencia sumada en un mismo día. Le digo que no podemos perder tanto tiempo y que me de su nombre y apellido.  Se calza los anteojos, saca un papelito de su bolsillo y lo deja sobre la mesa. Se lo paso a Sosa y le pido que me alcance el duplicado que guarda el Banco por casos de extravíos.  Al volver mi compañero dice:
     -Por sus datos es la M1806  y deposita la llave sobre mi mano.
     -Bien abuela, veamos que hay aquí, digo, y abro la cajuela.
     Me sorprendo ante una buena cantidad de billetes verdes y doradas joyas. La abuela comienza a guardar todo en una bolsa de supermercado, esforzándose para que nada quede afuera. Luego carraspea y, mirándome a los ojos dice: “bien querido, conozco la salida. Ahora, yo saldré despacio y solita. Y vos, como escritor, terminá el cuento como quieras. Pero, de mi, no escribas más ¿eh?…”
                                                                                       Roberto Paniagua

jueves, 15 de noviembre de 2012

Roberto Paniagua




                                  DOBLE  FILO

     Desde el ventanal de la comisaría, el Sargento Medina se quedó mirando el revuelo de polvo que, en su carrera alocada levantaba un jinete. Se veía uno de los brazos golpear en forma sostenida el anca del animal. Cuando estuvo cerca, el Sargento lo ubicó claramente, se trataba de un gaucho puestero, de las tierras de Don Álvaro Rincón. El hombre desmontó de un salto y ató con movimientos rápidos su caballo zaino al palenque y luego, descalzo como estaba, entró a la guardia.
     —Traigo un mensaje para el Comisario —dijo, con voz de pecho agitado.
     —Qué te anda pasando Bizcocho, que venís como empujado por el diablo —le soltó el Sargento, mientras lo miraba interesado.
     —Todo lo que dijo mi patrón está en esta nota Sargento, —y  extendió un sobre que traía apretado entre la  camisa y la bombacha.
     —Bueno, calmate y contame de que se trata todo esto, —agregó el uniformado con gesto complaciente.
     —Yo no se nada, me recomendó que venga rápido a ver al Comisario, —explicó, revoleando los ojos por toda la comisaría.
     —Está bien, dámelo, se lo voy a entregar cuando vuelva, ahora está reunido en asuntos de política.
     —¡No! Si no se molesta Sargento, lo espero aquí y se lo voy a dar yo mismo.
     —Pero, mirá que estas reuniones son largas, ché. Por ahí vuelve bien tarde.
     —Aquí nomás lo espero, —contestó el tape y se acomodó en el banco de madera que estaba junto a la puerta.
     La negativa de Biscocho despertó la curiosidad de Medina, quien se quedó observando el sobre junto a las piernas del nativo. Desde su escritorio lo siguió mirando durante un buen rato. Se entretuvo viendo cómo el gaucho comenzaba a rascarse la melena,  espantándose los piojos. Luego, advirtió que daba cortos cabezazos para terminar apoyando la pera sobre el pecho velludo, preludio de quedar profundamente dormido.
     Ahí estaba el sobre, blanco y llamativo junto a la cadera del gaucho. Medina tecleaba los dedos sobre uno de sus muslos mientras iba aumentando su curiosidad sobre el motivo que había apurado al mensajero.
     El Sargento apoyó las dos manos sobre el escritorio y levantó su cuerpo sin hacer ruido, luego, se acercó con pasos cortos y silenciosos hasta llegar junto a Bizcocho, que a esta altura, ya roncaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo y la boca tan abierta, que parecía un nido de hornero.
     Cuando el policía tuvo el sobre en sus manos se dirigió a la habitación contigua y se dispuso a leer la nota.

     Estimado Comisario Garrido:
          Según datos de un tropero que ha pasado por mis campos, me ha enterado de que el temible cuatrero y asesino “Facón endiablado” anda por la zona del remanso.
     Conoce usted de mi interés por acabar con sus tropelías. Por lo tanto, solicito tenga a bien detenerlo vivo o muerto. No siendo conocido su rostro, le sugiero tener bien en claro su identificación antes de acabar con él.
     Reitero lo ya antes documentado: Mi establecimiento brindará con treinta mil pesos fuertes a la persona que dé por cumplido dicho cometido.
     Atentamente.
                                                 Don Álvaro Rodríguez Rincón
                                                 Establecimiento El Quebracho
                                                       Pampa del infierno, Chaco

