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lunes, 3 de enero de 2011

Oliverio Girondo - el lado oscuro del corazón


No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! - y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretenden seducirme!
Esta fue - y no otra - la razón de que me enamorase tan locamente, de María Luisa. 
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con que impaciencia yo esperaba que volviese, volando de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Que delicia la de tener una mujer tan ligera... aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer a una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en conseguirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar.



miércoles, 1 de diciembre de 2010

La ley es un viejo ascensor de puertas tijera



por Cristina Pailos
           
Los días pasaban rápido, rapidísimo y yo creía enloquecer. Pasaba de la más frenética hiperactividad a la dejadez  afiebrada. Me sentía fuera de mí, fuera del mundo. La gente que pasaba a mi lado me provocaba extrañeza. Eran diferentes. Quizás entre tantos habría alguno angustiado pero todos reían tranquilos, hasta los mendigos.  Mi búsqueda de trabajo no había dado resultado y la deuda contraída con aquellos usureros creo que crecía minuto a minuto. Como último impulso, casi sin esperanzas, decidí hablar con el abogado. Ante la gravedad de la situación, quizás me ofrecía alguna alternativa. Al fin y al cabo, él me había recomendado aquella oficina de hipotecas y préstamos.
          La tenue ilusión se deshizo al llegar a la entrada del edificio. Empecé a temblar, a transpirar. Tuve miedo de desmayarme pero intenté sobreponerme y no pensar. Entonces descubrí  que estaba vacía, que sólo en apariencia era yo misma y que en realidad, era un ojo, una filmadora que me registraba a mí misma y a todo lo que me rodeaba.
          El viejo edificio era casi idéntico a muchos otros en los alrededores del Palacio de Tribunales. Enceguecida por el sol del mediodía, al ingresar en la planta baja en penumbras, no podía enfocar bien el transparente donde figuraban oficinas de abogados, escribanos, contadores, agentes de bolsa, despachantes de aduana y prestamistas.
          Me costó encontrar allí los datos del estudio jurídico que buscaba. En un momento, detrás de un mostrador oscuro que servía de conserjería surgió un hombre corpulento con el entrecejo arrugado de desconfianzas cuya voz atronó en todo el palier –¿Adonde va?–
El círculo de luz que apenas iluminaba su rincón de vigilancia lo destacaba con siniestra teatralidad. Vestía un traje negro que brillaba gastado y una camisa blanca arrugada. Me alcanzó un cuaderno para firmar mi ingreso y me retuvo el documento que me sería devuelto al salir del edificio.
          Caminé unos pasos por el hall de entrada de altísimos zócalos de mármol veteado en blanco, negro y verde oscuro. Los peldaños de la escalera no me inspiraban confianza. Tantos años de tránsito incesante habían dejado hundimientos, ondulaciones o sospechosos balanceos, además de estar también, muy poco iluminada. La luz duraba tan sólo unos segundos y enseguida la más absoluta oscuridad. Se oían gritos provenientes de distintos pisos o tramos de la escalera: la luz, luuuuz, ¿donde se enciende?
          ¿Cómo dicen? Que me apure. Que resuma, que vaya al grano. No señores. Ahora esperen ustedes. Necesito recordar en voz alta todo el tiempo en que fui perdiendo la sombra y me convertí en ésto. Aguanten-
Yo sigo.
          En el primer piso decidí tomar el viejo ascensor de puertas tijera a pesar del recelo que me producía su estruendosa decrepitud mecánica. Muy lento entre ruidos de roces y chirridos de metales y cada tanto con una fuerte sacudida –trocotrón, trocotrón- parecía que también él reclamaba su paz definitiva o que se vengaría en cualquier momento con un fatal desenlace.
          El estampido de la puerta tijera al cerrarse y el eco inmediato que produjo me trajo imágenes y sonidos de cárcel que conocía por el cine o la televisión. –porque como sabrán, señores, quien espera el  veredicto de un Tribunal está viviendo una de las más serias situaciones límites que puede sobrellevar un ser humano .Las novelas de todos los tiempos, las series de televisión, las películas hace mucho que lo saben. Yo sigo
          Cada uno de los pisos lúgubres e iguales por los que pasaba eran presagios malos pero indefinidos. Se demoró bastante hasta llegar al cuarto piso.
          Ya en el palier, me fijé en las puertas numeradas y los datos correspondientes.
Oficina 158
Dr. Salvador Invierno
Estudio Jurídico

