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sábado, 10 de marzo de 2012

Ricardo Rubio


Ricardo Rubio




Elogio De La Brevedad

La mujer entró a la oficina y vio al hombre sumido sobre sus papeles. No se sentó esperando que él la viera. El hombre no se inmutó.
—Por favor, sea breve —dijo el notario sin levantar la vista—. He tenido un día atroz: mi mujer me dejará porque alguien le ha dicho que le he sido infiel, cosa cierta que no negaré; estoy firmando mi renuncia indeclinable para desaparecer con prolijidad de los brazos de mi secretaria y, para ser mayor mi desgracia, no he almorzado todavía —terminó por aclarar, aún con la mirada fija en su letra temblorosa.
—Seré breve —dijo su mujer.
Y disparó. 

Ricardo Rubio

lunes, 25 de julio de 2011

RICARDO RUBIO




POR UNA CABEZA

El sombrero le daba una sombra asombrosa. Miró en derredor, encendió un cigarro, controló el tambor con sus dos balas frescas y callado cruzó la calle. Lo animaron con un cheque de cuatro ceros por el paradero de una dama fácil que había levantado vuelo del refugio de un pesado con la ayuda de un rufián. Entró al bar a la hora en que los ebrios empiezan a sufrir con el pan amargo de la acritud. A cambio de un diez, el gordo Bétiga le sirvió la ginebra del desahogo y le señaló el sur con el dedo mustio del aburrimiento. Caminó unas cuadras, y acercándose a la cerca cercana, oteó la mancebía y oyó los rumores cenagosos del desenfreno. Del otro lado del tapial, la ventana de su destino revelaba los encantos pudendos de la mujer que buscaba. Ahora el resto de la paga estaba al alcance de las manos; y las manos treparon la pared, y el sombrío hombre con sombrero la traspuso con la idea tibia y el corazón helado. Cuando se oyó el estampido, la mujer no supo que el grito de espanto había vuelto a su boca presionada por los dedos que cruzaran el muro. Minutos después, el hombre guardó su treinta y ocho corto del cincuenta y dos con una sola bala fresca, y le ordenó a la fementida fémina que se enfundara. La hembra se encajó en su ropa costosa, se envolvió en un aroma importado, se pintó los labios torvos como ceniza, tiznó sus mejillas, el contorno de sus ojos, y juntos salieron esquivando al punto que se desangraba con un lento hilo de sangre que, como ellos, buscaba la calle.