     El sargento Medina comenzó a golpear la carta sobre la palma de una mano y su mente dio comienzo a un tejido minucioso, para ver de qué manera podría hacerse de ese dinero, para él, inalcanzable a través de su salario.
     Caminó por el pasillo de los calabozos y se quedó mirando un rato al andrajoso preso que dormía su borrachera desde la noche anterior. Lo trajeron tan desmayado al pobre, que ni siquiera se lo pudo anotar en el libro de entrada. Luego, se acercó al despacho y notó que Bizcocho, ya en posición fetal, continuaba en los brazos de Morfeo.
    Tratando de no despertarlo dejó nuevamente la carta en el banco y se fue a preparar unos mates. Quería dar tiempo a su cabeza, para que ésta le presente una idea aceptable.
     Dos pavas tardó en imaginar un trazado posible para hacerse de tan suculenta recompensa, y se incorporó animado a concretar sus planes.
     —¡Bizcocho! — gritó el sargento mirándolo de frente —Tengo algo que te va a alegrar. El tape sacudió la cabeza para despejar su embotamiento y como respuesta, solo abrió muy grande los ojos.
     — Me ha informado el comisario (mintió), que apronte una partida  y  detenga a un cuatrero que anda escondido en el monte.
     El negro cerró los ojos y los volvió a abrir en un claro signo de interrogación. El uniformado, entonces, y ya con voz de mando agregó:
     —Debo nombrar de oficio, un Cabo y sumarlo a la tropa. No sin antes informarle que con tal incursión se hará acreedor de cinco mil pesos fuertes.
     Bizcocho abrió la boca dejando ver  la ausencia de algunos dientes, emitió un hipo, que sumado al movimiento de hombros Medina interpretó como una respuesta esquiva.
La voz estruendosa del sargento llenó la comisaría.

 —Ante la ausencia del comisario puedo nombrar a cualquier ciudadano de bien, para que me ayude en un acto de justicia y en este caso, he decidido que ya eres Cabo y estás bajo mis órdenes.     —Yo vine a entregar un sobre nada más. Contestó el gaucho a modo de excusa.
 —El sobre quedará pinchado aquí y en cuanto llegue el comisario se dará por informado. Ahora, daremos comienzo a la tarea asignada. —Agregó, en actitud terminante.
     Fue así que sacaron (con las manos atadas) al borracho de su celda y lo subieron sobre una mula. El sargento, haciéndose el disimulado, acomodó cuidadosamente un envoltorio alargado sobre el apero. Instantes después y ya los tres sobre sus cabalgaduras, se dirigieron al trotecito para el lado del monte.
     Fueron los picotazos de salvajes mosquitos, los que  indicaron que habían penetrado en la húmeda vegetación que tenían como destino.
     Bizcocho vio un rayo rosado de atardecer iluminar los ojos del Sargento. Los notó agrandados, fríos y lacrimosos. Luego, lo observó moverse acompañado de un ronquido irrefrenable de agitación y nerviosismo. Ahora, Medina llevaba al preso a los empujones. Se adentraron entre las ramas, hasta que fueron tapados por la vegetación. Rato después, un disparo de trabuco rompió el silencio y espantó, en vuelo alocado, a una bandada de loros.
     El tape sintió un fuerte temblor de intestinos y se dio cuenta, en  su primitiva formación, que el peligro estaba acechando su vida.
     La sangre se aceleró en su cabeza y varias imágenes comenzaron a desfilar en su cerebro, dándole chispazos de ideas y aclarándosele algunas cosas.
     De la bolsa que estaba junto al caballo del sargento descubrió y desenvolvió un largo facón de doble filo y se escondió detrás de un árbol. Cuando el uniformado se acercó con el trabuco aún humeante, le asestó un tajo en la garganta que lo dejó con la cabeza mirando para atrás. Al rato, ya más tranquilo, recogió el trabuco y lo guardó en su cintura.
     La noche, que se posaba sobre el camino de tierra, apenas dejaba en claro las figuras que iban rumbeando para el lado del pueblo: una mula y un caballo que cargaban dos muertos bien atados sobre sus monturas y, junto a ellos, un zaino de tranco compadrón.  Arriba de éste, el gaucho Bizcocho se reía de algunas cosas  de su vida, de las cuales aprendió a sacar provecho.
     Comenzó a silbar bajito, mientras recordaba  aquella atractiva esposa de un capataz que le enseñó a leer. La misma que moviendo la falda, le mostró el camino de la curiosidad. Pero más que nada, en una tarde de agua, le enseñó a no dejar pasar el momento de una buena oportunidad.
     Cambiar un poco los hechos no le sería difícil y gastar los treinta mil pesos fuertes, tampoco…