          Una mujer de mediana edad, enteramente gris, dijo desganada: -El Dr. Invierno no está. Espérelo ahí, por favor.
Me señaló un sillón de cuero oscuro de tres cuerpos, tan vencido y desinflado que me resultaba difícil no resbalar hacia adelante. Las maderas del piso alguna vez sólido roble de Slavonia crujían lastimeras. La computadora parecía un adorno de graciosas líneas ante tantos muebles antiguos, oscuros y encerados para enmascarar la mugre. Mis ojos vagaban por todos los objetos para no reparar en el tiempo caprichoso que ahora se había detenido. Ante la justicia, los relojes de Dalí siguen chorreando, se derriten.
Finalmente llegó el Doctor.
          Era un hombre más bien obeso, de baja estatura y aunque parecía muy satisfecho consigo mismo, a juzgar por sus gestos arrogantes, el traje oscuro algo pasado de moda le daba apariencia de contrahecho.
Entró a su escritorio y la secretaria fue tras él pero en unos segundos volvió a su lugar pequeño y casi a media luz en una esquina de la enorme sala de espera.  Desde la puerta abierta el doctor me invitó a pasar. Supuse que me invitó a pasar porque no había nadie más. Su mirada errática parecía no dirigirse a nadie.
Me señaló la silla opuesta a la suya en el escritorio y ambos quedamos frente a frente. Él buscaba papeles en un cajón de la enorme mesa y estaba tan sumido en su mundo, que hasta me pareció una indiscreción mirarlo. Llegué a sentirme más invisible, aunque mi otro yo-ojo-cámara maniobraba el zoom, captaba primeros planos que me aterrorizaban y volvía a pasar tipo travelling por toda la habitación
          Empecé a exasperarme. Mi transformación en máquina filmadora ya no me estaba dando resultado. Me volvieron los mareos, el sudor frío, el temor a desvanecerme y el odio. –Basta. Ya es suficiente –quería gritar, agredir y desaparecer. Tenía pereza de hablar, de defenderme.
          De pronto, se acomodó en el asiento y dijo, (ahora con voz pausada y fría): –Leí el informe y los antecedentes que usted me envió y antes que nada quiero aclararle que la ley es objetiva e igual para todos. No la podemos  adaptar a nuestro gusto. Puede ser que usted tenga razón y que la situación que está viviendo sea muy grave, pero las pruebas no son suficientes, la ley no está de su parte por más frío que le parezca lo que estoy diciendo .En el momento que usted dejó de pagar hace tres meses se habrá dado cuenta que las cosas serían así, y por más que haya pagado treinta cuotas anteriores, perderá la casa. No hay otra alternativa por más que sea la única casa que tiene y por falta de recursos no esté en condiciones ni siquiera de alquilar.–
          Siguió hablando pero ya no escuché más. No sé si la desprotección tan próxima me ardía tanto en el pecho como aquella frialdad. El peligro para mí avanzaba ahora vertiginoso.
Volví a sentirme ojo-cámara pero a mí no me registraba, como lo espejos que no reflejan a los muertos en la literatura o en el cine, o como entre la gente de campo cuando dice: esa ya  no tiene sombra.
          Toda esa lentitud aplastante desde el momento en que ingresé al edificio ¿habría sido una burla? ¿Una burla? Esa perversión me agravió más que el veredicto del abogado.
          Al día siguiente, sentada en un banco de Plaza Lavalle, con un libro recién comprado cuyo título no recuerdo, mi ojo cámara enfocaba hacia la entrada del edificio y lo esperé.
Dr. Invierno- le dije en voz bien alta. Volteó la cabeza y me miró con desprecio –¿Usted otra vez?
Ya le dije como son las cosas. No se puede hacer nada ¿No entiende?¿Para que vino?
––Vine para esto– le dije. Y así, sin más, apreté el gatillo y lo maté.
Por suerte, Tribunales es un barrio donde se puede conseguir cualquier cosa: el libro lo compré en los puestos de la plaza y el arma en un negocio chiquito, muy cerca de allí. La oportunidad me tentó. No fue ese mi propósito al salir. No recuerdo bien.
–Ahora sí, hablen ustedes. Reciten la condena de una vez ya que están tan ansiosos. Adelante, señor Juez; lo escucho, señor fiscal. Yo sólo quiero descansar .El tiempo es de ustedes. Yo ya perdí la sombra ■ 