Roberto Paniagua
       


    
          

sábado, 22 de septiembre de 2012

Roberto Paniagua

                                 VOLVER A EMPEZAR

Luego de cruzar  la ruta bajé por un terraplén hecho con escombros. Del arroyo me llegó un olor fuerte. Bolsas de basuras y un perro muerto habían encallado sobre su borde y un hilo de agua negra, serpenteaba entre esqueletos de autos oxidados.
La tarde se iba metiendo en la noche y las chapas habían dejado de brillar. Foquitos hospitalarios me dieron profundidad en los pasillos barrosos de la villa.
No hacía falta sacar el papel con los datos del lugar que buscaba, pero de todos modos lo volví a leer: S140:12. De la canilla comunitaria se escapaba, como la vida en que estaba rodeada, algo más que un goteo constante. Una muchachita de pantalones ajustados se alejaba con un tacho de agua en cada mano. Una vez entre los ranchos, percibí el inconfundible aroma de frituras, tan ligadas con la miseria.
Sobre una pared de ladrillos sin revocar, estaban escritos los datos que buscaba. Solo que ahí, la inicial, se había convertido en palabra y me hizo dudar. Del marco desparejo de la puerta se escapaban entrelazadas, una leve línea de luz y las notas quejosas de un chamamé.
Golpeé sobre la madera en forma moderada y luego repetí el llamado con más fuerza. Cuando estaba buscando alguna ventana para ver el interior, me atajó una voz carrasposa a mis espaldas.
-¿A quién busca?
-“Al barba”, me dijeron que vive aquí- contesté.
-Y quién le dijo eso ¿si se puede saber? - mencionó la voz, que a esta altura ya estaba a mi costado.
Se podría decir que la noche había teñido todo de negro. Mirando hacia la salida (cosa que hice instintivamente) se distinguían los faroles de autos y camiones que pasaban, escapados por la ruta.
-Me manda "Pedro” un amigo suyo-  dije, y me quedé en silencio.
- ¿Y, cómo le va la pesca a él y sus compañeros?- preguntó
- Siempre dice que nada es fácil- repliqué, sin estar muy seguro de lo que decía.
-Es verdad, nada es fácil, solo hay que tener en claro lo que se quiere lograr- dijo, y me pareció, que hurgaba en mis ojos.
-Es que a veces, no se ven bien las cosas que uno busca, susurré.
-Todo depende de la claridad de la luz que se tenga- me respondió.
-Por eso lo vengo a ver- afirmé, intentando ver algo de su rostro.
-Bueno, haga lugar que tengo que abrir. Aquí afuera ya empieza a hacer frío.
Me hice a un lado y recién ahí me di cuenta de que una cadena, ajustaba la puerta con el marco.
-Pase, aquí no entra cualquiera- dijo desde adentro, mientras apoyaba sus cosas en una mesa tapada con hule floreado.
Una vez en el interior observé su altura. La cabeza casi tocaba los cruzados tirantes de madera. Me llamó la atención su abultado pelo negro, que le llegaba hasta los hombros. Vestía de forma sencilla pero tenía una presencia fuerte. Al darme la espalda sentí cierta tranquilidad, como que se podía caminar tras sus pasos. Bajó el volumen de la radio y se dio vuelta. Recién ahí pude ver bien su cara. Frente amplia, cejas gruesas y ojos negros. Los labios carnosos dejaban ver una hilera de dientes blancos. Una despareja barba cubría sus pómulos. Al verme, seguramente tan joven, me pareció que su voz, perdía la ronquera del principio y comenzó a tutearme.
-Sentate ¿tomás mate?
-Bueno.
-¿Es que Pedro anda necesitando algo?, preguntó, revolviendo cacharros de un armario.
-No, no es por él. Yo lo conozco del barrio en que vivo. Le mencioné algunas cosas. Entonces me indicó que lo viniera a ver.
Me entretuve frotándome las manos. Se ve que "el barba" no tenía apuro en conocer el motivo real de mi visita, o quizás ya lo sabía. Quitó la yerba vieja y la suplantó por una nueva. Esperó que el agua tomara temperatura y luego de chupar por la bombilla se acercó a un balde y escupió. Lo repitió una vez más, luego cebó uno y me lo acercó. Me di cuenta de que no lo apoyó en la mesa y esperó que yo lo tomara de su mano. Buscó una maderita para depositar la pava. Seguía sin preguntar nada. La calabaza iba y venía. De vez en cuando  sus ojos miraban mis manos y mi cara. De todas maneras no me ponía nervioso, me pareció un acto de conexión.
-Bueno, te escucho- dijo, con una sonrisa.
Esperé que la bombilla hiciera ruido, le alcancé el mate y comencé a hablar.
-Mire, es que estoy sintiendo que me falta  fe para entender las cosas que me rodean a diario.
-Y el dinero que no alcanza- mencionó con una sonrisa triste.
-Lo mío no es material, es espiritual.
-Y en qué dejaste de creer primero ¿en vos o en los demás?
-Como siempre ocurre, primero en mis padres, luego en el resto y por último en mi. Ahora veo traición, corrupción, frivolidad y pobreza extrema en las clases más débiles. Ya no se dónde ubicarme y qué hacer, para encarar un mañana mejor.
Se quedó un rato pensativo, luego apoyó los codos sobre la mesa y moviendo los ojos rápidamente hacia arriba dijo:
-Tenés que comenzar a creer fielmente en Él, y en vos. Lo demás llega solo. Si das el primer paso con fe, los otros podrán verlo y seguirán tus huellas.
Me quedé en silencio. Desde un rincón volvió su voz:
-Yo estoy aquí en un periodo de espera. En cualquier momento tengo que volver a empezar.
 Trajo unas galletas, un poco de queso, dos vasos y una botella de vino.
-Vamos a cenar. Te vas a quedar un tiempo aquí, si no te molesta. Esto de no creer, se está haciendo costumbre. Eres el primero, pero no el último en venir. Cuando estén todos, saldremos a caminar…
Saqué el papel del bolsillo y uní las iniciales con lo que decía en la pared: S de Salmo 140:12  Entonces comprendí lo que me había dicho Pedro: “Yo se que el señor sostendrá la causa del afligido, y el derecho de los pobres”                                                           

                                                                       Roberto Paniagua




miércoles, 25 de julio de 2012

Roberto Paniagua




                                 EL CRÉDITO

Extendió su brazo sobre la mesa y le alcanzó un mate. El joven apenas se movió y comenzó a chupar de la bombilla sin levantar la cabeza.
Le notó el ceño fruncido y algo de rencor en sus labios.
—Bueno, vas a tener que decirme qué te pasa. No me fue bien con el curso de adivino. —Dijo risueño el padre, inclinando el cuerpo hacia su hijo.
Años de distancia, hacían difícil la comunicación.
El sol  de la mañana penetraba por la ventana de la cocina, agregando un calor que los dos necesitaban.
—Quiero comprar una moto —expresó el muchacho con voz  frenada por los dientes.
El padre sintió un temblor en su estómago, pero se cuidó de no expresar el peligro que conlleva esa movilidad.
—Y cómo viene la mano ¿si me podés explicar? —agregó el hombre, luego de hacer chirriar la bombilla.
El silencio contestó la pregunta. Sabiendo que su hijo no encontraba la respuesta, se levantó a poner la pava nuevamente al fuego.
Habían pasado más de diez años de aquella separación. La pareja se fue quebrando de a poco. Nunca tuvo en claro porqué no defendió la pareja. Lo cierto es que la madre se lo llevó a otra provincia, creyendo en un nuevo hombre, que resultó solo un espejismo.
Supo mandarle plata cada vez que se lo pidieran. Su adolescencia no fue fácil. Algunas historias fueron traumáticas. Y esas cosas se notaban en la curvatura de su espalda.
Cambió la yerba y se acercó a la mesa decidido a que su hijo le explicara el proyecto.
—Joven, con moto, para trámites, decía el aviso del diario —comentó el joven mirándolo a los ojos.
Ah, es eso. Se dijo el padre. “Quiere trabajar”
—Me alegra saber que tengas el deseo de ganarte la vida. ¿Y tenés la plata necesaria?  —requirió, tratando de animar el diálogo.
—No. Es por eso que vengo a verlo. Usted: ¿no me la podría comprar?
  A esta altura de la conversación, se notaba que el joven estaba desembuchando lo que traía en su cabeza.
—Y de qué dinero estaríamos hablando —agregó el progenitor, medio contrariado.
—La que yo quiero, sale diez mil ochocientos pesos  —y ratificó la cifra con un papel, que sacó del bolsillo de la camisa.
—Mirá Andrés, yo no tengo esa plata y tardaría por lo menos seis meses para juntarla.
—Pero usted trabaja y podría sacar un préstamo. —Esto lo dijo de un tirón.
¿Cuántas veces deseó abrigarlo en las noches de invierno?  ¿Cuántos cumpleaños pasaron sin que ni siquiera pudiese enviarle un regalo?  Ahora estaba ahí, viendo un futuro, con el pelo revuelto y esa carga de frustraciones de la cual, él no se sentía ajeno.

Días después se encontraron en un bar frente a la estación de Moreno. El padre traía los documentos necesarios. Tampoco se olvidó de las fotocopias requeridas por la financiera.
Una vez aprobado los papeles, le extendieron un cheque para que lo hiciera efectivo en un Banco de la zona. Con el dinero en un sobre, se tomaron un taxi hasta un comercio muy conocido. Sobre la avenida Rivadavia, del lado de la capital.
El vendedor, con la moto en marcha, le explicaba al muchacho el sistema de uso y velocidades. El padre expandía el pecho con orgullo.  Miraba el rostro del hijo. Lo veía estirar los labios, dibujando una sonrisa que, seguramente, no estaba acostumbrado a mostrar. La felicidad, tanto tiempo ausente, al fin se asomaba entre los dos.
Los días fueron pasando y del hijo solo recibió, cada tanto, un breve llamado de teléfono. Jamás tuvo dudas de que se tendría que hacer cargo de la deuda que firmó. Era su crédito y él, quería tener el gusto de pagar.