sábado, 2 de octubre de 2010

Cristina Pailos



Las locas de siempre

Parezco la loca del Bequeló. Voy a pedir un turno a la peluquería - decía con frecuencia mi mamá cuando no toleraba sus cabellos en desordenada rebeldía. Tenía muchas expresiones graciosas pero la loca del Bequeló era para mi hermana y para mí un misterio inescrutable. ¿Quién sería esa loca ? ¿Habrá vivido en su pueblo?. Le preguntamos varias veces pero no parecía interesarse mucho en contestarnos. –Fue una mujer medio loca en un pueblo de campo que la gente recordaba cuando yo era chica pero había vivido mucho tiempo antes-
          La respuesta no nos conformó y como el único pueblo de campo que conocíamos era Salliqueló en el oeste de la provincia de Buenos Aires , se nos ocurrió que la loca sería de allí.- Seguro que la abuela que todo lo habla mitad castellano, mitad italiano , inventó ese nombre de Bequeló porque Salliqueló no le sale , mamá lo empezó a repetir y así quedó . Fantaseamos bastante y hasta jugábamos a La Loca. A mamá no le volvimos a preguntar.
          
Pasaron muchos años y en una reunión de amigos, salió el tema de las expresiones, palabras, y referencias que el tiempo se llevó, con especial interés en las jergas de cada familia  y de pronto, me acordé de aquella que yo asociaba exclusivamente con el cabello, el espejo y la peluquería. La fantasía que habíamos tejido en la infancia de que la loca debía de tener alguna relación con la familia me había habitado desde entonces, sin que yo lo hubiera advertido.
No lo podía creer: la sobrina de unos amigos y por supuesto, muchísimo más joven que todos nosotros yo, dijo, con los ojos bien abiertos y sorprendidos: Yo la conozco. Mi abuela la cantaba y según ella, la había aprendido de los gitanos que iban por la calle a golpe de pandereta y por sólo unas monedas te entretenían un buen rato, porque la canción era bastante larga . Es una vieja canción española sobre una mujer que perdió su marido y su hijo en la guerra.
          Un amigo uruguayo que se encontraba entre nosotros se sonrió y dijo:
-La cantarían los gitanos por una moneda, pero la canción es uruguaya. Se la considera una melodía sentimental patriótica y es un homenaje a las mujeres en las guerras de la independencia. Aquellos sencillos versos tuvieron un enorme éxito popular por el profundo sentido social y humano que encerraban. Se extendió en las ciudades y en la campaña de ambas márgenes del Plata. Creo que apareció como leyenda a fines del siglo XIX y a  principios del XX el periodista Ramón de Santiago le puso letra y José María López fue el autor de la música.
-Si me alcanzan la guitarra, ya se las canto.
Yo estaba encantada y hasta orgullosa que los pelos enredados de mi mamá hubieran generado semejante movida cultural. Y ahí arrancó:

En la ramada de un rancho viejo,
nido de gauchos, cerca del Yi,
guitarra antigua tierna lloraba
la triste historia que canto aquí:
-¿Sabéis , paisanos, por qué ando errante
Bajo estos bosques del Bequeló?
Me llaman loca; pero es mentira:
Es que no tengo ya corazón.
Venid, paisanos, venid conmigo,
diré mi historia junto al fogón.
¿Veis mis cabellos? Eran muy negros;
más que las alas del cuervo, más:
están muy secos…tan blancos,
blancos como las flores del arrayán.
¿Veis estos ojos? No tienen vida;
pues, antes puros como el cristal,
fueron dos luces que se encendieron
en una aurora del Uruguay .
Tristes, mis labios son amarillos,
como el pellejo del butihá;
¡ay! , los tenía rojos y alegres
como el penacho del cardenal.
allá en la loma,  como un calvario,
veréis ruinas y un triste ombú;
fueron mi cuna, fueron mi estancia,
fueron mi nido verde y azul.
Cuando yo muera, clavad, paisanos,
bajo aquel árbol mi humilde cruz;
que allí murieron mis dichas todas,
allí he perdido  mi juventud.
Tenía un esposo que, ardiente, amaba;
y un hijo bello que era mi dios.
¡Ah, que contenta perdiera el cielo
si yo pudiera ver a los dos!
Una mañana… ¡maldita sea!,
cuando esta guerra se pronunció,
mi esposo tierno me dio un abrazo;
llorando mucho, su hijo besó;
pálido el rostro, tomó su lanza,
montó a caballo triste y partió.
aún me parece, lo ven mis ojos
de lejas tierras haciendo ¡adiós!
¡Ay!, mis paisanos! En ese día
perdí un pedazo de corazón.
Pasaron meses, pasaron años,
llorando siempre, siempre peor,
cuando una tarde que al hijo amado
de mis entrañas, contaba yo
del pobre padre que no volvía
la ausencia larga su último adiós,
cruzando un campo llegó un sargento:
de su caballo se desmontó
y al solo rayo de mi esperanza
estas palabras le dirigió:
-¿Ves esta lanza? Fue de tu padre;
por su divisa, bravo, murió.
Tómala y vamos; no te demores,
que en las cuchillas se duerme el sol.
Llorando mi hijo me dio un abrazo, montó a caballo
triste partió.
¡Ay, mis paisanos! En esa tarde
quedó mi pecho sin corazón.
Ya ven dos veces que las torcaces
dulces, arrullan en el sauzal;
y los boyeros, cantando alegres,
cuelgan sus nidos del ñandubay,
pero no he visto más a mi hijo
desde esa tarde negra y fatal.
Allá en la loma, como un calvario,
veréis ruinas y un triste ombú;
cuando yo muera, clavad, paisanos,
bajo aquel árbol mi humilde cruz.
Esta es la historia que, en la enramada de un rancho
viejo, cerca del Yi,
sobre las cuerdas estremecidas
de una guitarra llorar oí.
y al escucharla, con honda pena,
mi labio trémulo, triste exclamó:
¡Ay! ¡Cuantas locas habrá en mi patria
 como  la loca del Bequeló!

De todas formas, la canción española que cantaban los gitanos también existe y vaya una a saber por qué magia gitana se adueñaron del nombre  de esta mujer del Bequeló en el departamento de Durazno y del rio Yi en Uruguay .No importa. Esta vez los gitanos no hicieron ningún contrabando. Quizás su sabiduría muchas veces secular, les haya advertido que las madres y esposas en guerras y conflictos son figuras emblemáticas del dolor, más allá si su destino fue la lucha o terminar vagando como fantasmas en la llanura. Y es que en cualquier parte del mundo, ya sea en la realidad o en la ficción, y cualquiera sea el papel que le haya tocado cumplir – desde Juana Azurduy, luchadora, o estas sencillas mujeres que quedaron vagando como fantasmas en la llanura, o las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas. Son la herida abierta de guerras y conflictos; luchas populares y represiones. ■