La cocina recibía el sol agradable de la primavera. La pava comenzaba a hacer el ruido acostumbrado, anunciando la temperatura ideal para el mate. Con todo dispuesto se sentó a la mesa y, chupando la primera cebada abrió el diario. Ese, que compraba, porque traía más informaciones sobre deportes, quinielas y otros juegos de azar.
Rompió los papeles con los números de la jugada de ayer y pasó a las noticias de fútbol. Al no encontrar nada en referencia a su equipo, siguió con las noticias policiales.
La foto era borrosa. Lo que estaba claro era el nombre y el apellido. Se llamaban igual. Lo que no entendió era el título: “Motochorro abatido”.

                                                     Roberto Paniagua
                                                          

sábado, 12 de mayo de 2012

Roberto Paniagua


                         

Roberto Paniagua

cuestiones de trabajo

El movimiento de la oficina no lograba cambiar su ánimo. Cuando la campanilla del teléfono interrumpió sus pensamientos levantó el auricular temiendo que fuese su madre. Respiró hondo al comprobar que no se había equivocado.  Sus comentarios siempre llegaban sin anestesia:
—Nena, vino el de la inmobiliaria. Dijo, que si no pagás aunque sea un mes,  mandarán un telegrama colacionado.
—Veo, mamá, veo. —Contestó Roxana, intentando que nadie la escuche.
—Y eso no es nada, Ro —continuó la madre— Hay una nota del colegio de Agustín. Avisan, que los padres que estén atrasados en las cuotas, tienen que ponerse al día en forma urgente.
Ante el silencio de Roxana, la madre preguntó:
— ¿Estas ahí, mi amor?
—Si, mamá, estoy aquí… Es que no puedo pensar —agregó angustiada.
—Mirá, aprovecho que tenés tiempo de hablar, te recuerdo que en quince días Noemí “tu cuñadita” tiene fecha de parto y, por más que quiera, no puedo fallarle a tu hermano. Iré a Rosario para darles una mano. Andá pensando quién puede cuidarte al nene.
—Veo, mamá, veo. Mirá, tengo que cortar, después te llamo. –dijo, con los ojos húmedos y suspiros de enojo.
No podía decir que todo le llegaba en un día. Hacía mucho que las cosas se iban complicando. Germán ya no le pasaba ni un peso de la cuota alimentaria.  -“Ésta empresa está en quiebra, entendé”. ¡No me pagan” —repetía mes a mes, su ex marido, mostrando una frialdad que ella nunca había imaginado.  
Conversando, una compañera  le dijo que una niñera por quince días  le costaría más de mil pesos. Entendió rápidamente, que por el momento, no podría contratar a nadie.
Tomó el sobre que le entregó un mensajero, firmó una planilla y se dirigió a “Contratos”, en el primer piso. El frío del aire acondicionado le acarició las piernas sacándola de sus pensamientos. Detrás del escritorio Ernesto Sanchez, el ingeniero en obras, revisaba unos papeles. Al verla entrar, se quitó los anteojos y la saludó con una sonrisa.
          — ¡Roxana! ¿Qué te trae por aquí? ¡Qué bueno verte! —comentó risueño.
          — Un sobre para usted, don Ernesto —dijo, distraída.
          — Decime, Roxana,  aquí ¿hay olor a naftalina?
    La mujer, que no entendió la pregunta, apretó el sobre contra su pecho y se quedó quieta, para luego arrugar la nariz en forma de aspiración.
—No, señor, no lo creo —dijo, con voz dudosa.
—Entonces ¿por qué me decís “Don” Ernesto, tan viejo me ves?
—Ay, no señor, es que no puedo, me sale así.
—Bueno, tratá de decirme Ernesto, sin “don” ¿puede ser?
—Está bien Do… perdón, está bien Ernesto.
—Una cosa más, antes de que te vayas. Últimamente te veo triste ¿puede ser?
         — ¡Ay, tanto se me nota! Sí, cositas de casa, sin importancia.
         — ¡Sin importancia! Para que apague esa mirada tan linda, debe tener “mucha” importancia.
— Sentate. Contame, ¿qué te pasa? — dijo el hombre, tomando el sobre de las manos de Roxana y señalando la silla que estaba a su lado.
La compuerta de su alma se fue abriendo y ante tantos problemas juntos, no pudo menos que acompañarlos con incontenibles lágrimas.
El pañuelo de Ernesto ya estaba estrujado y mojado en las manos de Roxana. Cuando levantó la cabeza y lo vio a los ojos, encontró la mirada comprensiva que hacía rato estaba necesitando y, sorprendida, se levantó ruborizada. Se incorporaron los dos a la vez. En esa posición, frente a frente, él la abrazó muy fuerte. Acercó su boca junto al oído y dijo: —“Roxi, me encantaría ayudarte. Se que puedo hacerlo. Dame una oportunidad, pensalo”.
Sus palabras quedaron jugando en su cerebro. Las preguntas se fueron multiplicando: ¿Qué quiso decir? ¿Habría ella interpretado mal su ofrecimiento? ¿Por lo que sabía, Ernesto era casado? ¿Cuántos años le llevaba? ¿Qué se dirían en la oficina, si esto iba más allá? ¿Habría querido decir lo que ella pensó?
Ernesto continuó con su saludo cordial y firme al pasar a su lado. Roxana comenzó a ser comida por una curiosidad incierta y se encontró mirándolo de una forma distinta. Es más, pudo ver que Ernesto se convertía en un hombre nuevo ante sus ojos.
— Jamás pensé contrariarte y menos que nuestra relación de amistad perjudique esta convivencia laboral. Quiero que tomemos un café y pedirte disculpas si lo ves necesario. Pero por favor, no te quiero ver nerviosa al entrar a mi oficina. Necesito de tu dulzura espontánea, es más, la extraño —le dijo una mañana, antes de que ella se retirara de su despacho sin levantar la vista.
Su madre ya estaba en Rosario conociendo a su nueva nieta. Una amiga se llevó al nene para que juegue toda la tarde con sus hijos. Roxana se miraba extrañada frente al espejo. Mientras se pasaba el cepillo por el pelo  los nervios jugaban con su estómago. La ropa que eligió estaba estirada sobre la cama. Era informal, cómoda, de colores tenues.
Luego de vestirse se acomodó el pelo hacia los costados, para disimular su perfil y para terminar su atuendo, se colocó anteojos, grandes y oscuros.
         Ernesto la esperaba en un café discreto de Recoleta, apenas eran las cuatro de la tarde y entendió, que podrían disfrutar de un tiempo más allá de la oficina.
         Se dejó invadir por las palabras, los aromas, la música y permitió que sus dedos  trenzaran su pelo. Su cuerpo se elevó y bajó con vértigo. Se estremeció y recordó otros momentos, pero evitó comparar. Se sintió cuidada y aceptó disfrutar lo que estaba asomando a su vida.
                                  
         Los días se hicieron más claros. Lo imprevisto fue tomando formas acostumbradas. No necesitó pedir. La seguridad, llegó como algo cotidiano.
         La primavera se asomó como pájaros a su balcón y el sol iluminó el living del nuevo departamento.
         Supervisó las tareas de limpieza de la mucama  y le entregó un pedido de mercaderías para que no nada falte durante su corta ausencia.
         Acomodó una pesada valija y el bolso de manos, junto a la puerta del ascensor y llamó a portería para que los vengan a buscar.
         Se miró nuevamente al espejo y notó que el nuevo color de pelo estilizaba su rostro. Revisó el sobre con la documentación para el viaje y el boleto de avión que Ernesto le había alcanzado.  La niñera entró con su hijo y corrió a besarlo.
         — Mamá, mamá ¿Cuándo volvés? Dijo el niño abrazándola en un salto.
—    El domingo a la noche, hijito. Mamá te va a traer un hermoso regalito del Uruguay. — Y portate bien con Patricia eh, dijo, guiñándole un ojo a la institutriz.
—    Señora, por si llama su madre ¿le deja algún mensaje?
—    Ay, si Patricia, dígale que este fin de semana estaré ocupada “por cuestiones de trabajo” y que  el lunes la llamo… — Agregó, ya, cerrando la puerta.

                                                         Roberto Paniagua
    



lunes, 26 de marzo de 2012

Roberto Paniagua


SEGUNDO DAVID PERALTA - MATE COCIDO
         
Delincuentes en la Selva                                             

     Empujó el ramaje y entró en un claro de la selva. Miró enojado la herida que manchaba con sangre la camisa y el pantalón. Una bala se había incrustado en su cadera. Levantó la bolsa de arpillera que venía arrastrando y se encaminó a un rancho que humeaba algo de vida.
     La mujer, al ver al hombre apoyado sobre el marco de la puerta pegó un grito que asustó a los niños que tenía a su alrededor.
     -¡Qué quiere, qué anda buscando! -Exclamó asustada, mientras corría para proteger a sus hijos.
     -No se asuste mujer, estoy herido y necesito ayuda. Soy “Mate Cosido” (*) -alcanzó a decir, antes de caer desmayado.

     Al abrir los ojos sintió un fuerte dolor de cabeza y el deseo de vomitar lo inclinó del catre en el que estaba echado. Las manos que le arrimaron un balde eran de hombre. Alarmado, buscó los ojos y encontró el rostro de un quebrachero con mirada piadosa. Detrás de él, la mujer hervía sobre un bracero los elementos de metal que usarían para sacarle el plomo que tenía enquistado en  uno de sus muslos.
     -Quieto “Chamigo”, ha perdido mucha sangre usted.
La voz le transmitió tranquilidad y entonces se aflojó sobre la almohada.
     Intentó decir algo pero el nativo, apoyando un dedo sobre sus labios, le indicó que hiciera silencio.
     -Mire don, nosotros haremos lo posible para salvarle, pero cuanto menos sepamos, mejor. Luego de un largo silenció agregó:
     -Mi mujer ya escuchó de su boca, quién dice que es, y eso alcanza pa sentirse uno de los nuestros. Ahora déjenos hacer y tómese unos tragos de esta caña casera.
     El sol se inclinó sobre los altos árboles y la luz fue perdiendo fuerza ante una selva espesa, que sin rebeldía, se deja rodear por los ruidos misteriosos que parten de sus entrañas.
     No fueron mucho los quejidos que rebotaron en las paredes de adobe. Paños de agua fría mojaron la frente del herido, que aceptó a regañadientes tragar un brebaje de hierbas, tan amargo, como la maldición misma.
     Los días pasaron lentos entre el calor, la humedad y esa lluvia tropical que solo cesa después de largas plegarias.
     Una vez recuperadas sus fuerzas, el bandido rural se alejó del rancho buscando nuevamente los peligrosos senderos de su destino. Con un gesto de gratitud depositó un manojo de billetes sobre la mesa de sus accidentales bienhechores.
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     Historias semejantes se repitieron entre boliches y  cuadreras, entretenimientos de la gente, que habitaban aquellos  parajes perdidos en los montes.

     Hombres y mujeres dejaban su vida desmontando el oro verde de los quebrachales. Grandes extensiones que la patria regalaba a las potencias extranjeras a cambio de un comercio espurio. Son pocos los libros que cuentan la verdadera historia de la explotación del Territorio Nacional del Chaco y su gente, en los principios del siglo veinte.

     Un tren, agrisado por la tierra acumulada del largo viaje, llega a la Estación  Retiro en Buenos Aires. De él bajan, tosiendo y secándose la transpiración, varios hombres bien vestidos. Todos ellos, representantes de grandes hacendados y de las fuertes empresas Dreyfus, La Forestal y Bunge y Born. Apropiadoras del quebracho y de uno de los productos más requeridos en el mundo por aquel entonces: “el tanino”.
    Debido a un desperfecto en la máquina, venían retrasados para la entrevista que les había concedido  el presidente Agustín Pedro Justo.

-Señor presidente, estamos asolados por la inseguridad. Mate Cosido y otros peligrosos asesinos, están matando comerciantes y estancieros. Violando a nuestras mujeres y debilitando nuestro comercio. Alentados por éstos agitadores, los obreros vienen declarando huelgas injustificadas, pretendiendo mejoras de salarios y condiciones laborales impensadas para nuestras economías e inversiones. Lo que están pidiendo es inaudito y la soberbia con la que se presentan, es inaceptable para los capitales ingleses, franceses y norteamericanos que velan por el desarrollo de este país. Le pedimos señor presidente, todo el apoyo que pueda y el peso de Ley, para que podamos evitar estos atropellos, inmerecidos para la gente de bien que habitamos esas tierras.

     El congreso ajustó las medidas pertinentes  y a mediados de 1935 se creó la Gendarmería Nacional y el primer objetivo que se le encomendó fue la detención del peligroso delincuente “Mate Cosido y su banda”. Como primer paso se propaló la versión de sangrientos delitos cometidos por estos delincuentes. Violaciones de angelicales niñas, despiadados secuestros y hasta estancieros colgados con sus propios intestinos. “Todo habitante que les brinde ayuda será tratado como partícipe necesario de los delitos cometidos” decían los escritos, pegados en  bares y almacenes de los pueblos.
    
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 -Solo robamos a las grandes empresas y a los estancieros poderosos, explotadores de nuestro  pueblo. Este es nuestro objetivo y nada nos hará cambiar  ­-mencionó con tono firme, el hombre que montaba un caballo negro como sus ojos y lucía a modo de identificación, una larga cicatriz en su frente.
     -Y ya saben (le recalcó a sus gauchos) todo el botín que recaudemos será repartido entre los pobres y las viudas de aquellos hombres que dejan su vida en los desmontes.                      
     Luego de una señal los jinetes se alejaron por un camino polvoriento que los fue metiendo al “Impenetrable”. Una selva misteriosa y traicionera, donde solo sobreviven los muy valientes, el diablo y el mito de la gente...

         Roberto Paniagua
 
(*) Matecosido. Apodo de: Segundo David Peralta (1897-1940?)


         

martes, 7 de febrero de 2012

Roberto Paniagua



                                                 
SENTIMIENTOS

                                                                                
     El llamado de la oficina fue corto. Era la voz de Inés, la secretaria de mi marido. Apenas pude entender lo que me decía, solo retuve:
     —“A Javier lo llevan al sanatorio Del Pastor. Le cuesta  respirar. Yo lo acompaño”.
    Salí como estaba vestida. Cuando llegué a la recepción de la clínica, sentí el abrazo acongojado de Inés.
     —¡Ay Delma, lo noté descompuesto y al rato se desplomó!  
     Lloraba y hablaba, casi no le entendía, pero resaltó las palabras: “corazón, terapia, respirador. Justo él, que es un amor…”
     Luego la espera.  Tomadas de la mano nos apretamos en un banco. La cerámica del pasillo unió nuestras sombras.   Un médico avanzó desde una puerta vaivén. Lo vi tan joven, si hasta podría haber sido el hijo que nunca tuvimos.
    Nos miró de frente y tomándola del hombro a Inés (claro, lo había traído ella) comenzó a mover su cabeza para ambos lados,  luego bajó la vista. Nuestros gritos parecieron uno. O ella emitía el sonido y yo solo abría la boca, me cuesta recordar.  
   Lo que vino después me resultó muy confuso. Mi hermano me preguntaba cosas que en definitiva resolvía él. Mi madre  me ahogaba con ese: ¿y ahora, que vas a hacer?...
     Palabras, besos, apretones de manos y aquellas condolencias interminables, que no dicen nada. Nada que me explicara el porqué.  
      En el velatorio la figura de Inés me acompañó muchísimo. Su vestido azul  era tan negro como mi luto. Estaba acompañada de su pequeño hijo. Se los veía tan frágiles.  
     Al morir mi marido, Inés perdía su tarea específica. ¿Podría seguir ella en la empresa? Las dos quedamos desoladas.  Si hasta me pareció coherente que también le dieran el pésame a ella.
     Antes de salir del cementerio nos abrazamos fuerte. Luego la vi alejarse con su hijo, tomados de la mano, y sentí que la triste garúa nos mojaba a todos por igual.

     No me acostumbré a la ausencia de sus ruidos cotidianos. Conviví con su ritmo diario. Preparaba la cama y seguía poniendo su almohada.
     Por la noche estiraba la mano para calmar sus ronquidos. Sentía correr agua del baño y creyendo que era en el nuestro, contenía el aliento. Seguía despertando a la hora de hacerle el desayuno.  Hablaba, le seguía hablando. Le preguntaba cuándo tenía que hacer tal o cual trámite.  
   El espejo me mentía. La luz de los ventanales enceguecía las imágenes y me mostraba sola. Tristemente sola.  Entonces, subí mis manos para tapar mi cara y las note pálidas, manchadas. Los dedos fueron bajando hasta desabrochar los botones de la blusa. Fijé la vista en mis ojos, ya que no quería ver los pechos que se asomaban. Me quité el pantalón y la ropa interior. No podía negar la realidad, estaba desnuda. Ése era el cuerpo que semanalmente recorría Javier.  Las palmas de mis manos se fueron elevando hasta empujar mis pechos hacia arriba y noté dos pezones muertos. Bajé la vista y me asusté al ver tanto vello desparejo entre las piernas. ¿Cuantos años tengo, cuantos años le di, cuanto tiempo de mujer plena me queda? Me muerden los días. Siento que  duele la vida…
                           ……………………………………….

     Abro el placard y en el tercer cajón encuentro la ropa deportiva. Comienzo a cambiarme lentamente. El pantalón y la casaca de colores negros con vivos grises me sientan bien. Desde hace un tiempo he dejado de ponerme la faja de goma que esfuma la grasa de la cintura. Me calzo las zapatillas blancas y  me siento  más liviana.
     Una vez en la vereda, con una gomita ajusto el pelo a la nuca y doy comienzo a mi trote.  Sesenta cuadras, cuarenta minutos. Correr me brinda un sabor especial en la vida.  El sendero me invita a impulsarme con fuerza, dejando atrás los tupidos árboles…
    Después de un rato y una vez oxigenada la sangre, se van agolpando nuevas ideas y proyectos en mi cabeza.
   Hablaré con Inés, algo me dice que debo entregarle un subsidio. Aunque más no sea para su hijo, que tiene los ojos tan parecidos a Javier.
    
                                                        Roberto Paniagua